16 Oct 2011

LAS ARRUGAS DE LA CENICIENTA

Escrito por: marcel-piaf el 16 Oct 2011 - URL Permanente

Con más de medio siglo según la versión cinematográfica de Walt Disney, con más de trescientos años bajo la pluma de Charles Perrault, y con mas de mil en un cuento escrito durante la dinastía Tang, en China, la Cenicienta, ese arquetipo de mujer que salpica las páginas de nuestra historia, logró, hasta hace bien poco, el secreto de la eterna juventud y belleza en la imaginación de cualquiera que evocara su recuerdo.

Y digo hasta hace bien poco porque yo mismo, siendo más joven, quise romper con la norma y me atreví a retratar a la Cenicienta en una madurez un tanto imposible para los cuentos de hadas: el príncipe, que ya se había convertido en rey, no le profesaba el profundo amor de años atrás, y como Cupido atisba mejor la realidad cuando se le retira la venda, una lenta y creciente vergüenza por mostrarla ante los poderosos del mundo, se había apropiado de su espíritu. Al fin y al cabo, no tenía formación, no hablaba idiomas y no sabía conversar certeramente de nada, que no fuera del desamor de su marido o del doloroso pasado con su madrastra. A nadie extrañó entonces que cuando la Cenicienta empezó a marchitarse, el rey no dudara en volver a colocar zapatitos de cristal a otras damas mucho más jóvenes y bellas que la propia reina. Claro está, que en ausencia de toda pompa y bajo el más estricto secreto de su fiel ayudante y de las implicadas.

¿Quién no actuó así en alguna ocasión? Y aunque se andara libre de todo pecado, ¿Quién no sabe de alguien que hiciera algo parecido o que fuera víctima de algún engaño? La fragilidad de las relaciones es una evidencia cuando se termina la pasión, y seguir adelante cuando el amor, o lo que sea, esta herido de muerte, dependerá de que se experimente como suficiente el grado de deseo que sobreviva, de la esperanza que se alimente porque todo vuelva a ser como al principio o de que se acepten las reglas sociales, familiares, o aquellas otras derivadas de la fidelidad conyugal. Pero de este modo, la búsqueda de emoción fuera de la pareja, las mentiras y la infidelidad, planearán bajo la posibilidad de materializarse y de convertirse, por ende, en el telón de fondo de un teatrillo al que todos podríamos acudir.

La escritora Lucia Etxebarría, en su libro Ya no sufro por amor, escribe algo muy certero sobre este asunto: “Racionalmente, todos y todas sabemos que la pasión y el deseo se acaban, que la vida en común es complicada e implica una negociación constante, que la convivencia transforma irremediablemente el deseo salvaje en simple afecto, por más que éste pueda ser mucho más profundo que los lazos físicos. Sabemos que el amor es una cosa, pero fantaseamos con otra: un amor eterno, único y permanente en el tiempo. Es esta una fantasía muy peligrosa porque cuenta con el amparo social y se refiere a la idea de amor para toda la vida que impide el realismo afectivo y que exige del que ama una entrega incondicional, sin reservas, autodestructiva”.

Pero ¿a qué se refiere Etxebarría con el “amparo social”? Sin necesidad de recurrir a otros tiempos, tan sólo a los que tocó vivir a los lectores de este artículo, la Cenicienta se ha colado como protagonista, con nombres diversos, en las novelas de Corín Tellado y en las de otros tantos escritores y escritoras de novela rosa, igualmente, aparecía en la comedia romántica que tiene sus precedentes en William Shakespeare, también en series para la televisión de una considerable cantidad de capítulos o en un sinfín de canciones hechas para el recuerdo y la nostalgia de un amor perdido o que no se quiere ver desaparecer. Y siempre, para mostrar al mundo que ese mismo amor era la única llave que abría la puerta a la felicidad. ¿Pero es eso cierto?

Afortunadamente, cada vez somos menos los que lo creemos, porque si consideramos al amor como el proceso bioquímico de respuestas múltiples que es, no debemos olvidar que su actividad, como todos sabemos, tiene fecha de caducidad, y si la tiene, difícilmente podrá verse como remedio efectivo a todos nuestros males. Y es que en el reino del “siento luego existo” de la carne, en ese territorio donde la razón es una intrusa, la fuerza de esa salvaje atracción que se confunde con la felicidad auténtica es tal, que autores, como Jacinto Benavente, han asemejado el amor a Don Quijote, porque cuando recobra el juicio es para morir.

Pero hay quienes opinan que un enamoramiento irracional basado en la química y donde la razón no tiene cabida, no es amor. El verdadero amor –dirán los más románticos-, es el que resulta de ese proceso pasional que es hermoso, cierto, pero también es agotador, produce incertidumbre emocional y es la causa de tanta adoración perpetua y subjetiva hacia el amado, que sería impensable no imaginarle fin.

Los que se suscriben a esta idea del amor calmado y desapasionado fueron los que decidieron parar el reloj biológico de la Cenicienta y de su príncipe, pues congelando en el tiempo el momento más próspero de la pareja y silenciando los años que habrían de vivir, convirtieron en eterna la idea de amor. Para ellos, la Cenicienta nos ayudó a soñar, nos sumergió en el mundo mágico donde amar, y para siempre, era posible, y nos alimentó las ganas de seguir buscando porque, a buen seguro, el príncipe andaría en alguna parte y tan solo se trataría de encontrarlo.

Sin embargo, los que creemos que no hay amor que cien años dure, sabemos que la Cenicienta nos hizo un daño atroz por no envejecer. Fue por ello por lo que optamos por dar cuerda a un reloj que inexplicadamente andaba parado, para que el tiempo contara para todos sin distinción. Porque cuando vimos que para nosotros sí que pasaban los años y la vida ahogaba en llantos nuestros amores, cuando a pesar de ello nos sobreponíamos y seguíamos buscando y soñando para encontrar medianías o no encontrar nada, cuando no teníamos más remedio que sabernos solos al ver truncado en nuestras vidas el feliz desenlace de la protagonista del cuento y cuando experimentábamos esa profunda tristeza a la que llaman desamor, nos sentimos en una injusta inferioridad con respecto a la pareja real.

Nadie entonces lograba consolarnos con acierto. Nadie, porque por culpa de la Cenicienta, los sufrientes amorosos entre los que me incluyo, no teníamos otros consejeros que los fieles partidarios del amor eterno. Eran ellos quienes tras recomendarnos no verter más lágrimas por quienes nos hirieron, nos consolaban, ingenuamente, con la idea de que alguien que nos mereciera aparecería en cualquier momento.

¡Y digo yo! ¿Dónde estaban quienes nos advirtieran que podríamos acabar solos? ¿Dónde quienes se atrevieran a decirnos que tal vez ya no íbamos a conocer a nadie? ¿Dónde quienes nos convencieran que podíamos ser felices sin recurrir a otro? No pretendo ser pesimista. Podemos no dejar de creer en el amor si no queremos. En realidad, el sólo ejemplo de dos personas que se amaran hasta la muerte, e incluso más allá de ella, nos haría ver que existe. Pero siendo realistas, deberíamos contemplar la posibilidad, y deberíamos tener derecho a que se nos aconsejara, que pudiéramos no ser los elegidos de Dios, del destino o de la vida (según creencias), para experimentarlo en los años que nos tocó vivir.

Los sueños son hermosos, pero sueños son. Los beneficios de los vínculos más prolongados quizás deseables antes de saber realmente el esfuerzo que suponen, pero lejos de endiosarlos, tal vez convendría valorar en sí mismos aquellos otros más fugaces y aceptarlos con naturalidad como parte de la vida, pues cualquier historia de amor por pequeña que sea, puede sacarnos de un ensimismamiento egoísta y volvernos generosos.

Juan Carlos Serrano Pulido

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02 Oct 2011

ASOCIACIÓN ANEE (Una pieza singular en el Estado del Bienestar)

Escrito por: marcel-piaf el 02 Oct 2011 - URL Permanente

La consciencia por un creciente bienestar material del hombre, es algo que empieza a fraguarse ya en el siglo XVIII con el nacimiento de la Ilustración. En el rey, en ese déspota ilustrado cuyo poder llegó a ser absoluto, nace la idea de progreso y de bienestar social y económico hacia el pueblo que gobierna, con lo que la pobreza, no se considerará, propiamente, un problema del trabajador, sino del mismo sistema. La “cuestión social” del siglo XIX, que no es otra que el malestar de la clase trabajadora y sus revueltas por mejorar su situación, llevó a los gobiernos a tomar las más efectivas medidas con la realidad del momento. En ese sentido, con el tiempo, la protección que todos querríamos ante las muchas dificultades de la vida, pasará del mero deseo, a la más legítima exigencia, y al Estado se le convertirá, en virtud del pacto social y gracias a una consciencia humanitaria cada vez mayor, en el garante de nuestro confort.

En 1945, todo aquel gobierno que priorizara entre sus funciones el evitar toda discordia sobre sus dominios, formaría parte de lo que dio en llamarse “Estado del bienestar”. Qué duda cabe, de que la consecución del mismo, es uno de nuestros grandes logros como seres humanos del que sentirnos orgullosos. A la filosofía, que ya había hablado de autores concretos, de personas con preocupaciones sociales que teorizaban y proponían un mundo mejor, la secundó la historia que nos narraba las convulsiones sociales de las que el pensamiento era el único responsable. Y ambas disciplinas, se dieron la mano para mostrar al mundo algo que no podíamos ni debíamos olvidar: que el futuro estaba en nuestras manos.

El derecho a un subsidio de desempleo cuando no tenemos trabajo, la asistencia sanitaria gratuita cuando estamos enfermos, las leyes que protegen a los trabajadores frente a la empresa o un transporte público más asequible al bolsillo, no son más que un minúsculo ejemplo de la realidad que nació del deseo por una vida más digna. Pero todo esto, que a día de hoy nos parece de una extrema normalidad, ha costado muchísimos esfuerzos, porque desde hace tres siglos, el aspirar a vivir mejor, ha tenido que lidiar con muchos egoísmos personales y ha enfrentado a los hombres en diversas revueltas, revoluciones y guerras. Y cierto, que son muchos los logros obtenidos, pero no lo es menos que aún queda mucho por hacer.

Desgraciadamente, el Estado no es omnipresente ni omnipotente, y allí donde no llegan sus tentáculos, hemos sido testigos de la iniciativa de muchos particulares o grupos. Da lo mismo que la escusa hubiera sido la caridad, la justicia o el sentido común, el caso, es que infinidad de organizaciones o entidades sin ánimo de lucro, bien por inconsciencia de nuestros políticos, o bien por falta de medios económicos por parte de nuestros gobiernos, han pretendido paliar situaciones varias de desigualdad social promoviendo mejoras a muchos niveles.

Estas entidades u ONGs - que jurídicamente adoptan diferentes estatus como pudieran ser la asociación, la fundación, la corporación o la cooperativa, por citar algunas -, vienen a realizarse en campos muy distintos del panorama social. Pretender nombrarlas todas excedería con creces las intenciones del presente artículo; y hasta en el hipotético caso de que me aventurara a hacer una selección de algunas ellas, pongo muy en duda el que el lector, estuviera en total acuerdo con mi criterio. Ahora bien, como el que aquí escribe es educador, y aparte de ello, socio fundador de una asociación relacionada con las necesidades educativas especiales (en lo sucesivo: NEE), dejo bien clara mi predilección por las que tratan dicho tema, y de entre todas, por una muy especialmente: ANEE (Asociación de Necesidades Educativas Especiales).

Generalizando, cualquier entidad que acuda en ayuda y apoyo de estas NEE, refleja una clara consciencia en el hecho, de que no todos los individuos tuvieron tanta suerte con la estabilidad de sus familias o con la propia naturaleza. Factores externos tales como aprendizajes tempranos precarios, carencias familiares, lutos, rupturas o enfermedades, suponen un claro inconveniente en un proceso de aprendizaje que debería se reencauzado de forma comprensiva. Factores internos como las mermas en las capacidades físicas, requieren de especialistas, que ante la incógnita de erradicar el problema, puedan al menos hacerlo más llevadero consiguiendo que el individuo que lo padece, pueda seguir conociendo el mundo que le rodea de manera satisfactoria.

Es muy loable la labor de cualquiera de las entidades que hicieron de las NEE su foco de preocupación, pero como tantas otras, tan llenas de buenas intenciones, tropiezan con el claro problema de cómo financiarse. Si los bienintencionados colaboradores del altruismo social no aportasen su tiempo, su esfuerzo y muchas veces hasta su dinero, las entidades sin ánimo de lucro, del tipo que sean, verían rápidamente ahogado su espíritu emprendedor. Pero no es así, o al menos lo parece a juzgar por el largo listado de las mismas que podemos encontrar a poco que busquemos. Sin embargo, ya sea bajo el amparo de la organización de turno, ya sea a fin de fundarla, de los proyectos frustrados, no se oye nada, y de las excelentes ideas que no pueden ponerse en práctica, no hay noticias. Si supiéramos, por un instante, el número de entidades que desaparecen al poco de aparecer, tal vez sentiríamos cierta vergüenza por no dar cabida a la humanidad que se escondía tras ellas. Y es que es en la ignorancia, en el desconocimiento o en el dar la espalda a la justicia, por inercia, en donde el mundo en el que vivimos no puede hacer más de lo que ya está haciendo.

Aunque existen muchas NEE que son puntuales en la vida de un alumno, que no revisten gravedad y que no tienen por qué esconder detrás una minusvalía, otras, son permanentes, y ahí viene el drama. La ayuda que requerirían, tendrá que llevarse acabo por un tiempo indefinido que se supone bastante largo surgiendo aquí el grave problema que acabamos de apuntar, porque ¿cómo se supone que una familia hace frente a los gastos que se derivan de una ayuda individualizada? ¿Cómo, si además esta ayuda no tiene un fin conocido? ¿Cómo pagar a logopedas, psicólogos, neurólogos o profesores? ¿Con las ayudas del Estado quizás? Cierto, pero siempre y cuando, las NEE escondan una minusvalía detrás, y que de esconderla, que ésta, sea igual o superior al 33%, porque de lo contrario, todo el quebranto económico ha de correr a cargo de las familias. Pero si en este punto la injusticia es evidente, más aún lo es cuando sabemos, que a fin de no ofrecer la ayuda monetaria que supondría el grado de minusvalía citado, el Estado no lo otorga aunque se posea. Nos encontramos así, con que no solamente se dejarían de recibir las ayudas estatales, sino las de las empresas privadas si fuera el caso. Tengamos presente que muchas de ellas, tienen el “detalle” de destinar un fondo para los familiares directos con minusvalía de sus trabajadores, pero que ésta, habría de poder justificarse en el tanto por ciento “requerido”.

Todos nosotros, hemos oído hablar alguna vez de esas asociaciones relacionadas con las NEE. En función de cómo de cerca hayamos tenido que vivir el problema, de nuestro grado de solidaridad, de nuestra capacidad de atención y retención o tal vez tan sólo de nuestra misma cultura general, algunos de sus nombres, aunque no sepamos exactamente qué significan sus siglas, nos suelen resultan familiares: AETAPI, FIPA, CNSE, AFAINAS, ONCE… Entidades en realidad, hay tantas y para todo tipo de discapacidades como las hay para síndromes de los que ni siquiera hemos oído hablar. Si se la compara con alguna de las citadas, ANEE, la asociación de la que formo parte, no es muy diferente en cuanto a sus buenas intenciones por contribuir a ciertas injusticias sociales, pero puede convertirse en la única válvula de escape para la desesperación de los afectados. Y por afectados, no nos referimos únicamente a aquella persona con problemas en su aprendizaje más o menos serios, sino a las familias también, porque muchas de ellas, padres con hijos en edad escolar, ven frustradas una parte de sus expectativas en la evolución de sus hijos, ya sea por incomprensión, ya por inconsciencia de las autoridades educativas.

La intención de ANEE es clara: llamar la atención sobre uno más de los grandes problemas educativos a los que no se les da el adecuado tratamiento: el enseñar la misma disciplina que se le enseña a un individuo sin problemas, a uno que sí los tiene. Y eso, requiere de un tratamiento especial. En grado insuficiente para recibir ayudas estatales, nos encontramos ante muchísimas personas con problemas auditivos o visuales, con déficit de atención, con hiperactividad… Y esas personas, tienen todos los derechos a aprender sin que eso suponga sobrecargar de trabajo a sus familiares directos. ANEE, no tratará los problemas ni los curará, pero en su labor de enseñar a todo tipo de personas, proporcionará, a aquellas que lo necesiten, los especialistas que fueran necesarios, orientará y consolará a las familias con miembros afectados y colaborará con todas las instituciones posibles a fin de mejorar sus resultados.

Juan Carlos Serrano Pulido

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02 Oct 2011

¿COMO AMIGOS?

Escrito por: marcel-piaf el 02 Oct 2011 - URL Permanente

Hace unos años escuché en una película de televisión una frase que hice mía: “Cuando quiera amigos, me iré a un campamento de verano”. Estas palabras, recogían entonces en la trama, la misma intencionalidad que hoy podemos imaginarnos: una relación entre dos personas que muestran un dispar interés sexual entre ellas.

A lo largo de mi vida, y en situaciones muy diversas, cada vez que sentía una atracción física no correspondida, se me brindaba la amable y diplomática solución de la propuesta amistosa. Solución, que a mi modo de ver, nunca me pareció muy apropiada, porque yo entendía, que en cualquier contacto humano en el que la pasión, o el puro deseo, hubieran sido los protagonistas indiscutibles, difícilmente podía darse una camaradería pura y desinteresada.

Resulta curioso ver cómo en las páginas de contactos de Internet, así como en sus equivalentes en revistas, periódicos y hasta en ciertos programas televisivos, se toma tan a la ligera la oferta y la demanda de relaciones amistosas, Salvo el sexo explícito, que se pide con menos reparos, y dependiendo del grado de excitación de las hormonas, la amplia gama de posibilidades relacionales existentes entre un simple desahogo físico y un matrimonio, se enmascara en anuncios de todo tipo buscando amigos. Justo por eso, la confusión es tal, que uno ya no sabe si se le solicita para tocar la guitarra en un botellón casero o para cumplir, como toca, bajo las sábanas de algún interesado.

Personalmente ignoro qué concepto de amistad manejan los implicados, o mejor dicho, ignoro en qué sentido pretenden manejar dicho concepto, porque si echamos un vistazo rápido al diccionario de la RAE, podremos verlo definido del siguiente modo: “Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. Esto, supone de entrada que el usar tan a la ligera el termino “amigo” y creerlo susceptible de todo tipo de contenidos erótico-sexuales, es algo a todas luces erróneo. Lamentablemente, lo que sucede, es que la culpa es del castellano y no nuestra, pues hoy por hoy, no existen términos que hagan de puente entre una relación puramente amistosa (nótese la necesidad de puntualizar “puramente”) y cualquier otra de un contacto físico más íntimo. ¿A quien extraña entonces que tengamos que recurrir a ciertas expresiones idiomáticas como “amigo especial”, “amigo con derecho a roce” o “amigo con beneficios”?

En redes sociales como el Facebook, no faltan grupos que aspiren al Olimpo lingüístico en su reivindicación de términos para el propósito mencionado. Uno de ellos, todo un espanto al oído por cierto, es el de “follamistad”, a la que definiremos con una de las múltiples acepciones que le dan los internautas: “Relación personal sexual e interesada, compartida con otra persona de mutuo acuerdo, que nace de la atracción sexual, y tiene como finalidad la búsqueda del placer sin compromisos desde la total confianza y el respeto más absoluto”. Pero si la amistad es desinteresada, y el vocablo mencionado nos habla de una relación interesada, ¿A qué viene incluir el término amistad en él? ¿No caemos con esto en una contradicción? Un amigo, y eso ha de quedar claro, al que sólo se recurre únicamente para el coito, deja de ser, por definición, un amigo. Y aún así, y secundando el estatus del horrendo término cuyo nombre me cuesta repetir, el catedrático de la Universidad de Alicante, Félix Rodríguez González, se ha atrevido a incluir “follamigo/a” en su 'Diccionario del sexo y del erotismo'.

Yo entendería que se importunara al término “amistad” con significados que le son ajenos, si alguien me mostrara que ha evolucionado con el tiempo, pero que yo sepa, ni hay debate abierto del asunto por parte de los estudiosos de la lengua, ni la psicología es imprecisa al definirlo. Es más, el hecho mismo de que dentro de esta ciencia se debata sobre sus límites, y de la posibilidad de confundir la amistad con la pasión, la atracción física, el deseo sexual, el amor o el compromiso, es una forma de acotar el verdadero sentido de este componente de la afectividad humana.

Nadie va a poner en duda, por ejemplo, que el sexo redefine en muchísimas ocasiones este tipo de afecto. La erotización de los sentimientos en juego y la consumación de esa erótica a través del sexo, son elementos que alteran el gran intimismo existente en el plano amistoso. Y contra eso, casi que seria preferible estar prevenidos y advertir, que si las partes implicadas conocen y sopesan las consecuencias de esta alteración, no sólo podrían estar en una mejor situación para consensuar posiciones, sino evitar que lo que comparten devenga en ruptura. Ahora bien, siendo optimistas, también se podría estar asistiendo al nacimiento de una relación amorosa, y otra posibilidad más, al fortalecimiento de la condición de amigos, pero sea lo que fuere, si los sentimientos que se barajan son altruistas, la posibilidad de recuperarlos tras lo que los hubiera interrumpido o transformado, es completamente lícita.

Pero el propósito del presente artículo, no era tanto el cómo recuperar la amistad que pudiera haber existido antes de un desenfreno emocional. Que duda cabe, que siempre y cuando sea posible volver a ver como amigo a aquel que se ha experimentado como amante, la proeza estaría justificada, que al fin y al cabo, sentimientos hay. Lo que busco, es mostrar lo absurdo de pretender confraternizar tras la sola relación sexual. Porque cuando la fuente de la excitación hacia determinado individuo se basa en el misterio de su desconocimiento total, en la novedad de la situación o en el apetito físico que despierta, todo trato que incluya a los sentimientos queda un poco fuera de lugar. Vernos libres de la persona con la que un día nos implicamos íntimamente, porque la deseábamos y porque éramos deseados a su vez por ella, no nos libera de seguir siendo su objeto de deseo, y en ese sentido, sugerir una relación para la que no se está preparado y sin dar tregua al desapego mutuo, no solamente denota una falta de tacto, sino un espaldarazo a la inteligencia más básica. Y por otro lado, ¿Qué iba a inducirnos a verter energía y tiempo en cultivar la amistad de alguien por la que ya no nos sentimos seducidos? ¿No sería mejor volcarnos en quien sí que logra hacerlo? Realmente, para que el interés humano sobreviva al desinterés físico, las cualidades personales de quien nos pudiera haber hecho perder la razón en un momento dado, deberían convencernos de que valen la pena que les dediquemos tiempo. Pero siendo realistas, el deseo es algo animal y no sabe de excelencias. Y quien sí sabe, quien sí puede hacer la criba de quién nos aporta algo y quién no nos aporta nada, que es la inteligencia, tiene que luchar muchas veces con unas circunstancias que la sobrepasan.

Disfrazar nuestras verdaderas intenciones y pedir a gritos amigos cuando lo que buscamos es desear y que nos deseen, querer y que nos quieran y amar y que nos amen, es, sencillamente, ser imbéciles. Supongo que la ingenuidad se paga y no somos conscientes de lo difícil que resulta captar la atención de alguien a menos que se le inspire “un mal pensamiento”. Así pues, mejor si dejamos como amigos, a quienes compartieron o estén compartiendo con nosotros lo propio de los amigos, a quienes elegimos y nos eligieron, a quienes tienen acceso a lo que somos y a lo que tenemos, y no esperemos más recompensa que la de poder tenerlos.

Juan Carlos Serrano Pulido

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11 Nov 2008

Una cita de chat

Escrito por: marcel-piaf el 11 Nov 2008 - URL Permanente

Yo ya estaba cansado… y tu también.

En el fondo, ambos sabíamos que no podíamos estar más vacíos aunque disimuláramos, aunque quisiéramos convencernos de que nuestra vida era interesante hablando de lo que nos hacía felices..., pero ni tú ni yo sabíamos si necesitábamos querer o sentirnos queridos porque callábamos, porque teníamos que mostrarnos cuerdos y los cuerdos caminan solos. Y era así como había miedo a mostrar que nos moríamos por un abrazo, a poner el sentimiento en pié de guerra y miedo también o quizás vergüenza a todo gesto que pidiera a gritos una sonrisa, una caricia o un beso.

Lo nuestro empezó como un juego y es que ya sabes que estas cosas siempre son un juego hasta que hacen daño. Acuérdate si no de aquella emoción contenida de los primeros días helándose de cautela, de las ganas de confesar lo que sentíamos y del agotamiento de tener que callar como tantas veces. Como ves, no arriesgábamos demasiado y sin duda, guardábamos la sensibilidad para todo menos para nosotros. Debía ser que las sombras de nuestra vida volvían a asustarnos, lograban enmudecernos y aun creyendo saber cómo alumbrarnos, nos revelaban torpes para darnos luz. Y por ellas, íbamos disimulando como podíamos a base de risas y de horas robadas a la madrugada intentando esconder siempre, que no éramos más que animales de oscuras costumbres.

Queríamos vernos cuanto antes pero habíamos ido siempre con demasiadas prisas que no queríamos para nosotros en esta ocasión; así, que pensando que era de locos dejarnos llevar, acordamos que la lógica debía guiar nuestra vida y nos lo tomamos con calma. ¡Que mal llevabas la espera! Hasta creo recordar que al final tuviste miedo, pero lo ocultabas y lo llamabas prudencia. ¡Y qué mal la llevaba yo, que me consumía con aquella calma impuesta a todas luces absurdas! ¿Qué hacemos? –Te dije, intentando forzar un primer encuentro-

Al final fui a recogerte. Por lo visto llegué antes de tiempo y me hiciste subir a casa por no estar listo, me abriste la puerta a medio vestir y con el pelo aún húmedo, me hiciste pasar al salón. Estabas nervioso, lo noté de inmediato en tu voz cuando me invitaste a tomar algo mientras terminabas de arreglarte aunque no entendí qué temías, porque éramos como nos imaginábamos, como nos habíamos visto por aquella pequeña cámara que nunca nos mostraba enteramente y hasta sonábamos como nos habíamos oído al teléfono, o al menos.., eso sentí que pensabas. ¿Sabes qué me vino a mí a la cabeza? Que era genial saber que podíamos tocarnos y perdernos el uno en el otro en cuanto lo decidiéramos.

Y en la cena, habíamos buscado ser personas pero olíamos a bestias y tardamos poco en pedir la cuenta en aquel local que ya sobraba o que en ningún momento hizo falta. En teoría sin prisas, en la práctica tensos e impacientes por acabarnos y agotarnos. Y es que más allá del deseo, parecía que no disfrutamos demasiado de nosotros porque a decir verdad, no hubo muchos ánimos para desnudarnos por dentro y sí en cambio muchas prisas para hacerlo por fuera, pero ¿qué más daba? ¿No habían contado acaso todas las horas previas a aquel momento?

El resto ya lo sabes. Albergamos las mejores intenciones para aquel encuentro, acordamos dejarnos llevar sin esperar nada e hicimos lo que estuvo en nuestras manos para que todo saliera bien y pese a todo, nos faltó la magia o como quieras llamarlo, porque aunque me cuesta lo indecible tener que confesarlo, no sentimos nada especial. Recuerda al quedar exhaustos, te abracé con fuerza pero permaneciste inmóvil, y me hablaste de otras cosas y de otros momentos que no eran aquellos ni los nuestros. Y yo…me sentí vacío una vez más.

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22 May 2008

El hermano Pastor

Escrito por: marcel-piaf el 22 May 2008 - URL Permanente

Yo fui unos de esos niños del Hermano Pastor, de los asiduos al monte de la Soledad donde vivía, de los “diablillos” que le incordiaban en las tardes de domingo y en otros momentos buscados a propósito. Fui testigo de las asombrosas historias que nos contaba, cuando haciéndole corrillo, callábamos hasta casi dejar de respirar por tan solo oírle. Y en aquel momento nuestro tan buscado y sin otra vigilancia que la suya, nos sumergíamos en una realidad que sin pertenecernos, adorábamos con mayor fuerza cuanto menos nos gustaba la que vivíamos.

En aquella época de penurias, donde lo material era pura quimera, se hablaba a menudo de Dios y de las buenas acciones. Lo religioso, parecía dar la dignidad que no daba el dinero y se convertía así, en seña de identidad para los pobres, que no podían soñar más que en ser santos para sentirse importantes. Eran tiempos de vírgenes, de varones bondadosos y de rezos, de un misticismo que se vio acrecentado con la inesperada visita de aquel hombre, que sin buscarlo, nos hizo a todos protagonistas frente a la hambruna.

Pero la historia del hermano Federico no llegó a nosotros envuelta en aura. No iba a ser quien encarnara el espíritu combativo de un sentir popular, el que se echara en falta o el que calmase ímpetus, sueños o deseos, sino que muy al contrario, llegó a un mundo de ociosas consciencias que se enorgullecían de lo suyo como lo mejor, a un pueblo de puertas cerradas, de atrevidas voces somnolientas y a una gente sin necesidades, que quizás no fuese la mejor, pero era mi gente.

Llegó y nadie supo quien era. No hubo presentaciones oficiales ni avisos. Y los pocos que le vieron llegar, encontraron pronto al protagonista ideal de sus habladurías donde el misterio y la curiosidad se unirían ahora, para entretenimiento de sus aburridas existencias.

Lo habían visto por vez primera bajo aquel puente destartalado que sobrevivía con arreglos continuos. Y hubiera sido un caminante sin gloria más de no ser por el alcalde que le acompañaba. Los dos en lento caminar con gestos que denotaban una charla animada de intercambio de opiniones. Los vieron acercarse a las faldas del monte de la Soledad donde se despidieron, en un curioso hecho que alimentó la indiscreción y el correveidile. El alcalde pareció recibir una especie de bendición de su acompañante. Se dice, que aquél desconocido, musitaba palabras en voz baja, con la cabeza agachada y con la mano derecha sobre el hombro de nuestra autoridad. Se comenta, que el alcalde le señaló el ascendente camino a seguir y que no separó la vista a los pasos de Federico hasta que no le vio perderse entre los árboles.

Y lo que en principio no debía ser más que una simple visita, se convirtió en abuso, transformándose aquel monte en gustosa morada, pues nadie, a juzgar por las cortinillas siempre alertas de algunas ventanas, pareció ver escaparse furtivamente al nuevo inquilino. Todo indicaba que acomodó el lugar en un hogar improvisado, quizás permanente, lo que detonó un fluir de errados comentarios cuando no absurdos a todas luces. Muchos fueron los que le tildaron de aprovechado que sin oficio ni beneficio no buscaba sino cobijo. Otros pensaban que era loco, un demente al que se apartaba hasta que alguien le diera un destino apropiado. En suma, la desconfianza pululó unos días con incontables historias que no encerraban sino miedo a lo extraño y a lo novedoso cuando no, simplemente ganas hablar.

El monte de la Soledad se nos había aparecido siempre como un espanto nocturno que nadie visitaba más allá de la caída del sol. Su ermita, construida hacía más de cien años, se hallaba en ruinas, su virgen ausente, la campana oxidada en el suelo, los bancos de los feligreses carcomidos y unas paredes llenas de grietas que amenazaban desprenderse por completo. Matojos asilvestrados cubrían todo en un manto frío y el espectáculo en conjunto resultaba hosco y temido a la imaginación popular. Aún no siendo el más idóneo refugio para nadie se empezó a pedir cuentas a la autoridad ante la incontrolada curiosidad popular que se iba encendiendo por momentos. Pero al fin, las desacertadas afirmaciones sobre el asunto dieron al traste un día. El alcalde convocó una reunión en el ayuntamiento para dar las explicaciones oportunas de lo que todos esperaban y a media tarde se informaba, que el habitante del monte no era otro que el padre Federico, enviado directamente por Roma y con la única misión de restaurar la ermita del monte de la Soledad.

Unos segundos de incertidumbre, de silencio absoluto y de perplejidad extrema, dieron pronto paso a las risas y carcajadas de los allí asistentes; ¿sacerdote? ¿Roma? Aquello les parecía a todos una broma de muy mal gusto. Que fuera sacerdote o cura, dependiendo del grado espiritual que se le quisiera atribuir, podría tener cierto sentido, pero que fuera enviado por Roma… ¿Qué había llevado al Santo Padre a poner sus ojos en la ruinosa ermita de un minúsculo pueblo perdido de la mano de Dios? ¿Quién afirmaba dar crédito a aquello?

El alcalde se sintió afrentado y hasta ridículo al comprobar la ligereza con la que fueron interpretadas sus palabras. Las risas primero, las preguntas mas tarde, mostraban una interpretación de los hechos de los que solo él había sido culpable. Roma, no tenía por que ser el Vaticano, pero quedaba claro que se quiso ver así. En tal estado de asombro, llegó a creer incluso que era verdad y que Federico no quiso entrar en detalles por no dar importancia al tema. Las dudas se le agolparon e incapaz de dar la información que se le pedía optó por hablar de nuevo con el padre sobre lo ocurrido.

Gestos de insatisfacción e imaginaciones disparatadas recrearon un murmullo creciente que acabó como el bullicio de un mercado. La rueda de preguntas fue interrumpida al fin por la presión de no saber responder. Un tanto aturdido, intentó retomar el asunto y abriéndose paso con la voz, seguía dando otros detalles menores sobre el tema. Acompañaría a Federico a proveerse del material necesario para empezar las obras de reconstrucción y advertía a todos los ciudadanos a cargar las compras que el hermano hiciera por su cuenta al gasto municipal. Pedía la colaboración popular en aportes económicos y esfuerzos personales. Y finalmente avisó, de una posible visita a Federico en tres días, de otros sacerdotes de Italia. Justamente, el día de la Virgen de la Soledad, donde todos acudían a misa de 12 en aquel día siempre festivo para ellos.

Y de una información a medias, nació así una creencia tenida por verdad absoluta que desató un momento de locura colectiva: una fiebre mística, un anhelo por lo espiritual y un querer zambullirse en uno mismo para rescatar valores perdidos. Sintiéndose señalados por el dedo de Dios, no cabía duda de que el Vaticano andaba tras todo aquello y por tanto, era primordial mostrar una actitud colaboradora con el padre Federico y ser complacientes con la visita “cardenalicia”. A Federico se le tendió la alfombra roja. Un vuelco de fervor religioso transformó de un plumazo la óptica de lo real y tanto fue así, que con el ánimo de causar buena impresión a “la comitiva papal” se afanaron todos en elegir y vestir sus mejores galas en el día de la patrona.

Pero no todo el mundo se puso del lado de considerar a Federico enviado especial en altos asuntos eclesiásticos. Aunque cierto fue que los bienintencionados aunaron esfuerzos y empezaron a ofrecer sus servicios al hermano, fuera de la reunión de la alcaldía, un nutrido grupo de escépticos que no experimentaron momento de éxtasis alguno, dividió al pueblo en dos bandos en los que unos eran cristianos piadosos y obedientes y otros, los cuerdos seguidores de una verdad sin adornos.

Así pues, mientras que los primeros y para escándalo del sentido común, acabarían idolatrando la figura de Federico, los segundos, emprenderían un ataque sistemático a lo absurdo desde el poder que otorga el dinero, al de las reuniones habituales de vecinas tomando la fresca en sus sillas de caña y esparto y donde en un repaso general, el nombre de los “ilusos” empezaría a estar en boca de todos.

Y llegó el domingo. Misa de doce. Los habituales al sacramento esperaban a la puerta de una iglesia cerrada con llave porque el cura que oficiaba las misas también oficiaba en otras comunidades y poco importaba si era el día de la Patrona o dejaba de serlo. De repente… un elegante coche apareció en la plaza de la iglesia y de él se bajan cuatro personas: el cura, Federico y dos hombres más, todos con alzacuellos, todos sacerdotes. La comitiva es la primera en entrar al templo. Se abren las puertas y mientras el cura y sus acompañantes suben al altar se van sentando el resto. Junto al atril desde el que se oficiaría la misa, las sillas de de los protagonistas: Federico por un lado y aquellos dos hombres que debían conocer personalmente al Papa. La expectación era total, pero el acto litúrgico da comienzo como si tal cosa hasta que de nuevo renacen las esperanzas de saber “más” en la homilía. El cura da la bienvenida a aquellos sacerdotes de apellidos extranjeros, uno que sonaba a ruso, otro que sonaba a francés y ambos, imposibles de volver a pronunciar. Que eran amigos personales del padre Federico y que habían venido a visitarle desde Roma. Y de ellos, no dijo una sola palabra más dejando a los presentes sin más respuestas que las que pudieran encontrar en su imaginación. Finalmente, se alude al padre Federico y se le presenta como al nuevo y único párroco de aquella iglesia.

Al menos ahora, las palabras del alcalde, encontraban continuidad en el pequeño discurso que daría Federico. Cuando empezó a hablar, se afinaron de repente los oídos de los presentes en una espera que siempre sería eso: espera. Se olía en el aire un misterio a punto de desvelarse y siempre velado y entre suspiros contenidos, se aguardaba impaciente una noticia que nunca se daba.

Una improvisada investidura de autoridad se cernió aquel día en aquel templo. En el presente y en el futuro y por deseo expreso de todos, cualquier cosa que saliera de la boca de Federico sonaría solemne a los oídos. Al nuevo pastor, se le empezaría a considerar como un hermano mayor, como a un consejero, un guía… que aunque el alcalde no lo dijera, que aunque él no lo dijera y los dos obispos de incógnito permanecieran callados, formaba parte, Dios sabía por qué causa, del plan divino y por ello, se le debía respeto, obediencia y ayuda. Nacía el Hermano Pastor.

Cuando abandone el pueblo siendo joven para estudiar en la ciudad, llevaba conmigo todo un ejército de recuerdos ligados a aquel hombre. La ermita resurgió de sus cenizas y con ella, el monte de la Soledad recuperó un origen que no conocíamos ninguno pero que imaginábamos a través del legado oral de nuestros mayores.

El Hermano Pastor creció lenta y progresivamente en cada uno de nosotros en un sin fin de gestos, trabajos y consejos oportunos. No fue únicamente el artífice de una empresa pendiente o una ilusión hecha realidad en los espíritus devotos de aquellos años. Fue mucho más que eso acaudillando un aletargado bagaje de tradiciones olvidadas y ajenas para muchos.

El lugar que me vio nacer, canta hoy, en un sin fin de melodías, los versos de poetas nacidos allí, olvidados y rescatados por Federico. Su voz, se timbraba al compás de cada acorde de guitarra que alcanzaba una dimensión casi mágica y nos mantenía a veces inmóviles, otras inquietos y siempre atentos. Sus manos, cada vez más hermosas en cada imperfección del paso del tiempo, trabajaron y transformaron la pequeña parcela que pisaba a diario plantando los lirios que en primavera, conquistaban con su perfume el espíritu de las almas sensibles que iban a visitarlo.

Cuatro escalones decorados de cerámica de colores y personalizados por frases de aliento y esperanza, accedían a un mirador inicial sobre cuyo suelo, directamente nos sentábamos al llegar. Dejábamos al Padre Pastor en sus conciertos en el banco allí situado, desde donde en ocasiones, daba clases de canto a alguna que otra joven que mas tarde cosecharía las mieles del triunfo. Y en sentido ascendente, en el lugar más venerado del monte, tres escalones mas accedían a la tumba de la virgen tomada prestada de un cementerio musulmán cercano y que no contenía sino flores a falta de cuerpo.

Cuando volví a mis orígenes años mas tarde, el Hermano ya había dejado de dormir en la ermita. Una minúscula casa anexa a ella se convirtió en su hogar definitivo con apenas lo justo para vivir. Por cama, le servía el ataúd que se construyó y en el que pidió que se le enterrara cuando no estuviera ya entre nosotros. Y el único lujo que se permitía, era el de poseer un viejo magnetófono donde grababa el susurro del viento y el canto de los pájaros y poder oírlo en ausencia de lo uno y lo otro.

Nada más verme, se dibujó una impresionante sonrisa en su cara. En aquel banco de tertulia y de canto, escuchando atentamente, saboreando cada una de mis palabras, sentí que era importante para él. Y tal vez cada uno de nosotros lo éramos de formas diferentes. Quise hacerle saber la de veces que estuvo en mi pensamiento y el amor que vertí en él y por él, pero con el rubor de un niño, lo presentí incómodo y cambió de tema. Me hablaba de la gente del pueblo con un respeto cuidado donde las debilidades de cada uno se transformaban en logros, en heroicas luchas internas y en batallas ganadas a la vida. Y terminaba su discurso con unos ojos que no acababan nunca de secarse y una voz que no sabía disimular que me quería.

Amé a Federico porque jamás juzgó uno solo de mis actos, porque esquivó con fina inteligencia mis iras y mis muchos defectos por pulir, por intuirme sin que tuviera que hablar, por creer en mí. Lo amaba con mayor intensidad en mis ausencias, en mis ratos de compañía y en soledad y porque creí estar en comunicación con él en todo momento y responder a diario a una voz interior en mi, que sabía que era la suya.

Volví a casa algunas veces y sin duda era por él. Volvía siempre con alguna novedad en mi vida o con algún cambio que él siempre disimulaba no saber y hablábamos durante horas. Sentirme su amigo en ese juego de confesiones que se prolongó años y en cada una de mis visitas y no verme jamás como el feligrés que espera soluciones divinas, me abrió los ojos a su dimensión más humana en la que no había nada que me pareciera oculto o misterioso salvo aquello que por falta de experiencia sabía no poder entender muy bien.

Sería la última vez que vería al Hermano Pastor en vida. Las señales de un cuerpo que había empezado a fallar hacía tiempo o quizás su sutil y aguda percepción, debieron hacer que fuera consciente de ello. Aquella tarde, no me miró a los ojos mientras hablaba. Sus palabras, más bien parecían ser dirigidas hacia la tierra que le cubriría poco después y por ello, sonaron roncas y de despedida:

“Que duro es a veces ahogar la vanidad, saber que se puede alzar la voz con autoridad, con el poder de ser escuchado, obedecido y admirado y tener que callar o retroceder para no enamorarse de uno mismo y dejar de hacer el bien. Con mucho esfuerzo, comprobé hace años, cómo empezaba a ser molesto para muchos de los hombres que algún día serán santos, beatos o queridos por todos y quise huir…”

Mi amigo me estaba abriendo su corazón por última vez y todas y cada una de sus palabras hasta acabar su discurso, me revelaron la magnitud de un retiro recomendado primero y voluntario después. Reconozco que todo me habría parecido extraordinario si hubiera entrado en detalles, que lo escabroso hubiera satisfecho mi espíritu inquieto y hubiera contribuido a mi idea de que vivir, era permanecer en la vorágine de sentimientos, pasiones e ideas encontradas cuando en verdad, vivir era lo que él hacía. Su vida en aquel monte, se había convertido en fiel reflejo de lo que había soñado siempre y lo que hizo con ella, no fue sino la renuncia al protagonismo seguro, que su mente y su sensibilidad especial le hubieran dado. Prefirió trabajar en las sombras oculto de los espíritus que lo tentaban a enamorarse del mundo y decidió considerarse su único enemigo, buscando un campo de batalla que le diera ventaja contra las tentaciones.

Yo tardé años en entender aquellas palabras. Aunque mi marco no fue el de túnicas doradas ni relicarios, paseé con orgullo mis virtudes y busqué reconocimientos. Me vendí tantas veces, que ya no recuerdo si lo que dije ser, lo fui en algún momento de mi vida. El no ser nada me asustaba, la bondad no vende y no quise ser bueno, ni humilde, ni pretender convertirme en santo porque los santos lo son, tras muchos años después de haber muerto. Sentía que vivía cuando amaba, cuando triunfaba en el trabajo, cuando viajaba y conocía gente, pero en mi soledad, me recordaba acompañado y me reconocía en la opinión, en la admiración y en el odio de los otros. No sentirse nadie cuando se está a solas con uno mismo era mi sentimiento más perenne y huía de él. Y por eso, las últimas palabras de Federico, fueron como una pesada losa de la que no me libré en mucho tiempo, cuando vacío ya por descuidarme, quise buscar en serio dentro de mí.

Y un día, el Hermano Pastor dejó este mundo. Yo estaba lejos pero en el mismo instante en que murió apareció en mi sueño mientras dormía y dejé de ser el protagonista. Se había construido una casa que me enseñaba con orgullo y se alimentaba de si mismo comiendo de sus brazos y de sus piernas que crecían de nuevo una y otra vez. Me despidió en la puerta con un beso y me dijo: “este también será tu hogar”

A veces, ya solo, vuelvo a aquel monte, donde al caer la noche, encuentro un murmullo que no es mío. Oigo ecos de una voz ausente en un desfilar de mudas palabras, un sonoro silencio inocente… que no es mió. Hay algo que no calla, y yo, que no hablo, que no digo nada. Pero murió el Hermano y murió el monte. Cuando me siento vacío, necesito aquel lugar de recuerdos avivados por la insistencia en imaginarme feliz, subo a la “Soledad”, me siento en aquel banco que reservábamos para el Hermano Pastor, vuelvo a ser travieso y arranco ramas de los mismos árboles que de niño para oír sentir que el Hermano me riñe, visito aquella ermita hoy hermosa y sola y respiro hondo para llenarme de magia, de luz, de recuerdos vivos...

He necesitado volver a beber de la fuente que me sació la sed con tan pocos años y doy gracias por haberla tenido, cuidado y visitado siempre que me fue posible. Creo, que de no haber existido el monte de la Soledad ni el Hermano, algo parecido hubiera inventado dentro de mí y que antes de verme sorprendido por la muerte hubiera hecho lo imposible porque ésta no se me adelantara y me acompañara en vida.

El elogio a la humildad, aun anida en aquel lugar desde donde puedo gritar con orgullo, que fui unos de esos niños del Hermano Pastor; de los asiduos al monte de la Soledad donde vivía y de los “diablillos” que le incordiaban en las tardes de domingo.

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20 May 2008

El hombre culto ha de creer en Dios

Escrito por: marcel-piaf el 20 May 2008 - URL Permanente

He vuelto a escuchar esta mañana en el trabajo la conocida máxima marxista de que “la religión es el opio del pueblo”. Esta mítica frase, que aún hoy y para asombro mío, sirve de seguro respaldo a las miles de afirmaciones en torno a la incredulidad religiosa y a la negación de la misma fe, debería someterse a seria revisión o ser rechazada por caduca.

Me entristece mucho la cantidad de acólitos y seguidores que aquel manifiesto, escrito en la Rue de Vaneau de Paris, tiene todavía, me indigna terriblemente que se ondee con tanto descaro su ateismo hasta el punto de haber llegado a tener su propio altar de culto y me supera asimismo esa actitud paternalista hacia nuestros antepasados, que sí que creían en Dios, a los que se pretende mirar por encima del hombro con la sonrisa complaciente del hombre tolerante.

Porque en los miles de años que llevamos de historia resulta absurdo afirmar que aquellos hombres que vivieron con fe y creían en Dios se movían al son de “una opinión como otra cualquiera”. En el conjunto de órdenes, sectas y filosofías religiosas, nadie se planteó nunca si Dios existía, nadie en su sano juicio se hubiera imaginado someter a la deidad a un mero asunto de opinión. Y es que, había cosas ciertas y seguras, cosas que pertenecían al mundo del Saber y Dios, indiscutiblemente era una de ellas.

No podemos extrapolar nuestros esquemas a épocas pasadas. La Opinión, se haya muy ligada al nacimiento de la democracia moderna y resultaría ridículo su proyección al pasado. Si Dios ha sido el protagonista de tantos siglos precedentes, comprensible resultaría admitir la duda de su existencia como algo razonable, en momentos de crisis y por resultar humana, pero jamás su negación.

Pensó Kant que independientemente de lo que dijera la iglesia, éramos nosotros quienes autónomamente debíamos dilucidar cual era el bien y cual era el mal. Muchos años después de su muerte, resulta que somos kantianos sin saberlo y compartimos las ideas del conocido filósofo, pero no solo las compartimos, al parecer, es casi un dogma de fe mucho mas cercano al Saber que a la Opinión.

Pensó Hume que no hay nada en la realidad que previamente no pasase por los sentidos y también años después, creímos a pies juntillas sus palabras y las hicimos nuestras y también esto se hermanó con el Saber, especialmente cuando se popularizó el marxismo.

¡Ahora bien! ¿Qué sucede con la afirmación de Kart? ¿Es una mera opinión o es algo que compartimos todos? ¿Es una mera opinión aunque sea comúnmente compartida o por compartirla todos entra en el Saber? La afirmación de Hume es sin embargo más polémica. En su defensa, el materialismo posterior se sustentará en ella pero por otro lado, ningún defensor del ámbito humano mas estrictamente religioso le otorgará credibilidad alguna.

Defiendo que el hombre culto ha de creer en Dios y no hablo en absoluto de aquella creencia en Dios que se haya ligada al catolicismo y a la tradición cristiana, sino a cualquier brote espiritual que podamos conocer sea de origen oriental u occidental. Es la no creencia en Dios la que debería resultarnos ajena, extraña e impropia de una época, la nuestra, donde Dios desgraciadamente, o ha sido un eterno olvidado o el abanderado de fundamentalismos intolerantes pero nunca, un reflejo sublimado de lo mejor de uno mismo.

Desde Marx y Hengels ha llovido demasiado como para anclarse en aquel defectuoso pensamiento que ignora la historia, que desprestigia a nuestros antepasados y da la espalda a todos los intentos de los últimos años de rescatar del hombre otros valores que no sean los estrictamente materialistas ni catolicistas. Quienes nos precedieron, no rezaban por insatisfechos con el mundo en que vivían sino por pura necesidad de expresar algo que debería de empezarnos a resultar más familiar. Lo espiritual es una parte de nosotros que no puede ser reprimida y menos aún anulada y una buena forma de llevarlo a cabo sería sacudiéndonos de ideologías puntuales, cualquiera que se hubiera atrevido a amputar parte de lo que somos, de lo que hemos sido y de lo que seremos.

Pero como nada sucede por casualidad, quizás tengamos que dar las gracias al marxismo y a su implícito ateismo por haber salpicado mortalmente los cimientos de una creencia, que había producido muchas estrecheces de mente y que desembocaron en guerras e intolerancia. Tal vez tengamos que dar las gracias igualmente a las madres de aquél par de ideólogos por haber parido a sus hijos, porque con aquella sacudida histórica que dudó de Dios, se abrió la veda a la crítica al catolicismo en todas y cada una de sus fisuras y la Iglesia, tuvo que esforzarse por lavarse la cara y recuperar sus valores originarios.

El marxismo, en su momento de gloria presumió de tener las manos limpias y aunque no le podemos quitar la razón, no ha producido los frutos ideales con que soñaba. Buscando desprenderlo del yugo eclesiástico, sumió al hombre en otro tipo de esclavitud culpabilizando su ámbito mas estrictamente humano, el religioso y a la institución que lo amparaba y contra la que arremetió.

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15 May 2008

Que toque la flauta la niña

Escrito por: marcel-piaf el 15 May 2008 - URL Permanente

La cena ya había terminado. Uno a uno, se alzan de la mesa y toman posiciones en el sofá porque lo que se busca sin duda, es evadir la compañía y el trato de los presentes, con el programa de entretenimiento de turno que se está emitiendo. Se busca estar sentado y atento a cualquier cosa que haga reír o que permita evadirse de aquél salón y se busca hacerlo, disimuladamente y en forma de atenta escucha a la televisión. Por algún motivo, no hay las mismas ganas que otros años, ni de que David toque la guitarra, ni de entonar villancicos pese al propicio estado etílico, ni de escuchar a los padres o a los abuelos que imaginaron un encuentro más feliz y con menos tensiones. Hay en el ambiente demasiadas rencillas familiares que no parecen haberse olvidado aunque sea Nochebuena. Nadie quiere afirmar en voz alta que es una noche como cualquier otra pero alguno lo piensa. Nadie quiere decir una palabra mas alta que la otra si no es con una sonrisa de por medio, pero cuesta. Por unas horas y conscientemente, se cierra la veda a los reproches y se entierra el hacha de guerra porque hay niños y porque hay mayores y porque el “espectáculo”, debería ser en otro momento y en otra noche que no fuera la presente. En breve será Navidad y las celebraciones al fin y al cabo, son lo que son y hay que respetarlas.

Martita ha ensayado a flauta dos canciones que ha aprendió en clase de música, en el colegio. La niña, que es muy inocente, que no tiene culpa de nada, ha recibido un trato benévolo por parte de todos y se le han reído demasiadas gracias. Sus tonterías han focalizado la atención de todos durante aquella cena de mayores en la que nadie ha tenido nada interesante que decir. Se acepta que toque por darle un capricho más que por el gusto de oírla, porque la niña es algo torpe y seguramente se equivoque.

Martita pide atención y todos guardan silencio porque les coge de improviso la petición, pero Clara reacciona y pide a la joven que se espere al intermedio del programa. Todos asienten. ¡Si, si, mejor cuando hagan el intermedio! ¡Siéntate niña!, ¡ahora tocas!, verás que contenta se pone la abuela.

Martita se sienta, no dice nada, es una niña y no piensa mucho, pero siente. Agacha la cabeza pero no se enfada porque nadie le ha reñido y ensaya muy suavemente para su intervención en el intermedio.

Pero el programa dice que el intermedio va a ser de cuatro minutos y a la niña se le deja clarito. La joven con cuatro minutos no sabe si va a tener tiempo suficiente. Cree que si porque los mayores así se lo hacen saber. Así que se levanta, empieza a tocar pero los nervios le traicionan, cree que no va a llegar a terminar con el tiempo del que dispone y se equivoca, se frustra, se retira la flauta de la boca y se entristece. Está deseando que empiece el programa para seguir ensayando, coger fuerzas y volverlo a intentar de nuevo en el próximo intermedio.

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13 May 2008

Cuando se deja de amar

Escrito por: marcel-piaf el 13 May 2008 - URL Permanente

¿Quien no ha consolado alguna vez a un amigo aquejado de "mal de amores? ¿Quien se ha librado de escuchar esos agotadores monólogos que hablan de lo mismo una y otra vez? Y es que sin duda el amor, es de ese tipo de sentimientos que suscitan quejas llenas de incomprensión, de rabia o de odio y del que a veces, somos protagonistas y otras… somos autores

¿Y cuando es a nosotros a quien llega el turno? ¿Qué consuelo buscamos entonces?

De todos los sentimientos negativos que conozco, no me cabe duda de que el desamor es uno de ellos. Parece poseernos una tristeza eterna que nunca desaparece, que desgasta, que ahoga… Podemos sufrirlo en silencio argumentando no querer salpicar a nadie con nuestras desgracias. Podemos opinar que los amigos están para algo y si no que “se jodan” y echar mano del listín telefónico. Quizás haciendo pública nuestra desgracia a los más íntimos, quizás, cuantos más sepan por qué sufrimos, podamos mitigar un poco nuestro mal.

Desgraciadamente es difícil escaparse de ser víctimas en algún momento. Humanos somos, sentimientos tenemos y todos parecemos querer jugar con un fuego que seguramente podría acabar quemándonos. Aunque escribiéramos inteligentísimos tratados sobre el “arte de amar y ser amado correctamente”, aunque controlemos o creamos controlar todos los parámetros de un posible fracaso y avisáramos a la adulación de que “no queremos que nos hagan daño”, no estaríamos exentos de una decepción.

Por ahí en el mercado corre un libro llamado “Inteligencia emocional” que nunca leí, pero que por el título debe de tocar el tema. Tal vez pueda contribuir en algo a toda la gente que se cruzó en mi camino, a los muy inteligentes, a los muy torpes, a la que se sobreponían con gran rapidez, a los eternos “desgraciados” y a todos aquellos que bien podrían haber sido socios de un mismo club: aquel donde carnudos, buenazos, viciosos, maltratadotes y Dios sabe qué pobres gentes, han sufrido en carnes propias un desamor.

Pero lo peor de todo fueron siempre las secuelas, los gruesos muros construidos que no dejan penetrar nada nuevo ni salir nada hermoso. Lo peor, la desconfianza, perder la capacidad de asombro, la soledad voluntaria…Lo peor, envejecer por dentro y elegir no sufrir a lanzarse al agua.

Hace muchos años, una amiga íntima me preguntó: “¿hasta cuando se supone que debo esperar al amor”? En mi ingenuidad de adolescente le contesté: “hasta que te mueras”. Y ahora creo, un poco más crecidito, que le hubiera contestado exactamente lo mismo.

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Sobre este blog

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Juan Carlos Serrano

Me llamo Juan Carlos y soy licenciado en filosofía y profesor en el Centro Educativo E3 de Valencia donde imparto varias asignaturas de letras. Tambien soy miembro fundacional de la asociación ANEE (Asociación de Necesidades Educativas Especiales) en la que colaboro asiduamente.

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