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01Dic, 2009

LA NOCHE DE LOS TIEMPOS; Muñoz Molina, 2.

Escrito por: corto-cortes el 01 Dic 2009 - URL Permanente

Siguen apareciendo en revistas literarias y suplementos culturales reseñas del último libro de Antonio Muñoz Molina. Los críticos parece que para cumplir su oficio tienen que sacar algún defecto. La última reseña que he leído dice que la novela del escritor de Ubeda dice que le parece una novela “no proporcionada” y que esperaba, el crítico, que hubiera entrado en “zonas sin explorar”. No estoy de acuerdo. La novela entra en los sentimientos. Terreno muy explorado pero que continua sin ser conocido.

El exceso de promoción de la editorial, el bombardeo que estamos sufriendo, lleva a que muchos lectores, o posibles lectores, se queden con la idea de que esta es una novela sobre la Guerra Civil. Y no lo es. Es una novela sobre las relaciones humanas en el marco de una guerra. Como gran novela intenta explicar el mundo de la época que describe y las causas íntimas y profundas de lo ocurrido, pero es mucho más que otra novela de la Guerra Civil.

Estamos ante una obra de arte, ante la mejor novela de los últimos 40 o 50 años. El libro emociona, inquieta, interesa y asusta. Ayuda a conocerse a uno mismo a trevés del conocimiento de los otros. Esto último solo lo he encontrado en las grandes novelas tipo Guerra y Paz. Puede que como con los grandes genios y sus obras haga falta que pasen 30 años para que se reconozca la gran novela que ha escrito el maestro Don Antonio Muñoz Molina.

En la página 248 Judith Biely, 29 años, la amante americana del personaje principal, Ignacio Abel, acaba de llegar a Madrid, ella sola, no conoce a nadie y se hospeda en una pensión. Estamos en el año 1935:


Tuvo una sensación que hasta ahora no había conocido en el curso de un viaje que ya empezaba a hacerse demasiado largo: una correspondencia inmediata entre ella misma y el lugar donde estaba; una armonía que la aliviaba la pesadumbre de la soledad al mismo tiempo que le confirmaba el privilegio de no necesitar a nadie. En el tejado, delante de la ventana, un gato dormitaba tendido al sol. Más allá, en una buardilla, una mujer se había lavado el pelo muy negro y se lo envolvía en una toalla, lor párpados entornados y la cara vuelta al sol con la misma placidez que el gato.

(…)

Quería hacerlo todo al mismo tiempo, esa misma mañana. Echarse a la calle, tenderse sobre el embozo blanco y fragante y la colcha de la cama, escribirle cuanto antes una carta a su madre poniendo en el encabezamiento la palabra Madrid y la fecha exacta de ese día, escribir a máquina una crónica del viaje. (…) quería leer el libro de Dos Passos que traía consigo pero también quería sentarse a la mesa con el diccionario al alcance de la mano para leer una de las novelas de Perez Galdós que le había descubierto años atrás un profesor de Columbia; o salir con la novela en la mano y buscar cuanto antes las mismas calles por las que se movían los personajes.

(…)

Por la ventana venían voces de vendedores callejeros, zureos de palomas, ruidos de tráfico, toques de campanas.

(…)

Llamaron a la puerta y estaba tan absorta en sí misma que se le sobresaltó el corazón. Una criada entró con una bandeja y ella intentó explicarle en su español todavía poco ágil que debía de tratarse de un error, porque no había pedido nada. “Que es de parte de la patrona, por si la señorita viene con el estómago vacío después de tanto viaje por el extranjero.” (…): un tazón de café, un jarrillo de leche, un bollo de pan blanco y tostado, abierto por la mitad, chorreando un aceite dorado y verdoso, los cristales de la sal brillando en la luz. Descubrió de pronto toda el hambre que tenía y el alivio de no oler a mantequilla rancia. El pan untado con aceite crujía deshaciéndose en su boca, los granos de sal estallando en su boca como semillas de delicia. (…) Todo conspiraba de golpe para su felicidad, incluso el agotamiento, la somnolencia dulce que el calor del café con leche dejaba en su estómago, el escándalo de las campanas de las iglesias, que provocaban al comenzar sus repiques revuelos de palomas sobre los tejados.

(…) Se tendió un momento, con su libro de Galdón en las manos, recorriendo las páginas en busca de lugares de Madrid que no estarían muy lejos, y en apenas unos minutos se había quedado tan dormida como cuando era una niña, en aquellas mañanas de invierno en las que estaba un poco enferma y su madre le traía el desayuno a la cama, cuando los varones ya se habían ido y sobre la casa descendía un silencio apacible y en la calle estaba nevando, y la ventisca hacía vibrar los cristales de la ventana.

Durante mi vida yo he llegado solo, para vivir solo, a tres países (de Asia, Europa y América). En las tres ocasiones he sentido la felicidad de la novedad, de la libertad, el sentimiento de poder que te da el saber que no necesitas a nadie y nadie te necesita. He disfrutado eso tan raro que es sentir que perteneces a ese lugar aunque acabas de llegar, nunca habías estado allí y no conoces a nadie. Leyendo estas páginas de la novela de Muñoz Molina he revivido esas emociones tan intensas. Solo un gran escritor consigue que las sensaciones vuelvan a ser las mismas.

Antonio Muñoz Molina

25May, 2009

ESA VISIBLE OSCURIDAD; Styron por Rodrigo Fresán.

Escrito por: corto-cortes el 25 May 2009 - URL Permanente

En la revista Letras Libres del mes de mayo se publica una magnífica reseña, como todas las suyas, de Rodrigo Fresán sobre Esa visible oscuridad de William Styron, publicado por La otra orilla, 2009. En este libro, en apenas 80 páginas Styron cuenta su entrada y salida de la depresión.

Escribe Fresán en el inicio de su artículo:




A mitad de camino en la breve pero profunda andadura de Esa visible oscuridad, William Styron apunta: “Un fenómeno que cierto número de personas ha señalado en la depresión profunda es la sensación de estar acompañado por un segundo yo, un observador fantasmal que, al no compartir la demencia de su doble, es capaz de contemplar con desapasionada curiosidad cómo lucha su compañero contra el desastre que se acerca, o de enfrentarse a él”.

Allí, recordando el momento en que jugaba con narrarse a sí mismo la fantasía final del propio suicidio, Styron –quien no conseguía librarse “de la impresión de hallarme en un melodrama en el cual la víctima de asesinato autoinflingido era a la vez el actor solitario y el único espectador”– propone, al mismo tiempo, la figura del lector definitivo: la de un escritor preguntándose, por una vez, qué es lo que le ha ocurrido a ese personaje súbitamente incomprensible en el que se ha convertido. Y está claro que a Styron –un escritor que a lo largo y ancho de su obra siempre se caracterizó por una comprensión extrema y absoluta de sus personajes– no le causa la menor gracia el no entenderse. Styron se siente más mal escrito que prisionero de las cadenas de un Gran Mal. De ahí la necesidad casi irresistible de tacharse o arrancarse del manuscrito de la vida.

Para leer la reseña al completo:

http://www.letraslibres.com/index.php?art=13808&rev=2

Fuente: Fantasticfiction.co.uk