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    <message>Solo he tenido tiempo para ver el video de Oteiza y la canci&#243;n de Raimon. Espero ponerme al d&#237;a en breve. 

Como siempre, unas entradas muy interesantes. Siempre despiertas mi curiosidad y estoy aprendiendo a conocer a personajes que ten&#237;a olvidados o perdidos.

Un abrazo.</message>
    <name>An&#243;nimo</name>
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    <message>&#191;S&#243;lo un comentario...? &#161;Qu&#233; pena! 
De cualquier modo, al lobo estepario le ha costado encontrar este blog. Ha sido una movidilla, pero pondr&#225; remedio a este olvido.

LOS ARTISTAS DE LA CUEVA Y OTEIZA

Las rocas de nieve se derriten y el valle diminuto cobra vida por la generosa agua del cielo -cumbres blancas coberteras de las inexpugnables monta&#241;as-, por el regalo caluroso de la llama circular que hay en el cielo, por el insondable misterio de millones de semillas que germinan, por el aire, el  sonido y el instinto... El anciano cazador camina renqueante, mas aun inv&#225;lido, se llega hasta la bocana de aquella gruta. Hay cierta tensi&#243;n en el ambiente y el clan se muestra temeroso. &#191;Habr&#225; celebraci&#243;n..., quiz&#225;s &#233;xito en la caza? 

Hoy el cham&#225;n es m&#225;s que un l&#237;der: es el dador de felicitad, de confort; tambi&#233;n dirige la armon&#237;a de aquella tribu y s&#237;, penetra en la oscura caverna mitol&#243;gica, arrastrando no s&#243;lo su pierna herida -huellas perennes de cien batallas cineg&#233;ticas que ya ha olvidado- sino otros bultos extra&#241;os a los presentes: artes para conseguir fuego, algunas astillas, ra&#237;ces secas de tub&#233;rculos, algunas piedras redondas, hongos y bolsitas con polvo divino que har&#225; milagros. 

Se mantuvo el viejo guerrero oculto en la b&#243;veda agrandada de aquella oquedad durante tres lunas.  Inc&#243;gnita rotunda. Leyenda repetida en primavera. Raz&#243;n de ser de cualquier tribu. El lobo Quirce siempre ignorar&#225; el evento, su f&#243;rmula, la ceremonia: &#233;l s&#243;lo era el perro de la aldea, que se acerca al umbral del templo, junto a los siete guerreros que iniciar&#225;n la campa&#241;a de caza de aquel ciclo. Escena repetida desde tiempos m&#225;gicos que no olvidan los seres del grupo humano que hoy es protagonista. 

Jodido can irredento, oportunista y falaz, que hoy le lavan en el r&#237;o lindero pues es necesidad que el grupo muestre, no s&#243;lo sus mejores armas, sino el mejor aspecto y compostura. Limpio y adiestrado, pegado a la potente imagen del primer hombre de la aldea, reciben ambos al anciano que sale de la cueva. No retroceden, ni dan impresi&#243;n de miedo, pero saben -raz&#243;n y memoria en el fuerte guerrero; puro instinto de lobo en el c&#225;nido amigo- que el chaman se ha transformado y les dar&#225; fortuna y vigor durante un tiempo. 

Brilla la mirada de aquel brujo, que se mueve gr&#225;cil, juvenil, despierto. Ya no es el inv&#225;lido cazador de ayer; se ha transformado: danza de locura, su glotis conforma sones musicales de enigma, su piel se ha transformado en cien colores atractivos. El lobo lo sab&#237;a: conoc&#237;a aquellos hongos secos, las ra&#237;ces, la datura, la belladona..., pero no aull&#243;, ni quiso crear desconcierto en el grupo humano. Entraron los siete primeros cazadores y pasaron otras tres lunas...

Fue un per&#237;odo fruct&#237;fero en la aldea, con abundante alimento, ya en frutillas selectas, ra&#237;ces, pesca y caza. Vuelve el hechicero a recogerse en la ancestral gruta sagrada, para poner orden, limpieza y alg&#250;n enigma en silencio. Fabrica nuevos polvos con huesos cenicientos o quemados. Los grumos de arcilla roja son pacientemente molidos. Sangre de c&#233;rvido, sebo, l&#225;tex pegajoso, amarillo o blanco, de selectas plantas, viruta de cuarcita con mezcla de plateada pirita, hulla socavada en alg&#250;n sitio, yema de huevo, brillo de orines -urea-, ramas finas, c&#225;lamos, brochas de cerda, platillos, m&#225;s pigmentos..., una hoguera. Le acompa&#241;an nuevos guerreros, quiz&#225;s los de la anterior estaci&#243;n, con el mismo fin: nuevas danzas, brebajes salut&#237;feros, m&#250;sica y armas. La luz de la fogata m&#225;gica refleja v&#237;vidas sombras en la b&#243;veda, en las irregulares paredes de la cueva: ellos s&#243;lo tiene que imaginar la presa y apenas rasgan los paramentos de arenisca, algunos trazos oblicuos, l&#237;neas met&#225;licas de rojo simulan la visi&#243;n de un bisonte; pinceladas grises, con sombras negras, hacen visionar un bello alce. M&#225;s all&#225;, caballos cimarrones, una gacela... en la esquina quebrada de esa cueva. Es necesario recrear la m&#225;gica caza del ma&#241;ana y se afanan brujo y cazadores en replicar sus flechas, jabalinas, arcos, tiralanzas, arpones, trampas y otros ardides necesarios. Apoyan sus manos certeras en el arte venatorio junto al simple templo y el cham&#225;n sopla un polvillo negruzco de gracia sobre ellas; ser&#225; su suerte..., tal vez su desgracia. Es la vida salvaje del entorno y aunque el lobo Quirce no lo observa, ya lo intuye su instinto y su recuerdo. Quedan huellas&#8230;

&#191;Cielo&#8230;? &#161;No, qu&#233; va! La vida silvestre del clan est&#225; en la tierra, su arte rupestre, su aliento, es terrenal, sin duda. Guerreros del olvido, cazadores de huellas, danzarines y m&#250;sicos, Son los primeros &#8220;colocaos&#8221; de la historia, gestantes de cultura y reputados artistas cavernarios. &#191;Artistas tramposos?  &#161;No, qu&#233; va!, utileros de trampas..., cazadores.

Vuelve el Lobo a firmes m&#225;s humanos; son tierras movedizas de opini&#243;n dispar, de diatribas y un algo de pol&#233;mica. Quirce no est&#225; muy seguro en tal biotopo, pero acierta a conformar algunas frases: Jodido cascarrabias, divino escultor, &#191;por qu&#233; te graban? Si est&#225;s cabreado al tener noticias de que no habr&#225; Alh&#243;ndiga y los prohombres vascos censuran &#191;evitan? tu opini&#243;n negativa sobre el Guggenheim. Cuatro sentencias  mal hilvanadas no hacen tesis, ya fueran &#233;stas en historia, evoluci&#243;n, arte o artistas. Calder y Moore te aman&#8230; y te perdonan. Morris, Heizer o Smithson nunca te olvidan. La Hiri lo sabe, pero es pol&#233;mica y gusta de provocar al insolente c&#225;nido. 
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    <name>El lobo Quirce</name>
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    <message>JORGE  OTEIZA, SILENCIO Y MISTICISMO
Un paseo por la personalidad y el proceso creativo del escultor vasco en su centenario.
Manuel Borja-Villel (Director del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia)
El Pa&#237;s- 21.10.2008

Situado entre dos mundos, el de una modernidad dominada por el idealismo de Clement Greenberg y el del arte de campo expandido de los a&#241;os sesenta y setenta, Jorge Oteiza no ha tenido fuera de nuestro pa&#237;s el reconocimiento que deber&#237;a, a pesar de esfuerzos loables como supuso, por ejemplo, su presencia en la &#250;ltima Documenta. La figura de Oteiza no cuadra en los par&#225;metros oficiales, que constituyen esa historia lineal y ortodoxa del arte moderno que tan bien conocemos. Su etapa de formaci&#243;n no pasa ni por Par&#237;s ni por Nueva York, consideradas como las capitales del arte del momento, sino por Latinoam&#233;rica. Sabido es que de 1935 a 1948 estuvo viajando, aprendiendo e impartiendo clases por diversos pa&#237;ses suramericanos, como Argentina, Chile, Colombia, Ecuador o Per&#250;.
La modernidad latinoamericana vivi&#243; los a&#241;os cuarenta y cincuenta con preocupaciones po&#233;ticas propias. A diferencia de los movimientos que se produjeron en Norteam&#233;rica o Europa, no exist&#237;a all&#237; una burgues&#237;a nacional que tuviese que defender un arte oficial ni otra que quisiera robar la idea del arte moderno. Se desarroll&#243;, por el contrario, un arte interesado en la geometr&#237;a y los campos de fuerza. En sus mejores representantes, esta abstracci&#243;n no remit&#237;a a formas ideales de car&#225;cter plat&#243;nico, sino a una comprensi&#243;n fenomenol&#243;gica del mundo. No ten&#237;a nada que ver con el existencialismo ni con el informalismo, que no pod&#237;an alcanzar una representaci&#243;n plena del vac&#237;o y la nada porque &#233;stos adquir&#237;an a menudo una dimensi&#243;n expresiva o figurativa. Buscaba la experiencia f&#225;ctica de la vida, una mirada que no se hiciese visible de un modo inmediato en la representaci&#243;n sensible, sino desvelando lo invisible en las situaciones concretas de la existencia humana.
As&#237;, la obra de Oteiza se mueve entre un an&#225;lisis sistem&#225;tico y constante de las formas y una urgencia por volver a lo primitivo, a aquello que nos devuelve al ritual y al mito. No anhela la perfecci&#243;n del canon sino su an&#225;lisis, como podemos ver en la experimentaci&#243;n exhaustiva que llev&#243; a cabo en su famoso laboratorio de tizas, por s&#237; solo uno de los hitos de nuestro arte m&#225;s reciente. Tampoco estamos ante un artista en busca de una sociedad pre-ling&#252;&#237;stica, a-culturada y primigenia. Al contrario, Oteiza es consciente de la imposibilidad de escapar al lenguaje, y entiende como pocos la relaci&#243;n esencial entre lenguaje y muerte: el hombre es mortal a la vez que hablante, es consciente de la muerte porque desarrolla una cultura.
&#201;sta es la paradoja de Oteiza, que se mueve constantemente entre la afirmaci&#243;n y la destrucci&#243;n. Una contradicci&#243;n que supo encarnar como nadie, no s&#243;lo a trav&#233;s de sus esculturas, sino tambi&#233;n en sus escritos y aun en su presencia vital, como intelectual y activista.
Su propuesta coincide con la de aquellos autores que, en un mundo en el que la capacidad del sistema por cancelar cualquier atisbo de cr&#237;tica parec&#237;a, como hoy, inconmensurable, se separaron de la producci&#243;n art&#237;stica tradicional por considerarla periclitada o condenada al ensimismamiento. No nos sorprende que en 1959, despu&#233;s de m&#225;s de una d&#233;cada de haber alcanzado las cimas de la creatividad, Oteiza decidiese concluir su pr&#225;ctica como escultor, para dedicarse a la escritura y ejercer su posici&#243;n como intelectual. Si hay un personaje en el que obra y persona son inseparables, &#233;se es Oteiza. Entendi&#243; que la escultura no se limitaba a cuestiones formales, sino que implicaba una forma de entender el mundo y el papel que el arte juega en &#233;ste.
La muerte art&#237;stica de Oteiza es como la de los m&#237;sticos, una muerte moral de la que se vuelve con renovada energ&#237;a, en una vida nueva. &#191;Por qu&#233; empe&#241;arnos, pues, en devolverlo a la vida? El silencio de Oteiza debe ser interpretado no como algo excepcional, sino como un m&#233;todo de trabajo. Quiere desnudar al yo creador de las caracter&#237;sticas o atributos personales, que le impiden afirmar su ser. No es una tendencia irracional. Es la eliminaci&#243;n de lo superfluo que se da en la obra y en el propio artista.
Este misticismo tiene incluso m&#225;s sentido en la actualidad que en su momento. En un tiempo de marcas, de especulaci&#243;n, de asimilaci&#243;n f&#225;cil, el arte de Oteiza se sostiene sobre el vac&#237;o de la realidad que quiere describir. Lo &#250;nico abstracto es la nada, el resto es figurativo. Es seguramente hacia ese silencio al que nos deber&#237;amos dirigir en el contexto de la reivindicaci&#243;n obsesivamente formalista que ha sufrido Oteiza por parte de no pocos artistas en las &#250;ltimas d&#233;cadas; porque s&#243;lo a trav&#233;s del silencio podemos escuchar el mensaje de uno de nuestros artistas m&#225;s radicales.

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