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15
Feb 2009

Sargento, ¿a qué esperar para comenzar la revolución? II/II

Escrito por: engliolejardi el 15 Feb 2009 - URL Permanente

Se cumplen 50 años de dictadura comunista en Cuba

Fulgencio Batista y Zaldívar —selfman por excelencia— era un sargento-taquígrafo, autodidacta, inteligente y perspicaz; el cual ejercía dicha función en el Estado Mayor del Ejército Constitucional de Cuba durante los juicios militares. Largo y tedioso resultó su camino desde el batey natal, hasta situarse entre los líderes que en ese momento, decidían sobre los destinos de Cuba.
En esa magrugada del 4 de septiembre de 1933, la balanza del poder compartido entre civiles y militares de bajo rango, se inclinó definitivamente hacia los últimos; poseedores de la disciplina de combate y lo vital, las armas. Aquella masa enardecida, se mostraba dispuesta a sacudirse a los "oficiales opresores", que por cierto nunca existieron ni se comportaron como tales. Su quehacer exclusivista, no difería en nada de cualquier otra élite militar de academia, las de antes y las de ahora. Eran motes propios de las épocas en que los países andan en revoluciones.
Aunaban los fantasmas fabricados por el ala izquierda oposicionista, a la cual se adherían los azuzadores comunistas, intentando confundirle al pueblo llano, la oficialidad castrense con la burguesía; contra la cual las clases y sargentos pudieran despotricar ilesos, desde el mismo momento de la caída del gobierno machadista, el 12 de agosto anterior.
Los conspiradores, sin un plan muy detallado, se encontraron de pronto con que entre sus manos se revolvía un coup d’etat (ver: "Técnica del colpo di Stato" de Curzio Malaparte, 1930 o "The man on Horsback: The Role of the Military in Politicts" Samuel Finer, 1962).
Ya desde esa madrugada, Batista comenzó a moverse con cautela, aunque conociendo a fondo los puntos claves hacia donde dirigir sus capitanes (jefes de grupo) y los hombres de sus destacamentos respectivos. Tal vez parecieran decisiones tomada sobre la marcha, pero todo se precipitó, exactamente, hasta que divisó la hendija apropiada en aquel maremágnum revolucionario tropical. Su intervención fue la catalizadora de los ánimos y exhaltaciones en ese amanecer.
El diversionismo provocado por la intromisión de los comunistas con su retórica inflamatoria y la consecuente e inmediata expulsión del local del Club de Alistados; fue apagado por parte de aquella masa integrada por los militares, Directorio Estudiantil Universitario (DEU), anarquistas, abecedarios (ABC) y otras facciones. Estaba incluida su respetada tropa de choque, casi todos, comandos dedicados a actividades terroristas; a los cuales en su tiempo y durante su revuelta, el Dr. Fidel Castro Rúz denominó "Grupos de Acción y Sabotaje".
Pedraza y López Migolla se fundieron en una misma sonrisa de triunfo, en cuanto observaron la soltura de Batista; en cursar las primeras órdenes en voz alta; a quienes tomarían las unidades gubernamentales, policía, ejército, emisoras de radio y centros claves, sin que ningún otro líder chistara. El, era el hombre de ese momento álgido y para demostrarlo, gesticulaba con fuerza y repetía una y otra vez sus órdenes.
—Claro, que esto no es el asalto al Palacio de Invierno —ironizó Carbó, dirigiéndose a Carlos Prío Socarrás, sentado a su lado y cabeza del DEU.
Benítez Pancorbo, posesionado del mando en el Cuartel Maestre; calculaba los pertrechos que necesitarían 1,500 tropas, durante las 72 horas previstas para controlar la capital. Tras largas deliberaciones, en la mañana del 4 de septiembre de 1933, Cuba tuvo un nuevo y denominado Gobierno Colegiado. Se le denominó "colegiado", por sus características especiales de ser una "junta de notables". Ello significó un escándalo vorticial que el Presidente Céspedes, sorprendido, el cual sólo atinó a ver desatarse en su vaso de agua y que lo arrastró al abismo de la indiferencia, junto con todos los hilos de su efímero gobierno.
Una proclama de los estudiantes, intelectuales y soldados fue enviada a la prensa y radio, explicando los motivos y objetivos de la revolución contra Céspedes y su gobierno. La firmaban entre otros civiles, aquellos que después serían presidentes de la República de Cuba: Ramón Grau San Martín, Carlos Hevia de los Reyes Gavilán y Carlos Prío Socarrás.
De los 19 firmantes, la rúbrica del único militar de entre ellos fue la que apareció al final y quien también oficiaría más tarde como presidente electo por el voto popular. Tal si con dicha firma, el Asunto Cubano podía darse como concluido. Era la firma de un anodino sargento-taquígrafo, el ya mencionado Fulgencio Batista y Zaldívar.
Este líder era una rara avis para los duchos ilustrados en política nacional e internacional y el carácter culminante del drama, porque Batista firmó, genialmente, en calidad de "Sargento Jefe de todas las Fuerzas Armadas de la República". La intención manifiesta de Batista no era esperar las calendas griegas, manso, en ese punto.
La anterior UMC, se había transformado en la "Junta Revolucionaria" (o "de los Ocho"), integrada por Pablo Rodríguez, Fulgencio Batista, José Eleuterio Pedraza, Manuel López Migolla, Juan Estevaz Maimir, Ángel Echevarría, Mario Hernández y Ramón Cruz Vidal. Constituían un selecto grupo de entrañados con la política cómica, que se habían repartido mandos, responsabilidades y los inseparables peligros inherentes a los osados, aspirantes a dueños del mando. Tras bambalinas, los militares, serían quienes detentarían el poder real en Cuba.
Raimundo Ferrer, Francisco Tabernilla y Manuel Benítez, todos oficiales del Ejército Nacional anterior, renunciaron a sus grados militares y se integraron como simples soldados al golpe.
Con inconmensurables esperanzas ciudadanas, se inauguró el nuevo gobierno al que se le denominó finalmente, "Pentarquía". Ello fue consenso, después de aceptado con antelación un programa coherente, como el del DEU en simbiosis con el del ABC.
El Dr. Ramón Grau San Martín resultó el Presidente, Secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes, Sanidad y Beneficiencia; José Miguel Irizarri cobró la atención de Obras Públicas, Agricultura, Comercio y Trabajo. Les acompañaban en la aventura, Porfirio Franca en Hacienda; Guillermo Francisco Leopoldo Portela Möller en Estado y Justicia; y Sergio Carbó Morera en Gobernación, Comunicaciones, Guerra y Marina.
Carbó, junto con su inmenso prestigio controlaba las fuerzas militares, judiciales y de policía. Este hombre poderoso, en unión de Ramón Grau San Martín y Antonio Guiteras Holmes, eran estimados como el triunvirato civil perfecto para domar a Batista y al resto de los líderes militares nacientes.
Es tarde, cuando Céspedes llamó a la cocina de Palacio, nadie contestó. Ya los Pentarcas habían tomado posesión del Palacio Presidencial, mientras Batista anunciaba eufórico a Somner Welles las indeseadas nuevas. Grau, fue el encargado de notoficar la infausta noticia al depuesto presidente Céspedes, quien entregó al mayordomo las llaves de la casa presidencial y abandonó Palacio con unos pocos ayudantes.
Welles olfateó, después de ser informado por sus escuchas, que los nuevos gobernantes acusaban "tendencias comunistas", en especial Grau y Guiteras. Washington acarició la idea de enviar una escuadra a Cuba, acudiendo a la Enmienda Platt, la cual cernía aún su poder de alternativa sobre la Isla de Cuba y sus cayos adyacentes.
La Pentarquía ofició hasta el 10 de septiembre de 1933, con la proclamación del Dr. Ramón Grau San Martín, como Presidente Provisional y unico. Éste, no juró el cargo y la Constitución de 1901 ante el Tribunal Supremo, sino, ante el pueblo al que convocó a reunirse frente a Palacio, el dia de la proclamación.
En el Hotel Nacional, Welles redactó un cablegrama trascendental. Contestaba el similar recibido de Washington, en el cual le solicitaban indicar, "quién realmente mandaba en Cuba". Welles trajo a su mente la imagen de un tipo no alto, de habla gutural, tendente a lo rechoncho, cara redonda, piel color cartucho, de boca ranina y otras etcétera, no precisamente cinematográficas.
Se trataba de un líder con los pantalones bien puestos y que, no por casualidad, era el Big Boss; que impartía órdenes al Ejército, políticos, funcionarios y mantenía el orden en Cuba. Signos, de que los interesas extranjeros invertidos en Cuba, estaban garantizados. Algo, que desde el punto de vista político y económico, no era nada despreciable.
—"Un sargento llamado Batista" —señaló Welles, en su lacónica respuesta a los halcones del Potomac.
El mencionado, ajeno al intercambio epistolar —lo cual tampoco le importaría, de saberlo—; ya de manera premonitoria, se enfrentaba a la Trigonometría del alza y deriva de los cañones. El líder intuía latente, algún tipo de enfrentamiento inevitable e inmediato con los oficiales de carrera. La tarde de septiembre 8, 1933 el ministro Carbó recibió a Batista, quien andaba quejoso de que los oficiales no le prestaban caso ni obedecían por ser un simple sargento taquígrafo.
—Entonces, te nombramos general y sanseacabó —apuntó Carbó, jocoso, sabiendo que tal rango no existía en el Ejército de entonces.
—Por favor, señor Ministro, es demasiado, —respondió Batista, con el aire modocito de "non queiro, non queiro".
Carbó miró de hito en hito la guerrera impecable, las botas de oficial de piel de cochino con espuelas, el sable, la pistolera y la enorme gorra de plato. Toda relucientes. Después sentenció:
—Pues, te haremos Coronel —sentenció el Ministro y agregó irónico—: Tú sabes, pondremos "por méritos de guerra y las otras etcéteras acostumbradas"
—Pues así sea, Ministro, y le agradezco —asintió Batista, cuadrándose militarmente y quien no brincó de gozo, en aras del protocolo.
Tal resultaria el inicio de los siguientes fabulosos cien días del gobierno de Grau y Guiteras, y de la carrera de este conspicuo líder de botas y guerreras, las cuales entonces le quedaban grandes en responsabilidad y sapiencia, pero que era portador de una audacia excepcional.
Pa’sue'copeta —farfulló de corrido Batista, ya en la calle.
Y pensando en términos de política internacional, advirtió que en cierto momento, estaría impelido a escoger el ala bajo la cual se cobijaría en los años próximos. Alas de otros líderes mundiales antagónicos entre si: demócratas, comunistas o fascistas.
—¿Sabe usted Coronel —le sopló el ayudante desde el volante, ya enterado del ascenso—, cómo le dicen en voz baja, algunas damas de la high?"
—Pues, no. ¿Cómo?.
Mulato lindo —dijo el cabo y aguantó la respiración, encogido como un pirulí en su asiento.
Batista sonrió incrédulo y medio que vanidoso, porque damas tan finas y de alta alcurnia, hubieran posado su mirada sobre él, quien en su pequeña patria de Banes —no muy lejos del Biran natal de Castro—, arrancó trabajando como un simple retranquero de trenes.
—Carajo, y dale con la que canta y no pone —exclamó sarcástico y agregó—, ya empezaron con los jodidos nombretes. Pero eso lo arreglaremos con frac y pechera, claro, si me admiten como socio del County Club.
Exactamente, esa era una de las tantas cosas lejos del alcance cultural y político del ex sargento. Porque cuando Batista fue Presidente de la República de Cuba, seria socio honorario de todos los clubs de Cuba, no por su gusto, es que le correspondía de hecho y por un derecho inherente a la dignidad presidencial. Lo otro, es historia conocida.

Fin de la saga.

© Lionel Lejardi. Febrero, 2009
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press
(Visita, y serás bienvenido a mi mi blog alterno: http://www.elasuntocubano.net)

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Lionel Lejardi es Ing. Electricista. Investigador, historiador y analista de política nacional (EE.UU) e internacional. Estudia el Asunto Cubano y su influencia a escala planetaria. Reflexiona sobre categorías idealistas tipo, tales como las reveladas en “La Ciudad del Sol” de Tommaso Campanella y “Utopia” de Thomas More, entre otras, en calidad de placebos eclécticos hacia sociedades más justas. Aquellas, cuyas antítesis más notables eclosionaron en furiosos fracasos durante el Terror Jacobino (siglo XVIII) y el Totalitarismo Comunista (siglo XX), hoy desplegado por los castristas con el máximo de dureza, sobre Cuba.
El autor individualiza esta praxis de "clásica dictadura del proletariado," ya en fase de extinción; como osmosis tropical del marxismo corriente –el mismo ya degradado a ideología de segunda mano, por su autismo precoz–, aunque destilandole el ruido de la componente leninista, por nonata y séptica.
Es sintetizar el optimismo alegre del castrismo depredador actual, como subespecie de antimateria social auto destructiva y su dogma político contractual. Dizque son vestigios reptados hacia mundos paralelos, ya singularizados como dimensiones cuánticas (Teorema de Lulo-Kubilo) con el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, preludios de la Teoría de Cuerdas. Claro que explicado también, con palabras cuerdas.

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