17 May 2013
Tenían el dedo amarillento
En aquel tiempo había muchos hombres que tenían el dedo índice amarillento, impregnado en nicotina. La piel parecía pergamino porque sostenían el cigarrillo entre el corazón y el índice, y el humo los lamía continuamente. Recuerdo muy bien a don Francisco, mi maestro, pensativo entre castigo y castigo, con el humo denso envolviendo el dedo índice y formando las volutas más arriba. Fumaba mucho mi maestro… y tosía lo suyo también. Era un tabaco de liar áspero, de posguerra española, y los liaba con mucho oficio y mucho gusto. Mi tía Isabel, que vivía pegaba a las murallas merinidas, echaba a mi tío Asensio de casa para que fumara en la acera de enfrente porque no soportaba el humo de ese tabaco tan recio… A mí, a veces me gustaba, otras no. Y no sé por qué ocurría así.
En aquel tiempo de posguerra tardía, los bigotes también terminaban con ese color dorado de nicótica, y ocurría así a fuer de recibir el humo de una colilla abandonada en la comisura de los labios. Entonces había muchos hombres con una colilla eterna prendida en los labios, y era común que los pedigüeños te rogaran ‘la pava’ del cigarrillo… Algunos pasaban una ‘pava’ generosa, que venía a ser una colilla tercio del cigarrillo. Los menos generosos la apuraban hasta que apenas se podía entregar sin quemarse los dedos. La verdad es que seguimos siendo más o menos generosos, pero ya no se demuestra así.
Mi padre nunca fumó, y mi tío Chico construyó una máquina que liaba cigarrillos dándole a una manivela. Parecía una fábrica en miniatura… el tabaco en un sitio, el papel en otro y listo, cigarrillo liado, con filtro y todo. Mi tío inventaba cosas y las construía. ¡Qué buen ingeniero habría sido si hubiera tenido la oportunidad de estudiar! Pero no eran tiempos de estudios para los huérfanos de la guerra, eran tiempos de buscarse la vida cuanto antes…
Sí… recuerdo que entonces, “cuando el tiempo andaba en pantalones cortos”, las esquinas olían a meado y los portales a coles. Los bares a vino y adobo, y los parroquianos escupían en el suelo sin disimulo. Y había muchos borrachos por las calles, tantos como perros vagabundos y famélicos que los laceros recogían y desaparecían sin piedad…
Uno pensaba —¡qué iluso!— que la línea de la historia siempre progresaba en la buena dirección, y que para nuestros hijos estas iban a ser historias nostálgicas. No contaba uno con la pereza cómplice de casi todos nosotros, con la avaricia humana, con la codicia de los poderosos. Se nos olvida que esta gente jamás regala nada y que su tarea consiste en mantenernos sometidos a sus privilegios.
Nuestros hijos tendrán que volver a pelear sus propias conquistas… Les ha llegado la hora. 

14 May 2013
Crónicas de jubilación: Paredes viejas
Un folio pegado en la pared busca noticias positivas. Explica el papel que ya hay demasiadas negativas, y propone que llamemos a un teléfono para contar nuestra noticia positiva…
Al jubilado le agrada la idea, y también le gusta que no queden números para arrancar, especialmente hoy, que se ha levantado ofuscado y sin planes, con la cabeza puesta en nubes hostiles. Pasa a veces, y por eso sale a buscar espacios abiertos en los que disipar no_sabe_qué. Por eso encuentra esperanzador que alguien busque noticias positivas y que haya gente interesada en seguir la idea. Sí…
Sale el jubilado a buscar paredes viejas por la parte más ajada de la ciudad. No sabe bien por qué le atraen las paredes descarnadas… será porque es fascinante imaginar quien, cómo y cuándo las levantaron. Imaginar sus tiempos de esplendor, recién encaladas y alegres. Sí, al jubilado le gusta imaginar qué desdichas podríamos contar si las piedras lloraran… porque a veces las paredes viejas parecen rostros fruncidos de tristeza. No sé...
En la calle Bravo, una señora teñida de pelirrojo cuenta a gritos a su compañero no sé qué cosa sobre la farmacéutica. A mi cirujano ocular le pasa lo mismo, que no sabe hablar bajito, conteniendo la voz… hay personas que no saben susurrar y no me las imagino hablando de amor. Porque de amor y de sentimientos sólo se puede hablar en susurros.
Hay un barrendero en la calle Bravo vestido de verde fosforito. Tiene el hombre una melena negra y engominada, un notable mostacho color nicotina y una barba larga y blanca… Es una estampa rara para un barrendero, la verdad. El hombre barre con diligencia las aceras calle abajo, alejándose de las Siete Revueltas. Cuando el jubilado era jovencito ser barrendero era el trabajo más desprestigiado que se podían tener. Hoy, sin embargo, los poderosos nos están convenciendo de que tener trabajo es un privilegio. Pero es mentira, tener trabajo no es un privilegio, es un derecho… No deberíamos olvidarlo. No deberíamos dejarnos convencer.
Hay una historia de amor en la tapia trasera de un colegio de monjas… Imagino a la pequeña leyendo por primera vez esta declaración de amor. Seguro que el mundo se le puso a dar vueltas. El jubilado lanza la foto desde un paso de cebras, y una conductora tiene la deferencia de esperar pacientemente hasta que termina. Hay gente buena… la saludo agradecido y me sonríe. Debe tener unos cuarenta y cinco años. Me gusta que se haya esperado y le gustó a ella que le devolviera una sonrisa cómplice. Y el bienestar de esa sonrisa me dura un buen rato…

09 May 2013
Las salamanquesas cazaban mosquitos en el lienzo de la pantalla
Hubo un tiempo en el que teníamos pocos años y vivíamos en un pueblo de casas blancas ribeteadas de ocre. La calle Real era un hervidero de gente y cuando llegaba el buen tiempo abrían los cines de verano para que las salamanquesas cazaran mosquitos en el lienzo de la pantalla, cerca de la buganvilla que crecía a la derecha. Olía a dama de noche y, a ratos, cuando las ráfagas eran de poniente, a mar.
Las salamanquesas tenían los deditos abiertos, así, como un niño cuando cumple cinco años. Y unos ojos redondos y saltones… Lucía no tenía los ojos saltones. Los de Lucía eran soñadores, un poco entrecerrados y sonreían cada vez que me miraba. No su cara, sonreían sus ojos. Los de Lucía no eran ojos de salamanquesa precisamente, eran los más bonitos que había visto en mi vida.
La salamanquesa se quedaba allí, en el lienzo de la pantalla de verano, cazando mosquitos mientras Robín de los Bosques le robaba los impuestos al malvado sheriff de Nottingham. Ni se inmutó el día que el fraile Tuck descargó un bastonazo justo donde estaba el bicho… a la salamanquesa no le interesaba la peli, sólo cazaba mosquitos. Y eso era bueno. Por encima de esa salamanquesa pasaron los carros de Ben-Hur, y Jhon Wayne mató a cientos de indios sin el mínimo remordimiento… pero ella –la salamanquesa, digo- siempre iba a lo suyo, a cazar mosquitos. Me gustaba a mí ese bicho y cada vez que entraba en el cine la buscaba en el lienzo blanco, cerca de la buganvilla, antes de que empezara la peli. Y a veces tenía que hacer un esfuerzo para seguir el hilo de la aventura porque era emocionante ver la carrerita del reptil cada vez que pillada un mosquito. Es uno de los símbolos de mi niñez… supongo que hay cosas peores.
Me han dicho que estuve viendo Los Hijos del Capitán Grant en ese cine de verano, pero yo no me acuerdo porque esa noche Lucía se sentó a mi lado… y lo llenó todo. Por no ver no vi ni las andanzas de la salamanquesa. Esas cosas se saben, y supimos los dos que las mismas mariposas revoloteaban por la barriga… Lucía era la niña más bonita que podía existir. Iba un poco despeinada, con una coleta baja, apenas una excusa para recogerse el pelo. Hablamos muy poco porque no había mucho que decir… para hablar, ya lo hacían las mariposa por nosotros. Su rodilla estuvo a menos de un centímetro de la mía, pero no llegamos a tocarnos. No hizo falta… me llegaba su calor y lo recuerdo como la cosa más viva que he sentido. No sé si alguien lo podrá entender, pero todo el universo estuvo concentrado en el pequeño espacio que había entre Lucía y yo. Ni siquiera el Capitán Trueno y la princesa Sigrid podrían haber sentido lo que nosotros la noche que pusieron Los Hijos del Capitán Grant.
Pocos días después su familia se marchó lejos de ese pueblo de casas blancas ribeteadas de ocre, y no volvimos a vernos. Ni siquiera pudimos decirnos adiós. Nada. No escuchamos de nuevo la conversación de mariposas en la barriga, mientras la salamanquesa cazaba mosquitos en el lienzo de la pantalla. No volvió a estallar un nuevo Big Bang entre nuestras rodillas… Sí, Lucía desapareció de golpe, y desde entonces las calles de pueblo y el cine de verano resultaron un lugar insulso.
Y al cabo de los años, casi sin quererlo, supe que Lucía murió joven, con apenas cuarenta y uno. Me habría gustado verla otra vez, y sonreír con sus ojos risueños, y decirle que el mundo fue un lugar insulso desde que se fue. Quisiera haber tenido ocasión de querer otra vez a la niña que eligió sentarse junto a mí el día que pusieron Los Hijos del Capitán Grant…
— ¿Me cuentas la peli? — Le habría dicho —. ¡Me lo debes!
05 May 2013
Cuando se marchan, obligados por estos miserables
Hoy he dedicado un libro a mi segundo hijo. Le he dejado dicho en la solapa, más o menos, que escribir un libro o plantar un árbol no han sido tareas demasiado complicadas, que lo realmente importante era tenerle a él. Cerca o lejos, la distancia física no es lo más importante, lo que importa es mantenerlo pillado, aquí, en el corazón.
Pero mis hijos tendrán que marcharse lejos, igual que muchos jóvenes. Esta mierda de país los desecha con tal de cumplir con los deberes que mandan los mongo-liberales… esos que insisten en desmembrar el Estado y en dejar a la gente al albur de los mercados y dicen, mientras tanto, que vendrán tiempos mejores… ¿mejores para quién, so borrico?
Y cuando los hijos se marchan al otro lado del océano, obligados por estos miserables, el mundo se nos hace excesivamente grande, y los peligros afloran en cada pensamiento por mucho que apliquemos razón en las cosas.
La imagen es un atardecer sobre el río Arillo, San Fernando
22 Abr 2013
La música del hombre muerto, el castro celta y Alange
La música del hombre muerto suena fresca mientras conduzco con el carnet caducado. Desaparece el hombre, pero permanece su voz nasal y los sonidos que ha construido con su guitarra. No es un cantor de prodigiosa voz. No, no es eso. Simplemente es la música póstuma de George Harrison… y me gusta conducir con ella a buen volumen.
A mediados de Abril el campo está verde y tapizado de flores. En Sevilla ya hace calor... pero la temperatura va bajando conforme nos acercamos a la Sierra de Huelva, tirando ya para Extremadura, la tierra donde los castúos —gente noble donde la haya— tienen migajón en lugar de alma. En Higuera de la Sierra hay un bar que ponen “Gambé planché” (sic)... será que tienen muy a gala haber vivido en la Francia (muy mal aprovechado, por cierto). Más arriba, en Higuera la Real, hay un Castro Celta que llaman Castrejón de Capote... Castrejón porque hay un risco de piedras que lo preside todo, y Capote porque uno de los dueños del lugar se llamaba así.
Se dieron cuenta porque al maestro del pueblo (don Aurelio Salguerón) le fueron a decir que había una piedra con extrañas letras en el dintel de un chozo abandonado... Y resulto ser una piedra con signos tartésicos recogida in situ y reutilizada. La documentación que acopió el maestro y la publicación posterior del artículo propiciaron los sondeos arqueológicos hasta dar con una ciudad amurallada, jalonada de torreones defensivos, calles, casas y talleres… ¡la ciudad perdida de los celtas en la Beturia!, que acabaron siendo conquistados por los romanos a finales del siglo II antes de nuestra era. ¡Sorprendente: una ciudad extraordinaria y no existe en la carretera ni una sola señal que indique su presencia!
Pese a todo, lo que son las cosas, coincidimos en el castro con un grupo familiar estupendo… La señora guapa, de pelo blanco y piel extraordinaria, tenía 79 años y acababa de recuperarse de un ictus y una operación de carótida para mejorar la circulación, y estaba la mar de bien la señora. Fue la que me dijo que los tallos de hinojo se comían, que cuando eran niñas lo hacían en el pueblo; y el marido, como me vio coger un tallo demasiado leñoso, me dijo que ese no, que era mejor este otro. Y me estuvo recolectando tallos blandos de hinojo buena parte del recorrido. Por la noche todavía se me repetían… pero no me importó. Tomé nota para enseñárselo a mi nieta. Luego nos regalaron todos los espárragos que fueron encontrando y un manojo enorme de hojas de achicoria para la ensalada. El campo que rodea el Castro Celta es muy pródigo, ya lo creo. El marido de la señora de 79 años también me enseñó a hacer una especie de trompetas con las vainas de avena y hablamos de las cosas que hacíamos de pequeños en nuestros pueblos, él en Alange (creo) y yo en Ceuta… Buen rato pasamos, sí señor, mientras el arqueólogo que guiaba la visita contaba las cosas propias de estas ocasiones.
La señora guapa de 79 años y su marido iban con sus dos hijas, una morena de pelo rizado y otra rubia de pelo lacio, ambas muy guapas. La hija de la morena era una mocita muy mona, como de 14 años y voz muy dulce, que hacía fotos con su cámara. Nos fotografiamos mutuamente dentro del chozo donde se encontró la piedra con runas celtas. La otra hija de la señora de 79 años, la rubia, es la bibliotecaria (por cierto, un centro con actitudes muy novedosas) de la Biblioteca Pública de Alange, un pueblo precioso cercano a Mérida, que tiene unas termas romanas que son Patrimonio de la Humanidad… La bibliotecaria rubia está casada con el arqueólogo calvo que nos acompañaba, que no debemos confundirlo con el arqueólogo que guiaba nuestra visita. Y entre ambos fuimos entendiendo todo el entorno y dando forma a los vestigios… la rubia y el arqueólogo calvo eran padres de una jovencita, como de 10 años, que dejó escrito en el libro de visitas que cuando ella fuera arqueóloga vendría a este castro a seguir las excavaciones. Me hizo mucha gracia y la despeiné cuando pasé a su lado…
La madre del arqueólogo calvo, que era consuegra de la señora de 79 años, era una etnógrafa espontanea porque, a lo largo de su vida, había ido coleccionando vasijas de cerámica, herramientas y utensilios antiguos que ya no tenían uso. Debe ser una colección estupenda (…por cierto, estamos invitados a verla y a tomar café en su casa) Había en el grupo otra señora, coetánea de las consuegras, y otro joven con los que anduvimos hablando un rato, pero no logré ubicarlos en el clan familiar.
Desde luego Alange tiene un precioso patrimonio histórico… pero también una familia la mar de simpática, culta, que organiza una visita a un castro celta y demuestra una curiosidad envidiable. Va a ser verdad lo del migajón de los castúos, y, sobre todo, va a ser verdad que hay mucha más gente buena que mala.
Interior del chozo de las runas celtas
01 Abr 2013
Crónicas de jubilación: De recados por la Isla
Debe ser poniente, pero el viento se encaja entre las callejuelas y me llega que parece del norte. No sólo por la dirección, también por lo fresco… Me revuelve los pelos y deja mis orejas al viento. Siempre me ha gustado recibir el viento en las orejas, la verdad. Mi padre solía decir –señalando nuestros notables apéndices- que éramos gente de buena casta. Lo decía en broma, pero yo sufrí mucho de pequeño con ese asunto… que los niños con las orejas grandotas somos una diana fácil para los demás. No sé… por lo menos me quedan pelos y eso amortigua la dimensión de las orejas, incluso hoy día.

Hay una tertulia en la radio local. Son contertulios de la calle, gente de a pie que me cae bien. Dan vueltas y vueltas sobre los síntomas visibles de la crisis… pero no acaban de identificar al enemigo. Me frustra un poco porque uno de ellos dice que habría que esperar los cuatro años a ver si el gobierno consigue mejorar las cosas… Todavía no se ha enterado que esta crisis no es una cuestión de partidos. ¡Madre mía, este hombre vive en las nubes! Pero, mira, al menos debaten en libertad…
La tarjeta de débito no sirve para sacar dinero en el cajero. ¡Escalofrío! No veas lo que tiene que ser haber sido estafado con las preferentes y quedarte sin los ahorros de toda una vida. Pues así, miles de engañados. Me guardo la tarjeta. Al fin y al cabo, para un café tengo… y como es lunes, no hay churros. Eso que me ahorro.
Están desmontando los palcos de Semana Santa… por lo menos estos trabajadores están en lo suyo, trabajando. Me encantaría preguntarles cuántas horas trabajan, cuánto cobran, hasta cuándo van a trabajar y cuál será el finiquito y el paro… Pero no lo hago.
No me lo puedo creer, mi farmacéutica dice que no hay Vivotif (la vacuna contra el tifus) en toda España. ¿Y ahora qué hago? No es para servidor, es para una de las víctimas de la crisis que han generado los mongo-liberales que nos gobiernan. El joven científico se tiene que ir de su patria. Se va a Costa Rica a cuidar tortugas marinas… Ojala no pille el tifus. Porque como lo pille y le pase algo malo por culpa de que en España no hay Vivotif, saco el kalashnikov del armario y mato algo o alguien, me da igual.
Nos estamos quedando sin jóvenes. Esa es la verdadera catástrofe.
19 Mar 2013
Cartas al Viento
Mi amigo Pepe va a presentar un libro que habla de dos homosexuales que viven separados por el Estrecho de Gibraltar (“Cartas al Viento”, de Joaquina Cañadas)… y he recordado a algunos de los que vivieron en nuestro barrio, entre nosotros. De Fulanito, de Menganito, de aquel otro… Eran gente cercana, parte del barrio y de su vida cotidiana. Pero los que nacimos en mitad del siglo XX también hemos visto cosas que hoy serían inaceptables: una homofobia instalada a flor de piel. Simplemente, nos tocó vivir ese tiempo. Nadie elige el tiempo que le toca vivir, no se puede. Nadie nos ha enseñado qué pasaba con los ‘maricones de mierda’ —permítanme pronunciar las palabras que se usaban en ciertos círculos de entonces— cuando entraban en un calabozo. No lo hemos leído en libros de historia, para nosotros era la vida real y pasó hace apenas unos minutos…
También le he comentado a Pepe que cuando echo la vista atrás —a veces para recordar, otras para observar el camino que ya hemos andado— suelo buscar culpables. Y no sé si esa es la mejor forma de evocar los recuerdos. No estoy seguro porque por mucho responsable que busque, nada va a cambiar.
Pero el hecho es ese, que la evocación me lleva al reproche. Y busco culpables de la educación que recibimos, que era una educación gris, sesgada y frustrante. Busco a los culpables de la historia oficial que nos impusieron, porque era una soberbia mentira. Me suelo preguntar quienes fueron los responsables de esa España negra a fuer de sotanas que nos castró la alegría.
Pero, seguramente no hay un sólo responsable para que ese tiempo fuera como lo vivimos. Como tampoco se nos puede reprochar nuestra sumisión porque no teníamos elementos para contestar nada… Por eso también recuerdo el esfuerzo que todos los de esta generación tuvimos que hacer para escapar —con nuestros propios medios— de ese mundo inventado… Pero no todos, no nos engañemos. Porque muchos siguen bien instalados en el mismo sistema de creencias. Estos son los que siguen sin ver muertos en las cunetas, maldiciendo al ‘maricón’ de la tele y comulgando domingos y fiestas de guardar.
A veces me pregunto —sin mucha convicción, la verdad— qué España tendríamos hoy si esa generación, la que nació a mitad del XX, hubiéramos crecido en libertad, pudiendo elegir un pensamiento u otro.
Pues eso, que espero que mi amigo Pepe, cuando presente el libro de Joaquina Cañadas, recuerde el tiempo que nos tocó vivir, recuerde el camino que hemos atravesado y que, tal y como están las cosas, nunca deberíamos desandar… Él lo sabe muy bien, no hace falta que nadie le diga nada.
16 Mar 2013
Crónicas de jubilación: En el banco de madera, bajo los eucaliptos…
Hoy me aprisionan las paredes. No me gusta que ocurra, pero a veces pasa. Por eso escapo, y hago bien porque es verdad, existe otro mundo ahí afuera…

Hay una bandada de flamencos en el saco del río Arillo, que es un lago somero entre el océano Atlántico y el interior de la bahía de Cádiz. Al fondo, cerca de la otra orilla, hay elegantes cigüeñas buscando cangrejos; y tres patos ceremoniosos desfilan muy serios. Vuelan gaviotas, y por las orillas pasean cigüeñuelas y correlimos. Creo que cerca de las dunas hay un cormorán solitario, pero no estoy seguro. He ocupado el banco de madera, bajo los eucaliptos, y dejo pasar el tiempo…
Aquí todo es abierto. No hay paredes que cierren el espacio. Llega la algarabía de las aves lacustres. El graznido de flamencos y gaviotas, el crotoreo de las cigüeñas, el cacareo de los patos, el silbido de no sé cual ave. Llega también el rumor de las olas desde detrás de la cadena de dunas. Deben romper sobre los búnkeres de Torre Gorda. Es un rumor que a veces se olvida, pero lo envuelve todo. Si de pronto cesara quedaríamos desarropados.
Si los hombres nos portáramos bien este paisaje seguiría aquí cuando me haya ido… pero lo dudo. Solamente si el nivel del mar subiera un poco atravesaría la cadena de dunas e inundaría esta laguna. Todo lo que se ve sería entonces mar abierto… Y habríamos perdido este hermoso paisaje.

No sé. Hoy he acompañado a un veterano empresario a visitar otro bello paisaje y donde yo veía hermosas praderas de plantas halófilas, que la marea inunda cada doce horas, él veía un rentable negocio de almejas para dar de comer a muchísimas familias… Y le he mirado sorprendido hasta que he comprendido. El asunto es que él también estaba disfrutando de otro hermoso paisaje… Y ambos son interpretaciones diametralmente opuestas de la misma realidad.
Seguramente la sostenibilidad -ese concepto que parece justificar cualquier atrocidad- consiste en superponer las dos visiones de la misma realidad para que ambos -el veterano empresario y servidor- la encontremos honestamente bella…
13 Mar 2013
¡Habemus Papam!
Una alfombra sin ácaros que la separa del suelo frío. Un par de juguetes esparcidos a su alcance. El bienestar después del baño al atardecer. La crema que suaviza la piel joven. La sonrisa de su padre. La explosión de júbilo cuando su madre llega más tarde…

¿Qué importa que haya Papa? Lo interesante es el juego de luces y sombras de la pantalla. Lo importante es presentir a su padre ahí detrás, trasteando las hojas de su Tesis. Lo que espera es ver a su madre desgranar noticias en esa pantalla. ¡De momento es feliz con las cosas realmente importantes!
Ya habrá tiempo de enseñarle la realidad de otros millones de niños, y la causa…
20 Feb 2013
El guiri enamorado del acebuche
He acariciado columnas de mármol en Emérita Augusta, Corduba o Ampurias. En Baelo Claudia he manipulado ánforas que contuvieron gárum, y hasta una lasca de la calzada romana de Ubrique… para sentir —eso quisiera creer— el flujo de la historia en la yema de los dedos. Me gusta imaginar a las personas de otro tiempo que acariciaron esas mismas cosas. Los hombres pasan pero las piedras se impregnan un poco del alma de la gente que las roza…
Estaba prohibido, pero en Berlín recogí a hurtadillas una esquirla de pintura del Viejo Muro de la Vergüenza... Debería ser una esquirla llena de niebla y llovizna, como el Telón de Acero que nos dibujaban en las películas de espías. Pero esta no, esta era una esquirla de colores, como un arco iris minúsculo. Es una mínima porción de historia que conservo envuelta en una servilleta de papel… No sé, debería buscarle una cajita más digna. Es posible que cuando pase el tiempo, un buen día me levante de la silla y busque entre mis cosas, con parsimonia, ese pequeño tesoro… y, ¡quién sabe! A lo mejor se lo regalo a mi nieta y le cuente una vieja historia vinculada a esa pequeña esquirla de colores… hombres que entienden la libertad de distinta manera, que luchan por imponer su concepto a los otros; un muro que los separa y poderosos ejércitos que se apuntan dispuestos a destruir el planeta siete veces seguidas… una detrás de otra. Pobrecita nieta, a lo mejor piensa que los hombres de su generación son mejores que los que pintaron con colores el viejo Muro de Berlín.

Para sentir la vida y su historia, también abracé el tronco de un olivo centenario. Crece en mitad de una riera que desemboca en Agua Amarga, un luminoso pueblecito de Cabo de Gata. Es un árbol solitario, sorprendente e increíble. Me lo imagino soportando la corriente embravecida cuando llega una gota fría y convierte aquel desierto en un torrente incontenible. Ha debido soportar muchas avenidas torrenciales, como las que allí ocurren… que pasan lustros sin que caiga una gota de agua, pero cuando dice aquí estoy, no hay quien le quite su sitio al agua. Pues ahí está en mitad de la riera —o rambla que dirían los catalanes—, frondoso y ofreciendo la única sombra en muchos kilómetros a la redonda y, además, regalando una cosecha de olivas cada año.
A primeros de Noviembre nadie camina por la riera que desemboca en Agua Amarga. No nos cruzamos con nadie en toda la mañana… sin embargo, un guiri rubio desvaído y clarito andaba enamorado del viejo olivo —ahora que lo pienso, tal vez fuese un acebuche—. Apenas respondió a nuestro saludo y siguió a lo suyo: observar al viejo árbol desde todas las posiciones posibles. Lo rodeaba sin apartar la mirada de él. Se sentaba a cierta distancia para seguir observándolo, luego cambiaba de lugar. Hasta se tumbó en la tierra, junto al tronco, para admirar su copa desde abajo. Al final, mi compi y servidor acabamos sentados a cierta distancia entretenidísimos observando el cortejo del guiri clarito y desvaído.
— Nene —pregunta mi compi—. ¿Qué hace un guiri aquí, mirando un olivo y a primeros de noviembre?
— ¡Psss! Será que hay guiris pa tó, cariño… ¡Y como se enteren los chinos, ni te cuento! 
Sobre este blog
El Blog del Milano
MilanoSólo un homo sapiens venido a menos... y acostumbrao. Vive en la Vieja Isla de León (San Fernando), el Sur de España; y recuerda con frecuencia Villajovita, el barrio de su niñez, en Ceuta, allá por el norte de África. Algunas incoherencias, algunas fotos... y me parece que poco más. Así de simple son las cosas.
Tags
Categorías
Enlaces
- 1 La Web del Milano
- Blog: Akme - Es la educación, estúpido!!
- Blog: Akme - GPS
- Blog: Al Sur del Sur
- Blog: África Puente Cristo
- Blog: Bernal Revert
- Blog: Blogs sobre Ceuta
- Blog: d_Ruta (José Manuel)
- Blog: El mirador de Tanger
- Blog: Gudea de Lagsh
- Blog: Historias de Yo Mismo
- Blog: Julian, Alfonso, Fernandito...
- Blog: Klaus
- Blog: La Bruja Gebirg
- Blog: Los Diarios de Jean Valjean
- Blog: Mefisto, el diablo de Ceuta
- Blog: Microrelatos Vi.Jo.
- Blog: Milano en iespana
- Blog: Nando Sánchez
- Blog: Ni libre ni ocupado
- Blog: Niños Vi.Jo.
- BLOG: Normarnauj
- Blog: Palinuro
- Blog: Pantalón de Aquiles
- Blog: Pedro L. Angosto / República
- Blog: S. S. Camilleri
- Blog: Una caja de galletas
- Blog: Vesanías y cábalas de César
- La Pepa, hoy
- Web: Aquilino
- Web: Carlos Bernal
- Web: Fotos de Alfonso
- Web: Gebirg
- Web: Niños Vi.Jo.
Buscar
Archivos
- Mayo 2013
- Abril 2013
- Marzo 2013
- Febrero 2013
- Enero 2013
- Diciembre 2012
- Noviembre 2012
- Octubre 2012
- Septiembre 2012
- Agosto 2012
- Julio 2012
- Junio 2012
- Mayo 2012
- Abril 2012
- Marzo 2012
- Febrero 2012
- Enero 2012
- Diciembre 2011
- Noviembre 2011
- Octubre 2011
- Septiembre 2011
- Agosto 2011
- Julio 2011
- Junio 2011
- Mayo 2011
- Abril 2011
- Marzo 2011
- Febrero 2011
- Enero 2011
- Diciembre 2010
- Noviembre 2010
- Octubre 2010
- Septiembre 2010
- Agosto 2010
- Julio 2010
- Junio 2010
- Mayo 2010
- Abril 2010
- Marzo 2010
- Febrero 2010
- Enero 2010
- Diciembre 2009
- Noviembre 2009
- Octubre 2009
- Septiembre 2009
- Agosto 2009
- Julio 2009
- Junio 2009
- Mayo 2009
- Abril 2009
- Marzo 2009
- Febrero 2009
- Enero 2009
- Diciembre 2008
- Noviembre 2008
- Octubre 2008
- Septiembre 2008
- Agosto 2008
- Julio 2008
- Junio 2008
- Mayo 2008
- Abril 2008
- Marzo 2008
- Febrero 2008
- Enero 2008
- Diciembre 2007
- Noviembre 2007
- Octubre 2007
- Septiembre 2007
- Agosto 2007
- Julio 2007
- Junio 2007
- Mayo 2007
- Abril 2007
- Marzo 2007
- Febrero 2007
- Enero 2007
Secciones
Suscríbete
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):








