20 Feb 2012

Nunca tuve estómago para las putas, ni siquiera en Bangkok

Escrito por: miquelsilvestre el 20 Feb 2012 - URL Permanente

Soy un viajero vago. Me cuesta hacer turismo. Prefiero quedarme en los sitios y mirar. Esta Rama IV de ocho carriles es ya mi calle. Para cruzarla hay que subir por una paso elevado peatonal. Desde él se divisa el skyline de la urbe de los negocios. Bajo sus escaleras bulle la vida cotidiana y mil puestos de comida callejera. Bangkok es la ciudad de la comida, por todos lados, en cualquier esquina hay un tenderete donde venden fruta, café, dulces, bocadillos, salchichas, arroz, más fruta, más café, más dulces, más bocadillos, más salchichas y más arroz. La vida callejera orbita en torno a la comida. Por las mañanas voy a correr al parque y coincido con mil ancianos haciendo tai chi, regreso, compro fruta natural deliciosa y barata y regreso comiendo y empapado de sudor al hotel. Por la noche, voy al figón done aparecí el primer día, bebo cerveza, como pescado y observo la vida mientras escribo en mi cuaderno. La vida pasa lenta y al mismo tiempo a toda leche.

La camarera es joven, muy joven. Rostro ancho, labios pintados, pelo teñido, viste camiseta ajustada y mini short vaquero que deja al aire unas piernas torneadas. Será una mujer obesa, pero su juventud aún la protege. Coqueta pero fría con los clientes. Todo el día pendiente del teléfono móvil y de los mensajes que envía y recibe, señal de que está enamorada. Trabaja como una mula. Me admira ver su energía. Sirve platos, carga baldes y cuando se terminan las provisiones compra más en el supermercado de al lado.

La cocinera debe ser la madre y todo el negocio lo soporta ella. Es amable, gorda, sonriente, de dedos destruidos y tobillos hinchados. Despedaza cangrejos, corta verdura, taja carne, rehoga arroz, escalda pescado, sofríe cebolla. No para, despacha platos sabrosos a toda velocidad. Toda una vida tras los fogones y el wok. ¿Qué vida es esa? ¿qué sabe del mundo que hay más allá de sus pucheros? Los pies doloridos, las manos agrietadas, el vientre inflado. Agotamiento de siglos. Herencia de cocinas sin gloria. Saga sacrificada. Bendita buena mujer que me sonríe cada vez que nuestras miradas se cruzan tras la humareda de su cocina callejera. Feliz tan solo porque yo la sonrío a ella.

Tras un par de mensajes y llamadas, Lisa y Simon Thomas quedan conmigo en el monumento del parque Lumphini. Vienen de solicitar una visa para Australia de doce meses. No es fácil obtenerla, ellos ya son mayores y las autoridades no quieren viejos en ese país. Han recurrido a amistades. Simpáticos, amables, ingleses. Llevan diez años en este negocio de los viajes en moto. Hacemos unas fotos y vamos a tomar algo. Entramos en un restaurante japonés. Hemos tenido suerte. Es bueno. Luego comprobaré que no todos lo son. Piden la comida en tailandés. Ya han aprendido algunas palabras y frases. Tienen un oído fantástico para los idiomas y los acentos. Especialmente Simon. Imita a la perfección a los indios y sus banales preguntas sobre el precio de la moto. Pasaron 4 meses allí y forman parte del club India (I Never Do It Again).

Una noche decido ir a Pat Pong, a la calle de las putas y los clubes de alterne. Hay mucho restaurante japonés y mucho cliente japonés y mucho dinero japonés. Las chicas esperan disciplinadamente en la puerta de los garitos. Cuando ven aparecer un grupo de japoneses, saltan como resortes y les enseñan catálogos plastificados con una galería terrible de rostros de muñeca embadurnados de maquillaje y Photoshop. Hay también algunos muchachos que deben ejercer de proxenetas por delegación, pero no se ve mucha sordidez ni peligro. Parece un juego superficial y ridículo. Aparco la moto y me siento a observar. Nadie me hace maldito caso. No soy japonés. No cuento. Casi me da la impresión de ser invisible. Esperaba un bombardeo constante de insinuaciones pero me dejan en paz.

Mejor así. El asunto de las putas siempre me ha cohibido. No he ido nunca de putas aunque sí he visitado muchos burdeles las noches de copas. Suelen ser los últimos en cerrar en según qué pueblos. Pero nunca pago por follar. Podría decir que es por dignidad, pero creo que es más por vergüenza ajena. Ya no juzgo a quienes lo hacen. He descubierto que muchos de mis amigos son puteros. Gente estupenda que lo ve como un divertimento, una forma más de pasar un buen rato. A mí me espanta todo el asunto.

Recuerdo la noche que pasé en Harare, capital de Zimbabwe. Me alojé en el Fife Avenue que resultó ser un puticlú donde oficinistas desgraciadas se prostituían por cincuenta dólares. Está contado en Un millón de piedras y para mí es uno de los capítulos más desgarradores. Un pakistaní me ofreció a Melinda, la más atractiva de todo el local. Aunque hubiese querido, jamás podría haber subido con aquella mujer de mirada glacial y corazón prematuramente endurecido. Pero por alguna razón, su mirada y su nombre nunca se me han olvidado. Al incluirla en el libro creo que de algún modo para mí he salvado en parte esa dignidad que se esforzaba en mantener y que a estas alturas quizá ya esté diluida en el alcantarillado de esa terrible ciudad africana.

Esa capa de indiferencia de toda prostituta me puede. Mi vanidad no soporta que no se enamoren de mí. Necesito creer que me quieren, que la mujer que en ese momento está conmigo solo quiere estar conmigo en ese momento, aunque mañana se acueste con mi mejor amigo. Pero aquí y ahora necesito saber que solo somos tú y yo. Y eso con las putas no sucede. Les da igual tú que aquel. Mejor aquel, que habla menos y no se complica la vida. Lo mejor es que resuelvan cuanto antes el asunto. Folla, paga y vete. Ese es un buen cliente. Así es el negocio. Pero yo no puedo hacer eso. Ni en Rusia, ni en Madrid, ni En Zimbabwe, y por lo que veo, tampoco en Tailandia, por muchas pelotas de ping pong que me tiren.

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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Jorge Lizama

Jorge Lizama dijo

La verdad que estoy plenamente de acuerdo con tus comentarios.

Saludos

Angel Montoya

Angel Montoya dijo

joder, joder, joder. pero es que vamos a pensar igual hasta en esto? yo soy de los q cuando tienen q ir a un lupanar intenta ligarse a las putas a base de buen rollo y charla...en un par de ocasiones funcionó y nos hicimos amiguetes. Perra vida

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Sobre este blog

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Miquel Silvestre

El viajero y escritor Miquel Silvestre comienza una expedición por los cinco continentes tras las huellas de los exploradores españoles más desconocidos. Nuestro pasado está lleno de quijotes que buscaban más allá del horizonte aún a riesgo de morir incomprendidos u olvidados.

Todavía es posible la exploración. El motorista solitario aparece hoy como el descendiente de aquellos intrépidos viajeros de corta impedimenta y mirada larga. Podría moverse de un modo más confortable, pero elige sufrir porque tragando polvo, viento y arena se torna nómada, explorador, parte del paisaje y de la historia que narra

Con el apoyo de BMW Motorrad España, Miquel recorrerá el mundo a lomos de 'Atrevida', una BMW R1200 GS 30 aniversario, bautizada así en honor a la goleta de la Expedición Malaespina.

Aquí podréis seguir sus aventuras por desiertos, selvas y estepas.

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