09Jul, 2009
CEES NOOTEBOOM; Tumbas de poetas.
Cees Nooteboom, que ha viajado por todos los continentes visita en este libro publicado por Siruela a sus «muertos amados» allá donde se encuentren para entablar diálogos con ellos, para verificar sus palabras, su inmortalidad. Peregrinó a la tumba de Neruda en Chile, a las de Vallejo y Cortázar en París, a la de Antonio Machado en Collioure, a la de Stevenson en Samoa y a la de Kawabata en Japón; a las de Keats y Shelley en Roma, en el «cementerio de los extranjeros», donde también reposan el hijo de Goethe y uno de los hijos de Wilhelm von Humboldt; a las de Thomas Mann, James Joyce y Elias Canetti en Zurich; a las de Balzac, Proust y Nerval en el cementerio de Père Lachaise de París; a las de Brecht y Hegel, que están enterrados en un pequeño camposanto en Berlín. Nooteboom recoge en este libro sus reflexiones:
¿Quién yace en la tumba de un poeta? El poeta, desde luego, no, eso es bien sabido. El poeta está muerto, de lo contrario no tendría una tumba. Pero el que está muerto ya no es nadie, por lo tanto tampoco está en su tumba. Las tumbas son ambiguas. Conservan algo y, sin embargo, no conservan nada. Naturalmente, esto se puede decir de todas las tumbas, pero cuando se trata de las tumbas de los poetas con eso no está todo dicho. En su caso hay algo diferente. La mayoría de los muertos callan. Ya no dicen nada. Literalmente, ya lo han dicho todo. Pero no sucede así con los poetas. Los poetas siguen hablando. A veces se repiten. Esto ocurre cada vez que alguien lee o recita un poema por segunda o centésima vez. Pero hablan también para quienes todavía no han nacido, para unas personas que aún no han vivido cuando ellos escriben lo que escriben. ¿Por qué visitamos la tumba de alguien a quien no hemos conocido en absoluto? Porque aún nos dice algo, algo que sigue resonando en nuestros oídos, que hemos retenido e incluso no hemos olvidado, que nos sabemos de memoria y de vez en cuando repetimos, en voz baja o en voz alta. Con alguien cuyas palabras siguen estando presentes para nosotros mantenemos una relación, del tipo que sea. Por esa razón, no es imprescindible visitar su tumba. Cuando se trata de tumbas, todo es irracional. Llevamos flores a nadie, arrancamos los hierbajos para nadie y aquel por quien vamos no sabe que estamos allí. Sin embargo, lo hacemos. En algún rincón secreto de nuestro corazón albergamos la idea de que esa persona nos ve y se da cuenta de que seguimos pensando en ella. Pues eso es lo que queremos; queremos que los muertos reparen en nosotros, queremos que sepan que seguimos leyéndoles, porque ellos siguen hablándonos. Cuando nos hallamos al lado de sus tumbas, sus palabras nos envuelven. La persona ya no existe, pero las palabras y los pensamientos permanecen. Podemos al menos rememorar. Cada visita a la tumba de un poeta es una conversación en la cual la respuesta ya está ahí mucho antes que todo lo que nosotros mismos pudiéramos decir. Es una paradoja. Algo se ha dicho ya, pero sin que se haya formulado una pregunta. Hemos venido a dar nuestra aquiescencia, a estar cerca de las palabras que ya se han dicho. El que escribió esas palabras murió, pero las palabras mismas siguen viviendo. Podríamos pronunciarlas en voz alta, como si se las dijéramos a otros. Por eso vamos allí: para oír esas palabras en el silencio de la muerte y a pesar de la muerte.
Cees Nooteboom es holandes de
Nooteboom ha dicho recientemente:
Uno de los aspectos más curiosos de hacerse mayor, escribe, es que los tiempos en los que todo era enormemente importante y tenía grandes consecuencias se han quedado, por fortuna, atrás. Los amigos van muriendo y el cuerpo a veces se niega a cooperar, pero para une escritor envejecer tiene algunas ventajas, ya que casi todo evoca un recuerdo.

20Nov, 2008
SHAKESPEARE & CO. Sylvia Beach.
Para Hemingway, y el resto de autores de la “generación perdida”, Shakespeare & Co fue como una segunda casa. Sylvia Beach eligió la calle Odeon de París para abrir su librería por que estaba frente a otra librería, la de su compañera sentimental Adrianne Monier.
Allí apareció un día un joven Hemingway, sin un duro en el bolsillo, y mucha hambre de lecturas. La librera le permitió llevarse en préstamo cuatro libros, entre ellos “Guerra y paz”, aunque no tenía dinero. Le contó que lo habían herido en la guerra y se quitó el calcetín para mostrarle su cicatriz. Todo eso en la primera visita. El establecimiento además de librería fue estafeta de correos, casa de préstamos, editorial y lugar de cita de aquellos expatriados americanos en París.
Sylvia Beach tuvo que cerrar la librería cuando durante la guerra un oficial alemán se encaprichó con un ejemplar del “Finnegans Wake” de Joyce que había en el escaparate. Sylvia no se lo vendió por era su ejemplar autografiado por el autor. La librera, poco después, fue detenida y recluida durante unos meses.
Un día después de la liberación de París alguien gritó en la rue de l’Odeon : ¡Sylvia! ¡Sylvia! . Era Hemingway.
"Bajé corriendo y chocamos. Me cogió, me hizo dar varias vueltas en el aire y me besó", recuerda ella. "Quería saber si podía hacer algo por nosotras. Le preguntamos si podía reducir a los nazis que aún permanecían en los tejados de las casas (...) Hizo bajar a su compañía y llevó a los hombres a los tejados. Por última vez oímos disparos en la rue de l'Odeon".
Ariel ha publicado las memorias de Sylvia Beach en castellano (2008).
¿Dónde se está mejor que en una buena librería?

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