05 Abr 2008
La Habana Vieja
No sé cómo llegué hasta aquel lugar pero el caso es que de pronto me encontré frente al Hotel Ambos Mundos. Si, ése que hace esquina con Obispo y Mercaderes en La Habana Vieja y dónde Ernest Hemingway escribió algunos capítulos de "Por quien dobla las campanas". Yo me dije, este tipo debió ser un incansable trotamundos por que existen testimonios de su presencia en muchos lugares del mundo. Llegas a un sitio y ya estuvo él antes, a excepción de ese restaurante de la calle Cuchilleros de Madrid que ostentosamente indica: Hemingway never ate here.

Tenía muchos deseos de visitar Cuba, ésa que tan enfáticamente llaman la Perla, unos dicen la del Sur, otros la del Caribe, y todavía algún añorante la recuerda como la Perla de la Corona de España.
Aún se suele decir aquello de “más se perdió en Cuba” cuando algo está yendo mal, pues ciertamente su pérdida se sintió no sólo por que supuso la liquidación del imperio colonial, sino también por que España perdió la confianza en sus propias capacidades como nación.
Y ahora aquí miro y admiro su arquitectura, sus paisajes y sus gentes tan cercanas a nosotros los españoles.
Calles, las de la Habana Vieja, estrechas como lo son las de Cádiz, balcones trazados en el más puro estilo español como los de Tenerife, como los de Cartagena de Indias, como los del barrio de La Candelaria en Santa Fe de Bogotá.
La Habana Vieja es para pasearla y gozar de su bello anochecer, lo mismo que en Cádiz, cuando al fondo de una calle que va a dar al mar, se contempla la dorada reverberación del sol convergiendo en el horizonte.
Me acordé de un amigo mío, por más señas agnóstico, que necesitaba ver para creer. Un oponente apostilló que esa postura era muy cómoda pues creer en Dios era una cuestión de fe. Le puso un ejemplo contundente: sabes que Cuba existe aunque no la hayas visto. El replicó: cuando vaya sabré que existe, mientras tanto no puedo afirmarlo. Cuando vea a este tozudo amigo le diré que Cuba existe y que La Habana se siente y te atrapa.
Sigo mi periplo para encontrarme con Plazas espléndidas: la de Armas, Plaza Vieja con sus esquinas tan diferentes, plaza de la Catedral, San Francisco, la del Cristo. Nombres, los de todas ellas, muy andaluces en una perfecta simbiosis de lo cubano y lo español. Sólo faltan los olores a jazmín y a azahar para creer que estoy en algún rincón de Córdoba, de Sevilla o de Jerez. Pero aquí, en Cuba, los olores y sabores son otros: el humo de un puro cubano, el sabor del ron. Y luego está el sonido que no es otro que el del son cubano, del que uno no puede sustraerse al ritmo y a la cadencia cantarina de sus versos. Y no confundiré el son con la salsa para evitar que un habanero vaya a decirme "no, chico, la salsa es pa' lo fideos"
Se hizo ya tarde y devolveré mis pasos otra vez por Obispo hasta encontrarme con Monserrate, con el Floridita, un emblemático lugar donde entraré y saborearé un Daikiry de buen Ron blanco y limón sobre hielo frappé con azúcar y aderezado con hierbabuena y en cantidades correctas para que no me llegue a endemoniar.
Otro día te contaré más cosas de esta Ciudad: del Paseo del Prado, del Castillo del Morro y el de la Punta, de su espléndida bahía y su túnel que la atraviesa y de su famoso Malecón, del que un cubano dijo: "vivir en las cercanías del Malecón es embrujador".
Últimos Comentarios
- Viajando en metro 1 comentario Anónimo
Tags
Amigos
Fans
Ídolos
Buscar
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):


Escribe tu comentario