20 Ago 2007

Cómo se origina un mito: tres versiones de una historia, cada vez más desvirtuada

Escrito por: mardelanuhr el 20 Ago 2007 - URL Permanente

¿Quién es Gianni? ¿Cuál es el trasfondo real de la historia? ¿Cuánto hay de realidad y cuánto de creencia y de invención?
Aquí tenéis tres versiones de la misma historia; o por mejor decir, dos, sólo que la segunda versión tiene dos finales, uno más fuerte que el otro. La primera versión está en formato narrativo y las otras en formato de guión cinematográfico, porque en ellas se basó un corto.
En este post os pongo la primera versión y en los dos siguientes, las otras.

VALERIA-PRIMERA VERSIÓN


Entró en aquel hotel y se dio de manos a boca con él. O casi. El centinela del sueño, le pareció... De hiperbólica belleza, ostentada sin modestia y con despego, enhiesta y gallardamente plantado en mitad del vestíbulo-cafetería, cruzados los brazos con feliz indiferencia. Al verla entrar la sonrió, y ella se sintió restablecida al instante de todo cansancio, invadida después por un amor desaforado y, finalmente, vencida y entregada a esa sonrisa, por la que se hubiera condenado en picado y velozmente. Pero las tablas de la vida le permitieron, cuando menos, avanzar un paso o dos y pedir un chocolate calentito. “¿Sería posible? Ya sabía que era muy tarde.."

Gianni se puso diligentemente a la tarea, pues no había otro más que él en esos momentos, y lo hizo con tal agrado que daba la impresión de ser él el favorecido. De repente, una evidente timidez se apoderó de él y se la contagió a la chica. Cruzaron un par de palabras, pero las frases se acortaban cuando el uno se topaba con los ojos del otro, pese a que se esforzaban por mantener el diálogo. Gianni se hacía el ocupado trajinando con los chismes del bar, mirándola de refilón, y ella hubiera deseado que la taza no tuviera fondo, pero se tomó el café con precipitación imprevista. El se ofreció a invitarla, y era como si se tratara del mayor regalo que hubiera hecho en su vida.

La chica se dispuso a marcharse, titubeante ante Gianni, que sonreía igual de indeciso. Ya le había comentado que volvía a España a la mañana siguiente... así que no había más que decir. Su impulso, más por la costumbre recién aprendida que por otra cosa, fue darle dos besos, a la española, pero se cohibió, sonriente, y se despidió sin más. Gianni la acompañó a la puerta y la instó a hacerle una visita, cuando volviera a Roma. Ella se lo aseguró, miró el reloj y se alejó deprisa.

Gianni se quedó mirando cómo cruzaba la calle corriendo, cómo desaparecía calle abajo hacia el Coliseo cómo se desvanecía con su partida la misma esperanza de amor puro y único que con ella había irrumpido.


Volvió al cabo del tiempo, varios meses, una noche de mucho ajetreo en el hotel; la cafetería-restaurante que hacía las veces de recepción estaba llena de gente, sobre todo extranjeros, y había varios camareros yendo de un lado para otro. Ella entró junto con una ráfaga de brisa que esparció su perfume por el recinto, como las flores se abren ofreciendo su aroma al requiebro del alba. Allí fue un revuelo de miradas, que ella contempló perpleja.

Se acercó uno de los camareros, obsequiándola con una ojeada que iba más allá de las buenas maneras.
- ¿No está el chico alto y rubio, de pelo largo? – preguntó ella.
- ¿Gianni? Ya se ha ido, pero vendrá mañana. ¿Te puedo ayudar yo?
Ella miró hacia la calle con aprensión.
- Bueno, quizá sí ... Es muy tarde ya y ... está un poco oscuro ...
- ¿Te pido un taxi? Si quieres, puedo acompañarte, termino mi turno en seguida... – se ofreció el chico con cara de “ésta es la mía”.
La muchacha se dejó guiar hasta una mesita, se sentó obediente y posó unos ojos ausentes en la taza de chocolate que le fue servida.
Cuando el camarero volvió, encontró tan sólo la bebida intacta en la mesa vacía.


Retornó pasadas unas semanas. La noche estaba más tranquila, pero tampoco vio a Gianni. En seguida vino el mismo camarero de la última vez.
- Sí que tenías prisa aquel día – sonrió. Y para atraer su atención, añadió –: Le dije a Gianni que te pasaste por aquí, y sintió no haber estado. Pero qué mala suerte, que hoy tampoco ha venido...
- Bueno, no importa – se sobrepuso ella -, ya le veré en otra ocasión ...
- ¿Por qué no me dejas tu número de teléfono, y te aviso cuando él esté?
- Es una buena idea – se animó ella, y sacó el móvil del bolso.- Ah, no me acordaba – dijo con voz apagada -, está estropeado... En fin, ya le veré otro día, ahora vengo mucho por aquí.
Y se fue sin dilación. El camarero observó su paso etéreo, azotado por oleadas de deseo precariamente contenidas.
Cuando Gianni supo de esta segunda visita, rabió de veras y se propuso no faltar ni una noche; mas en vano desplegó su tenacidad durante un largo período, y finalmente le requirieron sus otras ocupaciones. Uno de esos días, por la mañana, la chica se dejó caer por allí, y su rostro, muy tenso de por sí nada más entrar, mostró un gran sufrimiento al no encontrar tampoco más que a una camarera desconocida. No quiso esperar ni un momento, pese a que ésta se ofreció a llamar a Gianni por teléfono.
- Se lo agradezco mucho – musitó desfallecida la chica, sonriendo apenas-, pero eso no me sirve... no me sirve ahora.
La camarera la observó con la viva sensación de que la conocía, pero olvidó mencionarlo cuando le comentó a Gianni la extraña visita; éste frunció el ceño y habló ásperamente por primera vez desde el inicio de estas correrías.
- Estoy harto de persecuciones de histéricas – soltó -; este truco de hacerse la misteriosa es nuevo, pero me da igual. “Y yo que creí que era distinta”, pensó; “no; que era única”, y su corazón acusó el vaivén de la tristeza.
Quién sabe cuántos días o semanas después, la camarera le hizo notar que hacía mucho que no habían vuelto a saber nada de la chica aquélla.
- Mejor – dijo Gianni con el rostro pétreo y la brisa de la dulzura desaparecida de sus ojos.

Era una noche más, tal vez con luna - aunque seguro que más de una estrella danzaba lanzando sus acuosos guiños –, aquélla en que la camarera vislumbró a la muchacha, parada en la acera de enfrente del hotel. Fue a su encuentro y le pareció sumamente triste.
- ¿Por qué no entras? – preguntó -. Él está ahí.
- ¿Para qué voy a entrar? No quiere verme.
La camarera la miró asombrada.
- ¿Cómo sabes... por qué dices eso?
- Lo noto... El aire me lo indica, ya no es ligero; mis ojos se tornan vidriosos, sin el vislumbre de la esperanza... y mira mi reloj... no es capaz ya de retener las horas.
- Estás más enamorada de lo que creía – suspiró la camarera -. Haz algo, entonces; al menos no te quedes aquí parada, te vas a congelar.
- No puedo moverme de aquí – gimió la chica, mirando alrededor con angustia -, es una atracción insoportable, que viene una y otra vez – y empezó a sollozar muy bajito.
- Está bien, hay que terminar con esto – repuso la camarera con energía, y le cogió con afecto las manos, cuyo tacto le recordó el de un bebé o un niño muy pequeño. - No se puede andar por ahí persiguiendo a la gente.
- No pretendo perseguirlo; es tan sólo algo que él tiene, que necesito... no sé bien qué es, pero en cuanto le vea lo sabré, y entonces no le molestaré más.
- Bueno... ven, entonces.
- ¡No! – miró el reloj - Ahora es tarde... Mañana, mañana vendré.
La camarera se marchó con la sensación, otra vez, de que la conocía, pobre chica trastornada. Y durante el siguiente día, recordó.
Esa noche Gianni recibió la visita temida; que dejó de serlo en cuanto la vió frente a él, cerca y tan lejana.
- ¿Quieres otro chocolate? – medio bromeó, sobrecogido de timidez como antes. Ella sonrió de modo tal que él se hubiera dejado torturar antes que negar que el amor existía.
- Como quieras – dijo ella; y era sencilla, y era única.
Como antes, Gianni se lo preparó y lo puso en la barra ante ella.
- No nos presentamos la última vez – recordó.
- Es verdad – repuso ella, y su cuerpo y su cara parecieron emitir tenues destellos iridiscentes -, aunque yo sí sé tu nombre.
-
Bueno, ¿y tú cómo te llamas? – preguntó él, apoyando la barbilla sobre la mano y aproximando su rostro al de ella.
La chica, increíblemente emocionada, bajó la mirada. Al alzar los ojos, una lágrima se destacaba, luminiscente, mejilla abajo.
- Me llamo Valeria – declaró, y su expresión era la del que aspira la primera bocanada de aire tras haber estado en trance de morir ahogado.
Gianni la miraba electrizado; ella hizo ademán de querer irse.
- Ahora ya me puedo marchar a casa – dijo, y se dirigió a la puerta.
Gianni la siguió alarmado.
- Pero ¿cómo? ¿Ya te vas? – ella sonreía.- ¿Ni un beso siquiera? Quiero decir ...
- Tienes todo mi amor – dijo ella con el ofrecimiento más espléndido que mostrara jamás una mirada.
- ¿Cuándo vuelves? – casi suplicó él, tomando su mano y depositando en ella un intenso y leve beso, antes de que, como un volátil suspiro, Valeria la retirara.
- Gracias por todo – le dijo, y su tono era triste, pero en sus ojos aleteaba la felicidad.
Gianni se quedó mirando cómo cruzaba la calle corriendo, cómo desaparecía escaleras abajo hacia la el Coliseo, cómo se desvanecía con su partida la misma certeza de amor puro y único que con ella había irrumpido.

Al día siguiente, la camarera le apretó cariñosamente el hombro y le dijo:

-No volverá.
- ¿Por qué? – murmuró él.
- Mira esto – y le mostró un periódico del día después de la llegada de Valeria. Venía una foto de ella en la sección de sucesos –. Fue atropellada aquella noche, un poco más tarde. Murió en el acto.

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

bruno

bruno dijo

esta chidisimo

mardelanuhr

mardelanuhr dijo

Gracias, Bruno. Un saludo
Mar

Anónimo

Anónimo dijo

fffffffffffffffffffffffffff

francisco

francisco dijo

esta de la verga

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CUARTO MILENIO Y MÁS



Soy amante de las ciencias y las artes y defensora de la capacidad constructiva del pensamiento humano, a pesar de la destrucción que en el raciocinio están causando la desinformación, la incultura, las creencias mágicas y la religión.
Contra la "iluminación" de religiones, falsos mitos y resto de supercherías, utilicemos el pensamiento crítico y el escepticismo.

Mi profesión: psicóloga.
Otras ocupaciones: guionista e ilustradora.

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