29 Abr 2008
AÑORANZAS DEL PASADO: "LA MATANZA"
El día de San Eloy, ya iniciado diciembre, amaneció frío y desabrido. Un crudo viento racheado de poniente se colaba hasta los tuétanos. Durante la noche las estrellas tachonaron el firmamento como trémulas luciérnagas y, a su amparo, la inmisericorde helada cubrió los rojizos tejados con un gélido embozo blanco. Al alba, unos furtivos rayos bermejos se obstinaban por romper la fría costra de cristal que cubría los escasos charcos que a jirones embarraban las calles. Y en la solana, las estalactitas de hielo se aferraban a los aleros de los tejados destilando gota a gota su diáfano líquido helado.
El muchacho, con las manos ateridas, izaba la yerta soga de cuyo extremo pendía un balde de madera con el que llenaba el pilón de granito donde abrevaban las ovejas. Las cristalinas aguas del pozo, al entrar en contacto con el carámbano que se había formado en la superficie del pilón, fragmentaban en mil trozos crepitantes el transparente manto.
La perra correteaba por el corralón asustando a las gallinas con sus alocadas carreras. Las ovejas, espantadas por los ladridos, berreaban guarecidas del gélido viento dentro del desvencijado cabañal. Sus viejas paredes de lanchas de pizarra, con el paso de los años, se habían combado y con dificultad sostenían el rudimentario tejado hecho con trama de escobas, recubiertas con excrementos de caballo y mantillo de hierba.
Mientras el muchacho se afanaba llenando el pilón, su padre repartía la postura de cebada en las pesebreras de madera. Y las ovejas, prontas, acudieron a engullir su ración cesando al instante el pertinaz berreo.
- ¿Ves que rápido dejan de berrear?
- ¡Cuánta razón tiene el abuelo!: “oveja que berrea, pierde bocao” –observó el muchacho.
- Anda, si has terminado de sacar agua, acércate a casa de tu tío y le dices que abrevie. Cuanto antes empecemos la matanza, antes acabaremos. Y también avisa al herrador y al capador; diles que se anden listos. Yo voy a la cocina apañando los cuchillos.
Para San Martín, si la otoñada había sido abundante en bellotas, los guarros ya estaban metidos en arrobas. Y, por entonces, en el pueblo comenzaban las matanzas. Las calles se impregnaban de un fuerte olor a chamusquina y en cada rincón se dejaban oír los ahogados gruñidos de los marranos al ser degollados.
Al abuelo le gustaba esperar hasta que pasaran las blanduras de los nublados, no fuera a ser que se echaran a perder los chorizos. Y hasta pasado San Andrés, nunca mataba el marrano. Por entonces los cielos ya raseaban y era muy raro que algún día se presentara con humedades.
El día de la matanza todo el mundo había amanecido con el alba, había mucha tarea por hacer. En la cocina las mujeres se afanaban limpiando las artesas donde se adobaba la carne, acomodando la loza y las cazuelas, picando los ajos y las cebollas matanceras para el adobo, migando el pan duro para las morcillas o acomodando los trébedes en el lar para que sustentaran el gran caldero de cobre.
En la pocilga el marrano ya esperaba; negro como un tizón, tenía los tocinos bien prietos, el hocico afilado y las patas estilizadas de tanto trotar por los montes hozando entre las encinas y los piornos. El abuelo lo había comprado, siendo ya un cebón metido en carnes, en la feria de Mayo. Desde entonces lo criaron a capricho: todos los días se lo llevaba el porquero a pastar con la piara al monte y después, de regreso en la cochiquera, no le faltó nunca el beberajo en la tolva. Se lo hacían con una harina renegrida de avena envuelta con un poco de agua y, si algún día faltaba el cereal, diluían en el agua unos cuantos cagajones secos y el marrano lo comía con la misma avaricia. Con ese trato, así estaba él, que pasaba de las quince arrobas bien encalcadas.
La mañana de San Eloy la tolva estaba vacía y el marrano, acostumbrado al buen yantar, gruñía desesperado reclamando su beberajo. Desde la tarde anterior lo tenían a base de agua, para que limpiase bien el intestino, no fuera a ser que al abrirlo le reventaran las tripas.
Cuando el abuelo descorrió el cerrojo de la puerta de la cochiquera, el guarro, que se afanaba hozando con su afilado hocico en el estiércol de la pocilga en busca de algún alimento, levantó la jeta para otear aquella claridad terrosa que se colaba por la puerta entreabierta y a hurtadillas se enfiló hacia ella. Con sigilo asomó el hocico para husmear. Y como el rayo, dos manos de acero se aferraron a sus orejas. El verraco, con las duras cerdas de su lomo erizadas y todos sus músculos en tensión, reculaba con energía haciendo vanos los esfuerzos de los tres hombres para sacarlo de la cochiquera. Después de mucho bregar, los hombres consiguieron sacar al marrano de la pocilga, que al verse fuera de su protector cubil comenzó a lanzar tarascadas a diestro y siniestro para zafarse de sus captores. Las más de quince arrobas de músculos y tocino le conferían una fuerza difícil de someter.
- ¡Agarraros bien! Tiene más nervio que el toro de la villa.
- ¡Y ahora, todos a una! –ordenó el abuelo para que subieran al verraco sobre la mesa de matar que, sólidamente construida con las tablas de un viejo trillo vueltas del revés, aún conservaba incrustadas en el envés las afiladas piedras de sílex que habían servido en su día para desgranar el trigo.
El cerdo hacía ímprobos esfuerzos por zafarse de los férreos brazos que lo sometían, lanzando violentas tarascadas, a la vez que emitía desesperados gruñidos que se perdían en el gélido aire de la mañana.
El abuelo, matarife experto, tomó el cuchillo en mano. Su hoja, larga y afilada, centelleaba amenazadora bajo el desabrido sol del frío amanecer, congelando el hálito del marrano.
La cuchillada fue precisa, la fría hoja de escarcha penetró la negra capa de cuero y se introdujo sigilosamente en el pescuezo del animal. Como un huraño ladrón de almas seccionó de un tajo seco la traquea, ahogando los gruñidos en el silencio de la nada. Después cercenó la yugular, provocando un calido borbotón de sangre que anegó el desnudo brazo homicida. Y entre espasmos angustiados el marrano se estremeció buscando el último hálito de vida que la sigilosa muerte le estaba arrebatando.
Una de las mujeres, con un balde de madera en la mano, acudió pronta a recoger el rojizo líquido caliente que a borbotones brotaba por la hendidura que había hecho la gélida hoja del cuchillo. Y con el cucharón de madera en la mano movía sin parar la sangre que manaba en la caldereta.
- ¡Mueve, hija! No dejes de dar vueltas hasta que se enfríe. Si se cuaja la sangre se echan a perder las morcillas.
Los niños, que atemorizados por los gruñidos habían permanecido escondidos tras la puerta de la cocina, al fin se atrevieron a salir, asiendo del rabo al inofensivo animal, que inerme yacía sobre el tajo.
Después los hombres, ayudándose de las parihuelas, transportaron al cerdo hasta el montón de gavillas de paja de centeno esparramadas en el suelo. Lo acomodaron de costado sobre aquella mullida superficie y lo cubrieron con unos cuantos haces más de paja. La pira estaba preparada, sólo faltada darle yesca para que la combustión de la liviana paja chamuscara las duras cerdas que cubrían el negro cuero del marrano. Los niños, ateridos de frío, permanecían alrededor esperando el momento en que el abuelo encendiera la hoguera. Y las resecas pajas de centeno, que el abuelo había guardado engavilladas en lo alto de la tenada desde el verano, ardieron como la yesca; impregnando el gélido aire de la mañana con un olor acre de cuero quemado, anegando la atmósfera del corralón de un humo negro y espeso.
El abuelo, ayudado de un estaujo de fresno, alzó las patas del cerdo para que con unos largos bálagos de centeno, chamuscaran bien los duros pelos de las sobaqueras. A continuación voltearon al cerdo sobre el otro costado y repitieron la operación.
Los niños se encargaban del acarreo del agua caliente desde la cocina, donde al amor de la lumbre hervía en el gran caldero de cobre que colgaba sobre el lar. La vertían a cazos sobre el chamuscado cuero del marrano, mientras los hombres, ayudados de ásperas piedras de granito, raspaban sin cesar.
Una vez limpio el cuero, pusieron al guarro de nuevo en las parihuelas y lo encaramaron a la mesa alta; acomodándolo sobre sus lomos, con las patas en alto y la cabeza colgando. El abuelo le pasó la soga larga por las corvas y lo amarró a la mesa para que no se meneara al descuartizarlo. Después, con pulso firme, le marcó con la punta del cuchillo el corte sobre el vientre. Y con tiento, para no perforar los intestinos, cortó la barriguilla, que salió limpiamente y con al menos cuatro dedos de tocino entreverado. A continuación, con las entrañas del cerdo aún calientes, le seccionó el esófago para sacarle los intestinos de cuajo, depositándolos en una artesa. Siguió cortando el pestorejo para separar con el hacha la cabeza, después lo vació de las asaduras -el corazón, los pulmones y el hígado- y, por último, procedió al despiece, separaron las costillas, los lomos, las falda, los jamones y las paletillas.
Los días, próximo el solsticio de invierno, declinaban rápidamente. El huraño sol se ocultaba tras los montes de poniente a hurtadillas y, antes de que nadie se diera cuenta, un montaraz viento bramaba airado en la cerrazón de la noche. Había que aprovechar los exiguos rescoldos de luz del crepúsculo antes de que las sombras se apoderaran de los campos, difuminándolos en la nada. Así que, en cuanto la tapia del poniente comenzó proyectar su sombra y el gélido viento bramó desabrido saltando furtivamente los tapiales de adobe que resguardaban el corral, los hombres concluyeron la faena resguardándose al amparo de la lumbre en la cocina. El abuelo azuzó las crepitantes ascuas y sirvió un vaso de vino caliente con miel para sacar el desabrido viento que les había calado hasta los tuétanos.
Manuel José Estévez Sánchez
Últimos Comentarios
- AÑORANZAS DEL PASADO: "LA MATANZA" 3 comentarios comentarios julio Enrique M.J. ESTEVEZ anapinillas
- AÑORANZAS DEL PASADO: "PALOMA, LA CABRA" 1 comentario comentarios guendy
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):


3 comentarios Escribe tu comentario
anapinillas dijo
Me ha parecido muy interesante tu artículo, pues me recordó a las matanzas que hacían mis abuelos, cuando yo era pequeña, era todo un ceremonial; la familia se reunía para ayudar, los amigos, después de muertos los cerdos, era la hora del pincho con un vino tinto. ¡Que tiempos.....!. Un saludo
M.J. ESTEVEZ dijo
Me alegro que este breve relato te haya rememorado esos tiempos perdidos en la memoria, que tan arraigados están en alguno de nosotros y que lamentablemente las nuevas generaciones se perderán.
Habrá más relatos que ayuden a rescatar las esencias del pasado.
Un saludo.
julio Enrique dijo
Bravo Manuel, buen relato. Tienes que sacar ediciones mensuales para poder seguirte.
Saludos.