27 Ene 2008
Páginas de un diario en tercera persona
Capítulo VI. Schss
Ella no entendía nada. Porqué fingió. Porqué evitaba hablar sin circunloquios. Porqué se ensañarba con ella. Porqué hacerla sufrir y retorcerse en el agujero negro de su galaxia punzante. Porqué no la dejó extinguirse como una enana roja descabezada mientras su éter azul intentaba prender supernovas. Porqué no la liberó entonces: la muerte sería un bálsamo comparada con un ser en carne viva. Prisionera, desojada, más muda aún que de costumbre, vaga y divaga; errante duda, cree, espera, desespera, relee, escucha, se debate, hierra. ¿Es que no hubiera sido preferible ser fulminada en el origen por el rayo oscuro de la luz negra?, al fin y al cabo, ya estaba muerta; los muertos no sufren; tantos años consumidos en conseguir su letargo y ahora qué. Ella ya había llorado bastante y aún de sobra para hacer del mar un océano. Una gota de almibar, noventa y nueve de sal para saciar su sed, esa sed tan antigua. ¿Es que hay algo más cruel que resucitar ánimas para luego aniquilarlas? Porqué hacerla revivir para dejarla deshacese después en dudas, en lo que sí pero no o no se sabe si tal vez o quizás depende de no se sabe qué o segundo plato si no queda o en caso de que, nada de nada. Y le ofrece su infierno vivido sin compartirlo en el verbo. Y se regodea en su noche vívida sin un atisbo de claridad, sólo alguna luciérnaga sin acabar de decir, sin dejarle siquiera preguntar, sin aclarar un mínimo utilizando un simple monosílabo, sin contestar, sin cerrarle ni abrirle la puerta. La devora. La sombra de la sombra de su sombra. Su única luz, el interruptor, el enter. Mejor apagarla. Ejecutarla. Negarla. Borrarla. Esa distancia, dijo; un espacio, un tiempo... ah, pero ¡el horizonte es aquello que nunca se alcanza! No hay anestesia. La clava viva con los largos alfileres de su ambivalencia, con saña la clava, como si eso que llaman realidad no hiriera sí bastante.
A once mil metros no hay oxígeno; la temperatura, menos cincuenta grados. Aguantó allí clavada en el exterior de su nave, alimentándose de estrellas fugaces durante las largas noches. Aquella última soñó con otro poliedro, el nuevo ángulo estaba ocupado por un hombre también más joven; aquello explicaría algunas cosas.
Capítulo VII. Ni hablar
Se quedó sin ojos para más. Su amor era tan ciego, tal vez debido a las increíbles circunstancias y aquella hierofanía, por repetida, consistente que, entre otras cosas, dejó de pensar. O, lo que es lo mismo, quizás no pensaba en otra cosa. Intenso y extenso.
Todo era tan irreal y le producía tanta extrañeza que su certeza necesitaba una confirmación personal, pronunciada, del otro para no sentirse loca. Un sí o un no directos habrían bastado; eso pensaba en ese momento. Es tan frágil lo indudable...
Tardó un tiempo en comprentender que él sólo estaba haciendo lo que había que hacer, lo que ella misma había procurado, a su vez, en su vida anterior, en aquél extraño planeta, su provincia de origen, del que guardaba un borroso-imborrable recuerdo.
lisi, 2007. DMC-TZ3 LUMIX de Panasonic (Objetivo Leica DC Vario-Elmar de 10x equivalente a 28-280 mm.)
Capítulo VIII. Allí, entonces
Ella estaba sentada en una silla de brazos, conversando con su pareja más duradera y otros amigos. De pronto, desde atrás, a su izquierda, fue llegando una voz, primero tenue, que de algún modo ejercía una atracción. Giró muy levemente el cuello para poder seguirla, sin dejar de atender al otro parlamento. La voz, esa voz, iba subiendo en nitidez al tiempo que mitigaba las otras voces que empezaron a sobrar en cuanto llegó a sus oídos el contenido de su discurso. En ese momento, se despredió de su acostumbrada discrección y, sujetando las manos a los brazos de la silla, se giró completamente hacia aquél lado para ver quién hablaba así y así.
Llevaba horas en aquella reunión y no entendía cómo no le había visto hasta ese momento.
Cerró los ojos y pensó: no puede ser.
lisi. Lirios, 2008. DMC-TZ3 LUMIX de Panasonic (Objetivo Leica DC Vario-Elmar de 10x equivalente a 28-280 mm.)
Capítulo IX. Algo
Él era director de cine, pero también hacía sus experimentos con la música, de hecho eran suyas las bandas sonoras de muchas de sus películas y, cuando no los escribía él mismo, seleccionaba con exquisito cuidado los guiones.
Ella nunca quiso ser actriz. Sí, tal vez de muy niña, cuando representaban en cualquier lugar aquellas obritas inventadas para entretener a los vecinos en escenarios improvisados o delante de sus casas, en las noches de verano, durante el filandón, entremezclado con relatos veraces, cuentos y adivinanzas.
Era único en todas sus manifestaciones por eso cuanto más le conocía más iba creciendo su amor por él. Quería formar parte de su película y, de hecho, formaba parte de ella, de modo que no se entiende porqué no le bastó que contara con su trabajo para la preparación del nuevo rodaje. Se decía a sí misma que necesita saber si era casual, si se trataba de un juego (esta posibilidad le parecía cruel) o si reflejaba algo verdadero. No sabía cómo interpretar aquellas oscilaciones tan contradictorias entre sí.
Las últimas conversaciones la llevaron a la reflexión. No quería que él perdiese nada, no quería que nadie sufriese, no... Ató los cabos sueltos y la razón, lo razonable, aquello que intentaba ignorar, finalmente se hicieron presentes con claridad. Qué más se podría esperar.
Dejó de sufrir inútilmente, cerró los ojos y se durmió tranquilamente. Quién sabe lo que soñaría aquella noche, tal vez con aquel fotograma que quedó impreso en su retina...
lisi. Lirios, 2008. DMC-TZ3 LUMIX de Panasonic (Objetivo Leica DC Vario-Elmar de 10x equivalente a 28-280 mm.)
Capítulo X. Inconsistencia
Aquél fotograma siguió allí, distraído pero fijo, mientras duró la luz del día, como permanece el hueco cegador que deja el sol cuando cierras los ojos después de haberlo mirado directamente.
El jazmín lucía varias flores nuevas aquella mañana y el lirio de agua seguía rebrotando de nuevo pero la alegría, aunque regada el día anterior, se veía abrasada, asi que tuvo que podarla a fondo. Recordó todo esto al anochecer, cuando la inconsistencia vino a visitarla con el despertar de la luna decreciente.
No hay nada peor que pararse a pensar. Todo aquello que le parecía tan razonable la noche anterior empezó a tambalearse. Era, una vez más, insostenible. Entonces, porqué esto y aquéllo... tanta figuración, tantas preposiciones locativas, tantos preverbios.
Sintió vértigo. Aquello no era una espiral, como él le hacía creer, no. Estaba encerrada en un parque de atracciones, en un tobogán que descendía siempre al mismo punto, en una noria de rotación círcular, en la casa de espejos deformantes, en el tren de los horrores.
Se había adentrado en un circo. Él era el mago de la chistera negra, el payaso chistoso que siempre la hizo llorar cuando empujaba y abofeteaba al tonto, el detentor del látigo en la jaula. Y ella la equilibrista en la cuerda floja, la acróbata de la noche, la amazona del caballo de trapo, la Kinski danzando sobre un balón a punto de estallar, de tan inflado. La fiera enajenada.
Se quedó ahí, muda, quieta.
Capítulo XI. Incoherencia
Ella siempre sometió cualquier afirmación teórica al contraste de la práctica de quien la proclamase... "La poesía abruma la ficción", "el misterio en manos del poeta es un arma peligrosa". ¡Vaya! Conocía también la estructura del discurso psicotizante, esa forma de hablar que afirma y niega a la vez. Aquél era un camino demoledor y sin salida. Mejor fijarse "en el destello que se asoma como una estrella lejana", en el "tienes que ser libre". Para librarse del eco constante y obsesivo de su voz se retiró unos días en aquél pequeño pueblo al lado del mar, tal vez el sonido repetitivo de las olas en su vaivén podría actuar como antídoto. Se llevó el guión para repasarlo.
El se sentía tan viejo y cansado; ella tan joven, tan llena de vitalidad desde que él la había mirado. Porqué dejarse arrastrar por esa impiedad morbosa que la estaba arrastrando hacia la parálisis, hacia el abismo de las lágrimas y las tormentas innecesarias. Ya había comprobado que su dolor no redimía el suyo, que él se creía incapaz ya de amar, de renacer, de recrearse de nuevo, de echar alas. Sabía seducir con maestría a cada una de sus víctimas amorosas con las palabras exactas de reclamo narcisista simultáneamente personalizado para atraparlas en su red como a mosquitos a los que luego gozaría aplastando con su dulzura venenosa. Cada una de ellas se complacía sintiéndose la única ¿Tanto le hicieron sufrir sus amantísimas? ¿Eso era para él el amor? ¿Es que pensaba que esa repetición podría liberarlo alguna vez del odio, del desprecio creciente que iría sintiendo hacia sí mismo? Tal vez mirarse en el espejo de la carne tersa le hacía figurar que el tiempo se había detenido en algún punto más o menos lejano de su pasado irrecuperable, o puede que fuese el número de conquistas lo que le proporcionaba la medida a esa necesidad de autoafirmación, o ambas cosas. Pero no era un Casanova, era un pobre Don Juan autocompasivo regodeándose en el sabor melancólico de lo inevitablemente perdido.
¿Qué hay de belleza en el engaño, en la fórmula de lo truculento, en el horror? Ella ya había vivido suficientemente en el lado oscuro y había hecho su elección. Le tendería su mano, le esperaría cuanto fuese necesario hasta que el infierno que él necesitaba reproducir en círculos concéntricos le purificase con sus llamas pero no era útil para ninguno de los dos dejarse llevar por su inercia, por la cómoda cobardía de quedarse ahí abrasado por una impropia voluntad antiheróica. No más repetición. No más amargura. Disfrute. Creación. Aventura. Acción. Pasión.
Con estos pensamientos se adentró en el mar hasta que el agua le llegó a la altura del cuello y una vez allí -ya no era Alfonsina, no, ya no era Ofelia- dió unas brazadas tonificantes y se tendió en horizontal, flotando con los brazos en cruz, boca al sol, dejándose acariciar por sus rayos y mecer suavemente por las olas. Una bandada de gaviotas se acercó a ella y sobrevoló en espiral sobre sus meditaciones como si se tratase de un pequeño barco de pesca repleto de peces plateados.
Capítulo XII. Fedro
Al anochecer, se repitieron los fuegos de artificio con que finalizaba su primer tránsito, el año anterior, y un hilo de luna creciente iluminó el sentido de toda aquella argumentación anterior. Frustración. Rabia. Celos. ¿Qué otra cosa podría producir la lectura de aquella frase que le hirió los ojos como la primera vez que vió en París la afilada cuchilla de "un perro andaluz"? Demasiado tarde para cerrarlos. Era ciertamente humillante el papel de aquél personaje que pensaba de una manera opuesta a lo que sentía. Free! No era tan fácil aceptarlo como decirlo.
Más difícil todavía. Renunciar a lo único que le quedaba, eso sí la dejaría degustar el auténtico sabor de la libertad. Si lo conseguía, ya no tendría nada que perder, "ni siquiera la muerte", como decía la canción (dudó si tachar esto y volver a la opción B., el hombre joven del sueño que había vuelto a mirarla, pero optó por dejarlo para más adelante). Por otra parte, continuó preguntándose qué es lo que había transformado las risas, el ensueño y el rubor inicial en desesperanza, desasosiego, desesperación. Entre otras cosas, sin duda el miedo, pensó; pero no sólo eso. El amante intenta potenciar lo mejor del amado, busca su perfección, su felicidad, su bondad, su belleza; le dedica sus mejores palabras...
Dejó el cuadernillo con el guión sobre la mesa, respiró hondo y se sirvió un vaso de agua fresca. Le gustaba tomarse en serio las cosas que emprendía y, cuando él regresara de la localización de exteriores para el rodaje, habían quedado en finalizar el guión y redactar juntos la adaptación de los diálogos. Releer el Fedro podría darle nuevas claves para continuar.
Se dirigió al dormitorio con el libro, no muy limpio después de permanecer tanto tiempo en el reposo sagrado de la librería y, al sacudirlo, recordó el capítulo en que él le regalaba aquél cuadro suyo (ya hemos dicho que, aunque era su actividad principal, no sólo realizaba películas), una pintura de alegre colorido, con el marco completamente lleno de polvo añejo. Lo había colgado así y así había permanecido durante muchos meses hasta que, en una limpieza general, la persona que contrató para ayudarla, ignorante de su valor, lo desintegró en una triste bayeta y le sacó a la madera un estúpido brillo.
Ni en metáfora, astro, reina. Mejor desconectar.
[continuará...?]
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Vamos allá, Sr. Carroll: "Alicia empezaba a estar harta de seguir tanto rato sentada en la orilla..." Ya veremos hasta dónde nos lleva una historia sin guión. Vaya, Alicia ya no vive aquí?
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6 comentarios · Escribe aquí tu comentario
dalearden dijo
http://rescoldosdedalearden.blogspot.com/2007/05/chicho-snchez-ferlosio.html
en el que inicié las pruebas para saber lo que era un blog puse un par de cosas de Chicho. Salud.
lisi dijo
Dale Arden. La eterna enamorada de Flash!
Me ha gustado mucho visitar tu blog de pruebas. El libro de Chicho que reseñas no lo conoce casi nadie. Tengo un ejemplar que me regaló un amigo que conocí en La Rioja (me invitó a participar en el Festival Actual de Logroño para presentar el trabajo de Chicho, una persona encantadora). Me hizo gracia ver que el comentario al post es de una persona que ahora tiene un blog en esta comunidad.
Gracias por visitar mi casa. Salud.
NEKANE dijo
Precioso relato en tucasa mesiento escucho y leo de nuevo.
BESITOS
isaperezdelpulgar dijo
lisi,es estupendo lo que has escrito. Creo que tiene mucha plasticidad.
Y me he quedado con ganas de más.
Besos
lisi dijo
Siéntate cómoda, Nekane, y quédate el tiempo que quieras.
Bss.
lisi dijo
Gracias, Isa, puede que lo continúe pero no sé; no sé si cambiar el rumbo del relato e incluso alguno de los personajes, por ejemplo el director de cine parece tener sentimientos, y hoy creo que encajaría mejor con la realidad si lo presentara como cirujano sádico, así que mejor sigo otro día.
Besos, Isa, ahora paso a verte, que seguro que me da buen punto.
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