Hay 42 artículos con el tag novelas en el blog Una Casa Debajo de la Almohada. Otros artículos en Comunidad El Pais clasificados con novelas

12Jul, 2011

FOTOS TUYAS CUANDO EMPIEZAS A ENVEJECER

Escrito por: corto-cortes el 12 Jul 2011 - URL Permanente

Leyendo este libro de relatos del joven (32 años) escritor boliviano Maximiliano Barrientos que publica Periférica, me acuerdo de una canción de Jackson Browne, Fountain of Sorrow. Su letra dice:

Looking through some photographs I found inside a drawer
I was taken by a photograph of you
There were one or two I know that you would have liked a little more
But they didn't show your spirit quite as true

You were turning 'round to see who was behind you
And I took your childish laughter by surprise
And at the moment that my camera happened to find you
There was just a trace of sorrow in your eyes

Pág. 108 del libro de Barrientos:

Ariel se sienta a mi lado y me abraza. Me besa.

Desde un comienzo —y mucho más cuando empezamos a tener problemas— recurre a este exhibicionismo sentimental, es una forma de demostrarse que las cosas son seguras, de que los afectos son sólidos, de que nada saboteará nuestra relación, de que nada devastador sucederá si somos capaces de mantener las apariencias. Le gusta demostrar lo que puede hacer conmigo, lo que él tiene y todos los otros (Mario, Raúl, Luis) no.

¿Vas a ir a pescar?, pregunta.

Me voy a quedar aquí nomás.

Está lindo el día para pescar.

Quiero echarle un ojo a Danae.

Se queda callado. Fuma.

Fuma alrededor de una cajetilla al día, cuando está nervioso o viaja puede acabarse fácilmente dos. Hace un año trató de dejarlo, pero no pudo. Una tarde Danae le preguntó si se iba a morir. Ariel la miró extrañado y le dijo que no, que los padres nunca mueren. Danae lo abrazó.

(...)

Las mujeres están con los hombres, escucho sus voces. Me llaman y les digo que estoy cuidando a Danae.

Te dije que no voy a irme a la parte honda, dice enojada, mordiéndose los labios e hinchando los cachetes.

Igual quiero cerciorarme.

Resopla fastidiada. A lo lejos, en las cercanías de la laguna, nuestros amigos beben cerveza y conversan de pesca, de anzuelos, de tipos de peces, de la forma correcta de cocinarlos, de criaderos.

Saco de mi cartera Las horas y leo esto:

Como una mañana en la que fuimos jóvenes juntos.

Sí. Así.

Como la mañana en la que saliste de esa vieja casa; tú tenías dieciocho y yo, yo acababa de cumplir diecinueve. Tenía diecinueve y estaba enamorado de Louis y estaba enamorado de ti y pensé que nunca había visto nada tan hermoso como tú saliendo por una puerta de vidrio temprano por la mañana, aún adormilada, en tu ropa interior. ¿No es curioso?

dice Clarissa—. Es curioso.

He fracasado.

Dejá de decir eso. No has fracasado.

Sí. Lo hice. Y no quiero que me compadezcan.

No realmente. Es sólo que me siento tan triste. Lo que yo quería hacer parecía sencillo. Quería crear algo lo suficientemente vivo e impactante como para que pudiera compararse con una mañana en la vida de alguien. La mañana más común. Imagina, tratar de hacer eso. Qué tontería.

Mi hija flota en el agua, patalea. Hace tan sólo unos años no era capaz de pronunciar palabras, ahora puede entenderlo todo. El sol le da en el cuerpo, en los bigotes de gato, en el pelo rubio, en las orejas de plástico que alguien colocó sobre su cabeza, en los pliegues de piel que se forman entre su brazo y su axila. Tiene los ojos cerrados.

Nunca podré saber lo que piensa o siente. Es la mañana de mi hija. Cierro el libro y trato de pensar en una novela o en una película o en una canción tan potente como esta mañana (que la contenga, que la reproduzca), la segunda mañana de sus cuatro años.

Danae procura mantenerse a flote, es disciplinada en cada uno de sus torpes y valientes intentos.

Hace lo que su padre le dijo: practica, lucha por ser una gran nadadora. Su mañana es incomparable, intraducible, sólo equiparable a cosas que no tienen continuidad. Hay algo que hace pensar en la muerte en esta mañana, en su mañana. Quiero decirle eso. Quiero decirle que nunca va a ser la misma persona que es ahora, en este preciso segundo, cuando tiene los ojos cerrados y expulsa el agua por la boca a chorritos. Quiero decirle que nadie más la está viendo a excepción de su madre. Quiero decirle que hay algo profundamente triste y hermoso en la singularidad de sus mañanas. Quiero meterme en el agua y tocarla, saber que el cuerpo de mi hija es real, saber que puedo protegerlo si alguna vez corre peligro. Saber que la belleza de los cuerpos radica en su posibilidad de mutar, que todos los cuerpos son hermosos porque son mortales. Quiero decirle a mi hija, mientras veo el sol filtrándose en el agua y en su piel, que esta hora, este minuto, este segundo es irrepetible e intraducible porque alguna vez yo tendré que morir y ella tendrá que seguir viviendo —y lo sé, es intraducible porque estoy pensando en mi muerte—. Es triste saber que estamos tan separadas en este momento.

Nota de Corto: Las horas es el libro de Michael Cunningham inspirado en Virginia Woolf.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

17May, 2011

GAY TALESE EN ESPAÑA

Escrito por: corto-cortes el 17 May 2011 - URL Permanente

Este señor de 78 años es, junto con Tom Wolfe, Norman Mailer y Hunter S. Thompson, el máximo representante de lo que se llamó Nuevo Periodismo o novela de no-ficción. En los últimos años se han reeditado en España sus mejores libros:

Retratos y encuentros, Alfaguara 2010. Semblanzas de personajes del showbizz.

La mujer de tu prójimo. Debate 2011. Las costumbres sexuales en EEUU.

Honrarás a tu padre. Alfaguara 2011. Sobre la mafia.

Talese ha venido a nuestro país a promocionar este último, Honrarás a tu padre. Aquí va su comienzo:

Conscientes de que a veces es posible ver demasiado, la mayor parte de los porteros de Nueva York han desarrollado un extraordinario sentido de visión selectiva: saben qué ver y qué pasar por alto, cuándo ser curiosos y cuándo ser indolentes; suelen estar adentro, distraídos, cuando hay accidentes o discu­siones frente a sus edificios; y generalmente en la calle, bus­cando un taxi, cuando hay ladrones escapando por la entrada del edificio. Aunque un portero puede no estar de acuerdo con prácticas como el soborno y el adulterio, invariablemente está mirando para otro lado cuando el administrador del edificio le está pasando dinero al inspector de los bomberos, o cuando un inquilino cuya esposa está de viaje se sube al ascensor acompa­ñado de una jovencita; lo cual no implica acusar al portero de hipocresía o cobardía, sino sugerir, simplemente, que lo guía un poderoso instinto que lo ayuda a evitar involucrarse en lo que no le atañe y aventurar que tal vez los porteros han apren­dido a través de la experiencia que no se gana nada siendo tes­tigos oculares de las situaciones poco decorosas de la vida o de la locura de la ciudad. Así las cosas, no resulta sorprendente que, en la noche en que el jefe de la Mafia, Joseph Bonanno, fue capturado por dos hombres armados en frente de un lujoso edificio de apartamentos de Park Avenue, cerca de la calle 36, poco después de la medianoche, en medio de la lluvia, un mar­tes de octubre, el portero estuviera en la recepción del edificio hablando con el ascensorista y no viera nada.

Todo sucedió de manera súbita y con dramática rapidez. Bonanno, que regresaba de un restaurante, se bajó de un taxi detrás de su abogado, William P. Maloney, quien corrió bajo la lluvia para protegerse bajo el toldo del edificio. Luego, saltando de la oscuridad, aparecieron unos matones que tomaron a Bonanno de los brazos y lo empujaron hacia un automóvil que los esta­ba esperando. Bonanno forcejeó para zafarse, pero no lo logró. Entonces miró a los hombres con indignación, obviamente enfu­recido y asombrado; desde la Prohibición nadie lo había tratado con tanta brusquedad, y en esa época los únicos que lo trataban así eran los policías, cuando se negaba a responder a sus pregun­tas. Pero quienes ahora lo empujaban eran hombres de su pro­pio mundo, dos hombres fornidos, que medían cerca de un me­tro ochenta e iban vestidos con abrigos negros y sombreros, uno de los cuales dijo:

—Andando, Joe, mi jefe quiere verte.

Bonanno, un hombre canoso y atractivo de cincuenta y nueve años, no dijo nada. Había salido esa noche sin guardaespaldas y desarmado, e incluso si la avenida hubiera estado llena de gente, no habría pedido ayuda pues consideraba que esto era un asunto privado. Mientras trataba de recuperar la compostura y pensar con claridad, los hombres lo seguían em­pujando por la acera, agarrándolo con tanta fuerza de los brazos que Bonanno comenzó a sentirlos dormidos. De pronto se es­tremeció al sentir cómo la lluvia fría y el viento se colaban por su traje de seda gris. Lo único que podía ver a través de la bru­ma que rodeaba Park Avenue eran las luces traseras de su taxi, que ya desaparecía rumbo al norte, y lo único que alcanzaba a oír era la pesada respiración de los hombres que lo arrastraban hacia delante. Luego, súbitamente, Bonanno oyó los pasos de alguien que corría tras ellos y la voz de Maloney gritando:

—Oigan, ¿qué demonios sucede aquí?

Uno de los matones se dio la vuelta y gritó con tono de advertencia:

—¡No se meta, atrás!

—¡Lárguense de aquí! —contestó Maloney, un hombre canoso de sesenta años, mientras agitaba los brazos al aire y seguía corriendo hacia ellos—. ¡Ése es mi cliente!

A los pies de Maloney aterrizó una bala disparada por un arma automática. El abogado se detuvo y comenzó a retro­ceder, hasta que finalmente se refugió en la entrada de su edi­ficio. Los hombres metieron a Bonanno en el asiento trasero de un sedán beige estacionado en la esquina de la 36, con el motor encendido. Bonanno se tendió en el suelo, tal como se lo orde­naron, y el auto arrancó rápidamente hacia la avenida Lexing­ton. Luego el portero se reunió con Maloney en la acera, pero llegó demasiado tarde para alcanzar a ver nada y después afirmó no haber escuchado ningún disparo.

Portada de Honrarás a tu padre

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

12Abr, 2011

CONTRALUZ de PYNCHON; Martin Cristal

Escrito por: corto-cortes el 12 Abr 2011 - URL Permanente

Martín Cristal es un escritor argentino que edita un blog llamado El Pez Volador. El último libro que ha reseñado es Contraluz de Thomas Pynchon. Este libro, como todos los de Pynchon, es laberintico, por ser amable en el calificativo. Cristal se ha tomado la molestia de diseñar una “reseña gráfica” de la novela separada en varias partes. La novela tiene 1337 páginas. Edita Tusquets. Pinchando en los links se accede a los gráficos de Martín Cristal:

CONTRALUZ reseña grafica 1

CONTRALUZ reseña grafica 2

CONTRALUZ reseña grafica 3

CONTRALUZ reseña grafica 4 y 5

Me entero gracias al blog de Cristal que hay una pagina (en inglés) llamada Pynchonwiki en la que se recoge todo el mundo (personajes, tramas, lugares...) creado por este escritor en sus novelas.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

21Sep, 2010

ANTONIO MUÑOZ MOLINA; Escribir novelas.

Escrito por: corto-cortes el 21 Sep 2010 - URL Permanente

En Babelia, Antonio Muñoz Molina, sobre el oficio de escribir y sobre Vargas Llosa.

Sobre lo que es una novela:

..ese desafío supremo del arte de contar que consiste en resumir el mundo o una parte significativa de él en las páginas de una historia: dar forma al mundo, encerrarlo, y al mismo tiempo expresar su vitalidad y su desorden; contar las cosas como son y a la vez erigir un modelo autosuficiente, un mapa o una maqueta a escala que ofrezca la forma inteligible de una fábula y sugiera las zonas de incertidumbre y de oscuridad de la experiencia verdadera, que son las de los límites del conocimiento.

Sobre el oficio de escribir y sobre Vargas Llosa:


En Vargas Llosa lo que uno descubría era el tesón diario del trabajo de novelista. Una novela no procedía de una iluminación arrebatada, sino que era el resultado de una construcción cuidadosa y metódica, en la que el escritor actuaba al mismo tiempo como arquitecto y como albañil y cantero, con una perseverancia que tenía algo de dedicación artesanal y de arduo ejercicio de ascetismo. Por la misma época en la que yo leía y releía La casa verde y Conversación en La Catedral examinándolas por dentro para saber cómo estaban hechas -por algún motivo, uno no se hacía esas preguntas con Cien años de soledad- cayó en mis manos un ejemplar de Cuadernos para el Diálogo en el que venía un largo ensayo de Vargas Llosa dedicado a Flaubert y al proceso de escritura de Madame Bovary. Su efecto fue tan poderoso como el de los cuentos de Borges o los de Onetti, o como el de la primera lectura de Absalom, Absalom o Santuario. Recorté aquellas páginas de la revista y las leí no sé cuántas veces, subrayando casi cada frase con aprobación fervorosa. Lo que hacía Vargas Llosa en aquel ensayo que luego se convirtió en uno de sus mejores libros, La orgía perpetua, era estudiar Madame Bovary desde el interior de la conciencia del novelista que la iba escribiendo, sobre todo a través de las cartas de Flaubert a Louise Colet, y trenzar el relato y el análisis con una confesión personal: la del joven escritor, él mismo, que alimenta su vocación de novelista leyendo una novela suprema e identificándose con el tormento, la exasperación, la contumacia solitaria de su héroe.

Había que saber a lo que uno se arriesgaba si elegía ese oficio: el precio de lograr una novela podía ser la propia vida. Flaubert había dedicado cinco años de la suya a Madame Bovary, y más tiempo todavía a La educación sentimental. Escribir sería encerrarse en el cuarto de trabajo como en una celda y no tener nunca asegurado no ya el resultado final, ni siquiera la próxima página, la próxima frase arrancada al vacío del papel con un esfuerzo agotador. Joven y desconocido, extranjero, Vargas Llosa había leído Madame Bovary en un cuarto de hotel barato de París en los años cincuenta. Yo leía su ensayo en una habitación de estudiante en Granada veinte años después. No tenía ninguna perspectiva razonable de convertirme en novelista, pero tampoco él las había tenido a esa misma edad.

Uno escribe los libros y no puede saber el lugar que a veces llegan a ocupar en las vidas de otras personas. Las influencias van modelando el estilo, pero también afectan a veces el curso de la vida.

Muñoz Molina presentó hace unos días, junto a Vargas Llosa, el libro de Gª de la Concha: Cinco novelas en clave simbólica que se publica en breve por Alfaguara: Las cinco novelas son:

“La casa verde", de Vargas Llosa; "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez; "Madera de boj", de Camilo José Cela; "Volverás a Región", de Juan Benet, y "Sefarad", de Muñoz Molina.

Portada de Cinco novelas en clave simbólica

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

17May, 2010

MI MADRE; Richard Ford.

Escrito por: corto-cortes el 17 May 2010 - URL Permanente

Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) publicó en EEUU este libro (Anagrama 2010) sobre su madre en 1988. Había tenido mucho éxito con El periodista deportivo, 1986 (inicio de una trilogía protagonizada por su alter-ego Frank Bascombe que completaría con las novelas El día de la independencia 1985 y Acción de gracias 2009) y había conseguido su objetivo de dedicarse profesionalmente a la escritura. Más tarde demostró tener un mundo literario dentro de su cabeza (consiguió los premios Pulitzer y PEN/Faulkner en 1995) y recurrió a fragmentos de su vida para plasmar ese mundo, vía ficción, en las hojas de sus libros. Entonces:

¿Por qué un autor consagrado a la ficción siente en determinado momento el impulso o la necesidad de elaborar un documento íntimo?

Esta es la pregunta que se hace el crítico Robert Saladrigas en su reseña del 28 de abril de 2010 en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia.

El maestro Saladrigas cree que es debido al sentimiento de culpa.

Después de leer este librito, estoy de acuerdo con el crítico barcelonés. Entiendo que lo que Richard Ford necesita es analizar su parte de culpa en la infelicidad de su madre.

Pág. 43.


(…) todas las cartas que el destino le había dado: una infancia desgraciada, la muerte de mi padre, yo, su propia incapacidad para saltar por encima de todo eso hacia una vida mejor. Era una prueba más de fracaso, una más de las muchas que, creo, sentía que había tenido en la vida.

Una lectura rápida puede llevar a pensar que se trata de un ajuste de cuentas: Ford cuenta como su abuela hizo pasar a su madre por su hermana (de ella) cuando deja a su marido y se va a vivir con un hombre mucho más joven. También nos relata como una noche él se presenta en el piso del novio de su madre (un hombre casado) y la encuentra a ella dentro. Después de este episodio su madre, ya viuda, no volvió a tener relaciones con ningún hombre como amante. Pero todos estos desahogos no son más que un reconocimiento de los hitos de la infelicidad de su madre y de su insatisfacción por llevar una vida incompleta. Ford necesita saber hasta que punto él, que al morir su padre de forma prematura, fue la persona más cercana a su madre, fue culpable de esa vida triste.

Pág. 54.


En parte se trataba de su elección; en parte, de su propio carácter, de cómo contemplaba su vida sin mi padre, con él muerto y tanta vida por vivir de una manera nada ideal. En lo más profundo siempre estaba resignada. Nunca podía sondearla sin chocar en ese punto, un punto en el que simplemente ya no se esperaba nada. Esto no quiere decir que, una vez transcurrido suficiente tiempo, mi madre fuera infeliz. Ni que nunca riera. Ni que no viera la vida como vida, que no se recuperara o no volviera a encontrarse consigo misma. Hacía todo eso, sí. Pero no del todo, no como una madre, como cualquier madre, que disimula ante su hijo único que la ama. Yo siempre la veía así. Siempre sentía eso. Siempre me parecía, cómo decirlo, ¿descontenta de la vida?, ¿resistiéndose a la vida? Siempre deseaba que se abandonase más de lo que parecía capaz de hacerlo; pues en la mayoría de los sentidos mi propia vida parecía impulsarme hacia adelante, y n quería que no sucediera lo mismo con la de ella. (…) durante todos los años posteriores a la muerte de mi padre, veintiuno, su vida nunca pareció plenamente volcada en algo.

Al final en la penúltima página, la 78, escribe Ford algo que para mi es muy significativo:


Ella sabía que yo la quería porque se lo dije bastantes veces. Yo sabía que ella me quería. Esto es lo único que ahora me importa, lo único que debe importar.

Destaco “porque se lo dije bastante veces”. Entre líneas leo que el autor no está del todo seguro de que su madre fuera consciente de su amor por ella. El autor teme que sus actos hacia su madre no estuvieron a la altura de los de un buen hijo y por eso mete esa coletilla: “porque se lo dije”.

Para finalizar me gustaría copiar una gran frase que casi cierra el libro:


Pero de alguna manera, hizo (su madre) para mí posibles mis afectos más verdaderos, como los que una gran obra literaria conferiría a su lector devoto.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

03May, 2010

COMO LEER A LOS CLÁSICOS; Rosa Montero.

Escrito por: corto-cortes el 03 May 2010 - URL Permanente

En el suplemento cultural Babelia del sábado 1 de mayo y en El País Semanal, del día siguiente, publica la escritora Rosa Montero dos magníficos artículos. En el primero viene a decir que no hay que respetar tanto los clásicos, que se puede uno saltar los trozos pesados que estos libros suelen incluir. En el segundo critica los planes de enseñanza en que se obliga a leer los clásicos de la literatura española:

Babelia.


Creo que, a estas alturas de mi vida, podría haber confeccionado una pequeña pero apañada biblioteca compuesta por todos los fragmentos de libros que me fui saltando mientras leía, páginas y páginas que me resultaron plúmbeas o inconsistentes y por las que simplemente crucé a paso de carga hasta alcanzar de nuevo una zona más sustanciosa. La novela es el género literario que más se parece a la vida, y por consiguiente es una construcción sucia, mestiza y paradójica, un híbrido entre lo grotesco y lo sublime en el que abundan los errores. En toda novela sobran cosas; y, por lo general, cuanto más gordo es el libro, más páginas habría que tirar. Y esto es especialmente verdad respecto a los clásicos. Axioma número uno: los autores clásicos, esos dioses de la palabra, también escriben fragmentos infumables. Quizá habría que definir primero qué es un clásico. Italo Calvino, en su genial y conocido ensayo Por qué leer los clásicos, lo explica maravillosamente bien. Entre otras observaciones, Calvino apunta que un clásico es "un libro que nunca termina de decir lo que tiene". Cierto: hay obras que, como inmensas cebollas atiborradas de contenido, se dejan pelar en capas interminables. Otra sustanciosa verdad calviniana: "Los clásicos son libros que, cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad". Guau, qué agudo y qué exacto. Y una sola observación más: "Llámase clásico a un libro que se configura como equivalente del universo, a semejanza de los antiguos talismanes". Chapeau a mi amado Calvino, que ha conseguido a su vez convertir en clásico este bello ensayo que uno puede leer y releer interminablemente.

Los clásicos, pues, son esos libros inabarcables y tenaces que, aunque pasen las décadas y los siglos, siguen susurrándonos cosas al oído. ¿Y por qué la gente los frecuenta tan poco? ¿Por qué hay tantas personas que, aun siendo buenos o buenísimos lectores, desconfían de los clásicos y los consideran a priori demasiado espesos, aburridos, ajenos? Axioma número dos: respetamos demasiado a los clásicos, y con ello me refiero a una actitud negativa de paralizado sometimiento. Yo no creo que haya que respetar los libros. Hay que amarlos, hay que vivir con ellos, dentro de ellos. Y pegarte con ellos si es preciso.

(…)

Todos estos libros son maravillosos porque crecen y cambian y están vivos: uno no puede acercarse a ellos como si fueran textos sagrados esculpidos en piedra, dogmas temibles e intocables. Sáltate páginas, en fin, sumérgete y disfruta.

El País Semanal:


Luego entramos en el Bachillerato y la cosa sigue empeorando. Porque ahí, a los 17 y 18 años, es cuando se tienen que meter entre pecho y espalda el Quijote y La Celestina, dos textos verdaderamente maravillosos pero dificilísimos de digerir a esa edad. Los clásicos son una estación de llegada, no de partida. Hace falta haber leído y haber vivido bastante para poder gozarlos. La obligatoriedad de estas lecturas sólo convierte esas joyas en un muermo espantable, en un plúmbeo recuerdo que será una losa para toda la vida. Para peor, además, existe el general y apabullante consenso de que esos textos son lo mejor de la literatura española. De manera que a los chavales les dicen que se van a leer lo mejor de nuestra literatura y luego les obligan a meterse en vena esos ladrillos. Con lo cual, como señala Fernando agudamente, no es de extrañar que el pequeño porcentaje de muchachos que, a pesar de este tratamiento de shock, desarrollan un amor por la lectura, huyan todos en tropel despavoridos a leer a los autores extranjeros, y que den por sentado que los españoles somos unos pestiños y escribimos de cosas que no guardan relación alguna con sus vidas. En fin, me pregunto quiénes son los responsables de estos planes de estudio demenciales. Y me respondo: gente que no lee y que no ama los libros. De otro modo no se entiende semejante empecinamiento en la catástrofe.

Rosa Montero.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

09Feb, 2010

TOMÁS ELOY MARTINEZ; Novelar para contar la Verdad.

Escrito por: corto-cortes el 09 Feb 2010 - URL Permanente

El 31 de enero de 2010 falleció el periodista y escritor Tomás Eloy Martinez. Nacido en Tucuman, Argentina trabajó en algunos de los periódicos más importantes de America latina. Cuando la dictadura argentina se tuvo que exiliar y durante los últimos años de su carrera fue profesor de una universidad norteamericana. Entre sus principales libros destacan: “Santa Evita”, “La novela de Perón” y “El vuelo de la reina” (premio Alfaguara 2002).

El domingo 7 de febrero de 2010 Sergio Ramirez (Ex vicepresidente del primer gobierno sandinista en Nicaragua y escritor) publicó un artículo titulado El hombre que inventaba mundos reales en homenaje y despedida a su amigo Eloy. Traigo a mi blog este artículo por lo que aporta a la interesante polémica “fiction versus faction” y por que al maestro Tomás le debemos mucho y qué menos que un recuerdito.

Entresaco esto del artículo:


En Santa Evita todo es verdad; nadie pone en duda los hechos. Tomás pasó años investigando la vida de Perón y de su esposa, aprendió todo lo que había que saber de ellos, pero a la hora de construir la verdad de la novela no aprovechó esos materiales ordenándolos, dándoles congruencia, procurándoles un orden cronológico, una tesitura didáctica, sino que los transformó, los falseó, usó lo que le convenía y lo demás fue a dar a la papelera; y de lo que le convenía, todo quedó irreconocible entre el esplendor de la mentira que ahora llena el campo de visión y se transforma de manera implacable en lo que verdaderamente ocurrió. Porque la historia es menos atractiva, la pobre, y la novela, que actúa con mayor eficacia que la historia, no admite desafíos en su altivez.

Recordaré a Tomás como el novelista que desafió a la historia y la venció, creando su propia versión triunfante de la Argentina contemporánea. Hombre de varios oficios, entre ellos principalmente el del periodista implacable colocado del lado del rigor, como en La pasión según Trelew. Qué paradoja. El que reclamó la verdad como consigna a la hora de contar la historia como periodista, niega la verdad, y crea la suya propia, a la hora de contar la historia como novelista.

Pero el periodista, en la vida de Tomás como novelista, no es sino el que proporciona instrumentos a la narración, técnicas, experiencias, estructuras del relato, maneras de contar. Pasó una vida de aprendizaje y experiencias en el periodismo para poder ser novelista. Como periodista, jamás habría podido contar la historia de Eva Perón tal como lo hizo como novelista en Santa Evita, ni la historia del general Perón tal como lo hizo en La novela de Perón. No hubiera sido creíble.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

20Ene, 2010

UN HEROE MODERNO; Gianni Celati.

Escrito por: corto-cortes el 20 Ene 2010 - URL Permanente

Editorial Periférica publica Vidas Erráticas de Gianni Celati. En este libro de 144 páginas, traducido por Francisco de Julio Carrobles, se reunen tres historias cortas que recrean un pueblo italiano de provincias durante los años 50.

Periférica tiene la intención de continuar con la edición del resto de libros de Celati. Bien por Periférica.

Una de las historias se titula Un heroe moderno. El heroe es el joven Zoffi:


De joven, Zoffi veía allí fuera casas, gente por las calles, coches y nubes en el cielo; luego, nada más atravesar las murallas, veía otras calles, sembrados, árboles, campiñas. Y lo que conseguía comprender con sus meditaciones era esto: que él no tenía nada que ver con lo que veía, ni con los discursos que oía en el estanco o en casa, con su madre o paseando por la ciudad. «Yo no tengo nada que ver con este estanco, no tengo nada que ver con esos discursos, no tengo nada que ver con mi madre, no tengo nada que ver con nada», éste era su pensamiento, inmaduro, pero ya seguro en lo que a temática se refiere. No porque él lo quisiera así, sino porque desgraciadamente era ni más ni menos así.

El descubrimiento de que uno está separado de todo y encerrado en sus pensamientos, que le hacen sentirse más separado que nunca, es ya de por sí algo que te deja de piedra. Pero añádase el hecho de descubrir que los demás van a hacer la compra, despachan sus asuntos, se cortejan, se aman, se dejan, se lían, se degüellan, se mueren, sin que se les haya pasado nunca por las mientes estar separados de todo lo demás. No hablemos ya de los jubilados del barrio, que venían a su estanco a charlotear, a charlotear de política o de fútbol todo el santo día. Éstos le hacían sentirse solo hasta tal punto que a veces tenía que abandonar de súbito el estanco y darse una vuelta hasta las murallas.

Que fuese un tipo demasiado sensible con respecto a la ciudadanía media, ni se discute. Era un razonador implacable, con los nervios siempre de punta. Esto se notaba por su manera de apretar la boca, con las muecas de cuando uno se come algo amargo. Razonando acerca de los problemas que le surcaban la mente, se sentía tan solo en sus pensamientos que luego lo veía todo podrido por todas partes. Antes tenía una novia guapa y simpática, pero un día se había puesto a razonar igualmente sobre aquello y había llegado a la conclusión de que también había algo podrido entre los dos, porque eran dos extraños que fingían no serlo sólo para seguir adelante: de modo que ellos eran también unos hipócritas, como tanta gente casada. Por lo que la había convencido para que lo dejase.

Me acuerdo de algunos de nuestros paseos por el campo, donde todo lo que veía le hacía sufrir. Pongamos que uno le dijera: «¡Mira la naturaleza, Zoffi! ¿No te dice nada la naturaleza? ¿No es bonita la naturaleza?». Al día siguiente le brotaba una espantosa erupción porque aquél era su punto débil: la perdida dulzura de la naturaleza, junto a tantas otras dulzuras perdidas de manera irreparable. Pero había además otro motivo que debe ser señalado, y es que él pensaba en una tal Urania, sobrina de su madre, por la que se había colado hasta los huesos al verla tan bien formada, con aquellos ojos negros y aquellos cabellos rizados que le caían sobre la blusa de encaje. Y a partir de entonces se le había ocurrido que únicamente junto a ella podría disfrutar de las dulzuras de la naturaleza, mientras que sin ella no tenían ningún sentido. Pero Urania estaba casada con un empleado de banca llamado Bacchini, así que el acercamiento era imposible.

Entonces, cuanto más pensaba en ello más separado se veía de todo lo demás por el hecho de estar separado de Urania. A veces, en el estanco le daba tantas vueltas al asunto que los clientes veían de forma palpable cómo le brotaban en la cara unos granitos gordos como forúnculos. Era el signo de su martirio, como las llagas de Cristo en las manos de los santos

.

Que extraña sensación es esa de sentir que no se tiene nada que ver con los que te rodean. La adolescencia tiene esas cosas. Me encantan estos relatos sobre la primera juventud.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

14Oct, 2009

SOFIA ANDRÉIEVNA TOLSTAYA; Victima del Gran Hombre.

Escrito por: corto-cortes el 14 Oct 2009 - URL Permanente

Leo con creciente interés los diarios de Lev Toltói, Diarios (1847 -1894), editorial Acantilado. En la década de 1880, cuando el gran escritor ruso ya ha publicado sus dos obras cumbre, Guerra y Paz y Anna Karenina, y ha conseguido la tan deseada gloria literaria, las entradas en sus cuadernos denotan una ansiedad cercana a la depresión. Las disputas y desencuentros con su mujer y su hijo mayor son continuos.

El día 3 de mayo de 1884 escribe:


…encontré una carta de mi esposa. Pobre, ¡cómo me odia! Señor, ayúdame. Si es necesaria una cruz, pues una cruz que me aplaste, que me destroce. Pero estos tirones del alma son espantosos, no solo pesados y dolorosos, sino difíciles. ¡Ayúdame!

El 7 de Julio de 1884 escribe:


Ella seguirá siendo hasta mi muerte una rueda de molino atada a mi cuello y al de los niños. (…) debo aprender a no ahogarme con una piedra al cuello.

El día 18 de Julio de 1884, después de que su mujer de a luz al último de sus 13 hijos que moriría de tuberculosis pocos años después, escribe:


Si alguien dirige los actos de nuestra vida, quiero hacerle un reproche. Esto es demasiado duro y despiadado. Despiadado con respecto a ella. Veo que a una velocidad vertiginosa se dirige a su ruina y a sufrimientos morales espeluznantes.

Muchos analistas de la vida y obra de Tolstói describieron a su esposa como una desequilibrada que perjudicó al escritor. Vladimir Chertkov (1854-1936), amigo y secretario del escritor, que fue conocido como el líder de los tolstoistas, llega a acusar a Sonia Tolstoya de ser la causante de la muerte de su esposo.

Tengo la suerte de tener en mi mesilla de noche, junto a los diarios del padre de las letras rusas, el libro de Gorki Recuerdos de Tolstói, Chejov y Andreiev, 1927 editado por NORTESUR en 2009. La parte dedicada a Tolstói ocupa casi la mitad del libro y se divide en tres secciones. La 1ª son anotaciones breves sobre el maestro, la 2ª una larga carta, que en realidad es un artículo largo, provocado por la huida y muerte del habitante de Yasnaia Polaina. Y la 3ª es una defensa de Sofía Andréieva Tolstaya, esposa del escritor a la que se criticó como la mala de la película.

En la página 95 escribe:


Ser el único amigo íntimo de Lev Tolstói, su mujer, la madre de sus numerosos hijos y la señora de su casa es, indiscutiblemente, un papel difícil y de gran responsabilidad. ¿Es posible negar que Sofia Tolstaya ha vista y ha comprendido mejor y más profundamente que nadie hasta que punto un genio se siente agobiado y angustiado en la atmósfera de la vida cotidiana, en la frecuentación de gente insustancial?

(…)

Convivir con un escritor que revisa hasta 7 veces las pruebas de un libro, y que en cada ocasión lo reescribe casi por entero, en un estado de dolorosa enervación que obliga a compartir con los suyos; convivir con el creador de un mundo inmenso que no existía con anterioridad a él…¿Seríamos capaces de comprender todas las inquietudes de una existencia tan extraordinaria?

Gorki pide un respeto para la mujer que convivió con un genio tan difícil de tratar. Además acusa a un montón de supuestos seguidores del maestro de oportunistas y manifiesta que solo Sofia Tolstaya fue capaz de preservar la obra del escritor de tales malas influencias.

Sofia Andréieva Tolstaya intentó suicidarse al final de su vida. Debía estar totalmente agotada.

Tolstói y Gorki.

Fuentes: espaidellibres.files, Acantilado, Nortesur.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

17Sep, 2009

SAM SAVAGE; El lamento del perezoso.

Escrito por: corto-cortes el 17 Sep 2009 - URL Permanente

Sam Savage, por las fotos, debe tener más de 70 años. Nació en Carolina del Norte (EEUU). Hijo de un abogado y una aficionada a la poesía inició la redacción de varias novelas pero nunca las terminó. Estudió filosofía, dio clases en Harvard y terminó su tesis en París donde vivió de forma intermitente en los 60´s y 70´s. Allí conoció a su segunda mujer y tuvo problemas con el alcohol. A su vuelta a Estados Unidos se dedica a la carpintería, a arreglar bicicletas y a criar niños. En 2006 se encuentra solo en los bosques de Carolina del Sur, no habla con nadie. Un día entra en un supermercado y al intentar saludar al dependiente no le sale la voz. Por hacer algo se sienta en su mesa y empieza a escribir. Habían pasado 40 años desde la última vez que lo intentó. Le sale su éxito mundial, su primera novela, Firmin, (Seix-Barral, 2008). La escribe de golpe, sin esquema previo, “como si hubiera estado escrita dentro mío y me limitase a verterla”.

Firmin cuenta la historia de una rata que vive en una librería de Boston y aprende a leer devorando un libro. Firmin quiere ser sus héroes de libro y bailar con Ginger Rogers. En EEUU no entendieron lo que contaba Savage. “El sentido práctico y la mentalidad realista que imperan aquí provocó que la reacción natural fuera decir: Un momento, pero si las ratas no pueden hablar, ni tampoco leer” dice el autor decepcionado.

Tuvo que triunfar en Europa para que algunos compatriotas lo leyeran.

Ahora publica su segunda novela El lamento del perezoso ( Seix-Barral, 2009) que cuenta la historia de Andrew Whittaker solitario casero de un edificio en ruinas y director de una triste revista literaria sin fondos. Escribe cartas con las que va construyéndose una personalidad variable que lo distingue del hombre insignificante que es.

Dice Savage:

“ Firmin y Andrew Whittaker están muy cerca. Los dos están condenados al fracaso por que son como hipótesis científicas que pretenden resistir incólumes frente a nuevos descubrimientos que las deslegitiman”

“Cuanto más viejo, más desconcertado me siento. Es preferible la sensación de perplejidad a la de certeza, por que si estás en lo cierto es que estás equivocado. Ahora sé menos, mis creencias languidecen. Soy menos sabio, siempre que en la ignorancia no radique la auténtica sabiduría. De aquí que pueda escribir”

Fuente: Cultura/s (La Vanguardia), Seix Barral.

Compartir

  • Eskup
  • Tuenti
  • Meneame
  • Bitacoras
  • iGoogle
  • My Yahoo
  • My Live

Contacto:
casa.almohada@gmail.com

Suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

Texto

Para contactar directamente con Corto:
casa.almohada@gmail.com