01 Dic 2012
Recuerdo muy bien que de joven...
Recuerdo muy bien que de joven no sentía el futuro como tiempo. En el presente se agotaba todo, no porque no fuera previsor, o porque fuera un irresponsable. No; simplemente no percibía la dimensión temporal del futuro porque creía que lo que tenía por delante era el infinito. Cualquier cosa era posible, porque no había -¿por qué tendría que haberlo?- impedimento alguno. Sin embargo, llegó el día en que fui consciente de que algo ocurría en mi interior que me avisaba de mis límites: no todo se podía hacer; no todo lo que yo imaginaba era posible. Algunos proyectos eran imposibles por mi incapacidad para acometerlos; otros, porque eran tan absurdos que más valía desecharlos. La memoria, el entendimiento y la voluntad no se alían de forma coordinada en todas las situaciones. Y a medida que pasan los años hay otra influencia que nos limita: las condiciones iniciales. Lo que vamos a acometer depende del punto en el que estamos ahora mismo, y estas condiciones impuestas por el presente nos limitan la capacidad de acción. Pero esto no es un inconveniente paralizador, sino un estímulo para que la madurez emocional se ponga al frente de la situación. Entramos en el último tercio del otoño, cuando la realidad empieza a despojarse de la belleza que resiste: las hojas se caerán dentro de poco, y veremos de nuevo las ramas desnudas de los chopos y de las higueras. Algo parecido nos ocurre a las personas humanas: cada vez estamos más solos frente al tiempo, pero siempre cabe la posibilidad de realizar movimientos con más capacidad de búsqueda certera. Ah, el tiempo se agita con más fuerza, ya somos capaces de entender su miseria y su grandeza. No es un agente destructor, aunque la entropía aumente con él, sino una escuela de carácter. Con unas gotitas de melancolía, por supuesto.
26 Nov 2012
En una sala de espera
Estoy solo en la sala de espera. Enfrente de mí hay cuatro sillas, a mi derecha otras tres, y a mi lado hay dos, en la línea que enfila el pasillo. A mi izquierda está la ventana. Veo edificios a lo lejos, y más lejos aún unas nubes blancas que intentan tapar el cielo azul. Casi toda la luz de la sala es la que entra por la ventana, así que el fluorescente debería de estar apagado. Pasan algunas personas por el pasillo. Esta clínica me resulta vagamente familiar, como casi todas las que hay en la ciudad. Leo un libro, párrafos que me dejan inerme, porque parece que aquí, en la sala de espera de mi neurólogo, otros párrafos me vienen a la mente: unas palabras atraen a otras, y se orientan en mi interior, como dipolos magnéticos. Hay recuerdos que aparecen de súbito, asociados a palabras concretas, y a frases de libros que leemos sin ton ni son, un poco al azar. Entra una mujer de mi edad. Manipula su teléfono móvil con sus manos temblorosas. Deseo que el doctor me llame cuanto antes. Tengo ganas de regresar a casa para poder comer un pincho de la tortilla de patatas que he cocinado antes de salir.
25 Nov 2012
La experiencia nos enseña a celebrar lo verdadero
Al andar por el mercado de los domingos en Valldemossa uno se abre al placer de comprar unas buenas alcachofas, o unos higos secos curados con hinojo y anís, o un melón tardío. En la isla el otoño no se puede percibir en el paisaje, por la falta de árboles de hoja caduca, y tan sólo se atisban solitarias manchas doradas en algún lugar concreto: algunos castaños, algunos chopos, algunos plátanos en hilera en los márgenes de alguna carretera. Así que casi todo el colorido del otoño está en las paradas del mercado, que son una paleta repleta de promesas: hoy, por ejemplo, había buenos níscalos, y buenas mandarinas, todo recién cosechado. Lo que nos alimenta el cuerpo también se relaciona con la alimentación del espíritu, porque todo empieza con la mirada que se detiene en cada verdura y en cada fruta, como si al mirar ya estuviéramos saboreando los frutos de la tierra. Lo que se compra en un supermercado no tiene el encanto de lo que sabes que ha sido cosechado a poca distancia de donde se va a consumir. La globalización tiene sus detractores y sus defensores, pero hasta ahora no se ha puesto el enfoque del debate en lo necesario que es el placer de disfrutar de los frutos locales, que no tienen por qué ser mejores que los de otro sitio, pero que por lo menos tienen la calidad de lo que ha crecido cerca, y no ha tenido que ser desplazado cientos o miles de quilómetros. Hablamos con M, el viejo payés que siempre nos ofrece un pequeño adelanto de lo que compraremos: una mandarina, un higo, un trozo de melón, y nos lo ofrece como quien sabe utilizar las estrategias de venta sin haber estudiado técnicas modernas o muy sofisticadas. Al contrario: su publicidad es repartir unos gajos de mandarina, y dejar que los parroquianos juzguen y decidan si quieren comprar o no lo que él ha dispuesto desde muy temprano. Qué trabajo el suyo: se levanta muy temprano, mucho antes de que salga el sol, y llega al pueblo y vende lo que su tierra le ha dado a cambio de un trabajo lleno de sacrificios y de dedicación sin límites. Cuando llego me da la mano, y a mí me gusta mucho charlar con él de lo que sea, compartir unos minutos de alegría y de calor humano. Luego regresamos a casa como si lleváramos un tesoro. La experiencia nos enseña a celebrar lo verdadero.
24 Nov 2012
Hay en todo lo que se vive una interpretación que se dilata en nuestro interior
Es una imagen que me atrapa cuando me acuesto: la luna no está tan lejos como anuncian los datos objetivos. Ayer, por ejemplo, estaba en su cuarto creciente, muy nítida, su perfil lleno de sugerencias geométricas, una disposición a vivir mientras dormimos. Mi dolor de cabeza de los últimos días contribuye quizás a la deformación de lo exterior: lo más lejano se convierte en un objeto de mi entorno inmediato. Escucho el silencio del barrio en el que vivo: una noche en que el silencio parece una música que agita mi entendimiento. Hay en todo lo que se vive una interpretación que se dilata en nuestro interior, y que cobija los sueños. Al cerrar la ventana percibo que ha quedado en mí una huella firme de la luna, como una ilustración de un cuento de hadas que acabara de leer.
21 Nov 2012
Lo incontrolable
Al intentar entender el significado de decidir en libertad, parece que uno asume el deber de ser tan responsable consigo mismo que acaba poniendo en duda todo lo que ha hecho hasta ahora. Dudar de lo que hemos hecho, no sentirnos seguros de casi nada: cuántas veces lo que decidimos en el pasado estuvo supeditado a fuerzas incontrolables, que en el momento justo de tener que decidir estaban muy lejos de nuestro entendimiento. Nuestra voluntad se dirige a un objeto que quizás no es el resultado de nuestra libertad, sino de las circunstancias. Con el tiempo, la responsabilidad acaba siendo un movimiento de compasión por nuestro pasado. Es un consuelo que el libre albedrío no exista, porque nos hace más comprensivos.
12 Nov 2012
¡Tendréis el derecho a decidir!
Hace viento. Los árboles se agitan. El pino, sobre todo, parece que se lamenta. Leo horrorizado que una madre anciana y su hija dependiente han muerto en soledad en Astorga. Algo se remueve dentro de mí, un sabor a ceniza que devora cualquier resto de inocencia. Cojo el azadón y me pongo a cavar en el jardín. Por fin se han puesto de acuerdo los políticos para modificar la regulación de los desahucios. Comemos en la cocina mi madre y yo. Entra una luz suave por la ventana, y el cielo hacia el norte es de un azul casi dulce. El viento lo barre todo, y me fijo que en el patio hay dos macetas caídas. La subida del pienso y la caída del precio de la leche acelera el cierre de granjas, leo en la sección de Economía. En una fotografía se ve a una mujer madura muy seria que sostiene un cartel con las siglas FMI. Al fondo se ve el Parlamento de Atenas. Paso después por el pensamiento de El Roto:
¡Tendréis el derecho a decidir!, dice alguien, detrás de los micrófonos.
¿A decidir el qué?, le responde un ciudadano.
¡Lo que os digamos!
Vuelvo a oír el viento, y al mirar hacia las montañas siento que empieza ya el atardecer.
11 Nov 2012
Hablamos de lo que vivimos
Camino con mis amigos J y O por la ruta del mar: desde el Portixol hacia Ciudad Jardín. Con el retraso de la hora ya es noche cerrada, pero hay luces que alumbran, y en las olas producen leves destellos fosforescentes. Hablamos de lo que vivimos y sabemos, y de lo que esperamos y de lo que nos decepciona. Vivir es celebrar lo que acontece para apoyarnos mutuamente. Lo que celebramos no tiene que ser forzosamente bueno o malo. Etiquetar las experiencias no conduce a nada; es preferible contar lo que sucede, verlo todo con una mezcla de condescendencia y de alivio. ¿Quién sabe lo que nos conviene?
Pasear por la orilla del mar parece que nos aleja de las preocupaciones inmediatas. El arrullo de las olas es un bálsamo que pasa desapercibido porque es una lenta sucesión de sonidos de gran densidad: algo así como los instrumentos de cuerda de una orquesta que interpretan una música sin partitura que se saben de memoria desde el origen de los tiempos. El mar es esa presencia que a veces nos deja inermes, porque no se puede ver más allá, y no es capaz de anunciarnos nada, con su presencia casi metálica de otoño, lejos ya de los días del verano, cuya excesiva luminosidad nos deslumbra.
Un pescador coloca su caña junto a las rocas. Lleva un casco con una bombilla en la frente, como si fuera un minero. Se acerca a nosotros para recoger algo de su bolsa, y al alejarse de nuevo hacia la orilla parece un extraño compañero de viaje, pero no de nuestro viaje sino del viaje que hace un desconocido del que no sabemos nada y hacia el que sentimos una tierna solidaridad. ¿Qué sería de nosotros si no fuésemos capaces de ilusionarnos con un punto de encuentro con los demás? En nuestro país cualquier acercamiento emocional va a contrapie de las noticias diarias, que nos convierten en náufragos solitarios.
Después, cuando llegamos a la taberna de Manolo, nos encontramos con B y G, y todo discurre con la certidumbre de que siempre acertamos al compartir la experiencia de los amigos. Hay ruido, un gol memorable del Granada que sin embargo no altera la rítmica labor de orfebre de Manolo mientras corta el jamón, y hay, sobre todo, una sensación que flota en el ambiente que sólo se puede saborear cuando uno va a búsqueda de unas gotas de felicidad y las encuentra.
30 Oct 2012
Rememoración
En el otoño se produce un relampagueo de imágenes que llegan de otros tiempos. Algunas de estas imágenes surgen sin relación alguna entre ellas, impulsadas por un viento interior que nos deja a la intemperie. La vida es un magma de placer y de dolor que mezcla imágenes del pasado y del presente, más allá de cualquier precisión temporal. De repente me veo con un amigo de la infancia, Miguel C., mirando los peces de un estanque, en los alrededores del pueblo. Los peces son de color rojo, y el agua está muy limpia, y sobre nosotros hay un cielo azul que nos acoge y nos muestra la cara más limpia de la vida. No sabemos nada del tiempo, pero formamos parte de él. Nuestros conocimientos suelen ser limitados y confusos, por mucho que indaguemos en la ciencia o las artes. Se produce un salto de diez años, y estoy en un vagón de tren, viajando a Madrid, desde Barcelona. Me voy a cumplir la segunda parte del servicio militar, y desconozco por completo lo que ocurrirá én los años que se acercan, pero no tengo miedo de las enfermedades, y mis padres, que he dejado atrás, me quieren y ne añoran. Pero el azar empezará muy pronto a dirigir mis pasos. Al fin y al cabo, es lo que le suele pasar a la mayoría de las personas, que avanzan y avanzan sin saber lo que les espera en el primer recodo del camino. Y una imagen me lleva a otra: la hoz del Júcar, con los colores del otoño, la miel y el oro de los árboles, un lejano atardecer de 1983; una llegada a Villarrobledo, anocheciendo, en 1984, y una conversación maravillosa con la alfarera Benita Navas, en el patio de su casa. Y lo que vi cerca de Roa de Duero, un día de finales de octubre, cuando iba en bicicleta, el río Riaza como un vínculo fiel, o una historia llena de dolor que se apagó poco después...Y así una tras otra, imágenes que se nutren de una verdad inaccesible que nadie conoce, pero que todos buscamos, justo después de abrirse el salón de los recuerdos para que no se olvide nunca lo vivido.
25 Oct 2012
La tierra, desde el mar
En el mar, la tierra se manifiesta -erróneamente- a mucha distancia, y nos muestra tan sólo su perfil. Voy en la barca de Pep, miro detenidamente el gran surco de espuma que dejamos atrás, y después me giro hacia la costa y veo las montañas a lo lejos, y siento que nos hemos alejado de lo inmediato, de lo que hacemos cada día. La costumbre se ha convertido en pasado, y cada palabra ha de ser redefinida: nuestro viaje no es un simple recorrido de placer sino una investigación sobre nuestra vida. Pero todo lo que sentimos es una investigación sobre la vida... Sí, pero al alejarnos de la ciudad y verla en un paisaje que se disuelve en el horizonte nos comprometemos a no olvidar, y a permanecer atentos por si acaso súbitamente nos invade una añoranza súbita, no de la ciudad que se aleja de nosotros, sino de todo lo que hemos ido dejando irremediablemente.
10 Ago 2012
Un libro acogedor entre las manos que nos infunda alegría de vivir
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