09 Ene 2008
Microrelatos
Dejó de escuchar el rumor de las olas al advertir que eran verdaderas.
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No podía oir la flauta dulce porque era diabético.
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Aunque miró desde el ojo de buey, no vio pasto alguno.
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El abuelo centenario sonreía cuando le decían que era un inmaduro. Pensaba que nunca se pudriría.
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Al fin conseguí que funcionasen mis dos inventos: la máquina del tiempo y la traspasadora de sentimientos. Utilizando la primera, conseguí experimentar con la segunda.
Mis conejillos de indias fueron los niños Adolfito, Benito, Paquito, Augustito, Osamita y unos cuantos más. Les coloqué los cascos de la traspasadora y les trasmití los sentimientos de los judíos, españoles, chilenos y de todos los que harían sufrir en el futuro.
Sus caritas de espanto reflejaban el dolor, el pánico y el terror que estaban sintiendo al recibir el flujo de sentimientos ajenos. Hoy el mundo está superpoblado y a dos de los niños les dieron el Nobel de la Paz.
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El ateo no soportaba estornudar. Siempre le decían " Jesús".
El enfermo no soportaba estornudar. Siempre le decían " salud". ==============================
Cuando se quería tranquilizar, montaba en Cólera, su yegua favorita.
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El fumador empedernido siempre se regalaba un cenicero los Miércoles de ceniza.
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Mi mujer está harta de que nos tengamos que mojar cada vez que hacemos el amor.
Me pregunta insistentemente:" ¿ Por qué tiene que estar mi gozo en un pozo?"
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Era el periodista que conseguía las mejores exclusivas y noticias.
La última fue un bombazo, que difundió volando por los aires.
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Era un buen misógino de nacimiento y pleno derecho. Su madre le abandonó y le maltrataron las cuidadoras del hospicio.
Pasados los años se enamoró de la mujer de su vida y la mató con todo el amor y dulzura del mundo
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Era un excelente jugador de tenis que nunca subía a la red; sufría de vértigo
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Era tan buen escritor de minirelatos, que le dieron el premio Nobel de Miniliteratura
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Empezó escribiendo una novela, pero resumió tanto las ideas, que consiguió el minirelato perfecto.
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El ermitaño era casi feliz rezándole a Dios, la lectura y su colección de insectos
Consiguió la dicha total el día que capturó mil luciérnagas y pudo leer también durante la noche.
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Jesucristo les dijo a los Apóstoles: comed y bebed todos. Judas y San Pedro tuvieron indigestión; al resto les duró la resaca varios días.
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Jesuscristo dijo: dejad que los niños se acerquen a mí. A los dos años era franquiciador de guarderias.
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Cayó rendida a sus pies, pero su olor mató el amor.
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Le preguntaron al desolado abuelo con Alzehimer-¿ Por qué llora señor?-
- No lo recuerdo- respondió.
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Toda la humanidad estaba aterrorizada ante la inminente llegada del fin del mundo. Sin embargo, Fausto, el judío y el holandés errantes se alegraron de la noticia porque de nuevo estarían todos juntos.
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Ayudó a Eneas a escapar de Troya, buscó el vellocino de oro, recorrió toda la China, cabalgó con Don Quijote y Sancho Panza, dio la vuelta al mundo y caminó por la Alcarria, entre otras muchas andanzas, a pesar de su tetraplejía congénita.
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Se anunció el fin del mundo a bombo y platillo.
Fue el programa de mayor audiencia en la historia de la televisión.
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Por las noches, cuando llegaban sigilosamente sus ardientes pretendientes se oían, entre pavorosos rugidos, desgarrados gritos de terror.
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Mis padres se conocieron en un colegio especial. Síndrome de Down él, una psicosis maníaco-depresiva le diagnosticaron a ella. Mil trabas familiares no impidieron que se enamoraran y yo naciera.
Crecieron en mi corazón, como dos tumores imparables, la compasión y la vergüenza. Salí absuelto del horrible crimen porque el jurado aceptó la tesis de mi defensa: locura transitoria.
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Está ingresado en un manicomio.Perdona y pide excusas a los que ofende. Utiliza el por favor y da las gracias. Da sin esperar recibir. Ama sin esperanza de ser amado.
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Mientras leía el otro día a Nietzsche me pregunté a mí mismo: si ahora soy el superniño ¿que seré de mayor?
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A pesar de ser un lactante, me gusta mucho la filosofía y por eso releí el otro día a Ortega y Gasset.
Que yo soy yo, lo tengo claro, pero mis circunstancias ¿serán los pechos de mi madre?
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Mi librero ama tanto a sus libros que en vez de venderlos, los da en adopción
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Nunca creí en los refranes ni en las supersticiones. Me casé y me fui de viaje de novios un 13 y martes. Nuestro matrimonio hizo aguas por todas partes y vivimos cada uno en una punta de la isla.
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Ernesto sufrió un gran desengaño amoroso.
Mandó una hoja de reclamaciones a los creadores del santoral para que hiciesen a San són patrón de los desenamorados
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Estaba terminando de apurar el muslo cuando se declaró románticamente: ya te dije que me gustabas tanto que te comería.
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Presumía de ser un gran pescador y mejor cocinero. Su restaurante siempre estaba lleno para degustar la especialidad de la casa: sirena a la sal.
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Aquella pareja de trogloditas nunca se dijo " te quiero", pero estuvieron enamorados hasta que la muerte los separó.
============================== Mi padre me decía que sin estudios no llegaría a ser nada.
Seguí sus consejos y termine la carrera. Triunfo en los negocios, estoy sano,tengo unos hijos y una mujer maravillosos, la gente me aprecia, pero...... no soy nada.
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Soy un Narciso y me gustan cuatro mujeres, pero a todas les encuentro defectos.
Rosa es hermosa, pero me aterran sus espinas.
Hortensia me ama, pero es cuatro veces yo.
De Margarita me aleja su indecisión
Violeta es dulce, pero su aroma es más delicioso que el mío y no lo podría soportar.
Como siga así, me veo girasol-tero el resto de mi vida.
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Cuando me conoció me prometió el oro y el moro.
Mi marido es el Rey Midas y mi amante Otelo.
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La Cenicienta, Blancanieves y la Bella Durmiente fueron a una fiesta. No encontraron a sus príncipes azules, pero conocieron a tres apuestos millonarios que las hicieron muy desgraciadas porque eran vegetarianos y nunca comían perdices.
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Cuando se aburría, salía a dar un paseo con un hacha y mataba el tiempo.
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Me casé con Guillermo Tell; un flechazo nos unió; nos casamos bajo el arco de una Iglesia, acertamos en la diana con nuestros hijos. Sin embargo, tensamos tanto la cuerda, que una tentación en forma de manzana provocó nuestra ruptura.
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Aquel snob cometió horribles crímenes, pero fue muy contento a la sala de ejecuciones ya que le esperaba la silla eléctrica de nuevo diseño
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Aunque su organismo funcionaba perfectamente, todas sus palabras destilaban bilis
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Todas las tardes se reunían en un café Fe, Esperanza y Caridad para hablar del hombre al que las tres amaban con pasión.
Fe contaba su certeza absoluta en ser la elegida.
Esperanza plañía su deseo de llegar a ser su eterna pareja.
Caridad era la única que no daba su opinión. Era su amante hacía más de tres años.
============================== Era una virtuosa con el arpa y haciendo el mal. Se presentaba a sí misma como Elena " la arpía"
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Las cuatro estaciones
Primavera
Insomne toda la velada, colmada de cantos, risas y carcajadas, he vigilado las nocturnas ilusiones de los que no participaron en la parranda. Pardales y gorriones se desperezan con trémulos aleteos y camuflan, con piar intransigente, los murmullos de la madrugada. Rugen unos rieles, en feroz pelea con indomables visillos, y se desatrancan unas ancianas troneras, que al deshojarse permiten la feroz embestida de mil esencias concentradas. Candiles naturales, que iluminan hasta el último escondrijo de la sala, apuntan a una figura con cabeza en mil culebrillas deshilachada.
Pían los vencejos en acrobáticos rasantes, gruñen los cuervos y declaman invisibles canciones las totovías. Borbotones y falsos rugidos de transparentes fluidos, que escarban y se tamizan entre cantos y guijarros, anuncian que las pardas montañas han vomitado la cristalina bilis de sus entrañas. Los canes transmiten tal algaraza, que los cirrosos rebaños bailan, al unísono, compactas danzas. El vigilante de mansas manadas alborota con desgañitados clamores y a sus silbos responden las lomadas. “Qué llueva, qué llueva los pajaritos cantan” creo entonar. Un trueno jadea, “las nubes se levantan; si descargan antes de dormir, la oscura sombra será fresca” y su advertencia se mezcla con el revoloteo de huidizas brozas esmeraldas.
Verdes alfombras, moteadas de colorados crespones y manitas azafranadas que hacen reverencias, sirven de lecho a los que en ellas descansan. Un desmelenado león canelo posa, en bucólica lámina, al lado de quien le ordena vigilar sus nerviosas pertenencias, sin perderlas ni un instante de su gris lontananza. Mozas refajadas, con esparto por calzas, flotan en el aire al son de tamboriles y flautas, escanciando el sudor de Baco de tinas abetunadas. “Sírveme, antes de la huida, un sorbo de este embriagador caldo” ruego sediento. “No, espere a que los pastores rematen su danza” se niega; y me mortifico impaciente por el momento que no llega.
Verano
Aletargado, embozado con las frazadas del sopor y el más cruel desapego, advierto su presencia por unos pasos que parecen aleteos de tórtolas y por el aroma a manzana que, al zarandear el aire, sus atavíos destilan. Paladeo, desahuciado de amor, la dulce corteza a fruta salvaje que unta los poros de su tez y cuando habla, escancio, sediento, su voz de burbujas. Ansío escuchar su aliento y respirarlo, como desesperado busca el preso un soplo de viento fresco. Yemas de corazón, índice y pulgar, ojos con relieves, arden como teas por el deseo de fisgarme con el haz de su mano, que ligera como golondrina, roza silenciosa cuando me acicala y asea.
Distingo secos sonidos, quebraduras de sarmientos de parra abandonada, y el giro chirriante de un gigantesco tornillo. En ese momento, siento las patas de mil frenéticas hormigas que corretean por mi cuerpo. Huesos y cartílagos se alinean y preparan para acariciar, con ligeros movimientos, losetas de marfil blancas y negras. Después un suspiro y, por la alcoba en la que perenne habito, comienzan a revolotear notas musicales que, engarzadas entre sí, desvelan a mis ausentes sentidos. “¿Este adagio es hermoso, verdad?” pregunto. Mientras, espero una pausa. “Sí, lo toco porque sé que le gusta y le calma” y extravío su voz en la decadencia de una tarde escarlata.
Abro los ojos para sentir y noto pequeños cosquilleos como si trotara una mosca entre mis pestañas. Percibo el reposo de mis pulmones y el lento fluir de la sangre por los meandros de mis venas. El cuarto rebosa compota de manzana y se esparcen miles de flores blancas por vigorosas corcheas empujadas. Cierro los ojos y mi cuerpo se iza, flota de esquina a esquina, siguiendo las ondas de la melodía. Suavemente, persiguiendo la muerte del sonido, de nuevo, me hundo en un húmedo lecho. “¿Ya no tocas más?” pregunto. “No, es tarde y tengo un sediento camino a casa”.Y me deja solo, cual expósito perdido, huérfano de aromas mientras retumban los truenos del fugaz aguacero.
Otoño
Ya estoy despierto y espero el susurro de un baile mágico, que contrasta con los cantos de un juglar ebrio. Una voz grave, a ratos aguda, risotadas y después el soñar de un jabalí enfurecido. Ladeo mi cabeza para sentir el pequeño huracán que crea su danza. Cuando me llega, bebo del flujo de las mandarinas que yacen en un nacarado frutero y desmenuzo invisibles grumos que nutren mi fuerza añorada. Sueño entre mis sueños que acerca sus labios y llena mis oídos de dulces palabras, veneno, si de ellas me alimentara. Me observa, golpea y siento el aguijón de la avispa que de nuevo me da la vida.
Tose una tapa al ser levantada, se quejan minúsculos huesos y unas hojas de papel, que parecen de estraza, estallan al ser volteadas. Silencio, una respiración entrecortada; al instante, su arte invita al baile a los campesinos que en el porche charlan y ríen sus chanzas. De repente, todos callan al escuchar a lo lejos estampidos secos que anuncian a los animales la llegada de la parca. Se repiten una y otra vez, timbales de huida entre armoniosos acordes. “Esta parte me gusta y angustia” susurro. Presiento que el silencio va a vencer y un “Perdone, no recordaba” mata las palabras. Abro mis inertes ojos y espero.
Se acercan gritos y aullidos de fiera acorralada por violentos arpegios. Mis cordeles se arrugan, me tensan y para no caer al abismo a ellos me aferro. Húmedos impactos noto en el pecho y deformo mi abertura, que expulsa restos de vida por las comisuras. Los jugos de mandarinas me azoran y me siento náufrago entre olas de roja espuma. Paran abruptamente las armonías; una mano se posa y me sosiega. “No toques más” ordeno. Se aleja y musita “espero descubrir el camino entre las marchitas hojas” Y me quedo solo, mientras escucho estertores de alimaña y mandobles de dagas.
Invierno
Sueño que me despierto. Tintineo de huesos y el tañer a opaca campana de mi quijada, no me han consentido la noche sosegar. El ululeo del canoso amanecer aldabea con saña las vidrieras y reta a lustrarlas con vahos ardientes. Un carraspeo, unas cautelosas huellas y un juvenil aliento que activa el hogareño infierno. Las fragantes y danzarinas sombras rojas no pueden ocultar el aroma a azahar que, al atusarse, se le escapa de su maraña de frágiles lianas. Ateridas y sutiles falanges de alabastro acarician la madera noble que me envuelve, ataúd que ampara mis entrañas. Iza la repujada cubierta y se tintan mis tinieblas de la tenue luz de la alborada.
Las nubes insisten en su llamada, arrojando sus heladas iras contra las transparentes tapias que nos resguardan. Se queja la madera, hollada por pies desnudos que discuten entre sí, mientras se restriegan contra el esponjoso y cálido felpudo. Un siseo, al frotar las palmas de unas manos, y la sala se anega de esbozos que perfilan premiosos movimientos y andares de puñal para no resbalar por la dehesa helada. Soy dragón cuando respiro y, cuando consigo hablar, pájaro carpintero: “Este allegro me roba el frío” musito. Otro siseo con sus manos “Por eso lo toco, muda lo gélido en estío” y siento como los acordes me elevan y raptan.
Risas de rapaces y mozas, avisos de cuidado, pero, algunos incautos por el empedrado ruedan. Se yerguen de nuevo y, cautelosos, se afianzan al terreno como equilibristas en la cuerda floja. Otros, corretean como torpes gaviotas por el centro de intransitables sendas. Tan absorto estoy en las imágenes, que casi no me percato del ácido y dulce pomelo que exhalan sus crespas vedejas. “Acaríciame un rato más, por favor” suplico. “Sí, la tarde es de acero y no me agrada ver su filo”. Y después de un adagio y dos allegros, sólo existe, de nuevo, el vacío.
06 Dic 2007
La piscina
Miguel se lanzó de cabeza a la piscina como hacían todos los chicos internos en el estricto y caro colegio religioso de los Hermanos de La Concordia. Nadó un largo y cuando iba a dar la vuelta, notó que sus pies chocaban con un bulto hundido debajo del agua. Se sumergió para ver qué era y sacó a la superficie el cuerpo de su amigo Agustín, enredado entre cables de acero que sujetaban la escalera al borde de la piscina. Miguel gritó espantado cuando vio el pecho amoratado y la cara desfigurada de su amigo, que guiñaba un ojo y hacía el signo de la victoria con su agarrotada mano derecha.
Agustín fue a nacer en una familia de noble abolengo; aristócrata venido a menos su padre y encopetada señora su madre, la Marquesa de Herreros de Iriazagorrechu. Tuvo muy mala suerte desde su nacimiento, por la altivez de su madre y por lo complicado que fue su parto. Su progenitora, de vacaciones en una de sus fincas, se negó tajantemente a que la ingresaran en el hospital público comarcal y ordenó, cara convulsa y sudorosa, que el chofer los llevase a la clínica particular de su primo en Madrid. Tuvieron que recorrer, a toda velocidad, trescientos cincuenta y dos kilómetros con doscientos siete metros, ya que el maniático de su padre ordenó poner el contador del automóvil a cero para comprobar la velocidad media que hicieron para llegar a su destino. Durante el escandaloso viaje, aderezado por un estruendoso claxon y el frenético flamear de un pañuelo blanco desde una de las ventanillas, la Marquesa ni se quejó, ni dijo una sola palabra, aunque rompió aguas y llegó a la clínica totalmente calada y tiritando de frío.
Una vez en el paritorio, el ginecólogo y la matrona intentaron convencer a la madre de que colaborase en el parto, pero esta se negó cuando comprobó que al primer empujón vació sus intestinos, ya que no aceptó que le pusieran un vulgar y ordinario enema. Ante la terquedad de la marquesa, decidieron practicarle una cesárea que casi le cuesta la vida a los dos, madre e hijo. Pasaron dos días hasta que pudo ver a Agustín, que, tal vez presintiendo la agria leche de su madre, se negó a mamar y daba insistentes arcadas cada vez que lo acercaban a la redonda y oscura areola del pezón. Fue una premonición de su tortuosa relación.
Agustín fue hijo benjamín de la familia y, como le pasó al resto de los hermanos, nunca tuvo una muestra de afecto y cariño por parte de sus padres. Los educaron las niñeras que constantemente rotaban por el hogar familiar, porque ninguna era capaz de aguantar más de un año al depravado y libidinoso padre y el trato despótico de la soberbia madre. Solamente la cocinera, a la que llamaban cariñosamente la tía Mila, resistió muchos años en aquella casa por el cariño que sentía por los niños, cariño que era totalmente correspondido. El padre pasaba semanas sin aparecer, -“asuntos de negocios” les respondía a sus hijos -, aunque años más tarde se enteraron que sus asuntos tenían que ver con el comercio de prietas y jóvenes carnes. La madre pasaba tardes enteras jugando a la canasta con sus inseparables y petulantes amigas, o encerrada a oscuras en su cuarto, alegando unas dolorosas migrañas.
Cuando los hijos cumplían quince años los enviaban a caros internados en prestigiosos colegios, en los que vivían durante todo el curso escolar con las excepciones de las navidades, semana santa y los dos meses de verano. Agustín, tal vez por ser el menos dócil de la familia, y también el peor estudiante, fue enviado al colegio de Los Hermanos de La Concordia, famoso por la dureza de sus profesores y por enderezar a los estudiantes más díscolos. Lo matricularon cuando cumplió los trece años, porque su madre no soportaba su pelo largo, sus gastados vaqueros y, sobre todo, la frescura y espontaneidad en sus contestaciones. Desde el primer día entró con mal pie, con el pie izquierdo como le dijo el hermano administrador Estrada, antiguo boxeador, tartamudo y especialmente cruel. “Estramazinger” fue el mote que le pusieron los alumnos que sintieron en sus mejillas sus sonoras y dolorosas bofetadas.
Todas las mañanas los despertaban a las seis y los obligaban, antes de ir a desayunar, a asistir a misa en la capilla del colegio y confesarse con el padre Millán de todos sus pecados, cometidos o no. Una vez terminada la “santa prisa”, como la llamaban, el estómago encogido por el miedo al infierno y el hambre, corrían como posesos al comedor donde les servían un vaso de leche con un sucedáneo del café y unas blandas y rancias galletas. A las ocho de la mañana tenían estudio obligatorio en la sombría biblioteca y a las nueve en punto formaban en rectas filas en el helado o tórrido patio, según la estación, hasta que una atronadora sirena daba la señal de entrada en las lóbregas clases. Uno tras otro, iban impartiendo sus asignaturas por las aulas los estrictos “hermanos de la discordia”, así llamados por los internos, por su facilidad para reñirlos e insultarlos como posesos. Después de comer tenían otra vez clase hasta las cinco y las tardes se les hacían eternas. Aterrados, intentaban que la somnolencia no les venciese, porque ser sorprendidos dando una cabezada, suponía un bofetón y ser castigados a levantarse una hora antes para limpiar todos los cacharros de la cocina.
Después de terminar las clases, tenían dos horas libres para salir del colegio, otras dos horas de estudio y la fría e insípida cena como preludio de la hora de dormir. Las noches se les hacían interminables, procuraban hablar entre siseos y estar atentos a la llegada de cualquier hermano de la discordia, pues todos tenían licencia para pegar, sobre todo el sádico “Estramazinger”. Agustín más de una noche recibió bofetadas de los hermanos, pero cuando le tocaba vigilar al antiguo boxeador, las bofetadas eran múltiples, porque el muchacho siempre le decía que no le había hecho daño y le ofrecía la otra mejilla. El hermano administrador Estrada, rojo como una tea, armaba una y otra vez los brazos hasta que le dolían las manos.
Las miradas de odio eran recíprocas y si se cruzaban en el patio o se encontraban en el comedor, “Estramazinger” primero le amenazaba con los nudillos, como si fuera el aguijón de un escorpión, para después obsequiarle con un doloroso capón en la cabeza, aunque no con la violencia y fuerza de sus rondas nocturnas. Cuando eso sucedía, Agustín se ponía en jarras y le escupía una frase entre dientes. Su único y fiel amigo Miguel, le preguntó que qué le mascullaba, y Agustín sólo decía “Me las pagarás, cabrón, me las pagarás”. Su amigo, bastante preocupado por el cariz que estaban tomando las cosas, le aconsejaba que no lo enojase más y que cuando se lo encontrase de frente, que se fuese por otro lado o se diese la vuelta, pero la respuesta de Agustín era: “Me las pagarás, cabrón, me las pagarás”.
El día que Miguel encontró el cuerpo de su amigo no pudo comer, porque no dejaba de pensar en el macabro hallazgo. Le venía la imagen del pecho amoratado y la mueca burlona de la cara de Agustín y se angustiaba y enfurecía al presentir que Estramazinger nunca le pagaría lo que le debía a su amigo. Absorto, Miguel abrió la taquilla de su cuarto y un sobre con su nombre cayó al suelo. Lo miró perplejo y lentamente lo abrió. Empezó a leer.
“Hola Miguel:
Te extrañará ver esta carta en tu taquilla, pero ya te dije que el cabrón me las pagaría. Ya sabes que el tarado tartamudo del Estramazinger es el administrador del colegio. Una de las obligaciones más importantes que tiene es la de velar por la seguridad de todos los alumnos internos. Nunca nos quejamos de las condiciones de la piscina, aunque podía llegar a ser peligrosa por los alambres que sujetaban la escalera. ¿Recuerdas el día que te dije que te escondieses detrás del seto y me grabases con la nueva cámara que te habían regalado? Yo desaté la escalera a propósito cuando él pasó por allí. Te extrañó mucho, cuando visionamos la cinta, que mientras él me gritaba que atase bien los alambres yo sólo le contestaba atemorizado, hermano, algún día se va a ahogar alguien aquí, esto es muy peligroso. Él me ordenaba que me callase y que volviese a sumergirme para sujetarla más fuerte. Cuando le dije que no pensaba volver a obedecerle nunca más porque me podía ahogar, me contestó que a partir de ese día yo era el encargado de ese trabaja todas las veces que a él le diese la gana. Me amenazó, si no le obedecía, que en sus rondas nocturnas iba a recordar sus tiempos de campeón de los pesos ligeros y que me iba a moler a palos.
Pues bien, Miguel, me pienso ahogar sonriendo y con los dedos haciendo el signo de la victoria, porque esa cinta la recibirán mis padres en un correo certificado. Y sé que van a interesarse mucho por las razones de mi muerte. No tengas pena, yo estoy contento, porque la indemnización que estoy seguro que van a reclamar, supondrá la cárcel para “Estramazinger”.”
"El Cable quemao"
Mientras aparcaba el deportivo en la puerta del cine, se me acercó aquel hombrecillo haciendo grandes aspavientos con los brazos. Era seco, fibroso, pelo ensortijado y una boca llena de dientes negros y cariados que le daban un aspecto un poco repugnante. Después de una serie de gestos y movimientos de sus manos, ayudados por un periódico enrollado, me abrió la puerta y haciendo una gran reverencia me pidió una propina por cuidarme el coche.
Sonriendo, me eché mano al bolsillo en el que sólo encontré tres monedas, que le entregué cuando se puso a mi lado. Me dio las gracias muy sonriente hasta que vio el precio que puse a su agotador trabajo. Debió de parecerle un pago indigno para una persona que conducía tal cochazo, pues noté la rabia y el odio que reflejaban sus ojos. Con gran parsimonia, levantó la mano en la que llevaba las monedas, las colocó en el parabrisas de mi coche y me dijo:
- ¿Tú te piensas que yo soy un mendigo republicano?
- Perdone, pero es que no tengo más dinero suelto, le dije con la voz entrecortada.
- Pues te puedes meter ese dinero por donde te quepa y ¿sabes lo que te digo?, respondió con gran dignidad.
- ¿ Qué me dices, desagraciado?, contesté bastante molesto.
- Que eres un tacaño, un roñoso, un tipejo y un señorito de mierda. Me lanzó toda una serie de improperios y alguna que otra maldición, a la que en ese momento no hice caso, mientras se alejaba a grandes zancadas.
Me sonreí y le pregunté a unos chicos que habían visto la escena, por el pequeño profeta. Éstos me contestaron que no le hiciese caso al “Cable Quemao” ( le llamaban así por lo delgado que era y por su eterno enfado) que siempre se enfadaba y discutía con casi todos sus clientes.
Ese día me desperté muy contento puesto que esa mañana casi había cerrado un trato fantástico, que supondría una gran inyección económica para mis negocios. Tenía una racha muy buena y todo lo que tocaba se convertía en oro. Estaba muy orgulloso de ser un empresario muy conocido en la ciudad, hecho a mí mismo a base de trabajar como una mula durante muchos años. Estaba encantado con mi familia y quería con locura a mi hermosa mujer, de la que me enamoré la primera vez que la vi. Mis dos hijas eran preciosas, listas y encantadoras y sentían por mí la misma adoración que yo sentía por ellas.
Nuestro chalet era el más grande de la zona residencial donde vivíamos y organizábamos unas fastuosas fiestas a las que acudían la creme de la creme de la ciudad. En esas reuniones cerré muchos negocios que me hicieron todavía más rico. Venían políticos, empresarios, artistas, escritores, en resumen, personas muy influyentes en todos los aspectos de la vida de la ciudad. Esa noche teníamos previsto celebrar la más impresionante y sofisticada que se pudiese imaginar. Vendría una orquesta muy famosa, habría champaña, caviar, jamón de pata negra, delicados quesos, dulces deliciosos y todo tipo de drogas para los más viciosos. Más de una vez había compartido lo último con políticos y empresarios y les había servido de acicate para cerrar el trato.
Iba a empezar a las nueve de la noche y ya estaba todo preparado en los jardines del chalet. El servicio de catering había instalado las mesas con la comida y los camareros, vestidos de smoking, paseaban nerviosamente por la zona donde se serviría la cena. El lugar parecía un hormiguero por la incesante actividad y las carreras de las personas que estaban colocando los cubiertos y las copas. Tan atareado estaba todo el mundo que no sintieron unas pequeñas gotas de agua que empezaron a caer sobre las mesas y las exquisitas viandas que habían preparado.
Lo que en un principio fue un leve calabobos, en un par de minutos se transformó en la tormenta más horrible que nunca había visto. Truenos, relámpagos, una cortina de agua que no dejaba ver más allá de un metro y un poco después comenzó a caer granizo del tamaño de pelotas de ping pong que destrozaron todo lo que estaba encima de las mesas. Las calles se convirtieron en torrenteras por las que era imposible circular, motivo por el que los esperados invitados no llegaron nunca a mi casa y todos mis planes y futuros negocios se fueron al garete.
La fuente principal de mis ingresos la constituía la venta de ganado vacuno y de carnes al por mayor, tanto a grandes centros comerciales como a organismos públicos. Ganaba mucho dinero, pero también mi ritmo de vida era muy elevado. Como todo hombre de negocios tenía invertido casi todo mi capital: naves industriales, un matadero, casas, lujosos coches, por lo que había firmado bastantes pólizas de crédito, hipotecas, letras de cambio y avales bancarios. También tenía que hacer frente todos los meses a la nómina de mis numerosos empleados y a los “incentivos” que me exigían tanto los funcionarios como los directivos de las grandes empresas con las que contrataba.
Estuve encerrado tres días en mi casa sin poder salir. Daba vueltas sin parar, nervioso como un gato en celo, gritaba a la sirvienta, a mis hijas a mi mujer a... todo el que se ponía cerca de mi radio de acción. No sólo no podíamos salir, sino que también estábamos incomunicados porque no funcionaba ningún tipo de teléfono. Para distraerme puse la radio y empecé a oír las noticias. Muertos por aquí, muertos por allá; la “gran tormenta” como la llamaban, había provocado el caos más impresionante en los últimos cien años en nuestra coqueta ciudad. Pero la noticia que más me llamó la atención no fue ninguna de las que narraba todas las calamidades sufridas en esos días, sino una bastante corta que hablaba de una enfermedad. Por lo que contaron, la sufrían las vacas y la transmitían a las personas; encefalopatía esponjosa o algo así me pareció entender y no me hizo ninguna gracia el dichoso comunicado.
Cuando todo volvió a la normalidad, bueno todo no, (desde la tormenta pase de ser el Rey Midas al gafe más grande que pisaba la tierra) empezaron a irme las cosas bastante mal. La dichosa enfermedad “esponjosa” provocó que mis tiendas dejaran de vender carne, que los pedidos disminuyesen drásticamente y que mis contactos desaparecieran como por arte de magia. A perro flaco todo son pulgas y comenzaron a vencerme las letras de cambio, mis acreedores surgieron a pares y encima tenía una serie de pagos urgentes por lo que necesitaba liquidez inmediata.
Cuando me quise dar cuenta estaba metido, en menos de tres meses, en una espiral de embargos, desahucio de mis propiedades y viviendo con mi familia en casa de mi suegra. La víbora aquella provocó que mi mujer y yo tuviésemos unas broncas horribles y verduleras, en las que salieron a relucir nuestros peores sentimientos. “ Ya te decía yo que este tío era un mamarracho” decía mi suegra con una sonrisa de oreja a oreja ya que siempre me había odiado a muerte. Pensaba que yo era un inculto venido a más por la fortuna y la casualidad en mis negocios. Llegó a enfrentarme con mis hijas, que cuando no pudieron llevar el ritmo de vida que yo les había mantenido hasta entonces, empezaron a despreciarme.
Finalmente me echaron de la casa y me vi en la calle, con una mano delante y otra detrás. Le di vueltas y vueltas a lo que me podía haber pasado, hasta que recordé la maldición del “Cable Quemao”: “te maldigo, cien veces cien y lo que hoy es, mañana nunca será”. ¡Será cabrón el tio! Por cierto, ahora que trabajo de mendigo monárquico, sonrío maliciosamente cada vez que veo acercarse a algún ricachón conduciendo sus estupendos deportivos.
24 Nov 2007
LAS CUATRO ESTACIONES
LAS CUATRO ESTACIONES

Primavera
Insomne toda la velada, colmada de cantos, risas y carcajadas, he vigilado las nocturnas ilusiones de los que no participaron en la parranda. Pardales y gorriones se desperezan con trémulos aleteos y camuflan, con piar intransigente, los murmullos de la madrugada. Rugen unos rieles, en feroz pelea con indomables visillos, y se desatrancan unas ancianas troneras, que al deshojarse permiten la feroz embestida de mil esencias concentradas. Candiles naturales, que iluminan hasta el último escondrijo de la sala, apuntan a una figura con cabeza en mil culebrillas deshilachada.
Pían los vencejos en acrobáticos rasantes, gruñen los cuervos y declaman invisibles canciones las totovías. Borbotones y falsos rugidos de transparentes fluidos, que escarban y se tamizan entre cantos y guijarros, anuncian que las pardas montañas han vomitado la cristalina bilis de sus entrañas. Los canes transmiten tal algaraza, que los cirrosos rebaños bailan, al unísono, compactas danzas. El vigilante de mansas manadas alborota con desgañitados clamores y a sus silbos responden las lomadas. “Qué llueva, qué llueva los pajaritos cantan” creo entonar. Un trueno jadea, “las nubes se levantan; si descargan antes de dormir, la oscura sombra será fresca” y su advertencia se mezcla con el revoloteo de huidizas brozas esmeraldas.
Verdes alfombras, moteadas de colorados crespones y manitas azafranadas que hacen reverencias, sirven de lecho a los que en ellas descansan. Un desmelenado león canelo posa, en bucólica lámina, al lado de quien le ordena vigilar sus nerviosas pertenencias, sin perderlas ni un instante de su gris lontananza. Mozas refajadas, con esparto por calzas, flotan en el aire al son de tamboriles y flautas, escanciando el sudor de Baco de tinas abetunadas. “Sírveme, antes de la huida, un sorbo de este embriagador caldo” ruego sediento. “No, espere a que los pastores rematen su danza” se niega; y me mortifico impaciente por el momento que no llega.
Verano
Aletargado, embozado con las frazadas del sopor y el más cruel desapego, advierto su presencia por unos pasos que parecen aleteos de tórtolas y por el aroma a manzana que, al zarandear el aire, sus atavíos destilan. Paladeo, desahuciado de amor, la dulce corteza a fruta salvaje que unta los poros de su tez y cuando habla, escancio, sediento, su voz de burbujas. Ansío escuchar su aliento y respirarlo, como desesperado busca el preso un soplo de viento fresco. Yemas de corazón, índice y pulgar, ojos con relieves, arden como teas por el deseo de fisgarme con el haz de su mano, que ligera como golondrina, roza silenciosa cuando me acicala y asea.
Distingo secos sonidos, quebraduras de sarmientos de parra abandonada, y el giro chirriante de un gigantesco tornillo. En ese momento, siento las patas de mil frenéticas hormigas que corretean por mi cuerpo. Huesos y cartílagos se alinean y preparan para acariciar, con ligeros movimientos, losetas de marfil blancas y negras. Después un suspiro y, por la alcoba en la que perenne habito, comienzan a revolotear notas musicales que, engarzadas entre sí, desvelan a mis ausentes sentidos. “¿Este adagio es hermoso, verdad?” pregunto. Mientras, espero una pausa. “Sí, lo toco porque sé que le gusta y le calma” y extravío su voz en la decadencia de una tarde escarlata.
Abro los ojos para sentir y noto pequeños cosquilleos como si trotara una mosca entre mis pestañas. Percibo el reposo de mis pulmones y el lento fluir de la sangre por los meandros de mis venas. El cuarto rebosa compota de manzana y se esparcen miles de flores blancas por vigorosas corcheas empujadas. Cierro los ojos y mi cuerpo se iza, flota de esquina a esquina, siguiendo las ondas de la melodía. Suavemente, persiguiendo la muerte del sonido, de nuevo, me hundo en un húmedo lecho. “¿Ya no tocas más?” pregunto. “No, es tarde y tengo un sediento camino a casa”.Y me deja solo, cual expósito perdido, huérfano de aromas mientras retumban los truenos del fugaz aguacero.
Otoño
Ya estoy despierto y espero el susurro de un baile mágico, que contrasta con los cantos de un juglar ebrio. Una voz grave, a ratos aguda, risotadas y después el soñar de un jabalí enfurecido. Ladeo mi cabeza para sentir el pequeño huracán que crea su danza. Cuando me llega, bebo del flujo de las mandarinas que yacen en un nacarado frutero y desmenuzo invisibles grumos que nutren mi fuerza añorada. Sueño entre mis sueños que acerca sus labios y llena mis oídos de dulces palabras, veneno, si de ellas me alimentara. Me observa, golpea y siento el aguijón de la avispa que de nuevo me da la vida.
Tose una tapa al ser levantada, se quejan minúsculos huesos y unas hojas de papel, que parecen de estraza, estallan al ser volteadas. Silencio, una respiración entrecortada; al instante, su arte invita al baile a los campesinos que en el porche charlan y ríen sus chanzas. De repente, todos callan al escuchar a lo lejos estampidos secos que anuncian a los animales la llegada de la parca. Se repiten una y otra vez, timbales de huida entre armoniosos acordes. “Esta parte me gusta y angustia” susurro. Presiento que el silencio va a vencer y un “Perdone, no recordaba” mata las palabras. Abro mis inertes ojos y espero.
Se acercan gritos y aullidos de fiera acorralada por violentos arpegios. Mis cordeles se arrugan, me tensan y para no caer al abismo a ellos me aferro. Húmedos impactos noto en el pecho y deformo mi abertura, que expulsa restos de vida por las comisuras. Los jugos de mandarinas me azoran y me siento náufrago entre olas de roja espuma. Paran abruptamente las armonías; una mano se posa y me sosiega. “No toques más” ordeno. Se aleja y musita “espero descubrir el camino entre las marchitas hojas” Y me quedo solo, mientras escucho estertores de alimaña y mandobles de dagas.
Invierno
Sueño que me despierto. Tintineo de huesos y el tañer a opaca campana de mi quijada, no me han consentido la noche sosegar. El ululeo del canoso amanecer aldabea con saña las vidrieras y reta a lustrarlas con vahos ardientes. Un carraspeo, unas cautelosas huellas y un juvenil aliento que activa el hogareño infierno. Las fragantes y danzarinas sombras rojas no pueden ocultar el aroma a azahar que, al atusarse, se le escapa de su maraña de frágiles lianas. Ateridas y sutiles falanges de alabastro acarician la madera noble que me envuelve, ataúd que ampara mis entrañas. Iza la repujada cubierta y se tintan mis tinieblas de la tenue luz de la alborada.
Las nubes insisten en su llamada, arrojando sus heladas iras contra las transparentes tapias que nos resguardan. Se queja la madera, hollada por pies desnudos que discuten entre sí, mientras se restriegan contra el esponjoso y cálido felpudo. Un siseo, al frotar las palmas de unas manos, y la sala se anega de esbozos que perfilan premiosos movimientos y andares de puñal para no resbalar por la dehesa helada. Soy dragón cuando respiro y, cuando consigo hablar, pájaro carpintero: “Este allegro me roba el frío” musito. Otro siseo con sus manos “Por eso lo toco, muda lo gélido en estío” y siento como los acordes me elevan y raptan.
Risas de rapaces y mozas, avisos de cuidado, pero, algunos incautos por el empedrado ruedan. Se yerguen de nuevo y, cautelosos, se afianzan al terreno como equilibristas en la cuerda floja. Otros, corretean como torpes gaviotas por el centro de intransitables sendas. Tan absorto estoy en las imágenes, que casi no me percato del ácido y dulce pomelo que exhalan sus crespas vedejas. “Acaríciame un rato más, por favor” suplico. “Sí, la tarde es de acero y no me agrada ver su filo”. Y después de un adagio y dos allegros, sólo existe, de nuevo, el vacío.
Sobre este blog
MARIANO GIMENO MACHETTI.EL 18 DE FEBRERO A LAS 19
Mariano Gimeno MachettiMariano Gimeno Machetti
S/C de Tenerife,
Licenciado en Periodismo.He colaborado en periódicos locales del El Día, Diario de Avisos (Suplemento cultural El Trulenque), La Opinión y TF-Press, en el que tenía una columna fija llamada "La Ortiga". Debajo hay algunos artículos escaneados. He publicado un libro titulado "Muerte, sonrisas y algunos llantos" y el próximo 19 de febero a las 19 horas, en la Biblioteca Pública del estado (Al lado Parque La Granja) presento mi segundo libro "Obsesiones, engaños y desengaños"
MI CORREO PERSONAL ES : info38@canarias.org
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