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30
Oct 2008

La Estatua de la Libertad y un poema (III/III)

Escrito por: engliolejardi el 30 Oct 2008 - URL Permanente

Se cumplen 50 años de dictadura comunista en Cuba
La estatua
La estatua y placa se conjugaron a destiempo bajo maravillosos puentes de democracia y libertad. Entonces, dos de los adalíes democráticos se destacaban en ambos campos de la acción y el pensamiento de la filosofía humanista: Estados Unidos de Norteamerica y Francia. Tal si fueran hijos propios de una "Madre Grajales y sus hijos" democrática y cubana y no de una "Madre Coraje y sus hijos" comunista y alemana (el adefesio de Brecht). Porque a este dramaturgo prolífero y genial, embobecido con las diatribas de los tangos comunistas; le salió casi bien el tropo falsario de armar un drama torcido a la conveniencia de la izquierda, plagiando lo hecho por otro, esa tragedia adjetivizada anti-nazi "Madre Coraje y sus hijos", mientras sus anteojeras le nublaron los desmanes de sus primos comunistas, que a la par, hacian de las suyas con textura igual a los otros totalitarismos caníbales, de vuelo tan popular como las palomas infidentes de Picasso.
Es que este Eugen Berthold Friedrich Brecht, fundador del Berliner Ensemble –tal es endémico a cada comunista–, descendió al fondo sin resistir la tentación de hacer un copycat a plena luz del día, de un viejo relato de la Guerra de los 30 Años. Se trataba de "Die Landstörzerin Courasche" (La pícara o la Vagabunda Coraje), del escritor Hans Jakob Christoph von Grimmelshausen, colgado al estilo de las romanzas picarescas españolas. Brecht no dudó en convertir la comedia en un drama épico troquelado con el sello de la escuela comunista. En el cincuentenario de su muerte, agosto 14, 2009; el diario Tagesspiegel indicó (no sorprendió a nadie) la versión de que por sus críticas tardías al comunismo; que destrozó a sus compañeros intelectuales, este "tonto útil" fue eliminado por la Stasi (Staatssiicherheit). Sus médicos, dicen, lo "enfermaron del corazón".
Es que en la Francia y Norteamérica de entonces, paladines de la libertad, nunca se disfrutarían de tales bellaquerías de la nueva clase. Estas naciones se hermanaron indisolubles desde 1774 bajo el redoblar del Primer Congreso Continental de las 13 Colonias, como preludio de la Revolución Americana independentista y la posterior Revolución Francesa; esta última; hundida a finales del propio siglo XVIII, a manos del Terror Jacobino (tal como sucedió en Cuba, pasando los mediados del siglo XX, a manos del Terror Castrista). No existen diferencias filosóficas o conceptuales entre los finales macabros, de ambos fenómenos.
El largo y agotador nombre de Marie Joseph Paul Yves Roch Gilbert du Montier, más conocido como el Marqués de Lafayette; quien fue uno de los que tendieron los primeros cabos de enlace entre ambas naciones; indicó que ellos; como visionarios deslindados de sus lazos ancestrales, cambiarían el status quo de la sociedad aristocrática, ya enmohecida, en alumbramientos de los enciclopedistas a manos de la Ilustración.
La épica del drama Lafayette se inició cuando éste, de su propio peculio, compró un barco y en unión de una tripulación de aventureros contratados como mercenarios a paga futura, se sumergió dentro de la causa de los patriotas americanos. El francés se dispuso a luchar contra los colonialistas británicos. George Washington, no tardó en darle el rango de Mayor General, asignándolo a la jefatura del Comandante en Jefe.
Ambos derroteros, vistos ahora contemporáneos por los patriotas franceses; después de transcurridos 100 años de la Declaración de Independencia de las 13 Colonias, se iniciaron bajo los mejores auspicios. Ello ocurrió una noche veraniega de 1865 cerca de Versalles en el Departamento de Yvelines, a 16 kilómetros al sudoeste de París. Entonces, una parte de la opinión pública francesa, en especial las altas esferas militares y gubernamentales, mantenía sus mohines contra EE.UU por lo que estimaban su lasitud, aunque siendo esta una novel nación aún no consolidada, frente a las pérdidas territoriales francesas de la inmensa y estratégica región de Alsacia-Lorena.
Estos territorios gobernados por Francia, debieron ser entregados a Prusia tras la derrota francesa en Sedán, durante la guerra franco-prusiana (1870-1871). El vector de simpatía emanó de la nutrida comunidad alemana asentada en los EE.UU, lo cual no agradó a Francia. Sin embargo, un lustro después el panorama político había cambiado. Ello ocurrió, exactamente cuando floreció la idea de la estatua.
El fuero patriótico francés reverdeció iluminaciones del viejo estilo, al fijar su mirada sobre la república hermana allende el Atlántico. La cual por esos tiempos, andaba enfrascada en los preparativos para celebrar su primer centenario como nación libre e independiente.
Tanto, que esa noche de 1865 en su casa de Glatygny, uno de los republicanos de la elite liberal parisina; Édouard René Lefèvre de Laboulaye; reunió a varios amigos también republicanos como él mismo, considerando que todos eran opuestos a Napoleón III (Charles Louis Napoleón Bonaparte).
Casi en su totalidad o mayoría, se declaraban fervorosos antiesclavistas y admiradores convencidos de EE.UU, y estaban adscritos a alguna de las fraternidades masónicas o francmasónicas en boga. Las mismas que ejercieron una influencia fundamental y decisiva en la independencia de los países centro y sudamericanos.
Para estos hombres preclaros, se trataba del mismo Napoleón que fue Presidente de la II República, y despues elevado al trono de Francia, como emperador. Estos cargos, Napoleón III los mantuvo simultaneamente. Hasta entonces, se le había considerado como un líder romántico, liberal, socialista utópico y nada tonto; a pesar de las estocadas que le lanzó Victor Hugo cuando lo apodó cruel, Napoleón "el Pequeño".
Karl Marx y sus adeptos, divergían ostentosamente de cualquier idea que no sustentara sus dogmas y tesis del Materialismo Histórico y del Dialéctico; como el dogma irrebatible proclive a implantar la tenebrosa dictadura del proletariado. Todas las cuales vistas hoy sus radiografías crueles, fueron simples satrapías clepto-oligárquicas, tal muestra el desastre de los hermanos Castro en la Cuba de hoy, herida mortalmente.
Entre el grupo de los reunidos se destacaba un joven escultor, Frédéric-Auguste Bartholdi. En una de las pausas de incertidumbres, se escuchó la voz de Laboulaye, quien planteó la idea de hacer un regalo a la "hermana república de los Estados Unidos de Norteamérica".
El gesto seria en celebración de la alianza entre América y Francia durante la Revolución Americana (1775-1783) y también en ocasión del centenario de la independencia de los EE.UU. Ya Napoleon III (conocido tambien como "el príncipe-presidente"), dejó Francia como el último monarca francés tras la derrota de Verdún, dando paso a la III República.
La idea de la estatua ascendió hasta los líderes políticos de la nueva República, ya en el poder, de manera que éstos últimos –siguiendo los objetivos iniciales de la democracia y la libertad– valoraran como meta única, aprovechar el proyecto "como símbolo propagandístico para que los europeos notaran las virtudes de la democracia", en oposición a la casi inexistentes ideas democraticas en las inoperantes monarquías.
Nadie de la época actual, debe suponer por la comodidad que ofrece la conveniencia de un humanitarismo político extemporáneo; otras ideas diferentes (patrióticas o de solidaridad) de los auspiciadores oficiales del proyecto. Tal ha sido el caso de la manipulación del proyecto fundamental, imbricando el poema de Lazarus a otras corrientes disfrazadas de restauradoras, las que en realidad son propiciadoras a la importación de felones.
Los monárquicos, desde la sombra opositora, estimaban que el gobierno de la III República era temporal, de mal gusto e impregnado de gente vulgar y chabacana, por lo que ansiaban el retorno a una monarquía esplendorosa y cargada de los ritos y oropeles propios de la aristocracia, pero constitucional tipo Napoleón I.
Viendo un segundo aspecto, nada indicó que en el ánimo del grupo estuvieron evaluaciones de incluir en la tesis ideológica otras áreas diferentes a las europeas. La idea culminó en diseñar y construir una estatua gigantesca para ser erigida en New York, cuya grandeza representara los ideales modernos de la libertad y la democracia.
Bartholdi, en calidad de escultor y con merecida fama como creador de figuras monumentales, dio la impresión de sentirse fascinado nuevamente en elaborar una estatua tan descomunal que lo eternizara como creador. El sueño, para realizarse, debía agenciárselas para obtener un billón de francos.
Todos los presentes eran sinceros admiradores de la épica de la Guerra Civil en EE.UU, la figura de Abraham Lincoln, sus esfuerzos en pro de la igualdad y libertad plena de los ciudadanos y en especial, la abolición de la infame esclavitud. Pareció que la tierra en ambas riveras del Atlántico estaba fértil para el mutuo e imperecedero espaldarazo democrático.
Se evidenció por estos razonamientos que la estatua nunca fue supuesta "Madre de los Exiliados", como quizás alguien imaginó palpar románticamente en Emma Lazarus, o por una simple conveniencia política (los comunistas, los muchos enemigos de EE.UU y otros aprovechados) dado que los objetivos políticos inmediatos de la obra eran otros: promover el republicanismo y la libertad en contraposición a los despotismo y tiranías europeos.
Para los historiadores resultó paradigmático constatar que en 1869, 17 años antes de la erección de la State of Liberty in Bedlve’s Island (octubre 28 de 1886); ya el estratégico Canal de Suez había entrado en operaciones, uniendo la navegación entre los mares de Europa y Asia. Dicha construcción era la obra magistral del vizconde e ingeniero francés, Ferdinand Marie de Lesseps. Para nuestros contemporáneos sorprendió a sotto voce que, ya desde 1867 por una visita que Bartholdi realizó a Egipto, éste retornó a Europa deslumbrado con la magnitud de los monumentos faraóninos egipcios.
En aquel entonces, el escultor imaginó y así propuso al Khedive (virrey) de Egipto y Sudan (con anterioridad, wāli o gobernador), Isma'il Pacha, una estatua-faro colosal inspirada en la diosa romana Libertas. Esta estatua la nombrarían, para nuestro asombro, "Egipto, diseminando la Luz por el Asia" o "El Progreso".
Sin embargo, esta construcción representaría a una mujer campesina egipcia (falaha) envuelta en togas, calzada con sandalias, vestida al estilo griego y portando antorchas. Así, históricamente nos encontramos con que la imagen de esta figura seria la misma a erigir a la entrada del Canal de Suez, por el lado del mar Mediterráneo, en ocasión de inaugurarse aquella maravilla de la ingeniería moderna.
Los egipcios declinaron la oferta dado que estaban en bancarrotas al declararse insolventes para pagar sus deudas. Razón por la cual ya tenían en esos momentos intervenidas sus aduanas por funcionarios de otras potencias europeas, con el propósito de incautarse de los dividendos aduanales y así amortizar la deuda. Por cuyo fracaso Ism'ail fue expulsado del cargo por el Sultán otomano. Los ingleses, los accionistas mayores de la empresa, se quedaron con la operación del canal y su control militar hasta 1954, cuando en 1942 el Gral. Gamal Abdel Nasser (Jamāl 'Abd an-Nāsir) lideró una revolución antimonárquica e irrumpió en el panorama político de la estratégica zona.
Una maqueta de la estatua, de unos 2.7 metros de alto y para estupor de los historiadores de hoy, parece que resultó ser la misma reciclada y cosmetizada después por Bartholdi —aunque éste siempre lo negó—. El Ing. Gustave Alexandre Eiffel, diseñador de la Torre Eiffel fue encargado de la ingeniería estructural, lo cual delegó en otro ingeniero tan famoso y diestro como él, Maurice Koechlin. Centavo a centavo, los franceses reunieron los cientos de miles de francos requeridos para la fabricación de la estatua.
En América, sucedió algo parecido en lo relacionado a la construcción del pedestal, aunque mediando fuertemente el comité de Joseph Pulitzer. Al final, Richard Morris Hunt concluyó el pedestal en 1886. Por su parte en Francia, la colecta para la construcción de la estatua comenzó en 1874 y la conclusión de la obra finalizó en Julio de 1884.
Un punto de interés fue la identidad de la modelo. Algunos argumentaron que fue Isabella Eugenie Boyer, viuda del conocido y poderoso industrial judío Isaac Singer (máquinas de coser "Singer" y otros artefactos). Otros asumen que fue Jeanne-Emile Baheux of Puysieux, modelo del escultor, desposada por Bartholdi. Los terceros sitúan a Charlotte Bartholdi, madre del escultor, una mujer de impresionante belleza caucasiana, de mediana edad. Tras una breve exhibición de algunos fragmentos en París, la obra —ya seccionada— fue llevada a New York en la mencionada fragata "Isere", a donde arribó en junio de 1885.
Su llegada a los EE.UU resultó en un dolor de cabeza para los norteamericanos, puesto que no estaban preparados para el arribo de aquella mole de cobre y acero. Y tampoco para las incontrolables oleadas de inmigrantes que siguieron como los niños de Hamelin a esta exuberante dama, sólo que en lugar del río Weser lo harían por el Hudson. Conociendo la lógica de la opinión pública norteamericana, no extrañó que algunos sectores de la ciudadanía protestaran, tanto de la estatua como de sus objetivos, por no entender las razones de todo aquel barrullo.
Sin embargo, de todas formas la pieza se tornó después símbolo de democracia y libertad, seduciendo a los benévolos y a aquellos que no. Una significativa parte de la opinión pública norteamericana, se preguntó acerca de "los motivos y el por qué los franceses, embrollados en sus trifulcas sobre la libertad, imperios, monarquías y repúblicas; se abrogaban el derecho de implantar un faro de libertad en donde esta ya existía, sólida".
Quizás la respuesta emanó del Bartholdi político, todavía en París y enfrascado en los quehaceres del embarque de la estatua, quien al caer en una encerrona de la prensa expresó en sentido paliativo: "Yo intentaré glorificar allí las ideas republicanas y de la libertad, con la esperanza de que algún día las volveré a encontrar aquí, en Francia".
De todo esto se desprende y observado en los hechos, que la estatua de Bartholdi y más tarde el poema de Lazarus, fueron sobrepuestos y confundidos intencionadamente por promotores desconocidos —aunque en apariencias, con propósitos humanistas—, dando una idea diferente de la original.
En general, a partir de las actividades radiofónicas de propaganda iniciadas por de Adamovic y los grupos socialistas, y no de cuando su inauguración como erroneamente se ha entendido, es el momento en que el símbolo de la estatua-poema comienza a acercarse a su imagen actual.
Sin embargo, valdría preguntarnos si la interpretación —sin destrucción del enigma y el mito—, aportaría algo a la causa de la democracia y los derechos humanos. Es posible que no tendría efecto alguno, considerando el inmenso prestigio de este símbolo en metal y mármoles, por sí sólo.
Aunque nos parece bien claro, que los refugiados ilegales por motivos económicos, los irregulares o ilegales indocumentados, no guardan una relación directa estrecha , ni colateral, con los principios políticos y humanistas originales de la Estatua de la Libertad y los EE.UU. Valga que EE.UU, poseedora de un diapazón humanista bien organizado, ha logrado que los brazos abiertos de The Great Lady, no hayan cambiado de posición.
Por lo que cabría, a manera de colofón o síntesis de esta historia; y a nuestro juicio; que verdaderamente hay brumosidades con relación a esta popularizada incógnita, hoy casi un mito. Pero Emma Lazarus, en la dulzura infinita de su poema "The New Colossus", de cualquier manera, siempre permanecerá contenta.
Luego, hagamos un alto y detengamos el cernido de argumentos de uno y otro lado, para aquilatar hasta el infinito, lo evidente. Porque quizás la mántica de Pitia, como oráculo délfico, aún conserve toda la verdad aprisionada entre los metales y mármoles de la "Lady of Liberty".
Fin de la saga.
© Lionel Lejardi. Octubre 30, 2009
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23
Oct 2008

La Estatua de la Libertad y un poema (I/III)

Escrito por: engliolejardi el 23 Oct 2008 - URL Permanente

Se cumplen 50 años de dictadura comunista en Cuba
La poetiza

Quizás, los labios silentes conocen dónde está la verdad. Es la verdad de claroscuros irreverentes, donde las pasiones hicieron hito de leyendas y el mármol ensayó sonoridades amigas, no la de cuevas panas de chascarrillos que abochornan mejillas y despiertan arreboles. Eran los tiempos de los rencores cíclicos en que la Humanidad cambiaba filosofías, raseros para juzgar, atuendos, aromas y modales –y, ¿por qué no también, la manera de amar, las armas letales y la contaminación del hábitat?
Una poetiza apasionada con sus tiempos, sin saber cuántos alientos le restaban; caminaba por la calle 42 y la 5ta. Avenida ("La Esquina del Pecado", le llamarían en el siglo siguiente). Iba solitaria como una brizna de paja al viento, recien de haber dejado a su buena amiga Georgiana en su casa,bella y floreciente. Pero ella continuó llena de fríos ininteligibles y raros, no muy justificados en aquella primavera newyorquin llegada con atraso. Una tristeza pegajosa y humeda, como sólo pueden experimentar las mujeres mujeres, le azotaba el alma y rompía sus visiones.
En otro día cualquiera anterior, serían los asombros y expectaciones ante la carrera de antorchas cientifícas y artísticas venidas desde la Ilustración, en carrera de relevos hacia los años de 1800 y tantos; cuidadosamente esperado por los gigantes del comercio, artes, economía, humanidades, política y ciencias.
Es que todas las inteligencias y sensibilidades abrillantadas ansiaban mostrar lo mejor de su aporte al subyugante juego humano. Era ese quehacer generador de ideas y riquezas, envidiado por los morones y los lerdos, siempre atentos y en lujuriosa espera de los descubrimientos y esfuerzos ajenos.
Porque ya estaba delineado todo el plan por los Morgan, Monet, Rockefeller, Einstein, Rodin, Curie, Plank, Bohr, Wright, Tesla, Ford, Keynes y más y más de los otros brillantes; los cuales como ellos, participaban no sólo en calidad de colegas sino de competidores. Nada de asombrarnos que un Marx, Blanc o Engel se unieran al torrente, pero en linea inversa; decir; para disfrutar y solazarse con los exitos de los genios, pero nada de trabajar para generar.
"Eso, que lo hagan los otros", decían los comunistas, liberales y el resto de la ola zurda.
"Dow, cuidado con los Marx, Blanc, Bakunin, Proust y Joyce", le alertó Jones mientras se alejaba con paso calmo hacia la vieja Calle Muralla (Wall Street) que protegió la entonces Nueva Amsterdam de sus enemigos, en plena isla de Manhattan.
Es que por entre los yerbazales, sonaban distintos los timbres crípticos de cada yes mom, ano pañi o sí señora, caucásicos, flamencos o españoles. Es la secuela del sensei antiquísimo, como síndrome natural de reverencia a los triunfantes; no a la masa amorfa, desculturizada y pancista, disfrutadora por igualdades, de los que generan bienes y riquezas. También porque allí lubricaban sombras de nacionalismos extemporaneos y también soles de falsedades adamadas, colgadas de una civilización pujante que no les pertenecía. Es que la cuerda de la paciencia yankee, daba fuertes señales de que arribaba al fin de sus tolerancias.
En otra mañana fría, primaveral y de otra longitud; en París; Frédéric Auguste Bartholdi, el escultor frances (en ocasiones, todavía envuelto en su alias de Amilcar Hasenfratz, como pintor), tomaba café y leía el matutino a un costado de la Basilique du Sacré-Cœur. Esperaba a otro gigante de la ingeniería: Gustave Eiffel, encargado de diseñar la estructura interior de acero que formaría el esqueleto sustentador de la estatua inmensa.
Las otras identidades, sumidas en algarabías socialistas, eran las ánimas circulantes escapadas desde los tiempos de la Ilustración en calidad de sueños eremitas, navegando modas tipo siglo XIX. Después, las nuevas olas de aquellos frágiles de espina dorsal siempre enervados, que correrían a incarse de rodillas ante la gatita de María Ramos y la luminosidad del Impressionnisme tipo siglo XX, per sæcula sæculórum.
Sí, quizás los labios en rictus espléndido advirtieron lo real e irreal de la verdad. Porque, aquí y allá coexisten infinidad de pistas y brumosidades al respecto. Más hoy, cuando intereses foráneos tratan de vincular el símbolo original de esta mole de preciosidad estatuaria, uno de nuestros monumentos nacionales de mayor connotación, a las tozudeces e irregularidades de los extraños (aliens) que nos invaden. Por sinrazones tales, es mejor soltar una mirada auscultadora al despertar reminiscente, de algunos de los hechos, porque del decir, hay buenos trechos que recorrer.
El Impressionnisme, Señor Absoluto de tumbas, corazones y cuerpos de los adalies amortajados en Les Invalides y de la palabra versada musical de Claude Joseph Rouget de Lisle, en su "Chant de guerre pour l’Armée du Rhin" (Canto de guerra para el ejército del Rhin) y que a destiempo se desdobló en "La Marseillaise", era la responsable absoluta de la pradera en llamas.
Y bien que anduvieron cerca de la tenue línea anárquica, los nuevos sans-coulottes de la Comuna de París y de sus fantasmas de marxismo trunco, llamando al extraño peregrinaje alocado de un Adan comunista gay, correteando desnudo por las llanuras del tropo marxistas europeo. Pero estos jacobinos de medio palo y peor pelo, ya no dispondrían un Robespierre cruel a quien seguir y tendrían que conformarse con un Marx, tambaleandose de brazos de otro timbalero del hacer nada, su yerno, el cubano oriental Pablo Lafargue.
Porque, de modo semejante en la Estatua de la Libertad coexistieron brumosidades respecto al carácter de la espiritualidad y objetivos de esta dama incógnita. La figura adscrita a una delicada sensualidad más que romana o espartana, impregnada de fino aroma a bouquet parisino. Y por que no también, del exquisito olor a floresta del hidrocarburo angoleño o de los cañaverales cubanos, por entonces, repletos de mambises enamorados.
Recordar que la faz de La Gran Dama nos señala, no por casualidad geográfica y sí democrática, las coordenadas de uno de los puntos más sensibles y conocidos de casi todos, claro, por cada gente del valer, saber y también de valor del planeta entero: 48º 48' de latitud Norte y 2º 48' Este (06:00 PM hora de París). Es L’Étoil. La estatua es la misma que aún hoy, reverdece con más intensidad en nuestro interés; cuando intenciones foráneas tratan de vincular el símbolo original de esta, uno de nuestros monumentos insignia, a propósitos egoístas aherrojados a raras agendas exo nacionales y peor, con clamores anexionistas:
"Con los vientres y caderas de nuestras mujeres pródigas", como nos advirtieron a cajas destempladas, algunos espalda mojadas.
Tales son concepto de doble standard separatista después de rellenar sus morrales, sin gota de patriotismo y sí de doble infidelidad, al dar preponderancia al terruño que dejaron por ser infame cueva de rateros y estupefacientes, sobre el interés reverdecido de sueños en la patria adoptiva. La que sólo les reclama lealtades. Todo, para que cambiemos el ropaje de las ilegalidades de quienes nos invaden, sin ser llamados ni necesitados. Así dicho, de manera brutal, sin ditirambos ni redondeces. Porque a mí, América no me demandó que la hollara con mi pisada plana de size 14. Sucede que la cuerda de la paciencia, reiteramos, ya se le está acabando a los yankees .
Y duele otear por entre la rendija costal de Chrestus, a quienes piensan que EE.UU les debe algo por su impericia, morosidad y falta de tenacidades en tierras propias; no las ajenas transparentes y azuladas repletas de hacendocidad, probidad, honradez, productividad y riquezas bien habidas. No obstante, este futuro advertido sobre las oleadas de piromaníacos de bardas vecinas, que arrasan nuestros bosques, el proyecto y armado de la estatua seguía su imparable cuesta arriba.
Bartholdi junto con el compositor Charles-François Gounod, auxiliados de píngües conciertos, tómbolas y loterías efectuadas por toda Francia —especialmente en París—, lograron que los franceses reunieran los dos millones y cuarto de francos necesarios para proyectar y construir la descomunal obra estatuaria.
Ninguna mejor paradoja hoy, que la estatua clavada en el vértice del Hudson donde vería desfilar "carretas y carretones" cargadas de insomnes y de los expelidos ilegítimamente, sin posibilidades de emitir una sóla queja u opinión, contra quienes les arrollan su civilización.
Mejor ojear, sin espantar los récords contractuales, hasta los tiempos presentes. Es que en los inicios de la idea de la estatua, la pieza no fue bautizada con el nombre oficial de ahora, "Statue of Liberty". No, fueron otros los pre rumbos e intenciones concurrentes en la génesis estatuaria, cuajadas de alegorías y muecas no declaradas, tal fue "Skrik" (El Grito) del holandés Munch, incrustado en la pinacoteca de Oslo.
Meditamos, porque cada 28 de octubre, la "Estatua de la Libertad" cumple años. La "Noble Dama", fue erigida en la isla Liberty City (antes Bedloe’s Island), en la boca del Río Hudson, Puerto de New York con vista al de New Jersey.
El monumento, ya in situ, despertó los naturales recelos y pesares acerca de cuál de las ciudades; New York o New Jersey, correría con los gastos de su operación como atracción turística y además, los propios del mantenimiento, por la agresividad ambiental. Finalmente New York, aceptó la encomienda y la esperanza del dinero federal para cumplir la tarea de preservación. Fondos, los cuales estuvieron pendulando en el clásico "veremos" por los ediles newyorquinos.
Los trabajos para armar la inmensa mole de cobre y acero, comenzaron tras una larga y tormentosa gestión del lado estadounidense, tendente a recaudar los fondos necesarios para construir el pedestal. Que aumentó al monumento en tanta altura como la de la estatua propia.
Exactamente en ese punto de la decisión aunante de ambas orillas en impulsar la obra, convergieron dos desconocidos electrizados por Edison. Sería en muestra de la asimetría Id del Ego de cada uno de sus caracteres. Y también las ventoleras de quienes ya miraban de reojo a nuestra América, algo desprotegida.
Dos actores desplegados en el lado estadounidense: la poetiza judía Emma Lazarus y el publicista de origen húngaro Joseph Pulitzer, quienes chocarían colosidades y entre cejos por una mayor comprensión respecto al regalo francés.

Desde mucho antes, un grupo de notables franceses gestores de la idea, ya habían cumplido la tarea de diseñar y construir la estatua en sí. Ahora les faltaba la palabra crucial: erigir. Es que no se trataba de una estatua cualquiera, por y para un país cualquiera. El drama de marmoles, concreto, cobre y aceros, atañía a los Estados Unidos de América.
La obra, por su inmensidad y peso, debió ser seccionada para transportarla a los EE.UU. Ello fue tarea cumplida por la fragata francesa, "Isère".
El conjunto del monumento se ejecutó bajo un despliegue de opiniones y circunstancias diferentes entre sí, en unos momentos confusas y en otros, antagónicas.
Habría que entender a la América de los melting pots apacibles, no los de roñeías diversas y de los viejos mocasines que cantan siempre que hay fuegos en los manglares. Es que los danzantes con sus flechas, macanas, lanzas y tambores cocodrilos en ristre, siempre andaban en extraños saraos y kermeses vespertinos.
La saga continua.
© Lionel Lejardi. Octubre, 2009
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Lionel Lejardi es Ing. Electricista. Investigador, historiador y analista de política nacional (EE.UU) e internacional. Estudia el Asunto Cubano y su influencia a escala planetaria. Reflexiona sobre categorías idealistas tipo, tales como las reveladas en “La Ciudad del Sol” de Tommaso Campanella y “Utopia” de Thomas More, entre otras, en calidad de placebos eclécticos hacia sociedades más justas. Aquellas, cuyas antítesis más notables eclosionaron en furiosos fracasos durante el Terror Jacobino (siglo XVIII) y el Totalitarismo Comunista (siglo XX), hoy desplegado por los castristas con el máximo de dureza, sobre Cuba.
El autor individualiza esta praxis de "clásica dictadura del proletariado," ya en fase de extinción; como osmosis tropical del marxismo corriente –el mismo ya degradado a ideología de segunda mano, por su autismo precoz–, aunque destilandole el ruido de la componente leninista, por nonata y séptica.
Es sintetizar el optimismo alegre del castrismo depredador actual, como subespecie de antimateria social auto destructiva y su dogma político contractual. Dizque son vestigios reptados hacia mundos paralelos, ya singularizados como dimensiones cuánticas (Teorema de Lulo-Kubilo) con el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, preludios de la Teoría de Cuerdas. Claro que explicado también, con palabras cuerdas.

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