16 Oct 2007

MI AMIGO, EL CANGURO AFRICANO

Escrito por: loboyhombre el 16 Oct 2007 - URL Permanente

Playa de Kendwa, norte de Zanzíbar.

MI AMIGO; EL CANGURO AFRICANO

Ahora estoy viviendo en un hotel formado por cabañas estilo africano, en una paradisíaca playa del norte de Zanzíbar. Mi trabajo consiste principalmente en recibir a decenas de turistas insatisfechos y ocuparme de solucionar cualquier problema que surja durante su estancia.

Desgraciadamente solo estoy con los viajeros unas horas durante tres días, por lo que nunca tengo tiempo de hacer amistades, ni siquiera de aprenderme sus nombres. Yo le llamo a Zanzíbar, “la isla de las mil caras sin nombre”.

Hace unos días narré la historia de una de estas caras sin nombre que se convirtió en una gran viajera y amiga. Docta, sosegada y discreta esta mujer ha viajado por medio mundo con sus libros y los ojos bien abiertos.

Hoy voy a contar la historia de un niño con nombre. Nervioso, travieso y ante todo un autentico espectáculo viviente. Todo lo contrario a aquella sosegada niña sin nombre.

Esta es la historia de Henri, se remonta 53 años atrás, en Australia. Orange es la única ciudad australiana sin mar ni rió. Sin embargo bien surtida de manantiales debido a las montañas que jalonan la ciudad. En este lejano lugar nació Henri. Hijo de humildes inmigrantes polacos, quienes tuvieron que luchar duro para establecer un hogar en las fértiles e inhóspitas tierras australianas.

No se mucho más de su pasado, mencionar que a los 47 años decidió engendrar un hijo para perpetuar su curiosa “especie”. Encontró una mujer, la cual ya tenía dos hijos, y convivieron durante un tiempo. Fruto de aquella relación nació una preciosa niña que ahora tiene 6 años.

Su padre falleció y su madre ya octogenaria, que es una magnífica cocinera, espera paciente a su hijo con una tarta en el horno. Por mi parte, yo también esperaré para deleitarme muy pronto con sus guisos, ya que pienso hacerle una visita en Australia lo antes posible.

Hace un par de semanas apareció Henri en el hotel, con una potente y sonriente voz. Para imprimirse un aire más jovial, se había afeitado el pelo, erradicando así sus canas, despiadadas delatoras de su prolongada existencia. Con el rapado, no solo evitaba que sus blancos cabellos delataran su edad, sino que disimulaba las zonas calvas, donde las últimas canas fueron extinguiéndose en una lenta agonía.

Vestía siempre bermudas, camisa hawaiana sin abrochar y una botella en mano. La vestimenta podía variar en alguna ocasión, pero la botella, a cualquier hora del día, era todo un clásico en cualquiera de sus dos extremidades.

Tengo que recalcar, que nos encontramos en una isla 99% musulmana y en vísperas de Ramandán, uno de los cuatro pilares del Islam. Por lo tanto, se exige un recatamiento extremo, especialmente para las mujeres. No solo a los ojos del Islam un comportamiento obsceno puede verse como la mayor abominación, sino que la cultura africana en sí, es defensora del pudor y la discreción a la hora comportarse en público.

Ni que decir tengo, que como toda cultura musulmana, la mujer es propiedad del marido y tabú para los ojos de otros hombres.

Una vez hecho este inciso, vuelvo a mi amigo Henri…

En estas dos semanas este hombre ha hecho de todo menos pasar desapercibido. Yo le conocí de la siguiente manera:

Todas las noches en la arena, los chicos de la playa hacen una hoguera y sentados en círculo tocan y tocan los tambores mientras hablan y bromean con alguno de los turistas que se sientan alrededor del fuego.

Esa noche apareció un matrimonio italiano un tanto peculiar. El marido alto, desgarbado y aletargado. La mujer exuberante, esbelta y extremadamente provocativa.

Ella, vestía una minifalda que era más “mini” que falda. De hecho, si el diseñador de tan inquietante prenda, pretendía cubrir alguna zona interesante de aquella mujer, erró por completo. Era obvio que o faltaba tela, o sobraba culo. Y puedo asegurar que culo, ni sobraba ni faltaba, ese si que era un diseño perfecto.

El afortunado esposo se dejó caer torpemente en uno de los bancos que rodeaban el fuego y no pronuncio palabra en toda la noche.

Debían de ser de procedencia humilde, y no solo por la escasez de tela en su vestimenta, sino porque “por lo visto” tampoco tenía para comprar ropa interior. Esto lo descubrí a los pocos segundos de verla.

Ella, grácilmente se sentó en el banco a bastante distancia de su marido. Y al más puro estilo de la señora Sharon Stone, la muy “guarrota” se espatarró, dejando las piernas totalmente separadas. Esta ingenua criatura, mientras abría las piernas propinaba una amplia sonrisa, gesto inútil, ya que nadie la pudo ver puesto que ninguna mirada apuntaba tan alto.

Entre los atónitos africanos que allí estaban, habían dos masais abriendo tantos los ojos que pensé que los párpados se les iban a meter hacia dentro.

Ante semejante visión, los africanos dejaron de tocar los tambores, aunque yo creo que el latido de sus corazones sonaba con mayor fuerza que cuando golpeaban aquellos tambores.

La mujer se levantó haciendo un gesto como para incitar a los muchachos a que siguieran tocando los tambores y empezó a bailar. No podría definir que estilo de baile era ese, pero parecía una mezcla entre una bailarina de la danza del vientre y la de una barra americana.

De repente apareció Henri, borracho como una cuba portando su siempre eterna sonrisa. Al verla, con su potente voz pronunció un “hai hai haiiiiiiiiiiiiiii” y se lanzó como un leopardo a bailar con aquella gacela. Todos comenzamos a reír al ver esa pareja de baile tan peculiar.

No se sabía a ciencia si el marido de la italiana esta dormido, muerto o unos extraterrestres le habían abducido, pero estaba claro, que no le importaba lo más mínimo el comportamiento obsceno de su mujer.

Mientras el marido se abstraía de aquel mundo, a Henri le poseía totalmente la lujuria. El frenético ritmo de los tambores, el calor del fuego, el alcohol y esas edades en las que deseas morder cuando faltan dientes, estaban volviendo loco al pobre Henri.

Llegó un momento que el ritmo de los tambores se aceleró enormemente y al ritmo de la música, la italiana agitaba su trasero con una especie de convulsiones que cortaban el aliento. Yo temía por el corazón de Henri, ya que estaba seguro que su caudal sanguíneo no soportaría la presión de aquel corazón que bombeaba sin control.

Henri llevado por sus instintos comenzó a escanear el cuerpo de la bailarina y aún asiendo con una mano su botella, como si fuera una diosa hindú, a Henri le sobraban manos para semejante cometido.

En pocos minutos los allí presentes sentimos, varios tipos de deseos pero una vez descartados los más obvios, se nos antojó el deseo de reír. Al ver a Henri como le soplaba a la muchacha en los pechos, sin duda para refrigerar aquella máquina de generar deseos, estallamos todos en una carcajada general que no paró hasta bien entrada la noche.

Aunque me avergüence de ello, tengo que decir que en varias ocasiones a los muchachos les “pinchaba” con alguna frase en suahili para provocar la risa de nuevo.

Un muchacho, cuando vio a Henri manoseando a la mujer y el marido mirando sin hacer nada, me dijo que a eso en Tanzania se le llama hacer un trío. En ese precio, momento un perro se acercó y se sentó al lado de marido, entonces les dije en suahili que a eso en España se le llama “un cambio de pareja”. Estuvimos riendo toda la noche hasta que el matrimonio se fue a dormir.

A partir de esa noche todos los días conversaba con Henri, me contó que llevaba once semanas e vacaciones en Tanzania y que iba a estar dos semanas más en el hotel. Nos hicimos buenos amigos y confidentes, ya que por estos lares, escasean las amistades en las que apoyarte cuando la moral cojea.

Desgraciadamente hace dos días que partió, y ya estará dando buena cuenta del pastel de carne de su anciana madre. Pero, aunque “cuando un amigo se va algo se muere el alma”, también sé, que renacerá de nuevo y con mas fuerza cuando nos volvamos a encontrar.


7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

mar-sanfrancisco dijo

que guay...me he reido un monton...para veros......besos

blasftome dijo

Muy bueno, "loboy...". La descripción que has hecho de la italiana, buff, buff.....
¡Qué no somos de piedra!.
Por esos mundos de dios, la verdad es que se hace uno con un montón de amigos. A mí, me ha pasado.

loboyhombre dijo

Hola Mar, seguro que te hubieras reido un monton...

Blas, de estas tambien tendras unas cuantas historias de tus periplos, a ver cuando nos las contamos en persona.

Un abrazo a los dos.

mdgozalez dijo

Vaya pinta ,,,el henrry ...Está muy gracioso ...me he reido mucho ...está que chispea ...buen humor si señor ...Desde luego esto de los aventureros , me da envia ..envidia sana...!Blas ha encontrado en ti la horma de su zapato !...eso dice el refrán ...

saludos

lebiram

lebiram dijo

Hola. La verdad es que llegué aquí por casualidad. Pero me ha encantado tu forma de escribir. Me he pasado un buen rato y te doy las gracias. Saludos desde Canarias.

loboyhombre dijo

Gracias Lebiram y md por leer estas viejas historias. Un abrazo.

gilermez04 dijo

Esta no la habia leido,je je je,muy bueno lo del Henri,pues claro que si.No se como no te lanzaste a bailar con la italiana de marras,joder.Buena foto,je je
1 Abrazo

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En Africa he sido granjero, minero, guía de safaris, mendigo, comerciante de diamantes y alguna otra "profesión" más, que el pudor me impide mencionar. He viajado y vivido doce años por Africa; Kenia, Tanzania, Egipto, Ruanda, Zaire... En algunas ocasiones en lo más profundo de las tinielas, en otras,en verdaderos paraisos. Ahora desde mi último paraíso, tumbado en mi hamaca, desempolvo mis memorias.

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