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10Mar, 2011

MI HERMANA VIVE SOBRE LA REPISA DE LA CHIMENEA

Escrito por: corto-cortes el 10 Mar 2011 - URL Permanente

Jamie tiene 10 años. Hace cinco su hermana Rose murió en un atentado terrorista en el centro de Londres. Su padre se está alcoholizando, su madre los ha abandonado y Jasmine (gemela de Rose) ha dejado de comer. La novela se titula Mi hermana vive sobre la repisa de la chimenea, es la primera que publica Annabel Pitcher -que aunque solo tiene 28 años escribe como si tuviera 50 y hubiera vivido el doble- y en abril la publica en castellano Siruela.

Mi hermana Rose vive sobre la repisa de la chimenea. Bueno, al menos parte de ella. Tres de sus dedos, su codo derecho y su rotula están enterrados en una tumba en Londres. Mama y papa tuvieron una discusión de las gordas cuando la policía encontró diez pedazos de su cuerpo. Mama quería una tumba que pudiera visitar. Papá quería incinerarlos y esparcir las cenizas en el mar. En todo caso, eso es lo que me ha contado Jasmine. Ella se acuerda de más cosas que yo. Yo solo tenía cinco años cuando ocurrió aquello. Jasmine tenia diez. Era la gemela de Rose. Y para mamá y papá, lo sigue siendo. Anos después del funeral, seguían vistiendo a Jas igual: vestidos de flores, chaquetitas, zapatos de esos planos de hebilla que a Rose le encantaban. Yo creo que fue por eso por lo que mama se largo con el tipo del grupo de apoyo hace setenta y un días. Cuando Jas, el día en que cumplía quince anos, se corto el pelo, se lo tino de rosa y se hizo un piercing en la nariz, dejo de parecerse a Rose, y mis padres con eso no pudieron. Se quedaron con cinco pedazos cada uno. Mamá puso los suyos en un bonito ataúd, bajo una bonita lapida que dice Mi ángel. Papa incinero una clavícula, dos costillas, un fragmento del cráneo y un dedo pequeño del pie, y puso las cenizas en una urna dorada. Así que se salieron cada uno con la suya, pero sorpresa sorpresa, eso tampoco los hizo felices. Mama dice que el cementerio es demasiado deprimente para ir de visita. Y en cada aniversario papa intenta esparcir las cenizas en el mar, pero siempre acaba cambiando de opinión en el último instante. Parece que algo ocurre justo cuando Rose está a punto de ser arrojada al agua. Un ano, en Devon, había un montón de nubes de peces de esos plateados con pinta de no aguantarse de ganas de comerse a mi hermana. Y otro ano, en Cornualles, cayó una caca de gaviota sobre la urna justo cuando papá estaba a punto de abrirla. Yo me eche a reír, pero Jas parecía triste, así que me callé.

Nos fuimos de Londres para alejarnos de todo aquello. Papá conocía a un tipo que conocía a otro tipo que le telefoneo por un trabajo en unas obras del Distrito de los Lagos. En Londres llevaba siglos sin trabajar. Hay recesión, y eso significa que no hay dinero en el país, así que no se construye casi nada. Cuando consiguió el trabajo en Ambleside, vendimos nuestro piso y alquilamos una casa de campo y nos marchamos dejando a mamá en Londres. Me aposte con Jas nada menos que cinco libras a que mama iba a venir a decirnos adiós. No me obligo a pagárselas, pero perdí. En el coche Jas dijo Vamos a jugar a Veo veo, pero no fue capaz de averiguar una cosa que Empieza por la R aunque Roger estaba sentado en mi regazo, ronroneando como para darle una pista.

Que distinto es aquí. Hay montanas enormes, tan altas como para pinchar a Dios en el pandero, y cientos de arboles, y silencio. No hay gente dije cuando encontramos la casa al final de un camino serpenteante, y yo iba mirando por la ventanilla en busca de alguien con quien jugar. No hay musulmanes, me corrigió papa, sonriendo por primera vez aquel día. Jas y yo nos bajamos del coche sin devolverle la sonrisa.

Nuestra casa es opuesta en todo a nuestro piso de Finsbury Park. Es blanca en lugar de marrón, grande en lugar de pequeña, vieja en lugar de nueva. La asignatura del colegio que más me gusta es Dibujo, y si pintara a las personas como edificios, la casa seria una abuelita loca que sonríe sin dientes y el piso seria un soldado muy serio todo repeinado y apretujado en una fila de hombres idénticos. Eso a mama le encantaría. Ella es profesora en una academia de Bellas Artes y creo que si le enviara mis dibujos se los ensenaría hasta al ultimo de sus alumnos.

Por más que mama se haya quedado en Londres, yo estaba contento de que dejáramos aquel piso. Mi cuarto era enano pero no me permitían cambiarme al de Rose porque está muerta y sus cosas son sagradas. Esa era la respuesta que me daban siempre que les preguntaba si podía cambiar de cuarto. El cuarto de Rose es sagrado, James. No entres ahí, James. Es sagrado. Yo no veo que tienen de sagrado un montón de muñecas viejas, un edredón rosa maloliente y un oso de peluche calvo. No me parecieron tan sagrados el día que estuve saltando sobre la cama de Rose, al volver a casa del colegio. Jas me obligo a parar, pero prometió no decir nada.

Cuando salimos del coche, nos quedamos mirando nuestra nueva casa. El sol se estaba poniendo, las montañas tenían un brillo naranja y yo veía nuestro reflejo en una de las ventanas: papa, Jas y yo, con Roger en brazos. Por una milésima de segundo me sentí lleno de esperanza, como si aquello fuera de verdad el principio de una vida completamente nueva y todo fuera a ir bien de ahí en adelante. Papa agarro una maleta y saco la llave que llevaba en el bolsillo, y recorrió el camino del jardín. Jas me sonrió, acaricio a Roger, y luego le siguió. Deje el gato en el suelo. Se fue directo a meterse en un arbusto, abriéndose paso entre las hojas con la cola levantada. Venga, me llamo Jas, dándose la vuelta ante la puerta del porche. Me espero con una mano extendida mientras yo corría a su lado. Entramos en la casa juntos. Jas lo vio primero. Note como se le ponía el brazo rígido. Te apetece un té dijo, con una voz demasiado aguda y los ojos fijos en algo que papa tenía en la mano; estaba agachado en el suelo del salón con ropa tirada por todas partes, como si hubiera vaciado la maleta deprisa y corriendo. Dónde está la «kettle» preguntó Jas, tratando de hacer como si nada. Papa no levanto los ojos de la urna. Escupió sobre ella y se puso a sacarle brillo al dorado con la punta de la manga hasta que la dejo resplandeciente. Luego puso a mi hermana sobre la repisa de la chimenea, que era de color crema y tenia polvo y era igualita que la del piso de Londres, y murmuro Bienvenida a tu nueva casa, hijita.

Jas se cogió el cuarto mas grande. Tiene una vieja chimenea en una esquina y un armario empotrado en el que ha metido toda su ropa negra nueva. Ha colgado de las vigas del techo un móvil de campanillas, y si las soplas tintinean. Yo prefiero mi cuarto. La ventana da al jardín de atrás, que tiene un manzano que cruje y un estanque, y además está ese alfeizar ancho de verdad en el que Jas coloco un cojín. La noche que llegamos nos pasamos horas ahí sentados, mirando las estrellas. En Londres no las había visto nunca. Entre los edificios y los coches había tanta luz que no se veía nada en el cielo. Aquí si que se ven bien las estrellas, y Jas me estuvo hablando de las constelaciones. A ella le interesa el horóscopo y se lo lee todas las mañanas en internet; le dice exactamente lo que va a pasar ese día. Y no te estropea la sorpresa le pregunte en Londres una vez que Jas se hizo la enferma porque su horóscopo decía no se que de un suceso inesperado. Ahí está la gracia me respondió, volviéndose a la cama y tapándose hasta las orejas.

Jas es Géminis, el signo de los gemelos, y resulta extraño porque ya no tiene gemela. Yo soy Leo y mi símbolo es el león. Jas se puso de rodillas sobre el cojín y me lo señalo por la ventana. No parecía mucho un animal, pero Jas me dijo que siempre que tenga algún problema tengo que pensar en ese león de estrellas que está ahí arriba, y todo irá bien. Yo le iba a preguntar por qué me estaba diciendo aquello justo cuando papa nos había prometido Empezar Desde Cero, pero me acorde de la urna sobre la repisa de la chimenea y me dió demasiado miedo la respuesta. A la mañana siguiente encontré una botella de vodka vacía en el cubo de la basura y supe que la vida en el Distrito de los Lagos iba a ser exactamente igual que la vida en Londres.

Eso fue hace dos semanas. Después de la urna, papa saco de la maleta el viejo álbum de fotos y algo más de ropa. Los tipos de la mudanza se ocuparon de las cosas grandes como las camas y el sofá, y Jas y yo nos ocupamos de todo lo demás. Las únicas cajas que no hemos abierto son esas enormes en las que pone SAGRADO. Están en el sótano, cubiertas con bolsas de plástico para que se mantengan secas si hay una inundación o lo que sea. Cuando cerramos la puerta del sótano, a Jas se le empanaron los ojos y se le pusieron húmedos. Dijo A ti no te agobia, y yo dije No, y ella dijo Por qué no, y yo dije Rose está muerta. Jas arrugo el gesto. No digas esa palabra, Jamie.

No entiendo por qué no. Muerta. Muerta. Muerta muerta muerta. Mamá lo que dice es Se nos fue. La frase de papá es Está en un lugar mejor. El nunca va a la iglesia, así que no se por qué lo dice. A menos que ese lugar mejor del que habla no sea el Cielo, sino el interior de un ataúd o una urna dorada.

En Londres, mi orientadora me dijo Te niegas a admitirlo y sigues afectado por el shock. Me dijo Un día te vendrá de golpe y llorarás. Parece ser que no he llorado desde el 9 de septiembre de hace casi cinco años, que fue cuando ocurrió lo de Rose. El año pasado, papa y mama me mandaron a ver a esa señora gorda porque les parecía raro que yo no llorara por aquello. Me habría gustado preguntarles si ellos llorarían por alguien de quien no se acuerdan, pero me calle. De eso es de lo que parece que nadie se da cuenta. Yo no me acuerdo de Rose. No del todo. Me acuerdo de dos niñas que jugaban a saltar las olas en vacaciones, pero no de donde estábamos, ni de lo que dijo Rose, ni de si se lo estaba pasando bien o no. Y se que mis hermanas fueron damas de honor en la boda de un vecino nuestro, pero la única imagen que me viene a la cabeza es la del tubo de Smarties que me dio mama durante la misa. Ya entonces los que más me gustaban eran los rojos, y los apretaba en la mano hasta que me desteñían la piel de rosa. Pero no me acuerdo de cómo iba vestida Rose, ni de como desfilaba por el pasillo de la iglesia ni nada parecido. Después del funeral, cuando le pregunte a Jas donde estaba Rose, me señalo la urna que había encima de la repisa de la chimenea. Cómo puede caber una niña en un sitio tan pequeño le dije, y eso la hizo llorar. O por lo menos eso es lo que ella me ha contado.

Yo en realidad no me acuerdo. Un día nos pusieron de deberes en el colegio que describiéramos a alguien especial, y me pase quince minutos para escribir una página entera sobre Wayne Rooney. Mama me hizo romperla y escribir en su lugar sobre Rose. Como yo no tenía nada que decir, se sentó enfrente de mi con la cara toda roja y sudorosa y me dijo exactamente lo que tenía que escribir. Sonrió entre las lagrimas y dijo Cuando tú naciste, Rose señaló a tu pilila y preguntó si era un gusano y yo dije No pienso poner eso en mi cuaderno de Literatura. A mama se le borro la sonrisa. Las lágrimas le resbalaron de la nariz a la barbilla y me hicieron sentirme tan mal que lo escribí. A los pocos días, la profesora leyó mi redacción en clase, y me gane una estrella dorada de ella y las burlas de todos los demás. Pichalarva, me pusieron.

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27Ene, 2011

GEORGE SAND & FLAUBERT; Vida vs. Obra.

Escrito por: corto-cortes el 27 Ene 2011 - URL Permanente

Otro de los asuntos en los que no están de acuerdo George Sand y Gustave Flaubert es en qué debe ser más importante para el escritor su vida o su obra. George Sand da prioridad a la vida, sus experiencias da fe de ello. Gustave Flaubert, que se sabe un gran artista, entiende que su obra es merecedora de todos los sacrificios.

Extracto lo referente a este tema de la correspondencia que estos dos escritores mantuvieron entre 1866 y 1876 recogidas en la magnífica edición de Marbot ediciones

18/09/1868 Sand escribe a Flaubert.


He retomado una novela sobre el teatro de la que había dejado una primera parte en mi despacho, y me baño todos los días en un pequeño torrente helado que me vapulea y me hace dormir como un bebe. ¡Qué bien se está aquí con estas dos niñitas (sus nietas) que ríen y charlan de la mañana a la noche como pájaros, y qué estupidez ponerse a componer y tramar ficciones, cuando la realidad es tan cómoda y agradable! (…) No hay nada más interesante en mi vida que los otros.

21/12/1868 Sand a Flaubert.


A ti te exceptúo de todo esto (está criticando a los escritores franceses), tú que haces una vida de excepción, y yo me exceptúo a causa de un fondo de bohemia despreocupada que he conservado. Pero yo no sé insistir y pulir, y amo demasiado la vida, me distraigo demasiado en los aliños, en todo lo que no es el plato principal, para ser verdaderamente una literata. Tengo mis ataques, pero no me duran. ¡La existencia en que uno no sabe nada de su yo es tan buena, y la vida en que uno no interpreta ningún papel, un espectáculo tan hermoso de ver y escuchar! Cuando tengo que entregarme a fondo, saco fuerzas del coraje y la resolución, pero ya no me divierto. De ti, trovador apasionado, sospecho que te divierte tu oficio más que nada en el mundo. A pesar de lo que dices, bien podría ser que el arte fuese tu única pasión, y que tu enclaustramiento, que me enternece, tonta de mí, fuese tu jardín de las delicias. Ojalá fuese así, pero reconócelo, para tranquilizarme.

El 1/01/1869. Noche de fin de año a la 1. (Ya es significativo que esa madrugada se ponga a escribir) Flaubert responde a Sand.

En cuanto a mi pasión por el trabajo, yo la compararía con un prurito. Me rasco gritando. Es al a vez un placer y un suplicio. ¡Y no hago nada de lo que no quiero! Porque uno no escoge sus temas. Ellos se imponen. ¿Encontraré alguna vez el mío? ¿Me caerá del cielo una idea que encaje completamente con mi temperamento? ¿Podré hacer un libro donde me dé todo entero?

(…) ¿Qué “el enclaustramiento al que me condeno es mi jardín de las delicias”? ¡No! Pero ¿Qué le voy a hacer? Embriagarse con tinta es mejor que embriagarse con aguardiente. ¡La musa, por muy esquiva que sea, da menos dolores de cabeza que La Mujer! No puedo compartir la una con la otra. Hay que escoger. ¡Mi elección está hecha desde hace mucho! Queda el tema de los sentidos. Siempre han sido mis servidores. Incluso en la época de mi más tierna juventud, he hecho con ellos absolutamente lo que he querido. Estoy cerca de los 50 ¡y ya no es precisamente su fogosidad lo que me estorba!

Este régimen no es tan terrible; lo admito, hay momentos de vacío y de terrible aburrimiento. Pero se van volviendo más y más raros a medida que uno envejece. En fin, ¡vivir me parece un oficio para el cual no estoy hecho! ¡Y sin embargo!

El 17/01/1869 Sand a Flaubert.


(…) No hay ser más sereno y más feliz en su interior que este viejo trovador (habla de ella misma) retirado de los asuntos del mundo, que canta de tanto en tanto su pequeño romance a la luna, sin preocuparse de cantar bien o mal, porque canta lo que le pasa por la cabeza, y que, el resto del tiempo, pasea deliciosamente. No ha estado tan bien como ahora (sigue hablando de ella). Cometió la estupidez de ser joven, pero no hizo daño, ni conoció las bajas pasiones, ni vivió para la vanidad, goza de la felicidad de ser apacible y divertirse con todo.

El 26/02/1872 Flaubert a Sand.


He seguido sus consejos: me he distraído. Pero eso me divierte mediocremente. Decididamente no me interesa otra cosa que la sacrosanta literatura.

El 28/02/1872 Sand a Flaubert.


Nosotros 5 (ella, su hijo Maurice, su nuera y sus 2 nietas) nos amamos apasionadamente, y la sacrosanta literatura, como tú la llamas, es secundaria para mí en la vida. Siempre he amado a alguien más que a ella, y a mi familia más que a nadie.

El 3/03/1872 Flaubert responde a Sand. Aquí parece que Gustave F. se asusta de sí mismo.

¡No! La literatura no es lo que amo más en el mundo. Me expliqué mal (en mi última carta). Le hablaba a usted de distracciones, y de nada más. No soy tan repelente como para preferir las frases a los Seres. Con la edad mi sensibilidad se exaspera. Pero la materia es sólida y la máquina sigue funcionando. Por otra parte, después de la guerra de Prusia, no puede haber peor embrutecimiento.

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20Dic, 2010

INÉS Y LA ALEGRÍA; Izquierda y derecha.

Escrito por: corto-cortes el 20 Dic 2010 - URL Permanente

Hace unos años hice un experimento. Recorté del periódico una foto en la que un policía pegaba con su porra a un joven y se la enseñé, por separado, a dos hermanos amigos míos, Juan y Pedro.

Juan exclamó: “violencia policial, ¡como se pasan!”. Pedro comentó: “Menos mal que la policía cumple con su deber”. Juan es de izquierdas y vota, cuando lo hace, a un partido de izquierdas. Pedro es de derechas y siempre vota a un partido de derechas.

Juan y Pedro pertenecen a una familia normal y burguesa. No han sufrido traumas que destacar. Han ido al mismo colegio y los dos tienen carrera universitaria y trabajo estable. Desde los 20 años piensan de forma diferente ¿Por qué?

Wendy que, como su nombre indica, es de derechas, opina que lo de Juan es por llamar la atención, por llevar la contraria. Que perteneciendo a “una familia como dios manda” se declara de izquierdas por dar la nota, pero que en el fondo es más burgués y conservador que su hermano. Eso dice Wendy. Yo no creo que la cuestión sea tan sencilla. Pienso que hay mucho más, pero sigo intrigado: ¿Qué neurona se activa, o no, y por qué, ante situaciones injustas, ante la violencia, en los diferentes cerebros humanos? ¿Por qué las emociones generadas por la misma realidad son tan diferentes dependiendo de la persona?

Tengo en mis manos (un hada buena me la ha traído de España) Inés y la alegría, Tusquets 2010, la deslumbrante nueva novela de Almudena Grandes. Disfruté tanto con El corazón helado que empecé a leerla de forma cautelosa, con miedo a la decepción. Después de 100 páginas, ya entregado, gozo como un bobo enamorado.

Estamos en Madrid, en 1936. Inés tiene 20 años y una vecina, Aurora, la ha puesto en contacto con jóvenes intelectuales de izquierda. Inés pertenece a una familia de derechas, su hermano es de Falange, y ella misma no entiende por qué simpatiza con la izquierda. Inés, con sus razonamientos de chica de 20 años (a esa edad en 1936 se era más inocente que hoy a los 14), expresa sus sentimientos y dudas:

Se acaba de producir el alzamiento nacional:

Pág. 70

Sabía que, si triunfaba, se acabarían las mujeres que fumaban y conducían sus propios coches, los poetas guapos y rubios que besaban en la boca a escritoras rubias y guapísimas delante de todo el mundo, los poetas morenos que tocaban el piano, y los dramaturgos de éxito [Alejandro Casona] que se emocionaban jugando con unos niños rotos y tiñosos mientras contagiaban sus sonrisas a una cámara. Lo único que no sabía era por qué me encontraba yo tan bien entre ellos, por qué sentía que aquel lugar me pertenecía, por qué aquellas costumbres, aquellas palabras, aquella manera de entender el mundo, la vida, todas las cosas, que repugnaban a mi familia, me atraían y me reconfortaban al mismo tiempo. No sabía por qué, cuándo, cómo había logrado mudarme al otro lado, acogerme a la hospitalidad de una orilla donde la oscuridad y la luz viajaban en dirección contraria a las que había conocido siempre, pero estaba segura de que, si los generales triunfaban se acabaría el Lyceum Club, y ese mundo que aún no había logrado hacer completamente mío, se desharía entre mis dedos como una nube de polvo dorado, un espejismo tan bello y mentiroso como las caricias de un amante infiel, una trampa en la que yo ni siquiera había podido medirme todavía. Entonces las lágrimas que temblaban en mis ojos, esas lágrimas que me acompañaban a todas partes como la promesa de una emoción que aún desconocía, se secarían para siempre, y nunca volvería a haber teatro en los pueblo que acababan de descubrir lo que era el teatro. Sabía que eso sería terrible, y que, a la vez, sería lo de menos, y que mis dos hermanos, tal vez también mi cuñado, estaban pringados hasta el cuello en aquel intento de acabar con la alegría de unos niños que jugaban al corro,…

Continuo leyendo con asombro y emoción esta magnífica novela. Espero que páginas adelante la autora me ilustre y me ayude a reflexionar con más claridad sobre el asunto: ¿Por qué algunas personas simpatizan con ideas diferentes a las que proliferan en su entorno?

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09Nov, 2010

HİROMİ KAWAKAMİ; Algo que brilla como el mar.

Escrito por: corto-cortes el 09 Nov 2010 - URL Permanente

Editorial Acantilado ha publicado dos novelas de la escritora Hiromi Kawakami (Tokio, 1958). La primera, El cielo es azul, la tierra blanca, 2009, cuenta la historıa de una mujer solitaria que conoce a un viejo maestro. Entre ellos surge una relación muy especial. La segunda Algo que brilla como el mar es una novela de iniciaciòn. Midori es un adolescente y vive los cambios propios de esa edad: Amistad, sexo, familia.... Kawakami escribe de maravilla, como Murakami, dice las cosas màs profundas de la forma más sencilla:

Por cierto, en aquella época mi madre se refería a sí mis­ma como «mamá». Ahora, en cambio, cuando habla de sí misma dice «yo».

—Eres un chico muy arisco, Midori. Si yo fuera joven, nunca me enamoraría de alguien como tú—suele decirme con toda la tranquilidad del mundo.

No me molesta que mi madre se refiera a sí misma como «yo» y no parezca mi madre. Sólo me hace sentir vagamente incómodo que se esfuerce tanto en no parecer una madre.

Por otro lado, tengo el presentimiento de que hay algo de mí que también incomoda a mi madre. Seguro que le molesta que todo lo que me pasa me parezca simplemen­te normal.

Para mí, todo entra en la categoría de «normal», incluso aquella pelea que tuve con Hanada, de la que salí con un dedo inflamado porque quise darle un puñetazo en el estó­mago que él esquivó ágilmente y mi puño se estrelló contra un poste de electricidad; o la primera vez que conseguí ha­cer el amor con Mizue Hirayama después de tres intentos frustrados. De todos modos, a mi madre no le cuento todo lo que me pasa, por supuesto.

—Aunque el mismísimo Godzilla apareciera en la colina que hay detrás de tu colegio, a ti te parecería lo más normal del mundo—me reprocha ella, con un suspiro.

—Detrás de mi colegio no hay ninguna colina.

—No tienes sentimientos.

—No es una cuestión de sentimientos.

—Los chicos de tu edad no sois capaces de comprender la belleza y la tristeza que encierra la figura de Godzilla.

—No es verdad. A mí Godzilla me gusta bastante.

—Tiene una cola digna de admiración.

—Sí, esa cola de reptil le da un aire especial.

Mi madre y yo nos desviamos del tema, como si nada, y acabamos perdiendo el hilo de la conversación.

«Como si nada» es una expresión que suele utilizar Mi­zue Hirayama.

—Tú y tu madre lo hacéis todo como si nada—me dijo un día Mizue, con un deje de emoción en la voz.

—¿Como si nada?

—Sí. ¿No te parece misterioso?

Misterioso. Siempre he pensado que Mizue tiende a creer que posee la razón universal. El caso es que mi ma­dre y yo, para bien o para mal, no tenemos una relación tan intrigante como ella piensa.

—Yo nunca me he sentido incómodo frente a mis pa­dres—repuso Hanada, que estaba sentado con la espalda apoyada en la valla de la azotea. A la hora de comer, Mizue, Hanada y yo tomábamos el sol en la azotea del pabellón de clases especiales del colegio. A diferencia de los demás pa­bellones, allí casi nunca había nadie.

—Los padres son criaturas de otra especie, ¿verdad? —prosiguió Hanada, animadamente.

Quizá tuviera razón. Puede que los padres y las madres sean criaturas de otra especie, como la mía:

Mi madre siempre se perfuma después de desayunar. «Este perfume huele a flores blancas—dice—. Ni amari­llas ni violetas, sino blancas».

A mi madre le quedan muy bien las gafas de sol.

A mi madre le gusta más el filete de ternera rebozado que el filete de cerdo.

A mi madre le gusta el sumo, y se lamenta porque última­mente ya no hay luchadores con enormes barrigas.

A mi madre no se le da bien coser. Se le resisten especial­mente los botones. En cambio, es una artista de los dobla­dillos. Cuando empezaba a coser los trapos que tenía que llevarme al colegio, no podía parar. Una vez, cosió veinti­cinco trapos de golpe y tuvimos una discusión porque pre­tendía que me los llevara todos al colegio al día siguiente.

Mi madre no ha estado nunca casada. De hecho, me tuvo a mí sin haberse casado.

—Pues a mí la madre de Midori no me parece una cria­tura de otra especie—dijo Mizue Hirayama.

—Yo creo que es la excepción, aunque es una persona que parece nadar a contracorriente de la sociedad—le res­pondió Hanada a Mizue, encogiéndose de hombros. Ha­nada sigue teniendo la misma constitución corpulenta que cuando éramos niños.

—A mí me cae bien. Quizá por eso Midori esté tan enma­drado—añadió Mizue, con un profundo suspiro.

Era un día soleado. Al mediodía, Mizue y yo solíamos subir a la azotea. No había gente, pero sí muchos cuervos y palomas. Hanada llegaba más tarde. Mizue Hirayama extendió la bolsa vacía del bollo con sa­bor a melón y la dobló.

—La verdad es que me apetecía más un bollo de curry, pero he tenido que aguantarme y comer el de melón.

—¿Por qué no has comido el bollo de curry?

—Es que estoy a dieta.

—¿Tanta diferencia de calorías hay?

—Muchísima.

—¿Por qué las chicas os emperráis en hacer dieta?

—Porque nos gusta comprobar que somos capaces de hacerla.

Mizue Hirayama y yo hablábamos apoyados en la valla. Yo hablaba despacio, mientras que ella articulaba las pala­bras velozmente. Los cuervos volaban por encima de nues­tras cabezas.

—Veo que te gustan los cuervos.

—Pero odio las palomas—dijo ella.

Mizue tenía muy claro lo que le gustaba y lo que no. A mí, en cambio, no me gustaba ni me disgustaba práctica­mente nada, del mismo modo que casi todo lo que me ocu­rría entraba en la categoría de lo «normal».

—¿Es verdad que estás muy enmadrado?—me pregun­tó Hanada.

—A mí no me lo parece—le respondí cautelosamente. No me gustaba la palabra «enmadrado». No por el signi­ficado, sino por la sonoridad de la palabra en sí. Cuando Mizue utilizó esa palabra me sorprendí, aunque no refle­jé mi asombro.

Aún no sabia cómo reaccionar cuando una chica utili­zaba una palabra que no me gustaba. ¿Debía expresarle mi disconformidad con mucho tacto, o quizá debía darle a conocer mi punto de vista y pedirle que dejara de utilizar esa palabra? ¿Sería más adecuado cambiar de tema? Esta­ba convencido de que, fuera cual fuera mi reacción, no po­dría evitar que Mizue se enfadara conmigo. Los enfados de Mizue me daban miedo, porque no tenía ni idea de cómo apaciguar su cólera.

—Yo no entiendo a las mujeres. Ni a las jóvenes, ni a las maduras, ni a las viejas—dijo Hanada, y Mizue rió.

Hanada tenía un poder de atracción innato. Su corpu­lento físico, su profunda voz y sus grandes ojos redondos estaban llenos de atractivo. Si yo hubiera dicho algo pare­cido, estoy convencido de que Mizue se habría enfadado conmigo. Pero como fue Hanada quien lo dijo, ella se echó a reír a carcajadas.

Unas cuantas palomas revoloteaban a nuestro alrededor, picoteando las migajas de pan.

—Hace buen día—dijo Mizue, dando puntapiés a las pa­lomas despreocupadamente.

—Un día precioso—corroboró Hanada.

Yo guardé silencio.

Cuando sonó el timbre que indicaba el comienzo de la quinta hora de clases, los alumnos del patio empezaron a entrar en los pabellones de las aulas normales. Imitando a Mizue, intenté ahuyentar a las palomas con la punta del zapato, pero ellas eran más rápidas y no conseguí alcanzar ninguna. Mizue y Hanada se echaron a reír. Malhumora­do, pateé el suelo con el pie, y los pájaros levantaron el vue­lo todos a la vez.

Las piernas de Mizue resplandecían exuberantes bajo la luz del sol. «Quiero hacer el amor con Mizue—pensé inten­samente—. Quiero hacerlo, quiero hacerlo, quiero hacer­lo con desesperación», pensé. Aquella idea había surgido con la misma fuerza con que el agua brota de una fuente.

Pero no podía hacerlo.

—¿Por qué no vamos a algún sitio esta tarde?—propuso Mizue Hirayama. Mi corazón empezó a latir más deprisa, porque sabía que mi madre y mi abuela no estaban en casa.

—Vale—le respondí, con fingido desinterés.

Mizue rió bajo la luz del sol que inundaba la azotea.

—¿Te apuntas, Hanada?—le pregunté con un susurro.

—Pues no lo sé—repuso Hanada, desperezándose. Es­taba medio adormilado en el suelo de la azotea, y el sol ba­ñaba su cuerpo robusto.

—Vamos todos juntos—dijo Mizue.

—Qué rollo—respondió Hanada, y Mizue se acercó a él. «Si se acerca tanto, Hanada le verá las bragas por debajo de la falda», pensé yo. Pero no dije nada.

—Vente con nosotros, Hanada—insistió Mizue.

Todo está bien en la Tierra.

De repente, me vinieron a la memoria unas palabras que mi madre solía decir en ciertos momentos:

El año está en primavera

y el día está en el alba,

del alba son las siete.

La colina está perlada de rocío,

la alondra va en vuelo,

el caracol está en el rosal.

Dios está en su cielo.

Todo está bien en la Tierra.

En aquel momento, sin saber por qué, me acordé de aquella poesía que mi madre recitaba, a veces en un mur­mullo y otras veces en voz alta. «Hoy tampoco podre­mos hacer el amor desesperadamente», me lamenté para mí mismo. Seguro que no podríamos hacerlo nunca más. Todo estaba bien en la Tierra, y Mizue Hirayama exhibía su encantadora sonrisa.

Hay pocas cosas en la vida que me gusten más que una buena novela de iniciaciòn.

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14Oct, 2010

LORD BYRON MANIACO-DEPRESIVO; Según Kay Redfield Jamison.

Escrito por: corto-cortes el 14 Oct 2010 - URL Permanente

Un buen libro te lleva a otro libro. Ayer comentaba aquí Byron la divertida biografía que el Príncipe de Lampedusa escribió sobre el poeta escocés. Este libro editado en castellano por Nortesur casi parece un libro de aventuras. Su autor describe de forma muy amena la vida del poeta. Incluso cuando se refiere a sus extravagantes parientes, lo hace da tal forma que hasta te caen bien.

Hace años leí la autobiografía de Kay R. Jamison, Una mente inquieta, editada por Tusquets. En este libro su autora, psiquiatra de profesión, describe su propio calvario como enferma mental. Tiene otro libro, Marcados con fuego, editado por Fondo de cultura Económica en el que analiza las enfermedades mentales que padecieron escritores como Virginia Wolff, Edgar Allan Poe o Lord Byron, entre otros. La doctora Jamison nos ofrece una descripción de Lord Byron desde un punto de vista muy diferente al de Lampedusa.

Sobre Lord Byron se atreve a afirmar, con datos, que claramente padeció la enfermedad maniaco-depresiva:

Pág. 152.


Byron sufrió enormemente por su “predisposición al dolor”, y a veces temió volverse loco. Escribió y habló sobre el suicidio, y adoptó un estilo de vida que hacía probable un temprano fin; desde el punto de vista médico, sus síntomas, la historia psiquiátrica de su familia y el curso de su enfermedad encajan muy bien en la pauta de la enfermedad maniaco-depresiva.

Sigue Jamison:

Muchos de los críticos de Byron han sostenido que muchos de los temas sobre los que escribió, especialmente sus torturados estados emocionales, eran puro melodramatismo, protagonismo y pose. Aquí sostenemos que, de hecho, Byron ejerció un notable control sobre su existencia problemática y a veces dolorosa, y que tuvo un estilo insólitamente expresivo, un talento y un valor poco comunes para jugar con las cartas que le tocaron en la vida.

(…)

Su desastroso modo de administrar sus finanzas era similar a su promiscuidad episódica, su ira violenta, su impetuosidad, su inestabilidad, su amor a correr riesgos, su poco juicio y su extrema irritabilidad, todo lo cual constituye un clásico comportamiento maniaco. Aunque no hay pruebas de que Byron padeciera alucinaciones y delirios, estos no son componentes indispensables del diagnóstico de manía. La irritabilidad y las rabietas de Byron muchas veces se manifestaban en el contexto de su comportamiento melancólico, lo que coincide con el diagnóstico de los estados mixtos ( la coexistencia de síntomas de manía y de depresión).

A partir de la pág. 154 nos habla de los antecedentes familiares:


Por último, lo que es especialmente grave en una enfermedad genética, [la autora defiende que esta enfermedad es genética algo, en mi opinión no demostrado] Byron tuvo una historia familiar notable por sus suicidios (que se pueden relacionar más con la enfermedad maniaco-depresiva que con ninguna otra), violencia, irracionalidad, extravagancias financieras y melancolía recurrente (…). El propio Byron fue el primero en creer en la base constitucional de su enfermedad y su temperamento: “Es ridículo”, le hizo notar a Lady Blessington, “decir que no heredamos nuestras pasiones al igual que otros trastornos”

La doctora Jamison describe las rarezas (por ser benévolo) de los familiares de Byron. Aunque por parte de madre, los Gordon, hay buenos ejemplos, para mi gusto el peor fue su propio padre al que apodaban “Mad Jack” o “Jack el loco”.

Pág. 157:


John Byron (“Mad Jack”) no tardó en contraer el mismo tipo de deudas de juego y los mismos problemas financieros y en sobrepasar el grado de disipación de su tío, el malvado Lord. Encantador, bien parecido y entusiasta, sirvió algún tiempo en América al cuerpo de Guardias de Coldstream, antes de regresar al torbellino social de Londres. Allí conoció a la esposa del futuro duque de Leeds, heredera de un título. Después de un escándalo y un divorcio se casaron y se fueron a vivir a Francia, donde tuvieron varios hijos; la única que sobrevivió a la infancia fue Augusta, la media hermana del poeta y su gran amor. (Como era tradicional en la familia Byron, Augusta se casó con su primo hermano, John Leight, quien tuvo enormes problemas financieros y contrajo muchas deudas de juego. Dos de sus tres hijos y dos de sus hijas también tuvieron graves dificultades económicas. [Además, por lo menos uno de sus hijos, descrito como “desequilibrado mental”, tuvo que ser internado]) Cuando murió su esposa Jack el Loco, después de acumular todavía más deudas, volvió a Inglaterra y se casó con otra heredera, esta vez escocesa, Catherine Gordon de Gight. Se apresuró también a gastar esta segunda fortuna, y poco después de nacer su hijo, George Gordon (Lord Byron) regresó a Francia para escapar de sus acreedores. Murió joven, disoluto, alcohólico y víctima de sus “inestables estados de ánimo, de sus apetitos sensuales, de una tristeza y de una alegría salvajes”* y probablemente por la vía del suicidio.

*Jamison se apoya en el libro de Moore: “Lord Byron: Accounts rendered

Kay R. Jamison, de hecho, usa una frase de Lord Byron para titular su libro. En la introducción de su primer capítulo escribe:


“Todos los del oficio estamos locos” dijo Lord Byron de sí mismo y de sus compañeros poetas. “A algunos les da por la alegría, a otros por la melancolía, pero todos estamos más o menos marcados”.

Lord Byron.

John "Mad Jack" Byron.

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10May, 2010

TREN FANTASMA A LA ESTRELLA DE ORIENTE; Paul Theroux. 3ª parte.

Escrito por: corto-cortes el 10 May 2010 - URL Permanente

Siempre me he preguntado como se hace compatible una familia (con hijos pequeños) con una vida de viajero que, en algunos casos, te lleva a pasar temporadas de más de 4 meses fuera de casa. Soy consciente de que muchos aventureros salen de viaje principalmente para huir de la familia. Cuidar una noche a tres niños con fiebres de 40º puede ser más aterrador que dormir al raso en mitad de la selva africana. Paul Theroux, viajero impenitente y escritor, nos cuenta en su libro Tren fantasma a la estrella de oriente, Alfaguara 2010, como el viaje en tren por Asia que emprendió en 1973 para escribir su conocido libro El gran bazar del ferrocarril le costó el matrimonio:


Mi viaje propuesto para volver sobre mis pasos y recorrer el mismo itinerario que hice en El gran bazar del ferrocarril fue debido sobre todo a la curiosidad por mi parte, y a la ociosidad habitual, a las que se sumó el deseo irreprimible de estar lejos. Pero ese mismo había sido el caso treinta y tres años antes, y había dado resultados. Toda escritura implica que uno se lance a las tinieblas, confiando en tener un aterrizaje no muy duro.

(…)

Aunque hubiera fingido pasarlo muy bien en la narración que publiqué, mi primer viaje no salió como estaba planeado.

—No quiero que te vayas —dijo mi primera esposa en 1973. Y no lo dijo de manera sentimental, sino a modo de colérica exigencia. Sin embargo, acababa de terminar un libro y me había quedado sin ideas. No tenía un medio de ganarme la vida, no tenía una idea para emprender una nueva novela, y —aunque no sabía lo que me estaba esperando— guardaba la esperanza de que ese viaje me sirviera para hallar un nuevo tema. Tenía que marchar. Los marinos se hacen a la mar, los soldados van a la guerra, los pescadores se van de pesca, le dije. Los escritores a veces tienen que irse de casa.

—Volveré en cuanto pueda.

Le produjo resentimiento que me marchase. Y aunque no lo dijera por escrito, me sentí un desdichado en cuanto me marché de Londres, despidiéndome de aquella desmoralizada mujer y de nuestros dos hijos pequeños. Aquélla era la época de los telegramas y las postales y los teléfonos negros, de baquelita, que no siempre funcionaban. Escribí a casa a menudo. Pero sólo conseguí hacer dos llamadas telefónicas, una desde Nueva Delhi y otra desde Tokio, y ambas fueron fútiles. ¿Y por qué sonaron tan mal recibidas mis expresiones de cariño? Tuve morriña durante el día entero —a lo largo de cuatro meses y medio— y me pregunté si se me echaba de menos.

Ésa fue mi primera experiencia de los melancólicos, largos atardeceres del viajero. Durante el viaje estuve desesperado, sin saber qué hacer. Creí enloquecer cuando volví a casa. No se me había echado de menos. Se me había encontrado un sustituto. Mi mujer se había echado un amante. Que yo pusiera alguna objeción habría sido hipocresía: yo le había sido infiel.

No fueron sus hazañas sexuales lo que me incomodó; fue si acaso la cómoda domesticidad en que vivieron. El individuo había pasado muchos días con sus noches en mi casa, en nuestra cama, dedicado en cuerpo y alma a sus amoríos con ella y

jugando con los niños. No reconocí mi propia voz cuando le grité: «Pero... ¿Cómo has podido hacerme eso?». «Fácil —dijo ella—. Pensando que habías muerto». Tuve ganas de matar a esa mujer, pero no porque la odiase, sino (como suelen decir los cónyuges que han cometido asesinato pasional) porque la amaba. Amenacé con matar al hombre

que, incluso después de mi regreso, siguió enviándole cartas de amor. Me convertí en una bestia encolerizada, y por pura casualidad descubrí una cosa que me ayudó: amenazar a alguien con matarlo es una forma eficaz para disponer de su atención.

En vez de matar a nadie, o de verter más amenazas, me senté en mi estudio y escribí con furia, maltratando mi máquina de escribir, empeñado en perderme en el humor del libro, en su extrañeza. Tenía en baja estima la mayoría de los libros de viajes. Quise introducir en el mío todo lo que echaba en falta en otros —diálogo, personajes, incomodidades— y olvidarme de los museos, las iglesias, las visitas turísticas en general. Aunque hubiese añadido una dimensión en absoluto corriente, no dije nada de mis tumultos domésticos. Di al libro un carácter alegre, y resulta que, como muchos otros libros alegres y festivos,

está escrito en medio de un agónico sufrimiento, con el pesar de que al haber emprendido aquel viaje había perdido lo que más me importaba: mis hijos, mi esposa, mi muy alegre y festivo hogar.

El libro tuvo éxito. Me curé de mi tristeza con más trabajo; durante el viaje había tenido una idea para una nueva novela. Pero algo importante se había destruido: la fe, el amor, la confianza, la creencia en el futuro. Después de mi viaje, a mi regreso, me había convertido en un forastero, en una presencia fantasmal, alguien con la nariz pegada al cristal de las ventanas. Entendí qué significa estar muerto: a lo mejor se te echa de menos, pero quienes te echan de menos siguen adelante con sus vidas, sin ti. Otras personas ocupan tu sitio. Se sientan en tu sillón favorito, sientan a tus hijos en sus rodillas, les dan consejo, les dan un golpecito cariñoso en el mentón; otras personas

duermen en tu cama, miran tus cuadros, leen tus libros, flirtean con la au-pair danesa; y a la vez que te menosprecian por haber sido un tipo aburrido y demasiado industrioso, se gastan tu pasta. Las más de las veces de tu muerte no se acuerda nadie.

«Tal vez era lo mejor que podía pasar», dice la gente, procurando no pasarse de morbosa. Algunas traiciones se pueden perdonar, pero hay otras de las que no se recupera uno. Años después, cuando mis hijos ya no vivían en esa casa, abandoné aquella vida, aquel matrimonio, aquel país. Inicié una nueva vida en otra parte.

Ahora que soy treinta y tres años más viejo he regresado a Londres. Con gran pesar, a punto de emprender el mismo viaje, he vuelto a vivir gran parte del dolor que creía olvidado del todo.

Paul Theroux y su amigo V. S. Naipaul.

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29Mar, 2010

EL GRAN MUNDO; David Malouf.

Escrito por: corto-cortes el 29 Mar 2010 - URL Permanente

Decía Joaquín Sabina en una entrevista que a él no le interesa la infancia de los personajes de las novelas que lee, que llega a saltarse algunos principios para llegar a la edad adulta de los protagonistas de esos libros. A mí, con el mayor de los respetos al maestro, me ocurre todo lo contrario. Opino que una guerra marca, pero una familia más. Para bien y para mal. Por eso me ha parecido sublime El gran mundo la novela de David Malouf publicada en 2010 por Libros del Asteroide

David Malouf (Brisbane, Australia, 1934) nos cuenta la historia de 2 amigos Digger y Vic que se conocieron en la 2ª Guerra Mundial en 1941 formando parte de las tropas australianas que se enfrentan a los japoneses en Tailandia y Malasia.

La vida posterior de cada uno de ellos ha sido muy diferente: Vic es un tiburón de la bolsa, con éxito como empresario y Digger ha preferido una vida discreta en la ciudad en la que nació. Aun así siguen siendo muy amigos.

Malouf, para que entendamos de forma lo más completa posible a los personajes, nos cuenta como fue su infancia, como fueron sus padres, sus abuelos.

Jenny, la hermana de Digger, es retrasada y atiende la tienda familiar. Su madre tuvo otros hijos pero murieron de pequeños y eso terminó afectando y mucho a la familia.


Pag 21

Jenny, la niña, había nacido lenta. May, la segunda, había muerto antes de que naciera Digger. También Pearl, la tercera, que apenas había sobrevivido el tiempo suficiente para convertirse en otra ausencia en su corazón.

La madre de Digger ha llegado a Australia desde su Inglaterra natal y se casa con Billy, una especie de animal:


Pag. 28

Se conformaba con acampar en un solo cuarto, ponerse la misma camisa sucia toda la semana y salpicarse la cara con dos dedos de agua del cubo. En realidad era una especie de salvaje, y respondía con el resentimiento de un niño de diez años a cualquier insinuación de que se lavara el cuello, o al menos los pies antes de irse a la cama.

La madre de Digger está sorprendida por la forma de vivir de su marido y su hermano y la ausencia de relación con sus padres.


Pag 29

Los miraba, allí inmóviles, paralizados para la ocasión, y trataba de descubrir algo que explicara por qué sus hijos se habían marchado sin volver la vista y, al parece, sin el menor remordimiento. ¿Qué brutalidad escondía el padre? ¿Cuánta estupidez, o ignorancia, o indiferencia sorda la madre? ¿Por qué los hijos apego por las cosas y, a juzgar por Pete y Billy, ni siquiera alcanzaban a verlas?

(…)

Ella lo miró y se preguntó entonces qué habría destruido en él todo sentimiento ¿O sería que nunca había tenido alguno?

Pag. 31

Cuando uno abandona a su familia, se le vacía de sangre el corazón.

Ella tenía sus fantasías sobre como podría haber sido su casa:


En sus visiones había una habitación con cortinas, muebles, niños que sonreían alrededor de una mesa abarrotada de comida (había incluso una piña), con cubiertos finos, copas y platos como los que había visto en las casas donde había trabajado. Había un canario alemán trinando en una jaula, que hundía la cabeza en el platillo de agua y se sacudía las gotas brillantes. Si uno abría los cajones hallaba delantales, toallas, servilletas, todas muy bien dobladas, con sus anillos de plata y sus iniciales; también pinzas para los terrones de azúcar y tijeras para cortar las uvas, con relieves.

Los padres de Digger compiten entre ellos. Ella para tenerlo cerca y protegido, él lo anima a salir al gran mundo.


Pag. 34

Desde el comienzo fueron inseparables. Digger era apenas un bebe, todavía se le escurría el pañal y ya trotaba detrás de su padre con Ralphie, el perro, pisándole los talones. Se acurrucaba a su lado con un martillo de juguete, imitando sus maldiciones entre dientes y para clavar el clavo ladeaba la cabeza como él y ahuecaba los carrillos.

Pag 36

Si hubiera podido elegir (pero ¿quién podía elegir?), habría aflojado las riendas. En el fondo nada le habría apetecido más que ser una de esas madres serenas que salen en los libros. ¿Pero de qué le serviría eso a él? ¿O a ella?

No quería que se volviera como su padre.

(…)

Digger vivía dentro de su mente, y eso no había como investigarlo. Había demasiadas cosas en su cabeza, aunque fueran apenas hechos que no tenían ningún peso en el mundo; eso era lo que ella alcanzaba a ver, y tenía que advertírselo. Si se aferraba a aquellos pensamientos, la corriente acabaría llevándoselo.

Pag 37,

El padre le dice:

“Tienes que entrar en el mundo de los hombres, y créeme, ahí tu madre no te va a poder ayudar.

Pag. 39

Puedes contagiarte si no prestas atención. Acabarás siendo un soñador.

(…)

En realidad su madre quería advertirle de la diferencia entre lo que ella llamaba la realidad, el deber, el destino (lo llamaba por distintos nombres, según la ocasión) y el ansia de Digger, y también de su padre, por lanzarse más allá, donde esa realidad, clara y tangible, se desdibujaba. Digger sabía que allí había algo más, porque lo había visto a ráfagas, gracias a su padre; se lo habían mostrado los hombres que conversaban con él desde la puerta abierta del coche durante los seis minutos que tardaba el ferry en cruzar; lo conocía de los libros, de las películas que había visto; y una inquietud física en el estómago le decía que estaba allí.

La clave del asunto era el propio tamaño del mundo.

Pag. 44

Había comprendido que era demasiado tarde, que no conseguiría retenerlo. El mundo del que quería apartarlo estaba dentro de él, y crecía a un ritmo que ella no podía controlar. No sabía suficientes cosas para seguirle el paso.

El resto del libro describe la vida adulta de los personajes. La guerra los marca, y mucho, pero sin esas prodigiosas páginas dedicadas a la infancia no se entendería de forma tan profunda la personalidad de cada uno de ellos y no disfrutaríamos tanto las 356 páginas restantes. La forma en que una persona reacciona ante situaciones extremas, como las vividas en el campo de prisioneros japonés por Digger & Vic, está muy determinada por la infancia y la familia que cada uno tiene. Esta novela destaca por la coherencia entre infancia y familia por un lado y personalidad adulta por otro.

Nota: Malouf disfrutó del apoyo de la fundación Yaddo y la incluye en los agradecimientos.

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25Mar, 2010

PLAGA DE PALOMAS; Louise Erdrich. 1ª parte.

Escrito por: corto-cortes el 25 Mar 2010 - URL Permanente

En las primeras 25 páginas de esta novela editada por Siruela, (finalista del Pulitzer de 2009) se pueden leer estos tres fragmentos:

En el inicio este suelto a modo de trailer cinematográfico:

Un solo de violín

El arma se encasquillo en el último disparo y el bebé permaneció de pie, agarrado al borde de la cuna, berreando con los ojos desorbitados. El hombre se sentó en una butaca tapizada y empezó a desmontar el arma intentando averiguar por qué no había disparado. El llanto del niño le sacaba de quicio. Dejó el arma y miró a su alrededor en busca de un martillo; en su lugar descubrió un gramófono. Se acercó. Ya había un disco en el plato, de modo que dio vueltas a la manivela y bajó la aguja. Regresó a su butaca y reanudó el trabajo mientras la música inundaba la habitación. El bebé se calmó. Un celestial solo de violín a la mitad del disco hizo que el hombre se detuviese, con las piezas del arma entre las manos. Cuando la música se acabó, se levantó, volvió a darle cuerda al gramófono y puso de nuevo el disco. Repitió aquella operación varias veces. El niño se durmió. El hombre reparó el arma y la bala se deslizó suavemente en la recámara. Lo comprobó varias veces, se levantó y se acercó a la cuna. El violín alcanzó un crescendo de una extraña armonía. Alzó el arma. El olor a sangre fresca impregnaba la habitación cerrada.

[Copiando este texto del libro he cometido numerosos errores. Ya había leído el texto, claro. Era consciente del horror contenido en lo que estaba copiando y era como si mi mente se resistiera a llegar al final]

La novela se inicia en 1896 con una plaga de palomas y con el cura del pueblo y sus feligreses intentando espantar a los pájaros que están arruinando la cosecha. El hermano del cura es un chaval que se llama Mooshum, es mestizo, medio indio medio blanco, y durante la lucha contra las palomas conoce a la que será su mujer.

Muchos años después la nieta de Mooshum, Evelina, cuenta como, debido a que su padre ha escondido el mando a distancia de la TV, ella y su hermano pasan el tiempo escuchando las historias que el abuelo les cuenta.

Evelina nos ilustra sobre su familia:

Pág. 19.


Nuestra familia siempre ha conservado una cierta reputación histórica en lo referente a encuentros románticos e inmortales. Incluso mi padre, un profesor de ciencias de aspecto tranquilo, atravesó indemne la Segunda Guerra Mundial gracias a una sola mirada esperanzadora de mi madre. Y su hermana, la tía Geraldíne, alcanzada por la sonrisa de un joven que viajaba en un tren de pasajeros, alzó la mano desde la zanja en la que se hallaba recogiendo bayas y no pudo ver la mano que le devolvía el saludo. Pero algo hizo que permaneciera allí recogiendo bayas hasta el anochecer, que pasara allí toda la noche y esperara allí otro día entero, tranquilamente sentada en su taburete plegable, hasta que el hombre regresó caminando hasta ella desde la estación, cien kilómetros más allá. Mi tío Whitey cortejaba a la princesa india del a tribu haskell, que se cortó las tranzas y se las regaló la noche en que murió de tuberculosis. En su honor permaneció soltero hasta cumplidos los cincuenta años, cuando desposó a una stripper del pueblo. Agathe, o “Feliz”, la prima de mi madre, colgó los hábitos por un cura y nunca más se supo de ella. Mi hermano Joseph entró en una comuna en un arrebato. Jack, el primo segundo de mi padre, secuestró a su propia esposa y empleó el dinero del rescate en mantener a su amante en Fargo. Despechado por una mujer, Octave Harp, tío de mi padre, consiguió ahogarse en tres palmos de agua. Y así sucesivamente. Estas historias de encuentros extravagantes contrastaban con la modestia de los posteriores matrimonios y oficios de mis familiares, al igual que en el caso de mi padre. Somos una tribu de oficinistas, cajeros de banca, lectores de libros y burócratas. El más alocado de todos nosotros (Whitey) es cocinero de comida rápida, y el más heroico (mi padre) es profesor. Sin embargo, creo que este continuo flujo de dramas ha mantenido unidas a las diversas generaciones, y mi hermano y yo no solo escuchábamos a Mooshum por le suspense del relato, sino para encontrar las claves que nos permitirían comportarnos adecuadamente cuando llegase nuestro momento de revelación, o quizá nuestra prueba romántica.

En la página 21 Evelina se ha enamorado de un compañero del colegio. Y, mientras escucha los relatos de su abuelo, escribe con el dedo el nombre de su amado en su brazo. Piensa que si lo escribe un millón de veces, él la besará:


No podía pronunciar su nombre en voz alta. Solo podía escribirlo con los dedos en mi piel sin cesar, hasta que mi madre temió que tuviera piojos, me llenó el pelo de mayonesa, me cubrió la cabeza con un gorro de ducha y me mandó sentarme en la bañera mientras la llenaba de agua lo más caliente que yo podía soportar.

(…) Cerré la puerta del baño con llave, comprobé la temperatura del agua con el dedo gordo del pie y decidí incrementar el número total de nombre escritos en varias centenas. No tenía nada mejor que hacer. Mientras escribía, descubrí partes de mi cuerpo que cambiaban y se excitaban ante la repetición de esas letras, y sin tener la menor idea de lo que estaba haciendo, me regalé una sucesión de orgasmos alfabéticos de una intensidad y una delicadeza tan escandalosa que, sin duda, la mayonesa debió derretirse en mi cabeza.

Soy consciente de que hay que terminar de leer la novela para hacer una reseña. Pero ocurre que me ha parecido un inicio tan bueno, tan ambicioso, que no he podido resistir la tentación de reflejar aquí las emociones que me han dejado estos trocitos.

¿Quién es capaz de dejar de leer esta novela cuando se ha empezado con este derroche de pasión y sentimiento? Yo no. En un próximo “post”, con la novela leída del todo, cerraré esta reseña.

Louise Erdrich (Minesota, USA, 1954) es descendiente de la tribu india Ojibwe y nieta del jefe de una reserva. Esta es su novela nº 12 publicada en USA. Su última novela es Shadow Tag, editada por Harper en los Estados Unidos y de pronta publicación en España, así como lo mejor de su obra, gracias a Siruela. La señora Erdrich es la dueña de una pequeña librería en Minesota llamada “Birchbark Books” que significa en castellano: Libros de corteza de abedul: En línea con la sensibilidad que gasta en sus novelas. La crítica estadounidense la ha comparado, con justicia, con Gabriel Gª Marquez.

Plaga de Palomas llega a las librerías españolas mañana día 26 de marzo.

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10Feb, 2010

LOS ASESINOS LENTOS; Rafael Balanzá.

Escrito por: corto-cortes el 10 Feb 2010 - URL Permanente

De aquellos que fuimos amigos a los 20 años la mayoría tenemos vidas normales, pareja, hijos y trabajo: lo que se llama una vida feliz. Pero unos pocos no han tenido suerte. Entre mis amigos hay un enfermo mental, dos alcohólicos y un heroinómano que terminó suicidándose. En los últimos años no dejo de preguntarme por que ellos y no yo. Nuestros padres nos educaron de forma parecida, íbamos al mismo colegio, estuvimos en las mismas fiestas e hicimos las mismas salvajadas. La vida es injusta, ya lo se, pero no puedo dejar de sentirme culpable del padecimiento de mis amigos. ¿Hice lo suficiente para ayudarles a incorporarse a la vida normal? O hubiera caído junto con ellos. No lo sé. No encuentro las respuestas.

Rafael Balanzá en su primera novela (Ganadora del premio Café Gijón), Los asesinos lentos, Siruela 2010, plantea el encuentro entre dos amigos, Juan y Valle. El primero tiene mujer, hijos, un negocio y hasta un barco de vela. El segundo intentó ser músico profesional y acabó fracasando. Está divorciado y bebe más de la cuenta. Valle considera que su vida es una mierda.

En el inicio de la novela aprecio el mismo punto de vista desde el que yo analizo mi relación con mis amigos fracasados. Balanzá entiende que hay una clara injusticia al comparar las vidas de los dos amigos y por ello, creo, hace que uno de los amigos anuncie al otro que lo va matar.

Así comienza la novela:


Estuve charlando con Valle en el café Arrecife; durante una hora larga evocamos juntos otros tiempos, reímos juntos; después me anunció fría y serenamente que iba a matarme, que había decidido matarme y que lo haría relativamente pronto.

El inicio de la novela es un salto en el vacío, una apuesta valiente que te incita a seguir leyendo. El autor solo tiene 156 páginas para resolver la historia sin defraudar a los lectores. Pienso, al pasar a la siguiente página, que como el desenlace sea facilón odiaré al autor toda mi vida.

La vida de Juan, al que en teoría le va todo bien, se empieza a pudrir en su propia salsa. Su familia y su negocio le traen problemas que uno a uno son digeribles pero que todos juntos, unidos al anuncio de su amigo de que lo va a matar, lo llevan a la enajenación.

Pag. 105:


Existe una determinada y posible combinación de circunstancias para arrastrar a cada hombre a su propia y particular forma de locura; y nadie, por sólidamente constituido que esté su carácter, se encuentra completamente a salvo de eso. Nedie.

Balanzá hace un magnífico trabajo en la descripción de los vericuetos psicológicos de un hombre normal, de un matrimonio normal, de una familia normal y nos hace creíble todo lo que ocurre en la novela.

Lo escalofriante de esta novela es pensar que mi vida ordenada y feliz se puede destrozar en cualquier momento sin necesidad de que ocurra nada extraordinario. Que yo, que me considero un hombre equilibrado, puedo perder el juicio en un par de días. Y eso da mucho, mucho, miedo. Al final pienso que quizás no hay tanta diferencia entre mi vida y la de mis amigos supuestamente fracasados.

Como sabiamente decía Jackson Browne (*) en su canción Take it Easy:

“Don´t let the sound of your own wheels drive you crazy” Osea, “No dejes que el sonido de tus propias ruedas te vuelva loco”.

En alguna crítica profesional he leído que el final de la novela no está bien resuelto. Quien crea que está leyendo una novela negra puede sentirse defraudado. Ese fue quizás el problema de dicho crítico. Pero quien sea consciente de estar leyendo una novela a secas, nada más y nada menos, disfrutará tremendamente, como yo lo hice, del desenlace. Esto es lo malo de los malditos géneros.

Gran novela la de Balanzá.

(*) Esta canción, Take it easy, está compuesta por Jackson Browne y por el integrante de los Eagles, Glenn Frey. Por eso también forma parte del repertorio de este grupo.

Rafael Balanzá en la puerta del Café Gijón. (Madrid).

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23Ene, 2010

EL LIBRO DE LOS PADRES; Miklós Vámos. 2ª parte.

Escrito por: corto-cortes el 23 Ene 2010 - URL Permanente

Continua la historia de Sandor e Ilona.

A Ilona le gusta trabajar en la zapatería y a Sandor le va cuidar de su casa y de sus hijos. Se produce un cambio en los papeles tradicionales que provoca no pocas habladurías. Cuando nace su primer hijo, Sandor apunta en el Libro de los Padres:


No mucho después de la noche de bodas Ilona quedó en estado. Mi hijo Nador nació el 7 de diciembre, fue sietemesino. Tenía la piel del color de la yema de un huevo de pato, ni lavándolo se le iba, le duró una buena temporada. Cuando una vez bañado y envuelto en pañales, me lo dejaron coger, me sobrevino un júbilo febril; nunca me había sentido así, es esa la esencia de la paternidad, cuerpo y alma temblaron de emoción. Recordé que mis antepasados también habían vivido momentos similares cuando tomaban en brazos a sus primogénitos. Esta alegría mezclada de orgullo debe ser la fuerza que nos lleva, criaturas terrenales, a soportar la carga del yugo familiar.

Un día Antonia le confiesa a Sandor que su marido, Imre, es eyaculador precoz y que por ese motivo no consigue quedarse embarazada. Imre, un día, abandona a Antonia dejando una nota. Antonio se integra en la familia de su hermana ocupando el lugar de la niñera. Sandor y Antonia inician una relación que creen no es conocida por Ilona pero se equivocan. El día del 40 cumpleaños de Sandor Ilona, su mujer, le manda una carta:

Querido Sandor:

En ocasión de tu cuadragésimo cumpleaños pídote que desprendas tu vida de todo ropaje de falsedad y mentira. Créeme, es un derroche innecesario de energía. Que no te preocupe el camino por el que te llevan tus instintos. La vida es corta. Siempre podrás contar conmigo, mientras estés a mi lado te absolveré de todos los pecados, perdonaré todo cuanto has hecho, haces y hagas en el futuro. Acepta esto como regalo de cumpleaños.

Un abrazo de tu compañara de viaje, trabajo y paternidad.

ILONA

Nota del bloguero:

[Enseño esta carta a mi amiga Wendy y me dice que es imposible que una mujer escriba eso en las circunstancias que está viviendo Ilona, incluso con el atenuante de que su rival sea su hermana. Yo no estoy de acuerdo con Wendy. Entiendo que Sandor es un egoísta, pero al mismo tiempo creo en la generosidad de una mujer. La generosidad (a la que lleva el Amor) es desinteresada. De otro modo no es guiada por el amor, ni es, claro, generosidad.]

La penúltima entrada en el Libro de los Padres dice:


Doy gracias al cielo de que

  1. Ilona me entienda.
  2. Mis hijos crezcan fuertes.
  3. Toda mi familia tenga salud.
  4. Los beneficios sigan creciendo.
  5. No haya tenido que pagar por mis errores y pecados.

¿Puede un hombre desear más?

Tengo en mis manos un gran libro. Hacía mucho que no disfrutaba tanto leyendo.

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