21Sep, 2009
EL SEÑOR MARX NO ESTÁ EN CASA; Ibsen Martinez. Suicidio de Eleanor Marx.
Sobre Carlos Marx ( Treveris 1818- Londres 1883, pensador socialista autor de El Capital e inspirador del marxismo) se ha escrito de todo. Entre los textos más disparatados está el libro Marx y Satán del sacerdote rumano Richard Wurmbrand en que defiende las relaciones de Marx con el satanismo. Esta teoría es también apoyada por Robert Payne en su biografía del pensador titulada El desconocido Karl Marx. Estos libros llevan a algunos enemigos del marxismo a insinuar que Marx pudo entregar al demonio la vida de sus dos hijos, Edgar y Francisca, muertos prematuramente, a cambio de la dominación del mundo a través de sus ideas.
Dos de las hijas de Marx, Eleanor y Laura, se suicidaron, y claro, no faltan los libros que culpen al filósofo de esas muertes.
Dando una nueva vuelta a la tuerca, el guionista de telenovelas venezolano Ibsen Martinez ha escrito El señor Marx ya no vive aquí donde alimenta la idea de que el suicidio de Eleonor Marx fue debido a una relación incestuosa con su padre.
Eleonor fue educada con mucha dedicación por su padre. A los tres años recitaba pasajes de Shakespeare y a los 16 acompañaba a su padre a reuniones internacionales como secretaria, hablaba con fluidez Inglés, Alemán y Francés. Tradujo al inglés El capital y Madame Bovary (de Flaubert). Para los hombres no fue tan inteligente. Se enamoró del médico Edward Aveling, que además de un afamado anatomista era un mujeriego empedernido. En 1895 Aveling enferma de gravedad y la hija de Marx pasa meses sin moverse de su lado. Una vez recuperado, al doctor le faltó tiempo para liarse con una joven actriz de 22 años, Eva Frye. Cuando Engels, compadre y correligionario de Marx, falleció dejó una buena suma a Eleonor. Ese dinero hizo que Aveling volviera con ella. Transcurridos tres años empeoró y pasó por una cirugía de urgencia tras la cual confesó a Eleonor que se había casado en secreto con la joven actriz y que a su salida del hospital se iría a vivir con ella. Poco después, el 31 de marzo de 1898, Eleonor se suicidó envenenándose con ácido prúsico. Aveling murió 5 meses después.
Hay quien encuentra en este desengaño amoroso la causa del suicidio.
También hay otra teoría, un tanto psicoanalítica, que encuentra el motivo en el disgusto que se llevó cuando supo que Freddie, el supuesto hijo de Engels era en realidad hijo natural de Karl Marx , su admiradísimo padre. Parece que Marx tuvo este hijo extramatrimonial con la criada y su amigo Engels, haciéndole un gran favor, asumió la paternidad para evitar el escándalo.
Ibsen Martinez cuenta que fue su psicoanalista ( la de Ibsen) la que, después de conocer los datos del suicidio de Eleanor, diagnosticó que era debido a abusos sexuales por parte de su padre. Martinez además se apoya en cartas de Eleanor a algunas amigas en las que dice que fue desflorada por un gran hombre del socialismo. Estoy seguro de que la novela es, al menos, divertida. La publicará, en breve , en España
La otra hija, Laura Marx y su marido el cubano Pablo Lafargue, al que no soportaba su suegro y que quería fundir la revolución marxista con el hedonismo (1), se suicidaron el 1911 pero esta es otra historia.
Si don Carlos levantara la cabeza…
(1) Pablo Lafargue escribió un libro titulado Elogio de la pereza en el que decía:
“El fin de la revolución no es el triunfo de la justicia, de la moral, de la libertad, y demás embustes con que se engaña a la humanidad desde hace siglos, sino trabajar lo menos posible y disfrutar, intelectual y físicamente, lo más posible. Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse”.
Para él, el trabajo no era el objetivo máximo de la clase obrera: era el placer. Nadie debería trabajar más de tres horas
“holgazaneando y gozando el resto del día y de la noche. En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica”.

Fuente foto: prodavinci.com
28Mar, 2009
WILLIAM STYRON; Sentimiento de culpa
“Su muerte no pudo ser más horrible: en pleno paroxismo del dolor. Un caluroso día de julio, siete meses más tarde, dejó de existir sumida en el estupor de la morfina, después de que yo me pasara una noche entera contemplando aquel débil rescoldo en la fría y humeante habitación y pensando, horrorizado, en la posibilidad de que mi descuido de aquel día fuera la causa de una larga decadencia de la que mi madre nunca se recuperaría. Culpa. Odiosa culpa. Corrosiva como la salmuera. Como sucede con el tifus, uno puede llevar dentro de sí toda la vida la toxina de la culpa. Mientras me retorcía sobre el duro y húmedo colchón el dolor del remordimiento atravesó mi pecho como una lanza de hielo en el momento en que el recuerdo me trajo de nuevo la expresión de terror que apareció en los ojos de mi madre aquella tarde, y volví a preguntarme si el sufrimiento que le causé no aceleró de algún modo su muerte y si ella llegó a perdonarme alguna vez.”
Así describe William Styron, en la página 508 de La Decisión de Sophie (Verticales de Bolsillo, 2008), el sentimiento de culpa de Stingo ( alter-ego del escritor) que olvidó, por unas horas, a su madre, ya incapacitada por la enfermedad, en un frío sótano. La madre de Styron murió de cáncer siendo él muy joven. Igual le ocurre a la madre de Stingo en la novela.
En Esa Visible Oscuridad Styron concluye que la principal causa de la depresión que casi le lleva al suicidio fue la temprana muerte de su madre. El escritor se sorprende al releer su obra y descubrir que su subconsciente había pintado ya en sus personajes, incluso en los primeros, los traumas que, 30 años después, lo llevaron a la enfermedad mental. En el texto que inicia este “post” tenemos un ejemplo. Puede que Styron en su subconsciente se sintiese culpable de la muerte de su madre igual que le pudo ocurrir a Nicholas Hughes hijo de Sylvia Plath que se ha suicidado hace 10 días ( ver el “post” de anteayer en este “blog”).
25Mar, 2009
WILLIAM STYRON; Depresión 3ª parte y última.
El escritor William Styron al final de su libro Esa Visible Oscuridad indaga sobre el origen de su depresión. En un principio culpa a la abstinencia del alcohol, al hecho de haber cumplido 60 años o incluso a su preocupación por lo que llama “una vaga insatisfacción por el modo en que avanzaba mi obra”. Pero se termina dando cuenta que la “etiología del mal” está en otro sitio:
“Hasta el ataque de mi propio mal y su desenlace, nunca había prestado mucha atención a mi obra en términos de relación con el subconsciente, un área de investigación perteneciente a los detectives literarios. Pero cuando recobré la salud y me encontré en condiciones de reflexionar sobre el pasado a la luz de mi desgracia, empecé a ver con claridad como la depresión se había mantenido justo en los bordes exteriores de mi vida durante largos años. El suicidio ha sido un tema persistente en mis libros: tres de mis protagonistas se matan. Releyendo por primera vez en años escenas de mis novelas –pasajes en que mis heroínas recorren senderos hacia la fatalidad- me asombró percibir de que manera tan acabada había creado el paisaje de la depresión en las mentes de aquellas jóvenes, describiendo con lo que solo podía ser instinto, y tomándolo de un subconsciente ya enturbiado por alteraciones de carácter, el desequilibrio psíquico que las llevaría a la destrucción. De manera que, cuando finalmente me llegó, la depresión no era un hecho desconocido, ni siquiera un visitante absolutamente inesperado; había estado llamando a mi puerta durante décadas.”
Luego recuerda que su padre fue hospitalizado por el mismo motivo durante su adolescencia (genética). Pero a lo que más importancia da es al fallecimiento de su madre cuando él tiene 13 años. El sentimiento de pérdida y lo que llama su “duelo incompleto” se colocan, en su reflexión, como los principales causantes de su depresión.
“De modo que, si la teoría del duelo incompleto es valida, y yo creo que lo es, y si también es cierto que en lo más profundo de una conducta suicida uno continúa debatiéndose subconscientemente con una pérdida inmensa, a la vez que intenta superar todos los efectos de su devastación, el hecho de haber evitado el suicidio puede ser considerado como un tardío homenaje a mi madre. Sé que en las horas que precedieron al rescate de mí mismo, cuando escuchaba el pasaje de la Rapsodia para contralto* –que le había oído cantar a ella- , estuvo muy presente en mis pensamientos.”
Es una joya, para un amante de la literatura y la psicología, la reflexión que hace Styron sobre como la depresión (o la locura) estaban ya rondando su vida cuando escribió sus novelas. Mi opinión es que sin la escritura el escritor hubiera caído en la locura mas profunda mucho antes de los 60 años. A veces una sensibilidad tan grande trae esas consecuencias y la literatura (el arte) puede ejercer de ángel salvador.
La Decisión de Sophie se publica por primera vez en 1976, diez años antes de la depresión de Styron. En el libro sobre su experiencia psicótica cuanta como descubre, a toro pasado, como su subconsciente se manifestaba ya en sus novelas. Véase un ejemplo:
En la página 399 de La Decisión de Sophie, (Verticales de Bolsillo, 2008) Styron pone en boca de Sophie la siguiente expresión:
“¡Me ha sucedido tantas veces en mi vida, eso de despertarme con la sensación de haber perdido algo importante!”
* Ver “post” de 23 de marzo de 2009 en este mismo blog.

fuente: www.coverbrowser.com
24Mar, 2009
WILLIAM STYRON; Depresión. 2ª parte.
En su libro Esa Visible Oscuridad, 2009, La otra orilla. William Styron describe su experiencia con la depresión. Su enfermedad llegó a ser tan profunda que estuvo cerca del suicidio. En esos días Styron escribía de forma esporádica en un cuaderno sus impresiones y había relacionado mentalmente la destrucción del cuaderno con su suicidio. Una noche en la que hay invitados a cenar se levanta en silencio de la mesa y decide que ha llegado al momento en que no puede resistir mas. Decide deshacerse del cuaderno y escribir una nota de despedida, algo que no consigue hacer:
“Pero hasta unos pocas palabras llegaron a parecerme tediosas y abandoné todos mis intentos, resolviendo marcharme en silencio. Muy entrada una noche amargamente helada, cuando comprendí que no podía superar el día siguiente, me senté en el salón de casa, muy abrigado para aguantar el frío; algo había pasado con la caldera. Mi esposa se había ido a la cama y yo me había obligado a ver una película en la que una joven actriz, que había representado un papel en una obra mía, aparecía en una pequeña parte. En una parte de la película, ambientada en el Boston de finales del siglo XIX, los personajes caminaban por un corredor en un conservatorio de música, más allá de cuyas paredes, acompañada de músicos invisibles, llegaba una voz de contralto, un inesperadamente vertiginoso fragmento de la Rapsodia para contralto de Brahms. Aquel sonido, ante el cual, como ante toda música – en realidad, como ante todo placer- yo, aletargado, no había reaccionado, durante meses, se me clavó en el corazón como una daga y, en una corriente de veloces recuerdos, pensé en todas la alegrías que la casa había conocido: los niños que habían hecho carreras en las habitaciones, las celebraciones, el amor y el trabajo, el descanso honestamente ganado, las voces y el movimiento, la perenne tribu de los perros y los gatos y los pájaros, “risas y talento y suspiros, / y trajes y rizos”. Comprendí que todo eso era más de lo que yo era capaz de abandonar, así como también que lo que me había propuesto hacer con tanta deliberación superaba lo que podía infligir a esos recuerdos y, sobre todo, tan próximos a mí, a aquellos con quienes esos recuerdos estaban vinculados. Y con la misma precisión comprendí que no podía cometer aquella profanación de mi mismo. Recurrí a un último destello de cordura para percibir las terroríficas dimensiones del abismo mortal en que me había precipitado. Desperté a mi mujer y no se tardó en hacer algunas llamadas telefónicas. Al día siguiente ingresé en el hospital”
Styron, en la descripción de su propia tentativa de suicidio, habla del poder salvador de la música. En La Decisión de Sophie, publicado 14 años antes, hay varios episodios en los que la música hace renacer al personaje central. Ver “post” de 8 de marzo de 2009 en este mismo blog.

23Mar, 2009
WILLIAM STYRON; Depresión. 1ª parte.
En 1985 el escritor americano William Styron cumple 60 años, deja el alcohol y cae en una profunda depresión. En el libro Esa Visible Oscuridad (escrito en 1990 y publicado con mucha elegancia en 2009 por La otra orilla) relata su experiencia con esta dura enfermedad. Es un libro optimista por que deja claro que por muy hondo que se caiga se puede salir del pozo negro.
En el epílogo (que debería ser prólogo) Horacio Vazquez-Rial, que también ha padecido la depresión, compara este libro con Memorias del Sótano de Vittorio Gassman, “otra gran obra sobre la tragedia de la depresión”. Dice Vazquez- Rial:
“Había grandes diferencias entre los dos libros: Gassman, que no era escritor, aunque si un hombre de infinita cultura y sabiduría, hacía literatura; Styron, que sí era escritor, y de los más grandes, se limitaba a hacer una especie de reportaje sobre la aflicción padecida, de una precisión quirúrgica”.
Styron denuncia en 1990 lo poco que la medicina sabe sobre la depresión . Lo triste es que 19 años después estamos prácticamente igual.
El escritor destaca la dificultad de describir el padecimiento como una de sus principales características:
“Si el dolor fuese fácilmente descriptible, la mayoría de los incontables pacientes de esta antigua enfermedad habrían sido capaces de describir confidencialmente a sus amigo y a sus seres queridos (hasta a sus médicos) alguna de las dimensiones reales de su tormento, y quizás obtener una comprensión que por lo general ha faltado; esta incomprensión no se ha debido habitualmente a un fallo en la simpatía, sino a la básica incapacidad de la gente sana para imaginar una forma de tormento tan ajena a la experiencia cotidiana. Para mí, el dolor está conectado sobre todo al ahogamiento, a la sofocación, pero aún esas imágenes son insuficientes”
Impresiona la lucidez con la que escribe Styron. La misma que lo llevo a leer todo lo publicado sobre la depresión. (lo mismo hizo cuando escribió La Decisión de Sophie, leerse todo sobre el Holocausto). Y es escalofriante leer como se dio cuenta que en el proceso de caída en la enfermedad, lo primero que perdía era esa bendita lucidez.

21Mar, 2009
GUILLERMO ARRIAGA; Carencias afectivas.
En las últimas semanas he visto dos buenas películas: La primera es “Julia” (dirigida por Erick Zonka). En esta película la gran actriz Tilda Swinton representa una cuarentona alcohólica, sexualmente promiscua y con mucha dificultad para mantener sus empleos. Julia, para solucionar su vida, decide secuestrar un niño y se lo lleva a México a esperar el rescate.
La segunda es “Lejos de Tierra Quemada” (dirigida por Guillermo Arriaga). Charlize Theron hace el papel de una chica de 30 años aficionada a autolesionarse y que se acuesta cada día con un hombre diferente.
Las dos son grandes películas pero hay una diferencia. En “Julia”, a pesar de su largo metraje, 144 minutos, no se me informa de por qué la protagonista es alcohólica y promiscua. En la película de Arriaga se cuenta todo. Con saltos continuos en el tiempo aprendo el por qué de cada uno de los personajes.
Eso es, para mi, lo mejor de las obras de Guillermo Arriaga (Guionista de las películas de Gonzalez Iñárritu, Amores Perros, 21 gramos, y Babel, y autor de tres novelas y un libro de cuentos). En las historias de Arriaga nada es gratuito. Lo que sus personajes hacen tiene consecuencias. Si un hombre engaña a su mujer y su hija se entera puede que 15 años después esa hija tenga una vida difícil. Se dice continuamente que la obra de Arriaga tiene como tema central la muerte. No estoy de acuerdo. Para mí el asunto principal, alrededor del cual gravitan las historias de Guillermo Arriaga, es el de las carencias afectivas y sus consecuencias.
Los libros de Guillermo Arriaga han sido publicados por la editorial La Otra Orilla:
Escuadrón Guillotina, 2007.
Un dulce olor a muerte, 2007.
El búfalo de la noche, 2007.
Retorno 201 (Cuentos), 2006.
Esta editorial tanbien ha publicado en su colección Verticales de Bolsillo sus guiones.

01Mar, 2009
LA DECISION DE SOPHIE; William Styron.
En su introducción (escrita por el autor años después de publicarse el libro por primera vez) nos cuenta Styron:
"Esta obra es la consecuencia directa de un extraño y apremiante sueño que tuve cierta mañana de los últimos días del invierno de 1974.
Hacía varios años que trabajaba en una novela basada en la infantería de Marina de los Estados Unidos en la guerra de Corea. Aunque en general estaba satisfecho de la marcha del libro, me encontré de pronto en un callejón sin salida, cosa que sucede a menudo a los escritores: en medio de lo que parece ser un torrente narrativo, algo falla de modo inexplicable, desaparece la inspiración y uno se encuentra «bloqueado» ante un abismo de temible desesperación. Forcejeé, pues, en vano durante varias semanas, incapaz de seguir escribiendo una sola línea. Y fue aquel sueño lo que me salvó de aquella situación de una manera casi milagrosa.
Ya no recuerdo los detalles del sueño, salvo que lo protagonizaba una muchacha a quien traté brevemente en 1947, cuando yo, recién salido de la universidad, vivía en una casa de huéspedes intentando escribir mi primera novela. Mujer joven y hermosa, polaca y católica, mostraba todavía las huellas de su larga permanencia en un campo de concentración. Aun cuando era bastante mayor que yo y se hallaba en plenas relaciones íntimas con un hombre que vivía en la misma casa, la gran atracción que sentí hacia ella me llevó a tratarla de cerca durante algún tiempo.
(…)
Dejé a un lado mi estancada novela sobre la infantería de Marina, me senté aquella misma mañana a mi mesa de trabajo y, con indecible entusiasmo, escribí más de dos mil palabras de un primer capítulo sobre las circunstancias de mi vida que precedieron y me llevaron al encuentro con aquella muchacha polaca en Brooklyn. Por lo tanto, esta obra puede considerarse en ciertos aspectos como una novela autobiográfica."
La novela (publicada por La otra Orilla) empieza así: En aquellos tiempos era casi imposible encontrar un apartamento barato en Manhattan, por lo que tuve que trasladarme a Brooklyn. Esto sucedía en 1947, y lo más agradable para mí de aquel verano, que con tanta claridad recuerdo, fue el tiempo, suave y soleado, con fragancia de flores, como si los días se hubieran detenido en una perpetua primavera. Aquello me resultó providencial, más digno de agradecer que cualquier otra cosa, pues sentía que la marea de mi juventud se hallaba en uno de sus momentos más bajos. A mis veintidós años, luchando por convertirme en escritor, de la clase que fuera, me encontraba con que el ardor creativo que dos años antes me había casi consumido con esplendorosa e implacable llama, había ido vacilando, debilitándose poco a poco hasta quedar reducido a una tenue lucecita que apenas si brillaba en mi pecho, o en cualquier otro lugar donde hubieran residido mis más ávidas aspiraciones. No era que ya no desease escribir; ansiaba, aún apasionadamente, convertir en realidad la novela que por tanto tiempo había llevado cautiva en mi cerebro. Solo se trataba de que, una vez escritos los primeros y cuidados párrafos, no podía crear los que debían seguirles, o –para remedar la observación de Gertrude Stein sobre un escritor menor de la generación perdida- me hallaba en posesión de jarabe pero no podía escanciarlo. Por si esto fuera poco casi no me quedaba dinero y me había autoexiliado en Flatbush…, para vagar, como otros paisanos míos, como otro joven sureño solitario y sin recursos, por el Reino de los Judíos. Dedicado a todos los que en este preciso momento están en un parón creativo y por eso curiosean de blog en blog. Un abrazo.

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