11 Jun 2008
Aprendimos A Sobrevivir. 1
La Guerra En El Frente
Este trabajo se debe a la colaboración de tres personas que vivieron aquellos días:
Víctor: Nacido en El Losar (Ávila), en 1916. Antes de la guerra era agricultor y ganadero. Lo llamaron a filas en 1937 y combatió con los “nacionales”.
Salustiana: Cuñada de Víctor desde 1944, había nacido en El Losar en 1926, en el seno de una familia humilde de cinco hermanas.
Eugenia: Hermana de Salustiana y cuñada de Víctor. Nació en 1928.
Víctor, Salustiana y Eugenia hablan del modo de vida en El Losar antes de la Guerra.
Víctor nos cuenta su experiencia como combatiente en el bando de los falangistas [sic].
No Tenían Reparo En Hacer Lo Que Fuese
El Losar, a ochenta kilómetros de Ávila, era hacia 1935 un pequeño pueblo que albergaba ochocientos habitantes, sin contar otros cien censados en el Ayuntamiento, que vivían en las tres pedanías anejas, distantes entre sí unos cuatro kilómetros.
La mayor parte de la población combinaba varias actividades y aceptaban cualquier trabajo, por duro que fuera, con tal de llevar dinero a casa. Una gran parte se dedicaba a la agricultura y la ganadería. No se podían arriesgar a sembrar una sola tierra y correr el riesgo de que se estropease la cosecha por el mal tiempo. Como tampoco se podían arriesgar a tener sólo animales que luego no encontrasen comprador. Podía suceder que un año se perdiera la cosecha y el ganado no se vendiese, era entonces cuando cortaban leña para venderla, participaban en la siega de otros... no tenían reparo en hacer lo que fuese.
De la agricultura destacaba el sembrado de patatas y judías en la ribera bañada por el río Tormes. Respecto a la ganadería, criaban cabras y vacas con las que comerciaban una vez cada tres meses en El Barco de Ávila, a unos cinco kilómetros, el pueblo principal de la comarca donde se reunían todos los comerciantes de la zona. El trabajo de agricultor y ganadero era duro y necesitaba muchas horas de atención, ni el domingo descansaban al completo la gente del pueblo.
La Mayoría De Los Habitantes Eran Analfabetos
Tenían pocas diversiones. Había cinco tabernas que la gente sólo frecuentaba los domingos. Por la mañana iban a misa y cuando salían, en la plaza, las mujeres tocaban con tapaderas y el almirez, y todos bailaban. Por la tarde se acercaban a la taberna para echar la partida y beber un vinillo, pero no sin antes echar un vistazo al ganado y a la tierra para cerciorarse de que todo estaba bien.
La información de lo que sucedía en el país llegaba al pueblo a través del maestro o del médico, que gozaban de mejor condición social y poseían radios en sus casas. Ellos daban la información, por lo que podía estar manipulada y podían hacer llegar a la población una idea equivocada de lo que ocurría en realidad e intentar imponer sus ideas sobre política y demás asuntos. También hay que tener en cuenta que la mayoría de los que habitaban el pueblo eran analfabetos, por lo que ponían la confianza en aquellos que tenían más conocimientos.
El Alcalde Nos Reunió En La Plaza
Me llamo Víctor Martín Blázquez, tengo ochenta y seis años y a mi edad sería incapaz de contar lo que hice hace una semana; sin embargo puedo recordar hechos muy lejanos, como la Guerra Civil, que había empezado en 1936, cuando tenía veinte años, y entonces no podía imaginar que un año más tarde tendría entre las manos un fusil y estaría disparando.
Fue el alcalde del pueblo el que nos reunió en la plaza y nos dijo que la Guerra había comenzado. El Losar, bañado por ideas fascistas, veía en la figura de Franco la salvación de una España que se iba a pique. Las cosas en el pueblo estaban cambiando. La gente sentía miedo por lo que pudiera pasar, no sabía como acabaría todo aquello y lo que más le preocupaba era llevar alimento a los suyos. En mi familia éramos cuatro hermanos: dos mujeres y dos varones, y todos trabajábamos duro ayudando a nuestros padres en el campo y con el ganado para sobrevivir a unos tiempos que no eran fáciles.
Mi padre murió de una infección pulmonar en enero del 37, que no le pudieron curar con los medios de entonces. Su muerte ocasionó una fuerte depresión a mi madre, Martina. Yo no pude estar mucho tiempo consolándola, ya que el 30 de marzo de 1937 las autoridades me llamaron a filas. Mi hermano el mayor quedó al cuidado de la familia y tareas que antes desempeñaba mi padre.
Mi Postura Estuvo Dictada Por Lealtad Geográfica
Fui llamado a filas por orden del alcalde del pueblo [sic] con otros cincuenta chicos, todos ellos losareños, de los cuales ocho no volverían a pisar aquellas tierras. Para todos nosotros aquello era una nueva aventura; era la primera vez que salíamos del pueblo y teníamos un espíritu joven, un espíritu que se transformaba en valentía, la necesaria para poder aguantar la presión de una guerra sin que nos temblaran las piernas, sin morir en el intento.
Mi postura en aquella Guerra, como la de la mayoría de los que venían conmigo, estaba dictada por lealtad geográfica, que parecía lo más aconsejable. Sin embargo, hubo gente con la que tropecé que quiso ser fiel a sus ideales y creencias, como el sargento con el que realizamos la instrucción en Valladolid, que en cuanto pudo se pasó al bando republicano; o un capitán, que era simpatizante del bando contrario y no dejaba que disparásemos contra los republicanos, su frase más repetida era: «Dios que los ha criado, que los mate también».
Para Sobrevivir Frente Al Enemigo
En un primer momento nos llevaron a Ávila, al bando de los falangistas [sic]. Llegamos allí de noche, después de haber sido transportados en camiones como si de ganado se tratase. Fue en Ávila donde nos dieron los uniformes que llevaríamos puestos durante mucho tiempo y designaron los destinos de cada uno. Me separé de los únicos cincuenta muchachos que conocía para comenzar la aventura en solitario.
Mi destino fue Valladolid, llegamos a un pueblo que se llamaba San Quintín y desde aquel mismo instante hasta el final de la Guerra pertenecí al “Sexto Batallón de la Cincuenta y Cuatro División de Infantería de San Quintín”. Estuve allí veinte días y pasé mis primeras noches lejos de mi familia, durmiendo a la intemperie, en el suelo, con media manta y el fusil de cabecera... y todavía me quedaban muchas más que pasar. Allí realicé la instrucción y el sargento nos enseñó a usar las armas, que era lo que necesitábamos aprender para intentar sobrevivir frente al enemigo, un enemigo desconocido al que debíamos disparar sin pudor. Los muchachos de la compañía nos fuimos haciendo amigos poco a poco; fue una tarea fácil, ya que todos nos sentíamos solos y necesitábamos el apoyo de otros. Yo me hice muy amigo de dos de los que venían conmigo. Eran naturales de dos pueblos cercanos a El Losar, tal vez la proximidad de nacimiento me inspiraba confianza.
Nos Jugábamos Los Dos Reales Que Nos Pagaban
Nuestro siguiente destino fue el frente de Madrid, donde tuvimos que sacar a relucir todo lo aprendido. Desde abril de 1937 estuvimos por varias zonas luchando por la victoria. Los días en el frente de Madrid los pasábamos alerta, en un primer momento estuvimos combatiendo en Guadalajara, donde perdimos; luego nos dirigimos a Navalagamella, que fue donde más tiempo estuvimos.
Por la noche teníamos dos turnos: En el primero hacíamos trincheras y en el segundo hacíamos guardias, si nos tocaba; en caso contrario, dormíamos para poder mantenernos en pie. Todavía recuerdo como si fuera ayer cuando dispararon un cañonazo contra la trinchera que habíamos estado cavando la noche anterior y todos los sacos se me cayeron encima. Recuerdo el agobio y la angustia de no poder respirar. Ésta no fue la única vez que me oí latir el corazón a más de ciento veinte pulsaciones por minuto. Cuando la metralla se disparaba, tenía la sensación de que me llegaba la hora y salía a rastras, como me habían enseñado, rezando cualquier oración que recordara y pasaba miedo, mucho miedo.
Pero en los días de la Guerra también teníamos tiempo para jugar: a las chapas o bien a las cartas, al julepe en que nos apostábamos los dos reales que nos pagaban al día, que no sabíamos si a la mañana siguiente estaríamos vivos y ésa era nuestra manera de disfrutar la vida.
Los Piojos Nos Mordían Por Todo El Cuerpo
El 25 de julio de 1937 las tropas “nacionales” vencieron en Brunete, era justo cuando nuestra compañía se dirigía hacía allí para ayudar, pero gracias a la victoria no hizo falta y nos quedamos en Valdemorillo hasta septiembre de 1937. Fue allí donde me dieron los galones de cabo. El sargento me tenía mucho aprecio y, como él bien decía, yo era el más espabilado de los que se encontraban conmigo y me pusieron al mando de una escuadra de cinco soldados a los que hice sufrir un poco.
Fueron seis largos meses en los que añoré mucho a mi familia. Deseaba el fin de la Guerra para poder volver a los días de tranquilidad y paz del pueblo, para volver a la rutina. Sabía que mi madre se preocupaba mucho por mí y lo que pudiera pasar; y al igual que ella, yo también me preocupaba porque desconocía, como es normal, lo que a cada minuto pasaba en el pueblo. Trataba de escribir a mi familia todos los meses; pero, a veces, me era imposible y nadie me aseguraba que las cartas que yo enviaba fueran recibidas por mi familia.
Nos daban bastante mal de comer. Nuestra dieta consistía en un plato de garbanzos o lentejas y un vaso de vino. Al mes nos daban un cuarterón de tabaco suelto y fue entonces cuando todos nos aficionamos al tabaco.
La ropa estaba llena de piojos y había semanas que no encontrábamos un río en el camino para lavarlas y cocerlas. El cocerlas te libraba sólo unas horas de los piojos, que nos mordían por todo el cuerpo; al principió era molesto, pero luego tuvimos que acostumbrarnos.
Una Ciudad Sembrada De Cadáveres De Todas Las Edades
Después de seis meses en Madrid, en octubre de 1937 nos llevaron a Teruel donde no quedó una casa en pie; mientras veinticinco aviones iban a cargar, otros veinticinco descargaban para destrozar la ciudad. Era un estruendo terrible el que provocaban los aviones por encima de nuestras cabezas. Cuando dejaron de descargar, nos acercamos a observar los escombros. Es espantosa la sensación de ver una ciudad destrozada, sembrada de cadáveres de todas las edades, y rostros llenos de dolor y angustia. Por aquella época ya estaba acostumbrado a ver cadáveres de niños, mujeres y hombres que encontraba por el camino, sin embargo nunca dejaba de sorprenderme.
Los Moros Eran Muy Desconfiados
Se estaba alargando demasiado la Guerra y las consecuencias eran atroces. Se oía decir a los sargentos que no terminaba debido a la intervención de fuerzas extranjeras, teníamos apoyándonos a italianos, alemanes y moros. Estos últimos eran muy desconfiados, aunque nosotros lo éramos más: Una noche el sargento nos dijo que los republicanos iban a atacar y nos mandó por combustible. Estaban los moros bañándose en el riachuelo de un bosque y, cuando nos vieron pasar, nos dispararon, a pesar de reconocernos como compañeros. Supongo que sería para metemos miedo y gastamos una broma, pero en aquellas circunstancias las bromas, y menos de aquel tipo, no eran agradables, ya que te estabas jugando la vida.
En marzo de 1938 nos fuimos al Pirineo de Huesca. Hicimos el trayecto a pie, en tren y en camiones. Sólo paramos seis días y fue allí donde tuve la gran alegría de encontrarme con un paisano, con el que hablé de nuestras cosas, recordando viejos tiempos que deseábamos fervientemente que volviesen.
Después De Matarlos Los Dejamos Desnudos
Partimos hacía Cataluña. Estuve en Lérida, en un pueblo llamado Balaguer, donde seguíamos luchando por la victoria y el final de la Guerra. Se decía que Carrillo y La Pasionaria estaban en ese pueblo, pero yo no llegué a verlos.
Íbamos detrás de los “rojos” y les tendimos una trampa a ocho de ellos, los acorralamos en un caseto y no salió ninguno vivo de allí. Después de matarlos los dejamos desnudos; yo me llevé una pluma de escribir y dinero, aunque el dinero de poco sirvió, que era del bando contrario. Esto puede sonar un poco sangriento, pero no lo es tanto, si se tiene en cuenta que cada día nos estábamos jugando la vida y, si no los matabas tú, ellos te mataban a ti.
Cabos Y Sargentos Nos Quitábamos Los Galones
Luego fueron ellos los que tomaron venganza y nos tendieron la trampa a nosotros. Un domingo por la mañana, estábamos todos alrededor del fuego escuchando misa; nos habíamos quedado esperando para recibir órdenes. Después de la misa preparamos un caldito, pero nos sorprendieron los “rojos”, nos dispararon y allí se quedó el caldo. En aquellos momentos críticos cabos y sargentos nos quitábamos los galones para parecer todos del mismo rango.
Estuvimos por Cataluña hasta enero de 1939, cuando los “nacionales” entraron en Barcelona. Yo no participé en esta operación, pero los mandos nos tenían informados. Con la derrota de los republicanos en Barcelona veíamos cada vez con más claridad el fin de la Guerra.
Marchamos hacia Madrid, pero nos quedamos en Guadalajara, la Guerra había llegado a su fin y nuestro deseo se había cumplido. Desde allí nos mandaron al pueblo el 4 de abril de 1939, tres días después de que el General Franco emitiese el último parte bélico.
La Guerra Había Dejado Muchas Bocas Hambrientas
Ya tenía veintitrés años. El tiempo que no había estado con mi familia se me había hecho eterno. No había disfrutado de ningún permiso en los más de dos años que estuve sobre las armas.
Cuando llegué, todo seguía más o menos igual. La guerra había dejado ocho muertos y muchas bocas hambrientas que se estaban acostumbrando a conformarse con poco. Mi madre esperaba con entusiasmo mi llegada. Mi idea era pertenecer a la Guardia Civil de El Barco, pero el general [sic] no me dejó, y no porque careciese de cualidades para pertenecer al Cuerpo, sino porque no quería que mi madre sufriera más. Pensándolo bien, tenía razón, porque mi madre lo había pasado muy mal durante la larga espera del reencuentro conmigo y no se merecía sufrir más.
La Posguerra
Volví a la rutina de los años de preguerra. Trabajaba como agricultor y ganadero. Mi hermano había hecho una buena labor en los años de mi ausencia y la comida, aunque no era abundante, no escaseaba. Al tratarse de un pueblo, lejos de ciudades principales, donde no hubo batallas, la posguerra no fue tan mala como en Madrid.
A los veintiocho años me casé con Valentina y fundé una familia. Tuvimos dos hijos, a los que no les pudimos dar educación universitaria, pero no les faltó pan que llevarse a la boca ni zapatos que calzar. Poco a poco fuimos ganando dinero, aunque no una gran fortuna. Los hijos se hicieron mayores y, en cuanto pudieron, abandonaron el pueblo para venirse a Madrid y tener una vida mejor.
No Entendí El Sentido De La Guerra
La Guerra Civil no fue buena para mi ni para nadie, pero sin embargo tengo que decir que fue una etapa de mi vida que la recuerdo cada día como una buena experiencia, considerándolo como un todo y sin tener en cuenta el miedo, el hambre... Me brindaron la oportunidad de recorrer el país y conocer a gente con la que luego tuve mucho contacto. Fue la única oportunidad que tuve, ya que después de este período me casé y tuve dos hijos a los que sacar adelante. Me habría gustado enseñarles por mí mismo todos los paisajes que conocí, algunos de ellos destrozados por la guerra, pero me siento orgulloso de haber sido capaz de proporcionarles una vida digna en unos tiempos, que no fueron fáciles y donde el hambre y el malvivir seguían presentes.
En aquel tiempo no entendí el sentido de la guerra, el por qué de una matanza injustificada que dejaba viudas, huérfanos... a miles de personas cada día. Sería por motivos de política, por querer alcanzar el poder y dominar España.
Pero una guerra no se produce por una sola causa, sino por el agotamiento de muchas.
E. G. M., curso 2001-2002
Sobre este blog
Memorias de un Tiempo de Horror y Muerte
Aurelio Mena HorneroSoy profesor de historia jubilado. He trabajado en el I.E.S. “Mariano José de Larra” con alumnos de 3º de BUP primero y de 2º de Bachillerato LOGSE después. Al comienzo de los años noventa, para que entendieran la continuidad del tiempo histórico con el tiempo de la vida, para que valoraran su presente en relación al pasado, les propuse un cuestionario y les pedí que entrevistasen a sus abuelos. El resultado son dos informes que genéricamente titulo “La Guerra de Nuestros Abuelos”: El primero se puede ver en el enlace abajo indicado, el segundo se inicia en este “blog”.
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