04 Abr 2008

Al pie de una encina

Escrito por: amartinm el 04 Abr 2008 - URL Permanente

El título de este opúsculo es de por si claramente bucólico, y así de bucólico me pareció también aquel lugar desde el que podía divisar claramente las cumbres aún nevadas de la Sierra madrileña.

Transitaba yo por un camino pecuario, con prudencia y no exento de un cierto temor de que apareciera de pronto algún toro bravo de las dehesas adyacentes. Vislumbré una encina muy frondosa aunque ya no era tiempo de bellotas. Me recosté sobre su vetusto tronco y me puse a meditar. Hacía más de cuarenta años que no pasaba por este mismo lugar cuyo entorno, ya cambiado con el paso de los años, me dejó aún reconocer el sendero que conduce hasta el Cerro de San Pedro, y que tantas veces recorrí durante mi período de instrucción militar. Recuerdo que de vez en cuando marchábamos la tropa por este sendero hasta llegar al cerro para hacer ejercicios de tiro con el máuser. ¡Qué tiempos los del mosquetón!.

Hoy solo caminé una corta distancia hasta que providencialmente me encontré con la encina. ¡Caramba! me dije, pues no sé si ahora sería capaz de completar el trayecto hasta ese cerro. Desde luego que no lo iba a intentar.

Mientras recordaba estas cosas pasó ante mi un lugareño al que le di los buenos días; bien es sabido que los lugareños son gente amable pero éste era una excepción y no me saludó, ni siquiera masculló sonido alguno ni gruñó…así que hice un gesto despectivo mientras se alejaba por el camino junto a una jauría de cinco perros, presuntamente de su propiedad. Pensé en mi mala suerte pues hace unos días ensimismado yo, no me di cuenta de saludar a un desconocido en la escalera de mi casa y me lo recriminó. Yo le dije que disculpara pero que había correspondido a su saludo y que encontrándome afónico era seguro que no lo habría escuchado. Él se disculpó, y yo, contento por haber salido tan airoso de ese trance, carraspeé y dejé de imitar la voz afónica que me había servido de coartada.

Al pie de la encina me quedé un buen rato percibiendo los aromas del camino, respirando profundamente la fragancia más rica, una mezcla de encinar, romero, tomillo y agua: Una rica salsa de aromas. que acariciaban mi pituitaria.

No faltaba el riachuelo formado por el desbordamiento de los abrevaderos que existen en la zona, riachuelo digo, bordeado de espinosas zarzas y verdes juncales. Y sobrevolando todo el lugar, un par de cigüeñas. ¿No es idílico?.

Pasa un grupo de senderistas; éstos si saludan y yo correspondo. Da gusto tanta camaradería. Lo rústico tiene estas cosas ¡dónde va a parar la comparanza con lo urbano!, en el que todo el mundo va con prisas y a lo suyo.

Mas allá observo a un hombre que con una piqueta desbroza la tierra en busca de cardillos. Si, ahora en esta época están tiernos. No me hubiera atrevido a doblar el espinazo como lo hacía el señor so pena de no poder enderezarme. No es lo mío, la verdad que soy un producto urbano y por eso me entusiasma y me sorprende el campo. Por eso decidí quedarme un rato más al pie de la encina y observar el teatro de la naturaleza bulliciosa ante mi.

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