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22Sep, 2009

UNA MAÑANA PERDIDA; Gabriela Adamesteanu.

Escrito por: corto-cortes el 22 Sep 2009 - URL Permanente

Dedicado a Caperucita.

La escritora rumana Gabriela Adamesteanu (Târgu Ocna, 1942) publicó su mejor novela, Una mañana perdida, cinco años antes de la caida del régimen comunista de Ceausescu. En ella relata la vida en Rumanía durante el siglo XX. Las 562 páginas, que ahora edita Lumen en España, cuentan una mañana en la vida de Vica, una mujer pobre e hipocondríaca de más de 70 años. Durante unas horas Vica visita a varios vecinos y en sus conversaciones recuerdan su vida y la de su país.

En una entrevista que le hacen a la autora en EL PAÍS comenta a propósito de la siguiente frase de la novela: “El marido, que sepa de ti solo de cintura para abajo…”


No sólo los hombres tienen esa idea de usar a las mujeres, ellas también tienen esa imagen cínica y no le ceden la parte más importante de su cuerpo, la mente y el corazón. Sentencias que pueden parecer cínicas pero que a lo mejor son sólo pragmáticas".

Estos son los primeros párrafos de este libro:

La calle Coriolan

En otras épocas, ¿habría estado ella así, días enteros sin moverse de casa, como ahora? ¡Ni muerta! Habría sentido que se le caía la casa encima. Se las arreglaba lo mejor que podía y, ¡hala!, a la calle. Hoy visitaba a uno, mañana a otro: iba de casa en casa; pero volver a la suya con las manos vacías, eso sí que nunca; andaba de palique con todo el mundo, se enteraba de todo; después de tanto estar con el mudo del marido, le entran a una ganas de salir pitando… Nunca tuvieron grandes temas de conversación, pues, al fin y al cabo, ¿de qué se puede hablar con los hombres?

—El marido, que sepa de ti solo de cintura para abajo… —dice, y la cuñada, al escucharla, se encrespa.

—Cállate, Vica, ¡qué bruta! Te está oyendo el chico… Ya estás vieja, y dale que dale con tus guarrerías…

—Y si me oye, ¿qué? Pues que oiga. ¿Acaso le queda mucho para seguir pegado a tus faldas? No te preocupes, que yo he estado en buenas casas y sé cómo hablan las señoras… Y en todas partes nos entendíamos muy bien, todos me tenían cariño y aprecio, madame Ioaniu, por ejemplo, cómo nos reíamos… con ella y con Ivona…

Una muda esa cuñada suya: ni con sacacorchos le arrancas una palabra. Pobre de su hermano, toda la vida siguiéndole la corriente, que así son los hombres, se dejan llevar por la mujer. Solo al testarudo de su hombretón ella nunca ha podido sacarle de lo suyo.

(…)

Así era su marido: gruñón; lo que es ella, no, su carácter era distinto, había salido a mamá, alegre como ella; ¡ay!, cómo le hubiera gustado que le tocase una pareja igual, alguien a quien le gustara reír… Los hay también de esta laya, pero tienen otros defectos, en este mundo todos los hombres son iguales, ni pensar que haya unos mejores que otros…

Pero, quién iba a creerlo, ahora cada vez se le hace más duro salir de casa. Sin embargo, siquiera una o dos veces al mes, coge su talega de cuero (esa que le regaló madame Daniel), la llena con todo lo que encuentra a mano, se pone varios jerséis, se coloca la dentadura, se tapa la cabeza con dos pañolones, se calza la boina tiesa

que se hizo con los restos de un gabán viejo (de eso ya van nueve años), la asegura atándola con una bufanda, y se las pira. O eso es lo que dice su marido:

—Conque otra vez te las piras, ¿eh?… —rezonga desde la cama, debajo de las mantas amontonadas sobre el edredón, donde yace con la cabeza envuelta en un jersey de ella, viejo y andrajoso, desde que se le ha perdido la gorra descolorida que se ponía siempre al acostarse. Habla jadeando entre palabra y palabra, es gordo y alto, pesa más de cien kilos. La piel del cuello le cuelga flácida, pero sus mejillas se ven rozagantes, casi sonrosadas, y en ellas la barba sin afeitar de varios días crece áspera y cana.

»… tú y tu maldita costumbre de no parar en casa… siempre volando a casas ajenas y no paras en la tuya.

—¡Déjame ya! —exclama ella.

(…)

Tampoco hace caso de lo que le está diciendo él. Que siga refunfuñando cuanto quiera, pedazo de boquirrasgado, que hable solo, para sí mismo, palabra de varón es una sinrazón, como solía decirle a madame Ioaniu… y cómo le divertía esto a la vieja… Lo que es Vica, ya aprendió a apañárselas: apenas siente que el marido está a punto de desvariar y soltar su rollo, ella se mete en la sala, y que el diablo os lleve a ti, a tu madre y a tu padre, y a toda tu parentela, masculla entre dientes…

Fuente foto: multimedia.fnac