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25May, 2009

ESA VISIBLE OSCURIDAD; Styron por Rodrigo Fresán.

Escrito por: corto-cortes el 25 May 2009 - URL Permanente

En la revista Letras Libres del mes de mayo se publica una magnífica reseña, como todas las suyas, de Rodrigo Fresán sobre Esa visible oscuridad de William Styron, publicado por La otra orilla, 2009. En este libro, en apenas 80 páginas Styron cuenta su entrada y salida de la depresión.

Escribe Fresán en el inicio de su artículo:




A mitad de camino en la breve pero profunda andadura de Esa visible oscuridad, William Styron apunta: “Un fenómeno que cierto número de personas ha señalado en la depresión profunda es la sensación de estar acompañado por un segundo yo, un observador fantasmal que, al no compartir la demencia de su doble, es capaz de contemplar con desapasionada curiosidad cómo lucha su compañero contra el desastre que se acerca, o de enfrentarse a él”.

Allí, recordando el momento en que jugaba con narrarse a sí mismo la fantasía final del propio suicidio, Styron –quien no conseguía librarse “de la impresión de hallarme en un melodrama en el cual la víctima de asesinato autoinflingido era a la vez el actor solitario y el único espectador”– propone, al mismo tiempo, la figura del lector definitivo: la de un escritor preguntándose, por una vez, qué es lo que le ha ocurrido a ese personaje súbitamente incomprensible en el que se ha convertido. Y está claro que a Styron –un escritor que a lo largo y ancho de su obra siempre se caracterizó por una comprensión extrema y absoluta de sus personajes– no le causa la menor gracia el no entenderse. Styron se siente más mal escrito que prisionero de las cadenas de un Gran Mal. De ahí la necesidad casi irresistible de tacharse o arrancarse del manuscrito de la vida.

Para leer la reseña al completo:

http://www.letraslibres.com/index.php?art=13808&rev=2

Fuente: Fantasticfiction.co.uk

20May, 2009

JOHN CHEEVER; Diarios, 2.

Escrito por: corto-cortes el 20 May 2009 - URL Permanente

Vuelvo a abrir al azar los diarios de John Cheever (1912-1982) en la edición en castellano de EMECÉ.

Pág. 437. Finales de la década de los setenta.


La franqueza absoluta no es una de mis características, pero trataré de tenerla para describir la siguiente sucesión de acontecimientos. Solitario, con la soledad agravada por los viajes, los cuartos de hotel, la mala comida, las presentaciones de libros y la superficialidad de los besamanos, me enamoré de M. (*) en un cuarto de hotel de sordidez inusual. Su aire de seriedad y responsabilidad, las gafas de miope y su apostura serena despertaron en mí un amor profundo, y a la noche siguiente lo llamé desde California para expresarle mis sentimientos. Nos escribimos cartas de amor durante tres meses, y cuando volvimos a vernos, nos quitamos la ropa y nos comimos mutuamente la lengua. Nos encontramos dos veces más, una para pasar unas horas en un motel, la otra para pasar veinte minutos desnudos antes de una comida para directivos a la que yo estaba invitado. Durante un año seguí pensando en él, sumido en el mayor desconcierto. Creía que se me había revelado la homosexualidad y que iba a tener que pasar el resto de mi vida en triste convivencia con un hombre. Mi vida apareció retratada ante mí como una impostura sexual. Hace poco, cuando volvimos a encontrarnos, (…) creo que descubrí con verdadero placer que ninguno de los dos estábamos premeditados a agotar los papeles que representábamos. Recuerdo la aguda falta de interés con que contemplé su desnudez por la mañana. (…) Ronqué y me tiré pedos con tranquilidad y buen humor, lo mismo que él. Me encantaba sentirme libre de la censura y la responsabilidad que había sentido con algunas mujeres. (…). Estaba resuelto a no permitir que una sociedad procreadora destruyera este amor. Al comer con unos amigos que hablaban de su tediosa carrera libertina, pensaba: soy gay, soy gay, por fin me he liberado. Duró poco tiempo.

Interrogarse constantemente sobre los impulsos sexuales propios me parece autodestructivo. Uno puede sentirse excitado al ver una hoja de acabo, un manzano, un cardenal macho en una mañana de primavera, entre otras cosas. Debemos pensar que nuestros genitales, aunque profundamente arraigados en nuestra vida erótica y sentimental, suelen ser bastante irresponsables. Su discreción, higiene y gratificación depende de nosotros. Si no fuera por nuestra sensatez, su vida sería más breve que la de una mariposa.

(*) M. es Max Zimmer, un joven profesor a quien Cheever conoció durante una visita a la Utah University en 1977, poco después del final de su intermitente relación con la actriz Hope Lange. Cheever y Zimmer fueron amantes hasta la muerte del primero. Zimmer ofició como secretario, cocinero chofer y, por supuesto, amante y fue admitido en sus funerales por Mary Cheever y sus hijos como parte de la familia. Cheever lo consideró el hombre de su vida.

Esta nota aclaratoria, como el resto de notas del libro, está redactada por Rodrigo Fresán.

John Cheever se especializó en el relato, que publicó, en su mayoría, en la revista New Yorker.

Los libros de Cheever me producen tristeza pero no puedo dejar de leerlos.

Fuente: amsaw.org

19May, 2009

JOHN CHEEVER; Diarios. 1.

Escrito por: corto-cortes el 19 May 2009 - URL Permanente

Abro al azar los diarios del escritor John Cheever (Massachusets 1912- New York 1982)

Pág. 81. Estamos a finales de los años cuarenta del siglo XX.


Sentado en las piedras frente a casa, mientras bebo whisky escocés y leo a Esquilo, pienso en nuestras aptitudes. Cómo recompensamos nuestros apetitos, conservamos la piel limpia y tibia y satisfacemos anhelos y lujurias. No aspiro a nada mejor que estos árboles oscuros y esta luz dorada. Leo griego y pienso que el publicista que vive enfrente tal vez haga lo mismo; que cuando la guerra nos da un respiro, hasta la mente del agente publicitario se inclina por las cosas buenas. Mary está arriba y dentro de poco iré a imponer mi voluntad. Ésa es la punzante emoción de nuestra mortalidad, el vínculo entre las piedras mojadas por la lluvia y el vello que crece en nuestros cuerpos. Pero mientras nos besamos y susurramos, el niño se sube a un taburete y engulle no sé que arseniato sódico azucarado para matar hormigas. No hay una verdadera conexión entre el amor y el veneno, pero parecen puntos en el mismo mapa.

El niño vomita. A la ciudad el domingo por la noche en busca de un antídoto. Para el drugstore de la esquina, la noche del domingo es la hora más gloriosa. Los competidores más prósperos están cerrados. Es la única tienda iluminada en toda la calle. El revoltijo del escaparate, un retrato de Pitágoras, Venus con corsé, irrigadores y perfumes, se prolonga al interior del local. Es como una tienda de antigüedades farmacéuticas, un depósito de mujeres de cartón que se embadurnan de bronceador, bosques de cartón que anuncian jabón con aroma de pino, anaqueles y cestos llenos de manteles de plástico y pistolas de juguete, y también una especie de hogar, porque la esposa del farmacéutico atiende un mostrador de bebidas; es una mujer limpia, de expresión temerosa, y en el estante que tiene detrás ha colocado fotografías de sus tres hijos, todos con uniforme.

Cuando salimos del drugstore cae la noche estival y la calle está casi desierta. En ese momento aparecen los gamberros de dos en dos, impregnados de olor a marihuana y aullando como lobosa la luna nueva. Nos parecen extraños, ¿Cómo incluirlos en el cuadro? Grecia, un niño envenenado, susurros en la cama. Realmente son extraños, depredadores, ciertamente peligrosos, ladrones de coches y rateros; ponen en peligro nuestras ideas más arraigadas, incluso nuestra autoestima, nuestros derechos de propiedad, nuestro poder de amar, nuestras leyes y placeres. Diría que nuestra única relación con ellos es el desdén o el desconcierto, pero deberían estar en los prados oscuros de un país sumido en los dolores del autodescibrimiento.

Volvemos de noche y por primera vez percibimos el aroma de la madreselva. El niño se siente mal, pero reanudamos nuestros susurros; apaga la luz. Entonces soñé que seducía a L.E., y créeme que fue difícil; y no comprendo la caprichosa lascivia de la mente adormilada.

Cuando John Cheever murió, dejó tras de sí veintinueve cuadernos de notas que empezó a escribir en los años cuarenta, y continuó durante más de tres decenios.
Tal como se revela en este libro, la esencia de Cheever fue, en realidad, un muestrario de ambigüedades. Quería a su familia, pero se sentía extremadamente solo; se odiaba por su afición a la bebida, pero durante gran parte de su vida dependió de ella; amaba a las mujeres, pero también a los hombres. La incongruencia entre sus impulsos significaba, por un lado, una desviación que él consideraba parte de la riqueza de la vida y, por otro, una contradicción que amenazaba con destruirlo.

Los diarios de John Cheever estan editados por EMECÉ , 2004, con notas de Rodrigo Fresán.

Fuente: EMECÉ.

22Feb, 2009

ALICE MUNRO; El amor de una mujer generosa.

Escrito por: corto-cortes el 22 Feb 2009 - URL Permanente

La editorial RBA reedita este libro de cuentos de Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931). Rodrigo Fresán lo reseña en la edición española de la revista Vanity Fair, en su sección Bibliopsia.

"Dice bien la escritora canadiense Margaret Atwood -compatriota, colega y encendida admiradora de Alice Munro- cuando apunta que "eso que todos ven como una hoja de arce en nuestra bandera también puede ser interpretado como una mancha de sangre derramada". Y es de esa posibilidad, de ese equívoco, donde la violencia apenas se esconde entre los árboles del bosque, de donde surgen las tramas de Alice Munro.

El territorio de las historias de Munro es el sur de Ontario, el llamado Huron County. Paisajes helados y vidas frías donde sin embargo arde la llama de la más sutil de las epifanías. Su tema a menudo, es el instante definitivo en el que una joven descubre que se ha convertido en mujer o una mujer descubre que ya no es la joven que alguna vez fue. Y una y otra, entonces, deciden, cansadas de tanto esperar, hacer algo que no se esperaba de ellas."

Me interesan especialmente esos momentos de transición en la vida, sobre todo el de la adolescencia. Son muy dificiles de relatar con credibilidad. Alice Munro lo hace con un estilo muy personal y permitiendo que te identifiques con los personajes. Te gusten o no. Sacas cosas de ti que no conocías. Gracias Mrs. Munro.