02 Sep 2008
No quiero madurar

Vale. Como bien sabrás estoy en plena semana "me gusta Ian McEwan". Antes hubo otras temporadas "soy fan de Truman Capote", "cómo mola Vila-Matas".Soy así, qué pasa. Cuando algo me da fuerte me tiro unos cuantos días dándole vueltas. Si es un escritor busco sus libros por todas partes, si es un grupo de música me descargo todas sus canciones, si una web de Internet, busco foros o sitios donde me recomienden páginas similares. Impulsivo como un niño, sí. Y estoy en la semana McEwan.
Después de Sábado (bien bien, decíamos ayer) me he puesto con "En las nubes". Debo reconocer que el libro al principio me ha dejado un poco frío. Las historias de Peter Fortune, un niño que se transforma en gato, bebé y defensor de mi casa en plan Macauly Culkin, no terminaban de engancharme. Era como un libro con los artificios de Millás, con una prosa sencillita y aires de novela para adolescentes. Sin embargo, merece la pena llegar hasta el final del libro. Son sólo 147 páginas, así que tampoco es que haya que esperar mucho para el desenlace. Lo mejor llega en el último capítulo cuento, cuando Peter crece, se hace mayor, adulto, madura y es entonces cuando comprendes todas las metamorfosis que anteriormente a sufrido y soñado, en ese estado permanente de estar "en las nubes".
Yo no quiero madurar. Ni crecer. Pero tampoco ser Peter Pan, a ver si me entiendes. Si me entiendes chachi, me escribes y me lo cuentas, porque yo no estoy muy seguro de lo que digo. El caso es que el último capítulo de "En las nubes" es bestial. Cuando Peter descubre que no siempre estará jugando en la playa y que habrá un día, no muy lejano, en el que ya no hará castillos en la arena y sus mañanas juntos al mar se compondrán de conversación en la playa, periódicos (un día conocerás el nombre de decenas de presidentes de Gobiernos) y siestecillas en la tumbona.
El libro tiene párrafos geniales. Como éste, subrayado a lápiz.
"Una noche, tras la cena, Peter se enzarzó en una discusión con otro de los niños que se llamaba Henry. La disputa empezó por una tablea de chocolate, pero la rencilla pronto degeneró en una sarta de insultos. Por alguna razón, todos los niños excepto, claro está, Kate se pusieron de parte de Henry. Peter tiró la tableta de choolate a la arena ys e marchó. Kae se dirigió a la casa para que le pusieran una tirita en un corte que se había hecho en el pe. El resto del grupo se fue por la playa. Peter se dio la vuelta y los vio alejarse. Oyó risas. A lo mejor hablaban de él. Mientras el grupo se reitraba en el atardecer, sus miembros se perdieron de vista y sólos e veía una mancha que se movía ys e estiraba hacia un lado y otro. Lo más probable era que se hubieran olvidado de él y que jugaran a un nuevo juego.
Peter permaneció de piede espladas al mar. Un repentino viento helado le hizo estremecerse. Miró las casas. Sólo pudo oír el grave murmullo de las conversaciones de los adultos, el ruido de un tapón descorchado, el musical sonido de la risa de una mujer, quizá su madre. De pie allí, aquel anochecer de agosto,e ntre los dos grupos, con el mar lamiendo sus pies descalzos. Peter se dio cuenta de pronto de algo muy obvio y terrible: un día dejaría el grupo que corría desordenadamente por la playa y se uniróa al grupo que estaba sentada y conversaba. Resultaba difícil de creer, pero sabía que era verdad. Se preocuparía por cosas diferentes, por el trabajo, por el dinero y los impuestos, los talonarios, las llaves y el café, y por hablar y estar sntado interminablemente sentado.
Esos pensamientos ocupaban su mente cuando esa noche se metió en la cama. Y no eran exactamente pensamientos felices. ¿Cómo podía ser feliz ante la perspectiva de una vida gastada en estar sentado y hablar? O haciendo recados y yendo a trabajar. Y sin jugar nunca, sin divertirse nunca de verdad. Und ía sería una persona completamente diferente. Ocurriría tan despacio que ni siquiera se daría cuenta, y cuando lo hiciera, su espléndido y juguetón yo de los once años estaría bastante lejos, sería tan peculiar y difícil de comprender como le parecían a él todos los adultos en ese momento. Y con estos tristes pensamientos se adentró en el sueño". (p. 137-138)
Sigue nadando
Crítica en El Cultural de El Mundo
Primer capítulo del libro
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