24Jul, 2009
ADOLFO BIOY CASARES; Vida y viaje.
Hace muchos años leí una frase del escritor Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires 1914-1999) que era más o menos así. “Por la mañana escribo, a mediodía Tenis y por la tarde, mujeres”. Desde entonces me ha interesado este señor. Hoy es recordado por su literatura fantástica y en concreto por su libro de más éxito, La invención de Morel, pero a mi me gustan mucho más sus obras autobiográficas.
Adolfo Bioy era de familia rica y eso le permitió dedicarse por entero a la literatura y a la buena vida. Hablaba con fluidez inglés, francés y alemán. En 1932, en casa de Victoria Ocampo (editora de la revista literaria SUR y alma mater de la cultura argentina) conoce a Jorge Luis Borges del que se hace muy amigo y con el que escribirá a medias varios relatos de serie negra con el seudónimo Bustos Domecq. Bioy admiraba de Borges su genio literario y Borges de Bioy su elegancia de dandy británico. En 1940 se casó con Silvina Ocampo (hermana de Victoria) procedente también de una familia pudiente. El matrimonio no lo apartó de una de sus grandes aficiones: Las mujeres. El 15 de septiembre de 1982 anotaba en su diario: “Cumplo mi 68 aniversario escribiendo y acostándome con mujeres como siempre. Como hace 54 años por lo menos”. Silvina moriría en 1994.
En 1967 cansado y agobiado, con deseo de dejar Buenos Aires por una temporada, realizó en solitario un viaje por Europa. Alquiló un coche y, teniendo como base Paris y Londres, recorrió Francia, Gran Bretaña, Suiza, Alemania, Italia y Austria. Documentó sus andanzas en cartas a su mujer y a su hija Marta. Esta aventura europea está recogida en el libro En Viaje, Tusquets editores, 1997. En este libro, Bioy, todo un vividor, nos cuenta como es viajar con tiempo y con dinero. Se hospeda en los mejores hoteles para poder escribir con comodidad (estaba, entonces, redactando Diario de la guerra del cerdo), nos describe a la perfección la sensualidad y los placeres de la mesa en cada país y nos comenta películas, canciones y libros que degusta en su periplo. Hay, además, sabrosas anécdotas que Bioy relata con su acostumbrada elegancia.
Yo siempre he preferido viajar solo. Pienso que se disfruta mucho más y se percibe mejor todo lo que de nuevo hay en todo viaje. Estoy de acuerdo con Bioy Casares. Gracias maestro.
Para más datos de la vida de Bioy Casares consultar su libro Memorias 1999 Tusquets editores.

Adolfo Bioy Casares.
Fuente foto: zonamoebius.com
17Jul, 2009
FANNY HILL; John Cleland.
Esta novela erótica se publicó por primera vez en Londres, en 1749. Fue la primera novela prohibida por la censura de los EEUU en 1819. Su autor, John Cleland (Surrey, 1709-1789) fue diplomático británico (destinado en Bombay, India, donde pasó 12 años), soldado, escritor y periodista. Las deudas le hicieron pasar una temporada en la cárcel. Para Fanny Hill se inspiró en la vida real de una prostituta amiga suya llamada Fanny Murray. Eliminó de la historia lo más desagradable.
La obra cuenta la iniciación en la prostitución de una joven inglesa. De los burdeles pasó a ser amante de varios hombres y conoció el amor romántico de la mano del joven y rico Charles. La sociedad de la época se escandalizó mucho por el hecho de que Fanny termine siendo una burguesa felizmente casada. Todos esos que se escandalizaron, pienso, tuvieron que leer toda la novela para llegar al final y conocer el destino de la protagonista: “¡Qué escándalo!”
Me gusta el calor, detesto el frío. Para mi son pocos los 40º C de los que disfrutamos. Para subir la temperatura aquí os dejo un trocito de esta estimulante novela que Tusquets editó dentro de su educativa colección
Extracto de la 2ª carta. [Fanny y el señor Barville] Poco tuvo que hacer entonces, como no fuera soltar los lazos de mis enaguas y levantarlas, junto con mi camisa, hasta el ombligo, donde las sujetó suavemente para poder levantarlas aún más a su gusto. Luego, mirándome con lo que parecía un gran deleite, me tendió de cara al banco; yo esperaba, no sin miedo y temblor, que me amarrara, como había hecho yo con él, y me sujetara las manos, pero me dijo que de ninguna manera deseaba asustarme innecesariamente con esa restricción: aunque pretendía poner a prueba mi constancia, el demostrarlo lo dejaba a mi voluntad, y por lo tanto yo tendría plena libertad para levantarme en cuanto sintiera que el dolor era demasiado intenso. No podéis imaginar cuán amarrada me sentí al permitírseme permanecer suelta, y cuánto ánimo me infundió esa confianza que él ponía en mí. Tanto es así que, en lo más profundo de mi corazón, ya no me importó cuánto podría sufrir mi carne para estar a la altura de esa confianza. Todas mis partes traseras, medio desnudas, estaban ahora completamente a su merced. Empezó por mantenerse a cierta distancia, deleitándose con la visión de la postura en que me coloqué y de todos los secretos que le mostraba así, totalmente expuesta. Entonces se lanzó ansioso hacia mí para cubrirme todas esas partes de besos antes de aferrarse a la vara y dar con ella golpecitos suaves a las masas de carne que tengo detrás, que no me lastimaban lo más mínimo, hasta que poquito a poco empezó a darle azotes más fuertes para hacerles subir el color. Por el calor que sentía allí comprendí, antes de que él me lo dijera, que estaban emulando el color rosado natural de mis otras mejillas. Cuando se hubo divertido admirándolas y jugueteando de ese modo con ellas, empezó a darme azotes cada vez más enérgicos, de tal forma que tuve que apelar a todo mi aguante para no gritar o por lo menos quejarme. Finalmente, me pegó con tal furia que me sangré tras más de un latigazo, y al verla tiró la vara, corrió hacia mí, besó las gotas que brotaban y chupó las heridas para aliviar un poco mi dolor. Pero levantándome ahora sobre las rodillas y manteniéndomelas apartadas, aquella parte de mí que no ha sido hecha para el dolor, sino para el placer, obtuvo su parte de sufrimientos, porque apuntando hábilmente dirigió la férula de tal modo que las puntas agudas de la vara cayeron allá, de un modo tan doloroso que no pude por menos que estremecerme y retorcerme de dolor, con lo que mis contorsiones por fuerza mostraron mi cuerpo en una variedad de posturas y de ángulos muy apropiados para deleitar su mirada; pero seguí aguantándolo todo sin gritar. Entonces me dejó descansar, y se precipitó sobre ese parte cuyos labios y alrededores acababan de sentir su crueldad y, a modo de desagravio, les aplicó su propia boca; entonces empezó a abrirlos y cerrarlos, a estrujarlos, a revolver el vello que los cubría, y todo ello dando muestras de un arrobamiento apasionado, de un entusiasmo que delataban un gran placer, hasta que volviendo a tomar la férula, alentado por mi pasividad, y enfurecido por esa extraña afición al goce, hizo que mi pobre posterior pagara lo indómito de su caso; porque ahora no le dio cuartel, pues el traidor me flageló de tal modo que estaba a punto de desfallecer cuando se interrumpió. Y seguí sin soltar una sola queja ni expresar la menor protesta; pero dentro de mí misma tomé la decisión más seria de mi vida: que jamás volvería a exponerme a semejantes padecimientos.
PD: Inolvidables son las páginas en las que su amiga Phoebe inicia a Fanny en el amor lésbico. .

30Jun, 2009
JULIETTE O LAS PROSPERIDADES DEL VICIO; Marqués de Sade.
«El vicio divierte y la virtud cansa», afirma Juliette, la protagonista de esta obra que el marqués de Sade publicó en 1796 (y fue inútilmente prohibida). En ella, Juliette, que ha visto el amargo final de su hermana Justine –la heroína de Justine o Los infortunios de la virtud–, se entrega sin escrúpulos al vicio y al crimen, pues los considera, entre otras cosas, medios para obtener placer.
Juliette se inicia en el exceso de la mano de la abadesa Delbène, en el convento de Panthemont, donde se desarrollan orgías en que participan clérigos, monjas y novicias en un ambiente macabro. Tras dedicarse a la prostitución, Juliette, con diecisiete años, se acerca a depravados como el libertino Noirceuil o el bello Saint-Fond, ministro de Estado. Sus aventuras la llevan a Italia, donde conoce a célebres criminales de su época, como el caníbal Minski, la princesa lesbiana Borghèse, la incestuosa Lady Clairwil o la envenenadora Durand. Los crímenes y transgresiones se suceden hasta que, como afirma Octavio Paz, «al final de su peregrinación, Juliette puede decir, como el monje budista: todo es irreal».
En esta obra, singular entre las escritas por el «Divino Marqués» debido al papel preponderante que en ella desempeñan las mujeres, y de manera destacada Juliette, el autor se inspiró en hechos reales acaecidos en su época y aprovechó para arremeter contra los que le habían arrebatado su libertad.
Aquí tenemos un trocito de este libro del Marqués de Sade publicado por Tusquets en la colección La sonrisa vertical
Justine y yo fuimos educadas en el convento de Panthemont. Ustedes ya conocen la celebridad de esta abadía y saben que, desde hace muchos años, salen de ella las mujeres más bonitas y libertinas de París. En este convento tuve como compañera a Euphrosine, esa joven cuyas huellas quiero seguir y que había abandonado su casa, cercana a la de mis padres, para arrojarse en brazos del libertinaje; y como de ella y de una religiosa amiga suya fue de quienes recibí los primeros principios de esta moral que han visto con asombro en mí, siendo tan joven, por los relatos de mi hermana, me parece que, antes de nada, debo hablaros de la una y de la otra..., contaros exactamente estos primeros momentos de mi vida en los que, seducida, corrompida por estas dos sirenas, nació en el fondo de mi corazón el germen de todos los vicios. La religiosa en cuestión se llamaba Madame Delbène; era abadesa de la casa desde hacía cinco años y frisaba los treinta cuando la conocí. No podía ser más bella: digna de un retrato, una fisonomía dulce y celeste, rubia, con unos grandes ojos azules llenos del más tierno interés y el porte de las Gracias. Víctima de la ambición, la joven Delbène fue encerrada en un convento a los doce años, con el fin de hacer más rico a un hermano mayor al que ella detestaba. A la edad en que comienzan a desarrollarse las pasiones, aunque Delbène no hubiese elegido todavía, cuando amaba el mundo y a los hombres en general, tan sólo consiguió que naciese en ella la obediencia después de inmolarse a sí misma, de triunfar en los más rudos combates. Muy avanzada para su edad tras haber leído a todos los filósofos y haber reflexionado prodigiosamente, Delbène, al tiempo que se condenaba al retiro, había conservado a dos o tres amigas. Venían a verla, la consolaban; y como era muy rica, seguían proporcionándole todos los libros y caprichos que pudiese desear, incluso aquellos que más debían de excitar una imaginación... ya muy exaltada y que no enfriaba el retiro. No necesito deciros que la inclinación a la voluptuosidad es, en las mujeres recluidas, el único móvil de su intimidad; no es la virtud lo que las une, es el vicio; gustas a la que se inclina hacia ti, te conviertes en la amiga de la que te excita. Dotada del temperamento más vivo, desde la edad de nueve años había acostumbrado a mis dedos a que respondiesen a los deseos de mi cabeza, y desde entonces no aspiraba más que a la felicidad de encontrar la oportunidad de instruirme y lanzarme a una carrera cuyas puertas me abría ya con tanta complacencia la naturaleza precoz. Euphrosine y Delbène me ofrecieron pronto lo que yo buscaba. La superiora, que quería hacerse cargo de mi educación, me invitó un día a comer... Euphrosine se hallaba allí, hacía un calor insoportable, y este ardor excesivo del sol les sirvió de excusa a ambas para el desorden en que las encontré: hasta tal punto era así que, excepto una blusa de gasa, sujeta simplemente con un gran lazo rosa, estaban prácticamente desnudas. (…) Después se acercaron a mí las dos bribonas, riéndose, y me pusieron pronto en el mismo estado que ellas. Entonces los besos de Madame Delbène tomaron un carácter muy diferente…

Fuente texto: Tusquets.
Fuente foto: Reprodart.
29Jun, 2009
DIARIO DE UN GENIO (1952-1964) ; Salvador Dalí.
Diario de un genio (1952-1964), que sigue a Mi vida secreta, revela a un Dalí cotidiano, de una extraordinaria autenticidad, una especie de retrato de Dalí desnudo, contemplándose con sumo deleite en el espejo ante el cual él mismo se sitúa. Pero lo que salta a la vista es que Dalí no sólo ama su reflejo : presentes en él, y mucho más allá de su propia imagen, están las grandes cuestiones que agitan el pensamiento del genio que él jamás dudó que era. Como no teme las palabras, juega con ellas a placer, tiñéndolas de un irresistible humor. El retrato que hace de sus contemporáneos es fulgurante, a veces respetuoso, otras demoledor, siempre irónico. Y, por encima de todo ello, las peripecias espirituales de un artista que lleva la conciencia de su arte hasta el paroxismo y los límites de la locura -sin los cuales no hay auténtica aventura- y una vida convertida ella misma en obra de arte, en continuo espectáculo, en incesante invención.
Me tomé, pues, el surrealismo al pie de la letra, sin despreciar la sangre ni los excrementos de los que sus prosélitos nutrían sus diatribas. Al igual que me había esmerado en convertirme en un perfecto ateo leyendo los libros de mi padre, también fui un estudiante de los surrealismos tan concienzudo que rápidamente me convertí en el único «surrealista integral». Hasta tal punto que acabaron por expulsarme del grupo8 por ser excesivamente surrealista. Los motivos alegados me parecieron de la misma clase que aquellos que habían provocado mi expulsión del círculo familiar. Una vez más, Gala-Gradiva, «la que se adelanta», «la inmaculada intuición», había tenido razón. Ahora ya puedo decir que, de todas mis certidumbres, tan sólo dos no se justifican por mi voluntad de poder: una es mi Fe, recobrada desde 1949, y otra es que Gala tendrá siempre razón en lo que se refiere a mi porvenir. Cuando Breton descubrió mi pintura, se mostró disgustado a causa de los elementos escatológicos que la mancillaban. Esto me dejó atónito. Yo me estrenaba en la m..., lo que, desde el punto de vista del psicoanálisis, sería interpretado más tarde como el feliz presagio del oro que amenazaba –¡felizmente!– con desparramarse sobre mí. Con toda insidia, intenté hacer creer a los surrealistas que esos elementos escatológicos no podían por menos que traerle suerte al movimiento. No vacilé en invocar en mi auxilio la iconografía digestiva de todos los tiempos y de todas las civilizaciones: la gallina de los huevos de oro, el delirio intestinal de Danae, el asno de los excrementos dorados, pero no quisieron escucharme. Así pues, tomé rápidamente una decisión. Dado que no querían saber nada de la m... que yo tan generosamente les ofrecía, guardaría esos tesoros y ese oro para mí. El famoso anagrama, trabajosamente elaborado por Breton veinte años después, «Avida Dollars», hubiera ya podido lanzarse en aquella época. No necesité pasar más de una semana en el seno del grupo surrealista para descubrir que Gala tenía toda la razón. Toleraron, hasta cierto punto, mis elementos escatológicos. Pero, en cambio, ciertas otras cosas fueron declaradas «tabú». Reconocí en todo eso las mismas prohibiciones que me imponían en el seno de mi familia. Me autorizaban la sangre. Podía añadirle un poco de caca. Pero no tenía derecho a emplear sólo la caca. Me autorizaban a representar sexos, pero no fantasías anales. ¡Cualquier clase de ano era observado de modo muy sospechoso! Las lesbianas les gustaban mucho, pero no los pederastas. En los sueños podía utilizar sin limitaciones el sadismo, los paraguas y las máquinas de coser, pero, excepto para los profanos, todo elemento religioso, incluso de carácter místico, me estaba prohibido. Si soñaba simplemente con una madonna de Rafael sin blasfemias aparentes, me prohibían hablar de ello... (…) Entretanto, Hitler hitlerizaba, y un día pinté a un ama de cría nazi haciendo punto, sentada por inadvertencia en un gran charco de agua.10 Ante la insistencia de algunos de mis más íntimos amigos surrealistas, tuve que borrar de su brazal la cruz gamada. Jamás hubiera sospechado la emoción que esta cruz suscitaba. Yo estaba hasta tal punto obsesionado con ella que concentré mi delirio en la personalidad de Hitler, que en mi fantasía se me aparecía siempre transformado en mujer. Gran número de lienzos que pinté en aquella época fueron destruidos al invadir Francia el ejército alemán. A mí me fascinaban las caderas blandas y rollizas de Hitler, siempre tan bien enfajadas en su uniforme. Cada vez que empezaba a pintar la correa de cuero que, partiendo de su cintura, pasaba al hombro opuesto, la blandura de aquella carne hitleriana, comprimida bajo la guerrera militar, suscitaba en mí tal éxtasis gustativo, lechoso, nutritivo y wagneriano que mi corazón palpitaba violentamente, una emoción tan rara en mí que ni siquiera me ocurría en la práctica del amor. La carne rolliza de Hitler, que me la imaginaba como la más divina carne de una mujer de cutis blanquísimo, me tenía realmente fascinado. Consciente, a pesar de todo, de la naturaleza psicopatológica de semejante sucesión de arrebatos, yo me repetía, arrobado, a mis propios oídos: –¡Esta vez sí, esta vez creo que rozo por fin la auténtica locura!
SALVADOR DALÍ nació en Figueres (Gerona) en 1904. Estudió en

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