28 Abr 2008

AÑORANZAS DEL PASADO: "PALOMA, LA CABRA"

Escrito por: MANUEL JOSÉ ESTÉVEZ SÁNCHEZ el 28 Abr 2008 - URL Permanente

RELATO BREVE

En la exigua y humilde cocina, aún en semipenumbra, presidida por la campana de la chimenea, reinaba un penetrante olor a humo. Sentado en un tocón de fresno, que a la vez servía de tajo para partir la carne, el abuelo, hombre corpulento y curtido, encendía la lumbre de la chimenea. Sus fuertes y agrietadas manos alimentaban las llamas con escobas secas y fina leña de encina, cuyas hojas leñosas y puntiagudas, al entrar en contacto con el fuego, crepitaban despidiendo minúsculas ascuas incandescentes, que a la débil luz del candil se asemejaban a luciérnagas saltarinas. La abuela, mujer enjuta, pero enérgica, sentada en la escañeta, picaba unas rebanadas de pan duro para ensopar la leche de los niños. Prematuramente envejecida por las penas pasadas, vestía de luto riguroso: camisa negra, saya negra, medias negras, toquilla de punto negra y pañuelo azabache cubriendo los blancos cabellos de nieve, que todas las mañanas rociaba con esencia de azahar. La hija, azarada, se afanaba sacando los platos de barro para el almuerzo de la alacena empotrada en la pared amarillenta, cuyas desvencijadas puertas de celosía apenas protegían la loza del polvo.

La abuela, una vez colmado el cuenco de pan picado, se dirigió a la cuadra con un renegrido caldero de la mano. Paloma, la cabra, aún rebañaba con su sonrosada y puntiaguda lengua los últimos granos de cebada de la pesebrera cuando la abuela abrió la puerta. Al verla, se quedó mirándola un instante con aquellos ojos redondos y pequeños, igual que dos aceitunas azabaches maduras. Pero, al punto, siguió engullendo la cebada con la glotonería habitual. La Paloma, como decía la abuela cada vez que la veía comer con aquella avaricia: “era un animal muy tragón, siempre con la cabeza gacha y moviendo los carrillos”. No le faltaba razón, durante los cinco meses de gestación había comido a boca llena, todo era poco para ella. Hacía una semana que había parido dos cabritos vivarachos y respingones. Saltarín y Blanquillo, los habían bautizado los niños. Los calostros les habían conferido una rebosante vitalidad; no había más que ver su blanco pelo, espeso y mullido cual copo de nieve recién caído. El abuelo siempre lo decía: “si los animales no maman calostros hasta verse hartos, no tendrán jijas nunca”. Los cabritos hacían las delicias de los más pequeños, que se pasaban el día intentando entrar en la cuadra para jugar con ellos. El mayor de los tres rapaces, oteaba el horizonte y, cuando estaba despejado, llamaba a sus otros dos hermanos para entrar a hurtadillas. El abuelo no les dejaba jugar con los lechales, decía que “la cabra los aborrecía, cortándoles la leche, si los olía diferentes”.

- Tranquila Paloma, soy yo – le hablaba la abuela, mientras le pasaba la mano por el lomo-. Calma, bonita,... calma...

Era el primer día que la ordeñaba después de parida. Sus generosas ubres estaban a rebosar, los cabritos aún no habían mamado. La abuela, remangándose la saya, se sentó en la tajuela y le lavó los pezones con agua caliente para eliminar podredumbres y estimular la bajada de la leche. Colocó la colodra bajo las tetas y comenzó a ordeñar a la Paloma con delicadeza. Presionaba los pezones con el dedo pulgar flexionado hacia dentro, para que al cerrar la palma de la mano la leche fluyera con firmeza; primero la diestra y después la siniestra, así alternativamente. Y sin parar de hablarle con dulzura:

- Así, así, Paloma. Venga, venga, así... tranquila...

A la Paloma había que ordeñarla con cariño, y siempre la misma mano. Sólo la abuela había conseguido sacar leche de sus ubres. Pero a pesar de ello, de recién parida, alguna que otra coz le había lanzado, tirando la colodra con la leche. Luna, la perra, siempre oportuna, guiada por su instinto canino, corría a lamer el delicioso líquido caliente y espumoso antes de que la paja de la cuadra la absorbiera, haciéndola desaparecer engullida en un instante como por arte de magia.

Cuando el calderín tuvo la suficiente leche para el almuerzo de los niños, la abuela dejó de ordeñar; ocasión que los cabritos aprovecharon para aferrarse, veloces como galgos, a los pezones, sorbiendo el blanco y cremoso fluido con verdadera fruición y glotonería.

De vuelta en la cocina, la abuela preparó el almuerzo para los rapaces, que impacientes esperaban sentados a la mesa, y sin entretenerse en remilgos lo engulleron de sopetón.

El abuelo, sentado en el tocón de fresno, continuó azuzando la lumbre con los fuelles. Una vez que los añosos troncos de encina se transformaron en incandescentes ascuas, las sacó con la badila colocándolas en el herrumbroso brasero sobre una solera de negro cisco, que acto seguido tapó con unas paletadas de ceniza para que se consumieran lentamente. Antes de colocar el brasero bajo la mesa, esperó unos instantes; tenía que comprobar si había algún tufo. Y efectivamente, al cabo de unos segundos un humazo oscuro comenzó a abrirse paso entre la volátil ceniza. Con las tenazas escarbó siguiendo el rastro que dejaba la fumata hasta descubrir la brasa que provocaba la bocanada de humo; sin remover en exceso, sacó la llameante ascua y la arrojó de nuevo a la lumbre. Después, levantando con tiento los arropijos que cubrían la mesa para evitar que el calor se escapara, acomodó el brasero sobre la caja de madera que servía de receptáculo y lo tapó con la alambrera. Aunque por esa época del año los rayos de sol ya incidían con fuerza atemperando desde muy temprano los hogares, la abuela se quejaba que con el relente de la madrugada se le engarañaban las manos y, por miedo a que le brotaran de nuevo los sabañones, se sentaba al brasero mientras los gatos ronroneaban a su alrededor. Ella siempre lo decía: “hasta el cuarenta de mayo no hay que quitarse el sayo, ni descuidar el brasero por si acaso”.

(Fragmento extraído de la novela “EL CABALLERO DE LA FINOJOSA” y adaptado para esta publicación.)

Por: MANUEL JOSÉ ESTÉVEZ SÁNCHEZ

1 comentario Escribe tu comentario

guendy dijo

gracias por elegirme entre tus amigos pasaré con tiempo por tu casa para visitarte como se merece.
Salud amigo

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