31 Ene 2009
Apetito por el buen rock

A mediados de los ochentas el rock se encontraba en estado comatoso, aburrido y sin ningún atisbo de seducción. Afortunadamente todo eso se fue al diablo cuando en 1987 una banda californiana integrada por cinco sediciosos -típicas muestras del white trash norteamericano-, con una actitud nihilista elevada a la enésima potencia y un rock pesado de raíces bluseras, inocularon al mundo entero su ópera prima, un disco de esos que los padres jamás quisieran que sus hijos lo escuchen, lleno de canciones frescas y lenguaje fuerte, cien por ciento rock n’ roll. Un disco que sirvió de bisagra a dos generaciones: la de finales de los ochentas con los nonatos de los noventas. Llamado provocativamente Appetite For Destruction. Estos tipos eran los Guns N’ Roses, muchachos indomables al extremo, más que rosas eran puras pistolas, y de grueso calibre.
En Welcome To The Jungle, un riff con eco, solitario y poderoso, nos da la bienvenida, se escucha un “Oh my God!” a manera de sorpresa y pánico por lo que se viene, luego un Axl en su estado más primitivo comienza a desgarrarse, emitiendo un grito salvaje y prolongado sobre unas guitarras que hierven al compás de una base rítmica llena de cadencias. Un inicio a la rebeldía y a la locura desatada, a las letras y actitudes decadentes. Las machistas y misóginas It’s So Easy y You’re Crazy muestran la buena asimilación de sus influencias musicales. En cuanto a licores, drogas y delincuencia, tenemos a Nightrain (dedicado al vino barato del mismo nombre que solían beber como si fuera agua), Mr. Brownstone (un cándido tributo a la heroína), y Out Ta Get Me (sobre policías que no te dejan en paz). Todas plagadas de cuerdas calcinadoras. A partir de este álbum, la carrera de los Guns N’ Roses fue cuesta arriba llegando a ser los más populares y exitosos a nivel mundial por más de un lustro. El Appetite significó un regreso y resurgimiento del rock en su estado más puro y rebelde, con una banda que hizo de él, un estilo de vida tan comprometido, que los llevó a ser una de las representaciones mismas de su quintaesencia.
Cuesta creer a simple vista que un álbum tan exitoso haya tardado cerca de un año en llegar a ser el número uno. Esto se debió a la censura inicial de la época. Cuando salieron las primeras treinta mil copias las tiendas se negaron a venderlas porque la portada -obra de Robert Williams- mostraba la consumación de un estupro a una joven ciega vendedora de juguetes por parte de un robot, el cual iba a ser devorado por un monstruo hambriento de múltiples patas; dichos discos fueron devueltos y puestos de nuevo a la venta con la famosa imagen de la cruz, que incluía las caras de los integrantes en forma de calavera. Si la portada inicial ya generaba polémica y malestar, la mayoría de las canciones tampoco se quedaban atrás. Llenas de violencia, sexo, misoginia, apología a las drogas y demás excesos, causaron que los medios más populares de aquel tiempo se negaran a promocionarlas por su contenido explícito. La casa discográfica tuvo que lanzar la canción más inofensiva, Sweet Child O’ Mine, para que recién la MTV pasara un video de ellos, y a partir de allí se desató la invasión gunner.
Estudió cursos de periodismo y fotografía en los centros culturales de la Universidad Católica y la Universidad Mayor de San Marcos en Lima (Perú). Colabora como rock journalist en las revistas "DEMO", "Audiofobia" y "Discos y Otras Pastas".
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