
Hace apenas dos meses, la revista Nature publicó un artículo editorial sobre lo que llamó la nueva edad de plata de la investigación española. "El Gobierno español”, decía, “ha duplicado el presupuesto para investigación en los últimos cuatro años y el próximo Ejecutivo podría crear las estructuras legales necesarias para asegurar que ese dinero se invierte correctamente”. Pues bien. Parece que el Gobierno ha dado el primer paso efectivo para cumplir el vaticinio de la prestigiosa revista creando el Ministerio de Ciencia e Innovación y trasladando al mismo elInstituto de Salud Carlos III, Fondo de Investigación Sanitaria incluido. Y no es una improvisación. Hay que recordar que en el último Consejo de Ministros de 2007 elConsejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) se transformaba en una Agencia independiente y el Gobierno señalaba entonces su objetivo de situar la inversión en el 2% del PIB para el año 2011.
Conozco a Carlos Martínez, ahora Secretario de Estado de este Ministerio, desde hace unos 15 años, cuando mis labores profesionales me permitieron compartir unas cuantas conversaciones entre los investigadores nacionales, entre los que él figuraba, y los emigrantes, Barbacid, Perucho, Massagué y otros. En ellas se hablaba de cómo debería orientarse el modelo de gestión de la investigación, pues estaba claro que la ciencia de funcionariado sólo servía para que muchos investigadores chuparan del bote y se aferraran al sillón sin apenas realizar actividades científicas rentables. Y Carlos me ha demostrado que, además de tener las ideas claras, es un hombre tan capaz como emprendedor. Le costó cuatro años de lucha silenciosa en la presidencia de esa estructura tan mastodóntica como anquilosada que es el CSIC para convertirlo en una Agencia de Investigación independiente. Era y es el momento idóneo.
Pero Nature adviertía en su artículo que la excesiva burocracia y la rigidez de los criterios de selección de nuevos científicos a los que actualmente se enfrentan tanto los centros de investigación como los propios investigadores son el principal obstáculo a superar por la ciencia española para alcanzar su máxima eficiencia. Y para muestra un botón: el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), del que decía que su sistema de gestión, completamente diferente al establecido para otros centros públicos, le ha permitido situarse en apenas diez años de existencia como uno de los más reputados centros de investigación del mundo. Ahora, continuando con el razonamiento de Nature, al tándem Cristina Garmendia y Carlos Martínez les toca dar el segundo e ineludible paso para alcanzar la edad de plata sugerida por esta revista: crear una Agencia de Financiación, también independiente, en la que se pueda apoyar la Agencia-CSIC, a la que hay que desarrollar más allá de su denominación de origen. Objetivos: simplificar la burocracia, primar los proyectos altamente competitivos, cambiar las condiciones laborales de los investigadores, evaluación continua de resultados ... y un largo etcétera que acercará a la investigación española no sólo al cumplimiento de la normativa europea, sino a competir verdaderamente con la ciencia internacional. Lo digo de nuevo: es el momento; el mejor momento para emprender definitivamente el camino.
La mayoría de los periódicos, antes de que el CSIC se convirtiese en Agencia independiente, se hicieron eco del éxito sin precedentes alcanzado por la ciencia española en la última asignación de financiación del Consejo Europeo de Investigación, al ser seleccionados doce proyectos -por cierto, ocho de ellos procedentes del CNIO-. Hay que fijar la vista como referente de futuro en el centro de investigación que dirige Mariano Barbacid, entre otras razones porque probablemente sea el de mayor producción científica del país, a juzgar por su índice de impacto, un 7,5. Es un centro público con un modelo de gestión privada muy ágil. Constituido como fundación, recibe una asignación anual de los Presupuestos Generales del Estado, pero una parte de su financiación, que se incrementa poco a poco cada año procede de fuentes externas: mecenazgo, donaciones, contratos con empresas farmacéuticas, concurrir a concursos públicos -nacionales e internacionales- de becas y fondos de investigación, etc. Además, un Comité Científico Asesor en el que figuran hasta tres premios Nobel, evalúa anualmente la labor realizada. Finalmente, ninguno de los investigadores que trabajan en él tiene la plaza en propiedad: no son funcionarios y si no producen tienen que abandonar el centro. En definitiva, el CNIO no tiene nada que envidiar a los mejores centros de investigación del mundo, sino al contrario: es envidiado por muchos de ellos. Con el mismo modelo de gestión se creó el Centro Nacional de Investigaciones Cardiológicas (CNIC), aunque se nota que su director,Valentín Fuster, todavía reside y trabaja en Estados Unidos. En cualquier caso, ambos centros deben ser un referente para los planes del nuevo Ministerio de Investigación y Universidades. Los primeros pasos, quizás los más importantes, ya se han dado. Ahora, falta pavimentar el camino con la vista puesta en la calidad científica. Para acabar, me remito nuevamente al artículo de Nature, en el que se decía que "todo apunta a que España es capaz de volver a vivir una nueva Edad de Plata. Pero sólo si el Gobierno lo permite”. De momento, parece que el Gobierno lo permite y, además, lo desea. Que así sea.
1 comentario Escribe tu comentario
miabuelapepa dijo
arregla esto porfi para que podamos leerlo. gracias