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17Jul, 2009

FANNY HILL; John Cleland.

Escrito por: corto-cortes el 17 Jul 2009 - URL Permanente

Esta novela erótica se publicó por primera vez en Londres, en 1749. Fue la primera novela prohibida por la censura de los EEUU en 1819. Su autor, John Cleland (Surrey, 1709-1789) fue diplomático británico (destinado en Bombay, India, donde pasó 12 años), soldado, escritor y periodista. Las deudas le hicieron pasar una temporada en la cárcel. Para Fanny Hill se inspiró en la vida real de una prostituta amiga suya llamada Fanny Murray. Eliminó de la historia lo más desagradable.

La obra cuenta la iniciación en la prostitución de una joven inglesa. De los burdeles pasó a ser amante de varios hombres y conoció el amor romántico de la mano del joven y rico Charles. La sociedad de la época se escandalizó mucho por el hecho de que Fanny termine siendo una burguesa felizmente casada. Todos esos que se escandalizaron, pienso, tuvieron que leer toda la novela para llegar al final y conocer el destino de la protagonista: “¡Qué escándalo!”

Me gusta el calor, detesto el frío. Para mi son pocos los 40º C de los que disfrutamos. Para subir la temperatura aquí os dejo un trocito de esta estimulante novela que Tusquets editó dentro de su educativa colección La Sonrisa Vertical:


Extracto de la 2ª carta.

[Fanny y el señor Barville]

Poco tuvo que hacer entonces, como no fuera soltar los lazos de mis enaguas y levantarlas, junto con mi camisa, hasta el ombligo, donde las sujetó suavemente para poder levantarlas aún más a su gusto. Luego, mirándome con lo que parecía un gran deleite, me tendió de cara al banco; yo esperaba, no sin miedo y temblor, que me amarrara, como había hecho yo con él, y me sujetara las manos, pero me dijo que de ninguna manera deseaba asustarme innecesariamente con esa restricción: aunque pretendía poner a prueba mi constancia, el demostrarlo lo dejaba a mi voluntad, y por lo tanto yo tendría plena libertad para levantarme en cuanto sintiera que el dolor era demasiado intenso. No podéis imaginar cuán amarrada me sentí al permitírseme permanecer suelta, y cuánto ánimo me infundió esa confianza que él ponía en mí. Tanto es así que, en lo más profundo de mi corazón, ya no me importó cuánto podría sufrir mi carne para estar a la altura de esa confianza.

Todas mis partes traseras, medio desnudas, estaban ahora completamente a su merced. Empezó por mantenerse a cierta distancia, deleitándose con la visión de la postura en que me coloqué y de todos los secretos que le mostraba así, totalmente expuesta. Entonces se lanzó ansioso hacia mí para cubrirme todas esas partes de besos antes de aferrarse a la vara y dar con ella golpecitos suaves a las masas de carne que tengo detrás, que no me lastimaban lo más mínimo, hasta que poquito a poco empezó a darle azotes más fuertes para hacerles subir el color. Por el calor que sentía allí comprendí, antes de que él me lo dijera, que estaban emulando el color rosado natural de mis otras mejillas. Cuando se hubo divertido admirándolas y jugueteando de ese modo con ellas, empezó a darme azotes cada vez más enérgicos, de tal forma que tuve que apelar a todo mi aguante para no gritar o por lo menos quejarme. Finalmente, me pegó con tal furia que me sangré tras más de un latigazo, y al verla tiró la vara, corrió hacia mí, besó las gotas que brotaban y chupó las heridas para aliviar un poco mi dolor. Pero levantándome ahora sobre las rodillas y manteniéndomelas apartadas, aquella parte de mí que no ha sido hecha para el dolor, sino para el placer, obtuvo su parte de sufrimientos, porque apuntando hábilmente dirigió la férula de tal modo que las puntas agudas de la vara cayeron allá, de un modo tan doloroso que no pude por menos que estremecerme y retorcerme de dolor, con lo que mis contorsiones por fuerza mostraron mi cuerpo en una variedad de posturas y de ángulos muy apropiados para deleitar su mirada; pero seguí aguantándolo todo sin gritar. Entonces me dejó descansar, y se precipitó sobre ese parte cuyos labios y alrededores acababan de sentir su crueldad y, a modo de desagravio, les aplicó su propia boca; entonces empezó a abrirlos y cerrarlos, a estrujarlos, a revolver el vello que los cubría, y todo ello dando muestras de un arrobamiento apasionado, de un entusiasmo que delataban un gran placer, hasta que volviendo a tomar la férula, alentado por mi pasividad, y enfurecido por esa extraña afición al goce, hizo que mi pobre posterior pagara lo indómito de su caso; porque ahora no le dio cuartel, pues el traidor me flageló de tal modo que estaba a punto de desfallecer cuando se interrumpió. Y seguí sin soltar una sola queja ni expresar la menor protesta; pero dentro de mí misma tomé la decisión más seria de mi vida: que jamás volvería a exponerme a semejantes padecimientos.

PD: Inolvidables son las páginas en las que su amiga Phoebe inicia a Fanny en el amor lésbico. .


Eric Stanton.

Fuente: Tusquets editores.