23 Jun 2014

OFICIOS OLVIDADOS,"LA MODERNIZACIÓN" ÚLTIMO CAPÍTULO

Escrito por: LUSA el 23 Jun 2014 - URL Permanente

ÚLTIMO CAPÍTULO

En el capítulo anterior dejamos a Toñi contando la llegada de los altos cargos del gobierno a su pueblo, el recibimiento, y la ayuda económica que llegó. Si quieres leer más sobre este capítulo puedes hacerlo pinchando AQUÍ

Las calles de tanto trasiego fueron las más damnificadas, y su voces fueron silenciando aquella bulla que todos los días entre unos y otros formaban. Las bestias se estacionaban poco y con ellas el rebuzno de los burros se fue perdiendo en la calle. El herrador tenía muchas bocas que alimentar y muy pocas herraduras que arreglar. Así que ya se habían marchado todos a Barcelona. Las esparterías que había por allí también cerraron. El matadero que ya era viejo, quedó en estado ruinoso después de la riada y tampoco se trabajaba en él. Los zapateros eran cuatro o cinco, los más jóvenes marcharon también a tierras catalanas, los mayores se quedaban cosiendo y arreglando los zapatos de su fiel clientela. Los carniceros hacían sus propias matanzas en sus casas, o recibían las carnes de otros lugares. Una nueva energía vino a sustituir al sucio carbón, el gas butano. Y un nuevo y sorprendente cacharro de cocina; la olla exprés. Ya no habría que poner el puchero cuatro horas antes, aquella olla lo hacía en una hora, sólo que en la casa de Toñi, su abuela dijo que mientras que ella viviera no entraba en su cocina semejante aparato con aquel silbido, que reventaría, y a ella no le pillaba. Así que la tuvieron que guardar. Poco a poco las chimeneas fueron desapareciendo de las cocinas, y los carboneros fueron viniendo a menos, sólo en aquella calle quedó la plaza de abastos cada vez más vacía de hortelanos, y la voz del pescadero tan sola como la una hacía eco por los rincones de los puestos vacíos, dando algo de vida a aquel desolado mercado que en su tiempo estuvo animado por todos. El sombrillero con sus castañuelas, el arriero vendiendo lebrillos y tinajas, el latero, el afilador, el calero, carreteros, los cabreros, los diteros, los carboneros... Y, tanta gente que iba y venía para dar sus jornales en el campo, o haciendo otras cosas.

Cada día se iban cerrando más hogares, y cada día las calles se llenaban de silencios.

Aunque con las reparaciones que había que hacer en todos los hogares, otros oficios empezaron a florecer, la construcción necesitaba albañiles, fontaneros, carpinteros, había que hacer muchas reparaciones, y para hacer obra se necesitaba arena, y qué arena mejor que la de aquel río. Así, que con una pequeña flota de borriquillos, y sus cerones cargados de aquella materia indispensable para edificar, encontraron otras familias una manera de sobrevivir,

La radio era para los hogares el medio de comunicación más directo, novelas, noticias, música y canciones que tanto entretenía a la hora de los quehaceres. Las tertulias familiares se quedaron en segundo plano con la llegada de la televisión, y se fue perdiendo aquel diálogo y aquella conexión que había después de las comidas con la familia, sólo había ojos y oídos para ver la pantalla.

Toñi se había hecho mayor, y para ella había poco a qué aspirar en el pueblo. Cansada de trabajar en oficios esporádicos sin ninguna seguridad de futuro, también se marchó a la ciudad, pero nunca dejó de ir a su pueblo, cada vez más solo y con más tasa de paro. Allí estaban sus recuerdos y su familia, siempre esperándola; y fiel a ellos seguía disfrutando de su entorno cada vez que iba. Y entre idas y vueltas, observaba que, algunas de aquellas personas que se fueron hacía tantos años, iban llegando de nuevo, ocupando sus viejos hogares, o comprando otros; cumpliendo el sueño que tanto se había hecho esperar. La vuelta a casa. Añoranzas, recuerdos de la niñez y de la juventud por mucho tiempo aparcados, pero no en el olvido.

A ella también le llegaría ese momento, pero ya no encontraría algunos de aquellos queridos rincones, ni podría hacer las cosas que hizo de niña. Todo quedaría en el bello recuerdo, ese que su mente fuera capaz de recordar.

Con este capítulo pongo fin a mis "OFICIOS OLVIDADOS", pero antes quiero dar las gracias a todas aquellas personas que me han leído, sé que han estado ahí. Si en algún momento he sido pesada, deciros que lo siento, en la vida hay que hacer lo que a uno le apetezca siempre que no se haga daño a nadie. He disfrutado recordando lo bueno y lo no tan bueno; años difíciles, pero el tiempo es la mejor medicina; él se encarga de suavizar el dolor y las sensaciones que nos producen las malas situaciones, consiguiendo a veces disfrutar recordando.


Mª Luisa Santos

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09 Jun 2014

OFICIOS OLVIDADOS,"LA MODERNIZACIÓN" CAPITULO 32

Escrito por: LUSA el 09 Jun 2014 - URL Permanente

En el anterior capitulo, dejamos a Toñi viendo cómo la riada inundaba toda la parte baja del pueblo, y su casa también. Si quieres leer más sobre el capítulo anterior puede hacerlo pinchando AQUÍ

Cuando el nivel de las aguas bajó, su casa era una piscina, porque el nivel del suelo era muy bajo con el nivel de la calle, y hubo que sacar el agua cubo, a cubo. Cuando terminaron de sacar agua y lodo, la casa estaba en un estado lamentable, el nivel había llegado muy alto en la pared, los muros se habían resquebrajado, y había mucha humedad, tanta, que tardaría mucho tiempo en secarse, así que tuvieron que hacer la vida en la parte alta de la casa durante unos años.

En las calles, la colaboración de todos los vecinos, hizo que el barrizal que dejó la riada, se fuese quitando después de muchos días. Toda la rivera del Genil quedó en tan mal estado que hasta el Generalísimo Francisco Franco, sus ministros, y parte de su ejército pasaron por allí. Aquél día el sol calentaba las húmedas calles, y el corazón de la gente que albergaba la esperanza de una ayuda económica a tanto desastre. Todos los vecinos se agolpaban en las aceras aplaudiendo, en los balcones no cabía un alfiler, llenos de gente y adornados con las mejores colchas daban palmas y vítores al pasar la comitiva. Los niños disfrutaban en los brazos de sus padres, y en primera fila, deslumbrados, para no perderse la caravana de coches lujosos que iban llegando. Fue, después de muchos días de tristeza y trabajo, un día glorioso. El cuartel de la guardia civil resplandecía, Todos los tricornios brillaban como luceros en las cabezas de los civiles, y la guardia municipal ponía más orden que nunca.

Toñi no había visto jamás en aquel pueblo tanto uniforme, tanto soldado, tanto forastero, tanto coche, tanto zapato limpio, ni tanto traje, más que en el día de Viernes Santo, y en el Corpus Cristi.

Las desgracias traen algo bueno para algunos, y un nuevo oficio vino a dar de comer a algunas familias. La riada dejó en tan mal estado al agua del río, de los pozos, y de los caños, que no se podía utilizar para beberla. Un camión cisterna repartía todos los días el agua por todas las calles . Las garrafas se amontonaban en las casas, y un hombre que tenía un borrico, se puso también a vender agua, pero agua de la Fontana. Un venero al pie de una altitud que había en el pueblo, justo en un arroyo, la antigua cañada real, en la misma dirección donde se erguía la iglesia. Era también agua potable, y muy buena, la mejor. Siempre había grandes colas de gente que esperaba para llenar sus cántaros garrafas y cubos, y de paso, hablaban alegremente todos hasta que le tocara su turno. El "aguaor" habilitó unas cantareras de madera, que se las colgó a su borriquillo, y con los cuatro cántaros llenos de agua, no paraba, desde por la mañana hasta la noche de dar viajes. así iba, de casa en casa, para todo aquel que no podía ir a la fuente.

Con las ayuda del gobierno, llegaron al fin las obras de alcantarillado que tanta falta hacía, y la cometida de agua corriente en el pueblo, ¡Al fin podrían tener un cuarto de aseo! Aunque a su familia le dieron poca ayuda para reparar su casa, pudieron, con un gran esfuerzo, hacer aquella obra que tanto necesitaban. Ya no había que ir a los pozos a sacar agua, allí se quedaba, en las profundidades, sola, sin ver a nadie asomado al brocal; tranquila, serena, muda... Soñando con la luna y las estrellas cada noche en la fría oscuridad, a la espera de que alguien rompiera su silencio, su cristal de sueños con una china, o que el cubo atado con la soga, de vez en cuando bajara a visitarla, y de paso le enfriara la sandía o el melón que llevara dentro en los días de calor.


Continuará


Mª Luisa Santos

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21 May 2014

OFICIOS OLVIDADOS, " EL AFILAOR" CAPÍTULO 29

Escrito por: LUSA el 21 May 2014 - URL Permanente

En el capítulo anterior dejamos a Toñi viendo cómo los charlatanes animaban y convencían a mucha gente del pueblo a comprar ropa de cama. Si quieres leer el capítulo, puedes hacerlo pinchando AQUÍ

Había un personaje que le gustaba a Toñi verle llegar, siempre iba en bicicleta, y entraba tocando en el pueblo un instrumento muy peculiar. Ni era armónica, ni era flauta; era como media cuarta de largo, pero como tres o cuatro dedos de ancho. Llevaba unos orificios de mayor a menor altura, y cuando aquél hombre se lo acercaba a la boca, al soplar, lo resbalaba por sus labios hasta que se los torcía, y aquello emitía silbidos de mayor a menor nota, y después volvía atrás paseándolo otra vez por su boca, que volvía a ponerse torcida para el otro lado emitiendo los mismos sonidos, pero de menor a mayor. Era un instrumento de viento único, como únicos eran los pitidos que salían de allí, que a todos le llamaban mucho la atención. Aquel hombre era el afilador. Montaba su pequeño taller de trabajo en cualquier lugar, en la puerta de la gente que quería afilar sus cuchillos, tijeras, y otras herramientas. Allí estacionaba la bicicleta, y abría su cajón de madera donde llevaba una pequeña rueda de piedra unida a una correa. Al poner la rueda de la bicicleta en alto, o, sea, que no rosara el suelo la cubierta, la rueda de piedra enganchaba al piñón, y al pedalear el hombre, ésta giraba y giraba con tanta ligereza como él apretara. Y allí, con mucho cuidado, iba acercando las hojas de acero de los cuchillos y tijeras haciendo un ruido como el de la chicharra en los días de calor. Toñi veía como volaban diminutas motas de color fuego por la acción de la espereza de la piedra sobre el acero, cada vez que el cuchillo se arrimaba a la piedra pasaba lo mismo, estrellitas diminutas volaban sobre las manos, y la cara de aquel hombre que cuidaba mucho de no cortarse. Ella nunca se acercaba, porque pensaba que aquellas chispitas de fuego le quemarían los ojos, la cara y los rizos que con tanto mimo le hacía su madre, pero le encantaba ver cómo pedaleaba y pedaleaba, y cómo cogía velocidad aquella rueda, hasta que acababa el trabajo, dejaba el pedaleo y frenaba en seco, entregaba sus cuchillos y sus tijeras , brillantes y listos para cortar. Cobraba sus pesetillas, y cerraba su cajón; se ponía su instrumento en la boca, y a otra calle, o, a otro pueblo con su canción.


Continuará.


Mª Luisa Santos


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15 May 2014

OFICIOS OLVIDADOS, "CHARLATANES" CAPITULO 28

Escrito por: LUSA el 15 May 2014 - URL Permanente

LOS CHARLATANES

En el capítulo anterior dejamos a Toñi contando las costumbres de su pueblo en el carnaval, si quieres leer el capítulo, puede hacerlo pinchando AQUÍ

Uno de aquellos inviernos se presentó muy lluvioso, la gente no podía ir al campo a dar la jornada, todos los días amanecía lloviendo, un día, y otro, y otro…, y así estuvo más de un mes.

Los hombres, desesperados y aburridos, ya que en casa colaboraban poco, se salían a la calle en cuanto aclaraba un poco el temporal, y se reunían en la plaza y en la puerta de los bares, sitio donde conseguían esos días de trabajo que los manijeros ofrecían. Los niños también estaban deseando que descampara para poder jugar, sólo salían a la calle para ir al colegio, y después, a casa, ¡siempre lloviendo!

Un día que hizo una clara, y salió el sol, estaba Toñi en sus juegos con los demás niños, cuando llegó un camión tipo furgón, muy grande, y se paró en la plaza del pueblo. Les llamó bastante la atención, pues aquel tipo de automóviles, en aquellos tiempos no se veían con mucha frecuencia. Miraban todos intentando adivinar qué le traía por aquellos lares y en unos tiempos tan difíciles.

Después de un breve tiempo, las puertas traseras del camión se abrieron de par en par, y un señor muy bien trajeado, y con un megáfono en la boca, empezó a dar voces, voces que levantaron la curiosidad de todos los que se encontraban por allí, y también a todos los vecinos que, ante tanta algarabía se asomaban extrañados a las puertas atraídos por aquellos ecos que llegaban a todos los rincones de la aldea, y acudían extrañados y presurosos, hasta el lugar de donde salía aquel ruido que, aunque era una persona la que hablaba, parecía que eran muchas más las que habían venido a perturbar la paz que se respiraba en aquel pueblo tranquilo y apacible.

-¡Señoras, señores, - decía- acérquense, hoy es un día muy especial, miren lo que traigo para toda la familia, se acabó el frío! Hoy les traigo unas piezas de cama únicas, ¡miren qué preciosidad!

Y el señor destapó una gran caja de cartón, caja que subió a su pecho y empezó a enseñarlo girando su cuerpo de izquierda a derecha sin dejar de decir lo bonito que era. A la gente aquello le alegraba el ojo pero preferían callar y esperar a ver qué decía más, porque aquello valdría mucho dinero y la cosa estaba muy mal, sin poder ganar una peseta, y sin dejar de llover.

-¡Por mil pesetas os dejo esta maravilla! ¡Toquen, toquen y vean qué prenda de abrigo para su cama! ¿Quién no desea dormir calentito en este duro invierno? Hasta aquí hemos venido, para ofreceros lo mejor que hay en ropa de cama por un módico precio. –

Y después de explicar la composición de las prendas, y todos sus beneficios en una lluvia de palabras que Toñi no lograba entender muy bien, seguía hablando y hablando sin parar, sin apenas respirar, como el que está discutiendo y quiere quedar por encima de todo el que le rebata.

-¡A qué esperan!

Y la gente oía, miraba, y callaba, porque no eran tan tontos como para decidirse a la primera, no.

-¡Sólo son mil pesetas, señores…y este precioso cobertor será suyo!

Y de un arrebato saca el cobertor de la caja y lo enseña entero, como una preciosa cortina, pero de grandes dibujos.

– ¡Qué bonito..., es precioso,- ¡ cuchicheaban las mujeres entre si.

-¡A ver, al primero que me compre uno, le regalaré este otro. Si, si, como lo oyen! –

Y destapaba otra caja y después de señorearla para que la vieran todos, la ponía encima de la primera.

-¡Aquí lo tienen, para ustedes, dos por el precio de uno , una ganga señores, no encontrarán algo mejor, venimos de muy lejos, para que disfruten de estas mantas y des estos cobertores en sus camas. ¡Anímense, que nos quedan pocos!

Pero nadie decía nada, todos callaban y miraban, guardaban silencio, un silencio que sólo lo rompía las rapidísimas palabras del vendedor. Cogió otra caja, y sin abrirla, se dirigió de nuevo a todos los allí presentes que resultaban más bajos que él, ya que estaba en lo alto del camión, y los demás con las cabezas tronchadas mirando sin perderle ojo.

-¡Como no se deciden, hoy no me voy sin dejar contento a este pueblo, ya que es el último que visito, y aquí tienen, otro obsequio, ¡otra manta!

Y destapaba la caja y nos enseñaba la prenda, y alzando más la voz repetía lo mismo. La gente se miraba con la cara animada, y algunos hombres se empezaban a hurgar en los bolsillos, se cogían la barba y se rascaban por debajo de la gorra haciendo cábalas, porque la oferta empezaba a interesar.

-¡Son solo mil pesetas señores! ¿Es que no hay nadie interesado en este magnífico lote? Y todos guardaban silencio. El señor empezó a desabrocharse la chaqueta, y aflojarse la corbata, y hasta las boqueras se le iban poniendo blancas de tanto hablar. Se metió para adentro y sacó otra caja.

-¡Y esta otra manta de cuadros también se la regalo, y una mantita pequeña, para la cunita del niño, y más, mucho más!

Y volviendo a entrar sacó otra caja.

-¡No me vayan a decir que esto no le gusta, Miren! –

y destapando la caja, sacó una colcha,

-¡una colcha moruna para su cama! decía,- y ante la atónita mirada de la gente abría la colcha que caía como un precioso telón en el fondo de un escenario. ¡¡Oh!! Se escapaba de la boca de las mujeres que con la mirada extasiada y la sonrisa en los labios se miraban unas a otras deseando tener una igual.

Dejándola encima de las otras, el señor señalaba el cerro de cajas con la mano de arriba abajo.

-¡Una, dos, tres, cuatro prendas para este largo invierno, cuatro maravillosas mantas, y la colcha, por sólo mil pesetas! y el primero que se decida le regalo ¡esta pastilla de jabón, Una pastilla de Heno de Pravia, todo un regalo, para que se lave toda la familia!-

Y se giraba enseñándosela a todos. Y como si se tratara de un mago sacó de su bolsillo otra cosa.

-Esto también será para aquel que me compre este lote, ¡Este peine, un peine de los buenos! de los que no arañan el casco; para las señoras, para los caballeros, para los niños, para las trenzas de las nenas, para el moño de la abuela, ¡para todos! Y abría los brazos,

- ¿Quién da más? ¡Quien! No lo dejen para otro día porque no habrá otro día, es difícil llegar hasta aquí, ¡aprovechen hoy la oportunidad, no se arrepentirán cuando duerman abrigados. -

Un hombre alzó el brazo, y luego, otro, y otro, y así, algunos más.

¡Qué contenta se puso Toñi cuando vio a su padre y a su madre cargados de cajas para su casa! Todos tendrían mantas nuevas, ¡falta que hacía! El frío apretaba aquel invierno, y su madre tendría una colcha moruna de hilos sedosos en su cama. ¡Una preciosidad!

Continuará.

Mª Luisa Santos

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27 Abr 2014

OFICIOS OLVIDADOS, "EL CALERO" CAPITULO 26

Escrito por: LUSA el 27 Abr 2014 - URL Permanente


En el anterior capítulo, dejamos a Toñi con sus lavados de cabeza, y sus diminutos visitantes. Si deseas leer el capítulo puedes hacerlo pinchando AQUI

El calero llegaba en un carro cargado de trozos de piedra caliza vocifernado... ¡Niñaaaa ja la caaaaa! Y de calle en calle, y de puerta en puerta, llegaba llamando y vendiendo su mercancía. Los vecinos salían a comprar aquella piedra que se convertía en la pintura de su casa. Los cascotes blancos, los caleros los metían en un saco, los pesaban en una romana, y aquel cargamento de ripios se llevaba a las tinajas dedicadas a matar la cal viva. Había que matarla con agua para poder pintar con ella. Aquel tinte era la mejor pintura para desinfectar las paredes de los hogares y de las fachadas. Toñi veía cómo su madre la depositaba con mucho cuidado en una tinaja con agua, toda blanca, pintada y repintada de cal, estaba tan forrada que si se hubiera caído no se hubiera roto del grosor de las capas de pintura que tenía.

Una vez que metía dentro de ella los cascotes, aquello empezaba a hervir a borbollones, en el interior de la tinaja sonaba el hervidero como un ruido profundo y hueco, y parecía que se iba a volcar. No se podía acercar a ella mientras estuviera en ese proceso, porque existía la posibilidad de que salpicara fuera de la tinaja y se pudieran quemar.

Cuando terminaba de hervir, y se mataba la cal, la tinaja quedaba en silencio..., reposando la pasta espesa que había quedado, y que era la que se diluía con agua y formaba esa pintura lechosa y blanca con la que estaba pintado todo el pueblo y toda Andalucía. ¡Qué olor, y qué limpia quedaba la casa cuando se pintaba! Había unos tintes en polvo para mezclarlos con la cal, y así pintar de cualquier color las paredes, el añil, el rojo, el verde, el ocre..., se vendían al peso porque con muy poco tenían para que la cal cogiera color. En casa de Toñi las paredes eran blancas, y en los techos había unas listas de colores muy estrechas, en las esquinas formaban unos dibujos muy bonitos, pero era muy difícil llegar a ellas. Su madre ponía una mesa, y en lo alto de la mesa, una silla, y allí se montaba, para pintar con paciencia aquellas listas rojas, azules, verdes, y de más colores. El añil era muy usado para darle un toque celestón a la cal, sólo se le echaba un poco, porque si no, se pondría muy azulada la pintura.

Después, una vez que se acababa de pintar las paredes de los patios y de las fachadas, se pintaba una cenefa, o, zocalillo en la unión del suelo con la pared. Cada cual la hacía de la anchura que quería. En su casa, en los patios ponían una cenefa ancha, y otras veces, más estrechita, dependía del pincel que usaran. su madres se arrodillaba en el suelo, y cuidadosamente iba pintando la cenefa que era el toque final.


Los polvos rojos, los mezclaban con aceites y las losas del suelo que eran rojas de barro, cogían un color muy vivo, sólo que había luego que esperar a que se limpiara con agua para no quedarse pegado en ellas, su madre ponía unos caminitos de cartones para que duraran más tiempo pintadas, así, las blancas pisadas que dejaban los zapatos, no se veían.

El tinte de color añil, también lo usaban en la colada, en el último aclarado, y la ropa blanca quedaba con una blancura preciosa, ¡Divina!


Continuará.


Mª Luisa Santos

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10 Abr 2014

OFICIOS OLVIDADOS, "LAÑEROS" CAPITULO 24

Escrito por: LUSA el 10 Abr 2014 - URL Permanente

En el capítulo anterior nos contaba Toñi el trasiego que tenían con tener que acarrear agua, del río y de los pozos. Si quieres leer el capítulo pincha AQUÍ.

En otras ocasiones llegaban también al pueblo arrieros cargados de mercancía. Unos hombres que con su vocerío hacía salir a todo el mundo de sus casas a curiosear. Ellos pregonnaba... ¡Niña las tinajaaaaaaaa, los lebrillooooooooo, orzas y cangilones, cántaros y porroneeeeeeeeeeee!! También arreglaban los lebrillos rotos poniéndole unas lañas. Así la gente se ahorraba tener que comprar otro tiesto. Las tinajas servían para guardar agua, para guardar cal, se guardaban las aceitunas aliñadas, en general grandes cantidades. En cambio el cangilón era más pequeño, algo más estrecho que un cántaro, casi de la misma forma que la tinaja. Este servía para guardar productos de matanza, el lomo adobado, el chorizo los chicharrones, el tocino añejo, y todo lo concerniente a aquella costumbre de matar un cerdito y tener comida para mucho tiempo. La orza era un recipiente también de barro, boca ancha, bajo y redondo, que servía de igual manera para guardar alimentos en manteca.

Toñi le encantaban las tostadas con chicharrones, y el rabito del cerdo, su abuela se lo daba muchas veces en la merienda, untado en la tostada, estaba riquísimo. las demás cosas también le gustaban, pero tampoco se podía comer todos los días, que tenía que durar para todo el año.

Lebrillos había de muchos tamaños, estaban los de la colada, que eran muy grandes, para poder poner una lavadera de madera dentro. Luego había otros más pequeños; unos servían para fregar los platos, y otros servían de bol para alimentos y otras cosas de menos cantidad. Su madre le contaba que, en los cortijos, la cuadrilla comía en un lebrillo. La cocinera, cuando acababa de guisar el potaje, lo echaba en él, y allí comía todo el personal, a veces por falta de platos, y otras por comodidad; de esta manera sólo tenían que meter la cuchara los trabajadores, y no había tanto que fregar. En los lebrillos más grandes hacían su abuela la masa de los pestiños, y la masa de las tortas de aceite, que hacía con masa de pan. ¡Qué bueno lo hacían todo! Aunque su madre y su tía le ayudaban, ella era la que hacía las masas. Es que su abuela era muy cocinera. Los Dulces se hacían en el horno, en víspera de Semana Santa, a Toñi le encantaban aquellos días previos, aunque la casa se ponía patas arriba con la limpieza, después venía lo más bueno; ir al horno a hacer dulces. Allí se concentraban muchas familias con el mismo objetivo. Entrar allí, en aquel espacio tan grande, donde todo el mundo batía huevos, raspaba limones, echaba canela, echaba harina, aceite, azúcar y seguía batiendo y batiendo..., a ella se le hacía la boca agua, pues el olor que se concentraba en la panadería no llegaba al cielo porque tenía techo. Las estanterías se llenaban de latas con moldes de magdalenas, papeles de mostachones, de ochíos y de tantas cosas, que el calor y el olor que se concentraba allí, le quedaba en la memoria para siempre. Ella le ayudaba a su madre, sí, poniéndose de masa hasta el bigote, apurando el lebrillo, cogiendo terrones de azúcar, y trozos de masa para jugar, aunque después le doliera la barriga. ¡Qué buena estaba!

Una vez hechos los dulces, los metía su madre en la misma canasta que había transportado los ingredientes, con mucho cuidado de no aplastarlos los liaba muy bien en un lienzo, para que no se endurecieran, Y enharinadas hasta el pelo, volvían con el cargamento, hasta que llegaban las fiestas y podían disfrutar de comérselos. Eso era una vez al año y..., ¡qué largo se le hacía!

Continuará

Mª Luisa Santos

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02 Abr 2014

Y OFICIOS OLVIDADOS. "TINAJAS Y CANTARERAS" CAPÍTULO 23

Escrito por: LUSA el 02 Abr 2014 - URL Permanente

Toñi nos contaba en el capítulo anterior cómo su madre lavaba en el río. Si quieres leerlo puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

También tenía la opción de sacar agua del pozo del vecino, acarrearla hasta su casa y llenar el lebrillo grande; el mismo que ponían al sol en verano hasta que se calentara el agua, y en él se bañaban y jugaban sus hermanas y ella.

Cuando lavaba en su casa, su madre tenía unas tinajas siempre llenas para el aseo personal y para lavar los platos, limpiar la casa, regar la puerta, y también esa corriente de piedrecitas blancas y grises que llegaba desde la puerta de la calle hasta la puerta del patio primero cruzando toda la casa. con aquellos dibujos tan bonitos como si fuera aun alfombra. Ella veía con qué pulso regaba su madre aquella cenefa sin salirse de las piedras, sin ensuciar las losas de barro rojas pintadas y barnizadas que lucía el resto de la casa.

También tenía una tinaja en donde depositaba las cenizas del brasero, estos residuos del carbón, hacían que el agua se pusiera fina y suave, y así el jabón casero hacia más espuma. Las cenizas se asentaban en el fondo de la tinaja, pero aún así, cuando quería coger agua, su madre le ponía un trapo o un colador y la colaba, para que estuviera muy limpia. Nunca le faltaban tacos de jabón, su abuela y su madre cuidaban de guardar el aceite ya refrito que no debía de utilizarse más, y con él, y unas cantidades de agua y sosa caustica que ella no sabía, hacían aquel jabón tan blanco y espumoso, después de estar mucho rato moviendo, moviendo, y volviendo a mover con un palo dentro del cubo, hasta que se cuajaba. Después lo echaban en lebrillos, y cuando se endurecía un poco aquella pasta, le hacían cortes dibujando los tacos que querían, y en unos días había jabón para lavar.

Los cántaros eran los recipientes más complicados para cargar con ellos, Toñi ni los tocaba, además, que no podía con ellos. Tenían un culo muy pequeño, y por arriba eran muy altos y anchos, y no alcanzaba a abrazarlos cuando se los ponía en el cuadril, se le podían caer y hacer tiestos porque se volcaban con mucha facilidad. Por eso se inventarían las cantareras, en su casa estaban en una despensa hecha en el hueco de una escalera. Era un rincón oscuro y fresquito, donde guardaban además otras cosas. La despensa tenía dos puertas, una daba a la casa, y

la otra, a lo que fue antes la cuadra, después de caer enfermo el abuelo, el borrico se vendió, y aquella habitación se tornó lavadero. Aquella comunicación de habitaciones era ideal para jugar, y para esconderse huyendo de las riñas que algunas veces se merecía.

Las cantareras estaban hechas sobre el suelo, debajo de un poyete que cogía todo la despensa. Allí guardaba su abuela cebollas, ristras de ajos cornetas, orzas, cangilones y muchas cosas más. Estaban hechas de yeso, y encaladas de blanco. eran como el molde de un cántaro, pero hasta la mitad. Allí encajaba el tiesto sin volcarse estupendamente, y ella también cabía, cuando estaban vacías era su escondite preferido.

También las había de madera, esas eran más decorativas. Pero lo que más admiraba Toñi, era cómo se cargaban los cántaros para transportarlos. La mayoría de la gente se los ponía en el cuadril, y paseaba las calles acarreando su agua de los caños, o de los pozos para beber y guisar. Otra manera era en la cabeza, eso era más difícil, poca gente lo hacía, Toñi sólo conocía una persona. Una señora muy alta y delgada, y con un moño en la nuca. Se ponía su cántaro en la cabeza, con una mano se lo sujetaba, y la otra se la llevaba a la cintura, y con un equilibrio perfecto, caminaba erguida y elegante, cual escultura viviente.

Continuará.

Mª Luisa Santos

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19 Mar 2014

OFICIOS OLVIDADOS, "LOS CABREROS" CAPÍTULO 22

Escrito por: LUSA el 19 Mar 2014 - URL Permanente

En el capítulo anterior dejamos a Toñi en una boda, viendo cómo el camarero ofrecía aguardiente en una copita a todo el mundo. Si quieres leer el anterior capítulo, puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

El ganado pasaba por aquella calle donde Toñi jugaba por la mañana y por la tarde. Por la mañana las cabras se paraban allí, al sol, en aquella calle tan concurrida; y la cabrera, una señora de pelo muy blanco y vestida de negro se sentaba en un taburetillo a ordeñarlas. Todas las señoras llevaban sus lecheras, y ella les llenaba su jarrito de lata que tenía como medida, dependiendo de la leche que la gente quisiera, le llenaba la medida cuantas veces hiciera falta; o, si la quería llena, directamente en la lechera.

Le encantaba a Toñi ver con qué facilidad ordeñaba a las cabras aquella señora de pelo tan blanco como las nubes blancas, y con qué fuerza salía la leche de las ubres que hasta hacía espuma al caer al recipiente. Tenían las tetas prietas, restallando, casi arrastrando, que no le cabían a las cabras entre sus piernas.

Después de haberlas ordeñado, seguía la piara su camino calle abajo hasta salir al campo, A Toñi le encantaba seguirlas por ver algunos chivitos que iban cerca de sus madres hasta la fuente donde bebían los animales antes de seguir su camino. Una fuente alargada y bajita, para que todos los animales alcanzaran. Estaba llena de musgo, siempre rebozaba el agua, y siempre había barrizal al rededor de la fuente. Los mulos marcaban sus huella en el suelo que se mezclaban también con las de los gañanes, estos esperaban pacientes que las bestias abrevaran montados en ellas. Toñi no se acercaba a ella, siempre le habían contado sus amigas y sus hermanas que había sanguijuelas, y que éstas le chupaban las sangre a todo el que se acercara a la fuente. Toñi, que era muy miedosa, vivía siempre con ese temor.

Cerca de la fuente estaban los lavaderos, algunas mujeres preferían aquel sitio mejor que ir a lavar al río. Los lavaderos estaban al pie de un arroyo con mucha maleza, zarzales y arbustos tan crecidos que apenas se veía el agua, sólo se oía su ruido confundido con el de las mujeres que lavaban, y con el de las ranas, porque menos mal que los lagartos no se escuchaban. Las mujeres lo mismo cantaban que hablaban, o reían; y seguro que también lloraban, porque cuando hacía frío, allí, en aquel arroyo hacía mucho más. La niebla bajaba entre la maleza y quedaban perdidas entre la blanca humareda, y las manos mojadas se helaban y se ponían amoratadas. En verano desprendía mucho frescor y daba gusto estar allí.

y así el tiempo y el esfuerzo era menor, porque la ropa mojada pesaba, y mucho. Había también que cargar con la lavadera de madera, sin ese utensilio no se podía hacer la colada, y , entre la canasta llena de ropa, y la lavadera, su madre iba bastante ocupada al río. A Toñi le encantaba acompañarla, y así, de vez en cuando jugaba con las piedrecitas de la orilla y miraba con paciencia el curso del agua hasta que saltaba algún pez. A veces estaba el agua tan clara que los veía pasar y acercarse a ellas en busca de cualquier pizca de pan que se escapaba de entre la ropa. Para ellos, aquello era un autentico manjar.

Para lavar en el río, primero había que buscar un lugar liso donde el agua pasara limpia. La madre de Toñi clavaba la lavadera en la orilla y la aseguraba con piedras para que no se le fuera. Después se arrodillaba protegiendo sus rodillas con una rodillera, o cualquier prenda doblada de las que llevaba.

Los días de sol eran estupendos para lavar, su madre untaba con jabón las prendas manchadas, y en cualquier arbusto o peña las dejaba un ratito para que los rayos del sol actuaran, y aquellas manchas desaparecían.

continuará.


Mª Luisa Santos

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06 Mar 2014

OFICIOS OLVIDADOS. CAPÍTULO 20 "LA TRILLA " 1

Escrito por: LUSA el 06 Mar 2014 - URL Permanente

En el capítulo anterior dejamos a Toñi contándonos cómo se ganaban la vida los diteros, si quieres seguir leyendo el artículo puedes hacerlo pinchando AQUÍ

Cuando llegaba el verano era la época que a Toñi más le gustaba. No había que madrugar, y sus horas de juego se multiplicaban y se prolongaban hasta después de la cena. Era entonces cuando la familia se salía a la puerta de la calle en busca de una ráfaga de aire fresco que procediera del río y la frescura de las huertas. La humedad y el relente se extendían por todo el pueblo refrescando las ardientes calles que soportaban a diario el sofoco de temperaturas altísimas. Los vecinos compartían sus asientos y sus puertas. Y con el canto de los grillos, y al vaivén de las mecedoras y del abanico, hablaban amigablemente y reían con las gracias de unos y de otros. Algunos aprovechaban la fresca temperatura para caer rendidos en el asiento ante un sueño que sólo se conciliaba de noche, cuando el calor dejaba de apretar.

Toñi, aprovechaba esos ratos jugando en el paseíto que tenía en frente de casa. El esconder, la comba, la raya, los pillaores, las chinas, las bolas, el borriquito, a contar lagartijas, y a tantas cosas que se inventaban que cuando se agotaban, se sentaban en un banco de la plaza a mirar las cristalera de la casa colegio que tenían en frente, todo el mundo decía que había asombros, y que se paseaban por la noche por todo el colegio a la luz de las farolas. Había que mirar sin bajar la guardia, sin perder de vista los ventanales para ver cuándo pasaban las sombras de un extremo a otro de la clase porque en un momento desaparecían. A Toñi no le gustaba tomar parte de aquellas reuniones, a ella le daban miedo aquellas historias de brujas y de fantasmas, porque luego no podía dormir por la noche . Así que se iba a su casa, allí se reía con las cosas que decían todos y se podía acostar mucho más tranquila.

Algunas tardes la llevaban a la era, aprovechaba que sus hermanas mayores, o su madre, le llevaba la merienda a su padre, y ella iba encantada. Montarse en el trillo, era lo que más le gustaba, aunque en el camino pasara calor, la caminata duraba poco, las eras estaban a la salida del pueblo y no había pérdida. Apenas salía a las afueras, le llegaban al oído los cantares de los que trillaban en plena siesta, cuando sólo las chicharras y las voces lejanas jaleando a los mulos llegaban hasta los caminos, porque a aquellas horas hasta los pájaros dormían.

La trilla era un trabajo algo monótono, se realizaba, cuando más calor hacía. Primero había que cegar los pegujales, y luego llevar los haces a la era, con la horca se descargaban, allí se extendían muy bien, para que el trillo desmenuzara y soltara el grano de la espiga. Aunque dentro de lo dura que era la jornada en el campo, aquello era lo más relajado que había, trillar. Una vez que los mulos conducidos por una persona habían dado un buen rato pisando la parva, lo demás consistía en dar vueltas, y vueltas, y más vueltas, montados en una plataforma hecha de maderos engarzados unos con otros, de algo más de un metro cuadrado, y con sólo un asiento en el centro. Allí Se sentaba una persona, y desde aquel asiento, cogía las riendas de los mulos que iban delante, enganchados al trillo, y a la collera de ellos. Debajo de aquella madera iban unas ruedas cortantes, con unos taladros en punta, con el objeto de picar la paja y desmenuzar el trigo, la cebada, y todo lo que tuviera grano menudo. A Toñi, como era tan poca cosa, la sentaban en la madera, en medio de los pies del familiar que trillaba, donde no corriera peligro y estuviera vigilada. Llevaba el trasero de los mulos muy cerca, pero no le importaba, ella iba paseíta como en los cacharritos de feria; y viendo a un lado y otro a los vecinos colindantes en las tareas de la era trillando también. El látigo ondeaba el aire entre chasquidos, y cruzaba las brillantes nalgas de los mulos que arrancaban a dar vueltas asustados y no había quien los parara. El trillo empezaba su carrera y el culo de Toñi temblaba con los zarandeos y tropiezos de los haces aún por trillar.

Para que nunca se salieran las bestias del redondel de la era, en el lado exterior de la cabezada, a la altura de los ojos le ponían unos embellecedores de cubierta a modo de visera tapándole la visibilidad, para que no vieran nada más que lo que tenían delante, la paja, ese era su camino.

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25 Feb 2014

OFICIOS OLVIDADOS. CAPÍTULO 19 "EL DITERO"

Escrito por: LUSA el 25 Feb 2014 - URL Permanente


En el anterior capítulo dejamos a Toñi contándonos las cosas que hacía el latero.

Si quieres leer el anterior capítulo, puedes hacerlo pinchando AQUÍ


Los diteros eran mujeres y hombres que traían ropa de cama o de trabajo, cortes de traje, zapatos, y toda clase de prendas de vestir para la gente que no tenía posibles, o no tenía oportunidad de ir de viaje a comprar. Había unos cuantos, mujeres y hombres; Algunos venían de fuera, y otros eran del pueblo. Toñi siempre los veía tocando de puerta en puerta, con su lápiz detrás de la oreja y su bloc de notas en la mano, que de tanto pasar las hojas para anotar estaban siempre rizadas y ennegrecidas por las puntas. Siempre llevaban al hombro alguna prenda, sábanas, toallas, cortes de pana para los hombres, o tela gris; esa valía para todo, y tantas cosas que hacían falta en el hogar.

Uno de ellos caminaba todos los días hasta el pueblo más próximo, aquel pueblo era más grande y allí compraba la mercancía. Iba caminando quince kilómetros o más cada día; el no tenía bicicleta, ni burro, nada más que dos pies con dos zapatones que salían de madrugada y lo llevaban a aquel pueblo, y volvía después cargado de encargos. ¡Y quien le decía que no le gustaba lo que le traía, con la caminata que se había dado el pobre hombre!. Por eso, su madre compraba siempre algo, para poder pagarlo poquito a poco; hoy tres duros, mañana cinco, y en el mejor de los casos, diez duros. Así, al menos, podían tener de vez en cuando ropa de casa nueva, o, comprar ajuar para cuando las niñas se echaran novio, que aquello no se echaba a perder.

Además de ditero, cuando había una boda, aquel hombre

era camarero, pero un camarero muy especial. Las bodas se celebraban con música, no con banquetes. Contrataban a un grupo que había en el pueblo, y animaba la fiesta, los novios no ponían en la mesa nada más que una bandeja con dulces unas botellas de licor, y otra bandeja vacía, para cuando la gente se fuera, dejara su sobrecito con dinero. y ellos le daban un mostachón, un rosco, o una magdalena; y a los hombres, un puro. Y este hombre, con una calva que le corría hasta la nuca, de seño fruncido, nariz muy porruda, y la boca grande y sumida, hacía que la barba se le respingara hasta casi toparse con la nariz. Cogía una copa pequeña y una botella de aguardiente, y entre canción y canción, después de haberse puesto a punto. pasaba por el público con la sonrisa hasta las orejas, ofreciéndole a todos en la misma copa un trago de aquello que tanto quemaba la garganta. Menos mal que Toñi era muy pequeña y no bebía, pero aunque hubiese sido grande, eso de meter la boquita donde la metían todos, y en especial aquel camarero, no le hacía mucha ilusión.

Continuará.

Lusa

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