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14Oct, 2009

SOFIA ANDRÉIEVNA TOLSTAYA; Victima del Gran Hombre.

Escrito por: corto-cortes el 14 Oct 2009 - URL Permanente

Leo con creciente interés los diarios de Lev Toltói, Diarios (1847 -1894), editorial Acantilado. En la década de 1880, cuando el gran escritor ruso ya ha publicado sus dos obras cumbre, Guerra y Paz y Anna Karenina, y ha conseguido la tan deseada gloria literaria, las entradas en sus cuadernos denotan una ansiedad cercana a la depresión. Las disputas y desencuentros con su mujer y su hijo mayor son continuos.

El día 3 de mayo de 1884 escribe:


…encontré una carta de mi esposa. Pobre, ¡cómo me odia! Señor, ayúdame. Si es necesaria una cruz, pues una cruz que me aplaste, que me destroce. Pero estos tirones del alma son espantosos, no solo pesados y dolorosos, sino difíciles. ¡Ayúdame!

El 7 de Julio de 1884 escribe:


Ella seguirá siendo hasta mi muerte una rueda de molino atada a mi cuello y al de los niños. (…) debo aprender a no ahogarme con una piedra al cuello.

El día 18 de Julio de 1884, después de que su mujer de a luz al último de sus 13 hijos que moriría de tuberculosis pocos años después, escribe:


Si alguien dirige los actos de nuestra vida, quiero hacerle un reproche. Esto es demasiado duro y despiadado. Despiadado con respecto a ella. Veo que a una velocidad vertiginosa se dirige a su ruina y a sufrimientos morales espeluznantes.

Muchos analistas de la vida y obra de Tolstói describieron a su esposa como una desequilibrada que perjudicó al escritor. Vladimir Chertkov (1854-1936), amigo y secretario del escritor, que fue conocido como el líder de los tolstoistas, llega a acusar a Sonia Tolstoya de ser la causante de la muerte de su esposo.

Tengo la suerte de tener en mi mesilla de noche, junto a los diarios del padre de las letras rusas, el libro de Gorki Recuerdos de Tolstói, Chejov y Andreiev, 1927 editado por NORTESUR en 2009. La parte dedicada a Tolstói ocupa casi la mitad del libro y se divide en tres secciones. La 1ª son anotaciones breves sobre el maestro, la 2ª una larga carta, que en realidad es un artículo largo, provocado por la huida y muerte del habitante de Yasnaia Polaina. Y la 3ª es una defensa de Sofía Andréieva Tolstaya, esposa del escritor a la que se criticó como la mala de la película.

En la página 95 escribe:


Ser el único amigo íntimo de Lev Tolstói, su mujer, la madre de sus numerosos hijos y la señora de su casa es, indiscutiblemente, un papel difícil y de gran responsabilidad. ¿Es posible negar que Sofia Tolstaya ha vista y ha comprendido mejor y más profundamente que nadie hasta que punto un genio se siente agobiado y angustiado en la atmósfera de la vida cotidiana, en la frecuentación de gente insustancial?

(…)

Convivir con un escritor que revisa hasta 7 veces las pruebas de un libro, y que en cada ocasión lo reescribe casi por entero, en un estado de dolorosa enervación que obliga a compartir con los suyos; convivir con el creador de un mundo inmenso que no existía con anterioridad a él…¿Seríamos capaces de comprender todas las inquietudes de una existencia tan extraordinaria?

Gorki pide un respeto para la mujer que convivió con un genio tan difícil de tratar. Además acusa a un montón de supuestos seguidores del maestro de oportunistas y manifiesta que solo Sofia Tolstaya fue capaz de preservar la obra del escritor de tales malas influencias.

Sofia Andréieva Tolstaya intentó suicidarse al final de su vida. Debía estar totalmente agotada.

Tolstói y Gorki.

Fuentes: espaidellibres.files, Acantilado, Nortesur.

07Oct, 2009

RAFAEL CHIRBES, Textos ventaneros.

Escrito por: corto-cortes el 07 Oct 2009 - URL Permanente

La revista EÑE, que con mucho cariño edita La Fabrica, ha pedido a Rafael Chirles (Valencia 1949) que le mande unas páginas de sus diarios. El escritor les ha mandado lo escrito del 3 al 14 de julio de 2009 y lo ha titulado Textos ventaneros.

Entresaco de lo escrito el 8 de julio.


Un detalle nimio ha quebrado el malhumor: a media tarde he entrado descalzo en el baño y el contacto con el frío de las baldosas me ha devuelto al almacén de siempre, en el que tiendo a poner esa felicidad que no existió nunca: me ha vuelto el placer que sentía cuando jugábamos con el agua fría que extraíamos del pozo, el de sumergirme en el lavadero al aire libre que había junto al pozo ( el safereig, decíamos en valenciano), el olor del agua acabada de salir de dentro de la tierra, y que se metía por la boca, taponaba los oídos, empañaba los ojos. En aquel lugar, blanqueado con cal, cubierto por emparrados de galán de noche y jazmín, siempre se estaba fresco, incluso en las asfixiantes tardes de verano en que soplaba el desagradable lleveig que lo secaba todo. Un húmedo útero protector: dolía salir de él, el contacto con el aire caliente de la tarde, la exposición a los rayos calientes del sol. Esta tarde me ha llegado en el baño de una habitación de hoteles verano de entonces, la sensación de aguardar misterios deseables y temidos que impregnaba aquellas tardes cargadas de confusos deseos.

Más adelante reflexiona sobre el por qué se escriben diarios. Citando la frase de la escritora Carson McCullers: “La escritura no es sólo mi modo de ganarme la vida; es como me gano mi alma” concluye que los diarios te dan la oportunidad de escribir para encontrarte contigo mismo:

El 12 de Julio escribe:


Montaigne nos enseñó que dentro de un hombre también hay paisajes que merece la pena recorrer: grutas, playa, rios de dentro. Montaigne viajó a Italia y dejó unos cuadernos de apuntes de gran amenidad, pero por los que no hubiera pasado a la historia de la literatura. Su gran viaje fue al interior de sí mismo.

(…)

Ya sabemos que el interior del ser humano resulta inagotable. Ejércitos de escritores se han perdido por ahí dentro, en esos parajes tan poblados como sombríos que llevamos con nosotros. Una verdadera pena. Alguien debería inventar un método para rescatarlos, sacarlos de nuevo a la luz, devolvérnoslos.

Yo, Corto Cortés, escribo un diario desde hace 15 años. ¿Por qué? Por necesidad. Cuando por la noche termino de escribir en mi cuaderno, sintiéndome mejor que cuando cogí el bolígrafo, pienso en el dinero que me ahorro en psicólogo y psiquiatra.

La última novela de Rafael Chirles es Crematorio, (Anagrama 2007) de la que el escritor Ricardo Menendez Salmón escribió recientemente en un artículo publicado en El País:


"El mundo no es una novela, pero el mundo nunca resulta tan comprensible como cuando se viste de novela. Si mi hija preguntara cómo era la España en la que nació, le diría que leyera una novela, por ejemplo Crematorio, de Chirbes."

Para leer los “Textos ventaneros” de Chirbes:

http://www.elboomeran.com/nuevo-contenido/156/diario-de-rafael-chirbes/

imagen descriptiva

Fuente; El Boomeran(g).

06Oct, 2009

TOLSTÓI; y la religión.

Escrito por: corto-cortes el 06 Oct 2009 - URL Permanente

Tolstói (1828-1910) no dejó, durante toda su vida, de preguntarse sobre la existencia de dios. El escritor ruso fue un hombre muy inteligante y honesto en sus reflexiones y convicciones. En toda fe religiosa hay un salto en el vacío que la RAZÓN no respalda. Ese agujero de la razón lo resuelve Tolstói con la necesidad de dar un sentido a la vida y aceptando la inferioridad de la inteligencia human para comprender la divinidad.

En 1874 en una hoja suelta que con buen criterio Selma Ancira (editora y traductora) ha incluido en sus diarios (editados por Acantilado) escribe:

Tras haber vivido casi 50 años, me he convencido de que la vida terrenal no tiene nada que ofrecer y todo hombre inteligente que considere la vida terrenal con seriedad - los trabajos, los miedos, los reproches las luchas- acabará preguntándose: ¿por qué?, por una locura; ese hombre se levantará la tapa de los sesos y Hartmann y Schopenhauer tendrán razón. Pero Schopenhauer ha permitido sentir a la gente que hay algo que le impide suicidarse. El objetivo de mi libro es justamente ese algo. ¿Qué nos hace vivir?. La religión.

La editorial Nortesur acaba de editar el libro del escritor ruso Maxim Gorki (1868-1936) Recuerdos de Tolstói, Chejov y Andréiev 1927. En este volumen Gorki al que se consideró el gran escritor de la revolución rusa relata sus encuentros con estos monstruos de las letras.

En la pagina 18 escribe Gorki sobre Tolstói:

En su diario, que me dejó leer, me sorprendió un aforismo extraño: "Dios es mi deseo".

Hoy al devolverle el cuaderno, le he preguntado qué era aquello.

- Un pensamiento inacabado -dijo mirando la página con los ojos entornados- Tal vez quise decir: Dios es mi deseo de concebirlo... No, no es esto...

Se rió, enrolló la libreta y la guardó en el ancho bolsillo de su blusa. Sus relaciones con Dios son muy confusas, pero a veces me recuerdan las de "dos osos en la misma madriguera".

Más adelante, en la página 41, cita Gorki una reflexión de Tolstói:

¿Qué significa saber? Sé que soy Tolstói, que soy escritor, que tengo una mujer, hijos, el pelo canoso, la cara fea y con barba: todo esto lo refleja mi pasaporte. No dice nada en cambio de mi alma. Del alma solo se una cosa: que ansía la cercanía de Dios. ¿Y qué es Dios? Es aquello de lo que mi alma forma parte. Y ya está. A quien ha aprendido a reflexionar le cuesta creer, pero vivir en Dios solo es posible a través de la fe. Tertuliano dijo: "El pensamiento es el mal".

Recuerdo ahora cuando en su novela Guerra y Paz el príncipe Pierre Bezujov, lleno de dudas existenciales después de batirse en duelo, se encuentra en una posada del camino entre San Petersburgo y Moscú al que luego sería su maestro en la masonería. Este, ante su falta de fe religiosa, le dice al príncipe que como pretende con su mente humana comprender a Dios. Además le sugiere que primero debe limpiar su alma de egoismo y solo cuando realmente ame se pregunte de nuevo por Dios.

Un amigo mio, con dudas de fe, consultó con un cura. Este le respondió que por eso se le llama fe. Si se pudiera tener la certeza de la existencia de Dios entonces se llamaría de otro modo.
Recuerdos de Tolstói, Chéjov y Andréiev

Fuentes: Acantilado, Nortesur.

29Sep, 2009

DIARIO DE UN DESESPERADO; Friedrich Reck.

Escrito por: corto-cortes el 29 Sep 2009 - URL Permanente

Editorial Minúscula edita los diarios del escritor alemán Friedrich Reck entre 1936 y 1945 cuando ocurre su muerte en el campo de concentración de Dachau. En ellos describe como la sociedad conservadora alemana vivió la llegada al poder del nacionalsocialismo. Destaco a continuación el fragmento en que relata sus encuentros con Hitler y como se arrepiente de no haberlo matado cuando pudo.


Friedrich Reck (1884-1945), hijo de un terrateniente de Prusia Oriental que fue diputado conservador, estudió medicina y, en 1912, se embarcó como médico de a bordo rumbo a América. A su regreso a Alemania, se instaló en Baviera y comenzó a colaborar con el Süddeutsche Zeitung. Escribió novelas históricas y se convirtió en un personaje singular de la sociedad muniquesa. En octubre de 1944 le arrestan por primera vez, la segunda no sobrevivirá: en diciembre de ese mismo año la Gestapo vuelve a detenerlo. En enero de 1945 llega a Dachau, donde muere poco después.


Mi vida en esta ciénaga pronto entrará en su quinto año. Desde hace más de cuarenta y dos meses pienso odio, me acuesto con odio, sueño odio para despertar con odio: me asfixia verme

prisionero de una horda de monos perversos, y me devana los sesos el eterno enigma de este mismo pueblo, que hace unos años velaba tan celosamente por sus derechos y que de la noche a la mañana se ha hundido en este letargo, en el que no solo tolera el dominio de los inútiles de ayer, sino que además, para colmo de vergüenza, ya no está en condiciones de percibir como ignominia supropia ignominia...

(…)

A pesar de su meteórica carrera (se refiere a Hitler) , en ese diagnóstico de hace ahora dos décadas no ha cambiado absolutamente nada. Se mantiene, aún hoy, basado en el reconocimiento de que él, carente de todo amor propio natural y de todo contento consigo mismo, en el fondo se odia, y de que su hiperactividad política, su desmedida ansia de ser alguien, su vanidad, que ya hay que calificar de apocalíptica, surge únicamente del deseo de acallar todos sus dolorosos reconocimientos, el reconocimiento de ser un aborto hecho a base de basura y estiércol. Pueden añadirse unas cuantas cosas.

Erna Hanfstaengl,(*) que le conoce mejor que yo, me habla de su creciente miedo a los fantasmas, dice que el miedo a los espíritus de aquellos que ha asesinado le espolea y le impide quedarse mucho tiempo en el mismo sitio.

No concuerda mal con eso el que recientemente haya pa sado sus noches insomnes en su cine privado, y que sus desdichados operadores tengan que ponerle seis películas noche tras noche...

Todo eso puede ser. No hace más que afianzar mi diagnóstico. Ni siquiera creo que este hombre tenga una predisposición innata especialmente amoral: calificarlo de gran criminal sería

demasiado honor para él. Si un Gobierno alemán hubiera satisfecho a tiempo su desmedida vanidad montándole un estudio gigantesco y pagando a la prensa para que lo celebrara como el mayor pintor de todos los tiempos, creo que habría ido a parar a una vía muerta carente de todo peligro, y jamás se le habría pasado por la cabeza pegar fuego al mundo. No, no creo en sus cualidades de Borgia, creo que el ansia de abrirse paso de una personalidad construida de desechos y profundamente fallida ha coincidido en esta ocasión con un capricho de la Historia, que le está dejando jugar un rato con las palancas de su gran mecanismo, como hizo antaño con el curtidor Cleón. Creo que todo esto coincide con un acceso febril de este pueblo. Sí, creo que este miserable demonio escapado de un infierno de excrementos digno de Strindberg, ha

coincidido, como antaño aquel Bockelson, con un momento de drenaje de abscesos, ha surgido como la encarnación de todos los turbios deseos de las masas, normalmente bien reprimidos.

(…)

Volví a verlo de cerca una vez más. Fue en aquel otoño de 1932, cargado de presagios, en el que Alemania empezó a tener fiebre. Friedrich von Mücke y yo estábamos cenando en la Osteria Bavaria de Múnich cuando él —por otra parte solo, sin su Guardia de Corps habitual— entró en el local y tomó asiento en la mesa de al lado. Allí estaba, convertido entretanto en un hombre poderosísimo en Alemania... y allí, sentado, se sintió observado y criticado por nosotros, muy incómodo, motivo por el cual adoptó enseguida el gesto obstinado de un pequeño funciona rio que ha entrado en un local normalmente inaccesible para él, pero que, una vez ha tomado asiento, exige a cambio de su buen dinero «que le sirvan y traten igual de bien que a esos distinguidos caballeros de ahí».

Sí, allí estaba sentado, un Gengis Khan vegetariano, un Alejandro abstemio, un Napoleón sin mujeres, una miniatura de Bismarck que habría tenido que guardar un mes de cama si se

hubiera visto forzado a tomar aunque solo fuera uno de los desayunos del viejo Canciller de Hierro.

Yo había venido en coche a la ciudad y, por aquel entonces en septiembre de 1932, como las carreteras eran ya bastante inseguras, llevaba encima una pistola lista para disparar; en aquel

local casi vacío habría podido hacerlo, sin más. Lo habría hecho, si hubiera sabido el papel que iba a desempeñar ese puerco, y los años de sufrimiento que nos esperaban. Por aquel entonces, no lo consideraba más que un personaje de revista satírica, y no disparé. Tampoco habría servido de nada, porque el Consejo del Altísimo ya había decidido nuestro martirio, y si entonces lo hubieran atado a las vías del tren, el vertiginoso expreso habría descarrilado antes de alcanzarlo. Hoy se oye hablar de muchos atentados que estaban destinados a él, y todos

fracasaron. Así será, y tendrá suerte hasta que llegue su hora. Cuando esta haya llegado, la perdición irá arrastrándose hasta él desde todos los rincones..., incluso desde rincones en los que él nunca ha pensado. Desde hace años (y esto vale también para este país de los demonios, por el momento tan afortunado), Dios parece dormir. «Pero si Dios quiere —dice un proverbio ruso— hasta una escoba puede disparar.»

(*)Erna Hanfstaengl era la hermana mayor de “Putzi” Hanfstaengl . Incluí un post el 18 de noviembre sobre él en este blog.

Fuente: Editorial Minúscula.

19Sep, 2009

LEV TOLSTÓI; Pacificista.

Escrito por: corto-cortes el 19 Sep 2009 - URL Permanente

El ruso Lev Tolstói (1828-1910) además de un gran escritor ( Guerra y Paz, Anna Karenina...)fue un pacifista profundo. El 6 de enero de 1853 tiene 24 años y se encuentra en Grozni (actualmente capital de Chechenia) en la guerra del Caucaso con su hermano Nikolai que es militar y escribe en su diario:

Hubo un desfile absurdo. Todos beben, sobre todo mi hermano, y para mi es muy desagradable. La guerra es algo tan injusto y tan malo que quienes combaten tratan de asfixiar en su interior la voz de la conciencia. ¿Estoy haciendo bien? Señor, dame la luz y perdoname si hago mal.

En Guerra y Paz, que escribe 15 años después, razona con profundidad su postura pacifista. En la Primera parte del Libro Tercero, en la pagina 877 de la edición del Taller de Mario Muchnik comenta el inicio de la guerra franco-rusa de 1812:

El 12 de junio los ejércitos de la Europa occidental cruzaron las fronteras de Rusia y la guerra comenzó; es decir; se produjo un acontecimiento contrario a la rezón y a toda la naturaleza humana.

(...)

¿Que motivó tan extraordinario suceso? ¿Cuales fueron sus causas? Los historiadores, con ingenua convicción, aseguran que las causas fueron: la ofensa inferida al duque de Oldenburgo, el fracaso del bloqueo continental, la ambición de Napoleon, la firmeza de Alejandro (el Zar de Rusia), los errores de los diplomáticos, etcétera.

(...)

A Medida que profundizamos en la búsqueda de sus razones y analizamos cada una separadamente, o la serie de todas ellas, nos parecen igualmente justas en si mismas e igualmente falsas por su nulidad en comparación con la magnitud de los hechos y por su insignificancia para darles origen (sin la participación de las demás causas concordantes). El hecho de que Napoleon se negara a retirar sus tropas del otro lado del Vístula y a devolver los territorios de Oldenburgo tiene para nosotros idéntico valor que el deseo o la desgana del primer cabo francés de reengancharse, pues si ese cabo no hubiera querido continuar en el servicio, y si otros y otros miles de cabos y soldados franceses lo hubieran imitado, el ejército de Napoleon no habría sido tan poderoso y la guerra habría sido imposible.

40 años después, poco antes de morir, el 7 de septiembre de 1910 escribe una carta a Gandhi (1):

Recibí su revista Indian opinion y me alegró leer lo que allí se escribe sobre quienes practican la no-resistencia. Me gustaría comunicarle las ideas que me suscitó esa lectura.

Cuanto más vivo, y especialmente ahora que siento con tanta agudeza la cercanía de la muerte, quiero comunicar a los demás algo que percibo de manera muy aguda y que, en mi opinión, es de una enorme gravedad. Se trata de aquello que suele llamarse la no-resistencia, pero que en realidad no es otra cosa que la doctrina del amor no desfigurada por falsas interpretaciones. Que el amor, es decir la aspiración de las almas humanas a la unión, y que la actividad que se desprende de esa aspiración es la única y suprema de la vida humana es algo que todo hombre sabe y siente en le fondo de su alma (con mayor claridad puede verse en los niños); lo sabe y lo siente mientras no se enreda en doctrinas falsas del mundo. Esta ley ha sido proclamada por todos los sabios del universo, hindues, chinos, judíos, griegos y romanos.

(1) En los años decisivos para su formación intelectual Gandhi leyó a Tolstói en quien encontró en quien encontró a un guía para el perfeccionamiento de la práctica y la teoría de la no-violencia.

Fuentes.

Guerra y paz, Taller de Mario Muchnik. 2006.

Lev Tolstói, Diarios (1847-1894), Acantilado. 2002.

Lev Tolstói, Correspondencia, Acantilado. 2008.

14Sep, 2009

LEV TOLSTÓI; Sobre escribir.

Escrito por: corto-cortes el 14 Sep 2009 - URL Permanente

A lo largo de sus diarios Lev Tolstói (1828- 1910, autor de Guerra y Paz y Anna Karenina, entre otras grandes novelas) hace numerosas reflexiones sobre el oficio de escribir. En 1851 tiene 23 años y se encuentra en la guerra del Caucaso acompañando a su hermano Nikolai que es militar:

3 de junio.

¡Qué noche más maravillosa! La luna surgió poco a poco de una colina e iluminó dos nubecitas pequeñas, finas y bajas; detrás de mi un grillo chirriaba su melancólica e incesante canción, a lo lejos se oía una rana y de las proximidades del aul llegaban los gritos de los tártaros y los ladridos de los perros; de pronto todo volvió al silencio y una vez más se oyó el chirriar del grillo y se vio una nubecita que pasaba transparente entre las estrellas más próximas y las más lejanas.

Pensé: voy a describir lo que veo. Pero, ¿cómo puedo escribirlo? Tengo que ir a sentarme a una mesa manchada de tinta, tomar un papel grisaceo y tinta; ensuciarme los dedos y trazar letras sobre el papel. Las letras formarán palabras y las palabras frases; pero, ¿acaso se puede transmitir lo que uno siente? ¿Acaso se puede transmitir a otra persona la manera que uno tiene de percibir la naturaleza? La descripción es insuficiente. ¿Qué hace que la poesía esté tan íntimamente ligada a la prosa? ¿La felicidad a la infelicidad? ¿Cómo se debe vivir? ¿Debemos tratar de reunir la poesía con la prosa o bien disfrutar de la una y luego abandonarnos y vivir a merced de la otra?

El sueño tiene un aspecto mejor que la realidad; la realidad tiene un aspecto mejor que el sueño. La felicidad absoluta sería la combinación de ambos

.

2 de enero de 1852.

Todo escritor tiene en mente para su obra una categoría especial de lectores ideales. Es necesario definir con precisión para uno mismo las exigencias de estos lectores ideales y aunque solo existan dos lectores así en el mundo escribir únicamente para ellos.

2 de junio de 1851

Reflexionando sobre lo que supone escribir hace una cita de George Sand en su novela Horace, 1842.


Y además esa horrible necesidad de traducir con palabras y alinear en garabatos pensamientos ardientes, vivos, móviles como rayos de sol que tiñen las nubes en el aire. ¡Adónde huir del oficio, Dios mío!

Editorial Acantilado ha pubicado los diarios de Tolstói en dos volúmenes.

Fuente foto; wasatchveg.com

11Sep, 2009

LEV TOLSTÓI; Correspondencia.

Escrito por: corto-cortes el 11 Sep 2009 - URL Permanente

Para vivir honradamente es necesario desgarrarse, confundirse, luchar, equivocarse, empezar y abandonar, y de nuevo empezar y de nuevo abandonar, y luchar eternamente y sufrir privaciones. La tranquilidad es una bajeza moral.

LEV TOLSTÓI

Con esta frase se abre la recopilación de la correspondencia del escritor ruso Lev Tolstói (Yásnaia Poliana, 1828 - Astapovo, 1910) editada en 2008 por Acantilado.

En sus diarios, también publicados por Acantilado en dos volúmenes, dejó constancia de su lucha contra la injusticia y la maldad en el mundo pero sobre todo se pueden leer las actas de su titánica batalla contra él mismo. En diarios, novelas y cartas Tolstói nos contó la construcción de él mismo como persona a lo largo de 82 años.

Esta frase me ha recordado la de otro infatigable luchador, Winston Churchill:

El éxito consiste en ir de fracaso en fracaso sin desmoralizarse.

Quien piensa su vida con honestidad nunca deja de luchar contra él mismo.

10Sep, 2009

LEV TOLSTÓI; Diarios.

Escrito por: corto-cortes el 10 Sep 2009 - URL Permanente

Lev Tostói (Yásnaia Poliana, 1828 - Astapovo, 1910), autor de Guerra y Paz y Anna Karenina, entre otras) a sus 19 años está obsesionado con que su vida tenga un sentido. Desea desarrollar al máximo sus capacidades como persona y para ello se impone reglas de comportamiento muy estrictas. Conocedor de sus debilidades diseña objetivos muy detallados que debe conseguir en cortos periodos de tiempo. Tolstói se juzga con mucha severidad y para ello, y todo lo anterior, inicia en 1847 la escritura de un diario.

Tolstói es humano, antes que nada, y cae continuamente en las tentaciones del ocio y la carne.

El 16 de junio de 1847 escribe.

¿Llegaré algún día a no depender de ninguna circunstancia exterior? En mi opinión eso es alcanzar un nivel alto de perfección, puesto que, en el hombre que no depende de ninguna influencia ajena, el espíritu, por sus propias exigencias, aventaja forzosamente a la materia y solo entonces el hombre alcanza su designio. Comienzo a acostumbrarme a la primera regla * que me impuse y ahora me impongo otra, la siguiente: considera la sociedad femenina como un disgusto inevitable de la vida en sociedad y, en la medida de lo posible, mantente alejado de las mujeres. Porque, en realidad, ¿de donde nos vienen la lujuria, la voluptuosidad, la frivolidad en todo y otros muchos vicios sino de las mujeres? ¿Quien tiene la culpa de que nos privemos de los sentimientos que nos son innatos: la valentía, la firmeza, la sensatez, la justicia, etcétera, si no las mujeres? La mujer es más sensible que el hombre, por eso a lo largo de las épocas de virtud las mujeres han sido mejores que nosotros, pero en nuestra época depravada y corrupta son peores que nosotros.

La primera regla que se impone es: "Lleva a cabo todo lo que hayas decidido llevar a cabo".

Tolstói solo tenía 19 años. Guerra y Paz la empezó a escribir con 37 años y la terminó con 41.

Editorial Acantilado ha publicado recientemente los diarios, en dos volúmenes y la correspondencia. Todo seleccionado, comentado y traducido por Selma Ancira.

Fuente: Acantilado.

29Jun, 2009

DIARIO DE UN GENIO (1952-1964) ; Salvador Dalí.

Escrito por: corto-cortes el 29 Jun 2009 - URL Permanente

Diario de un genio (1952-1964), que sigue a Mi vida secreta, revela a un Dalí cotidiano, de una extraordinaria autenticidad, una especie de retrato de Dalí desnudo, contemplándose con sumo deleite en el espejo ante el cual él mismo se sitúa. Pero lo que salta a la vista es que Dalí no sólo ama su reflejo : presentes en él, y mucho más allá de su propia imagen, están las grandes cuestiones que agitan el pensamiento del genio que él jamás dudó que era. Como no teme las palabras, juega con ellas a placer, tiñéndolas de un irresistible humor. El retrato que hace de sus contemporáneos es fulgurante, a veces respetuoso, otras demoledor, siempre irónico. Y, por encima de todo ello, las peripecias espirituales de un artista que lleva la conciencia de su arte hasta el paroxismo y los límites de la locura -sin los cuales no hay auténtica aventura- y una vida convertida ella misma en obra de arte, en continuo espectáculo, en incesante invención.


Me tomé, pues, el surrealismo al pie de la letra, sin despreciar la sangre ni los excrementos de los que sus prosélitos nutrían sus diatribas. Al igual que me había esmerado en convertirme en un perfecto ateo leyendo los libros de mi padre, también fui un estudiante de los surrealismos tan concienzudo que rápidamente me convertí en el único «surrealista integral». Hasta tal punto que acabaron por expulsarme del grupo8 por ser excesivamente surrealista. Los motivos alegados me parecieron de la misma clase que aquellos que habían provocado mi expulsión del círculo familiar. Una vez más, Gala-Gradiva, «la que se adelanta», «la inmaculada intuición», había tenido razón. Ahora ya puedo decir que, de todas mis certidumbres, tan sólo dos no se justifican por mi voluntad de poder: una es mi Fe, recobrada desde 1949, y otra es que Gala tendrá siempre razón en lo que se refiere a mi porvenir.

Cuando Breton descubrió mi pintura, se mostró disgustado a causa de los elementos escatológicos que la mancillaban. Esto me dejó atónito. Yo me estrenaba en la m..., lo que, desde el punto de vista del psicoanálisis, sería interpretado más tarde como el feliz presagio del oro que amenazaba –¡felizmente!– con desparramarse sobre mí. Con toda insidia, intenté hacer creer a los surrealistas que esos elementos escatológicos no podían por menos que traerle suerte al movimiento. No vacilé en invocar en mi auxilio la iconografía digestiva de todos los tiempos y de todas las civilizaciones: la gallina de los huevos de oro, el delirio intestinal de Danae, el asno de los excrementos dorados, pero no quisieron escucharme. Así pues, tomé rápidamente una decisión. Dado que no querían saber nada de la m... que yo tan generosamente les ofrecía, guardaría esos tesoros y ese oro para mí. El famoso anagrama, trabajosamente elaborado por Breton veinte años después, «Avida Dollars», hubiera ya podido lanzarse en aquella época.

No necesité pasar más de una semana en el seno del grupo surrealista para descubrir que Gala tenía toda la razón. Toleraron, hasta cierto punto, mis elementos escatológicos. Pero, en cambio, ciertas otras cosas fueron declaradas «tabú». Reconocí en todo eso las mismas prohibiciones que me imponían en el seno de mi familia. Me autorizaban la sangre. Podía añadirle un poco de caca. Pero no tenía derecho a emplear sólo la caca. Me autorizaban a representar sexos, pero no fantasías anales. ¡Cualquier clase de ano era observado de modo muy sospechoso! Las lesbianas les gustaban mucho, pero no los pederastas. En los sueños podía utilizar sin limitaciones el sadismo, los paraguas y las máquinas de coser, pero, excepto para los profanos, todo elemento religioso, incluso de carácter místico, me estaba prohibido. Si soñaba simplemente con una madonna de Rafael sin blasfemias aparentes, me prohibían hablar de ello...

(…)

Entretanto, Hitler hitlerizaba, y un día pinté a un ama de cría nazi haciendo punto, sentada por inadvertencia en un gran charco de agua.10 Ante la insistencia de algunos de mis más íntimos amigos surrealistas, tuve que borrar de su brazal la cruz gamada. Jamás hubiera sospechado la emoción que esta cruz suscitaba. Yo estaba hasta tal punto obsesionado con ella que concentré mi delirio en la personalidad de Hitler, que en mi fantasía se me aparecía siempre transformado en mujer. Gran número de lienzos que pinté en aquella época fueron destruidos al invadir Francia el ejército alemán. A mí me fascinaban las caderas blandas y rollizas de Hitler, siempre tan bien enfajadas en su uniforme. Cada vez que empezaba a pintar la correa de cuero que, partiendo de su cintura, pasaba al hombro opuesto, la blandura de aquella carne hitleriana, comprimida bajo la guerrera militar, suscitaba en mí tal éxtasis gustativo, lechoso, nutritivo y wagneriano que mi corazón palpitaba violentamente, una emoción tan rara en mí que ni siquiera me ocurría en la práctica del amor. La carne rolliza de Hitler, que me la imaginaba como la más divina carne de una mujer de cutis blanquísimo, me tenía realmente fascinado. Consciente, a pesar de todo, de la naturaleza psicopatológica de semejante sucesión de arrebatos, yo me repetía, arrobado, a mis propios oídos:

–¡Esta vez sí, esta vez creo que rozo por fin la auténtica locura!

SALVADOR DALÍ nació en Figueres (Gerona) en 1904. Estudió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, de donde fue expulsado en 1926 por rebeldía. Durante este periodo turbulento vivió en la Residencia de Estudiantes, donde se unió a los artistas y escritores de la Generación del 27. Sus primeras exposiciones, en Madrid y en Barcelona, datan de 1925. En París, a principios de los años treinta, y de la mano de su mujer, Gala, DALÍ se adhirió al movimiento surrealista, del que fue poco después expulsado por insubordinación. Asociado a Buñuel, en 1928 colaboró en la célebre película UN PERRO ANDALUZ. En los años cincuenta, en solitario, inició una etapa de reflexión y profundización en su llamado «método paranoico-crítico», que, de hecho, ya nunca abandonó del todo hasta su muerte, en 1989. Además de DIARIO DE UN GENIO, Tusquets Editores ha publicado de él LOS CORNUDOS DEL VIEJO ARTE MODERNO Y EL MITO TRÁGICO DE «EL ÁNGELUS» DE MILLET, tres títulos que reunimos ahora en la nueva colección Esenciales con motivo del centenario de su nacimiento.

Fuente foto: Casino.770.

Fuente texto: Tusquets editores.

20May, 2009

JOHN CHEEVER; Diarios, 2.

Escrito por: corto-cortes el 20 May 2009 - URL Permanente

Vuelvo a abrir al azar los diarios de John Cheever (1912-1982) en la edición en castellano de EMECÉ.

Pág. 437. Finales de la década de los setenta.


La franqueza absoluta no es una de mis características, pero trataré de tenerla para describir la siguiente sucesión de acontecimientos. Solitario, con la soledad agravada por los viajes, los cuartos de hotel, la mala comida, las presentaciones de libros y la superficialidad de los besamanos, me enamoré de M. (*) en un cuarto de hotel de sordidez inusual. Su aire de seriedad y responsabilidad, las gafas de miope y su apostura serena despertaron en mí un amor profundo, y a la noche siguiente lo llamé desde California para expresarle mis sentimientos. Nos escribimos cartas de amor durante tres meses, y cuando volvimos a vernos, nos quitamos la ropa y nos comimos mutuamente la lengua. Nos encontramos dos veces más, una para pasar unas horas en un motel, la otra para pasar veinte minutos desnudos antes de una comida para directivos a la que yo estaba invitado. Durante un año seguí pensando en él, sumido en el mayor desconcierto. Creía que se me había revelado la homosexualidad y que iba a tener que pasar el resto de mi vida en triste convivencia con un hombre. Mi vida apareció retratada ante mí como una impostura sexual. Hace poco, cuando volvimos a encontrarnos, (…) creo que descubrí con verdadero placer que ninguno de los dos estábamos premeditados a agotar los papeles que representábamos. Recuerdo la aguda falta de interés con que contemplé su desnudez por la mañana. (…) Ronqué y me tiré pedos con tranquilidad y buen humor, lo mismo que él. Me encantaba sentirme libre de la censura y la responsabilidad que había sentido con algunas mujeres. (…). Estaba resuelto a no permitir que una sociedad procreadora destruyera este amor. Al comer con unos amigos que hablaban de su tediosa carrera libertina, pensaba: soy gay, soy gay, por fin me he liberado. Duró poco tiempo.

Interrogarse constantemente sobre los impulsos sexuales propios me parece autodestructivo. Uno puede sentirse excitado al ver una hoja de acabo, un manzano, un cardenal macho en una mañana de primavera, entre otras cosas. Debemos pensar que nuestros genitales, aunque profundamente arraigados en nuestra vida erótica y sentimental, suelen ser bastante irresponsables. Su discreción, higiene y gratificación depende de nosotros. Si no fuera por nuestra sensatez, su vida sería más breve que la de una mariposa.

(*) M. es Max Zimmer, un joven profesor a quien Cheever conoció durante una visita a la Utah University en 1977, poco después del final de su intermitente relación con la actriz Hope Lange. Cheever y Zimmer fueron amantes hasta la muerte del primero. Zimmer ofició como secretario, cocinero chofer y, por supuesto, amante y fue admitido en sus funerales por Mary Cheever y sus hijos como parte de la familia. Cheever lo consideró el hombre de su vida.

Esta nota aclaratoria, como el resto de notas del libro, está redactada por Rodrigo Fresán.

John Cheever se especializó en el relato, que publicó, en su mayoría, en la revista New Yorker.

Los libros de Cheever me producen tristeza pero no puedo dejar de leerlos.

Fuente: amsaw.org