06 Oct 2008

Alvaro Salvador. Poesía

Escrito por: mimarve el 06 Oct 2008 - URL Permanente

Desde Correos de la Vega, Pilar García nos trae al granadino Álvaro Salvador, catedrático de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Granada, cuya obra La Canción del Outsider ha sido galardonada con el XI Premio de Poesía Generación del 27.

La obra de Álvaro Salvador ha sido reconocida ya con otros premios; Su obra de teatro Don Fernando de Córdoba y Válor, Abén Humeya, fue galardonada en l980 con el premio Ciudad de Granada y en 1981 con el Hermanos Machado de Sevilla. En 2002 le fue concedido el Premio Casa de las Américas de Ensayo por su trabajo El impuro amor de las ciudades.

Poemas de Álvaro Salvador

Efectivamente, vivir no es tan difícil
sobre todo
y
dentro de ti.

Inscripción en la última necrópolis
(Ilíberis MCMLXXIII)

es mi tierra:
llanto de soleá deshabitada jarcha
MUERTA
(ni siquiera bosteza la palabra)

El impostor

¿Qué beso fue su beso?
¿El que te dió?
¿O el que luego escribió
que te había dado?

El padre

El tendría por entonces mi misma edad de ahora
y recuerdo su mano apretando la mía
al cruzar, los domingos, la calle hasta la iglesia.
Después, mi mano olía durante varias horas
a jabón de lavanda y rubio americano.

Solíamos deambular las mañanas soleadas
por céntricos jardines o estrechas callejuelas
y él parecía no tener un rumbo prefijado,
desconocer adrede el destino final de aquellos pasos
que me brindaba a mí, su hijo más pequeño,
con la alegría sin norte de un muchacho.

Al final, el camino siempre nos conducía
a un gran café del centro, hermoso y concurrido.
Y allí me transformaba, feliz explorador de un territorio íntimo,
en héroe sideral o enmascarado rey de los pigmeos
mientras él repasaba lentamente el periódico
o hablaba apasionado con algunos amigos
de temas misteriosos que yo nunca acababa de entrever
más allá de sus risas
y la expresión profundamente viva de unos rostros
tiernos y cariñosos al dirigirse a mí.

Más tarde, al retirarnos,
siempre con la sorpresa de un truco inesperado
aparecía en su mano un crujiente paquete
lleno de dulces frescos para tomar en casa.

Otras veces, recuerdo, en tardes de verano
solíamos caminar a la luz del crepúsculo
y su mirada de hombre, madura, ensombrecida
por unos pensamientos que yo no comprendía
pero que adivinaba próximos,
cercanos a una suerte de tristeza muy honda,
me acercaba a mí mismo
a la intuición de una edad mayor,
poderosa y extraña como sus palabras.

Se marchó una mañana dorada de Diciembre
-como aquellas mañanas azules de mi infancia-
hace ya veinte años.
Y, sin embargo, aún en los días más serenos
puedo escuchar su voz con un escalofrío,
oír como resuena, amable, enronquecida,
en mi propia garganta.

A veces veo sus ojos
en mis ojos sin brillo.
Y la mano de mi hijo,
anidada en mi mano,
me hace sentir de nuevo
el amor de su mano.

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

José Ignacio Izquierdo Gallardo dijo

Preciosa poesía.

Un abrazo.

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