05 Jun 2008
Parábola del hombre que se creía libre y viajaba en Metro.
Un hombre que viajaba todos los días en el Metro de Madrid se sentía libre; tenía gustos y aficiones como todo el mundo. Su vida se basaba en el respeto a las distintas formas de pensar del resto de las personas y siempre se había mantenido en el escrupuloso cumplimiento de las normas de la sociedad en que vivía. Era tenido por todos sus conocidos como, en esencia, un hombre bueno.
Un día se le ocurrió una idea y se propuso ponerla en práctica. Aquella mañana se sentó en el vagón y con la mejor de sus sonrisas dijo las siguientes palabras:
-Buenos días, me gusta el fútbol.
El resto de pasajeros se le quedó mirando con cara de sorpresa hasta que alguien desde el fondo del vagón respondió:
-Claro, le gusta ese deporte de masas que saca los peores instintos de las personas y atonta para no pensar en otras cosas. Con la cantidad de deportes que existen y se tiene que quedar con el peor y el más alienante...
Nuestro hombre libre no se inmutó y se animó a decir:
-Me gustan las mujeres.
Otra voz se oyó en respuesta:
-Ya estamos, otro machista que nos ve como objetos en lugar de personas, seguro que piensa que somos inferiores...
Él, entró ya en una dinámica imparable:
-Soy fumador y me gusta el vino.
-Por eso nos perjudica a los demás imponiéndonos sus vicios y haciendo que seamos fumadores pasivos perjudicando nuestra salud y además seguro que es un asesino en potencia cuando conduce y probablemente responsable de la muerte de alguien.
Quiso entrar en profundidad:
-Además me gustan los combates de boxeo:
-Es el colmo, como en las cavernas, a matarse a puñetazos. Seguro que no ha evolucionado todavía y disfruta con la sangre del boxeador que salpica al público.
Terminó contando a los pasajeros lo que era su máxima pasión. Lo que le había llevado años de estudios, comprensión, diálogos, comentarios con otros más entendidos para aprender, estudiar para ser veterinario y tener un profundo conocimiento de la morfología y fisiología de un animal al que veneraba y respetaba como nadie.
-Me gustan los toros.
En este momento todos los pasajeros del vagón se levantaron al grito unánime de ¡asesino, asesino, asesino! y tomándole en volandas abrieron la puerta que comunicaba dos vagones y le arrojaron a las vías mientras el convoy estaba en marcha. Nuestro hombre degustó su último momento de libertad mientras el grupo de pasajeros disfrutaban con la ejecución de una persona de tan grandes y numerosos vicios.
Curioso concepto el de la libertad, ¿verdad?
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Memorias subterráneas
pacorreitorCon los ojos abiertos se aprende. Una mirada puede revelar una dimensión distinta de la realidad. El Ferrocarril Metropolitano de Madrid (METRO), es un lugar ideal para medir la temperatura de la sociedad tal y como se hace con un termómetro: introduciéndolo en huecos inconfesables.
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3 comentarios · Escribe aquí tu comentario
Diego dijo
No puedes inventarte una ficción bastante exagerada y fuera de lugar y luego proponer un debate como si fuera un hecho cierto y pasado. Tampoco se puede defender que los antitaurinos son una minoría y por tanto hay que ignorarlos (como estoy viendo ahora mismo en un debate de telecinco) y al mismo tiempo hablar de la presión que sufren los taurinos porque los antitaurinos son grandes tumultos de gente en todos los estratos de la sociedad. Por cierto, para muchos ser veterinario y protaurino es una contradicción, salvo que entiendas "me gustan los toros" desde la perspectiva de "si te gustan los toros, mata a los toreros".
Pacorreitor dijo
Gracias, Diego, por decirme lo que no puedo hacer.
No sé lo que se debate en otros sitios, pero aquí se puede leer una parábola.
Saludos.
pat dijo
Paco, a mí dentro de la exageración y quizás el puntito de demagogia, me ha parecido una gran parábola. Creo que tampoco hay que cegarse y ver sólo el alegato pro taurino (yo en eso soy tibia, como en tantas cosas, la fiesta me desagrada mucho, pero creo que tampoco podría definirme como antitaurina, yo y mi problema con las etiquetas.), creo que es un fiel reflejo de un gran cinismo e hipocresía. Que cada uno ponga los ejemplos que quiera. En general somos muy rápidos juzgando, y muy rápidos condenando, (a los demás, por supuesto), haciendo uso de nuestra miopía moral.
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