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07
Jun 2009

Las antorchas mochas de "The New York Times"

Escrito por: engliolejardi el 07 Jun 2009 - URL Permanente

Se cumplen 50 años de dictadura comunista en Cuba
"Prohibir libros es una manera peculiar de oponerse al totalitarismo de Castro". Bajo este razonamiento ambiguo –se refería a los cubanos–, editorializó su opinión "The New York Times" en medio de antorchas mochas, tan temprano como en febrero 11 de 2009 y de lo que nos enteramos hoy. Nos dio la impresión de que dentro del diario cabalga algún ente travieso, que además de perturbador, desintoniza con ciertos principios ciudadanos fundamentales y constitucionales por los cuales nos hemos regido durante dos siglos.
La primera fase del caso terminó en los tribunales de primera instancia –a favor de la tesis patriótica cubana–, y ahora continua en los subsiguientes escalamientos judiciales lógicos. Para orgullo y tranquilidad de todos, es el imperio de la ley, a todo vapor, ininteligible para el moho diversionista que nos rodea.
Estructurando una frase simple, el editorialista pre supone y está convencido, de que hoy vivimos en un futuro raro y extra galáctico, según candilejas de un Charlot-Morlock inmerso en su extemporaneidad supina. Nuestro hombre –como "El hombre del Traje Blanco" de Alec Guinness– juega con dos planos asépticos diferentes y en tiempos distintos. Tal sucede cuando rompe lanzas al aplicar en EE.UU parámetros ya contemplados y de hecho protegidos por la Primera Enmienda. Es llover sobre lo mojado. Es hablar acerca de la necesidad de libertad, donde esta ya existe.
Un resultado así es impensable en inteligencias experimentadas, pero tales baches suelen suceder también. No son los cubanos en general sino la diáspora representativa exiliada en particular, la que clama justicia y no porque hubo injusticia deliberada, sino por accidentes conceptuales. Consideremos que la homogeneidad inicial de las fuerzas patrióticas cubanas, ha sido contaminada por actividades de los servicios de inteligencia castristas. No es ningún éxito de los comunistas, dado que se trata de telas con corte y ribeteo al estilo bayou, pero no exactamente a los quartiers elegres de New Orleans.
Protestar con honestidad absoluta por la presencia del libro "Vamos a Cuba" en nuestras bibliotecas infantiles, a causa de su influencia deletérea sobre los niños, es tan válido –y nunca los justos dejarán de comparar el simil, dada su universalidad– como las de los judíos si agentes pro fascistas introdujeran en el Sistema Escolar Israelita (SEI) un libro enaltecedor de los años "Der Führer des Dritten Reich".
Nadie en sus cabales seria indiferente a una tal reseña, como si aquel averno hubiera sido un paraíso terrenal y no l’inferno dantesco, tal es de abominable la Cuba comunista de hoy, tan celebrada por los descerebrados líderes que hoy campean en las praderas indoamericanas del Eje Apocalypto y sus menudencias.
De alguna forma, la exclamación del periódico es gemir por lo que ya existe. Tal es exactamente igual el sentido –no el contenido– de la pregunta que se hizo en algunos círculos elitistas de la sociedad norteamericana en el último quinto del siglo XIX. Entonces, este sector inquirió sobre cuál era la razón por la que se pretendía exaltar la libertad, republicanismo y democracia en EE.UU, precisamente donde estas ya existían con solidez casi absoluta..
Ello sucedió en ocasión de acordarse entre Francia y EE.UU la erección de la conocida "Statue of Liberty" en la desembocadura del río Hudson, ofrendada por la primera a la segunda, en ocasión del centenario de la Revolución Americana y su Constitución.
Los cubanos cuerdos, porque los discuerdos existen en todas las sociedades y etnias, no se abrogan derechos que vulneren la Constitución de EE.UU, sino los que la defienden. Se queja el periódico de la forma de oponerse a Castro, olvidando que éstos no se las ven con una dictadura convencional sino, otra extraordinariamente cruenta, en manos de experimentados represores. Otra cosa, bien repudiable, es secuestrar ejemplares del libro de las propias bibliotecas.
Luego, los editorialistas deben recordar que no vivimos en medio de perfecciones tales como "Jauja", "La Ciudad del Sol" o "Utopia". Si no a 90 millas de una "Animal Farm" –explotada cruelmente en Cuba por los comunistas–, tal las describió en su fabulario, George Orwell. Una realidad a domeñar por ellos, con el empleo de las mejores armas democráticas.
La dictadura dispone de institutos de Psicometría Epistemológica Social Aplicada –es la psiquiatría en función de los totalitarismos, luego, no es importante el nombre– dedicados al estudio y análisis del comportamiento del exilio cubano y sus integrantes moleculares, en cada país. Tal ellos tratan como supuetos conejillos de Indias, a los atribulados cubanos que subsisten en el hoyo del intramuro isleño.
De ahí los planes y diseño de estrategias sociópatas como "A Visit to Cuba" para perturbar el Sistema Escolar de los Estados Unidos. (SEEU). Tanto el periódico como la ACLU, se comportan como embebidos en las dulzuras de una liaison –virtual– como entre los antaño kamikazes (vientos divinos) y los Quijote inversos, al ignorar la protección de las víctimas. Es entonces en que evocan eufemismos tales como los mencionados "derechos" de los victimarios.
Se evidencia que tales libros bajo cuestión, a todas luces, no escapan a la incertidumbre de un presunto diseño habanero. Estos intrumentos son lo más parecido estructuralmente a lo que seria el antípoda de la "Divina Commedia", en describir al revés l’linferno di Dante Alighieri.
Las obras infieren ser fruto del coitus interruptus cómplice con el régimen y cuyo destino es falsear la realidad cubana, para los cubanos de intra y extramuros. Quizás, no.
En consonancia, lo cual es absolutamente ingenuo por parte del "The New York Times"; es que en su balance pedagógico del libro, arriba a la conclusión de que a lo sumo, la obra no hace más que "ofrecer un retrato extremadamente positivo de la vida bajo el régimen de Castro". De hecho, el periodico entiende que "la vida es positiva" –un eufemismo, puesto que el signo es negativo– cuando la isla está convertida en un basurero inmenso. Es el trabalenguas de hablar al revés e implícito desliza una cierta duda sobre la origen de los mismos, sin que ello sea tácito.
Esta reflexión, dentro del contexto de un análisis serio –dada la extrema influencia del periódico–, es para alquilar balcones. De ello se desprende que tanto el periódico como la ACLU, requieren de cuadrifocales de doble aro. Es cambiar el telescopio por el microscopio.
Casi todos los sistemas, gobiernos, religiones, etc.; están involucrados en algún tipo de restricción, índex, censura o como se le llame, por lo general enlazada a aspectos de seguridad, sanidad o buenas costumbres, no a la libertad en sí. Sin embargo las democracias legítimas como las de EE.UU, Reino Unido, Francia, Suiza, etc. están exentas per se de tales aberraciones. Las antorchas patrióticas cubanas difieren de las del "The New York Times" porque estas últimas; en lo de iluminar caminos y verdades, en este caso se quedan mochas.
Calibremos que como las mentiras, hay rechazos negros y blancos, nada de grises. Lo sucedido con "A Visit to Cuba" no es más que la acción de un filtro moral de la ciudadanía decente y democratica, no de un particular. Es el buen ejercicio de la Primera Enmienda, accionado contra agentes patógenos diseñados para tergiversar la realidad cubana de intramuros.
Así piensan también los cubanos por otros niños expuestos a esos disparates. Habría que ver el futuro cuento y fanfarrias que urdirán las plumas viles –siempre prestas a embellecer la infamia–, puestas al servicio de las pandillas castristas de Centro y Suramérica cuando narren sus respectivas epopeyas cruentas.
Después de 50 años de dictadura comunista, los pensantes de la ACLU niegan con mansedumbre de corderos, que lo del Dr. Fidel Castro sea una dictadura y menos, férrea. También los hay por ahí que niegan que Treblinka, Dachau y Mauthausen existieron. Los malvados saben el poder que destila la propagación irrestricta y consuetudinaria de mendacidades.
Los cubanos, rechazan que tanto sus niños como los de otras nacionalidades sean imbricados e inmersos en falsedades bajo estas sutilezas. Se oponen a esos libros, no por diferir con las opiniones emitidas por los autores, los megáfonos de aquí en nuestro patio o los de la boca habanera. Es a causa de algo mucho más simple: por mentirosos.

© Lionel Lejardi. Junio, 2009

lejardil@bellsouth.net
Legacy Press

14
Abr 2009

Las antorchas mochas del "The New York Times"

Escrito por: engliolejardi el 14 Abr 2009 - URL Permanente

Se cumplen 50 años de dictadura comunista en Cuba

"Prohibir libros es una manera peculiar de oponerse al totalitarismo de Castro". Bajo este razonamiento ambiguo –se refería a los cubanos–, "The New York Times" editorializó su opinión tan temprano como en febrero 11 de 2009. Nos dio la impresión de que en el diario cabalga algún ente travieso que además de perturbador, desintoniza con ciertos principios ciudadanos fundamentales y constitucionales, los cuales nos han regido durante dos siglos.
La primera fase del caso terminó en los tribunales de primera instancia –a favor de la tesis patriótica cubana–, cuyo dictamen continua su apelación en los siguientes escalamientos judiciales lógicos. Para orgullo y tranquilidad de todos, es el imperio de la ley a todo vapor, donde cobra más valor el procedimiento que los resultados.
Estructurando una frase simple, el editorialista pre supone y está convencido, de hoy no vivimos sino extrapolados en un futuro raro y extra galáctico, según candilejas de un Charlot-Morlock inmerso en una extemporaneidad supina. Nuestro hombre –como "El hombre del Traje Blanco" de Alec Guinness– juega con dos planos asépticos diferentes y en tiempos distintos. Tal sucede cuando rompe lanzas al aplicar en EE.UU parámetros ya contemplados y de hecho protegidos por la Primera Enmienda. Es llover sobre lo mojado, el hablar acerca de la necesidad de libertad, donde esta ya existe.
Un resultado así es impensable en inteligencias experimentadas, pero tales baches suelen suceder también. No son los cubanos en general sino la diáspora representativa exiliada en particular, la que clama justicia, para suspender dicho libro de nuestras bibliotecas. Consideremos que la homogeneidad inicial de las fuerzas patrióticas cubanas, ha sido contaminada por actividades de los servicios de inteligencia castristas. No es ningún éxito de los comunistas, dado que es tela de corte y ribeteo al estilo bayou claro que no estilo New Orleans.
Protestar con honestidad absoluta por la presencia del libro "Vamos a Cuba" en nuestras bibliotecas infantiles, sopesando su influencia deletérea sobre los niños, es tan válido –y nunca los justos dejarán de comparar el simil, dada su universalidad– como las de los judíos si agentes extranos introdujeran en el Sistema Escolar Israelita (SEI) un libro enaltecedor de los años "Der Führer des Dritten Reich" hitleriano.
Nadie en sus cabales sería indiferente a una tal reseña, como si aquel averno hubiera sido un paraíso terrenal y no l’inferno dantesco, tal es de abominable la Cuba comunista de hoy, tan celebrada por los decerebrados líderes que hoy campean en las praderas del Eje Apocalypto.
De alguna forma, la exclamación del periódico es gemir por lo que ya existe. Tal es exactamente igual el sentido –no el contenido– de la pregunta que se hizo en algunos círculos elitistas de la sociedad norteamericana en el último quinto del siglo XIX. Entonces, este sector inquirió sobre cuál era la razón por la que se pretendía exaltar la libertad, republicanismo y democracia en EE.UU, precisamente donde estas ya existían.
Ello sucedió en ocasión de acordarse entre Francia y EE.UU la erección de la conocida "Statue of Liberty" en la desembocadura del río Hudson, ofrendada por la primera a la segunda, en ocasión del centenario de la Revolución Americana y su Constitución.
Los cubanos cuerdos, porque los discuerdos existen en todas las sociedades y etnias, no se abrogan derechos que vulneren la Constitución de EE.UU, sino los que la defienden. Se queja el periódico de la forma de oponerse a Castro, olvidando que éstos no se las ven con una dictadura convencional sino, otra extraordinariamente cruenta, en manos de experimentados represores.
Luego, los editorialistas deben recordar que no vivimos en medio de perfecciones tales como "Jauja", "La Ciudad del Sol" o "Utopia". Si no a 90 millas de una "Animal Farm" –explotada cruelmente en Cuba por los comunistas–, tal las describió en su fabulario, George Orwell. Una realidad a domeñar por ellos, con el empleo de las mejores armas democráticas.
La dictadura dispone de institutos de Psicometría Epistemológica Social Aplicada –es la psiquiatría en función de los totalitarismos, luego, no es importante el nombre– dedicados al estudio y análisis del comportamiento del el exilio cubano en cada país. Tal ellos tratan como supuetos conejillos de Indias, a los atribulados cubanos que subsisten en el hoyo del intramuro isleño.
De ahí los planes y diseño de estrategias sociópatas como "A Visit to Cuba" para perturbar el Sistema Escolar de los Estados Unidos. (SEEU). Tanto el periódico como la ACLU, se comportan como embebidos en las dulzuras de una liaison –virtual entre los antaño kamikazes (vientos divinos) y los Quijote inversos, al ignorar la protección de las víctimas. Es entonces en que evocan eufemismos tales como los mencionados "derechos" de los victimarios.
Se evidencia que tales libros bajo cuestión, a todas luces, no escapan a la incetidumbre de un presunto diseño habanero. Estos intrumentos son lo más parecido estructuralmente a lo que representaria el antípoda de la "Divina Commedia", en describir al revés l’linferno di Dante Alighieri.
Las obras infieren ser fruto del coitus interruptus cómplice con el régimen y cuyo destino es falsear la realidad cubana, para los cubanos de intra y extramuros.
En consonancia, lo cual es absolutamente ingenuo por parte del "The New York Times"; es que en su balance pedagógico del libro, arriba a la conclusión de que a lo sumo, la obra no hace más que "ofrecer un retrato extremadamente positivo de la vida bajo el régimen de Castro". Implícito desliza una cierta duda sobre el origen de los mismos, sin que ello sea una partícula tácita.
Esta reflexión, dentro del contexto de un análisis serio –dada la extrema influencia del periódico–, es para alquilar balcones. De ello se desprende que tanto el periódico como la ACLU, requieren de cuadrifocales de doble aro.
Casi todos los sistemas, gobiernos, religiones, etc.; están involucrados en algún tipo de restricción, índex, censura o como se le llame. Sin embargo las democracias legítimas como las de EE.UU, Reino Unido, Francia, Suiza, etc. están exentas per se de tales aberraciones. Las antorchas patrióticas cubanas difieren de las del "The New York Times" porque estas últimas; en lo de iluminar caminos y verdades, se quedan mochas.
Calibremos que como las mentiras, hay rechazos negros y blancos. Lo sucedido con "A Visit to Cuba" no es más que la acción de un filtro moral de la ciudadanía decente, no de un particular. Es el buen ejercicio de la Primera Enmienda, accionado contra agentes patógenos diseñados para tergiversar la realidad cubana de intramuros. El Asunto Cubano no puede ser comprimido en un cintillo, tal como nos anuncia "The New York Times", es un poquito mayor.
Así piensan también los cubanos por otros niños expuestos a esos disparates. Habría que ver el futuro cuento que urdirán las plumas viles del mercado corriente –siempre prestas a embellecer la infamia–, puestas al servicio de las pandillas castristas de Centro y Suramérica cuando narren sus respectivas epopeyas.
Después de 50 años de dictadura comunista, los pensantes de la ACLU niegan con mansedumbre que lo del Dr. Fidel Castro sea una dictadura y menos, férrea. También los hay por ahí que niegan que Treblinka, Dachau y Mauthausen existieron. Los malvados saben el poder que destila la propagación irrestricta y consuetudinaria de mendacidades.
Los cubanos, rechazan que tanto sus niños como los de otras nacionalidades sean imbricados e inmersos en falsedades. Se oponen a esos libros, no por diferir con las opiniones emitidas por los autores, los megáfonos de aquí en nuestro patio o los de la boca habanera. Es a causa de algo mucho más simple: por mentirosos.

© Lionel Lejardi. Febrero, 2009

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Lionel Lejardi es Ing. Electricista. Investigador, historiador y analista de política nacional (EE.UU) e internacional. Estudia el Asunto Cubano y su influencia a escala planetaria. Reflexiona sobre categorías idealistas tipo, tales como las reveladas en “La Ciudad del Sol” de Tommaso Campanella y “Utopia” de Thomas More, entre otras, en calidad de placebos eclécticos hacia sociedades más justas. Aquellas, cuyas antítesis más notables eclosionaron en furiosos fracasos durante el Terror Jacobino (siglo XVIII) y el Totalitarismo Comunista (siglo XX), hoy desplegado por los castristas con el máximo de dureza, sobre Cuba.
El autor individualiza esta praxis de "clásica dictadura del proletariado," ya en fase de extinción; como osmosis tropical del marxismo corriente –el mismo ya degradado a ideología de segunda mano, por su autismo precoz–, aunque destilandole el ruido de la componente leninista, por nonata y séptica.
Es sintetizar el optimismo alegre del castrismo depredador actual, como subespecie de antimateria social auto destructiva y su dogma político contractual. Dizque son vestigios reptados hacia mundos paralelos, ya singularizados como dimensiones cuánticas (Teorema de Lulo-Kubilo) con el Principio de Incertidumbre de Heisenberg, preludios de la Teoría de Cuerdas. Claro que explicado también, con palabras cuerdas.

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