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08
Feb
2009
Sargento, ¿a qué esperar para comenzar la revolución? I/II
Se cumplen 50 años de dictadura comunista en Cuba
Esta premonición de los patriotas, fue violada por su antípoda yacente en las trampas consuetudinarias impuestas por el Dr. Fidel Castro Rúz desde 1959; a los fines de perpetuarse dinásticamente en el poder. Por la lógica marera, este mal ejemplo excitó la ambición siempre fértil a delinquir, de sus copycats actuales, aquellos nativos Ids metasicológicos del ALBA (Eje Apocalypto), concordantes con los modelos del psychicher Apparat de Freud. Luego, los EE.UU; observando el comportamiento político de las repúblicas indoamericanas de entonces (de igual tessitura camorrista a las de ahora); previó introducir la denominada "Enmienda Platt", en cuyos "por cuanto" le daba el derecho a intervenir en Cuba, cuando sus políticos se desviaran del camino democrático.
Machado, constituyó parte del período presidencial de la denominada "república de los generales", a la cual siguió "la de los doctores". Este presidente, era un pichón de español perfecto, nacido con la osadía y tozudéz ibérica, clásica. Bajo los fulgores de su primer período, su presidencia estremeció Cuba con vastos planes de obras públicas y leyes beneficiosas para la consolidación de la economía. Un sinfín de industrias nacionales, fueron impulsadas con los ya lejanos estertores ventoleros de la Belle Époque (1880-1914), ultimada más tarde por la primera gran catástrofe que significó (aunque kermesse perverso de los bolcheviques) la I Guerra Mundial.
Machado, sucumbió a su egolatría y compuso un segundo período; de su controvertida reelección —para ello, alteró la Constitución de 1901— y además del caprichoso mandato presidencial, la figura del presidente declinó en la opinión favorable mayoritaria del pueblo. En especial, en la de aquellos grupos, fuerzas y elites intelectuales tan vanguardistas como el Art Nouveau; todos los cuales lo consideraron un dictador detestable y por lo tanto, derrocable.
Nadie recordó los años felices de la bonanza machadista. Los opositores nucleados alrededor de los estudiantes universitarios e intelectuales, iniciaron el desmonte del gobierno, aplicando de manera inexorable medios y acciones terroristas de toda índole, fuertemente ripostadas por los machadistas y sus medios de represión.
Claro, Cuba yacía entrampada en la crisis mundial económica; iniciada el 24 de octubre de 1929 extendida (en teoría) hasta 1933, la que en realidad continuó hasta 1939. Todo el crash económico, al que fueron arrastradas el resto de las bolsas, se inició por la sobre valoración especulativa de las acciones bursátiles.
Otros factores colaterales fueron la abrupta caída de los precios de los productos agrícolas —el precio del azúcar cubano se cotizó a nivel de piso— y las restricciones de crédito, pues los bancos se quedaron sin activos y las industrias locales dejaron de producir. El gobierno machadista se estremecio cuando sintió las primeras ráfagas de la crisis y quedó en atormentada espera.
Al caer las bolsas desde 1927, sometidas al efecto dominó y lo cual significó un factor de punta negativa para cualquier gobierno; devino desastre natural para el presidente Machado, con la consecuente pérdida de popularidad y simpatías ciudadanas. Atisbos del hambre se cirnieron sobre la isla. Los ánimos, se caldearon al máximo entre gobierno y los ciudadanos enardecidos, olvidando éstos también los sabores de las cañas dulces de las vacas gordas menocalistas de la pre y pos I Guerra mundial. Los comunistas se frotaron las manos, como siempre, listos a pescar en río revuelto
La oposición desmedidad contra el gobierno machadista, articulada por los estudiantes e intelectuales; hizo derroche de un heroísmo innecesario, desplegado igual por el resto de las fuerzas revolucionarias anti-machadistas; casi hollywoodense (ver el film "We Were Strangers" (Rompiendo las cadenas), 1949 de John Garfield), cuyas copias fueron quemadas por los castristas, inmediato que se encaramaron en el poder. Temían el ejemplo de un pueblo iracundo contra contra un gobierno que entonces, estimaron despótico y tiránico.
La violencia popularizada desde inicios de 1930, condujo a un desenlace favorable para la oposición con la caída del gobierno machadista en Agosto de 1933. De inmediato, se inició el caos social ante la ausencia de autoridades. Las fuerzas vivas, los estudiantes y la oposición política, concertaron acuerdos sobre la marcha para normalizar la situación del país.
Una Junta o Gabinete de Concentración fue conformada de inmediato, por la presión y el discreto beneplácito del gobierno norteamericano. Dicha Junta diseñó e instauró un gobierno provisional de facto, previendo el desborde del populacho. Sus miembros integrantes, poseían un pedigree de indudable probidad moral y política. El aval revolucionario adquirió una validez insospechada.
El bastón presidencial, recayó en el Dr. Carlos Manuel de Céspedes y Quesada; hijo del prócer independista y Padre de la Patria, el abogado y hacendado oriental, Carlos Manuel de Céspedes del Castillo, muerto en combate durante la "Guerra de los Diez Años". Cuba tuvo un nuevo presidente, como parto natural de la disolución el gobierno ante la huida en avión del Presidente Machado y algunos de sus colaboradores, hacia Nassau.
Transcurridas unas semanas, el 3 de septiembre del mismo año, un conspicuo sargento frunció el ceño frente al espejo de su lavamanos, por enésima vez, quizás la última. Se le destacaban signos del insomnio y cansancio. Su semblante rasurado destacó una mezcla de rasgos achinados y mestizos. Su cabellera hirsuta, de un lacio negro; peinada hacia atrás según la moda, pero sin la raya al medio. Estaba encerrado desde hacía meses dentro de sí mismo, reflexionando sobre lo ignoto e impredecible que se le presentaría o no, en ese día septembrino, el más decisivo de su vida. Esa tarde había citado a una reunión urgente, al resto de los militares de bajo rango complotados junto con él, la cual efectuarían en una casa amiga.
El reloj, marcaba las seis de la mañana. Afuera, el chillido inconfundible del Hispano-Suiza de 8 cilindros, descapotable, le recordó que el cabo Urría, venía por él. Se colgó los arreos, a la derecha la Cold .45 "Caballo de Flecha" y el par de magazines, a la izquierda. Sin ser tirador experto, era capaz de hacer diana en un blanco fijo, a 30 metros.
Allá en Palacio, quedaba pastando parte de los viejos integrantes de la Guardia Presidencial, inócuos en sus remembranzas y a la que nadie hacia caso. Por entonces, el Presidente Céspedes inspeccionaba los daños causados por el ciclón que azotó días antes las ciudades de Cárdenas y Sagua la Grande, al nordeste y sudeste, a unos cientos de kilómetros de la capital.
A la sazón y bien temprano, el ex presidente Machado deambulaba aburrido desde su fuga por el aeropuerto militar de Columbia, caminando una de las playas del sector residencial, de las posesiones británicas en el archipiélago de Nassau.
Elvira, la esposa amable, miraba asombrada desde el cobertizo del chalet ; de un lujo moderado; a la figura inconfundible del ex presidente, su marido. Claro que aquello no era Palacio. Pero le sorprendió que un hombre tan conservador y de rectitud fiera en su vida personal, se hubiese remangado los pantalones para caminar descalzo, zapatos en mano, pisando el agua de la orilla. Ella no había advertido desde cuando su Gerardo andaba por las afueras del bungalow.
—Coño —maldijo Machado entre dientes, al sentirse arañado por un diminuto caracol y chasqueó la lengua—, no hay como Varadero.
En la capital cubana, en tanto, la cosa no era así de apacible. Cada grupo oposicionista se consideraba con el mejor derecho a conducir los destinos patrios. Entre ellos, las clases y soldados de las Fuerzas Armadas, casi acéfalas.
—Mi jefe, el carro esta listo —dijo Urría al sargento, y lo saludó militarmente.
—Quiero que a las diez, me traigas café con leche y un sandwich, del "OK" de Zanja —le ordenó Batista al chofer, ya entrando el carro a la mansión regia. Una impresionante edificación, prestada con servidumbre y todo, a los militares complotados, por unos joyeros libaneses del Callejón del Cristo, en la Habana Vieja, increiblemente aliados en negocios con sefarditas moderados de la calle Muralla.
Allí, una edificación lujosa de dos pisos; funcionaba el punto de la conspiradera militar donde lo esperaban, entre otros, el sargento Andrés Benítez Pancorbo, designado como futuro jefe del estratégico Cuartel Maestre de "San Ambrosio", situado al borde de la bahia de La Habana y otros sargentos y civiles complotados.
—Coincido en que este, es el momento, Fulgencio —le interpeló uno de los sargentos, José Eleuterio Pedraza Cabrera, su principal cuadro de fuerza—. Contamos con el Directorio, los intelectuales, Carbó, Guiteras, algo de ABC y, por supuesto, nuestras clases y alistados—, apuntó desde la gran mesa oval. Los complotados, deliberaron largo rato, a los que se incorporaron varios civiles.
—Caballeros —alertó Estevaz Maimir en tono jocoso—, ya es tarde y nos vamos a perder las croquetas de jamón, pasteles de guayaba y bocaditos.
—Sí, hay que estar temprano en Columbia —coincidió otro de los asistentes—, porque los amarres debemos hacerlos antes de la reunión.
—Cada uno de ustedes, sabe a cual unidad debe dirigirse, para asumir el mando. Recuerden siempre ir con una escuadra de soldados, portando armas largas, cortas y parque para dos horas—, señaló Batista. En tanto, Benítez y Pedraza miraron recelosos hacia el cielo encapotado.
—Todo les ira bien—, les había profetizado un babalaow, mientras sostenía una cabeza de gallo bolo entre los dientes
En una tarde anterior igual, pero lluviosa, Sergio Carbó Morera, el popular líder oposicionista y entonces; el periodista de mayor empuje en el Asunto Cubano; había publicado un sugestivo artículo en su periódico de "La Semana", "¿A qué esperar para comenzar la revolución?".
Después de su visita a Moscú, por instantes ya olvidados, Carbó dio a sus amigos mas cercanos —para encanto de los comunistas—, la impresión de estar al punto del embobecimiento con las monsergas y postales deliciosas preparadas para los turistas progres, por los comisarios y agentes de la CHEKA de Dzerzhinsky. Pero como sucede a todos los constipados de las almas nobeles, fascinadas con la narración de "Los 10 días que conmovieron al mundo", de John S. Reed; el deslumbramiento de Carbó se le diluyó, por aburrido y macabro.
Antes de las 15:00 hr, después de apertrecharse de gasolina, la caravana de autos negros y lujosos, pasó frente a los centinelas sonrientes de la posta No. 1; ya al tanto del movimiento de sus compañeros; los cuales les franquearon el paso al campamento de Columbia, al oeste de la capital. Dentro, una reunión de las fuerzas políticas contrarias a Céspedes, tomaba forma de conspiración abierta para el coup d’etat o asonada cívico-mulitar, con el consecuente asalto al poder presidencial del manso presidente Cespedes, ya en funciones desde el 12 de agosto anterior.
Los autos soltaron la carga barroca en el Club de Alistados. El salón de reuniones era una confusión paralela a la que existió en la Torre de Babel. Los sargentos, civiles y soldados concertados para el meeting confuso, no veían al momento en que alguien llamara al orden.
El grupo de sargentos conjurados, ya desde antes; se habían hecho del atuendo exclusivo de los oficiales, uniformes, arreos, botas con espuelas y armas cortas de reglamento. El drama disponía del vestuario para impresionar e indicar al resto de los asistentes, que ellos estaban por un cambio radical en su condición de aforados simples, hacia las filas de la oficialidad. Pero, faltaban los aplausos que ellos estaban seguros provendrían de sus iguales, los soldados razos.
Estos líderes militares conspiradores, integraban el pequeño núcleo de la denominada "Unión Militar de Columbia" (UMC), cuyo objetivo inicial fue derrocar al gobierno machadista, e instaurar un gobierno cívico-militar, de facto. Todo estaba planeado para andar con los oposicionistas civiles, colgados de la cola.
Pero ese escollo, ya estaba salvado intrínsecamente desde el 12 de agosto; por la junta apoyada por la embajada norteamericana y que de repente les pasó por encima como un "volador de a peso", elevando a Céspedes como Presidente. Al igual que la mayoría de los asistentes, los sargentos estaban seguros de alzarse con una sustancial parte alícuota del triunfo.
Más al sur, no lejos, detrás de las caballerizas del hipódromo "Oriental Park " del mismo municipio, dos de los más altos líderes comunistas, especulaban. Discutían sobre la manera de colarse en la reunión convocada por los revolucionarios y otras fuerzas, en Columbia.
De paso purgarían al líder estudiantil Rubén Martínez Villena, también comunista, por fracasar éste en abortar —según un acuerdo secreto entre los comunistas y Machado— la huelga general oposicionista, convocada a inicios de agosto. La agenda pública de los líderes cívico-militares proponía, entre otras demandas, aumentos de sueldo y mejoras en la vida de las clases y soldados. Sin embargo, el guión real oculto, era aprovechar el momento de confusión; provocar la asonada y tomar el poder político, arrollando al gobierno opaco de Céspedes.
Los altos mandos de Ejército y los viejos líderes políticos andaban en un limbo, atentos a los caprichos y embelesos del Enviado Especial de los Estados Unidos, Exc. Benjamín Sumner Welles. Éste funcionario —quien formó parte de la estrategia global del Presidente Frankling D. Roosevelt—, debía bloquear cualquier intento de radicalizar al gobierno de Céspedes. Pero la otra parte de los cubanos, ya habían urdido y puesto en marcha sus planes propios.
—Queremos —clamó de pronto un soldado, aprovechando un inesperado momento de silencio— que el sargento Batista hable sobre lo nuestro.
El que escenificó la pala (llamado pre elaborado) de la propuesta, era otro de los complotado, Pablo Rodríguez, el más culto y lleno de inteligencia de entre ellos. El que también ahora apuntaba la veleta del auditorio hacia el extraño rostro achinado de Batista, apostado en la mesa ejecutiva.
Éste, se ajustó la guerrera, levantó el mentón, aspiró profundo y asumió una expresión tan dura como la vista en una foto del periódico pro machadista "Heraldo de Cuba". Se trataba nada menos que la del Duce, el líder italiano. Había advertido, por vez primera, los deleites y sensación que experimentó al oír su dulce nombre resonando ante un público, que le observaba entre atónito y receloso.
Como líder, se convenció de que en ese momento esperado se la estaba jugando el todo por el todo. Porque ese y no otro, era el momento de su climax. Con voz un tanto gutural e ignorando las eses, pero de verbo fácil; habló a los soldados en el idioma cuartelario y de caballerizas, que ellos entendían y los civiles no. Finalizó la arenga entre aplausos y vítores.
—Es verdad lo que dice el amigo Carbó —gritó Batista, enardecido—, no hay que esperar más para iniciar la revolución.
Dijo lo último en un tono inaudible, por el estruendo que ya había estallado en el salón. Entonces, pareció que el resto de todas las furias se habían desatado. Los comunistas, colados no invitados, se escurrieron previsoramente tal hacen los animalejos nocturnos.
En consonancia y en otra parte de la ciudad, en el elegante barrio del Vedado; un funcionario del gobierno cubano vestido de drill 100 crudo, zapatos marrones de dos tonos, corbatín carmelita y sombrero "de pajita"; se sentó en el asiento trasero del sedan negro, y le ordenó a su chofer:
—Lalo, al Hotel Nacional.
Por entonces, el lugar era la residencia oficial de Benjamín Sumner Welles, una especie de pro consul norteamericano. Éste, era el mismo Enviado Especial del State Department, al cual el cubano empingorotado andaba en ascuas y culillos, por contarle al americano el último chisme del Asunto Cubano.
La saga, continua.
© Lionel Lejardi. Enero, 2009
lejardil@bellsouth.net
Legacy Press
engliolejardi
Lionel Lejardi es Ing. Electricista. Investigador, historiador y analista de política nacional (EE.UU) e internacional. Estudia el Asunto Cubano y su influencia a escala planetaria. Reflexiona sobre categorías idealistas tipo, tales como las reveladas en “La Ciudad del Sol” de Tommaso Campanella y “Utopia” de Thomas More, entre otras, en calidad de placebos eclécticos hacia sociedades más justas. Aquellas, cuyas antítesis más notables eclosionaron en furiosos fracasos durante el Terror Jacobino (siglo XVIII) y el Totalitarismo Comunista (siglo XX), hoy desplegado por los castristas con el máximo de dureza, sobre Cuba.
El autor individualiza esta praxis de "clásica dictadura del proletariado," ya en fase de extinción; como osmosis tropical del marxismo corriente –el mismo ya degradado a ideología de segunda mano, por su autismo precoz–, aunque destilandole el ruido de la componente leninista, por nonata y séptica.
Es sintetizar el optimismo alegre del castrismo depredador actual, como subespecie de antimateria social auto destructiva y su dogma político contractual. Dizque son vestigios reptados hacia mundos paralelos, ya singularizados como dimensiones cuánticas (Teorema de Lulo-Kubilo) con el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, preludios de la Teoría de Cuerdas. Claro que explicado también, con palabras cuerdas.
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