10 Jun 2008
Un sobre con una sentencia dentro.
A veces me preguntan cómo es posible que con viajar en el Metro de Madrid sea capaz de saber ciertas cosas de los viajeros que me acompañan; en otras ocasiones me dicen que simplemente mis historias no son reales. Mi contestación suele ser que la mayoría de las veces es tan sencillo como fijarse, poner atención y que llevamos la vida escrita en nuestras caras y en nuestras actitudes. Hoy traigo un ejemplo de ello.
Han entrado los dos en el vagón de forma precipitada y dando un pequeño traspié. Son un matrimonio de una edad que se podría situar entre los sesenta y cinco y los setenta años. Bien arreglados y aseados, pero sin lujos, desprenden un aroma inconfundible a limpio. Ella le sujeta por el brazo de esa forma híbrida entre colgarse y sostenerle. Él, de movimientos un poco torpes, pasea la vista por todo el vagón en busca de asientos libres sin darse cuenta que ella ya los ha localizado y, tirando levemente de su codo, le encamina hacia ellos.
Se sientan y comienzan una de esas breves discusiones tan típicas de las personas mayores en la que porfían sobre la estación en la que deben bajarse. La mujer tiene esa cara castigada por la vida y marcada por el sufrimiento de los devenires de los años, frecuente en personas de una generación en la que las cosas nunca han sido fáciles. Se ajusta la chaqueta mientras agita su cuerpo y el sobre de gran tamaño que cuelga por delante de sus piernas está a punto de caerse. Él se lo recrimina y ella le mira con intención de decirle algo pero inmediatamente cambia su gesto que se vuelve dulce y comprensivo.
Los ojos de él muestran un aspecto mortecino y sin brillo; su expresión entre el miedo y el asombro denota una gran preocupación inconcreta y general. Transmite debilidad en cada uno de sus movimientos y parece muy vulnerable.
El gran sobre de color blanco que ella atenaza con las dos manos muestra un leyenda poco tranquilizadora: Unidad de diagnóstico por imagen TC.
Esta mañana han madrugado mucho para llegar con tiempo suficiente a la consulta donde el médico les espera para analizar esa prueba que está en el sobre.
Los miro y sorprendo una mirada de ternura que ella le dirige y pienso que me gustaría equivocarme, pero mi razón me dice que no, que él lo lleva en la cara. Lo sé porque ya la he visto en otras personas y la reconozco.
Ya estoy seguro que ese sobre lleva una sentencia de muerte dentro.
Salgo triste del vagón. Hay cosas a las que no te acostumbras nunca.
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Memorias subterráneas
pacorreitorCon los ojos abiertos se aprende. Una mirada puede revelar una dimensión distinta de la realidad. El Ferrocarril Metropolitano de Madrid (METRO), es un lugar ideal para medir la temperatura de la sociedad tal y como se hace con un termómetro: introduciéndolo en huecos inconfesables.
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1 comentario · Escribe aquí tu comentario
un-espanol-mas dijo
Joer Paco, duro muy duro. Pero es la vida, sin anuncios y musica. Hay que saber buscarlo en las personas, ese sentimiento de derrota. La verdad es que en tu mundo, cada dia pasan cosas. esperemos que mañana alguna sea buena. Un abrazo.
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