10 Abr 2014

OFICIOS OLVIDADOS, "LAÑEROS"

Escrito por: LUSA el 10 Abr 2014 - URL Permanente

En el capítulo anterior nos contaba Toñi el trasiego que tenían con tener que acarrear agua, del río y de los pozos. Si quieres leer el capítulo pincha AQUÍ.

En otras ocasiones llegaban también al pueblo arrieros cargados de mercancía. Unos hombres que con su vocerío hacía salir a todo el mundo de sus casas a curiosear. Ellos pregonnaba... ¡Niña las tinajaaaaaaaa, los lebrillooooooooo, orzas y cangilones, cántaros y porroneeeeeeeeeeee!! También arreglaban los lebrillos rotos poniéndole unas lañas. Así la gente se ahorraba tener que comprar otro tiesto. Las tinajas servían para guardar agua, para guardar cal, se guardaban las aceitunas aliñadas, en general grandes cantidades. En cambio el cangilón era más pequeño, algo más estrecho que un cántaro, casi de la misma forma que la tinaja. Este servía para guardar productos de matanza, el lomo adobado, el chorizo los chicharrones, el tocino añejo, y todo lo concerniente a aquella costumbre de matar un cerdito y tener comida para mucho tiempo. La orza era un recipiente también de barro, boca ancha, bajo y redondo, que servía de igual manera para guardar alimentos en manteca.

Toñi le encantaban las tostadas con chicharrones, y el rabito del cerdo, su abuela se lo daba muchas veces en la merienda, untado en la tostada, estaba riquísimo. las demás cosas también le gustaban, pero tampoco se podía comer todos los días, que tenía que durar para todo el año.

Lebrillos había de muchos tamaños, estaban los de la colada, que eran muy grandes, para poder poner una lavadera de madera dentro. Luego había otros más pequeños; unos servían para fregar los platos, y otros servían de bol para alimentos y otras cosas de menos cantidad. Su madre le contaba que, en los cortijos, la cuadrilla comía en un lebrillo. La cocinera, cuando acababa de guisar el potaje, lo echaba en él, y allí comía todo el personal, a veces por falta de platos, y otras por comodidad; de esta manera sólo tenían que meter la cuchara los trabajadores, y no había tanto que fregar. En los lebrillos más grandes hacían su abuela la masa de los pestiños, y la masa de las tortas de aceite, que hacía con masa de pan. ¡Qué bueno lo hacían todo! Aunque su madre y su tía le ayudaban, ella era la que hacía las masas. Es que su abuela era muy cocinera. Los Dulces se hacían en el horno, en víspera de Semana Santa, a Toñi le encantaban aquellos días previos, aunque la casa se ponía patas arriba con la limpieza, después venía lo más bueno; ir al horno a hacer dulces. Allí se concentraban muchas familias con el mismo objetivo. Entrar allí, en aquel espacio tan grande, donde todo el mundo batía huevos, raspaba limones, echaba canela, echaba harina, aceite, azúcar y seguía batiendo y batiendo..., a ella se le hacía la boca agua, pues el olor que se concentraba en la panadería no llegaba al cielo porque tenía techo. Las estanterías se llenaban de latas con moldes de magdalenas, papeles de mostachones, de ochíos y de tantas cosas, que el calor y el olor que se concentraba allí, le quedaba en la memoria para siempre. Ella le ayudaba a su madre, sí, poniéndose de masa hasta el bigote, apurando el lebrillo, cogiendo terrones de azúcar, y trozos de masa para jugar, aunque después le doliera la barriga. ¡Qué buena estaba!

Una vez hechos los dulces, los metía su madre en la misma canasta que había transportado los ingredientes, con mucho cuidado de no aplastarlos los liaba muy bien en un lienzo, para que no se endurecieran, Y enharinadas hasta el pelo, volvían con el cargamento, hasta que llegaban las fiestas y podían disfrutar de comérselos. Eso era una vez al año y..., ¡qué largo se le hacía!

Continuará

Mª Luisa Santos

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02 Abr 2014

Y OFICIOS OLVIDADOS. CAPÍTULO 23

Escrito por: LUSA el 02 Abr 2014 - URL Permanente

Toñi nos contaba en el capítulo anterior cómo su madre lavaba en el río. Si quieres leerlo puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

También tenía la opción de sacar agua del pozo del vecino, acarrearla hasta su casa y llenar el lebrillo grande; el mismo que ponían al sol en verano hasta que se calentara el agua, y en él se bañaban y jugaban sus hermanas y ella.

Cuando lavaba en su casa, su madre tenía unas tinajas siempre llenas para el aseo personal y para lavar los platos, limpiar la casa, regar la puerta, y también esa corriente de piedrecitas blancas y grises que llegaba desde la puerta de la calle hasta la puerta del patio primero cruzando toda la casa. con aquellos dibujos tan bonitos como si fuera aun alfombra. Ella veía con qué pulso regaba su madre aquella cenefa sin salirse de las piedras, sin ensuciar las losas de barro rojas pintadas y barnizadas que lucía el resto de la casa.

También tenía una tinaja en donde depositaba las cenizas del brasero, estos residuos del carbón, hacían que el agua se pusiera fina y suave, y así el jabón casero hacia más espuma. Las cenizas se asentaban en el fondo de la tinaja, pero aún así, cuando quería coger agua, su madre le ponía un trapo o un colador y la colaba, para que estuviera muy limpia. Nunca le faltaban tacos de jabón, su abuela y su madre cuidaban de guardar el aceite ya refrito que no debía de utilizarse más, y con él, y unas cantidades de agua y sosa caustica que ella no sabía, hacían aquel jabón tan blanco y espumoso, después de estar mucho rato moviendo, moviendo, y volviendo a mover con un palo dentro del cubo, hasta que se cuajaba. Después lo echaban en lebrillos, y cuando se endurecía un poco aquella pasta, le hacían cortes dibujando los tacos que querían, y en unos días había jabón para lavar.

Los cántaros eran los recipientes más complicados para cargar con ellos, Toñi ni los tocaba, además, que no podía con ellos. Tenían un culo muy pequeño, y por arriba eran muy altos y anchos, y no alcanzaba a abrazarlos cuando se los ponía en el cuadril, se le podían caer y hacer tiestos porque se volcaban con mucha facilidad. Por eso se inventarían las cantareras, en su casa estaban en una despensa hecha en el hueco de una escalera. Era un rincón oscuro y fresquito, donde guardaban además otras cosas. La despensa tenía dos puertas, una daba a la casa, y

la otra, a lo que fue antes la cuadra, después de caer enfermo el abuelo, el borrico se vendió, y aquella habitación se tornó lavadero. Aquella comunicación de habitaciones era ideal para jugar, y para esconderse huyendo de las riñas que algunas veces se merecía.

Las cantareras estaban hechas sobre el suelo, debajo de un poyete que cogía todo la despensa. Allí guardaba su abuela cebollas, ristras de ajos cornetas, orzas, cangilones y muchas cosas más. Estaban hechas de yeso, y encaladas de blanco. eran como el molde de un cántaro, pero hasta la mitad. Allí encajaba el tiesto sin volcarse estupendamente, y ella también cabía, cuando estaban vacías era su escondite preferido.

También las había de madera, esas eran más decorativas. Pero lo que más admiraba Toñi, era cómo se cargaban los cántaros para transportarlos. La mayoría de la gente se los ponía en el cuadril, y paseaba las calles acarreando su agua de los caños, o de los pozos para beber y guisar. Otra manera era en la cabeza, eso era más difícil, poca gente lo hacía, Toñi sólo conocía una persona. Una señora muy alta y delgada, y con un moño en la nuca. Se ponía su cántaro en la cabeza, con una mano se lo sujetaba, y la otra se la llevaba a la cintura, y con un equilibrio perfecto, caminaba erguida y elegante, cual escultura viviente.

Continuará.

Mª Luisa Santos

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19 Mar 2014

OFICIOS OLVIDADOS, CAPÍTULO 22

Escrito por: LUSA el 19 Mar 2014 - URL Permanente

En el capítulo anterior dejamos a Toñi en una boda, viendo cómo el camarero ofrecía aguardiente en una copita a todo el mundo. Si quieres leer el anterior capítulo, puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

El ganado pasaba por aquella calle donde Toñi jugaba por la mañana y por la tarde. Por la mañana las cabras se paraban allí, al sol, en aquella calle tan concurrida; y la cabrera, una señora de pelo muy blanco y vestida de negro se sentaba en un taburetillo a ordeñarlas. Todas las señoras llevaban sus lecheras, y ella les llenaba su jarrito de lata que tenía como medida, dependiendo de la leche que la gente quisiera, le llenaba la medida cuantas veces hiciera falta; o, si la quería llena, directamente en la lechera.

Le encantaba a Toñi ver con qué facilidad ordeñaba a las cabras aquella señora de pelo tan blanco como las nubes blancas, y con qué fuerza salía la leche de las ubres que hasta hacía espuma al caer al recipiente. Tenían las tetas prietas, restallando, casi arrastrando, que no le cabían a las cabras entre sus piernas.

Después de haberlas ordeñado, seguía la piara su camino calle abajo hasta salir al campo, A Toñi le encantaba seguirlas por ver algunos chivitos que iban cerca de sus madres hasta la fuente donde bebían los animales antes de seguir su camino. Una fuente alargada y bajita, para que todos los animales alcanzaran. Estaba llena de musgo, siempre rebozaba el agua, y siempre había barrizal al rededor de la fuente. Los mulos marcaban sus huella en el suelo que se mezclaban también con las de los gañanes, estos esperaban pacientes que las bestias abrevaran montados en ellas. Toñi no se acercaba a ella, siempre le habían contado sus amigas y sus hermanas que había sanguijuelas, y que éstas le chupaban las sangre a todo el que se acercara a la fuente. Toñi, que era muy miedosa, vivía siempre con ese temor.

Cerca de la fuente estaban los lavaderos, algunas mujeres preferían aquel sitio mejor que ir a lavar al río. Los lavaderos estaban al pie de un arroyo con mucha maleza, zarzales y arbustos tan crecidos que apenas se veía el agua, sólo se oía su ruido confundido con el de las mujeres que lavaban, y con el de las ranas, porque menos mal que los lagartos no se escuchaban. Las mujeres lo mismo cantaban que hablaban, o reían; y seguro que también lloraban, porque cuando hacía frío, allí, en aquel arroyo hacía mucho más. La niebla bajaba entre la maleza y quedaban perdidas entre la blanca humareda, y las manos mojadas se helaban y se ponían amoratadas. En verano desprendía mucho frescor y daba gusto estar allí.

y así el tiempo y el esfuerzo era menor, porque la ropa mojada pesaba, y mucho. Había también que cargar con la lavadera de madera, sin ese utensilio no se podía hacer la colada, y , entre la canasta llena de ropa, y la lavadera, su madre iba bastante ocupada al río. A Toñi le encantaba acompañarla, y así, de vez en cuando jugaba con las piedrecitas de la orilla y miraba con paciencia el curso del agua hasta que saltaba algún pez. A veces estaba el agua tan clara que los veía pasar y acercarse a ellas en busca de cualquier pizca de pan que se escapaba de entre la ropa. Para ellos, aquello era un autentico manjar.

Para lavar en el río, primero había que buscar un lugar liso donde el agua pasara limpia. La madre de Toñi clavaba la lavadera en la orilla y la aseguraba con piedras para que no se le fuera. Después se arrodillaba protegiendo sus rodillas con una rodillera, o cualquier prenda doblada de las que llevaba.

Los días de sol eran estupendos para lavar, su madre untaba con jabón las prendas manchadas, y en cualquier arbusto o peña las dejaba un ratito para que los rayos del sol actuaran, y aquellas manchas desaparecían.

continuará.


Mª Luisa Santos

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06 Mar 2014

OFICIOS OLVIDADOS. CAPÍTULO 20 "LA TRILLA " 1

Escrito por: LUSA el 06 Mar 2014 - URL Permanente

En el capítulo anterior dejamos a Toñi contándonos cómo se ganaban la vida los diteros, si quieres seguir leyendo el artículo puedes hacerlo pinchando AQUÍ

Cuando llegaba el verano era la época que a Toñi más le gustaba. No había que madrugar, y sus horas de juego se multiplicaban y se prolongaban hasta después de la cena. Era entonces cuando la familia se salía a la puerta de la calle en busca de una ráfaga de aire fresco que procediera del río y la frescura de las huertas. La humedad y el relente se extendían por todo el pueblo refrescando las ardientes calles que soportaban a diario el sofoco de temperaturas altísimas. Los vecinos compartían sus asientos y sus puertas. Y con el canto de los grillos, y al vaivén de las mecedoras y del abanico, hablaban amigablemente y reían con las gracias de unos y de otros. Algunos aprovechaban la fresca temperatura para caer rendidos en el asiento ante un sueño que sólo se conciliaba de noche, cuando el calor dejaba de apretar.

Toñi, aprovechaba esos ratos jugando en el paseíto que tenía en frente de casa. El esconder, la comba, la raya, los pillaores, las chinas, las bolas, el borriquito, a contar lagartijas, y a tantas cosas que se inventaban que cuando se agotaban, se sentaban en un banco de la plaza a mirar las cristalera de la casa colegio que tenían en frente, todo el mundo decía que había asombros, y que se paseaban por la noche por todo el colegio a la luz de las farolas. Había que mirar sin bajar la guardia, sin perder de vista los ventanales para ver cuándo pasaban las sombras de un extremo a otro de la clase porque en un momento desaparecían. A Toñi no le gustaba tomar parte de aquellas reuniones, a ella le daban miedo aquellas historias de brujas y de fantasmas, porque luego no podía dormir por la noche . Así que se iba a su casa, allí se reía con las cosas que decían todos y se podía acostar mucho más tranquila.

Algunas tardes la llevaban a la era, aprovechaba que sus hermanas mayores, o su madre, le llevaba la merienda a su padre, y ella iba encantada. Montarse en el trillo, era lo que más le gustaba, aunque en el camino pasara calor, la caminata duraba poco, las eras estaban a la salida del pueblo y no había pérdida. Apenas salía a las afueras, le llegaban al oído los cantares de los que trillaban en plena siesta, cuando sólo las chicharras y las voces lejanas jaleando a los mulos llegaban hasta los caminos, porque a aquellas horas hasta los pájaros dormían.

La trilla era un trabajo algo monótono, se realizaba, cuando más calor hacía. Primero había que cegar los pegujales, y luego llevar los haces a la era, con la horca se descargaban, allí se extendían muy bien, para que el trillo desmenuzara y soltara el grano de la espiga. Aunque dentro de lo dura que era la jornada en el campo, aquello era lo más relajado que había, trillar. Una vez que los mulos conducidos por una persona habían dado un buen rato pisando la parva, lo demás consistía en dar vueltas, y vueltas, y más vueltas, montados en una plataforma hecha de maderos engarzados unos con otros, de algo más de un metro cuadrado, y con sólo un asiento en el centro. Allí Se sentaba una persona, y desde aquel asiento, cogía las riendas de los mulos que iban delante, enganchados al trillo, y a la collera de ellos. Debajo de aquella madera iban unas ruedas cortantes, con unos taladros en punta, con el objeto de picar la paja y desmenuzar el trigo, la cebada, y todo lo que tuviera grano menudo. A Toñi, como era tan poca cosa, la sentaban en la madera, en medio de los pies del familiar que trillaba, donde no corriera peligro y estuviera vigilada. Llevaba el trasero de los mulos muy cerca, pero no le importaba, ella iba paseíta como en los cacharritos de feria; y viendo a un lado y otro a los vecinos colindantes en las tareas de la era trillando también. El látigo ondeaba el aire entre chasquidos, y cruzaba las brillantes nalgas de los mulos que arrancaban a dar vueltas asustados y no había quien los parara. El trillo empezaba su carrera y el culo de Toñi temblaba con los zarandeos y tropiezos de los haces aún por trillar.

Para que nunca se salieran las bestias del redondel de la era, en el lado exterior de la cabezada, a la altura de los ojos le ponían unos embellecedores de cubierta a modo de visera tapándole la visibilidad, para que no vieran nada más que lo que tenían delante, la paja, ese era su camino.

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25 Feb 2014

OFICIOS OLVIDADOS. CAPÍTULO 19 "EL DITERO"

Escrito por: LUSA el 25 Feb 2014 - URL Permanente


En el anterior capítulo dejamos a Toñi contándonos las cosas que hacía el latero.

Si quieres leer el anterior capítulo, puedes hacerlo pinchando AQUÍ


Los diteros eran mujeres y hombres que traían ropa de cama o de trabajo, cortes de traje, zapatos, y toda clase de prendas de vestir para la gente que no tenía posibles, o no tenía oportunidad de ir de viaje a comprar. Había unos cuantos, mujeres y hombres; Algunos venían de fuera, y otros eran del pueblo. Toñi siempre los veía tocando de puerta en puerta, con su lápiz detrás de la oreja y su bloc de notas en la mano, que de tanto pasar las hojas para anotar estaban siempre rizadas y ennegrecidas por las puntas. Siempre llevaban al hombro alguna prenda, sábanas, toallas, cortes de pana para los hombres, o tela gris; esa valía para todo, y tantas cosas que hacían falta en el hogar.

Uno de ellos caminaba todos los días hasta el pueblo más próximo, aquel pueblo era más grande y allí compraba la mercancía. Iba caminando quince kilómetros o más cada día; el no tenía bicicleta, ni burro, nada más que dos pies con dos zapatones que salían de madrugada y lo llevaban a aquel pueblo, y volvía después cargado de encargos. ¡Y quien le decía que no le gustaba lo que le traía, con la caminata que se había dado el pobre hombre!. Por eso, su madre compraba siempre algo, para poder pagarlo poquito a poco; hoy tres duros, mañana cinco, y en el mejor de los casos, diez duros. Así, al menos, podían tener de vez en cuando ropa de casa nueva, o, comprar ajuar para cuando las niñas se echaran novio, que aquello no se echaba a perder.

Además de ditero, cuando había una boda, aquel hombre

era camarero, pero un camarero muy especial. Las bodas se celebraban con música, no con banquetes. Contrataban a un grupo que había en el pueblo, y animaba la fiesta, los novios no ponían en la mesa nada más que una bandeja con dulces unas botellas de licor, y otra bandeja vacía, para cuando la gente se fuera, dejara su sobrecito con dinero. y ellos le daban un mostachón, un rosco, o una magdalena; y a los hombres, un puro. Y este hombre, con una calva que le corría hasta la nuca, de seño fruncido, nariz muy porruda, y la boca grande y sumida, hacía que la barba se le respingara hasta casi toparse con la nariz. Cogía una copa pequeña y una botella de aguardiente, y entre canción y canción, después de haberse puesto a punto. pasaba por el público con la sonrisa hasta las orejas, ofreciéndole a todos en la misma copa un trago de aquello que tanto quemaba la garganta. Menos mal que Toñi era muy pequeña y no bebía, pero aunque hubiese sido grande, eso de meter la boquita donde la metían todos, y en especial aquel camarero, no le hacía mucha ilusión.

Continuará.

Lusa

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02 Feb 2014

OFICIOS OLVIDADOS. CAPÍTULO 14º "EL LIMPIABOTAS"

Escrito por: LUSA el 02 Feb 2014 - URL Permanente

En el capítulo anterior contaba toñi el trabajo y la vida de los zapateros. Si quieres leer los demás capítulos puede hacerlo pinchando AQUí

También había en el pueblo limpiabotas, sólo que eso lo utilizaba la gente que más dinero tenía, porque ella veía a muchos hombres con alpargatas, y a muchas mujeres también. Toñi aprendió de este hombre cómo se sacaba lustre a los zapatos. No se necesitaba mucho para montar aquel negocio, sólo alguna gana de trabajar, un cajón de madera con un reposapiés, y un asidero en la tapa del cajón, dentro guardaba tintes..., betún..., cepillos..., y bayetas. Igual que su madre, que cogía un trozo de tomate y se lo refregaba a los zapatos rojizos de su padre cuando se le acababa el Dandy, y con un trapo le sacaba luego brillo y se ponían la mar de brillantes.

El limpiabotas era un señor bajito, y el pobre era también poco agraciado. Llevaba una gorra que le quedaba un poco grande, y claro, descansaba sobre sus grandes orejas que se le abrían como dos soplillos a cada lado de su cabeza, y entre que los ojillos los tenía pequeños y algo legañosos, y las cuatro pelusas que tenía de barba, no estaba de muy buen ver. Aunque era buena persona. El trabajo requería ir de bar en bar, lo que a él le encantaba, y cuando le decían que había subido el precio del vino, le daba igual, el lo que no quería era que subieran los mostradores, porque si no..., no alcanzaba.

También había que ir de esquina en esquina, y de plaza en plaza. Eso no era muy estresante, así que por eso andaba tan pausado y tranquilo. Sólo se daba prisa cuando había que abrillantar. No había más que mirar cómo le pasaba la gamuza una y otra vez, y otra vez, y otra, y muchas veces más en ambas direcciones al calzado. Esto, después de dejar secar un poco el tinte y la crema que le ponía con mucho cuidado de no pintarle los calcetines. Para eso le ponía en el borde del zapato un cartón, y así protegía la zona del tobillo, y mientras, los señores leían tranquilamente su periódico, como si no fuera con ellos. Toñi pensaba que aquellas personas estarían muy felices de sentir el cosquilleo y la suave caricia del trapo en sus pies, y sobre todo, también estarían contentos de ver sus zapatos y sus botas limpios, más que limpios, relimpios ¡Hay que ver qué brillo le dejaba... ! El mismo brillo que cogía la mirada de aquel limpiador cuando ponía la mano para coger el dinero que le daban, se le ponían los ojos como bolillas, y al rato iba tambaleándose por la calle agarrado a su cajón y no trabajaba más en dos o tres días.

Continuará.

Mª Luisa Santos

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19 Ene 2014

OFICIOS OLVIDADOS. CAPÍTULO11º

Escrito por: LUSA el 19 Ene 2014 - URL Permanente

En el capítulo anterior, dejamos a Toñi viendo cómo cambiaba el herrador la herradura a las bestias.

Si quieres seguir los capítulos anteriores, puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

Solo tenía que andar unos pasos para llegar al matadero, llegar a la puerta era oler la mezcla de carnes de los distintos animales que mataban a diario. Cabras, cerdos, chivitos, y no sabía cuántos animales más. Ella nunca entraba, le daba mucha pena ver cómo los matarifes con aquellos delantales manchados y cuchillo en mano, le daban muerte y abrían en canal sin ninguna impunidad a los animalitos ya despellejados, o afeitados. Pero desde la puerta observaba el suelo siempre mojado y algo ensangrentado, y el tufo de aquellos animales recién muertos, que, aunque era carne fresca, olían cada uno de una manera muy especial.

La plaza de abastos estaba justo al lado, allí los hortelanos vendían sus frutas y hortalizas, menos los plátanos, esos venía un señor con una piña en una bici y por las calles gritaba diciendo..., ¡Plátanos de Canariaaaaaaaaaaaaaaa! y las amas de casa salían y le compraban.

El pescadero siempre estaba vociferando, era el que le daba vida a aquel lugar. estaba solo, no tenía a nadie más que vendiera pescado, que le hiciera la competencia, y no callaba. ¡¡Vamos niñaaaaaa, los boqueroneeeeeeeeeeeeee, la jalmejaaaaaaaaaaaa, calamareeeeee!! lo movía, lo adornaba, lo volvía a poner bien, y volvía a gritar una y otra vez con las manos amoratadas por el frío de la nieve que constantemente apalpaba. !! Vamos a la bacalaillaaaaaaaa,los jureleeeeeeeeeeeeeee, las sardinaaaaaaaaaaaa!!

Le parecía al hombre que no iba a venderlo en todo el día. Así que cogía su hermana una cesta grande, y metía cartuchos con pescado dentro de ella, y se iba a venderlo de casa en casa, y se vendía; ¡bueno que si se vendía! Cuántas veces había recibido su abuela y su madre a aquella señora en su casa, y se habían quedado con más de un cartucho de la cesta de pescado!!

La plaza tenía una salida a un patio que era del ayuntamiento, y en el patio estaba el calabozo. Una habitación con una ventana, donde Toñi husmeaba asustada con sus amigas. Era un cuarto algo oscuro y sucio, sólo un catre, una silla, y una mesa, pocas veces había alguien allí, así que estaba algo descuidado. La gente de aquel lugar no era mala, esporádicamente algún ebrio que se pasaba de la raya y tenía que pasar la borrachera allí por alterar el orden público. Era una calle con mucha actividad, y a los niños le gustaba ese movimiento de gente y fijarse en todas las cosas. para luego jugar a ser eso; pescadero, herrador, tendero, carpintero, y tantas cosas que, quizá, cuando fueran mayores algunos de aquellos trabajos podría ser su oficio.


Continuará.


Mª Luisa Santos

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13 Ene 2014

OFICIOS OLVIDADOS, EL HERRADOR, CAPITULO 10º

Escrito por: LUSA el 13 Ene 2014 - URL Permanente


En el capítulo anterior se quedó Toñi pasándolo mal cuando veía a su abuela matar a un pollo del corral.

Si queréis leer el anterior capítulo pinchar AQUÍ

La calle donde jugaba Toñi, estaba cercana a su casa, una calle que servía para el trasiego de yuntas, carros, ganado, y también vertedero de todo el que vivía por allí. El río quedaba a un lado, y los postigos o traseras de las casas, a otro. Así, Toñi y sus amigos cogían toda clase de cosas inservibles para hacerlas suyas en sus juegos preferidos. Con cualquier cosa se lo pasaban bien, Montarse en la trasera de algún carro era muy divertido, o, una vez aparcado, mientras que unos se colgaban en los palos delanteros, otros se agarraban a la trasera del mismo, y aquel medio de transporte tan lento y pesado, cansado y polvoriento de andar por los caminos, subía y bajaba haciéndole sentir a Toñi y a los demás niños lo mismo que cualquier cacharrito de feria.

Como tan poco le importaba que, jugando algunas veces, en sus carreras, pisara algo del rosario de cagarrutas que todos los días dejaba la piara de cabras del cabrero que pasaba por allí. Toñi se daba un restregón en una piedra y salía corriendo para no perder un momento de juego.

Pero lo más serio era cuando algún individuo decidía hacer sus necesidades detrás de algún árbol, o en la tapia de algún postigo. Toñi y sus amigas salían corriendo asustada, y entre risas comentaban lo que habían visto, aunque aquel pecado había que confesarlo con toda seriedad al cura en el confesionario, diciendo que había visto los calzoncillos blancos de un hombre y..., ¡algo... más...!

Muy cerca de allí, en una boca calle se encontraba el matadero, la plaza de abastos , la espartería, y la casa del herrador. Era un calle muy cortita, pero concurrida, y muy pintoresca, porque desembocaba a la calle principal, y se salía por un arco donde encima de él se asentaba una casa, y lo mismo entraba gente por un lado que por el otro de la calle. Cuando el herrador tenía trabajo, se paraban muchos gañanes a que le repasara las herraduras a sus animales. Toñi le temía mucho a las coces que lanzaban los burros antes de que el herrador pudiera cogerle la pata para ver cómo tenía el animal la herradura. Cuando el burro ponía las narices de par en par, enseñaba su caja de dientes, y empezaba a rebuznar y a tirar del cabestro moviendo la cabeza a un lado y otro, había que salir corriendo, porque sabía que lo próximo que hiciera era dar coces. Así que se alejaba bastante para no pillar una. Pero su curiosidad podía más con ella, y desde lejos, escondida detrás de cualquier adulto , veía con qué valentía aquel hombre conseguía calmar al animal para quitarle y ponerle otra herradura. El herrador era tan valiente, que Toñi le admiraba, porque a ella le daban mucho miedo los animales, y las bestias más. Ella veía cuando se metía el herrador la pata del animal entre las piernas, y con la pezuña boca arriba, el herrador cogía una tenaza, cortaba los clavos, y le quitaba la herradura vieja. Luego, con un cincel muy cortante, atusaba los bordes de la pezuña y la suavizaba con una gran lima. Después le clavaba la nueva herradura con aquellos clavos de cabeza cuadrada, a martillazo limpio. Ella veía cómo le salían por la costra dura de las pezuñas aquellos clavos que, rápidamente se los doblaba, o se los cortaba. Ya no quería ver más, porque sus pequeños piececillos empezaban a darle punzadas de dolor como los golpes que allí sonaban, y acababa alejándose de aquel lugar muy triste y preocupada por el dolor que tenía que soportar el animal.


Continuará.


Mª Luisa Santos


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09 Dic 2013

ESPARTEROS, Y OFICIOS OLVIDADOS. CAPÍTULO 5º

Escrito por: LUSA el 09 Dic 2013 - URL Permanente

En el capítulo anterior dejamos a Toñi en el cine de verano, escondiéndose del escudo del nodo. Quien quiera seguir el relato puede ver los anteriores capítulos pinchando AQUÍ


El esparto se criaba en el campo, en las sierras, y en los montes cercanos, como las alcaparras, que bordaban todas las laderas y las cunetas de las carreteras que conducían al pueblo colgando como preciosas enredaderas.

En un principio, cuando descubrieron las utilidades del esparto, todos acudían al monte a por aquella planta. Era un forma de poder sacar un poco de dinero, y poder comer en aquellos tiempos de tanta hambruna y penúrrias. Toñi lo sabía, lo había oído contar a los mayores. Tenían que ir caminando hasta los espartizales en busca de atochas, a veces más cerca, y otras veces muy lejos, hasta los pueblos cercanos, andando muchos kilómetros a escondidas de la guardia civil, de noche, con la luna clara, a esperar un poco de amanecida para ser los primeros en arrancarla, Porque como los cogieran había castigo.

Los dueños de las tierras viendo que el esparto dejaba dinero, no querían que se cogiera sin ellos ganar también. La gente lo arrancaba y acarreaba a escondidas, se lo cargaban a su espalda, o, sobre su cabeza hasta llegar al pueblo a traviesa campo, evitando caminos para no encontrarse con la autoridad porque se lo requisaba. Pronto se dieron cuenta los dueños de las tierras que había que negociar con la gente, porque de todas formas lo robaban, así que decidieron vender la cosechas de los terrenos donde se criaba la atocha.

Toñi sabía por sus padres que su abuelo fue espartero, como tantos otros. Llegó a tener una fábrica con una plantilla de más de cuarenta personas trabajando el esparto. Viajaba llevando sus productos por muchos pueblos importantes donde se celebraban ferias de ganado y había vendimia, campiña y olivar. Entonces preparaban su carga y abastecían de género a aquellas comarcas.

Todo el que podía trabajaba en el aquel negocio que, poco a poco había conseguido una comercialización muy importante por toda Andalucía y parte del país. Lástima que en aquellos años, no hubiese medicamentos suficientes para combatir enfermedades. Sus abuelos murieron muy jóvenes y algunos de sus hijos también, sólo quedó su padre muy niño, un hermano y una hermana. Una crisis familiar que pronto se unió también la crisis política, y fueron perdiendo poco a poco todo lo que tenían.


Continuará


MªLuisa Santos



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26 Nov 2013

OFICIOS OLVIDADOS, ESPARTEROS. CAPÍTULO 3º

Escrito por: LUSA el 26 Nov 2013 - URL Permanente

En el segundo capítulo, dejamos a Toñi corriendo para la cuadra huyendo de los pavos. Si alguien no ha leído el segundo capítulo y lo quiere leer, puede pinchar AQUÍ

Allí se encontraba Toñi muy a gusto, porque era donde jugaba con sus amigas. En la cuadra no había animales, había muchas cosas que no servían, y jugaban con ellas con toda libertad, sobre todo haciendo circos, sólo que no siempre podían. Como en aquella casa había tanto trabajo, para que su amiga, la hija del cafetero, pudiera jugar, tenía primero que realizar algunos quehaceres, y Toñi le ayudaba. Tenían que ir a comprar a la tienda, así que cogían el canasto entre las dos y hacían los recados; y otras veces, tenían que fregar los platillos de las tapas que se amontonaban sucios en el fregadero. La madre de su amiga echaba agua en dos lebrillos, y las dejaba fregando, y en un rato estaba todo acabado, hasta los platillos secos. Terminada la tarea, Toñi, y su amiga, corrían a la cuadra, su gran salón de espectáculos. Allí había una gran mesa de comedor pegada a la pared, aunque estaba un poco ringada, aquello era un perfecto escenario para sus circos y teatros, sobre todo, a la hora de zapatear. El pesebre estaba lleno de lo que a ella le gustaba, las latas vacías de la leche condensada y las granzas de la máquina del café. Y muchas cosas inservibles que le servían para sus juegos. También había una escalera de palo, toda llena de cal y reatada con hiscales. Desde ella alcanzaban los palos empotrados en la pared para colgar los aperos del campo, pero para ellas aquello era un perfecto trapecio. Nunca se le olvidaría a Toñi cuando quiso montarse sola en aquella escalera. Quería hacer el mismo número que había visto en el circo las fiestas pasadas, sin caer en la cuenta que aquellos maestros del espectáculo utilizaron una escalera fina y ligera, no aquella, que pesaba como un roble, toda llena de cal y reatada con hiscales para que no se rompieran sus peldaños. Era tan grande que tuvieron que ayudarle entre varias amigas a ponerla en el centro y sujetarla, y cuando estaba bien subida, casi arriba, como no conocía aún el peligro, le dijo a las demás que la soltaran, que se quedaba sola con ella, y claro, la escalera cayó al suelo, y Toñi encima de ella, con el agravante de que sus tiernas manitas quedaron atrapadas contra el empedrado del suelo y el palo de la escalera, y una sortija que tenía se le aplastó en el dedo ocasionándole un moratón, y una urgencia a la casa del carpintero que era lo que más cerca tenían para que le cortara el anillo que le presionaba el dedo.

Eran juguetes gratuitos, porque sólo se podía gastar dinero cuando llegaban las fiestas del pueblo. Entonces, la hucha de lata que se había ido llenando de perras gordas, de pesetas, y reales todo el año, se rompía para poder montarse en la noria, las voladoras, los columpios, o los caballitos. Y sobre todo, poder tomarse un refresco, o, un buen helado de aquella heladería que llegaba todos los años por las fiestas en un gran furgón y, que deleitaba con toda clase de sabores. Porque en el pueblo había heladero, pero vivía muy lejos de la casa de Toñi, y como vendía por la calle, siempre llegaba a la suya. Tenía poca variedad de sabores, sólo tenía un gusto, el de la vainilla. A Toñi le daba pena, porque el pobre hombre se pasaba unas siestas de calor pregonando...¡Al rico helado mantecado...! sólo se oía su voz por las calles desiertas, donde no había ni perros a esas horas. Porque la mayoría de la gente dormía, o se abanicaba a la sombra. Llevaba un carrito de mano, con dos ruedas y un cajón pintado de color verdoso, cuatro palos sujetaban un trozo de toldo que hacía sombra a la encimera del cajón, y al agujero de la boca de la cuba donde estaba el helado, que a su vez, estaba metida en otra más grande, y el espacio que quedaba entre una y otra lo rellenaba de nieve para que el helado no se derritiera. Más humilde no podía ser el negocio. El molde de la medida era muy curioso. Era un utensilio de mango redondo, y arriba era un molde cuadrado. El tubo era de largo como una cuarta, con una ranura en el centro, y un botón que estaba unido al tubo interior, éste acababa con una placa que subía y bajaba dentro del molde cuadrado. La ranura tenía varias escalas que graduaba el botón; Así, llenaba con una paleta aquel hueco de helado, y dependiendo de cuánto quisiera la gente comprar, bajaba más o menos el tubo. Le ponía una galleta encima del relleno, achuchaba hacia arriba el tubo que había bajado, y salía el taco de helado hacia afuera, ya sólo había que poner otra galleta en la parte de abajo y la gente tenía su taco de helado. Lo más barato que daba era, por un real, ponía encima de la galleta un poco de helado con la paleta por una de las esquinas; y por la otra había que cogerlo haciendo malabares para podértelo comer. Por dos reales ya te ponía dos galletas y como un dedito de helado. Por una peseta, ya era un taco de más de un dedo, y por un duro, tenía que poner cuatro galletas, de grande que era el taco. ese sólo lo compraban las personas mayores. Pero claro, no era como el que venía en aquel camión tan lujoso, nunca había visto Toñi una heladería ambulante tan preciosa. Ni tampoco como el que hacía el tabernero de la esquina, lo hacía para su familia, pero le daba a probar a su abuela, y su abuela lo repartía entre todos. ¡Qué bueno lo hacía! Decía que le ponía leche condensada.

Continuará.

Mª Luisa Santos

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Estoy aquí porque valoro y admiro a toda persona que escribe. Aprendo y procuro enriquecerme personalmente. Cada uno en su estilo aporta algo distinto que hace de este rincón un lugar curioso de visitar.
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