30 May 2008
Feria del Libro de Madrid: Firma de libros
Mario Escoba estará firmando ejemplares de El Mesías Ario el sábado 31 de Mayo y el sábado 7 de Junio por la mañana, a eso de las 12:00, en la caseta de Factoría de Ideas. Caseta 262
Seréis bienvenidos.
Mario Escobar

27 May 2008
Feria del Libro de Madrid: Firma de libros
Mario Escobar estará firmando ejemplares de El Mesías Ario el sábado 31 de Mayo y el sábado 7 de Junio por la mañana, a eso de las 12:00, en la caseta de Factoría de Ideas.
Seréis bienvenidos.
Mario Escobar

14 Abr 2008
El Mesías Ario se podrá leer en portugués
Una importante editorial lusa ha comprado los derechos de El Mesías Ario para lengua portuguesa. De esa manera, El Mesías Ario comienza su andadura internacional. En los próximos meses esperamos anunciar otras lenguas a las que será traducido el libro.
Mario Escobar, su autor, espera que los lectores de habla portuguesa disfruten con la novela, que se desarrolla en parte en Lisboa y tiene como protagonista a uno de sus héroes nacionales: Vasco de Gama.
Breve Sinopsis
El Mesías Ario
Madrid, verano de 1914. Varios profesores se han automutilado en la Biblioteca Nacional y dos agentes, Hércules Guzmán Fox y George Lincoln, tienen que averiguar por qué lo han hecho. Todo parecer tener relación con un enigmático libro traído a Europa por Vasco de Gama en su primer viaje a la India. Ambos deberán emprender una vertiginosa carrera que los lleva de una clave a otra, descifrando mensajes ocultos durante siglos. Un rompecabezas que deberá resolverse antes de que Europa entre en guerra y las profecías se cumplan.
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08 Abr 2008
El secreto de los Assassini

PRÓXIMO LANZAMIENTO OCTUBRE 2008
Roma, 813 año sexto del reinado de Nerón, una expedición compuesta por dos legiones pretorianas se dirige a la boca del Nilo. Su misión es descubrir un secreto que los faraones negros de Meroe ocultan desde hace siglos.
El Cairo, año 1075, el Gran Visir Bard al-Yamile recibe un extraño regalo que protegió a la peligrosa Secta de los Assassini. El arma que les ayudó a resistir a las fuerzas cruzadas y el ataque de Saladino.
Estambul, año 1914, una misteriosa princesa árabe llamada Yamile, esconde un secreto que puede cambiar la historia de la humanidad, pero tendrá que recorrer con Hércules Guzmán Fox, un misterioso millonario y sus amigos George Lincoln y Alicia Mantorella, el peligroso desierto de Egipto, luchar a los pies de la Acrópolis de Atenas y atravesar una Turquía en guerra para llegar al Valle de los Asesinos, donde se esconde un misterio terrible que puede provocar una última cruzada contra el Islam.
Un apasionante thriller en el que la realidad se mezcla con la ficción. Winston Churchill, Mustafa Kemal Atatürk, fundador de Turquía, John Garstang, famoso arqueólogo británico y escritor griego Nikos Kazantzakis son algunos de los personajes de esta novela, donde siglos de historia han sido encadenados a la leyenda. Como miles de lectores lo estarán a sus páginas.
Para saber más: http://assassini.blogcindario.com/
17 Mar 2008
El Mayflower: el barco que llevó la libertad a América
Os pongo un artículo que me publicó el año pasado la revista National Geographic Historia
Artículo aparecido en National Geographic Historia en el 2007.

En la mañana del 5 de agosto de 1620, el calor comenzaba a templar el frío ambiente del puerto de Southampton, cuando dos barcos de aspecto corriente alinearon sus proas hacia el oeste y comenzaron a cruzar la bahía. En su interior 102 pasajeros intentaban hacerse con un lugar cómodo para pasar una larga travesía, pero al poco tiempo tuvieron que atracar en el cercano puerto de Dartmouth por avería en uno de los barcos. Éste no fue el único incidente, una segunda avería dejaría en tierra el Speedwell y los pasajeros tendrían que apretujarse en el Mayflower. Aquellos intrépidos y sufridos emigrantes estaban convirtiendo un viaje corriente en la epopeya americana.
NO FUERON LOS PRIMEROS INGLESES EN AMÉRICA
El norte de América había sido explorado en los últimos cien años por numerosos aventureros y descubridores. El primero de ellos fue John Cabot, un navegante italiano que convenció a Enrique VII de Inglaterra para que sufragara una expedición en busca de un paso norte hacia Oriente. Tras él fueron muchos otros. Españoles, franceses y holandeses descubrieron extensas zonas de la costa Este de Norteamérica. Pero el primer grupo inglés en establecerse en el territorio y que fundó la primera colonia fue el liderado por Walter Raleigh, que se estableció en la primavera de 1584 en la actual Carolina del Norte. El asentamiento no prosperó y poco después los colonos regresaron a Inglaterra.
Los viajes del Mayflower emprendían un viaje conocido y explorado, nada hacía presagiar que su periplo sería recordado durante generaciones como una gesta del espíritu norteamericano.
LOS PURITANOS BUSCAN UN HOGAR
El establecimiento de colonias en Norteamérica fue una empresa meramente privada. El estado inglés se limitó a conceder unas licencias de establecimiento y explotación, dejando que las nuevas colonias crecieran por sí mismas.
Cuando los viajeros del Mayflower decidieron poner rumbo a Nueva Inglaterra, ya había dos colonias establecidas y organizadas en el territorio. Por un lado estaba Virginia, organizada y administrada por la Compañía de Londres y la Compañía de Plymouth, que lograron afianzar un grupo de colonos y fundar Jamestown. Por el otro, se encontraba la colonia de Maryland, fundada por Lord Baltimore, compuesta al principio por católicos que huían de las persecuciones en Inglaterra.
Mientras Virginia y Maryland luchaban por sobrevivir en medio de un ambiente hostil, los tripulantes del Mayflower planeaban buscar una nueva tierra de provisión en donde disfrutar de libertad de culto.
Una parte significativa de los tripulantes del Mayflower eran de religión puritana o no conformista. De los 102 pasajeros, treinta y cinco separatistas de Leiden. Otros sesenta y seis viajeros naturales de Londres y zonas limítrofes, en su mayoría no eran puritanos. La Iglesia de Nueva Inglaterra, un hibrido entre las tradiciones católicas y algunas doctrinas protestantes, no satisfacía a muchos súbditos ingleses. Su intención era purificar la iglesia, de hay que se les empezara a denominar puritanos. La persecución de la monarquía inglesa hacia estos grupos fue constante desde el reinado de Isabel I, pero en tiempos de Jacobo I la persecución aumentó hasta el punto que muchos pensaron en abandonar la Isla.
Un pequeño grupo de puritanos que vivía en Scrooby en Nottinghamshire, tuvieron que abandonar su ciudad por la presión de los funcionarios y clérigos locales, dirigiéndose a los Países bajos. En 1608 un gran número de puritanos se instaló en la tolerante Holanda. Pero algunos no lograban integrarse en la sociedad holandesa y decidieron emprender la aventura americana.
CRUZANDO EL ATLÁNTICO
Los puritanos se pusieron en contacto con la Compañía de Plymouth. Si la Compañía buscaba gente sacrificada, abnegada y dispuesta a trabajar, ellos eran los hombres adecuados. El primer escollo que tenían que atravesar era la autorización real, pero el rey Jacobo no les puso ningún impedimento para ir a las Colonias. El segundo escollo era la financiación, los emigrantes tenían que costear los costes del viaje y el avituallamiento necesario para sobrevivir en el viaje y en sus primeros meses en América.
Cuando el 20 de septiembre de 1620 el barco pudo reanudar su viaje desde el puerto de Plymouth, los viajeros estaban deseosos salir de Inglaterra. La travesía era incomoda y peligrosa. En un barco no muy grande de unos 33 metros de largo y una capacidad de 180 toneladas, se hacinaban más de 100 pasajeros. El Mayflower poseía dos brújulas, pero era relativamente perderse en medio del Océano Atlántico. A pesar de que los primeros días de navegación fueron tranquilos, enseguida comenzó el mal tiempo y el barco fue azotado por varias tormentas. Los viajeros tuvieron que pasar la mayor parte del viaje en las bodegas, con las escotillas cerradas, empapados y mareados. El hedor de las bodegas debía de ser insoportable. Para personas poco acostumbradas al mar, encerrados, teniendo que comer, dormir y rezar sin ver la luz exterior, la travesía fue dura y difícil.
UN DURO INVIERNO EN UNA TIERRA EXTRAÑA
El viaje duró 55 largos días hasta que avistaron el Cabo de Cod en Massachusetts. Su destino era el norte de Virginia, pero algunos de los líderes puritanos cambiaron el rumbo para dirigirse a nuevas zonas no colonizadas, ya que no querían integrarse en las colonias de mayoría anglicana y sufrir los mimos problemas que en Inglaterra.
Los puritanos habían elegido aquel enclave alejado de las posesiones inglesas tras leer el informe del explorador holandés Adriaen Block, pero los marineros les habían llevado a una región alejada, mucho más al norte de la que buscaban. Además el viaje había salido con retraso y la época del año no les permitía cultivar sus semillas para soportar el invierno. Localizaron un enclave que unos años antes John Smith había bautizado con el nombre de Plymouth y allí se instalaron.
Al encontrarse alejados de Virginia estaban fuera de su jurisdicción tuvieron que autogobernarse. Los puritanos y el resto de los viajeros decidieron llegar a un acuerdo en el que todos pudieran sentirse representados. El "pacto del Mayflower", firmado el 21 de noviembre, constituyó el primer intento de los colonos de darse un gobierno propio.
Tras pisar tierra los colonos eligieron a su primer gobernador, John Carver. El frío invierno de la región terminó con la vida de la mitad de los colonos antes de la llegada de la primavera. Tras el fallecimiento del propio Carver, los colonos eligieron como gobernador a William Brandford.
El encuentro con los indios fue de lo más singular. Cuando los asustados colonos vieron acercarse a algunos indios hasta su poblado, lo último que esperaban es que uno de ellos llamado Scuanto les diera la Bienvenida en inglés. Los indios de la zona, diezmados por una epidemia de peste unos años antes, no se mostraron hostiles con los colonos. Había campos de sobra para cultivar las cosechas. Scuanto enseñó a los colonos a cultivar la tierra a la forma india. Otro de los indios llamado Smoset, ayudó a los recién llegados a establecer relaciones amistosas con el jefe de las tribus locales.
La primera cosecha de los colonos fue tan abundante que proclamaron una celebración de tres días para dar gracias a Dios, celebrado en la actualidad en todos los Estados Unidos como el Día de Acción de Gracias. Unos noventa indios se unieron a la fiesta, convirtiendo aquella celebración en un símbolo de tolerancia, gratitud y fe en la providencia divina.
Plymouth sobrevivió muchos más inviernos, convirtiéndose en un verdadero símbolo para el resto de las colonias y un referente para incipiente nación norteamericana que se fundaría sobre los principios de autogobierno, igualdad, respeto religioso, derechos individuales y una fe inquebrantable en el futuro. Aquel puñado de hombres y mujeres perseguidos e insignificantes pusieron las bases de la primera democracia moderna.
Mario Escobar Golderos
16 Feb 2008
Novela: El Mesías Ario. Fragmento Gratuito

El Mesías Ario
Mario Escobar
A Elisabeth y Andrea, las dos columnas de mi vida. A mis tres hermanas, que son mi puente con la infancia.
Agradecimientos
A mis buenos amigos Juan Troitiño, Pedro Martín, Manuel Sánchez, Sergio Puerta y Miguel Ángel Pérez, por su apoyo, ánimo y acertadas opiniones. También quiero agradecer a Dolores McFarland sus comentarios y sugerencias.
Y vi otra bestia que subía de la tierra... Y hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engaña a los habitantes de la tierra a causa de las señales que se le concedió hacer en presencia de la bestia, mandándoles a los habitantes de la tierra hacer una imagen en honor de la bestia que tiene la herida de espada y que revivió. También le fue permitido dar aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen de la bestia hablase e hiciera que fueran muertos todos los que no adoraran a la imagen de la bestia. Y ella hace que a todos, a pequeños y a grandes, a ricos y a pobres, a libres y a esclavos, se les ponga una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca, es decir, el nombre de la bestia o el número de su nombre. Aquí hay sabiduría: El que tiene entendi¬miento calcule el número de la bestia, porque es número de un hombre; y su número es 666.
Apocalipsis 13: 11-18
Prefacio
La mancha opacó el suelo de largas láminas de madera hasta formar un círculo. Al lado del gran escritorio, iluminado por una lámpara plateada, el profesor von Humboldt estaba colocado en una posición extraña. Agachado en cuclillas con la cabeza ligeramente levantada y con la cara mirando al frente. De las cuencas vacías de sus ojos salía una sangre muy roja y viscosa, que recorría sus mejillas, empapaba su barba rubia y cana hasta llegar a su garganta, después descendía por el cuello duro de la camisa perdiéndose en el interior y goteaba por el suelo.
A aquella hora de la noche el salón Cervantes solía estar solitario. Los bibliotecarios, que ya no tenían que buscar libros y manuscritos, se dedicaban a ordenar los pedidos del próximo día y a devolver los libros usados a las estanterías. El profesor von Humboldt permane¬cía en la Biblioteca Nacional hasta que el conserje pasaba con su lámpara de mano apagando las luces del edificio. Por eso nadie se preocupó por el profesor alemán hasta que el conserje realizó la ronda y le vio de la forma que les he descrito. Encima de su mesa se encontró un códice titulado Roteiro da Primeira Viagem de Vasco da Gama, abierto por el episodio de la llegada de los portugueses a la India. Al lado descansaban varios libros sobre la vida y viajes del descubridor portugués. Esto no parecía decir mucho, ya que una investigación sobre un marino portugués de finales del siglo XV no parecía tener relación con el desgraciado estado en el que se encon¬traba el profesor von Humboldt. Porque, señores, el profesor no estaba muerto.
Las automutilaciones de otro profesor unas semanas antes en el mismo salón debieron de alarmar a la dirección de la Biblioteca Nacional. Que dos doctores fueran mutilando sus cuerpos en las dependencias de una institución como aquella, no podía ser casual. La automutilación pasó al principio por un accidente fortuito, por eso las autoridades del centro habían evitado avisar a la policía. El primer incidente lo sufrió el profesor Michael Proust, un reconocido especialista en culturas del Próximo Oriente, al desplomarse por una de las empinadas escaleras de las estante¬rías de la sala II. Al caer se mordió la lengua y está saltó de su boca retorciéndose hasta aterrizar en una de las mesas de lectura.
Ustedes se preguntarán que hacía el señor Hércules Guzmán Fox investigando aquellos desagradables y desafortunados actos de locura. Eso mismo se dijo el agente George Lincoln cuando recibió su telegrama. Llevaban más de una década sin saber el uno del otro. Se habían conocido en La Habana, días antes de que sus dos países se enfrentaran, pero eso era otra historia.
Señores, aquella mañana el agente Lincoln salió para su pequeño despacho en la comisaría 10.ª de Nueva York, donde ejercía de oficial de policía desde hacía cinco años. Tomó el tranvía y se paró en el Café Israel. Como todos los días pidió un café solo y leyó el periódico. Cuando llegó a la comisaría, el sargento McArthur, un escocés pelirrojo que no soportaba que un negro fuera oficial del departamento, le saludó con su habi¬tual graznido y le lanzó un telegrama. Estaba abierto y roto. Miró al sargento y le sonrió; al escocés le enfurecía la amabilidad de los demás.
Una vez en el despacho, leyó este escueto mensaje:
«Lincoln espero que todo marche bien. He logra¬do localizarle. En Madrid han pasado unos hechos muy interesantes. ¿Podría venir a colaborar en una investigación no oficial?»
Hércules Guzmán Fox
No esperaba recibir noticias de su viejo amigo y mucho menos que éste le invitara a vivir una nueva aventura, pero no dudó a la hora de comprometerse. Contestó a Hércules y tras una larga e incómoda travesía en barco llegó hasta Lisboa. Lincoln nunca había estado en el Viejo Continente. Las estrechas calles de la capital lisboeta consiguieron que se olvidara del misterioso mensaje y, cuando cogió el tren para Madrid, todavía tenía la sensación de estar viviendo un sueño.
Lincoln nunca pudo olvidar los días que pasó en Europa ni el misterio que se cernía sobre un Continente que se preparaba para la guerra. El 15 de junio de 1914, cuando llegó a Madrid, aún muchos creían que la paz entre las grandes potencias era posible. Ahora que todos conocen lo sucedido, el mundo es más pequeño desde aquellos fatídicos días y, tal vez, cosas peores estén todavía por venir.
Primera parte
El misterio de la Biblioteca Nacional
1
Madrid, 10 de junio de 1914
Al levantarse del banco de madera se arrepintió de no haber pagado los dos dólares de diferencia entre primera y tercera clase. Las piernas le crujieron y un fuerte dolor en la espalda le subió como un latigazo hasta la nuca. Durante el trayecto apenas había descansado. El olor a sudor, el calor, las canciones de los quintos borrachos, los bebés llorando a pleno pulmón y los ronquidos de la mujer gorda que se había sentado a su lado y a la que durante la mitad del viaje había tenido que apartar varias veces para que no le aplastara, impedían descansar lo más mínimo. Por si esto fuera poco, parecía que nadie había visto un negro en su vida. En Lisboa nadie le miraba, en la ciudad siempre había muchos negros del Brasil, pero para los españoles, el único negro que estaban acostumbrados a ver, era el que cada Noche de Reyes, se tiznaba la cara con carbón para representar al Rey Mago Baltasar.
No llevaba mucho equipaje. Una maleta pequeña de piel, con varias mudas, una pistola, un bombín de repuesto y un par de libros además de la Biblia. Ayudó a la oronda mujer a bajar sus maletas del altillo y después, en su olvidado español se despidió de ella. Le costó llegar al final del pasillo. El tren estaba abarrotado. Cuando sus pies pisaron el andén comenzó a preguntarse qué haría en el caso de que su amigo no hubiera recibido su telegrama y no estuviera en la estación esperándole.
La gente caminaba de un lado para otro a toda prisa, por su mente pasó Nueva York y con una sonrisa, sacó un cigarro y lo encendió. Decidió caminar hacia la salida. La avalancha humana le apretaba por todas partes y era difícil mantener el equilibrio en medio de la marea. Cuando llevaba unos cincuenta metros, observó una figura que sobresalía en estatura de entre la multitud. Aquel hombre vestía un traje gris con rayas muy finas, de un corte inglés que estilizaba aún más su porte, acompañado por una impoluta camisa blanca y una corbata corta de color negro. No llevaba sombrero, su pelo peinado para atrás, con las patillas canas contrastaba con el color negro casi azulado del resto del cabello. Sus ojos negros miraban por encima del resto de cabezas buscando a alguien. Al ver a Lincoln sonrió, hasta que sus labios gruesos formaron un hoyue¬lo en las mejillas y levantó el brazo derecho. Caminó hacia su amigo y cuando llegó a su altura le dio un fuerte abrazo. Aquel hombre era sin duda Hércules Guzmán Fox, el mismo que quince años antes en la Habana había compartido con él una gran aventu¬ra. El tiempo no le había tratado mal. Su aspecto era incluso mejor, no tenía ojeras, su cara estaba afeitada y desprendía un agradable olor a perfume francés.
-Lincoln, George Lincoln -dijo sin poder evitar que cada sílaba sonara más emocionada.
-Amigo Hércules, el clima de Madrid le sienta mucho mejor que el de La Habana. Incluso tienes mejor color.
-Usted también -comentó el español. A Lincoln se le había olvidado el humor sarcástico de su amigo.
-Mi color es invariable -comentó el norteamericano sonriente.
-Estará cansado. Los trenes españoles no son muy cómodos. ¿Habrá viajado en primera?
-Si le digo la verdad -comentó Lincoln apoyando sus manos sobre sus riñones-, la almohada del patriarca Jacob era más cómoda que esas tablas.
-Espero que mi casa le resulte más confortable.
Los dos hombres comenzaron a caminar por el andén. El gran espacio de la estación se había despejado, gran parte de los viajeros ya habían abandonado el edificio. En la salida Hércules paró una berlina y atravesaron la ciudad empedrada. Lincoln observó el
pequeño número de vehículos a motor que circulaban por las calles. Los trolebuses tirados por caballerías caminaban fatigosos por la gran avenida, los carros repletos de abastos, los vendedores ambu¬lantes, obreros caminando con las caras sucias, mujeres vestidas de negro de los pies a la cabeza y los curas con sus sotanas raídas y sus sombreros redondos abarrotaban la ciudad.
La avenida de árboles conocida como el paseo del Prado era una arteria inmensa que atravesaba de norte a sur el corazón mismo de la ciudad. En el lado derecho pudo ver un inmenso jardín con una valla alta y elegante, después un edificio de ladrillo con estatuas clásicas y pórticos suntuosos, el hotel Ritz; las fuentes de Neptuno y de Cibeles, el Palacio de Comunicaciones y el paseo de Recoletos, edificios elegantes que brillaban bajo aquella luz intensa y blanque¬cina.
La calesa tomó una pequeña calle jalonada de mansiones con pequeños jardines y se detuvo delante de una de ellas. Hércules pagó al cochero y ambos se dirigieron al edificio. La fachada era de piedra blanca, con grandes balcones y adornada ricamente. Después de atravesar la verja, saltaban a la vista todo tipo de flores que franquea¬ban un camino de piedra. Una escalinata amplia llevaba hasta la puerta principal.
Lincoln se quedó mirando el edificio a los pies de la escalera y Hércules le dio un codazo para que le siguiera.
-Esto es una mansión. Veo que no ha perdido el tiempo en estos años.
-Nada de esto es mío. Mejor dicho, esto es parte de la herencia de mis abuelos, pero ya te contaré su historia en otro momento. Será mejor que entres, te asees y descanses un poco. Tenemos mucho trabajo por delante. Aunque esta noche iremos a la ópera. ¿Has traído algún esmoquin o chaqué?
-Sí, claro y la pitillera de plata -dijo sonriendo Lincoln.
-Bueno, alquilaré un esmoquin para ti, hasta que mi sastre te corte uno.
La entrada daba a un gran hall cubierto de un mármol de tonos gris y blanco. La escalera central se dividía en dos brazos y una luz brillante de colores se introducía por unas vidrieras en las que se representaba una escena histórica. Hércules acompañó a su amigo
hasta su habitación y se despidió de él advirtiéndole que le llamaría para almorzar.
Lincoln curioseó por la habitación. Luz eléctrica, agua corriente y caliente, una cama enorme, un escritorio francés blanco con ribetes de oro, cuadros de autores que él desconocía, todo un lujo. El policía norteamericano se preguntó cómo había cambiado tanto la vida de su amigo. En La Habana era un pobre diablo alcohólico, un militar deshonrado que vivía en burdeles de segunda y en Madrid, quince años después, parecía un aristócrata.
El agente se desnudó, llenó la bañera y se metió en el agua tibia. El calor en aquella casa parecía amortiguado por los techos altos y los muros gruesos, pero era agobiante desde las diez de la mañana. Él estaba acostumbrado, el verano de Nueva York podía ser la peor pesadilla de sus habitantes, pero aquella sequedad le taponaba la nariz y le secaba la garganta.
Cerró los ojos y su mente se transportó a Cuba, recordó a Helen, la intrépida periodista que les había ayudado en el misterio del Maine, al profesor Gordon y sus increíbles historias sobre Colón. Sintió un acceso de melancolía, aquella investigación no sería lo mismo sin ellos. Helen estaba muerta. Hacia muchos años que no visitaba su tumba, a pesar de tener el cementerio relativamente cerca. Del profesor Gordon no sabía nada. Debía dar clases en la universidad de La Habana o estaría jubilado, rodeado de libros e investigando alguna medicina o un texto antiguo.
La mente le devolvió a la realidad. Estaba en Madrid, la vieja Europa. Aquella noche iría con Hércules a la Ópera y se codearía con la alta sociedad. Un escalofrió le recorrió la espalda. Él no encajaba en aquel mundo. Criado en el peor barrio de Washington, con estudios básicos, negro y extranjero. Definitivamente no encajaba en aquella historia, pensó antes de quedarse dormido con la agradable sensa¬ción de flotar en una nube.
2
Madrid, 10 de junio de 1914
La cueva de Zaratustra era más oscura si cabe que la de Platón. La calle no tiene luz del sol ni en la noche de San Juan. Por eso siempre huele a meados y humedad, como en los barrios bajos de París - le gustaba decir al dueño. El mostrador muy pequeño, con libros viejos apilados, polvorientos y carcomidos por las ratas, espanta a los curiosos y a los lectores de medio pelo. Dentro, la oscuridad y los libros por todas partes, dan a la tienda ese aire de almacén de papel. La puerta de la calle sólo se entorna en parte, porque los volúmenes apilados en el suelo, ocupan todo el espacio. Pilones que llegan a más de un metro y que impiden que los pocos curiosos que acceden al local, lleguen a las estanterías ennegrecidas por el humo de las velas, el local no tiene luz eléctrica, el tabaco negro del librero y el polvo forman una espesa capa sobre todos los lomos de los libros.
El mostrador, abarrotado de papeles, más volúmenes y algunas láminas y grabados, sólo se despeja en un cuadradito, donde suele apoyarse el librero, Zaratustra. Su aspecto es mezquino. Su camisa raída, unos sobre mangas rotos, como las de los oficinistas, una visera verde, un monóculo colgado del chaleco apretado y un pantalón arrugado, bombacho, sujeto con una cuerda de esparto.
Al entrar a la cueva, el escritor siempre hacía el mismo saludo y recibía, invariablemente la misma respuesta:
-Mal Polonia recibe a un extranjero.
-Padre y maestro mágico, salud.
Después el escritor se acercaba a las estanterías, estiraba su brazo para sacar algún volumen al azar. Zaratustra le miraba desganado, casi enfadado de que le removieran el polvo. El hombre hacía esfuerzos por pasar las páginas con su único brazo y la barba larga y blanca, se le enredaba con los libros apilados. Su traje negro se llenaba de polvo y las gafas se le ponían en la punta de la nariz. De vez en cuando estornudaba por el polvo y con la manga se secaba el agüilla que le goteaba de la punta de la nariz.
-¿No hay nada de lo mío? -preguntó el escritor sin mirar al librero, dándole la espalda.
-Don Ramón, esto no es una librería de encargo. Aquí hay lo que ve. Libros viejos, restos de papeles que cuando mueren los abuelos se traen aquí, antes de que calienten el fuego de alguna estufa o envuelvan el pescado de una doña.
-Zaratustra, ¡diablos! Me pone enfermo su frigidez, los libros no son combustible. Son arte, vida. Ningún libro merece morir de esta forma -dijo don Ramón levantando su único brazo con el volumen todavía en la mano.
-Padre y maestro...
-Menos guasa, Zaratustra. Hace dos semanas encontré unos interesantes libros sobre Vasco de Gama y su primer viaje a la India, los libros estaban llenos de anotaciones. ¿ No puedes recordar quién los trajo? ¿Dónde tienes más libros de esa partida?
-Aquí no guardo orden, ni registro, no hago recibos y, precisa¬mente por eso están las cosas como están.
-¡Y cómo están!
-Nadie le obliga a venir -refunfuñó el librero.
-Cierto, certísimo -dijo don Ramón pero se mordió la lengua. En aquella cueva había encontrado libros antiguos casi regalados. La penitencia de aguantar al dueño no era comparable con aquellos tesoros -. Éste cementerio de libros, profanado por mis dedos es un castigo, si por lo menos fueras mi Virgilio, Zaratustra, si me ayudaras a pasar todos estos infiernos.
El librero resopló y se puso a leer un periódico viejo y arrugado. Don Ramón del Valle-Inclán había visitado todos los días la cueva durante las dos últimas semanas. Una mañana, a primeros de agosto,
cogió uno de aquellos libros por casualidad. El libro era viejo, principios del siglo XIX, estaba escrito en portugués y hablaba pormenorizadamente del viaje del descubridor portugués Vasco de Gama a la India en el año 1498. Él conocía perfectamente la historia del viaje, pero aquel libro contaba cosas increíbles que nunca había oído, sobre todo de la estancia en Goa de los portugueses. Aunque lo verdaderamente fascinante eran los apuntes y anotaciones que tenían la mayoría de las páginas. Por eso llevaba días buscando algún otro libro de aquel desconocido estudioso de Vasco de Gama. Dos mañanas después del primer hallazgo, encontró otro libro con las mismas anotaciones sobre el apóstol Santo Tomás, el evangelizador de la India, pero desde entonces no había vuelto a encontrar nada nuevo. Zaratustra, después de mucho insistirle, creía recordar que un hombre joven con pinta de extranjero, le había llevado tres o cuatro libros en buen estado, pero que no sabía dónde podía estar el resto y no conocía de nada a aquel hombre. Los otros libros tenían que estar cerca de los que había encontrado o los habría llevado con otros para venderlos al peso. Aunque se inclinaba por lo primero, ya que los libros en buen estado los aguantaba un poco más, a ver si alguien los compraba. Don Ramón había vaciado todas las estante¬rías cercanas, los dos montones que estaban enfrente y luego probó al azar. Si algún ángel maléfico o hado le había llevado hasta aquellos libros, tal vez lo volviera a hacer. Todo fue inútil.
-Bueno Zaratustra, me voy. Mañana volveré.
-Lo que a usted le mueve es el misterio. Estaría bueno que se divulgara el misterio. Sin él no habría novela. Padre y maestro mágico.
El escritor refunfuñó y salió de la cueva de Zaratustra ofuscado. Caminó por la calle sombreada y húmeda, parecía como si el invierno se hubiese detenido en ella. Cuando salió a Fuencarral sintió calor. Un balsámico sol inundó sus huesos y recorrió despacio la distancia que le separaba de casa. A esa hora, su mujer ya tenía el puchero preparado y no le gustaba hacerle esperar.
3
Madrid, 10 de junio 1914
El esmoquin no es una prenda cómoda. El cuello duro, la chaqueta entallada, el chaleco ajustado. Parece como si estuviera diseñado para ser incomodo, de tal forma que el que lo lleva se mantenga rígido y estirado. Lincoln se probó tres antes de que la endiablada prenda le quedara medianamente bien. Vestido así parecía un camarero de segunda, de algún restaurante de segunda en Manhattan. Hércules se divertía con los movimientos torpes de su amigo y con ese aire de policía embutido.
Un carruaje lujoso les esperaba en la puerta de la mansión. El cochero les abrió la puerta y los dos hombres entraron. La cabina estaba tapizada con terciopelos y sedas rosadas. Hércules sacó una botella de champán de algún sitio y le ofreció una copa a su amigo.
-No sabía que bebieras.
-Sí, la bebida no es mi mayor vicio. Mis problemas con el alcohol fueron un problema, digamos circunstancial. Esta noche quiero brindar por tenerte aquí, en Madrid y vivir de nuevo una aventura juntos -dijo Hércules levantando la copa. Brindaron y el español comenzó a observar la calle iluminada por faroles de gas. Subieron por la calle de Alcalá y llegaron a la puerta del Sol. Atravesaron la plaza a toda velocidad y descendieron por Arenal hasta el Teatro Real. La carroza les dejó delante de la entrada porticada y pisando la alfombra roja penetraron en el edificio. El vestíbulo estaba repleto de
damas vestidas con telas de vivos colores, luciendo sus collares y sus sortijas. Los hombres vestían esmóquines negros, muchos de ellos con bandas cruzadas, pajaritas blancas y bigotes prusianos.
-No te amedrentes. Si te contara cómo es la vida de la mitad de estos prohombres de la patria, tendrías pesadillas todas las noches -dijo Hércules sonriente.
-No es la primera vez que vengo a la ópera -masculló Lincoln frunciendo el ceño. Le irritaba la irónica actitud de su amigo, pero decidió disfrutar de la velada y olvidar que no pintaba nada en aquel sitio.
-No es temporada de ópera. Normalmente en estas fechas el teatro está cerrado, pero hay una fabulosa compañía alemana y la temporada se ha reabierto por una semana. Hasta el rey ha dejado sus vacaciones en Santander y ha acudido a la calurosa Madrid para oír el concierto. La obra es de Bach, el Weihnachts Oratorium.1
Lincoln parecía ausente, con la mirada perdida entre el público, intentando ignorar los comentarios de la gente al ver a un negro en aquel exclusivo ambiente. Entonces se fijó en una mujer con un vestido de seda rojo. Con el pelo pelirrojo recogido y una pequeña diadema de brillantes, parecía una princesa de cuento de hadas. La mujer le dirigió una mirada y se acercó con pasos lentos hasta ellos. Lincoln se ruborizó y comenzó a notar como el cuello rígido de la camisa le apretaba.
-Buenas noches, señores -dijo la mujer sonriente. Sus ojos verdes parecían centellear como un diamante más con la luz de las lámparas de araña. Su cuello alargado no tenía ni una sola joya, pero su piel blanca destacaba su prominente escote.
-Buenas Noches, Alicia. Estas noches no han salido las estrellas, porqué tenían miedo de tu belleza -dijo Hércules besando las mejillas de la mujer.
-Oh, Hércules, siempre tan galante -contestó la mujer y después clavó su mirada en el norteamericano.
-Permíteme que te presente a un viejo amigo. George Lincoln, uno de los hombres más valientes y sagaces que he conocido.
1 Oratorio de Navidad
-Creía conocer a todos tus amigos. La verdad es que eres una caja de sorpresas.
-¿Y tu padre?
-Ya sabes que desde que murió mamá, prefiere vivir como un ermitaño.
-Alicia realmente es cubana. La hija de un viejo conocido nuestro. ¿ Te acuerdas del almirante Mantorella? -preguntó Hér¬cules a Lincoln, que empezaba a recuperar la compostura.
-Encantado de conocerla, señorita -el agente extendió el brazo y dio un leve apretón a la enguantada mano de la mujer.
-¿Entonces has venido sola?
-¿A la ópera? ¿Estás loco? He venido con Bernabé Ericeira.
Hércules hizo una mueca y miró detrás de Alicia. La figura delgada, con una palidez enfermiza se asomó y con sus ojos amarillos se adelantó unos pasos. Los dos hombres se saludaron con frialdad. El español evitó presentarle a Lincoln, pero el espectro alargó la mano y se presentó él mismo.
-El conde de Ericeira.
-Mucho gusto, George Lincoln -dijo el norteamericano.
-Usted también es extranjero. En esta ciudad campesina los extranjeros no somos muy bien vistos -dijo el hombre intentando que la expresión de su cara se acercara a una amable sonrisa.
-No le hagas caso -espetó Hércules-. Lo que no comprende nuestro noble amigo, es que en Madrid, enseguida nos damos cuenta de las monedas falsas.
-¡Hércules! -dijo Alicia-. Por favor.
-Perdona Alicia. No quería molestar a tu amigo.
-No se preocupe, querida. El grosero he sido yo. Uno no puede hablar mal de la ciudad que le acoge.
-Cierto -dijo Hércules.
Una campana anunció que la primera parte iba a comenzar y las damas fueron del brazo de sus acompañantes hasta los palcos.
A unos pocos kilómetros del Teatro Real, en el salón Cervantes de la Biblioteca Nacional, el profesor François Arouet leía unos legajos. De cuando en cuando se levantaba las gafas, las colocaba sobre su
frente y pegaba la nariz a los papeles. Anotaba algo en una libreta y volvía a coger con cuidado las páginas. La sala estaba en penumbra. Su lámpara era la única que brillaba. Iluminando el escritorio, su melena blanca y su barba pelirroja. Todo estaba en silencio, pero el profesor de vez en cuando suspiraba o daba un pequeño grito de asombro. Las medidas de seguridad en la biblioteca eran más rígidas, pero aquel sábado por la noche, los pocos vigilantes de servicio jugaban a las cartas una planta más abajo.
El jefe de bibliotecarios se acercó a la mesa del profesor y le anunció que en unos minutos tendría que abandonar la sala. El francés le contestó con un leve gruñido y volvió a hincar la cara en el papel.
Lincoln se sentó entre Alicia y Hércules. El perfume de la mujer llenó el pequeño palco y durante unos segundos el norteamericano observó el brazo enguantado, la pulsera de brillantes y los perfiles del vestido. Estaba tan concentrado que las palabras de Hércules le sobresaltaron.
-Lincoln. Esta obra es de Johann Sebastian Bach, del año 1734. Me interesaba escuchar esta obra por algo más que por su belleza artística. Esta música se inspiró en los evangelios apócrifos para narrar el nacimiento de Cristo. En la obra se habla de un extraño personaje: ein Hirt ha talles das zuvor von Gott erfahren müssen. Algunos creen que se refiere a Abraham, pero después vuelve a mencionarse con la llegada de los Reyes Magos.
La música comenzó a inundar el teatro y las voces fueron amor¬tiguándose hasta que se hizo el silencio. Hércules dejó de hablar y los dos hombres se concentraron en la representación.
Novela: El Mesías Ario. Fragmento Gratuito

El Mesías Ario
Mario Escobar
A Elisabeth y Andrea, las dos columnas de mi vida. A mis tres hermanas, que son mi puente con la infancia.
Agradecimientos
A mis buenos amigos Juan Troitiño, Pedro Martín, Manuel Sánchez, Sergio Puerta y Miguel Ángel Pérez, por su apoyo, ánimo y acertadas opiniones. También quiero agradecer a Dolores McFarland sus comentarios y sugerencias.
Y vi otra bestia que subía de la tierra... Y hace grandes señales, de tal manera que aun hace descender fuego del cielo a la tierra delante de los hombres. Y engaña a los habitantes de la tierra a causa de las señales que se le concedió hacer en presencia de la bestia, mandándoles a los habitantes de la tierra hacer una imagen en honor de la bestia que tiene la herida de espada y que revivió. También le fue permitido dar aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen de la bestia hablase e hiciera que fueran muertos todos los que no adoraran a la imagen de la bestia. Y ella hace que a todos, a pequeños y a grandes, a ricos y a pobres, a libres y a esclavos, se les ponga una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar ni vender, sino el que tenga la marca, es decir, el nombre de la bestia o el número de su nombre. Aquí hay sabiduría: El que tiene entendi¬miento calcule el número de la bestia, porque es número de un hombre; y su número es 666.
Apocalipsis 13: 11-18
Prefacio
La mancha opacó el suelo de largas láminas de madera hasta formar un círculo. Al lado del gran escritorio, iluminado por una lámpara plateada, el profesor von Humboldt estaba colocado en una posición extraña. Agachado en cuclillas con la cabeza ligeramente levantada y con la cara mirando al frente. De las cuencas vacías de sus ojos salía una sangre muy roja y viscosa, que recorría sus mejillas, empapaba su barba rubia y cana hasta llegar a su garganta, después descendía por el cuello duro de la camisa perdiéndose en el interior y goteaba por el suelo.
A aquella hora de la noche el salón Cervantes solía estar solitario. Los bibliotecarios, que ya no tenían que buscar libros y manuscritos, se dedicaban a ordenar los pedidos del próximo día y a devolver los libros usados a las estanterías. El profesor von Humboldt permane¬cía en la Biblioteca Nacional hasta que el conserje pasaba con su lámpara de mano apagando las luces del edificio. Por eso nadie se preocupó por el profesor alemán hasta que el conserje realizó la ronda y le vio de la forma que les he descrito. Encima de su mesa se encontró un códice titulado Roteiro da Primeira Viagem de Vasco da Gama, abierto por el episodio de la llegada de los portugueses a la India. Al lado descansaban varios libros sobre la vida y viajes del descubridor portugués. Esto no parecía decir mucho, ya que una investigación sobre un marino portugués de finales del siglo XV no parecía tener relación con el desgraciado estado en el que se encon¬traba el profesor von Humboldt. Porque, señores, el profesor no estaba muerto.
Las automutilaciones de otro profesor unas semanas antes en el mismo salón debieron de alarmar a la dirección de la Biblioteca Nacional. Que dos doctores fueran mutilando sus cuerpos en las dependencias de una institución como aquella, no podía ser casual. La automutilación pasó al principio por un accidente fortuito, por eso las autoridades del centro habían evitado avisar a la policía. El primer incidente lo sufrió el profesor Michael Proust, un reconocido especialista en culturas del Próximo Oriente, al desplomarse por una de las empinadas escaleras de las estante¬rías de la sala II. Al caer se mordió la lengua y está saltó de su boca retorciéndose hasta aterrizar en una de las mesas de lectura.
Ustedes se preguntarán que hacía el señor Hércules Guzmán Fox investigando aquellos desagradables y desafortunados actos de locura. Eso mismo se dijo el agente George Lincoln cuando recibió su telegrama. Llevaban más de una década sin saber el uno del otro. Se habían conocido en La Habana, días antes de que sus dos países se enfrentaran, pero eso era otra historia.
Señores, aquella mañana el agente Lincoln salió para su pequeño despacho en la comisaría 10.ª de Nueva York, donde ejercía de oficial de policía desde hacía cinco años. Tomó el tranvía y se paró en el Café Israel. Como todos los días pidió un café solo y leyó el periódico. Cuando llegó a la comisaría, el sargento McArthur, un escocés pelirrojo que no soportaba que un negro fuera oficial del departamento, le saludó con su habi¬tual graznido y le lanzó un telegrama. Estaba abierto y roto. Miró al sargento y le sonrió; al escocés le enfurecía la amabilidad de los demás.
Una vez en el despacho, leyó este escueto mensaje:
«Lincoln espero que todo marche bien. He logra¬do localizarle. En Madrid han pasado unos hechos muy interesantes. ¿Podría venir a colaborar en una investigación no oficial?»
Hércules Guzmán Fox
No esperaba recibir noticias de su viejo amigo y mucho menos que éste le invitara a vivir una nueva aventura, pero no dudó a la hora de comprometerse. Contestó a Hércules y tras una larga e incómoda travesía en barco llegó hasta Lisboa. Lincoln nunca había estado en el Viejo Continente. Las estrechas calles de la capital lisboeta consiguieron que se olvidara del misterioso mensaje y, cuando cogió el tren para Madrid, todavía tenía la sensación de estar viviendo un sueño.
Lincoln nunca pudo olvidar los días que pasó en Europa ni el misterio que se cernía sobre un Continente que se preparaba para la guerra. El 15 de junio de 1914, cuando llegó a Madrid, aún muchos creían que la paz entre las grandes potencias era posible. Ahora que todos conocen lo sucedido, el mundo es más pequeño desde aquellos fatídicos días y, tal vez, cosas peores estén todavía por venir.
Primera parte
El misterio de la Biblioteca Nacional
1
Madrid, 10 de junio de 1914
Al levantarse del banco de madera se arrepintió de no haber pagado los dos dólares de diferencia entre primera y tercera clase. Las piernas le crujieron y un fuerte dolor en la espalda le subió como un latigazo hasta la nuca. Durante el trayecto apenas había descansado. El olor a sudor, el calor, las canciones de los quintos borrachos, los bebés llorando a pleno pulmón y los ronquidos de la mujer gorda que se había sentado a su lado y a la que durante la mitad del viaje había tenido que apartar varias veces para que no le aplastara, impedían descansar lo más mínimo. Por si esto fuera poco, parecía que nadie había visto un negro en su vida. En Lisboa nadie le miraba, en la ciudad siempre había muchos negros del Brasil, pero para los españoles, el único negro que estaban acostumbrados a ver, era el que cada Noche de Reyes, se tiznaba la cara con carbón para representar al Rey Mago Baltasar.
No llevaba mucho equipaje. Una maleta pequeña de piel, con varias mudas, una pistola, un bombín de repuesto y un par de libros además de la Biblia. Ayudó a la oronda mujer a bajar sus maletas del altillo y después, en su olvidado español se despidió de ella. Le costó llegar al final del pasillo. El tren estaba abarrotado. Cuando sus pies pisaron el andén comenzó a preguntarse qué haría en el caso de que su amigo no hubiera recibido su telegrama y no estuviera en la estación esperándole.
La gente caminaba de un lado para otro a toda prisa, por su mente pasó Nueva York y con una sonrisa, sacó un cigarro y lo encendió. Decidió caminar hacia la salida. La avalancha humana le apretaba por todas partes y era difícil mantener el equilibrio en medio de la marea. Cuando llevaba unos cincuenta metros, observó una figura que sobresalía en estatura de entre la multitud. Aquel hombre vestía un traje gris con rayas muy finas, de un corte inglés que estilizaba aún más su porte, acompañado por una impoluta camisa blanca y una corbata corta de color negro. No llevaba sombrero, su pelo peinado para atrás, con las patillas canas contrastaba con el color negro casi azulado del resto del cabello. Sus ojos negros miraban por encima del resto de cabezas buscando a alguien. Al ver a Lincoln sonrió, hasta que sus labios gruesos formaron un hoyue¬lo en las mejillas y levantó el brazo derecho. Caminó hacia su amigo y cuando llegó a su altura le dio un fuerte abrazo. Aquel hombre era sin duda Hércules Guzmán Fox, el mismo que quince años antes en la Habana había compartido con él una gran aventu¬ra. El tiempo no le había tratado mal. Su aspecto era incluso mejor, no tenía ojeras, su cara estaba afeitada y desprendía un agradable olor a perfume francés.
-Lincoln, George Lincoln -dijo sin poder evitar que cada sílaba sonara más emocionada.
-Amigo Hércules, el clima de Madrid le sienta mucho mejor que el de La Habana. Incluso tienes mejor color.
-Usted también -comentó el español. A Lincoln se le había olvidado el humor sarcástico de su amigo.
-Mi color es invariable -comentó el norteamericano sonriente.
-Estará cansado. Los trenes españoles no son muy cómodos. ¿Habrá viajado en primera?
-Si le digo la verdad -comentó Lincoln apoyando sus manos sobre sus riñones-, la almohada del patriarca Jacob era más cómoda que esas tablas.
-Espero que mi casa le resulte más confortable.
Los dos hombres comenzaron a caminar por el andén. El gran espacio de la estación se había despejado, gran parte de los viajeros ya habían abandonado el edificio. En la salida Hércules paró una berlina y atravesaron la ciudad empedrada. Lincoln observó el
pequeño número de vehículos a motor que circulaban por las calles. Los trolebuses tirados por caballerías caminaban fatigosos por la gran avenida, los carros repletos de abastos, los vendedores ambu¬lantes, obreros caminando con las caras sucias, mujeres vestidas de negro de los pies a la cabeza y los curas con sus sotanas raídas y sus sombreros redondos abarrotaban la ciudad.
La avenida de árboles conocida como el paseo del Prado era una arteria inmensa que atravesaba de norte a sur el corazón mismo de la ciudad. En el lado derecho pudo ver un inmenso jardín con una valla alta y elegante, después un edificio de ladrillo con estatuas clásicas y pórticos suntuosos, el hotel Ritz; las fuentes de Neptuno y de Cibeles, el Palacio de Comunicaciones y el paseo de Recoletos, edificios elegantes que brillaban bajo aquella luz intensa y blanque¬cina.
La calesa tomó una pequeña calle jalonada de mansiones con pequeños jardines y se detuvo delante de una de ellas. Hércules pagó al cochero y ambos se dirigieron al edificio. La fachada era de piedra blanca, con grandes balcones y adornada ricamente. Después de atravesar la verja, saltaban a la vista todo tipo de flores que franquea¬ban un camino de piedra. Una escalinata amplia llevaba hasta la puerta principal.
Lincoln se quedó mirando el edificio a los pies de la escalera y Hércules le dio un codazo para que le siguiera.
-Esto es una mansión. Veo que no ha perdido el tiempo en estos años.
-Nada de esto es mío. Mejor dicho, esto es parte de la herencia de mis abuelos, pero ya te contaré su historia en otro momento. Será mejor que entres, te asees y descanses un poco. Tenemos mucho trabajo por delante. Aunque esta noche iremos a la ópera. ¿Has traído algún esmoquin o chaqué?
-Sí, claro y la pitillera de plata -dijo sonriendo Lincoln.
-Bueno, alquilaré un esmoquin para ti, hasta que mi sastre te corte uno.
La entrada daba a un gran hall cubierto de un mármol de tonos gris y blanco. La escalera central se dividía en dos brazos y una luz brillante de colores se introducía por unas vidrieras en las que se representaba una escena histórica. Hércules acompañó a su amigo
hasta su habitación y se despidió de él advirtiéndole que le llamaría para almorzar.
Lincoln curioseó por la habitación. Luz eléctrica, agua corriente y caliente, una cama enorme, un escritorio francés blanco con ribetes de oro, cuadros de autores que él desconocía, todo un lujo. El policía norteamericano se preguntó cómo había cambiado tanto la vida de su amigo. En La Habana era un pobre diablo alcohólico, un militar deshonrado que vivía en burdeles de segunda y en Madrid, quince años después, parecía un aristócrata.
El agente se desnudó, llenó la bañera y se metió en el agua tibia. El calor en aquella casa parecía amortiguado por los techos altos y los muros gruesos, pero era agobiante desde las diez de la mañana. Él estaba acostumbrado, el verano de Nueva York podía ser la peor pesadilla de sus habitantes, pero aquella sequedad le taponaba la nariz y le secaba la garganta.
Cerró los ojos y su mente se transportó a Cuba, recordó a Helen, la intrépida periodista que les había ayudado en el misterio del Maine, al profesor Gordon y sus increíbles historias sobre Colón. Sintió un acceso de melancolía, aquella investigación no sería lo mismo sin ellos. Helen estaba muerta. Hacia muchos años que no visitaba su tumba, a pesar de tener el cementerio relativamente cerca. Del profesor Gordon no sabía nada. Debía dar clases en la universidad de La Habana o estaría jubilado, rodeado de libros e investigando alguna medicina o un texto antiguo.
La mente le devolvió a la realidad. Estaba en Madrid, la vieja Europa. Aquella noche iría con Hércules a la Ópera y se codearía con la alta sociedad. Un escalofrió le recorrió la espalda. Él no encajaba en aquel mundo. Criado en el peor barrio de Washington, con estudios básicos, negro y extranjero. Definitivamente no encajaba en aquella historia, pensó antes de quedarse dormido con la agradable sensa¬ción de flotar en una nube.
2
Madrid, 10 de junio de 1914
La cueva de Zaratustra era más oscura si cabe que la de Platón. La calle no tiene luz del sol ni en la noche de San Juan. Por eso siempre huele a meados y humedad, como en los barrios bajos de París - le gustaba decir al dueño. El mostrador muy pequeño, con libros viejos apilados, polvorientos y carcomidos por las ratas, espanta a los curiosos y a los lectores de medio pelo. Dentro, la oscuridad y los libros por todas partes, dan a la tienda ese aire de almacén de papel. La puerta de la calle sólo se entorna en parte, porque los volúmenes apilados en el suelo, ocupan todo el espacio. Pilones que llegan a más de un metro y que impiden que los pocos curiosos que acceden al local, lleguen a las estanterías ennegrecidas por el humo de las velas, el local no tiene luz eléctrica, el tabaco negro del librero y el polvo forman una espesa capa sobre todos los lomos de los libros.
El mostrador, abarrotado de papeles, más volúmenes y algunas láminas y grabados, sólo se despeja en un cuadradito, donde suele apoyarse el librero, Zaratustra. Su aspecto es mezquino. Su camisa raída, unos sobre mangas rotos, como las de los oficinistas, una visera verde, un monóculo colgado del chaleco apretado y un pantalón arrugado, bombacho, sujeto con una cuerda de esparto.
Al entrar a la cueva, el escritor siempre hacía el mismo saludo y recibía, invariablemente la misma respuesta:
-Mal Polonia recibe a un extranjero.
-Padre y maestro mágico, salud.
Después el escritor se acercaba a las estanterías, estiraba su brazo para sacar algún volumen al azar. Zaratustra le miraba desganado, casi enfadado de que le removieran el polvo. El hombre hacía esfuerzos por pasar las páginas con su único brazo y la barba larga y blanca, se le enredaba con los libros apilados. Su traje negro se llenaba de polvo y las gafas se le ponían en la punta de la nariz. De vez en cuando estornudaba por el polvo y con la manga se secaba el agüilla que le goteaba de la punta de la nariz.
-¿No hay nada de lo mío? -preguntó el escritor sin mirar al librero, dándole la espalda.
-Don Ramón, esto no es una librería de encargo. Aquí hay lo que ve. Libros viejos, restos de papeles que cuando mueren los abuelos se traen aquí, antes de que calienten el fuego de alguna estufa o envuelvan el pescado de una doña.
-Zaratustra, ¡diablos! Me pone enfermo su frigidez, los libros no son combustible. Son arte, vida. Ningún libro merece morir de esta forma -dijo don Ramón levantando su único brazo con el volumen todavía en la mano.
-Padre y maestro...
-Menos guasa, Zaratustra. Hace dos semanas encontré unos interesantes libros sobre Vasco de Gama y su primer viaje a la India, los libros estaban llenos de anotaciones. ¿ No puedes recordar quién los trajo? ¿Dónde tienes más libros de esa partida?
-Aquí no guardo orden, ni registro, no hago recibos y, precisa¬mente por eso están las cosas como están.
-¡Y cómo están!
-Nadie le obliga a venir -refunfuñó el librero.
-Cierto, certísimo -dijo don Ramón pero se mordió la lengua. En aquella cueva había encontrado libros antiguos casi regalados. La penitencia de aguantar al dueño no era comparable con aquellos tesoros -. Éste cementerio de libros, profanado por mis dedos es un castigo, si por lo menos fueras mi Virgilio, Zaratustra, si me ayudaras a pasar todos estos infiernos.
El librero resopló y se puso a leer un periódico viejo y arrugado. Don Ramón del Valle-Inclán había visitado todos los días la cueva durante las dos últimas semanas. Una mañana, a primeros de agosto,
cogió uno de aquellos libros por casualidad. El libro era viejo, principios del siglo XIX, estaba escrito en portugués y hablaba pormenorizadamente del viaje del descubridor portugués Vasco de Gama a la India en el año 1498. Él conocía perfectamente la historia del viaje, pero aquel libro contaba cosas increíbles que nunca había oído, sobre todo de la estancia en Goa de los portugueses. Aunque lo verdaderamente fascinante eran los apuntes y anotaciones que tenían la mayoría de las páginas. Por eso llevaba días buscando algún otro libro de aquel desconocido estudioso de Vasco de Gama. Dos mañanas después del primer hallazgo, encontró otro libro con las mismas anotaciones sobre el apóstol Santo Tomás, el evangelizador de la India, pero desde entonces no había vuelto a encontrar nada nuevo. Zaratustra, después de mucho insistirle, creía recordar que un hombre joven con pinta de extranjero, le había llevado tres o cuatro libros en buen estado, pero que no sabía dónde podía estar el resto y no conocía de nada a aquel hombre. Los otros libros tenían que estar cerca de los que había encontrado o los habría llevado con otros para venderlos al peso. Aunque se inclinaba por lo primero, ya que los libros en buen estado los aguantaba un poco más, a ver si alguien los compraba. Don Ramón había vaciado todas las estante¬rías cercanas, los dos montones que estaban enfrente y luego probó al azar. Si algún ángel maléfico o hado le había llevado hasta aquellos libros, tal vez lo volviera a hacer. Todo fue inútil.
-Bueno Zaratustra, me voy. Mañana volveré.
-Lo que a usted le mueve es el misterio. Estaría bueno que se divulgara el misterio. Sin él no habría novela. Padre y maestro mágico.
El escritor refunfuñó y salió de la cueva de Zaratustra ofuscado. Caminó por la calle sombreada y húmeda, parecía como si el invierno se hubiese detenido en ella. Cuando salió a Fuencarral sintió calor. Un balsámico sol inundó sus huesos y recorrió despacio la distancia que le separaba de casa. A esa hora, su mujer ya tenía el puchero preparado y no le gustaba hacerle esperar.
3
Madrid, 10 de junio 1914
El esmoquin no es una prenda cómoda. El cuello duro, la chaqueta entallada, el chaleco ajustado. Parece como si estuviera diseñado para ser incomodo, de tal forma que el que lo lleva se mantenga rígido y estirado. Lincoln se probó tres antes de que la endiablada prenda le quedara medianamente bien. Vestido así parecía un camarero de segunda, de algún restaurante de segunda en Manhattan. Hércules se divertía con los movimientos torpes de su amigo y con ese aire de policía embutido.
Un carruaje lujoso les esperaba en la puerta de la mansión. El cochero les abrió la puerta y los dos hombres entraron. La cabina estaba tapizada con terciopelos y sedas rosadas. Hércules sacó una botella de champán de algún sitio y le ofreció una copa a su amigo.
-No sabía que bebieras.
-Sí, la bebida no es mi mayor vicio. Mis problemas con el alcohol fueron un problema, digamos circunstancial. Esta noche quiero brindar por tenerte aquí, en Madrid y vivir de nuevo una aventura juntos -dijo Hércules levantando la copa. Brindaron y el español comenzó a observar la calle iluminada por faroles de gas. Subieron por la calle de Alcalá y llegaron a la puerta del Sol. Atravesaron la plaza a toda velocidad y descendieron por Arenal hasta el Teatro Real. La carroza les dejó delante de la entrada porticada y pisando la alfombra roja penetraron en el edificio. El vestíbulo estaba repleto de
damas vestidas con telas de vivos colores, luciendo sus collares y sus sortijas. Los hombres vestían esmóquines negros, muchos de ellos con bandas cruzadas, pajaritas blancas y bigotes prusianos.
-No te amedrentes. Si te contara cómo es la vida de la mitad de estos prohombres de la patria, tendrías pesadillas todas las noches -dijo Hércules sonriente.
-No es la primera vez que vengo a la ópera -masculló Lincoln frunciendo el ceño. Le irritaba la irónica actitud de su amigo, pero decidió disfrutar de la velada y olvidar que no pintaba nada en aquel sitio.
-No es temporada de ópera. Normalmente en estas fechas el teatro está cerrado, pero hay una fabulosa compañía alemana y la temporada se ha reabierto por una semana. Hasta el rey ha dejado sus vacaciones en Santander y ha acudido a la calurosa Madrid para oír el concierto. La obra es de Bach, el Weihnachts Oratorium.1
Lincoln parecía ausente, con la mirada perdida entre el público, intentando ignorar los comentarios de la gente al ver a un negro en aquel exclusivo ambiente. Entonces se fijó en una mujer con un vestido de seda rojo. Con el pelo pelirrojo recogido y una pequeña diadema de brillantes, parecía una princesa de cuento de hadas. La mujer le dirigió una mirada y se acercó con pasos lentos hasta ellos. Lincoln se ruborizó y comenzó a notar como el cuello rígido de la camisa le apretaba.
-Buenas noches, señores -dijo la mujer sonriente. Sus ojos verdes parecían centellear como un diamante más con la luz de las lámparas de araña. Su cuello alargado no tenía ni una sola joya, pero su piel blanca destacaba su prominente escote.
-Buenas Noches, Alicia. Estas noches no han salido las estrellas, porqué tenían miedo de tu belleza -dijo Hércules besando las mejillas de la mujer.
-Oh, Hércules, siempre tan galante -contestó la mujer y después clavó su mirada en el norteamericano.
-Permíteme que te presente a un viejo amigo. George Lincoln, uno de los hombres más valientes y sagaces que he conocido.
1 Oratorio de Navidad
-Creía conocer a todos tus amigos. La verdad es que eres una caja de sorpresas.
-¿Y tu padre?
-Ya sabes que desde que murió mamá, prefiere vivir como un ermitaño.
-Alicia realmente es cubana. La hija de un viejo conocido nuestro. ¿ Te acuerdas del almirante Mantorella? -preguntó Hér¬cules a Lincoln, que empezaba a recuperar la compostura.
-Encantado de conocerla, señorita -el agente extendió el brazo y dio un leve apretón a la enguantada mano de la mujer.
-¿Entonces has venido sola?
-¿A la ópera? ¿Estás loco? He venido con Bernabé Ericeira.
Hércules hizo una mueca y miró detrás de Alicia. La figura delgada, con una palidez enfermiza se asomó y con sus ojos amarillos se adelantó unos pasos. Los dos hombres se saludaron con frialdad. El español evitó presentarle a Lincoln, pero el espectro alargó la mano y se presentó él mismo.
-El conde de Ericeira.
-Mucho gusto, George Lincoln -dijo el norteamericano.
-Usted también es extranjero. En esta ciudad campesina los extranjeros no somos muy bien vistos -dijo el hombre intentando que la expresión de su cara se acercara a una amable sonrisa.
-No le hagas caso -espetó Hércules-. Lo que no comprende nuestro noble amigo, es que en Madrid, enseguida nos damos cuenta de las monedas falsas.
-¡Hércules! -dijo Alicia-. Por favor.
-Perdona Alicia. No quería molestar a tu amigo.
-No se preocupe, querida. El grosero he sido yo. Uno no puede hablar mal de la ciudad que le acoge.
-Cierto -dijo Hércules.
Una campana anunció que la primera parte iba a comenzar y las damas fueron del brazo de sus acompañantes hasta los palcos.
A unos pocos kilómetros del Teatro Real, en el salón Cervantes de la Biblioteca Nacional, el profesor François Arouet leía unos legajos. De cuando en cuando se levantaba las gafas, las colocaba sobre su
frente y pegaba la nariz a los papeles. Anotaba algo en una libreta y volvía a coger con cuidado las páginas. La sala estaba en penumbra. Su lámpara era la única que brillaba. Iluminando el escritorio, su melena blanca y su barba pelirroja. Todo estaba en silencio, pero el profesor de vez en cuando suspiraba o daba un pequeño grito de asombro. Las medidas de seguridad en la biblioteca eran más rígidas, pero aquel sábado por la noche, los pocos vigilantes de servicio jugaban a las cartas una planta más abajo.
El jefe de bibliotecarios se acercó a la mesa del profesor y le anunció que en unos minutos tendría que abandonar la sala. El francés le contestó con un leve gruñido y volvió a hincar la cara en el papel.
Lincoln se sentó entre Alicia y Hércules. El perfume de la mujer llenó el pequeño palco y durante unos segundos el norteamericano observó el brazo enguantado, la pulsera de brillantes y los perfiles del vestido. Estaba tan concentrado que las palabras de Hércules le sobresaltaron.
-Lincoln. Esta obra es de Johann Sebastian Bach, del año 1734. Me interesaba escuchar esta obra por algo más que por su belleza artística. Esta música se inspiró en los evangelios apócrifos para narrar el nacimiento de Cristo. En la obra se habla de un extraño personaje: ein Hirt ha talles das zuvor von Gott erfahren müssen. Algunos creen que se refiere a Abraham, pero después vuelve a mencionarse con la llegada de los Reyes Magos.
La música comenzó a inundar el teatro y las voces fueron amor¬tiguándose hasta que se hizo el silencio. Hércules dejó de hablar y los dos hombres se concentraron en la representación.
08 Feb 2008
Crítica de la novela El Mesías Ario
Título: El Mesías Ario.
Autor: Mario Escobar Golderos.
Editorial: La Factoría De Ideas.
I. S. B. N.: 8498003482.
Nº Páginas: 384.
Por David Yagüe,
1914. En un caluroso y convulso verano en Madrid, en absoluto ajeno a los aires de guerra que vienen de Europa, una serie de académicos se automutilan salvajemente en la Biblioteca Nacional. Uno de los encargados de la investigación, Hércules Guzmán Fox, veterano de la Marina en Cuba, decide recurrir a un agente de inteligencia norteamericano con el que investigó el hundimiento del Maine en 1898, el ahora policía de Nueva York, Goerge Lincoln.
Mario Escobar Golderos ha reencontrado, en su nueva novela, a los dos protagonistas de su ópera prima Conspiración Maine, Lincoln y Hércules, en una nueva aventura llena de intriga y acción. Y lo ha hecho con unos elementos muy parecidos a los de aquella novela. Parecidos, pero no iguales. No sólo los personajes han cambiado en este lapso de tiempo, el autor se mantiene fiel a un estilo que mejora y perfecciona. Escobar ha mejorado no sólo el estilo y los mecanismos estructurales de la historia, si no que ha añadido más oficio a esta historia que pasa ante los ojos del lector a un ritmo vertiginoso.
A medio camino entre las novelas de aventuras del siglo XIX y los thrillers más contemporáneos El Mesías Ario nos traslada a través de tres ejes que se despliegan como una muñeca rusa (los viajes de Vasco de Gama a la India, la leyenda del Cuarto Rey Mago que fue a adorar al Mesías y las corrientes protonazis que surgían en la Alemania y Austria de principios de siglo XX) a una endiablada búsqueda llena de enigmas, persecuciones y giros de trama por Madrid, Lisboa, Colonia, Viena, Sarajevo y Munich. La más afinada documentación histórica sirve para que el autor cree una historia que por qué no, pudo haber sido así, porque no contradice en nada la historia oficial. Es de agradecer, por cierto, que el autor vuelva a indicar al final del libro lo que es histórico y lo que es fruto de su imaginación.
Lo que queda demostrado con esta novela es que Escobar Golderos es uno de los candidatos más firmes a entrar en el Olimpo de los más grandes de este género en nuestro idioma, a la altura de Matilde Asensi u otros similares. Con El Mesías Ario se descubre como un maestro del ritmo, endiablado, eléctrico, que es capaz de ocultar, como un ilusionista de la palabra, otros detalles menos conseguidos o algún cabo suelto. Sin olvidar la faceta divulgativa de este historiador metido a escritor que es capaz de narrar con sencillez y claridad un hecho tan complejo como el inicio de la Primera Guerra Mundial.
Prueba de todo lo dicho son las últimas sesenta páginas del libro, desenlace de la historia, donde como si de un montaje alterno cinematográfico se tratara, el autor compagina las cortes europeas donde se está declarando la guerra con una vertiginosa persecución por las calles de Munich. Una persecución que acaba con una elección moral, original y fantástica, que cierra la historia para los personajes y que sólo el lector es capaz de juzgar en toda su dimensión histórica. Sin duda, uno de los finales más logrados de este año.
El Mesías Ario es, en resumidas cuentas, un perfecto ejemplo de literatura de entretenimiento confeccionada con oficio y originalidad que sorprenderá y gustará a todo tipo de lectores.
Texto de Comentario de Libros
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26 Ene 2008
Lo decía Castelar
Discurso sobre la libertad religiosa y la separación entre la Iglesia y el Estado
(12-IV-69) Emilio Castelar
No lo digo yo, lo decía Castelar. Desde que lo hizo ha llovido mucho, aunque nunca suficiente en esta seca y confusa tierra de España. El domingo anterior se paseaba la Virgen de la Almudena bajo el palio de Don Alberto Ruiz Gallardón, escoltado por la policía municipal a caballo. ¿Estado aconfesional y secular? Para nada, pero no lo digo yo, lo decía Castelar:
“¿Qué dije yo, señores, qué dije yo entonces? Yo no ataqué ninguna creencia, yo no ataqué el culto, yo no ataqué el dogma. Yo dije que la Iglesia católica, organizada como vosotros la organizáis, organizada como un poder del Estado, no puede menos de traernos grandes perturbaciones y grandes conflictos, porque la Iglesia católica con su ideal de autoridad, con su ideal de infalibilidad, con la ambición que tiene de extender estas ideas sobre todos los pueblos, no puede menos de ser en el organismo de los Estados libres causa de una continua perturbación en todas las conciencias, causa de una constante amenaza a todos los derechos”.
No pensemos que Emilio Castelar, periodista, político y gran orador, era antirreligioso o ateo, su madre, Maria Antonia Ripio, era una ferviente católica que enseñó a su hijo los principios básicos de la religión. Su padre, Manuel Castelar, exiliado en Gibraltar por sus ideas políticas, imprimió en Emilio su sentido de libertad y democracia. Así respondía a un prelado, diputado como él, para defender la libertad de cultos en España:
“Me preguntaba el Sr. Manterola si yo había estado en Roma. Sí, he estado en Roma, he visto sus ruinas, he contemplado sus 300 cúpulas, he asistido a las ceremonias de la Semana Santa, he mirado las grandes Sibilas de Miguel Ángel, que parecen repetir, no ya las bendiciones, sino eternas maldiciones sobre aquella ciudad; he visto la puesta del sol tras la basílica de San Pedro, me he arrobado en el éxtasis que inspiran las artes con su eterna irradiación, he querido encontrar en aquellas cenizas un átomo de fe religiosa, y sólo he encontrado el desengaño y la duda”.
Castelar, miembro del minoritario partido democrático en 1854, redactor de los periódicos “El Tribuno del Pueblo” y “La Soberanía nacional”, Catedrático de Historia Critica y Filosófica en España, conferenciante del Ateneo de Madrid, eraº un hombre de un gran bagaje cultural, filosófico e histórico. En las siguientes líneas de su discurso hace un repaso histórico magistral y extemporáneo:
“ Pues bien, Sres. Diputados; en aquel salón (sigue hablando del Vaticano) se encuentran varios recuerdos, entre otros, don Fernando el Católico, y esto con mucha justicia; pero hay un fresco en el cual está un emisario del rey de Francia presentándole al Papa la cabeza de Coligny; había un fresco donde están, en medio de ángeles, los verdugos, los asesinos de la noche de San Bartolomé; de suerte que la Iglesia, no solamente acepta aquel crimen, no solamente en la capilla Sixtina ha llamado admirable a la noche de San Bartolomé, sino que después la ha inmortalizado junto a los frescos de Miguel Ángel, arrojando la eterna blasfemia de semejante apoteosis a la faz de la razón, de la justicia y de la historia”.
La Historia denuncia las injusticias y reclama la retribución, de nada sirve pedir perdón sin restituir al agraviado. Castelar defiende estas ideas desde el periódico “La Democracia”, fundado por él en 1864. Sus críticas al gobierno y a la reina Isabel II le valen la expulsión de la universidad, pero la manifestación de estudiantes en la “Noche de San Daniel”, en la que varias personas son heridas y muere un joven, le permiten volver a su cátedra. En 1866 tiene que huir del país perseguido por sus ideas políticas. En el año que pronuncia este discurso ha sido elegido diputado en las Cortes de la 1ª República. En este periodo defiende la libertad de cultos y la separación entre Iglesia y Estado.
“Grande es Dios en el Sinaí; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo: «¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!». Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí, a pediros que escribáis en vuestro Código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres...”
El Dios del Calvario nunca estará en la casa de los reyes, en los senados ni en las moquetas de los poderosos. De Él es el mundo y su plenitud, Él pone y quita gobiernos. ”...grande es la religión del poder, pero más grande es la religión del amor...” No lo digo yo, lo decía Castelar.
Mario Escobar Golderos.
25 Ene 2008
Las SS y la Orden Negra
El Reichsführer de las SS, Hinrich Himmler, ha sido considerado como el segundo hombre más importante del tercer Reich. Existe una contradicción entre las ideas de la pureza aria, de esa exhaltación por el físico poderoso rubio y de ojos azules de los super hombres que produciría la alemania nazi, con el físico poco sugerente de Himmler. Sin embargo, Himmler desde el principio se ajustó perfectamente a los planes de hitler.
Se dice que Himmler estudió la carrera de Ingeniero Agrónomo, y que terminando la carrera, su padre le ubicó en una granja para que acumulara experiencia. De joven, era débil, pálido y sin carácter. Fue Strasser, miembro activo del partido nazi, quien acogió como secretario. Tambien se cuenta que era un tipo complaciente a la autoridad y poco afecto a las bromas. El futuro líder de las SS, gustaba del secreto; hacía de él una regla cuya violación sería causa de la muerte. Se dice que en su cargo de secretario de la oficina de propaganda del partido en la baja Baviera, hablaba con una fotografía de Hitler que había en la pared, mucho antes de hablar con el en persona. Acerca del poder de Himmler como líder podemos decir que tenía grandes aptitudes organizativas además de que se cuenta que poseía una memoria fotográfica, un poderoso instrumento que haría crecer a las SS con una velocidad impresionante.
Gorra negra de las SS, con el águila y la calavera, símbolo distintivo antiguamente de los húsares imperiales.

Cuidadores de los terribles campos de concentración.
Fue 6 de Febrero en 1929 cuando se le fue confiado el grado de Reichsführer-SS a Himmler, quien con respecto a las SS, decía lo siguiente: “La SA constituye la tropa. La SS somos la Guardia. Y siempre ha existido una Guardia. La han tenido los persas, los griegos, Julio César y Napoleón y el viejo Fritz. La Guardia de la Nueva Alemania somos los SS”. Es evidente el respeto y la motivación que Himmler, al igual que Hitler y muchos de los grandes líderes de las naciones, buenos y malos, han sentido por la historia a través de los siglos.
Es importante tomar en cuenta las motivaciones mágicas de Hitler, y su influencia decisiva en Himmler. De todos, Himmler la persona que verdaderamente tenía fe y respeto por las artes ocultas. No como Goebbels que más bien fingía su interés para su propio beneficio.
Himmler en discurso a las SS.
SS: Un llamado a la pureza aria
Era tal el afán de Himmler de que las SS tuvieran al personal más puro de Alemania, que se dió a la tarea de purgarla, reteniendo únicamente a aquellos que pudieran comprobar que su origen se encontraba libre de Judíos o razas inferiores hasta 1750, además de que tenían que tener las mejores características físicas germanas. Una vez que el aspirante cubría los extensos requisitos, se le entregaban el uniforme negro de las SS con la calavera plateada y una daga ceremonial. En adelante debían asistir a lo que Francis King, autor de Satan and the Swastika (Satanás y la svástica) describe como «ceremonias neopaganas de una religión específica de las SS, creada por Himmler y derivada de su interés por el ocultismo y la adoración de Woden».
Himmler se había entregado al espiritismo, las ciencias ocultas y la astrología desde el final de su adolesenscencia, dándole la espalda al catolocismo. Creía que era la reencarnación de Enrique el Cazador, fundador de la casa real de Sajonia, y del estado Alemán, consecuentemente. Todo esto fue incorporado a la religión que les impondría a las SS. Otra de las acciones encaminadas a la exhaltación de las tradiciones germanas, es el intercambio de las fiestas cristianas por fiestas germánicas.
Himmler incursionó en ocultismo a través de sus estudios del Santo Grial, y fue un partidario de la Thule (una organización ocultista alemana). “... Creía en el magnetismo, el mesmerismo, la homeopatía, en las teorías más dudosas del eugenismo naturista, en los videntes , echadores de cartas, curanderos, hipnotizadores y hechiceros de los que estuvo rodeado toda su vida, hasta el punto de que muchas veces no se atrevía a tomar una decisión sin consultarles...” Estos antecedentes son indicios del rotorcido camino que se trazó para las SS.
Hablando en términos de sus aspiraciones, elitistas y racistas, Himmler dice: “Un principio fundamental debe servir de regla absoluta a todo hombre SS. Debemos ser honrados, comprensivos, leales, buenos camaradas con los que son de nuestra sangre y con nadie más. Lo que le pase a un ruso, a un checo, no me interesa absolutamente nada...” Tambien: “...Queremos formar una clase superior que dominará a Europa durante siglos..”
Himmler, inspirado en la orden de los caballeros teutones que pelearon en las cruzadas, se decidió desarrollar las SS, como una fuerza de monjes guerreros.
Los Nuevos Caballeros Teutones al mando de Himmler, las SS
Bajo este contexto es fácil ver el parecido con la Orden de los Caballeros Teutones, que las SS representaban. Una orden de monjes guerreros que renunciaba a sus privilegios y elegía una vida de lucha y sacrificio para seguir sus ideales, en aquel tiempo del medioevo, la persecución y enfrentamiento con los infieles que son una amenaza para la cruz, en el tiempo del tercer reich, los ideales cambiaron.
Solo los más altos mandos de la Orden Negra, estaban enterados de las oscuras y verdaderas intenciones de las SS. Solo después de las acreditaciones necesarias, se les era permitido tomar parte en los rituales secretos, donde se les enseñaba a "creer, obedecer, combatir" así como que "se aprende a recibir y dar la muerte". La preparación se hacía en las escuelas o Napolas. Luego accedían a los burgs –lugares especiales-, donde completaban su formación.
En la conferencia de Paz de 1934, Himmler dice: “El mundo presenciará la resurrección de la vieja Borgoña, que fue antaño el país de las ciencias y de las artes y que Francia ha relegado al rango apéndice conservado en alcohol. El Estado soberano de Borgoña, con su Ejército, sus leyes, su moneda y su correo, será el estado modelo SS. Comprenderá la Suiza romana, la Picardía, la Champaña, el Franco Condado, el Hainut y el Luxemburgo. La lengua oficial será el alemán, naturalmente. El partido nacionalsocialista no tendrá allí ninguna autoridad. Solo gobernarán las SS, y el mundo quedará a un tiempo estupefacto y maravillado ante este Estado, en que se aplicará el concepto SS del mundo..” Extraños comentarios, de los cuales se obtuvieron reacciones mudas.
Welwelsburg, el castillo en Westfalia, donde se pretendía crear el centro del mundo. Cuartel de las SS
Welwelsburg, centro de mando de las SS
El centro de mando de las SS fue el castillo de Welwelsburg, en Westfalia, el cual fue comprado por Himmler en ruinas en 1934 y al que para su recontrucción fueron destinados 13 millones de marcos que se usaron durante los 11 años siguientes. Dicho castillo se encontraba lleno de simbología mágica y ocultista, además de estar en un punto de gran poder, que lo hacían irradiar una poderosa energía. Continua leyendo en: http://elmesiasrio.blogcindario.com/
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