23 Nov 2008
El de las Once Varas

Creo que ya lo leía de antes. En aquellos años pretéritos de Universidad en los que Pedro Simón escribía en el suplemento Campus. Sin embargo, no recuerdo nada en esos artículos que me llamara especialmente la atención (entonces). Nada, salvo quizá, el nombre. Pedro Simón. Luego lo redescubrí con En Camisa de Once Varas, esas entrevistas tan culas que se marca en verano para El Mundo (es una incógnita por qué no también el resto del año). El caso es que desde entonces, uno se ha ido fijando en la firma de Pedro Simón. Me gusta como escribe. Y más, si lo que hay debajo de su firma es un artículo como el que hoy publica en El Mundo. Se titular Familias como Pullas. Y es otra historia más de esas que sirven para poner cara a la crisis. "El clan ingresa 470 euros al mes ya ha de pagar 850 de alquiler". ¿Otra historia más? No, claro que no. La diferencia, tantas veces en periodismo, más en periodismo literario, en perfiles, en reportajes de personas, no está tanto en el tema elegido, sino en el enfoque, en el punto de vista, en los detalles captados al vuelo que requieren cinco preguntas del periodista para al final quedar reducido a un solo artículo, a media línea golosa que da valor, miga a miga, a todo el artículo. En definitiva, tantas veces lo interesante no es lo que se cuenta, sino cómo. El artículo de hoy de Pedro Simón en El Mundo es estupendo (en la delgada línea de lo lírico y lo poéticamente cursi), con frases memorables que uno quisiera robar si no tuvieran ya precedente y copyright.
""Allí apenas se conocían de vista. Aquís e cruzaron en una frutería, se reconocieron y le pusieron dos asas a un cesto".
"Los únicos ingresos al mes para esta familiad e cuator miembros son los 470 euros que gana Eugenia con las manos desleídas en Chanel de lejía y amoniaco".
15 Sep 2008
La coincidencia Foster Wallace
Me desayuno hoy con la noticia de la muerte de David Foster Wallace. Viene en la página de necrológicas de los principales diarios. En El País dicen que se trata del mejor cronista del malestar de Estados Unidos. Cuenta El País que "apareció ahorcado en su domicilio de Claremont, California, el viernes, 12 de septiembre, por la noche". Siempre me ha gustado el uso periodístico del verbo aparecer para referirse a los cadáveres. Como si hubiera intención de ello. "Apareció", en plan Sleepy Hollow o algo. Mola que haya noticias donde los cadáveres no son hallados, sino que aparecen en plan "ey, que estoy aquí". En fin.
Reconozco el gran vacío intelectual que supone no haber leído nada de David Foster Wallace. Pero, ey, amiguito, todo tiene solución. Hoy mismo, lo juro, no hay montaje, ha llegado a mi casa un libro suyo. "Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer". El paquete ha llegado hoy calentito desde la oficina de Correos. Compré el libro hace un par semana en la web de Casa del libro. La cosa venía junto con España inesperada, de Gabi Martínez. El problema es que este último está agotado en la editorial y en lo que se llama para ver si quedan existencias y tal el envío se ha retrasado. Al final, sin el de Martínez, me empaquetaron el libro el pasado jueves y hoy, precisamente hoy, con el cadáver en el papel tintado de la prensa, ha llegaod a casa (ahí arriba está la foto que lo confirma).
¿Cómo llegué a Foster Wallace? Pues tan sencillo como que leí en la revista Qué leer un reportaje sobre el último libro de Martínez, donde hacían referencia a su España inesperada, donde hacían referencia a este de Foster Wallace. Y una cadena me llevó a la otra y a la otra ya sí pedí el libro para ver en qué consistía exactamente esa "inspiración" que han tenido tantos cronistas españoles con respecto al periodismo o la forma de escribir de este tipo.
El caso es que esta tarde comenzaré a leer el libro y supongo que no será igual ahora que sé no sólo que la voz que me habla ha desaparecido, sino que sus ecos todavía se mueven por el mismo aire que hace balancearse una soga con forma de horca. Es tremendo.
09 Sep 2008
Manuel Rivas y los pescadores
Todavía recuerdo esas portadas de El País Semanal. Eran rostros morenos y ajados, con unos ojos que traspasaban el papel y unos gorros de lana calados hasta las cejas. Su imagen se repetía cada dos o tres meses en la portada del semanal. Y debajo de ellas, siempre una firma, la de Manuel Rivas. Creo que en aquellos años, previos a cualquier contacto periodístico (de oficio, de carrera) ni siquiera llegué a leer uno de esos reportajes. Antes al contrario, me enfadaba con los responsables de la revista por insistir, cada poco tiempo, con un tema que creía manido. ¿Otro reportaje más de pescadores en Galicia? ¿Es que no se les ocurre nada nuevo? ¿Es que Manuel Rivas no tiene nada mejor de lo que escribir?
Hace un par de semanas compré El periodismo es un cuento, un libro que recopila estos reportajes y otros artículos escritos por Rivas en las páginas de los periódicos. Quizá para demostrar que literatura y periodismo están más unidos de lo que pudiera parecer, y en ocasiones menos de lo que sería deseable. El libro reúne estos artículos de pescadores y otros en los que el pulso de la realidad se diluye por la presión cada vez más creciente de la opinión. Hoy, años después, me interesan mucho más esos reportajes sobre tipos reales (aquellos, que, según Rivas, tienen reflejo en el registro) que los artilugios literarios camuflados bajo el artículo de opinión. Me han chiflado los reportajes sobre pescadores y el modo en el que Rivas se enfrenta a ellos. Como transforma cada testimonio en un relato impagable y cada persona es un personaje en sí misma. Presentada con su nombre, a continuación siempre su edad entre comas, y luego recuerdos, rutinas, gustos o disgustos de su vida pasada, no siempre en relación con el hecho que les lleva al periódico, pero que es necesario para dibujar (con la precisión del periodismo, con la voluntad creadora de la literatura) el carácter actual de ese testigo personaje.
La primera parte de El periodismo es un cuento, esos primeros reportajes sobre pescadores y gallegos, es una gozada. Y uno sólo lamenta no haber descubierto antes esos reportajes, cuando los publicaba El País Semanal en unas revistas que guardé durante tanto tiempo y que un día, por falta de espacio, tiré. Las caras de esos pescadores que se me aperecen al leer el libro estarán ahora era una revista descompuesta, con óxido en la grapa, que un día se tragó el contenedor de papel de mi barrio. Me hubiera gustado leerlos de nuevo, ver las imágenes y fotografías que acompañaban unos reportajes, unas historias que son periodismo, son cuento y un ejemplo que supongo habría que seguir. Grande.
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