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15
Feb
2009
Sargento, ¿a qué esperar para comenzar la revolución? II/II
En esa magrugada del 4 de septiembre de 1933, la balanza del poder compartido entre civiles y militares de bajo rango, se inclinó definitivamente hacia los últimos; poseedores de la disciplina de combate y lo vital, las armas. Aquella masa enardecida, se mostraba dispuesta a sacudirse a los "oficiales opresores", que por cierto nunca existieron ni se comportaron como tales. Su quehacer exclusivista, no difería en nada de cualquier otra élite militar de academia, las de antes y las de ahora. Eran motes propios de las épocas en que los países andan en revoluciones.
Aunaban los fantasmas fabricados por el ala izquierda oposicionista, a la cual se adherían los azuzadores comunistas, intentando confundirle al pueblo llano, la oficialidad castrense con la burguesía; contra la cual las clases y sargentos pudieran despotricar ilesos, desde el mismo momento de la caída del gobierno machadista, el 12 de agosto anterior.
Los conspiradores, sin un plan muy detallado, se encontraron de pronto con que entre sus manos se revolvía un coup d’etat (ver: "Técnica del colpo di Stato" de Curzio Malaparte, 1930 o "The man on Horsback: The Role of the Military in Politicts" Samuel Finer, 1962).
Ya desde esa madrugada, Batista comenzó a moverse con cautela, aunque conociendo a fondo los puntos claves hacia donde dirigir sus capitanes (jefes de grupo) y los hombres de sus destacamentos respectivos. Tal vez parecieran decisiones tomada sobre la marcha, pero todo se precipitó, exactamente, hasta que divisó la hendija apropiada en aquel maremágnum revolucionario tropical. Su intervención fue la catalizadora de los ánimos y exhaltaciones en ese amanecer.
El diversionismo provocado por la intromisión de los comunistas con su retórica inflamatoria y la consecuente e inmediata expulsión del local del Club de Alistados; fue apagado por parte de aquella masa integrada por los militares, Directorio Estudiantil Universitario (DEU), anarquistas, abecedarios (ABC) y otras facciones. Estaba incluida su respetada tropa de choque, casi todos, comandos dedicados a actividades terroristas; a los cuales en su tiempo y durante su revuelta, el Dr. Fidel Castro Rúz denominó "Grupos de Acción y Sabotaje".
Pedraza y López Migolla se fundieron en una misma sonrisa de triunfo, en cuanto observaron la soltura de Batista; en cursar las primeras órdenes en voz alta; a quienes tomarían las unidades gubernamentales, policía, ejército, emisoras de radio y centros claves, sin que ningún otro líder chistara. El, era el hombre de ese momento álgido y para demostrarlo, gesticulaba con fuerza y repetía una y otra vez sus órdenes.
—Claro, que esto no es el asalto al Palacio de Invierno —ironizó Carbó, dirigiéndose a Carlos Prío Socarrás, sentado a su lado y cabeza del DEU.
Benítez Pancorbo, posesionado del mando en el Cuartel Maestre; calculaba los pertrechos que necesitarían 1,500 tropas, durante las 72 horas previstas para controlar la capital. Tras largas deliberaciones, en la mañana del 4 de septiembre de 1933, Cuba tuvo un nuevo y denominado Gobierno Colegiado. Se le denominó "colegiado", por sus características especiales de ser una "junta de notables". Ello significó un escándalo vorticial que el Presidente Céspedes, sorprendido, el cual sólo atinó a ver desatarse en su vaso de agua y que lo arrastró al abismo de la indiferencia, junto con todos los hilos de su efímero gobierno.
Una proclama de los estudiantes, intelectuales y soldados fue enviada a la prensa y radio, explicando los motivos y objetivos de la revolución contra Céspedes y su gobierno. La firmaban entre otros civiles, aquellos que después serían presidentes de la República de Cuba: Ramón Grau San Martín, Carlos Hevia de los Reyes Gavilán y Carlos Prío Socarrás.
De los 19 firmantes, la rúbrica del único militar de entre ellos fue la que apareció al final y quien también oficiaría más tarde como presidente electo por el voto popular. Tal si con dicha firma, el Asunto Cubano podía darse como concluido. Era la firma de un anodino sargento-taquígrafo, el ya mencionado Fulgencio Batista y Zaldívar.
Este líder era una rara avis para los duchos ilustrados en política nacional e internacional y el carácter culminante del drama, porque Batista firmó, genialmente, en calidad de "Sargento Jefe de todas las Fuerzas Armadas de la República". La intención manifiesta de Batista no era esperar las calendas griegas, manso, en ese punto.
La anterior UMC, se había transformado en la "Junta Revolucionaria" (o "de los Ocho"), integrada por Pablo Rodríguez, Fulgencio Batista, José Eleuterio Pedraza, Manuel López Migolla, Juan Estevaz Maimir, Ángel Echevarría, Mario Hernández y Ramón Cruz Vidal. Constituían un selecto grupo de entrañados con la política cómica, que se habían repartido mandos, responsabilidades y los inseparables peligros inherentes a los osados, aspirantes a dueños del mando. Tras bambalinas, los militares, serían quienes detentarían el poder real en Cuba.
Raimundo Ferrer, Francisco Tabernilla y Manuel Benítez, todos oficiales del Ejército Nacional anterior, renunciaron a sus grados militares y se integraron como simples soldados al golpe.
Con inconmensurables esperanzas ciudadanas, se inauguró el nuevo gobierno al que se le denominó finalmente, "Pentarquía". Ello fue consenso, después de aceptado con antelación un programa coherente, como el del DEU en simbiosis con el del ABC.
El Dr. Ramón Grau San Martín resultó el Presidente, Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Sanidad y Beneficiencia; José Miguel Irizarri cobró la atención de Obras Públicas, Agricultura, Comercio y Trabajo. Les acompañaban en la aventura, Porfirio Franca en Hacienda; Guillermo Francisco Leopoldo Portela Möller en Estado y Justicia; y Sergio Carbó Morera en Gobernación, Comunicaciones, Guerra y Marina.
Carbó, junto con su inmenso prestigio controlaba las fuerzas militares, judiciales y de policía. Este hombre poderoso, en unión de Ramón Grau San Martín y Antonio Guiteras Holmes, eran estimados como el triunvirato civil perfecto para domar a Batista y al resto de los líderes militares nacientes.
Es tarde, cuando Céspedes llamó a la cocina de Palacio, nadie contestó. Ya los Pentarcas habían tomado posesión del Palacio Presidencial, mientras Batista anunciaba eufórico a Somner Welles las indeseadas nuevas. Grau, fue el encargado de notoficar la infausta noticia al depuesto presidente Céspedes, quien entregó al mayordomo las llaves de la casa presidencial y abandonó Palacio con unos pocos ayudantes.
Welles olfateó, después de ser informado por sus escuchas, que los nuevos gobernantes acusaban "tendencias comunistas", en especial Grau y Guiteras. Washington acarició la idea de enviar una escuadra a Cuba, acudiendo a la Enmienda Platt, la cual cernía aún su poder de alternativa sobre la Isla de Cuba y sus cayos adyacentes.
La Pentarquía ofició hasta el 10 de septiembre de 1933, con la proclamación del Dr. Ramón Grau San Martín, como Presidente Provisional y unico. Éste, no juró el cargo y la Constitución de 1901 ante el Tribunal Supremo, sino, ante el pueblo al que convocó a reunirse frente a Palacio, el dia de la proclamación.
En el Hotel Nacional, Welles redactó un cablegrama trascendental. Contestaba el similar recibido de Washington, en el cual le solicitaban indicar, "quién realmente mandaba en Cuba". Welles trajo a su mente la imagen de un tipo no alto, de habla gutural, tendente a lo rechoncho, cara redonda, piel color cartucho, de boca ranina y otras etcétera, no precisamente cinematográficas.
Se trataba de un líder con los pantalones bien puestos y que, no por casualidad, era el Big Boss; que impartía órdenes al Ejército, políticos, funcionarios y mantenía el orden en Cuba. Signos, de que los interesas extranjeros invertidos en Cuba, estaban garantizados. Algo, que desde el punto de vista político y económico, no era nada despreciable.
—"Un sargento llamado Batista" —señaló Welles, en su lacónica respuesta a los halcones del Potomac.
El mencionado, ajeno al intercambio epistolar —lo cual tampoco le importaría, de saberlo—; ya de manera premonitoria, se enfrentaba a la Trigonometría del alza y deriva de los cañones. El líder intuía latente, algún tipo de enfrentamiento inevitable e inmediato con los oficiales de carrera. La tarde de septiembre 8, 1933 el ministro Carbó recibió a Batista, quien andaba quejoso de que los oficiales no le prestaban caso ni obedecían por ser un simple sargento taquígrafo.
—Entonces, te nombramos general y sanseacabó —apuntó Carbó, jocoso, sabiendo que tal rango no existía en el Ejército de entonces.
—Por favor, señor Ministro, es demasiado, —respondió Batista, con el aire modocito de "non queiro, non queiro".
Carbó miró de hito en hito la guerrera impecable, las botas de oficial de piel de cochino con espuelas, el sable, la pistolera y la enorme gorra de plato. Toda relucientes. Después sentenció:
—Pues, te haremos Coronel —sentenció el Ministro y agregó irónico—: Tú sabes, pondremos "por méritos de guerra y las otras etcéteras acostumbradas"
—Pues así sea, Ministro, y le agradezco —asintió Batista, cuadrándose militarmente y quien no brincó de gozo, en aras del protocolo.
Tal resultaria el inicio de los siguientes fabulosos cien días del gobierno de Grau y Guiteras, y de la carrera de este conspicuo líder de botas y guerreras, las cuales entonces le quedaban grandes en responsabilidad y sapiencia, pero que era portador de una audacia excepcional.
—Pa’sue'copeta —farfulló de corrido Batista, ya en la calle.
Y pensando en términos de política internacional, advirtió que en cierto momento, estaría impelido a escoger el ala bajo la cual se cobijaría en los años próximos. Alas de otros líderes mundiales antagónicos entre si: demócratas, comunistas o fascistas.
—¿Sabe usted Coronel —le sopló el ayudante desde el volante, ya enterado del ascenso—, cómo le dicen en voz baja, algunas damas de la high?"
—Pues, no. ¿Cómo?.
—Mulato lindo —dijo el cabo y aguantó la respiración, encogido como un pirulí en su asiento.
Batista sonrió incrédulo y medio que vanidoso, porque damas tan finas y de alta alcurnia, hubieran posado su mirada sobre él, quien en su pequeña patria de Banes —no muy lejos del Biran natal de Castro—, arrancó trabajando como un simple retranquero de trenes.
—Carajo, y dale con la que canta y no pone —exclamó sarcástico y agregó—, ya empezaron con los jodidos nombretes. Pero eso lo arreglaremos con frac y pechera, claro, si me admiten como socio del County Club.
Exactamente, esa era una de las tantas cosas lejos del alcance cultural y político del ex sargento. Porque cuando Batista fue Presidente de la República de Cuba, seria socio honorario de todos los clubs de Cuba, no por su gusto, es que le correspondía de hecho y por un derecho inherente a la dignidad presidencial. Lo otro, es historia conocida.
Fin de la saga.
© Lionel Lejardi. Febrero, 2009
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press
(Visita, y serás bienvenido a mi mi blog alterno: http://www.elasuntocubano.net)
08
Feb
2009
Sargento, ¿a qué esperar para comenzar la revolución? I/II
Se cumplen 50 años de dictadura comunista en Cuba
Esta premonición de los patriotas, fue violada por su antípoda yacente en las trampas consuetudinarias impuestas por el Dr. Fidel Castro Rúz desde 1959; a los fines de perpetuarse dinásticamente en el poder. Por la lógica marera, este mal ejemplo excitó la ambición siempre fértil a delinquir, de sus copycats actuales, aquellos nativos Ids metasicológicos del ALBA (Eje Apocalypto), concordantes con los modelos del psychicher Apparat de Freud. Luego, los EE.UU; observando el comportamiento político de las repúblicas indoamericanas de entonces (de igual tessitura camorrista a las de ahora); previó introducir la denominada "Enmienda Platt", en cuyos "por cuanto" le daba el derecho a intervenir en Cuba, cuando sus políticos se desviaran del camino democrático.
Machado, constituyó parte del período presidencial de la denominada "república de los generales", a la cual siguió "la de los doctores". Este presidente, era un pichón de español perfecto, nacido con la osadía y tozudéz ibérica, clásica. Bajo los fulgores de su primer período, su presidencia estremeció Cuba con vastos planes de obras públicas y leyes beneficiosas para la consolidación de la economía. Un sinfín de industrias nacionales, fueron impulsadas con los ya lejanos estertores ventoleros de la Belle Époque (1880-1914), ultimada más tarde por la primera gran catástrofe que significó (aunque kermesse perverso de los bolcheviques) la I Guerra Mundial.
Machado, sucumbió a su egolatría y compuso un segundo período; de su controvertida reelección —para ello, alteró la Constitución de 1901— y además del caprichoso mandato presidencial, la figura del presidente declinó en la opinión favorable mayoritaria del pueblo. En especial, en la de aquellos grupos, fuerzas y elites intelectuales tan vanguardistas como el Art Nouveau; todos los cuales lo consideraron un dictador detestable y por lo tanto, derrocable.
Nadie recordó los años felices de la bonanza machadista. Los opositores nucleados alrededor de los estudiantes universitarios e intelectuales, iniciaron el desmonte del gobierno, aplicando de manera inexorable medios y acciones terroristas de toda índole, fuertemente ripostadas por los machadistas y sus medios de represión.
Claro, Cuba yacía entrampada en la crisis mundial económica; iniciada el 24 de octubre de 1929 extendida (en teoría) hasta 1933, la que en realidad continuó hasta 1939. Todo el crash económico, al que fueron arrastradas el resto de las bolsas, se inició por la sobre valoración especulativa de las acciones bursátiles.
Otros factores colaterales fueron la abrupta caída de los precios de los productos agrícolas —el precio del azúcar cubano se cotizó a nivel de piso— y las restricciones de crédito, pues los bancos se quedaron sin activos y las industrias locales dejaron de producir. El gobierno machadista se estremecio cuando sintió las primeras ráfagas de la crisis y quedó en atormentada espera.
Al caer las bolsas desde 1927, sometidas al efecto dominó y lo cual significó un factor de punta negativa para cualquier gobierno; devino desastre natural para el presidente Machado, con la consecuente pérdida de popularidad y simpatías ciudadanas. Atisbos del hambre se cirnieron sobre la isla. Los ánimos, se caldearon al máximo entre gobierno y los ciudadanos enardecidos, olvidando éstos también los sabores de las cañas dulces de las vacas gordas menocalistas de la pre y pos I Guerra mundial. Los comunistas se frotaron las manos, como siempre, listos a pescar en río revuelto
La oposición desmedidad contra el gobierno machadista, articulada por los estudiantes e intelectuales; hizo derroche de un heroísmo innecesario, desplegado igual por el resto de las fuerzas revolucionarias anti-machadistas; casi hollywoodense (ver el film "We Were Strangers" (Rompiendo las cadenas), 1949 de John Garfield), cuyas copias fueron quemadas por los castristas, inmediato que se encaramaron en el poder. Temían el ejemplo de un pueblo iracundo contra contra un gobierno que entonces, estimaron despótico y tiránico.
La violencia popularizada desde inicios de 1930, condujo a un desenlace favorable para la oposición con la caída del gobierno machadista en Agosto de 1933. De inmediato, se inició el caos social ante la ausencia de autoridades. Las fuerzas vivas, los estudiantes y la oposición política, concertaron acuerdos sobre la marcha para normalizar la situación del país.
Una Junta o Gabinete de Concentración fue conformada de inmediato, por la presión y el discreto beneplácito del gobierno norteamericano. Dicha Junta diseñó e instauró un gobierno provisional de facto, previendo el desborde del populacho. Sus miembros integrantes, poseían un pedigree de indudable probidad moral y política. El aval revolucionario adquirió una validez insospechada.
El bastón presidencial, recayó en el Dr. Carlos Manuel de Céspedes y Quesada; hijo del prócer independista y Padre de la Patria, el abogado y hacendado oriental, Carlos Manuel de Céspedes del Castillo, muerto en combate durante la "Guerra de los Diez Años". Cuba tuvo un nuevo presidente, como parto natural de la disolución el gobierno ante la huida en avión del Presidente Machado y algunos de sus colaboradores, hacia Nassau.
Transcurridas unas semanas, el 3 de septiembre del mismo año, un conspicuo sargento frunció el ceño frente al espejo de su lavamanos, por enésima vez, quizás la última. Se le destacaban signos del insomnio y cansancio. Su semblante rasurado destacó una mezcla de rasgos achinados y mestizos. Su cabellera hirsuta, de un lacio negro; peinada hacia atrás según la moda, pero sin la raya al medio. Estaba encerrado desde hacía meses dentro de sí mismo, reflexionando sobre lo ignoto e impredecible que se le presentaría o no, en ese día septembrino, el más decisivo de su vida. Esa tarde había citado a una reunión urgente, al resto de los militares de bajo rango complotados junto con él, la cual efectuarían en una casa amiga.
El reloj, marcaba las seis de la mañana. Afuera, el chillido inconfundible del Hispano-Suiza de 8 cilindros, descapotable, le recordó que el cabo Urría, venía por él. Se colgó los arreos, a la derecha la Cold .45 "Caballo de Flecha" y el par de magazines, a la izquierda. Sin ser tirador experto, era capaz de hacer diana en un blanco fijo, a 30 metros.
Allá en Palacio, quedaba pastando parte de los viejos integrantes de la Guardia Presidencial, inócuos en sus remembranzas y a la que nadie hacia caso. Por entonces, el Presidente Céspedes inspeccionaba los daños causados por el ciclón que azotó días antes las ciudades de Cárdenas y Sagua la Grande, al nordeste y sudeste, a unos cientos de kilómetros de la capital.
A la sazón y bien temprano, el ex presidente Machado deambulaba aburrido desde su fuga por el aeropuerto militar de Columbia, caminando una de las playas del sector residencial, de las posesiones británicas en el archipiélago de Nassau.
Elvira, la esposa amable, miraba asombrada desde el cobertizo del chalet ; de un lujo moderado; a la figura inconfundible del ex presidente, su marido. Claro que aquello no era Palacio. Pero le sorprendió que un hombre tan conservador y de rectitud fiera en su vida personal, se hubiese remangado los pantalones para caminar descalzo, zapatos en mano, pisando el agua de la orilla. Ella no había advertido desde cuando su Gerardo andaba por las afueras del bungalow.
—Coño —maldijo Machado entre dientes, al sentirse arañado por un diminuto caracol y chasqueó la lengua—, no hay como Varadero.
En la capital cubana, en tanto, la cosa no era así de apacible. Cada grupo oposicionista se consideraba con el mejor derecho a conducir los destinos patrios. Entre ellos, las clases y soldados de las Fuerzas Armadas, casi acéfalas.
—Mi jefe, el carro esta listo —dijo Urría al sargento, y lo saludó militarmente.
—Quiero que a las diez, me traigas café con leche y un sandwich, del "OK" de Zanja —le ordenó Batista al chofer, ya entrando el carro a la mansión regia. Una impresionante edificación, prestada con servidumbre y todo, a los militares complotados, por unos joyeros libaneses del Callejón del Cristo, en la Habana Vieja, increiblemente aliados en negocios con sefarditas moderados de la calle Muralla.
Allí, una edificación lujosa de dos pisos; funcionaba el punto de la conspiradera militar donde lo esperaban, entre otros, el sargento Andrés Benítez Pancorbo, designado como futuro jefe del estratégico Cuartel Maestre de "San Ambrosio", situado al borde de la bahia de La Habana y otros sargentos y civiles complotados.
—Coincido en que este, es el momento, Fulgencio —le interpeló uno de los sargentos, José Eleuterio Pedraza Cabrera, su principal cuadro de fuerza—. Contamos con el Directorio, los intelectuales, Carbó, Guiteras, algo de ABC y, por supuesto, nuestras clases y alistados—, apuntó desde la gran mesa oval. Los complotados, deliberaron largo rato, a los que se incorporaron varios civiles.
—Caballeros —alertó Estevaz Maimir en tono jocoso—, ya es tarde y nos vamos a perder las croquetas de jamón, pasteles de guayaba y bocaditos.
—Sí, hay que estar temprano en Columbia —coincidió otro de los asistentes—, porque los amarres debemos hacerlos antes de la reunión.
—Cada uno de ustedes, sabe a cual unidad debe dirigirse, para asumir el mando. Recuerden siempre ir con una escuadra de soldados, portando armas largas, cortas y parque para dos horas—, señaló Batista. En tanto, Benítez y Pedraza miraron recelosos hacia el cielo encapotado.
—Todo les ira bien—, les había profetizado un babalaow, mientras sostenía una cabeza de gallo bolo entre los dientes
En una tarde anterior igual, pero lluviosa, Sergio Carbó Morera, el popular líder oposicionista y entonces; el periodista de mayor empuje en el Asunto Cubano; había publicado un sugestivo artículo en su periódico de "La Semana", "¿A qué esperar para comenzar la revolución?".
Después de su visita a Moscú, por instantes ya olvidados, Carbó dio a sus amigos mas cercanos —para encanto de los comunistas—, la impresión de estar al punto del embobecimiento con las monsergas y postales deliciosas preparadas para los turistas progres, por los comisarios y agentes de la CHEKA de Dzerzhinsky. Pero como sucede a todos los constipados de las almas nobeles, fascinadas con la narración de "Los 10 días que conmovieron al mundo", de John S. Reed; el deslumbramiento de Carbó se le diluyó, por aburrido y macabro.
Antes de las 15:00 hr, después de apertrecharse de gasolina, la caravana de autos negros y lujosos, pasó frente a los centinelas sonrientes de la posta No. 1; ya al tanto del movimiento de sus compañeros; los cuales les franquearon el paso al campamento de Columbia, al oeste de la capital. Dentro, una reunión de las fuerzas políticas contrarias a Céspedes, tomaba forma de conspiración abierta para el coup d’etat o asonada cívico-mulitar, con el consecuente asalto al poder presidencial del manso presidente Cespedes, ya en funciones desde el 12 de agosto anterior.
Los autos soltaron la carga barroca en el Club de Alistados. El salón de reuniones era una confusión paralela a la que existió en la Torre de Babel. Los sargentos, civiles y soldados concertados para el meeting confuso, no veían al momento en que alguien llamara al orden.
El grupo de sargentos conjurados, ya desde antes; se habían hecho del atuendo exclusivo de los oficiales, uniformes, arreos, botas con espuelas y armas cortas de reglamento. El drama disponía del vestuario para impresionar e indicar al resto de los asistentes, que ellos estaban por un cambio radical en su condición de aforados simples, hacia las filas de la oficialidad. Pero, faltaban los aplausos que ellos estaban seguros provendrían de sus iguales, los soldados razos.
Estos líderes militares conspiradores, integraban el pequeño núcleo de la denominada "Unión Militar de Columbia" (UMC), cuyo objetivo inicial fue derrocar al gobierno machadista, e instaurar un gobierno cívico-militar, de facto. Todo estaba planeado para andar con los oposicionistas civiles, colgados de la cola.
Pero ese escollo, ya estaba salvado intrínsecamente desde el 12 de agosto; por la junta apoyada por la embajada norteamericana y que de repente les pasó por encima como un "volador de a peso", elevando a Céspedes como Presidente. Al igual que la mayoría de los asistentes, los sargentos estaban seguros de alzarse con una sustancial parte alícuota del triunfo.
Más al sur, no lejos, detrás de las caballerizas del hipódromo "Oriental Park " del mismo municipio, dos de los más altos líderes comunistas, especulaban. Discutían sobre la manera de colarse en la reunión convocada por los revolucionarios y otras fuerzas, en Columbia.
De paso purgarían al líder estudiantil Rubén Martínez Villena, también comunista, por fracasar éste en abortar —según un acuerdo secreto entre los comunistas y Machado— la huelga general oposicionista, convocada a inicios de agosto. La agenda pública de los líderes cívico-militares proponía, entre otras demandas, aumentos de sueldo y mejoras en la vida de las clases y soldados. Sin embargo, el guión real oculto, era aprovechar el momento de confusión; provocar la asonada y tomar el poder político, arrollando al gobierno opaco de Céspedes.
Los altos mandos de Ejército y los viejos líderes políticos andaban en un limbo, atentos a los caprichos y embelesos del Enviado Especial de los Estados Unidos, Exc. Benjamín Sumner Welles. Éste funcionario —quien formó parte de la estrategia global del Presidente Frankling D. Roosevelt—, debía bloquear cualquier intento de radicalizar al gobierno de Céspedes. Pero la otra parte de los cubanos, ya habían urdido y puesto en marcha sus planes propios.
—Queremos —clamó de pronto un soldado, aprovechando un inesperado momento de silencio— que el sargento Batista hable sobre lo nuestro.
El que escenificó la pala (llamado pre elaborado) de la propuesta, era otro de los complotado, Pablo Rodríguez, el más culto y lleno de inteligencia de entre ellos. El que también ahora apuntaba la veleta del auditorio hacia el extraño rostro achinado de Batista, apostado en la mesa ejecutiva.
Éste, se ajustó la guerrera, levantó el mentón, aspiró profundo y asumió una expresión tan dura como la vista en una foto del periódico pro machadista "Heraldo de Cuba". Se trataba nada menos que la del Duce, el líder italiano. Había advertido, por vez primera, los deleites y sensación que experimentó al oír su dulce nombre resonando ante un público, que le observaba entre atónito y receloso.
Como líder, se convenció de que en ese momento esperado se la estaba jugando el todo por el todo. Porque ese y no otro, era el momento de su climax. Con voz un tanto gutural e ignorando las eses, pero de verbo fácil; habló a los soldados en el idioma cuartelario y de caballerizas, que ellos entendían y los civiles no. Finalizó la arenga entre aplausos y vítores.
—Es verdad lo que dice el amigo Carbó —gritó Batista, enardecido—, no hay que esperar más para iniciar la revolución.
Dijo lo último en un tono inaudible, por el estruendo que ya había estallado en el salón. Entonces, pareció que el resto de todas las furias se habían desatado. Los comunistas, colados no invitados, se escurrieron previsoramente tal hacen los animalejos nocturnos.
En consonancia y en otra parte de la ciudad, en el elegante barrio del Vedado; un funcionario del gobierno cubano vestido de drill 100 crudo, zapatos marrones de dos tonos, corbatín carmelita y sombrero "de pajita"; se sentó en el asiento trasero del sedan negro, y le ordenó a su chofer:
—Lalo, al Hotel Nacional.
Por entonces, el lugar era la residencia oficial de Benjamín Sumner Welles, una especie de pro consul norteamericano. Éste, era el mismo Enviado Especial del State Department, al cual el cubano empingorotado andaba en ascuas y culillos, por contarle al americano el último chisme del Asunto Cubano.
La saga, continua.
© Lionel Lejardi. Enero, 2009
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press
engliolejardi
Lionel Lejardi es Ing. Electricista. Investigador, historiador y analista de política nacional (EE.UU) e internacional. Estudia el Asunto Cubano y su influencia a escala planetaria. Reflexiona sobre categorías idealistas tipo, tales como las reveladas en “La Ciudad del Sol” de Tommaso Campanella y “Utopia” de Thomas More, entre otras, en calidad de placebos eclécticos hacia sociedades más justas. Aquellas, cuyas antítesis más notables eclosionaron en furiosos fracasos durante el Terror Jacobino (siglo XVIII) y el Totalitarismo Comunista (siglo XX), hoy desplegado por los castristas con el máximo de dureza, sobre Cuba.
El autor individualiza esta praxis de "clásica dictadura del proletariado," ya en fase de extinción; como osmosis tropical del marxismo corriente –el mismo ya degradado a ideología de segunda mano, por su autismo precoz–, aunque destilandole el ruido de la componente leninista, por nonata y séptica.
Es sintetizar el optimismo alegre del castrismo depredador actual, como subespecie de antimateria social auto destructiva y su dogma político contractual. Dizque son vestigios reptados hacia mundos paralelos, ya singularizados como dimensiones cuánticas (Teorema de Lulo-Kubilo) con el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, preludios de la Teoría de Cuerdas. Claro que explicado también, con palabras cuerdas.
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