29 May 2012

ISRAEL Y PALESTINA: COMO EN UNA MONTAÑA RUSA

Escrito por: lorenzo el 29 May 2012 - URL Permanente

Dejé Egipto y Eilat (sur de Israel) con un sol resplandeciente y una temperatura agradable y llegué a Jerusalén con un cielo gris, lluvia y mucho frío. Las predicciones decían que nevaría. Quien me conozca sabe que no me gusta el frío así que no tuve un buen recibimiento en la ciudad Santa de Jerusalén. Si a ello le unimos los altos precios por todo, al principio pensé que fue un error venir aquí. Pero como he titulado este post, mi estancia en Israel me hizo sentir como si fuera subido en una montaña rusa, sentí fuertes sensaciones, de exultante alegría pero también de enorme tristeza. No hubo términos medios.

Como expliqué en el anterior post, la entrada en el país ya fue una linda lección y al llegar a Jerusalén el alto nivel de vida y el frío me noquearon. Pero, el día siguiente amaneció nevando. Nevaba en Jerusalén y ello fue portada en muchos de los periódicos del mundo, pues no debe ser muy habitual. Odio el frío pero, como a la mayoría de los niños, me gusta la nieve.

Salí del Abraham Hostel (muy acogedor y céntrico) temprano y decidí visitar el Museo de Jerusalén por la mañana y quedé impresionado. En este día las emociones me subirían hasta lo alto de la montaña rusa. Debo reconocerlo, es uno de los museos más bonitos que he visitado y eso que he estado en los más reconocidos del mundo. No solo tiene una amplia colección dedicada a la cultura Judía (incluso con sinagogas a tamaño real de diferentes partes del mundo) sino que su pinacoteca es imprescindible además de sus salas dedicadas a la cultura de los cinco continentes. Y en el exterior tiene un bonito edificio que acoge las sagradas escrituras encontradas en el Mar Muerto.

A la tarde pasee, por la parte vieja de Jerusalén, entre las murallas, con los tejados y las calles estrechas blanquecinas por la nieve.

Pero de repente, como sucede con todas las montañas rusas del mundo… después de subir y subir… hay que descender a toda velocidad. Y me entristecieron mucho de Israel los controles policiales que había en toda la ciudad antigua de Jerusalén y no solo en la ciudad antigua, sino en todas las calles y esquinas. Parecía un país en guerra y no exagero con mis palabras. Cientos y cientos de jóvenes armados hasta los dientes. Jóvenes chicos y chicas de unos veinte años que parecían “rambos” guerreros con ametralladoras y pistolas. Quizás a alguien le de seguridad esa visión, pero a mi, que no me gustan las armas, me entristecieron y no me sentí a gusto. Subía a un autobús, a un tranvía, caminaba por la calle y siempre veía a varios jóvenes armados y con sus armas bien visibles. Para mi fue triste y deprimente.

A veces es imposible hablar de un viaje por Israel sin caer en la tentación de mencionar algo sobre su situación actual y su historia. Algo intenté aprender cuando estuve allí, pues ese es una de mis intenciones cuando viajo. Y por ello quise ir a Palestina, aunque en la frontera me preguntaron y les dije que no iría. Como expliqué en post anterior, puedo ser tonto pero no gilipollas (perdón).

Si algo me confirmó mi viaje por Israel y Palestina es que la historia la escriben los vencedores. En Jerusalén, incluso en su maravilloso museo, te explican lo mal que lo pasó el pueblo judío en su historia (y revisten esta afirmación con grandes verdades claro, sino nadie les creería. Nadie puede negar que hayan sufrido la “diáspora” o lo que es lo mismo, el exilio y dispersión de todo el pueblo judío alrededor del mundo y tampoco se puede negar la persecución y castigo que han sufrido por regímenes antisemitas) pero con esa superioridad moral que te otorga el haber sido una “gran víctima” no se puede aplastar los derechos humanos del pueblo palestino, pueblo que ocupaba esas tierras antes de que un organismo internacional decidiera “ad hoc” que en esas tierras debían residir los “hijos de Israel”. En Palestina vi el miedo, la pobreza, el dolor, los muros y alambres de separación. Y visitando los lugares donde nació y vivió Jesús me pregunté que pensaría si levantase la cabeza. Creo que diría que no hemos aprendido nada y que así nos va. En lugar de vernos y tratarnos como hermanos todos los seres humanos (que es realmente lo que somos) no paramos de competir entre nosotros, por pertenecer a una determinada raza o posición, por acumular tierras, bienes materiales que nos darán poder frente a los demás, etc. Unas conductas que no solo crea grandes desigualdades entre nosotros y nos hace menos solidarios, sino que también genera odio, injusticias y muerte. Pero en los países poderosos, en los que se deciden que todas esas cosas puedan o no ocurrir, no hacemos nada. Si USA, Israel, Francia, Inglaterra, etc… tienen bombas atómicas, no pasa nada. Pero si Irán quiere tenerlas, la cosa cambia, hay que aplastarlos. En lugar de trabajar por el desarme global, por que los Derechos Humanos sean una realidad en todo el mundo, por cosas básicas, como que no haya nadie que muera de hambre en el mundo, nosotros, nos entretenemos con smartphones, twitters, y la llegada del verano. No tenemos solución y aunque cualquiera de nosotros tiene parte de la responsabilidad, traspaso la mayor parte de ella a las personas que tienen el poder de decidir y no han hecho ni hacen nada para que el mundo cambie un poquito. Y es que las personas sencillas, humildes, de la calle y que se esfuerzan en su día a día, son personas buenas. Sean de donde sean. Mi viaje por todo el mundo me lo ha confirmado. En la “peligrosa” Caracas una familia me acogió como uno más de la casa, en Africa, desde Johannesburgo a El Cairo, pasando por Sudán, recibí sonrisas, amabilidad y hospitalidad. Y como no, por mi ruta conocí a israelíes con los que entablé amistad y es que como individuos mostramos lo mejor de nosotros mismos. ¿Pero que sucede cuando nos manipulan y nos hacen creer en el miedo? Nos venden seguridad y por ella, como sociedad, cometemos las mayores atrocidades.

La fotografía muestra una de las entradas a la ciudad antigua de Jerusalén pero es demostrativa de lo que afirmé anteriormente sobre las armas, sino fíjense en el joven de tejanos y gorro que viene por la izquierda... ¿que carga a sus hombros?

Siento mi discurso “político”. Siempre he dicho que este es un blog de viajes y no quiero hablar de otras cosas, pero viajar por Israel y Palestina me hizo pensar en todas esas cosas y por ello me sentí como subido en una montaña rusa. Todos esos pensamientos y además paseando por Belén, por donde nació Jesús, un “tipo” que vivió y murió para darnos un mensaje que estamos tirando al retrete. Como Francisco de Asís, fueron revolucionarios en su tiempo pero que sus ideas ahora solo sirven para quedar bien, para decir que uno cree en ellos pero sin dar el mínimo ejemplo.

Después de visitar Jerusalén y Belén (Israel y Palestina) bajé hacia el sur por el Mar Muerto. Como hacía tanto frío no me bañé en el mismo. En el hostel vi fotos de turistas que simulaban leer el periódico mientras se bañan en las aguas del mar muerto y es que resulta que sus aguas tienen tal densidad de sal que se puede flotar con gran facilidad. Y así, con la visión de ese mar y sus desérticas tierras que lo rodean pasé a Jordania, un fascinante país del que os hablaré en mi próximo post. Buenas noches y buenos viajes.

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22 May 2012

ISRAEL (1ª PARTE): UNA LECCIÓN DE HUMILDAD

Escrito por: lorenzo el 22 May 2012 - URL Permanente

Después de Egipto mi intención era subir por Jordania e Israel camino hacia Turquía, la puerta de Europa y de aquí hacia casa. Tenía pocas esperanzas de entrar en Israel, por dos motivos: el primero y más importante por tener mi pasaporte con una vigencia inferior a los seis meses, e Israel es un país que tiene fama de ser muy estricto con estos requisitos (ya intenté renovar mi pasaporte en la Embajada española de El Cairo, pero no me ayudaron al respecto). El segundo motivo era que en mi viaje había pasado por países “sospechosos” para los Israelíes, como Sudán. Por eso decidí viajar primero hacia Jordania y de allí intentar la entrada a Israel.

Así pues, me dirigí hacia Nuweiba, en la península del Sinaí de Egipto, desde donde parte un ferry todos los días hacia Aqaba, en Jordania. Pero al llegar por la mañana, me dijeron que el ferry estaba completo y debía esperar al día siguiente a la tarde. Ya que me veía en la tesitura de esperar un día y medio en Nuweiba pensé que podía probar suerte en cruzar de Egipto a Israel, pues había una frontera terrestre en Eilat,a pocos quilómetros de Nuweiba. La frontera Egipcia era todo lo contrario a la Israelí. En la Egipcia costaba ver un funcionario, es más debías buscarlo tu para que te sellase el pasaporte. En la Israelí hay muchos funcionarios y todos armados hasta los dientes. Como iba totalmente convencido de que no me iban a dejar pasar y que debería regresar a Nuweiba para tomar el ferry a Jordania, iba muy tranquilo, y esta actitud en una frontera ayuda mucho. Mientras hacía cola para pasar al país veía como a todos les sellaban el pasaporte sin problemas y se marchaban hasta que llegaron a mí. Al ver tantos sellos en mi pasaporte tardó un poco hasta que llegó la pregunta que me esperaba: ¿Ha visitado usted Sudán y Tanzania? Sí, claro respondí. Pues siéntese allí. Después de una espera una agente israelí me sometió a un duro y largo interrogatorio en una pequeña habitación. Con mi pasaporte en mano me preguntó de todo, no solo sobre mi viaje sino sobre mi vida personal. Pero de pronto sentí que había una esperanza y que podría entrar en Israel, y es que en todo el interrogatorio no me dijeron en ningún momento que mi pasaporte no tenía la validez de seis meses. Y también que, a pesar de haber visitado países que no eran del gusto de Israel, como Sudán, lo había hecho como fruto de cruzar de sur a norte todo el continente Africano y no por “motivos ocultos”. Después de un largo rato esperando me dejaron entrar en Israel. Eilat no me gustó. Es una ciudad sin personalidad, artificial, como un parque temático destinado al turismo Israelí, con grandes cadenas hoteleras junto al mar rojo. Y es que mientras en el resto de Israel hace un frío que pela en invierno, en Eilat luce el sol y el Mar Rojo invita a todo tipo de actividades acuáticas.

Una vez me vi dentro de Israel tuve que improvisar, pues como dije antes, no pensé que iba a conseguir entrar y no llevaba nada preparado. Pensé que mi práctica viajera me había dotado de todos los conocimientos prácticos para salir airoso de una situación así, pero no, cuando más confiado estás, viene un taxista y te da una lección de humildad y te dice que en la vida del viajero todavía hay mucho que aprender y estar alerta en todo momento. Cometí un error de principiante, cuando ya llevaba más de 25 países a mis espaldas y muchas batallas con todo tipo de truhanes que pretenden aliviarte tu cartera. Al entrar en Israel y ver que era tan civilizada y moderna, le pregunté a “un personaje” que había cerca de la frontera, donde estaba la estación de autobús para ir a Jerusalén. El individuo en cuestión resultó ser un taxista. Algún día dedicaré uno de mis posts a esta especie humana que para el viajero independiente suele ser alguien a evitar. Me dijo que la estación de buses estaba lejos y que él sabía los horarios y que el siguiente autobús a Jerusalén salía en 20 minutos, que si me llevaba llegaría a tiempo sino debería quedarme en Eilat. Ya dije antes que me confié y eso significa que le creí y no solo le creí sino que me subí a su taxi sin preguntar el precio. Craso error, pues el hábil taxista no puso el taxímetro. En muchos países del mundo, los taxis no tienen taxímetro y debes negociar el precio antes de subirte si no quieres llevarte un susto de muerte al finalizar el trayecto. Era tal mi emoción de haber entrado en Israel que me olvidé de toda mi experiencia viajera. Al llegar a la estación de autobuses con las prisas de que perdía el último autobús a Jerusalén, el taxista me pidió una cantidad desorbitada para el trayecto que habíamos hecho pero como “estaba siendo tan amable” (me habló que adoraba mi ciudad “Barcelona”, etc.) me ablandó el corazón y decidí pagar lo que me pidió. Pero ahí no acabó su “estafa”, pues antes de bajarme del taxi me pregunta “inocente”: ¿Cómo pagarás el autobús? ¿Si quieres te cambio la moneda que lleves por Shequels –la moneda israelí-? Y accedí. A los pocos minutos me daría cuenta de todos los errores que había cometido. En primer lugar había un autobús por menos de un euro que te llevaba desde la frontera a la estación de autobuses, por lo que no debía haberme gastado unos 12 euros en un taxi por un trayecto relativamente corto. En segundo lugar salían continuamente autobuses para Jerusalén, no siendo cierto que si perdía el que el taxista me dijo me debiera quedar en Eilat, es más, el que el me dijo lo perdí igualmente porque ya estaban todos los asientos vendidos y tuve que esperar igualmente al siguiente. En tercer lugar, en ese tiempo de espera averigüé en la estación de autobuses el cambio oficial de la moneda y me di cuenta que el taxista me había timado con unos 20 euros, al cambio, cuando el me decía que me cambiaba sin “ánimo de lucro” sino para hacerme un favor. Ahora entiendo como aquel taxista tenía como taxi un mercedes último modelo.

Por un momento casi me entra una depresión, ¿cómo me había pasado eso a mi, un viajero experimentado que había cruzado selvas, desiertos, mares y montañas? ¿yo que me las había tenido con todo tipo de piratas y estafadores? La respuesta es que al entrar en Israel me confié, confié en esa persona y cuando viajas antes de confiar debes contrastar la información que te dan. Si tan solo hubiera preguntado a alguien más en la frontera de Eilat como ir a la estación de autobuses seguro que me habría enterado de que había una parada de autobús allí mismo, y que para cambiar dinero podía hacerlo en un establecimiento oficial o sacar directamente con mi tarjeta en un cajero, y de los horarios de los autobuses, etc. Y es que la sorpresa de entrar en Israel me cegó e hizo olvidarme de toda mi experiencia. Para mi fue una lección de humildad, cuando llevaba casi dos años dando la vuelta al mundo me creía atesorar la experiencia suficiente para no dejarme timar, y al menor despiste, caí en el truco más tonto y de viajero candoroso Pero como hago en situaciones similares, el disgusto me dura poco, porque me lo tomo como una lección más para seguir aprendiendo, también porque al fin y al cabo me supuso la pérdida de unos 30 o 40 euros, que no es la muerte de nadie. . Así que de nuevo alegre y contento subí a un autobús que me llevó de la soleada Eilat a la gélida Jerusalén.

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