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23
Oct
2008
La Estatua de la Libertad y un poema (I/III)
Quizás, los labios silentes conocen dónde está la verdad. Es la verdad de claroscuros irreverentes, donde las pasiones hicieron hito de leyendas y el mármol ensayó sonoridades amigas, no la de cuevas panas de chascarrillos que abochornan mejillas y despiertan arreboles. Eran los tiempos de los rencores cíclicos en que la Humanidad cambiaba filosofías, raseros para juzgar, atuendos, aromas y modales –y, ¿por qué no también, la manera de amar, las armas letales y la contaminación del hábitat?
Una poetiza apasionada con sus tiempos, sin saber cuántos alientos le restaban; caminaba por la calle 42 y la 5ta. Avenida ("La Esquina del Pecado", le llamarían en el siglo siguiente). Iba solitaria como una brizna de paja al viento, recien de haber dejado a su buena amiga Georgiana en su casa,bella y floreciente. Pero ella continuó llena de fríos ininteligibles y raros, no muy justificados en aquella primavera newyorquin llegada con atraso. Una tristeza pegajosa y humeda, como sólo pueden experimentar las mujeres mujeres, le azotaba el alma y rompía sus visiones.
En otro día cualquiera anterior, serían los asombros y expectaciones ante la carrera de antorchas cientifícas y artísticas venidas desde la Ilustración, en carrera de relevos hacia los años de 1800 y tantos; cuidadosamente esperado por los gigantes del comercio, artes, economía, humanidades, política y ciencias.
Es que todas las inteligencias y sensibilidades abrillantadas ansiaban mostrar lo mejor de su aporte al subyugante juego humano. Era ese quehacer generador de ideas y riquezas, envidiado por los morones y los lerdos, siempre atentos y en lujuriosa espera de los descubrimientos y esfuerzos ajenos.
Porque ya estaba delineado todo el plan por los Morgan, Monet, Rockefeller, Einstein, Rodin, Curie, Plank, Bohr, Wright, Tesla, Ford, Keynes y más y más de los otros brillantes; los cuales como ellos, participaban no sólo en calidad de colegas sino de competidores. Nada de asombrarnos que un Marx, Blanc o Engel se unieran al torrente, pero en linea inversa; decir; para disfrutar y solazarse con los exitos de los genios, pero nada de trabajar para generar.
"Eso, que lo hagan los otros", decían los comunistas, liberales y el resto de la ola zurda.
"Dow, cuidado con los Marx, Blanc, Bakunin, Proust y Joyce", le alertó Jones mientras se alejaba con paso calmo hacia la vieja Calle Muralla (Wall Street) que protegió la entonces Nueva Amsterdam de sus enemigos, en plena isla de Manhattan.
Es que por entre los yerbazales, sonaban distintos los timbres crípticos de cada yes mom, ano pañi o sí señora, caucásicos, flamencos o españoles. Es la secuela del sensei antiquísimo, como síndrome natural de reverencia a los triunfantes; no a la masa amorfa, desculturizada y pancista, disfrutadora por igualdades, de los que generan bienes y riquezas. También porque allí lubricaban sombras de nacionalismos extemporaneos y también soles de falsedades adamadas, colgadas de una civilización pujante que no les pertenecía. Es que la cuerda de la paciencia yankee, daba fuertes señales de que arribaba al fin de sus tolerancias.
En otra mañana fría, primaveral y de otra longitud; en París; Frédéric Auguste Bartholdi, el escultor frances (en ocasiones, todavía envuelto en su alias de Amilcar Hasenfratz, como pintor), tomaba café y leía el matutino a un costado de la Basilique du Sacré-Cœur. Esperaba a otro gigante de la ingeniería: Gustave Eiffel, encargado de diseñar la estructura interior de acero que formaría el esqueleto sustentador de la estatua inmensa.
Las otras identidades, sumidas en algarabías socialistas, eran las ánimas circulantes escapadas desde los tiempos de la Ilustración en calidad de sueños eremitas, navegando modas tipo siglo XIX. Después, las nuevas olas de aquellos frágiles de espina dorsal siempre enervados, que correrían a incarse de rodillas ante la gatita de María Ramos y la luminosidad del Impressionnisme tipo siglo XX, per sæcula sæculórum.
Sí, quizás los labios en rictus espléndido advirtieron lo real e irreal de la verdad. Porque, aquí y allá coexisten infinidad de pistas y brumosidades al respecto. Más hoy, cuando intereses foráneos tratan de vincular el símbolo original de esta mole de preciosidad estatuaria, uno de nuestros monumentos nacionales de mayor connotación, a las tozudeces e irregularidades de los extraños (aliens) que nos invaden. Por sinrazones tales, es mejor soltar una mirada auscultadora al despertar reminiscente, de algunos de los hechos, porque del decir, hay buenos trechos que recorrer.
El Impressionnisme, Señor Absoluto de tumbas, corazones y cuerpos de los adalies amortajados en Les Invalides y de la palabra versada musical de Claude Joseph Rouget de Lisle, en su "Chant de guerre pour l’Armée du Rhin" (Canto de guerra para el ejército del Rhin) y que a destiempo se desdobló en "La Marseillaise", era la responsable absoluta de la pradera en llamas.
Y bien que anduvieron cerca de la tenue línea anárquica, los nuevos sans-coulottes de la Comuna de París y de sus fantasmas de marxismo trunco, llamando al extraño peregrinaje alocado de un Adan comunista gay, correteando desnudo por las llanuras del tropo marxistas europeo. Pero estos jacobinos de medio palo y peor pelo, ya no dispondrían un Robespierre cruel a quien seguir y tendrían que conformarse con un Marx, tambaleandose de brazos de otro timbalero del hacer nada, su yerno, el cubano oriental Pablo Lafargue.
Porque, de modo semejante en la Estatua de la Libertad coexistieron brumosidades respecto al carácter de la espiritualidad y objetivos de esta dama incógnita. La figura adscrita a una delicada sensualidad más que romana o espartana, impregnada de fino aroma a bouquet parisino. Y por que no también, del exquisito olor a floresta del hidrocarburo angoleño o de los cañaverales cubanos, por entonces, repletos de mambises enamorados.
Recordar que la faz de La Gran Dama nos señala, no por casualidad geográfica y sí democrática, las coordenadas de uno de los puntos más sensibles y conocidos de casi todos, claro, por cada gente del valer, saber y también de valor del planeta entero: 48º 48' de latitud Norte y 2º 48' Este (06:00 PM hora de París). Es L’Étoil. La estatua es la misma que aún hoy, reverdece con más intensidad en nuestro interés; cuando intenciones foráneas tratan de vincular el símbolo original de esta, uno de nuestros monumentos insignia, a propósitos egoístas aherrojados a raras agendas exo nacionales y peor, con clamores anexionistas:
"Con los vientres y caderas de nuestras mujeres pródigas", como nos advirtieron a cajas destempladas, algunos espalda mojadas.
Tales son concepto de doble standard separatista después de rellenar sus morrales, sin gota de patriotismo y sí de doble infidelidad, al dar preponderancia al terruño que dejaron por ser infame cueva de rateros y estupefacientes, sobre el interés reverdecido de sueños en la patria adoptiva. La que sólo les reclama lealtades. Todo, para que cambiemos el ropaje de las ilegalidades de quienes nos invaden, sin ser llamados ni necesitados. Así dicho, de manera brutal, sin ditirambos ni redondeces. Porque a mí, América no me demandó que la hollara con mi pisada plana de size 14. Sucede que la cuerda de la paciencia, reiteramos, ya se le está acabando a los yankees .
Y duele otear por entre la rendija costal de Chrestus, a quienes piensan que EE.UU les debe algo por su impericia, morosidad y falta de tenacidades en tierras propias; no las ajenas transparentes y azuladas repletas de hacendocidad, probidad, honradez, productividad y riquezas bien habidas. No obstante, este futuro advertido sobre las oleadas de piromaníacos de bardas vecinas, que arrasan nuestros bosques, el proyecto y armado de la estatua seguía su imparable cuesta arriba.
Bartholdi junto con el compositor Charles-François Gounod, auxiliados de píngües conciertos, tómbolas y loterías efectuadas por toda Francia —especialmente en París—, lograron que los franceses reunieran los dos millones y cuarto de francos necesarios para proyectar y construir la descomunal obra estatuaria.
Ninguna mejor paradoja hoy, que la estatua clavada en el vértice del Hudson donde vería desfilar "carretas y carretones" cargadas de insomnes y de los expelidos ilegítimamente, sin posibilidades de emitir una sóla queja u opinión, contra quienes les arrollan su civilización.
Mejor ojear, sin espantar los récords contractuales, hasta los tiempos presentes. Es que en los inicios de la idea de la estatua, la pieza no fue bautizada con el nombre oficial de ahora, "Statue of Liberty". No, fueron otros los pre rumbos e intenciones concurrentes en la génesis estatuaria, cuajadas de alegorías y muecas no declaradas, tal fue "Skrik" (El Grito) del holandés Munch, incrustado en la pinacoteca de Oslo.
Meditamos, porque cada 28 de octubre, la "Estatua de la Libertad" cumple años. La "Noble Dama", fue erigida en la isla Liberty City (antes Bedloe’s Island), en la boca del Río Hudson, Puerto de New York con vista al de New Jersey.
El monumento, ya in situ, despertó los naturales recelos y pesares acerca de cuál de las ciudades; New York o New Jersey, correría con los gastos de su operación como atracción turística y además, los propios del mantenimiento, por la agresividad ambiental. Finalmente New York, aceptó la encomienda y la esperanza del dinero federal para cumplir la tarea de preservación. Fondos, los cuales estuvieron pendulando en el clásico "veremos" por los ediles newyorquinos.
Los trabajos para armar la inmensa mole de cobre y acero, comenzaron tras una larga y tormentosa gestión del lado estadounidense, tendente a recaudar los fondos necesarios para construir el pedestal. Que aumentó al monumento en tanta altura como la de la estatua propia.
Exactamente en ese punto de la decisión aunante de ambas orillas en impulsar la obra, convergieron dos desconocidos electrizados por Edison. Sería en muestra de la asimetría Id del Ego de cada uno de sus caracteres. Y también las ventoleras de quienes ya miraban de reojo a nuestra América, algo desprotegida.
Dos actores desplegados en el lado estadounidense: la poetiza judía Emma Lazarus y el publicista de origen húngaro Joseph Pulitzer, quienes chocarían colosidades y entre cejos por una mayor comprensión respecto al regalo francés.
Desde mucho antes, un grupo de notables franceses gestores de la idea, ya habían cumplido la tarea de diseñar y construir la estatua en sí. Ahora les faltaba la palabra crucial: erigir. Es que no se trataba de una estatua cualquiera, por y para un país cualquiera. El drama de marmoles, concreto, cobre y aceros, atañía a los Estados Unidos de América.
La obra, por su inmensidad y peso, debió ser seccionada para transportarla a los EE.UU. Ello fue tarea cumplida por la fragata francesa, "Isère". El conjunto del monumento se ejecutó bajo un despliegue de opiniones y circunstancias diferentes entre sí, en unos momentos confusas y en otros, antagónicas.
Habría que entender a la América de los melting pots apacibles, no los de roñeías diversas y de los viejos mocasines que cantan siempre que hay fuegos en los manglares. Es que los danzantes con sus flechas, macanas, lanzas y tambores cocodrilos en ristre, siempre andaban en extraños saraos y kermeses vespertinos.
La saga continua.
© Lionel Lejardi. Octubre, 2009
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press
engliolejardi
Lionel Lejardi es Ing. Electricista. Investigador, historiador y analista de política nacional (EE.UU) e internacional. Estudia el Asunto Cubano y su influencia a escala planetaria. Reflexiona sobre categorías idealistas tipo, tales como las reveladas en “La Ciudad del Sol” de Tommaso Campanella y “Utopia” de Thomas More, entre otras, en calidad de placebos eclécticos hacia sociedades más justas. Aquellas, cuyas antítesis más notables eclosionaron en furiosos fracasos durante el Terror Jacobino (siglo XVIII) y el Totalitarismo Comunista (siglo XX), hoy desplegado por los castristas con el máximo de dureza, sobre Cuba.
El autor individualiza esta praxis de "clásica dictadura del proletariado," ya en fase de extinción; como osmosis tropical del marxismo corriente –el mismo ya degradado a ideología de segunda mano, por su autismo precoz–, aunque destilandole el ruido de la componente leninista, por nonata y séptica.
Es sintetizar el optimismo alegre del castrismo depredador actual, como subespecie de antimateria social auto destructiva y su dogma político contractual. Dizque son vestigios reptados hacia mundos paralelos, ya singularizados como dimensiones cuánticas (Teorema de Lulo-Kubilo) con el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, preludios de la Teoría de Cuerdas. Claro que explicado también, con palabras cuerdas.
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