Hoy no hablaré de temas médicos o sanitarios. He flipado en colores al saber del comunicado oficial de la Universidad Pompeu i Fabra de Barcelona prohibiendo la entrada en "su territorio" a todos y cada uno de los miembros de la familia real. Confieso que no soy monárquico, sino todo lo contrario. Tampoco es que sea republicano, pues coincido con Platón en que la única diferencia entre una dictadura y una democracia es que en la segunda se obedece ciegamente después de haber votado, es decir, de dar tu consentimiento. Pero este despropósito es tan mayúsculo, que no puedo sustraerme a la necesidad de expresar mi indignación, especialmente cuando la mediocridad y la falta de inteligencia arraigan tan profundamente en una universidad, a la que se supone templo del conocimiento y la sabiduría. Una universidad no debería practicar el totalitarismo intelectual, tal y como sucede en buena parte de la parafernalia catalanista, que no catalana.
No recuerdo quién, dijo en una entrevista que nadie elige el lugar en el que nace. Lo suscribo plenamente, del mismo modo que rebato la creencia casi generalizada de que las "raíces" de uno se encuentran en la ubicación geográfica donde vio la luz por primera vez. Nací en Madrid, pero no me identifico con esta ciudad en la que he vivido más de la mitad de mi vida. Debo tener mis raíces desperdigadas por ahí, como si fueran esquejes de un mismo árbol, porque amo Roma, donde viví los mejores cuatro años de mi infancia; la provincia de Gerona, en la que pasé nueve años de intensivo crecimiento personal y cultural; Andalucía, que he recorrido casi de cabo a rabo y en la que aun mantengo islotes de memoria; y también Castilla y León, donde mi adolescencia abrió paréntesis vitales de primeras experiencias. En fin, que cuando me preguntan de dónde soy siempre contesto con un lacónico "nací en Madrid, si es a lo que te refieres". No pertenezco a ningún lugar, del mismo modo que nadie puede impedirme sentirme ligado a aquéllos en los que arraigan las experiencias vividas.
Mi experiencia en la provincia de Girona, una de las más bellas que he conocido, me enseñó a diferenciar entre la catalanidad y el catalanismo. El primero en abrirme los ojos ante esta realidad fue Josep Plá, en su mesa nominal en la entrada del comedor del Motel Ampurdán. Defensor y difusor de la riquísima cultura catalana, no soportaba a los catalanistas y cada vez que uno se acercaba a saludarle le humillaba de un modo u otro. También contribuyeron a ello las larguísimas sobremesas en ese refugio gastronómico con intelectuales catalanes -Albert Boadella, Lluis Racionero, el hermano cura de Josep Plá, el secretario de Dalí, el pintor Joan Pons y tantos otros-. Pero lo que me convirtió a la catalanidad, que no al catalanismo, fue mi relación con los lugareños, esos que se esforzaban en hablar castellano conmigo aun sabiendo que yo podía hablar catalán. Los mismos que me acogieron sin reservas incluso antes de vivir allí. Los mismos que no soportaban a los de Barcelona o las de Gerona capital, a los que hacían la vida imposible y tachaban de ser más centralistas que los de Madrid. Gente sencilla, cuyo único interés era la convivencia en su entorno vital y su trabajo. "La política lo ensucia todo", me decían. Pero la frase más lapidaría que escuché fue la del panadero que cada amanecer miraba la cumbre del Canigó para saber cuánta levadura debía ponerle al pan: "Yo soy catalán, pero el ismo ya me está jodiendo".
También tuve amigos -muy buenos amigos- independentistas, de esos que decían abiertamente que no iban más allá de Valencia porque "necesitaban pasaporte para pasar la frontera". Entre ellos estaba mi dentista, Tomás Cortada, un reconocido dirigente de Terra Lliure. La verdad es que le tomaba mucho el pelo por su militancia, pues el fanatismo no entiende de argumentaciones. No soportaba que le recordara que Jaume I fue la cabeza regente del Reino de Valencia y Aragón y no del Reino de Cataluña, por lo que tendrían que ser los valencianos y aragoneses quienes reclamaran los derechos históricos sobre Cataluña. Es lo de siempre: la historia se modela según la conveniencia de cada cual.
Pero ... a lo que voy. Creo que los "ismos", en este caso el nacionalismo catalán, son refugio de mediocres. Convierten la decidida autoexclusión en exclusión forzada de quienes no comulgan con sus propósitos. Así creen elevarse sobre los demás y acceder a una élite de dominancia social. Todos los "ismos" se rigen por biblias y mandamientos y, por moderados que sean, siempre tienen la exigencia de la fe incondicional en la doctrina marcada por sus profetas. El españolismo, el independentismo, el catalinismo, el madridismo... todos surgen de una atávica necesidad gregaria del ser humano. Da igual que hablemos de política, deporte, razas, moda, estilismo, arte, música o cualquier otra cosa. Siempre parece obligado pertenecer a un "ismo". Si no eres de uno, entonces eres del otro. Si no eres socialista, entonces eres fascista, si no eres catalán, entonces eres un invasor españolista, y así sucesivamente. Y los que no somos ni una cosa ni otra, entonces tenemos que aislarnos o aprender a navegar entre dos aguas. Es la necesidad del rebaño para sentirse arropados y seguros, el fanatismo elevado a la condición de librepensamiento, cuando en realidad lo coartan por completo y lo transforman en una continua lucha territorial.
El antropólogo y sociobiólogo José Antonio Jáuregui lo explicaba con sucinta claridad en su programa de TVE, Las reglas del juego. Tribus. "La especie humana -decía- no se divide en clases, sino en tribus que compiten, rivalizan y a veces luchan entre sí". Es el concepto de rebaño como necesidad existencial. Un "ista" -practicante del "ismo"- por sí sólo no es nada. Necesita pertenecer a un grupo, a una tribu, a una organización, a un partido, a un rebaño, a una banda -cualquier denominación sirve para definir el concepto de gregarismo- para sentirse útil y significado socialmente. Pero ser gregario es una necesidad de los débiles para ser fuertes. Es la esencia de cualquier revolución, sea ésta la del pueblo contra el Estado, de los militares contra la democracia o la de los socios de un club de fútbol contra su junta directiva. Da igual. El poder continúa siendo el objetivo de los que no lo tienen y, para alcanzarlo, la autoexclusión es la mejor y la más vieja de las tácticas. Y, en el fondo, a todos les mueve un miedo inconsciente a la soledad sin identidad propia. Identificarse con el grupo, con el "ismo" de turno, les confiere una identidad adquirida por la suma de fuerzas, que no de individualidades.
José Antonio Jáuregui explica que los nacionalismos son una partida tribal en la que lo que está en juego es la superioridad y valía de cada tribu. Cada frase es un ataque y/o un contraataque de los contendientes y el objetivo, ganar la contienda. Entre mediocres anda el juego.
Los nacionalismos regionales, además de la política excluyente, supone un aislamiento, una reducción de su zona existencial, una minoración del hábitat política y ... un retorno a la debilidad tras adquirir el poder. Considero esta actitud una minusvalía mental, especialmente, en un tiempo en que las fronteras prácticamente han desaparecido y en el que la globalización conquista poco a poco las conductas humanas. En un mundo que camina hacia la globalizacíon como medio de iniciar la universalización, pretender ser autosuficiente y aislarse es una negación de la realidad y una actitud de arrogante mediocridad. Pero la alianza entre mediocres acaba necesariamente en tangana, como se ha demostrado con el Gobierno tripartito de Cataluña. Tres gallos -en este caso diría que gallitos- en el mismo corral acaban luchando entre sí para lograr la exclusiva de las prebendas de las gallinas. Esquerra Republicana ya ha sido derrotada. ICV no cuenta. Sólo quedan PSC y CIU, que ha entrado en el gallinero en el fragor de la batalla. Y ahora ambos contendientes toman posiciones y definen sus respectivas estrategias de cara a las próximas elecciones autonómicas. CIU asume el discurso de la autodeterminación para atraer los votos perdidos por Esquerra Republicana y busca con ello la opción del chantaje político a la Moncloa como vía de negociación. El PSC levanta la voz para solicitar al Gobierno del Estado más financiación, más iniciativas para paliar el déficit estructural que aqueja a su Comunidad Autónoma y que mantienen no es acorde con su contribución a los Presupuestos Generales del Estado y a la financiación de las otras Comunidades Autónomas: "damos mucho y recibimos poco a cambio", dicen sin aducir a argumentos nacionalistas.
Lo que nadie dice es que son muchos los catalanes que están hartos del discurso catalanista. Ésta y su incontenida arrogancia es la verdadera razón de la debacle de ER en las últimas elecciones. CIU debería tomar nota y no cometer el mismo error. Pero Artur Mas parece haber decidido emprender el discurso del independentismo, lo que a medio y largo plazo, podría suponer la escisión de esta alianza política entre dos partidos empresariales de Cataluña. Mientras, el PP continua aferrado al discurso del españolismo ¡Qué error! Habrá que ver qué ocurre tras el próximo congreso del partido en Cataluña y luego en el congreso nacional del PP, porque si no elimina de su discurso político esta actitud de confrontación con el otro "ismo", seguirá anclado en el limbo de la catalanidad.
¿Habrá algún día político inteligente que defienda la catalanidad frente el catalanismo y el españolismo? Son muchos los que están hartos del discurso estéril y destructivo de los "ismos". Son muchos los que quieren vivir en paz sin exponerse al riesgo de exclusión por expresar sus verdaderas emociones.
Como el panadero de Cabanellas con el que compartía amaneceres, hace mucho tiempo que los "ismos" me están jodiendo.
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miabuelapepa dijo