11 May 2012

APRENDIENDO

Escrito por: LUSA el 11 May 2012 - URL Permanente

Las puertas automáticas de cristal se abrieron con serena majestuosidad ante mí al detectar mi presencia. Un amplio recibidor silencioso y solitario brillaba a mis pies. Un mostrador y una enfermera, su mirada puesta en mí desde que entré esperando contestar a mi pregunta. Llegué hasta ella, y con un rápido saludo pregunté por el número de habitación de la persona que iba buscando. Al tiempo que me decía el número, alargó su brazo derecho sin levantar los ojos del listado, y con un poco de cansancio y aburrimiento en su voz, me indicó el pasillo que debía coger. -Habitación trescientos sesenta y dos- me dijo.

Me dirigí con paso rápido por un pasillo de amplias cristaleras hasta llegar a otro rellano con otro mostrador. Ahora, era un joven el que aguardaba. Controlaba el tráfico de personas en la puerta del ascensor para decidir cuántas podían subir. Tuve suerte, no subía mucha gente y no tuve que esperar un nuevo viaje. Cuando las puertas del ascensor se cerraron a mi espalda, mi pecho se apretó contra mí, y los latidos del corazón quedaban al descubierto en mi camisa. Imaginé lo que me esperaba. No era la primera vez que entraba en un hospital. Las personas que subían conmigo iban pensativas y silenciosas, muy serias y cabizbajas, suspirando profundamente en el corto trayecto, como armándose de fuerzas para poner buena cara a sus familiares, llegar cuanto antes y perderse rápidamente en las habitaciones.

Pasados unos segundos, el ascensor se detuvo, había llegado a mi planta. Salí de nuevo a otro rellano, y a un cruce de pasillos que indicaba las habitaciones que albergaba cada uno de ellos. Las puertas del ala estaban abiertas, y un olor que no había olvidado desde la última vez que estuve en él me llegó a la nariz. Casi siempre nos viene a la memoria en relación con lo que olemos algún recuerdo del pasado, pero en un hospital se rebujan los olores. Cada habitación huele de distinta forma, porque cada persona y cada enfermedad parece que tiene su propio olor, y si añadimos el olor a medicamentos y desinfectantes, la mezcla de todos, forman un cóctel que no se olvida.

No tuve que caminar mucho para encontrar la habitación. Ésta se encontraba en el pasillo de la derecha. La puerta casi cerrada me decía que tenía que entrar con cuidado para no perturbar la calma que reinaba en ella. Miré mi reloj y vi que era la hora de la siesta, no podía despertar a nadie, y menos a la enferma que iba a ver. La habitación se encontraba poco iluminada, una hoja de la ventana medio abierta dejaba entrar suficiente luz para ver casi en penumbra. Sobre la cama algo elevada por el cabecero, un cuerpo quieto, estirado bajo una sábana blanca con pocas arrugas. En ella, sólo se apreciaba la protuberancia de las articulaciones y de su tórax, lo demás sobresalía poco, era la señal de su extremada delgadez.

Dormía. De su cabeza caracolada colgaban los rizos largos y canosos que, tras la larga enfermedad no había podido ocultar con el tinte.

Me fui acercando despacio, con mucho sigilo, no quería despertarla, a lo mejor era un sueño muy deseado. En la quietud de aquel cuerpo plomizo, algo cobró vida desde la sombra que mi cuerpo de espaldas a la ventana le proyectaba. Observé que se abrían con lentitud uno ojos grandes, la blancura del cristal resaltaba en la oscuridad. Eran unos ojos verdes muy claros y almendrados, no habían perdido su hermosura a pesar del tiempo que llevaban sufriendo. Los grandes rasgos siempre mantienen su belleza, incluso cuado la persona envejece. Mi sola presencia la había despertado. Esbozó una triste sonrisa al verme, y cerrando los párpados me alargó la mano, parecía que la única fuerza que le quedaba la agotó en su esfuerzo. Con cuidado de no apretarle se la cogí con mis dos manos, era una mano agotada la que mis manos sostenían, casi sin vida. Con delicadeza se las acaricié, era mi abrazo, el más tierno que le podía dar. Me incliné para besarla, ella no se movió, era evidente que no podía; hizo un leve intento de levantar su cabeza pero cayó desplomada de nuevo en la almohada. Cerró de nuevo los ojos y respiró profundamente con el fin de coger fuerza para hablarme.

- ¡Cuánto me alegro de verte…!- dijo en un susurro

- ¿cómo lo has sabido?

-

Me llevé el dedo a la boca indicándole que no hablara.

Continuará.

Lusa

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9 comentarios · Escribe aquí tu comentario

javierdemurga dijo

Mi querida LUSA: Describes muy bien, como José Martínez Ruiz ("Azorín"); hasta he notado el olor a hospital, el sonar de tus pasos a la entrada... El párrafo final me parece insuperable, y bien sentido.
Espero impaciente la continuación.
.
Besos.
Xabier.

Anónimo

Anónimo dijo

Javier, qué detallista eres, te fijas en todo, me gusta. A veces me parece más valioso un pequeño detalle bien descrito.
Que me compares con un escritor tan bueno, es de agradecer, ¡qué más quisiera yo...!
Besitos, maese.

Lusa

MARIA

MARIA dijo

Es un relato muy real, y muy bien descrito. Espero la continuación
Besos

dezabaleta dijo

Un relato verdaderamente intenso, que sabe acercarnos a esa habitación y vivir "ese" momento...

Saludos
Mark de Zabaleta

LUSA dijo

María, real, si; como la vida misma. Gracias por venir

Besitos

LUSA dijo

Mark, siento haberte acercado al momento vivido. Son momento poco agradables

Saludos

Lusa

Carisdul dijo

Como hemos hablado y sé que hay algo de ficción, le voy a poner un toque de humor.
Te aseguro Lusa, que si es el socorrista que tenemos este años en las piscinas de la urbanización -que tú ya conoces- se levanta de un salto de la cama sana como una pera.

Ahora fuera de bromas, quiero decirte que está muy bien escrito, como dice Javier Mark, se vive lo que ocurre en este relato.
Un besito, lusa.

Carisdul dijo

Te aseguro Lusa, que si es el socorrista que tenemos este años en las piscinas de la urbanización... (EL QUE VA AVERLA), eso quise decir.

LUSA dijo

María, perdona, creí que te había contestasdo en estos comentarios. No me he dado cuenta,
Esta pizca de humor le viene bien al relato. Seguro que un tipo como tu socorrista le hace sentirse bien a cualquiera. jejje
Besitos

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