13 May 2012

1861, 1981

Escrito por: miquelsilvestre el 13 May 2012 - URL Permanente

1861, 1981, 1961, 1981. El calor a las siete es ya asfixiante. Hace apenas una hora que ha amanecido y parece que sea mediodía. Mis poros se han abierto nada más salir del climatizado ambiente artificial del hotel. En cuanto empiezo a trotar sobre los restos de la muralla me veo anegado por el sudor. Demasiada cerveza anoche, demasiado calor esta mañana. 1981, 1981, 1861, 1981. Mis pasos resuenan sobre los viejos baldosines pero yo no los oigo. Mi cabeza está conmocionada por el ruido que atruena a través de los auriculares. Es esa música letal que uso para mis vídeos. El punk rock de Bad Religion, The Lillingtons, The Queers, o los himnos celtas llenos de güisqui y mala leche que tanto gustan a mis compis del Facebook: The Porters, The Killingans, The Mahones, The Skels, Flogging Molley... Quién me iba a decir que esas macarradas que con 43 años ya no debiera escuchar resultarían tan fabulosas para acompañar las imágenes de un viaje en moto. Al menos de un viaje en moto como el que yo estoy haciendo.

1861, 1981, 1861, 1981. Esta música salvaje no solo sirve para iluminar mis breves películas de siete minutos, es sobre todo la banda sonora e íntima de mis correrías matutinas por todo el planeta. El café negro y el rock me permiten romper la inercia, la pereza y la resaca. Gracias a ellos puedo cumplir con mi rito diario de desintoxicarme corriendo para sentir que, a pesar de todos mis excesos, mantengo un hábito saludable, al menos una constante sana en el caos que rige mi vida, en ese desorden vital que me costó más de una mujer, harta de esperar un regreso o una estabilidad que yo no podía ofrecer. 1981, 1981, 1981, 1861. En mi reproductor Mp3 tengo ahora mismo 1250 canciones que suenan aleatoriamente. A veces pasa bastante tiempo hasta que vuelvo a escuchar una, y entonces recuerdo exactamente donde y en qué situación y paisaje sonó por primera vez y hasta donde la conseguí. 1861, 1981, 1981, 1861.

Por ejemplo, “Real, Real Gone”, de Van Morrison, una de mis favoritas. Siempre me recordará a esos amores que se acaban definitivamente, esos que se han ido para siempre. Me encontraba en Irlanda. Había dejado mi trabajo y me largué allí en moto a pasar un verano y aprender inglés. 1981, 1861, 1861, 1861. Fue quizá mi primer gran viaje. Mi primera dosis de auténtica libertad, de sentirme bien conmigo mismo. Fue el comienzo de lo que sería la REO al descubrir el rastro de los náufragos de la Armada Invencible, esos 10.000 desgraciados muertos allí sin que apenas nada los recuerde. Aquel día estaba solo en un pequeño restaurante de comida rápida, bebiendo mi segunda pinta de Guinness, cuando la oí. No la conocía pero me gustó al instante. Por esa voz profunda, estaba claro que era el León de Belfast. Pero con tan enorme discografía, a saber qué canción de todas. Pregunté a la rubia camarera. Era joven, demasiado. No sabía. Pero en la mesa de al lado un tipo almorzaba con su novia. Se giró hacía mí y me dijo el título. Esa también fue una de las primeras veces en que pensé lo maravilloso que era viajar solo y estar abierto a recibir regalos de los demás. Ese tipo me había hecho uno cojonudo.

1861, 1981, 1981, 1861. Esta música y el ejercicio físico van lanzándome a la vida, al despertar, a mí ser en el mundo. El sueño se va disipando igual que la torpeza mental. Entonces, poco a poco, voy levantando la mirada del suelo y dejo de contar piedras o adoquines como un autómata. 1861, 1981, 1981, 1981. Es entonces cuando tomo conciencia de donde estoy. Es entonces cuando doy gracias por el nuevo día, por estar vivo, por ser quien soy y por hacer lo que hago. Es ahora mismo, en este mismo momento, bajo este horrible calor tropical, cuando por fin me doy cuenta de que es mi primer día en Manila y que estoy corriendo sobre la fortificación de la vieja ciudad. De las murallas hacia dentro, es Intramuros, donde está la Catedral o la iglesia de los Agustinos. Ya estoy despierto y empapado en sudor. Ahora veo lo que piso. Los adoquines de la muralla llevan unos números escritos. 1861. 1981. La primera fecha me cuadra. Son adoquines españoles pues la colonia se perdió en 1898. En previsión de la guerra debieron remodelarla solo unos años antes.

Poro la segunda me sorprende. 1981. Si son adoquines de hace dos siglos ¿por qué esta otra fecha del siglo XX? ¿A santo de qué este extraño 1981 tan cercano en el tiempo? ¿Una premonición, una cita con el futuro? No lo entiendo. ¡Que raro! Sigo corriendo y sudando. Me pican los ojos debido a la traspiración que me mete en ellos llena de sales y residuos de cerveza. Observo los inútiles cañones asomados a las almenas, los rascacielos de Makati City al fondo, la torre del reloj del ayuntamiento, la muchachada que va apareciendo para asistir a clase en la Universidad, el anómalo campo de golf a la vera de las murallas. Contemplo este paisaje por primera vez. Recuerdo mi viaje hasta aquí y de vez en cuando miro hacia el suelo y veo como mis pies pisan ora un 1981, ora un 1861. Los últimos días han sido duros, muy duros, pero también muy intensos. Llenos de emociones.

Arribé a la isla de Leyte después de abandonar Luzón y rendir homenaje a Magallanes en el lugar donde lo mataron. Fue un grande que perdió la vida antes de obtener la gloria que merecía. 1861, 1981, 1981, 1861. Cuando desembarcó en Filipinas, islas que el llamó de El Poniente, lo peor de su travesía estaba hecho. De 5 navíos y más de 250 hombres que salieron en 1517 de Sanlucar de Barrameda regresaron solo 18 enfermos a bordo de un maltrecho cascarón. Los peores momentos los pasaron intentando encontrar el estrecho que les permitiera superar el escollo de América y probar que era cierta la teoría de que el mundo era redondo y que yendo más allá se podría llegar a las Molucas, último extremo oriental conocido por los portugueses. Fue en esa singladura atlántica cuando perdió los barcos y la mayor parte de los hombres. Muerto el héroe, Elcano logró concluir el viaje. Lo sabemos todo gracias al cronista a bordo: el veneciano Pigafetta, que nunca enfermó y siempre apuntó cada detalle. A él le debemos también la primera constancia notarial de que se puede robar o perder un día al tiempo. Llegados el 9 de julio a Cabo Verde, ya en la costa occidental de África, preguntaron a los portugueses qué día era. “Jueves”, respondieron, para gran sorpresa de Pigafetta, cuyo puntilloso diario señalaba miércoles. El viaje hacia occidente les había hurtado un día entero de su vida.

Recordar este prodigio me hace fijarme de nuevo en los adoquines. 1861, 1861, 1981, 1861. La ordenación de las fechas es aleatoria, absurda, por más que le busco un orden e intento decenas de combinaciones no encuentro pauta alguna. De algún modo es como cuando un mosca se azota contra una ventana intentando encontrar la salida. Eso fue lo que le pasó al malagueño Ruy López de Villalobos. La división del mundo entre españoles y portugueses tras el Tratado de Tordesillas partía de una concepción plana del mundo, pero el viaje de Magallanes demostró que no era así. Las Islas del Poniente eran un enclave estratégico que un gran rey como Carlos V ambicionaba para poder comerciar con las Indias sin pasar por territorio bajo dominio lusitano. En 1542 zarpó de La Nueva España (Méjico) una flota de 4 navíos y 400 hombres al mando de Villalobos con el objetivo de fundar una colonia en ese archipiélago. 1861, 1981, 1861, 1861.

A Villalobos se le debe dar el nombre de Islas Filipinas en honor al entonces príncipe, el futuro Felipe II. Lo hizo en Leyte. Pero más allá de eso, la expedición fue un completo fracaso debido a que aunque lo intentaron repetidamente, no encontraron el camino de regreso. Como moscas contra una ventana, las corrientes y los vientos adversos los devolvían al punto de partida. Acosado por los nativos hostiles, eligió entre la sartén y las brasas y se dirigió a las Molucas. Allí los portugueses lo encarcelaron. Débil y enfermo, murió en prisión, pero aún en el lecho de muerte disfrutó de una feliz paradoja. Su confesor fue el jesuita Francisco de Jasso, quien sería luego fuera canonizado como San Francisco Javier, el explorador olvidado que visité en Goa.
1861, 1981, 1861, 1861. Me resulta casi increíble el camino recorrido hasta ahora para llegar aquí. ¿De verdad lo he hecho? ¿Es cierto que he venido a Filipinas en moto y que he cruzado Europa, África, India, Nepal y Asia? He alcanzado todos mis objetivos y ahora me parece estar soñando y que todo hubieran sido imaginaciones mías. Pero no es así. Sé que ahora mismo estoy vivo y despierto. Los ojos me escuecen por el sudor, el esfuerzo me hace jadear y el cansancio acumulado hace que duela la espalda.
Solo los dos últimos días han sido tan duros que parecen imposibles. Dejé atrás Catbalogan sobre las 9 de la mañana y me dirigí hacia el norte de Leyte. Tuve mucha suerte y no llovió. Casi un milagro. La carretera se alternaba. A veces muy buen firme y otras asfalto agrietado. Mucho calor. Sudaba a mares dentro de mi traje a pesar de llevarlo abierto. Sobre las 12 y media llegué a Allen, punto desde el que zarpan los ferrys hacia Luzón. Mi llegada causó la sensación habitual. La pobreza de esta gente es tal que se fijan hasta en los detalles menores de mi equipo, como mis gafas de sol. Para mí ya no existen, son invisibles. No son como mi reloj suizo que ya me he quitado y sustituido por el de plástico que traía en esta previsión. Pero para ellos no son invisibles. De un vistazo detectan todo lo que tienes y ellos no.
—¿Cuánto cuesta la moto?—inquiere un joven marinero.
—Mucho. Qué más te da.
—¿Y las gafas? ¿Cuánto cuestan?
Me sorprendió la pregunta. No la esperaba. No sé lo que cuestan estas gafas. Me las proporcionó Adidas Eyewear como patrocinio. Son fabulosas pero ignoro su valor.
—¿Son originales?—insiste.
Preguntar si son originales significa si no son una falsificación.
—Sí, originales.
—Entonces son caras.
Sí, lo son, sin duda lo son para este desgraciado que navega de ida y vuelta entre dos orillas por el salario mínimo, si es que eso existe en Filipinas. Sin embargo, tiene más suerte que los chiquillos que veo nadando en el puerto. Sin escolarizar, muy delgados y morenos, fibrosos pero haciéndose adultos demasiado deprisa. Me refiero a esa forma viciosa de adultez. Con apenas 12 años ya fuman como carreteros sin que nadie les reprenda. Los pasajeros les arrojan monedas y ellos bucean para alcanzarlas. Suben por las maromas a las cubiertas superiores ante la indiferencia de la tripulación y se lanzan al agua haciendo cabriolas. Son acróbatas y tienen sangre pirata en sus venas. Pero lo que no tienen es futuro.
Cogí mi bolsa de depósito y salí de la bodega. Un hijo de puta mantenía encendido el motor de su autobús y resultaba asfixiante permanecer en ese espacio cerrado. En la cubierta todos los asientos estaban ocupados. Me senté en el suelo y el cansancio se apoderó de mí. Me quedaba todavía una hora y media hasta cruzar el estrecho de San Bernardino. Me tumbé cuan largo soy sobre la dura plancha de hierro, cerré las cremalleras de los bolsillos de pantalón para evitar hurtos, apoyé la cabeza en la bolsa y me quedé profundamente dormido. Desperté atontado y perplejo. Miré mi reloj. Había pasado una hora entera a pierna suelta tendido entre una multitud que iba y venía sin importarme ni la suciedad ni la incomodidad del lecho metálico.
Me di cuenta en ese momento de lo lejos que había llegado en mi viaje y no solo geográficamente. Mi cuerpo y mi espíritu se habían transformado. Se habían endurecido, sí, pero también embrutecido. Ser capaz de dormir en semejante situación significaba que ya estaba hecho de otra pasta, de una pasta similar a la de todos esos tipos desarrapados que he visto durmiendo en la calle en África, India, Nepal o Asia. Ya me da todo igual. Comer con las manos, la mugre, las cucarachas, el agua no potable. Al mismo tiempo, dormir así significaba que estaba muy cansado. Que estoy muy cansado. Que me exijo mucho, quizá demasiado, que cada día es una prueba más a superar conduciendo, escribiendo, haciendo fotos y grabando vídeo.
1861, 1981, 1861, 1981. Alcanzar Luzón solo fue el principio de otro largo viaje. El ferry atracó y la escena de los niños se repitió. Saltaban desde nuestra cubierta y el horizonte verdísimo de palmeras y azul del mar les hacía de perfecto marco a su insensata libertad. Envidié su agilidad, su esbeltez, su juventud, su alegría espontánea, pero no su porvenir. En poco tiempo se repetirá en ellos el triste fenómeno que he visto en África. Los críos africanos miran el mundo como estos críos. Con grandes ojos llenos de curiosidad. En cuanto pasan la pubertad se apaga el brillo, se torna mate el fondo de su mirada, se embrutecen y se convierten en hombres gastados antes de tiempo. No me gusta ese salto dramático entre la inteligencia infantil y la idiocia del adulto, tal vez causada por la inercia, el no pensar y el exceso de alcohol. En los países musulmanes odio que no se pueda beber cerveza a gusto; pero en los cristianos odio las dimensiones de su consumo, especialmente entre los más pobres.
Subí hacia el norte. Luzón es diferente. No sé como describirla ni por qué, pero es diferente a las otras islas. Dejé a mi lado el volcán Bulusán como preludio del Mayon, en las cercanías de Legazpi City. Cuando llegué a sus estribaciones eran ya las 4 de la tarde. Llevaba conduciendo desde las 9 y estaba muy cansado. Pero quería hacer la foto del cono. Según me iba acercando, las nubes lo cubrían y la perspectiva no era buena. No quería dormir en Legazpi. La ciudad era mediana pero populosa y sucia. No vi ningún hotel apetecible o al menos tolerable. Preferí seguir y dejar de lado la oportunidad de una fotografía al amanecer. Me consolé pensando que tampoco era tan importante. Que al fin y al cabo yo no había venido a Filipinas para hacerle la foto a un cráter, por muy perfecto que fuera. Me alejaba de la ciudad cuando de pronto, a derecha vi un claro. Un pedazo de prado refulgente de verde y al fondo, imponente y grandioso, el gran cono perfecto del Mayon. Metí la moto a lo bestia. El piso estaba encharcado pero la ocasión lo merecía. Aparqué, me bajé y chapoteé en el arrozal hasta tener un buen encuadre y disparé. Lo atrapé. El volcán era mío, lo contemplé unos instantes y me fui. Los siguientes kilómetros los hice casi sin sentir, aupado por mi felicidad de cazador de mariposas.
1861, 1861, 1981, 1861. En una pequeña aldea llamada San Miguel vi un edificio sólido y macizo. Una construcción moderna pero de aspecto castellano. O al menos de lo que en Filipinas se puede considerar castellano. Pensión Casa de Piedra. Me gustó. Una corazonada. 900 pesos es un precio más que razonable. La habitación limpia y con una buena cama. Dejé mis cosas y pregunté por un lugar para comer. Me encontraba hambriento y sediento. Desde el desayuno no disfruté bocado alguno y este maldito calor… Había un restaurante un poco más allá. Le pregunté a la dueña si tenía cerveza. Respondió que no, pero que cuántas quería, porque podría ir a comprar las que necesitara.

En la casa trabajaban cuatro mujeres. La encargada, hija de la dueña, dos sobrinas de 17 años y una camarera de 24. Me convertí en la estrella de la noche. Todas me atendían solícitas, encantadas de tener a un Joe, porque aquí soy un Joe. He dejado de ser un mister. Joe era como llamaban a los soldados americanos. Los blancos somos todos joes. Asi me saludan por la calle. “Ey, Joe”. Y yo les respondo igual. “Ey Joe”. Y todos reímos y nos lo pasamos bien.
—¿Por qué solo?
—Porque me gusta.
—Pero ¿y tu esposa?
—No tengo esposa. Ni hijos. Solo tengo una moto. Me gusta así. Está bien como está. Soy libre de ir y venir.
—Eso es muy triste.
—A veces lo es. Pero no hoy. Estoy encantado de estar con vosotras.
—Pero ¿por qué no tienes esposa?
—Porque nadie me quiere.
—Eso no puede ser cierto. Eres muy guapo. Quédate en San Miguel y verás como encuentras esposa.
—No lo dudo. Pero tengo que irme. Mi casa es el camino.
—Eso es muy triste.
—Puede ser. Pero no esta noche. Ponme otra cerveza.
Recuerdo que tras acabar con las seis que había pedido regresé caminando por la carretera mientras pasaban incesantes los camiones. Desperté aturdido y resacoso. Tome el café con agua fría y cuando me espabilé algo salí a correr. El tráfico ya bien de mañana era espeso y el aire irrespirable. En cuanto vi un camino que se desviaba de la carretera me metí por él. Entre las palmeras y los arrozales, pronto arribé a otro mundo. El de la Filipinas rural. En cuanto te apartabas veinte metros del arañazo asfaltado de la Panphilippines highway, aparece la senda de barro, las casas sin saneamiento, las vacas, los perros, los gallos, los críos descalzos… hacía atrás cuarenta años. Pero con televisión. Ese altavoz de ilusiones falsificadas. Los monigotes que veían en los anuncios no tenían nada que ver con estas personas tan rústicas. Los protagonistas de los comerciales son jóvenes urbanos de flequillo engominado que tal vez existan en algún barrio pijo de Manila pero que en absoluto son representativos de la realidad existente en el país. Pero ahí estaban. Danzando en la pantalla como si fueran el símbolo de la normalidad guay a la que se aspira.
Regresé empapado, tan bañado en mi sudor como ahora. 1981, 1861, 1981, 1861. Me duché y arranqué en dirección Manila. Estaba lejos. A más de 450 kilómetros. Diez horas, me advirtieron. Y no mentían. El tráfico y las obras se sucedían. Poco a poco, fui acercándome a mi destino. Cada vez más impaciente por llegar. Es Manila, me decía. Es Manila, la deseada. El destino. Y como siempre, los últimos kilómetros, los más largos. Hasta que se produjo el milagro. Una autopista. Una autopista de verdad, con sus dos carriles y sus peajes. A 100 por hora me lancé hacia el centro de la ciudad. En realidad son varias ciudades apiñadas en torno a la bahía y al pequeño enclave de Intramuros. Cuando entré en la zona amurallada lo ví como el símbolo de mi victoria. El monumento al 400 aniversario de la expedición de Legazpi en 1564.
El “Viejo” y yo tenemos algo en común. No la grandeza. Claro. Yo no soy un grande por muy lejos que viaje, solo soy un hombre pequeño en un tiempo confuso. No trato de conquistar cumbres ni fundar ciudades, solo de contar historias porque nací y moriré escritor y aunque un día no tenga lectores ni fuerzas para montar en moto, seguiré escribiendo sin obedecer a ningún amo. No hay esponsor suficientemente importante para moverme una coma. Como aquellos capitanes que reprimían motines sin piedad, mi discurso es lo único que tengo y por protegerlo tal cual es, he apartado compañeros de viaje, perdido novias y rechazado cheques. Y así será hasta al final. Yo no soy un grande como lo era Legazpi aunque sí tengo una virtud que la falsa modestia nunca me hará negar. Soy esforzado. Lo aprendí en casa. Sin esfuerzo no hay recompensa alguna. El talento, la genialidad, la inteligencia, la belleza física… todo eso son dones que te regala Dios o la naturaleza. No se puede estar orgulloso de ello. Pero el esfuerzo es solo nuestro. Nos pertenece. Y el mío es solo mío. Como el de Legazpi era solo suyo.
Miguel López de Legazpi no era marino cuando recibió la encomienda del Virrey de la Nueva España de comandar una flota que colonizase Filipinas. Yo tampoco era un aventurero cuando abandoné mi cómoda plaza de registrador. Hidalgo segundón, estudió para letrado, se hizo notario (escribano) en Guipuzcoa y para poder prosperar se marchó a America, allí, gracias a su buen saber de leyes y procedimientos, siguió escalando en su carrera como alto funcionario hasta enriquecerse y ser Alcalde Mayor de Ciudad de Méjico. Cuando ya tenía casa, hacienda, familia y la vida más que resuelta, recibió una encomienda a la que podía haberse negado.¿Por qué no lo hizo? Era mayor, lo llamaban “El Viejo”, y ya tenía fortuna y posición. ¿Para qué meterse en ese lío? ¿Qué pintaba en semejante aventura? ¿El ansia de riqueza? Imposible. Vendió todo y de su propio dinero armó una flota en la que reclutó a sus propios familiares. El oscuro burócrata arriesgó cuanto tenía en pos de un sueño. Y lo consiguió. Su viaje fue un éxito. Pacificó las islas, firmó tratados y fundó Manila. Pero la vida es eso que te pasa mientras planeas otras cosas y Miguel López de Legazpi no disfrutó los premios de su esfuerzo. Murió arruinado en Manila en 1572 sin saber que Felipe II le había nombrado Gobernador Vitalicio de Filipinas con una jugosa renta.
Cuan cambiante es la vida. Qué mudable, corta e injusta puede ser. Sometida siempre al albur de las aleatorias combinaciones, la suerte, el destino, la fama o la riqueza. Magallanes descubrió las Filipinas y lo pagó con su vida. No recibió el blasón que merecía y que sí consiguió su subordinado Elcano. “Tu Primus circunmediste”, tú, el primero que me circunnavegó. Villalobos las bautizó en honor de un príncipe lejano por el que vino a dar la vida; murió preso en una cárcel enemiga. Legazpi alcanzó todos sus objetivos, pero nunca obtuvo la riqueza merecida a pesar de poner en la empresa todos sus esfuerzos. No hay gloria completa. Pero así es el juego. Supongo que ellos asumían ese riesgo en el cargo y que eso es lo que les diferencia de nosotros, siempre quejosos si las cosas no salen como deseamos. Sin embargo, ellos sí sabían que los adoquines del destino marcan una fecha u otra en función de cómo los hayan colocados, y que ese orden desigual hay que asumirlo como inherente a la partida. Ora 1861, ora 1981.
1981, 1861, 1861, 1981. Ahora entiendo la razón de esta inaudita doble fecha que parece no tener sentido. Sobre el barro fresco con el que se hacían estas losetas se grababan siempre los números 1861, la fecha correcta de fabricación. Pero según el adoquín se colocara por el obrero del derecho o del revés la fecha mudaba en más de un siglo. 1861 o 1981 según se mire. Una mera cuestión de descuido o tal vez de lógica implacable. Puede ser que al trabajador que los puso no le importara en qué orden estuvieran colocados. Pero pudiera ser también que estuvieran así dispuestos con toda intención. Este pasillo sobre la muralla se recorre en las dos direcciones. Yo mismo estoy regresando ahora. Los equivocados 1981 que viera al avanzar ahora se tornan correctos 1861. Lo mismo le sucede a los 1861 de antaño, que hogaño se vuelven fecha errada. Piso los últimos peldaños de la muralla y me dirijo al hotel con los ojos enrojecidos por el sudor y la emoción. Ahora que estoy completamente despierto pienso en que la existencia es así y así hay que aceptarla porque los adoquines del destino están siempre ordenados en el orden adecuado aunque muchas veces no los entendamos.

------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------VÍDEO FILIPINAS I

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25 Abr 2012

Escenas de Asia y un tipo pasmado

Escrito por: miquelsilvestre el 25 Abr 2012 - URL Permanente

UN DESPERTAR CUALQUIERA

Despierto a una hora criminal en alguna habitación de algún hotel de alguna ciudad de Asia. Son las 3:30 de la madrugada. Me pongo a trabajar y a clasificar fotos hasta que amanece. Y entonces salgo a correr. Esta vez no tendré que chupar polución y esquivar obstáculos y coches. He visto que enfrente de mi tugurio hay un cinco estrellas y en el mismo edificio se aloja uno de los gimnasios de la cadena Celebrity Fitness, tienen clubes deportivos por toda la región. Son instalaciones modernas, al estilo de los mejores europeos o americanos. Con toda mi cara dura me presenté en el que tienen en Kuala Lumpur y les dije que recorría el mundo en moto, que era escritor y que hacía reportajes sobre cada ciudad que visitaba. Les enseñé mis artículos de El Viajero y los vídeos de Un día en Bangkok y el de la Rubia de Kuala Lumpur. Los convencí. Me dejarían entrenar en todos los clubes de ciudades que pisara a lo largo de mi ruta.

Odio correr en la máquina, estas cintas son aburridas y me recuerdan a las norias de los hamster, pero en las ciudades es mejor no meter mucho de ese aire polucionado dentro de los pulmones. Me subo en la máquina y casi la quemo. 50 minutos, 8 kilómetros. No está mal para un tipo de 43 años que pesa 73 kilos para 1.70 de altura y que se baja dos litros de cerveza cada noche. Cuando estoy corriendo como un lunático, a 12 kilómetros por hora y sudando la gota gorda, recibo una punzada. Me ha parecido sentir algo en el corazón o la cabeza. Tal vez sean imaginaciones mías pero me da por pensar. ¿Y si me da un día de estos un ictus o un infarto? ¿No me estaré pasando con esta forma de vida tan excesiva? Excesivo para todo. Para el deporte, el vicio, la conducción, la escritura, las emociones, los enfados, las alegrías, las pasiones, los aborrecimientos. Exceso en todo lo que hago y lo que pienso, lo que digo y lo que callo. Alguien dijo que en el exceso está la sabiduría. Pero yo no me veo sabio, solo desmesurado. Me la pela el ictus y el infarto y sigo corriendo. De hecho, aumento la velocidad hasta casi reventar.

Sudo de una forma inaudita. Cada vez que termino, retuerzo la camiseta y cae un chorro. No sé si es sano lo que hago. De hecho, siento que me voy agrietando. Envejezco a toda velocidad. Esta vida está dejando una huella muy nítida en mis facciones. Hubo una época en la que fui un chico mono, no guapo, pero sí mono. Ahora no hay nada de eso. Con la piel arrugada y llena de poros, con esta barba salvaje que nunca me afeito, con el pelo desmañado y clareando la frente y la coronilla, siempre sucio, ojeroso y cansado. Me he convertido en un tipo feo. Es doloroso asumirlo. Pero estoy siempre tan ocupado que no lo pienso mucho. De hecho, toda esta ocupación urgente, ora escribe, ora edita un vídeo, ora contesta mensajes, ora haz quinientos kilómetros, es también la causa de mi fealdad. Me dicen algunos lectores, “oye, aféitate o pásate la maquinilla”. ¿Cuándo, en qué momento, dónde?

Adecentarme es siempre una tarea pendiente. Pero hoy desde luego no será. Cuando regreso al hotel tras una hora correteando, me ducho con agua fría (o sea, de la temperatura del depósito, si ha refrescado por la noche, sale fresca, si te duchas durante el día, sale caliente), me visto, recojo y salgo. En el camino paro en un colmado para comprar víveres. No hay mucha variedad, así que unas galletas. Todos los presentes me hablan, me preguntan, se ríen, quieren hacerse fotos. Hay que tener una paciencia de santo, un carácter especial y un buen humor a prueba de bombas para soportar esto. No siempre estás de buen café, no siempre te apetece responder preguntas, no siempre te hace gracia ser el centro de atención. Pero así son las cosas. Yo tengo una forma de ser que encaja con todo esto. Soy expansivo, histriónico, exagerado, gesticulante, gritón, reidor y alegre. Les doy juego y nos lo pasamos bien. Y cuando me tocan los cojones, les grito en español y asunto arreglado. Sin embargo, imagino que para otro tipo de personas esto debe ser un suplicio. Mi consejo es: tímidos, reservados y miedosos, abstenerse.

BARCO A BORNEO

Ayer embarqué hacia Borneo. Y hoy amanece el segundo día de navegación. Es como si el Dharma Ferry II fuera un barco de rescate de refugiados, una patera gigante de albaneses rumbo a Italia o una Balsa de la Medusa. El escenario es terrible y patético. Familias enteras por los suelos, hombres en camiseta tirados por la cubierta con la mirada perdida por la incomodidad y el aburrimiento. Cansancio curado a base de paciencia de siglos. La paciencia infinita de los pobres de este mundo que han aguantado, aguantan y aguantarán lo que haga falta como los organismos resistentes que son. La visión de este arrasado campo de batalla me hace recordar que esto que veo es lo normal. Que son mis ojos occidentales los que lo convierten en excesivo o extraordinario. Pero no es así. El mundo en su mayor parte es un enorme Dharma Ferry II que navega lentamente, acarreando desgraciados sucios y cansados. Mi anómala presencia me recuerda también que yo represento la proporción exacta de “misters” en este planeta. Aproximadamente un blanco privilegiado por cada cuatrocientos morenos que sobreviven al día. No, en realidad no son pobres, son normales. Somos nosotros los raros. Nuestra opulencia no es la medida de nada, es una extravagancia que le cuesta muy cara a la naturaleza. No somos el ombligo del mundo ni el centro del universo. Nuestro sistema de valores y consumo no representa en absoluto la normalidad. Simplemente nos lo hemos creído porque hemos inventado la televisión.

EN CUBIERTA

Cuando se hace de noche me siento solo en la cubierta superior y observo como se va poniendo el sol mientras bebo mis cervezas. Una tras otra van cayendo. Hasta seis latas. Según calientan mi ánimo me siento muy feliz aquí. De nuevo en movimiento, en otro barco, en otro mundo. Recuerdo al gran Josep Pla, que decía que le encantaba viajar en cargueros y convivir con la tripulación. Quién me lo iba a decir hace tan solo unos años cuando preparaba oposiciones o incluso después, cuando vivía pensando en qué coche deportivo me iba a comprar. Y aquí estoy, viajando a Borneo en un carguero, sin apenas posesiones, durmiendo en el castillo de proa y escribiendo un libro sobre ello. Es como si Josep Pla me hiciera un guiño socarrón desde el más allá.

El mar se mueve bajo mis pies y la espuma que le arrancamos se funde con el metálico crepúsculo. Por un momento pienso que me gustaría hacer una foto real de mí mismo en mitad de esta inmensa cubierta ¿Quién diablos es este tipo que vive dentro de mí y que sonríe ensimismado en sus pensamientos mientras va sentado en una silla, surcando el Mar de Java y con las tres mil estrellas sobre su cabeza? “¿Eres tú realmente?”, me digo, “¿O eres el personaje de Internet? ¿De verdad está pasando todo esto y no vives metido en un sótano fabricando sueños con photoshop?”

No, no hay sótano porque no me hace falta falsear la realidad. Pienso ahora mismo que mi biografía es la que es, que no hay nada que esconder, que cuanto más se rasque en ella buscándome una falla o un embuste, más Miquel Silvestre aparecerá para enojo de mis críticos y disfrute de los amigos. Habiendo reconocido todos mis defectos y miserias en innumerables textos y ocasiones, lo que al fin me queda como premio es la enorme libertad de la que disfruto, quizá la más cara de todas: escribir lo que me da la gana y como me da la gana. Cualquier cosa que diga será siempre imputada a beneficio de inventario. Tanto como si bebo mil latas en una noche, como si desnudo la falsa filantropía de las ONG en África, como si me emociono hablando de Dios en Sumatra, los que me conocen dirán: ya sabes, las cosas del Silvestre.

Doy un trago a mi cerveza. Sigue fría. Incluso eso he conseguido esta noche. Otro milagro que por alguna razón que no entiendo se me haya concedido sin yo merecerlo. Pero así es: Cerveza helada y un escenario de película digno del mejor Josep Pla. ¿Y qué queréis que os diga? Pues que es demasiado perfecto para ser creíble. Sí, yo también estoy de acuerdo. Nadie puede ser tan afortunado. Definitivamente, este tipo que mira esta noche las estrellas sobre el mar de Java debería vivir castigado en un sótano de Leganés.

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06 Abr 2012

DIOS VISITA SUMATRA Y DE PASO ME TIRA DE LA MOTO

Escrito por: miquelsilvestre el 06 Abr 2012 - URL Permanente

Se ha hecho de noche en Sumatra. En el GPS compruebo que quedan más de 120 kilómetros hasta llegar a cualquier población. Pregunto, pero las respuestas que obtengo de los lugareños son vagas. Nadie habla inglés. Indonesia fue colonia holandesa y no hay costumbre de relacionarse con extranjeros, bien escasos en una isla gigantesca, sin infraestructuras y donde la industria turística no existe a pesar de una gran belleza natural. Tal vez el hecho de que sea en un 90% de religión musulmana y que esté a tomar por saco de cualquier lugar civilizado haga que los occidentales se retraigan y prefieran la mucho más masificada, explotada e incomoda Bali, pero cuyo hinduismo hace que sea más permisiva con los vicios vacacionales importados: alcohol, sexo y bikini. En una de estas inmaculadas playas donde atracan las barquichuelas de los pescadores, la visión de un dos piezas y cuatro palmos de carne femenina supondría un auténtico terremoto social.

El viaje ha dejado de ser divertido. Se trata solo de sobrevivir. La selva se alza, nos engulle como un ogro vegetal hambriento. La carretera serpentea colina abajo y arriba. Está destruida por el incesante paso de camiones que embarcan en un puerto cercano con rumbo a alguna de las 14.000 islas que constituyen el Estado de Indonesia. Estos lentos paquidermos humeantes se agrupan en largos convoyes que zigzaguean para evitar los socavones. Ocupan el centro de la calzada y se desplazan hacia un lado y otro sin previo aviso. Los adelanto de tres en tres y hago sonar mi claxon para que adviertan mi presencia. Algunos conductores sacan la cabeza por la ventanilla para comprobar que no sueñan, que efectivamente está pasando a su lado un platillo volante con potentes luces de xenon. “Mister, hello, mister” oígo que gritan a mi espalda. No puedo devolverles el saludo. Toda mi energía se concentra en anticipar los obstáculos. Con la velocidad, el estrés, la noche oscura, el polvo y los camiones, no siempre detecto los agujeros y cuando doy con uno, el llantazo me hiela la sangre y todo suena a chatarra a punto de ser desguazada. Algunos de estos baches podrían terminar con el viaje. Estoy cansado y harto. Es en estos momentos cuando me pregunto por qué. “¿Por qué diablos haces esto si no tienes ninguna necesidad? No tienes nada que demostrar incluso en el caso de que fuera tu objetivo demostrar valor, valía, resistencia o temple. Ya está hecho todo”. Pero aquí estoy, en Sumatra, recorriendo una selva a oscuras bajo un cielo cruel que dentro de poco me va a regalar un diluvio.

Así es. Se abren las compuertas y empieza a llover. El casco se empaña; hace meses que perdí la pieza de la visera que impide la formación de vaho. No veo nada. Tengo que conducir de pie sobre las estriberas y levantar algo la pantalla para dejar que entre el aire y el agua porque de lo contrario estaría completamente ciego en esta guerra. Pues no otra cosa es lo que me rodea. Una guerra. O mejor dicho, una batalla más de la guerra en la que vivo desde hace años. Y también hoy tengo que ganar. Debo sobrevivir. Pero no tengo tanta confianza como otros días. Ya esta mañana, al despertar en Padang y ver el día tan feo, tuve un presentimiento extraño, algo que me decía que tuviera cuidado, que tal vez las cosas se torcieran. Aunque es posible que lo que en realidad estuviera torcido fuera yo.

Llevo algunos días de mal humor, pensando demasiado, y demasiado mal. Pensando en cosas que no son buenas. Llenando mi pecho de mezquindades propias y ajenas. Eso no sale gratis. Las actitudes negativas atraen malas energías. No es un rollo zen, es una puta verdad que tengo comprobado empíricamente. Creo que existe una especie de geometría cósmica en este universo que se encarga de entregar a cada uno lo que recibe. Otros lo llaman justicia poética ¿Y qué es lo que me está pasando? ¿Por qué en lugar de disfrutar de cada momento ando con la cabeza llena de rabia? Tiene que ver con mi nuevo libro y con este escaparate de vanidades que son los viajes on line. Lo que era un juego divertido donde todos éramos amigos se ha convertido en otra cosa. Y yo también. Últimanente pierdo demasiado tiempo cavilando en quién me está decepcionando, en por qué hay gente que me aborrece por leer un post o ver un vídeo del youtube, en quienes son mis amigos de verdad y quienes solo lo fingen o lo aparentan porque puede interesarles en un momento dado. Pienso en quién no ha dicho esta boca es mía sobre el libro que sale ahora o quien se está escaqueando para echarme una mano con su promoción y venta. Pierdo tiempo buscando argumentos que me den la razón en pendencias absurdas. Se me olvida que hacer un inventario de agravios es siempre agraviar. Cada uno tendrá sus razones y sus asuntos, sus propios y legítimos intereses y yo debiera ser más comprensivo. El mundo no gira en torno a mí. Soy yo el que salí un día para pasarlo bien girando a su alrededor, para asumir mi propia pequeñez disuelto en la inmensidad del planeta. No, nunca importa quien tiene razón en las pendencias y miserias si al final eso te va haciendo miserable.

Estas nubes sin fin que arrojan su ira sobre mí es como si las hubiera formado yo. Tengo miedo. Hoy no sé si voy a llegar a mi destino. La ruta es objetivamente peligrosa y me quedan muchos kilómetros. Entonces me acuerdo de Dios. De ese Dios que descubrí recientemente sin que nadie me hablara de él, sin que yo lo buscara y sin que hallarlo me haya facilitado en absoluto la vida. Ahora no sé qué respuestas darme si Él existe porque no lo entiendo, no lo comprendo y no me alcanzan sus razones para hacer lo que hace. No tiene razones y por eso yo dejé de creer hace muchísimos años. Porque es irracional. Por eso no reprocho a los ateos y agnósticos que no crean. Los entiendo. A veces me gustaría olvidar mi rosario, dejarme de creencias religiosas y salir corriendo de regreso hacia el grupo de los escépticos. Se vive mucho más tranquilo en ese lado. Lo sé porque yo crucé el puente sin que tuviera necesidad de hacerlo. Para ser claros, a mí con una cerveza en la mano, una cama y una mujer que me quiera a ratos, me sobra y me basta. La trascendencia ultraterrena es algo que me supera tanto que no sé donde demonios colocarla. Pero el caso es que creo. Aunque a veces dude. Claro que dudo, soy tan voluble, cobarde y débil que sigo sin entender las razones para que me haya protegido todo este tiempo.

Un pensamiento brota dentro de mi cabeza sobre esta carretera asquerosa y resbaladiza. “Por favor, haz que deje de llover”. Es una petición, una súplica. Cuando la reconozco, quiero borrarla inmediatamente. “Olvídalo, no te he pedido nada. Si llueve, que llueva”. Nunca le pido nada. Jamás. No creo en Él para que me dé nada. Solo para darle gracias. De niño le pedía muchas cosas. Cosas tan infantiles como “por favor, que le guste a esa chica o que gane mi equipo”. Y nunca me concedía nada. Al contrario. Todo lo que le pedía, se me negaba. Así que por sistema dejé de pedir y creo que empezó a funcionar. Yo no le pedía y a veces conseguía lo que quería y a veces no, pero a nadie hacia responsable. Esas cosas no eran asunto de Dios. Luego me hice más mayor, más racional, más golfo y menos interesado en asuntos infantiles y dejé de creer. Cuando en Uzbekistán empecé a creer de nuevo, mantuve mi costumbre de no pedir. Jamás se le pide a Dios y menos para uno mismo. Cuando entro en un templo en mis viajes, enciendo velas. Siempre son para los demás, para los que quiero y para los que no conozco. A veces, en muy pocas ocasiones, también por mí. Pero no para que me proteja, sino para que me ayude a ser mejor.

Pero hoy es diferente. Hoy tengo miedo de verdad. Los baches son profundos. No veo nada. Hay muchos camiones. Llevo 8 horas conduciendo, estoy agotado y aún me quedan por delante más de 80 kilómetros. Y ni siquiera puedo decir que sea una proeza extraordinaria lo que hago porque me cruzo con decenas de motos, de estas pequeñas motos que usan los asiáticos. Van sin traje de lluvia, sin casco, gafas ni guantes. Pero van a toda leche. Inmunes al cansancio, esquivan los baches y trepan colina arriba. Si ellos pueden, tú también, me digo. Y como estoy asustado, no puedo evitar dirigirme de nuevo a Él aunque no quiera. “De acuerdo, no te pido que deje de llover, eh, no te lo pido, que quede claro, pero, hombre, si deja de llover me vendría muy bien”. Pero la lluvia sigue cayendo y las nubes permanecen compactas, casi sólidas sobre la selva. Entonces cometo la estupidez de decirle una obviedad que nadie pasaría por alto sin un buen rapapolvo. “Bueno, lo importante no es que deje de llover, lo importante es llegar sano y salvo. Así que estoy en tus manos. Como tantas otras veces.” Y al oírme pensar así, añado otra estupidez todavía peor: la duda. “Me pregunto si realmente existes o eres solo una imaginación mía por haber sobrevivido al mundo, a mi modo atroz de conducir y a mi inconsciencia”.

Alcanzo un cambio de rasante acelerando para que la moto no se detenga y justo en la cima encuentro otro desconchado en el asfalto agrietado. El socavón es de casi diez centímetros. Intento esquivarlo para no destruir la llanta delantera. El golpe de manillar brusco dirige la rueda justo al borde de la rotura. Los tacos se escurren hacia el interior del bache y la moto se viene al suelo con un golpe terrible. Mientras caigo soy perfectamente consciente de que mi pie derecho se ha quedado atrapado debajo de la maleta y que el brazo derecho impacta contra el firme de alquitrán. Cuando todo se detiene, temo lo peor. Este suelo es duro, no es como caer en una pista o en barro. Estoy aprisionado y no hay nadie para ayudarme. He de darme prisa porque con la moto sin luces, si un camión o una moto sube la cuesta demasiado rápido puede arrollarnos. Forcejeo para sacar el pie y lo consigo. Me pongo de pie. Estiro el brazo. Parece que funciona. El traje de lluvia se ha rasgado en el codo, pero la protección de la chaqueta ha trabajado perfectamente. El tobillo también gira. Los dedos se mueven. Tal vez no tenga una fractura. Ya me ha pasado antes y sé que en caliente todo se resiste, pero en frío las cosas cambian.

La moto ha quedado con las ruedas mirando al cielo. Oigo el ronquido de un camión, me planto en mitad de la carretera y le hago señas cuando aparece. Se baja un tipo más asustado que yo. Luego aparecen unas motos. Todos se detienen. Empiezan a levantar la BMW y entonces caigo. No he sacado una foto. ¡Siempre la jodida foto! El show imparable. El show implacable. Abro el cofre, saco la cámara y tomo una instantánea para el recuerdo. Solo se ve la oscuridad, el asfalto destruido, la moto en el suelo y las maravillosas personas humildes que siempre están ahí para echarte una mano.

“Mister, mister”, dicen, y me preguntan por señas si estoy bien. Sí, sí lo estoy. No lo entienden del todo; si ellos se cayeran aquí no estarían bien. Es la diferencia entre llevar buena ropa y buen casco o ir a cuerpo como van todos aquí. Para un indonesio que se estrella en su ciclomotor, no hay una segunda oportunidad. Afortunadamente, la tecnología ha salvado mi físico. Lo de mi mente es otra cosa. Reviso a Atrevida y no encuentro ningún daño grave. Incluso la maleta derecha está en su sitio a pesar de haberse llevado todo el golpe. Es asombroso porque estos anclajes están soldados desde Nepal. Los rompí en un pequeño accidente yendo con mi madre. Tendrían que haber saltado. Pero no. Todo está en orden. Subo en la moto dolorido pero entero. Arranco y acelero. Me quedan ochenta kilómetros y tengo que llegar como sea; esto no ha hecho más que comenzar. Mi cerebro bulle, mi corazón late todavía deprisa, agitado. He tenido mucha suerte, me digo. Otra vez la suerte, esa bendita flor en el culo que algunos dicen que tengo y que me ha salvado cien, mil, un millón de veces. Mientras se me pasa la impresión, esquivo baches, adelanto camiones, dejo que el aire me dé en el rostro para quitarme el sueño y el susto.

Espera un momento. El aire me está dando en la cara. Llevo la visera abierta. Veo el camino que tengo delante. No entran gotas de agua. Solo ahora me doy cuenta. Ha dejado de llover. El golpe emocional que recibo en este instante es casi más fuerte que el que me he llevado contra el suelo hace minutos. Los escépticos nunca lo entenderán y para mí es imposible explicarlo coherentemente. No se puede. Nunca podría, pero no puedo sino reconocerlo y expresarlo, de lo contrario no sería justo, no sería fiel a mí mismo y a lo que sé que me acompaña. En estos momentos siento de nuevo que no cabalgo solo. Bajo estos árboles tropicales vuelvo a reconocer lo mismo que en las desoladas estepas del Asia Central. Que hay alguien conmigo. Alguien que por alguna razón me echa una mano e impide que me despeñe. Ese alguien perdona que sea imperfecto, que no me llegue la bondad hasta el sacrificio, incluso que mi egoísmo y mi vanidad sean casi más grandes que mi GS 1200. Sabe que lucho contra ello aunque me veo derrotado cada día y tengo que volver a empezar. Pero hoy he comprobado que no tolera que arruine mi buen humor con mezquindades y miserias, ni tampoco que dude de Él. Es un maldito bromista que juega conmigo. Le he pedido que dejara de llover y como premio me ha tirado de la moto, pero enseguida me ha sujetado para que me diera cuenta de que está ahí, y que cuando Él lo desee todo puede terminar. Por ahora no quiere. Él tendrá sus razones porque yo sí que no las entiendo.

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22 Mar 2012

¿Impresionar o aprender? El precio del viaje on line

Escrito por: miquelsilvestre el 22 Mar 2012 - URL Permanente

La literatura nunca pasa por ti sin dejarte cicatrices. Lo que está sucediendo con mi viaje, todo el interés y el seguimiento que suscita, es muy bello pero también es alarmante. Mi hermana me mandó un mensaje ayer en el que con algo de preocupación comentaba que estando con unos amigos había salido a relucir la existencia de su hermano motero escritor. Tras soltar algunos datos aislados, su interlocutor le dijo “¿Pero tú eres la hermana de Miquel Silvestre?”. Y como me dijo ella, “ese chico ni siquiera está en el Facebook”. La sorpresa inicial devino en inquietud. “No sé si esto es bueno o malo, pero es raro”, concluyó, "te conoce ya mucha gente".

Empiezo a preguntarme qué está pasando. Es hora de mirarse en el espejo. “¿En qué te estás convirtiendo? ¿Eres realmente tú el tipo excesivo que proyecta Internet o es solo una caricatura que los demás pueden manosear a su antojo? ¿Aún puedes controlar esto? ¿Cómo está afectando al viaje y a ti mismo?” Todos los días recibo correos, mensajes, twitters… Gente que no conozco opina en los foros más variopintos. Para unos soy un crack, un tío estupendo, alguien que bebe cerveza y escupe tacos intoxicado de Redbull; para otros soy un sobrado, un prepotente, un símbolo al que aborrecer por lo que tengo, lo que hago o lo que escribo. ¿Esto es tener éxito? No lo sé. Yo solo quería escribir y contar historias.

Esta es una historia. Mi nuevo experimento es interesante, pero el ratón soy yo. En mi libro Un millón de piedras conté una transformación personal, absolutamente íntima. Nadie más que yo miraba mientras me enfrentaba a África. No había más que una moto, rocas, estrellas y un tipo inexperto que descubría con asombro que podía conseguir lo que antes le parecía imposible. Tengo guardado un texto precioso y secreto que un día ha de ser mi mejor libro; en él relato la travesía que poco después realicé por Asia Central y Oriente Medio. Allí tampoco miraba nadie. Salí sin visados, sin ropa adecuada ni equipo. Estaba solo ante la estepa, el polvo y la antigua Unión Soviética. Una moto con maletas de plástico, un traje feo y ningún patrocinador. No había blog que escribir. Entonces descubrí una luz y todo cobró sentido. Lloré en Tashkent y supe que lo había encontrado. No se lo conté a nadie más que a mi novia y a mi cuaderno.

Ahora es diferente. Me he convertido en hombre anuncio que publicita hasta cuando se rasca la nariz, que cuelga fotos como un poseso, que edita vídeos sin cesar y que responde todos los mensajes. Es algo nuevo para mí. También es interesante porque supone una metamorfosis. Otra más. Creo que en lugar de una vuelta al mundo y los exploradores olvidados, lo que de verdad estoy describiendo es el fenómeno de la transformación que supone convertirse en monigote virtual. Estoy viajando dentro de una urna de cristal LCD. Eso no sale gratis. De aquí va a salir una persona diferente. ¿Me preocupa? Claro, soy yo quien está en juego. Pero tampoco el temor debe frenarme ahora. ¿Recordáis la película Supersize me? Un tipo se atiborraba a hamburguesas para documentar el proceso a costa de su propia salud. Así me siento ahora mismo, engullido por mi personaje virtual; al tiempo que lo voy creando se apodera de mí. Mi objetivo como escritor no es tanto controlar el proceso sino recogerlo del modo más fiel y sincero posible, porque, como siempre, lo verdaderamente importante no es el relato de la aventura motociclista. Antes de que me dé cuenta nadie se acordará de Miquel Silvestre, de los Redbull ni de la rubia de Kuala Lumpur. Lo que de verdad ha de quedar es el libro. Y como todos los anteriores que he firmado, ese también será un retrato honesto de lo que soy y de todo lo que me rodea. Aunque moleste. O precisamente, porque molesta.

Mucha gente se dará por aludida porque hablaré de lo que está pasando. Y es que se multiplican los blogs. Es como si viajar para contarlo se hubiera puesto de moda. Como si fuera algo que molase. Como si quien más seguidores, amigos virtuales o visitas en sus vídeos de Youtube tuviera fuera el más guay. Ya no se trata solo de recibir financiación por vía de esponsors. Eso es una excusa. Hay mucho de vanidad y de exhibicionismo. Es un circo. Una feria de egos. Pero como yo formo parte de ese circo no estoy autorizado a criticarlo aunque sí a retratarlo. No me saldrá gratis. Formar parte tiene su coste. Cada día recibo críticas, unos porque consideran más auténtico viajar en silencio, otros porque envidian mi brillo informático. Pero también me he convertido en una referencia real para muchos motoristas que sueñan con viajar y contarlo en blogs, revistas, libros, facebooks y tuiters. Me escriben, me siguen, algunos hasta buscan mi aprobación o complicidad.

Me da la impresión de que la mayoría de los que están planeando ahora mismo salir de viaje para cruzar África, recorrer América o dar una vuelta al mundo tienen en la cabeza el relato como prioridad. Casi más importante que la moto que van a llevar es si la Contour es mejor cámara que la Gopro. Pienso que alguien tiene que decirles la verdad aunque suene discordante o se gane enemigos. Yo asumo el enorme coste en tiempo, esfuerzo y vivencias que supone viajar para contarlo en directo porque yo ya viajé en su día para vivirlo yo y en exclusiva. Cuando crucé América, África, Asia Central u Oriente Medio no se lo dije a nadie, no lo publicité en ningún foro, no lo colgué en Facebook ni lo tuiteé por la sencilla razón de que no participaba en foro alguno, no tenía perfil en Facebook y lo de twitter me sonaba a nombre de perro. Ni se me pasó por la mente grabar vídeo y si las fotografías de Un millón de piedras son tan malas es porque me llevé una cámara de 5 megapixels que daba menos calidad que cualquiera de los teléfonos móviles con los que muchos leéis mis chorradas en la red.

Cuando comencé está vuelta al mundo transparente ya había rodado en solitario y en silencio durante varios años y por más de setenta países. Mi transformación ya estaba hecha. Era tiempo de hacer otra cosa. Intentar otro juego. Por eso estoy autorizado a comparar lo que supone viajar para uno mismo y lo que supone hacerlo para los demás. Y os puedo asegurar que hay una diferencia enorme, cataclísmica, total y absoluta. Si tengo que elegir, me quedo con viajar para uno y que le den por saco al resto. Otros os contarán milongas. Yo no acostumbro a hacer eso. Me acusan de ser un sobrado. Es cierto, lo soy porque digo la verdad aunque se rompa la vajilla. Contar un viaje, editar vídeos, escribir reportajes y contestar veinte mensajes cada día es divertido pero agotador. Realmente me emociono con la cantidad de amigos que mandan ánimos y llenan mis noches de risa gracias a sus comentarios. Ellos sí valen la pena. Sin embargo, lo cierto y verdadero es que ese trajín impide vivir la verdadera transformación personal que supone sumirte de lleno en una aventura.

El tiempo que se le dedica, el esfuerzo, la concentración, los días que no ruedas porque estás metido en un hotel escribiendo o editando vídeos, la cantidad de veces que paras en el camino para hacer fotos o grabar imágenes, las horas que pierdes contestando Twitters o subiendo posts… todo eso te aísla del mundo que recorres, te separa de tu propio yo sumido en el planeta. Es un precio terrible que algunos tal vez no sepan reconocer porque no han podido nunca comparar los dos modos de viajar, pero así es. Convertirte en cronista on line de tu propia historia cortocircuita la experiencia íntima. Probablemente os contarán otra versión. Tal vez dirán que me motiva algún tipo de envidia o de malquerencia. No es cierto. Yo puedo decir esto con total tranquilidad porque he demostrado que sé jugar bien con las dos barajas. No tengo quejas de mi “éxito” virtual. ¿Entonces cual es el problema? ¿Es que acaso no se trata de eso? ¿de destacar? Pues depende de lo que quieras en realidad. En mi opinión, no. No merece la pena si significa perder de vista el que creo debe ser el verdadero sentido de un gran viaje: regresar más sabio y cambiado. Regresar mejor.

Ahora dime tú cual es tu verdadero objetivo cuando vayas a dar una vuelta al mundo. ¿Impresionar o aprender?


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28 Feb 2012

Recorriendo Tailandia. El país de los hombres libres

Escrito por: miquelsilvestre el 28 Feb 2012 - URL Permanente

Salgo de Bangkok. Otro agujero negro en mi ya larga lista de lugares donde es fácil quedarse. Aquí se está bien y pronto se acostumbra uno a la rutina de correr por el parque Lumpini, desayunar fruta fresca, trabajar en la casa de huéspedes, cenar en los bochinches callejeros… pero la Ruta tiene que seguir. Yendo hacia el sur, Simon y Lisa Thomas, dos grandes viajeros en moto que llevan diez años en la carretera, me han recomendado parar en Prachuap Khiri Khan, una localidad costera a no más de 280 kilómetros. Elijo el domingo porque he de cruzar la ciudad entera y en un día de fiesta como hoy eso ya supone varias horas de callejeos y conurbaciones. No quiero imaginar lo que puede ser en un día laborable. En países no islámicos, a las capitales se llega en domingo y en domingo se las abandona. En los islámicos y en Israel, hay que hacerlo en sábado.

La carretera es buena y aburrida. Primero cuatro carriles, luego tres y luego dos. o sea, una autopista de verdad, con buen asfalto y conductores respetuosos. Algo ha desaparecido también del escenario: los pitidos. Aquí no es como en India y nadie anda jodiendo con el pito. Estoy de nuevo en la civilización después de tantos meses de locura y peligros rodantes. Otra novedad, la mugre ha desaparecido por completo. Tailandia es un país limpio. No hay basura esparcida por los arcenes ni tampoco en las playas. Se me había olvidado lo que era eso. Es como un sueño de pulcritud. ¡Bien por Asia!

Tras un rato de conducción tengo hambre y necesito repostar. Paro en una gasolinera con Seven Eleven. El combustible es más barato que en España, menos de un euro, pero en cuanto a la comida, no encuentro nada realmente alimenticio. Husmeando entre los refrigerados veo un paquete de algo que parecen aceitunas aliñadas. Cuánto las echo de menos. Las aceitunas, el pan de harina, el vino tinto, el aceite de oliva. Las compro y devoro esperando encontrar el sabor del hogar. Escupo inmediatamente el bocado. No es aliño, es salmuera dulce. Repugnante. Sé que todo es cultural, los gustos culinarios también, para los tailandeses esto puede ser una delicia, pero imagina tú, españolito de a pie, meterte en la boca una aceituna escarchada de azúcar.

Los tailandeses tienen curiosas costumbres. Aunque me gustaría antes de seguir escribiendo hacer una pequeña digresión sobre la curiosidad de la costumbres. “curioso, raro, peculiar, extraño” son adjetivos completamente subjetivos, implican una posición de partida por parte del observador descriptor, en cierto modo podrían considerarse adjetivos totalitarios: tú eres raro, peculiar, curioso o extraño porque a mí me da la puta gana. Implícito queda que si yo te defino como curioso es que yo me considera normal. Otra digresión que se me ocurre a bote pronto es sobre la normalidad. Como leí en una pegatina magnética de nevera en la granja de Pensilvania de mi amigo Chris Dawe: “la única gente normal que conozco es aquella que no conozco bien.”. Bueno, no sigamos extendiéndonos por los cerros de Úbeda y al grano. Afirmar que las costumbres tailandesas son curiosas porque, por ejemplo, uno no pueda encontrar en un Seven Eleven de gasolinera, lleno de bolsas de snacks y comida envasada, nada que resulte comestible, es una evidente extralimitación literaria por mi parte para la que solicito disculpas al lector. Sé que no es justo afirmar que es raro que las aceitunas estén en almíbar o que el mango lo tomen con curry picante. Es una peculiaridad cultural y como tal, tan válidos son los pasteles con sabor a pescado como nuestro jamón ibérico. Pero yo digo que son curiosos para que tú, que seguramente también prefieras el Jabugo a los palitos fritos de arroz con gamba, me entiendas.

Sin embargo, hay cosas que por narices son raras incluso examinadas bajo el más multicultural prisma. No me refiero a la afición a las pajitas extendida por todo el país. Menos la cerveza, todo lo demás se bebe por esos asténicos tubitos infantiles. Y la cerveza no la beben en pajita, pero la toman con hielo. La primera vez que vi semejante desatino pensé que era una broma. El camarero se me acercó con una botella de apetitosa Chang, la abrió, la sirvió y acto seguido me preguntó si quería cubitos en mi vaso. Aunque lo dijo en un inglés medio decente tardé en entenderlo porque la frase en su contexto era absurda, casi ofensiva. ¡Cerveza con hielo! ¿Dónde se ha visto eso? Pues en Tailandia. Y hay que andarse con ojo porque como te descuides, te cascan los putos cubitos en el vaso y te sirven la birra arruinándola por completo.

Pero donde ya se salen de madre en su rareza es en lo que suelen beber los hombres con la comida. La cerveza se les queda corta. Los machotes tai privan Johnny Walker Etiqueta Roja con soda. La escena es siempre la misma. Un grupo de trabajadores o de hombres de negocios, de gente normal y corriente, al mediodía, listos para seguir trabajando o de viaje. Sentados a la mesa, con su plato de noodles picantes, un par de botellas de soda y una de güisqui escocés presidiendo la mesa como un ídolo budista. Y aunque lo toman muy rebajado, lo toman. Lo toman pero bien. Los mendas se bajan la botella como quien respira. Luego pagan, se montan en el coche o se suben al andamio o se meten en la oficina o la tienda. Yo eso de bajarse las botellas enteras en la mesa lo había visto en las fiestas de los pueblos, en los casales de fallas o en los puticlus de carretera. Pero siempre de noche o de doblete. Ya, ya sé que todo es cultural y eso, pero venga Dios y lo vea para decirme que meterse doscientos centilitros de destilados con la comida no es una verdadera rareza, en Tailandia y en Albacete.

Me desvío para buscar la frontera con Birmania. Estoy en la parte más estrecha de Tailandia y hasta la linde no tengo más que quince kilómetros. Recorrerlos me ofrece una visión del país rural y selvático, aunque selva aquí queda poca porque toda está tierra es fértil y rica y está en plena producción de arroz, piñas y caucho.

Cuando llego a la frontera me dejan pasar el primer control pero he de dejar la moto. Afortunadamente encuentro un coche, una pick up. Subido en la caja consigo cruzar la tierra de nadie, una loma empinada. Una vez arriba, los militares no me dejan pasar pero lo hacen todo con amabilidad, puedo filmar y nadie es descortés o agresivo. Menudo cambio con otras fronteras que conozco. Me gusta esta gente.

Regreso por las pistas de tierra con el sol pisándome los talones. Me detengo alguna vez para hacer tomas de vídeo. Mis ojos son los de un cazador. Detectan el lugar adecuado para el disparo o la filmación. Esta actitud no diluye la emoción del viaje. No me gusta viajar por viajar, me gusta viajar para algo. Viajar para contarlo. Eso hace que mi viaje sea extraordinario. Es lo que construye mi emoción y lo que me permite pasar los días solo pero no sentirme solo. Estoy comprometido totalmente con mi proyecto y eso llena todas las carencias. Si es que tengo alguna.

Llego al pueblo recomendado. Hay un monte con forma de cono y en la cima un templo budista. En la base hay monos sagrados que los visitantes alimentan. El cielo está cubierto, feo y gris pero aun así el panorama es bellísimo. La bahía es calma, al final hay un poblado de pescadores con coloridas barcas ancladas y el horizonte se encrespa con innumerables islotes puntiagudos que se divisan azulados en la distancia.

Frente al mar encuentro un hotelito con wifi y parking. pero la parte de atrás, donde está el comedor se asoma a un ancho río calmo donde chapotean los peces. La vegetación brota obstinada y frondosa en ambas orillas. Es una imagen idílica propia del paraíso. Piden 500 bahts, unos 12 euros, por una habitación sencilla pero limpia y cómoda. Todo lo que necesito.

Voy al restaurante más cercano y un tipo occidental me hace señas cuando me ve acercarme. Es cliente del mismo hotel, español y ha visto la moto. Está con su mujer. Tienen unos sesenta años y conocen bien la zona. Son comerciantes y llevan comprando género, ropa y plata, en el sudeste Asiático desde hace veinte años. Han visto muchos cambios. Me siento con ellos, pido cangrejo con curry y hablamos durante horas de política nacional e internacional. La política doméstica no me interesa lo más mínimo; es todo un chafardeo de corruptelas y paletismo de nuevos ricos. Me atrae más hablar de Tailandia.

Según me cuentan, esto es una dictadura militar disfrazada de monarquía. Al rey es reverenciado también como líder religioso. Pero es muy viejo, está enfermo y el heredero no es querido. El populista Shinawatra ganó las elecciones hace unos años, intento algunas reformas como la sanitaria y la agraria, y fue rápidamente reformado por las oligarquías locales de un país rico, principal productor de caucho y arroz. Este tipo era rico por la telefonía móvil pero no se puede tocar la tierra. Lo más primitivo del ser humano surge cuando a alguien le expropian. Ya lo decía Maquiavelo, un súbdito perdonará antes el asesinato de su padre que la pérdida de su riqueza. Luego de su exilio forzoso, movilizó a sus seguidores, los camisas rojas, y bloqueó Bangkok; los contrarios hicieron lo propio con los amarillos y se lió. Muertos en las calles, nuevas elecciones y ahora gobierna su hermana, lo cual es un buen modo de ganar en ausencia.

Me cuentan que Tailandia siempre fue un país libre, nunca fue colonizado, salvo el breve periodo de invasión japonesa durante la 2ª GM. Vaya, un país nunca sometido a una potencia extranjera, como Etiopía, me digo, pero mientras que los etíopes me hartaron, los tailandeses me parecen una gente encantadora.

Termino de cenar solo en el restaurante sobre una inestable mesa de mármol mientras me vigilan unos perros playeros con bastantes pulgas. También hay mosquitos. Serán la mayor incomodidad. Pido que me enciendan una de esas espirales que los ahuyenta. Me atiende una camarera jovencita, muy guapa, con buen tipo; va vestida con un ajustado traje verde y blanco con el nombre de la cerveza que me sirve: Chang. Está buena siempre que no le echen hielo, una manía local. Recostado sobre mi duro asiento escribo estas notas y de vez en cuando levanto la mirada para contemplar el iluminado paseo marítimo del pueblo. Las bombillas azules, rojas y amarillas, la noria de la feria y el zumbido de los insectos me hipnotiza. Recuerdo como a fogonazos beodos la conversación de hace apenas una hora sobre los politicastros españoles y pienso en que todo eso queda ahora mismo muy lejos. Afortunadamente.

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20 Feb 2012

Nunca tuve estómago para las putas, ni siquiera en Bangkok

Escrito por: miquelsilvestre el 20 Feb 2012 - URL Permanente

Soy un viajero vago. Me cuesta hacer turismo. Prefiero quedarme en los sitios y mirar. Esta Rama IV de ocho carriles es ya mi calle. Para cruzarla hay que subir por una paso elevado peatonal. Desde él se divisa el skyline de la urbe de los negocios. Bajo sus escaleras bulle la vida cotidiana y mil puestos de comida callejera. Bangkok es la ciudad de la comida, por todos lados, en cualquier esquina hay un tenderete donde venden fruta, café, dulces, bocadillos, salchichas, arroz, más fruta, más café, más dulces, más bocadillos, más salchichas y más arroz. La vida callejera orbita en torno a la comida. Por las mañanas voy a correr al parque y coincido con mil ancianos haciendo tai chi, regreso, compro fruta natural deliciosa y barata y regreso comiendo y empapado de sudor al hotel. Por la noche, voy al figón done aparecí el primer día, bebo cerveza, como pescado y observo la vida mientras escribo en mi cuaderno. La vida pasa lenta y al mismo tiempo a toda leche.

La camarera es joven, muy joven. Rostro ancho, labios pintados, pelo teñido, viste camiseta ajustada y mini short vaquero que deja al aire unas piernas torneadas. Será una mujer obesa, pero su juventud aún la protege. Coqueta pero fría con los clientes. Todo el día pendiente del teléfono móvil y de los mensajes que envía y recibe, señal de que está enamorada. Trabaja como una mula. Me admira ver su energía. Sirve platos, carga baldes y cuando se terminan las provisiones compra más en el supermercado de al lado.

La cocinera debe ser la madre y todo el negocio lo soporta ella. Es amable, gorda, sonriente, de dedos destruidos y tobillos hinchados. Despedaza cangrejos, corta verdura, taja carne, rehoga arroz, escalda pescado, sofríe cebolla. No para, despacha platos sabrosos a toda velocidad. Toda una vida tras los fogones y el wok. ¿Qué vida es esa? ¿qué sabe del mundo que hay más allá de sus pucheros? Los pies doloridos, las manos agrietadas, el vientre inflado. Agotamiento de siglos. Herencia de cocinas sin gloria. Saga sacrificada. Bendita buena mujer que me sonríe cada vez que nuestras miradas se cruzan tras la humareda de su cocina callejera. Feliz tan solo porque yo la sonrío a ella.

Tras un par de mensajes y llamadas, Lisa y Simon Thomas quedan conmigo en el monumento del parque Lumphini. Vienen de solicitar una visa para Australia de doce meses. No es fácil obtenerla, ellos ya son mayores y las autoridades no quieren viejos en ese país. Han recurrido a amistades. Simpáticos, amables, ingleses. Llevan diez años en este negocio de los viajes en moto. Hacemos unas fotos y vamos a tomar algo. Entramos en un restaurante japonés. Hemos tenido suerte. Es bueno. Luego comprobaré que no todos lo son. Piden la comida en tailandés. Ya han aprendido algunas palabras y frases. Tienen un oído fantástico para los idiomas y los acentos. Especialmente Simon. Imita a la perfección a los indios y sus banales preguntas sobre el precio de la moto. Pasaron 4 meses allí y forman parte del club India (I Never Do It Again).

Una noche decido ir a Pat Pong, a la calle de las putas y los clubes de alterne. Hay mucho restaurante japonés y mucho cliente japonés y mucho dinero japonés. Las chicas esperan disciplinadamente en la puerta de los garitos. Cuando ven aparecer un grupo de japoneses, saltan como resortes y les enseñan catálogos plastificados con una galería terrible de rostros de muñeca embadurnados de maquillaje y Photoshop. Hay también algunos muchachos que deben ejercer de proxenetas por delegación, pero no se ve mucha sordidez ni peligro. Parece un juego superficial y ridículo. Aparco la moto y me siento a observar. Nadie me hace maldito caso. No soy japonés. No cuento. Casi me da la impresión de ser invisible. Esperaba un bombardeo constante de insinuaciones pero me dejan en paz.

Mejor así. El asunto de las putas siempre me ha cohibido. No he ido nunca de putas aunque sí he visitado muchos burdeles las noches de copas. Suelen ser los últimos en cerrar en según qué pueblos. Pero nunca pago por follar. Podría decir que es por dignidad, pero creo que es más por vergüenza ajena. Ya no juzgo a quienes lo hacen. He descubierto que muchos de mis amigos son puteros. Gente estupenda que lo ve como un divertimento, una forma más de pasar un buen rato. A mí me espanta todo el asunto.

Recuerdo la noche que pasé en Harare, capital de Zimbabwe. Me alojé en el Fife Avenue que resultó ser un puticlú donde oficinistas desgraciadas se prostituían por cincuenta dólares. Está contado en Un millón de piedras y para mí es uno de los capítulos más desgarradores. Un pakistaní me ofreció a Melinda, la más atractiva de todo el local. Aunque hubiese querido, jamás podría haber subido con aquella mujer de mirada glacial y corazón prematuramente endurecido. Pero por alguna razón, su mirada y su nombre nunca se me han olvidado. Al incluirla en el libro creo que de algún modo para mí he salvado en parte esa dignidad que se esforzaba en mantener y que a estas alturas quizá ya esté diluida en el alcantarillado de esa terrible ciudad africana.

Esa capa de indiferencia de toda prostituta me puede. Mi vanidad no soporta que no se enamoren de mí. Necesito creer que me quieren, que la mujer que en ese momento está conmigo solo quiere estar conmigo en ese momento, aunque mañana se acueste con mi mejor amigo. Pero aquí y ahora necesito saber que solo somos tú y yo. Y eso con las putas no sucede. Les da igual tú que aquel. Mejor aquel, que habla menos y no se complica la vida. Lo mejor es que resuelvan cuanto antes el asunto. Folla, paga y vete. Ese es un buen cliente. Así es el negocio. Pero yo no puedo hacer eso. Ni en Rusia, ni en Madrid, ni En Zimbabwe, y por lo que veo, tampoco en Tailandia, por muchas pelotas de ping pong que me tiren.

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15 Feb 2012

BIENVENIDO A ASIA, MR CHANG

Escrito por: miquelsilvestre el 15 Feb 2012 - URL Permanente

Toda vuelta al mundo “Overland”, o sea, por carretera, exige determinados saltos en avión o barco. Uno de ellos está en la puerta del Sudeste Asiático debido a que Myanmar, la antigua Birmania, tiene cerradas todas sus fronteras terrestres. De modo que llegado a Nepal, no me quedaba más remedio que enviar la moto por avión a Bangkok, la capital de Tailandia. El tránsito no iba a resultar demasiado complicado porque Nepal es un país con una regulación aduanera relajada y tras el alto el fuego entre los maoistas y el gobierno, Thai Airlines ofrece por 250 dólares un vuelo diario entre Katmandú y Bangkok en el que acepta cargo.

Una vez empaquetada la moto a través de Eagle Export y metida dentro del recinto de aduanas, quedaba organizar mi propio viaje. Tras pasar un control de seguridad algo laxo a pesar de estar rodeado de policías y militares, esperamos en una sala desangelada. Gris, antigua, triste. Con grandes ventanales. Iluminada tan solo por la visión de las grandiosas y nevadas montañas de los Himalaya más allá de la pista de aterrizaje. Somos un heterogéneo conjunto de viajeros tailandeses y occidentales. Para muchos europeos y americanos, Bangkok es el aeropuerto de regreso a sus hogares en un largo y terrible viaje. Pero no para mí. Me encanta la sensación de proseguir hacia el Este, siempre al Este, hasta que se me acabe.

Cuando abren las puertas salimos en estampida. No hay finger ni autobús. Caminamos hasta la escalerilla. Llevo la plaza 53C, así que me toca bastante atrás. Subo por la escalerilla de cola y me reciben dos amables azafatas orientales vestidas con elegantes uniformes morados. Ese el primer shock. El avión también me causa buena impresión. Grande, colorido, un Airbus nuevecito. Es moderno y limpio. Definitivamente, el universo dominado por India y su mugre queda atrás. Tengo el asiento de en medio libre y pido hasta tres latas de cerveza. Chang y Shinga. Cojonudas. Escribo estas notas y dejo que el tiempo pase. El vuelo dura dos horas y cuarenta y cinco minutos. Es curioso volar a Bangkok en un trayecto tan corto. Y más todavía desconocer el jet lag. Voy perdiendo horas con tanta suavidad que más parece que se me caigan de los bolsillos o las deje de propina.

Aterrizamos de noche. Como me avisó mi buen amigo Miguel Ángel Anta, me llevo una hostia de modernidad y limpieza nada más pisar tierra. Este universo reluce nuevo y brillante. No todo es perfecto, sin embargo. La cola para el sello de inmigración es larga y avanza despacio. Cuando por fin me toca, encuentro una funcionaria fea y antipática. Me devuelve a la casilla de salida porque no he escrito el número de vuelo y ya no llevo encima la tarjeta de embarque. Carajo con el formalismo. Vuelta a empezar. Cuando consigo cumplimentar el trámite, mi bolsa amarilla de Sw Motech es la única que da vueltas en la cinta de equipaje como un verso triste sin lector enamorado. Me doy cuenta de que he entrado de repente en la soledad de Lost in Translation.

En el exterior el golpe de calor húmedo es tremendo. Por un instante no soy capaz de reaccionar. Me he quedado noqueado. Al primer paso, estoy empapado en sudor. Toda la cerveza ingerida en el avión busca los abiertos aliviaderos de mis poros. Soy un hombre Chang. Quiero coger un taxi para acercarme hasta el hotel. Me acerco a la cola y se entonces me aborda un tipo con una terrible camisa hawayana. Pronto empezamos.

—¿Quiere taxi el señor?

—Cuánto por llevarme a Lumpinee Park.

—1000 bats—responde, unos 30 euros.

Replico con una carcajada y sigo caminando hacia la cola de los taxis legales. No es que sepa exactamente cuanto cuesta una carrera en Bangkok, pero sí sé reconocer a un buscavidas fullero y ladrón. En el mostrador de los taxis, la señorita de turno me indica mi vehículo de un flamante color morado. Es un Toyota nuevo. El conductor es un hombre maduro de unos sesenta años. Se ríe sin cesar. Todo le hace gracia. No hablar inglés provoca en él una carcajada. Que yo no tenga ni idea de idioma Thai, casi le causa una hemorragia cerebral de la risa. Y así, entre risotada y risotada, vamos avanzando kilómetros por una asombrosa red de autopistas, puentes y pasos elevados. Es la auténtica urbe de Flash Gordon. Cuando llegamos a Lumpinee Park, el taxímetro marca 250 bats, que más los 50 de suplemento aeroportuario, hacen 300, o sea, menos de 10 euros y mucho menos que el estoque a traición que me quería clavar el fulano de la camisa de flores.

No he venido a ciegas a este sitio. Consulté en Internet cual era el parque más grande de Bangkok para poder ir a correr. Luego consulté los hoteles que había cerca. Encontré una casa de huéspedes barata: la Charlie Guest House. He llamado desde el taxi y me han dicho que la habitación individual son 450 bats, unos 11 euros. Cuando abro la puerta del establecimiento, me dicen que acaban de alquilar esa habitación y que ahora solo tienen de clase superior por 650, que ellos no reservan por teléfono. Cansado y harto, me entra uno de mis terribles accesos de mal humor que desconcierta por completo a los orientales.

—Me da lo mismo—escupo en recio inglés—, ustedes no me han avisado nada de eso cuando he llamado y tendrían que habérmelo dicho. Si no tienen esa habitación, han de hacerme un descuento en la superior.

El dueño, un tailandés maduro que se pasa el día jugando a las cartas en el ordenador, se sorprende por mi carácter y accede a dejarme el precio en 500 baths. Lo que me sorprende es que el cuarto básico y espartano que merezco por esa pequeña fortuna se llame Vip A. Joder, con la Vip A. Una tele vieja, catre duro, vistas a un patio interior, armario desvencijado, una nevera que hace ruido y el retrete dentro de la ducha. Literalmente dentro de la ducha. Y encima, un extractor de cocina muy cerca que mete un estruendo de escándalo. “Bueno”, pienso encogiéndome de hombros, “otro agujero más en mi larga lista de palacios de miseria, palacetes terribles y castillos de los horrores.”

Dejo el equipaje y bajo a beber unas cervezas que repongan las que he sudado. Aparezco en la calle principal Rama IV. Encuentro un figón con terraza, o sea, unas mesas inestables con sillas de plástico en la estrecha acera. Me siento. El calor es tenaz pero la cerveza está fría. Veo que tienen marisco. Pido unos langostinos. Me atiende una señora bajita, regordeta, de unos cincuenta años. Está borracha como una cuba. Dice que quiere ser mi amiga. Se disculpa porque solo habla Thai, pero por sus gestos entiendo que quiere decirme que le gusto mucho, mucho. Se golpea el corazón con el puño. Efectivamente, siente algo por mí. Yo también siento algo. Mucho calor. Más cerveza fía, por favor, o me derrumbaré al lado de los perros callejeros que vagabundean a mi alrededor.


Sirven los langostinos. Son enormes, blandos, insípidos. Marisco de agua cálida. Aquí todo lo que tiene caparazón crece mucho. Como esas cucarachas gigantescas que veo recorrer la basura amontonada en la esquina. En el interior del restaurante atruena un karaoke. La mujer insiste. Declino amablemente sus invitaciones. Ella se resigna bebiendo güisqui con agua. Entre ella y una amiga calva se bajan una botella en lo que yo doy cuenta de mi comida. De vez en cuando me saluda, se levanta y bailotea un éxito popular del karaoke. Observo la calle y sus paseantes nocturnos. Mototaxistas, homosexuales y practicantes de thai Boxing, todo músculo y tatuajes.

Acabo mi cerveza y me doy cuenta de que estoy completamente grogui por el calor, el cansancio y el alcohol. Me levanto. La mujer viene a despedirse. Miro sus ojos turbios y descubro en ellos un destello de candidez. No dormiría con ella ni aunque estuviera completamente inflamado de mosca española, yohimibina y películas de Ciocciolina, pero me cae bien, tanto como el taxista de la risa. “Volveré mañana”, prometo. Pago una cantidad ridícula y camino dando tumbos hasta el hotel. en la oscuridad del callejón se cruzan las ratas con total impunidad. Respiro el aire de la tórrida noche de Bangkok y me siento muy feliz por estar aquí.

—Bienvenido a Asia—me susurro a mí mismo antes de quedarme profundamente dormido sobre el duro catre a pesar del atroz ronquido del extractor.

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11 Feb 2012

Un nuevo viajero se une a la REO

Escrito por: miquelsilvestre el 11 Feb 2012 - URL Permanente

Hace pocas semanas recibí un correo de un lector de mi libro. Tenía un proyecto fantástico que quería contarme. Como la REO es una experiencia abierta a todos aquellos que soñamos con la aventura y la historia, le invité a que formara parte de ella. Este texto está escrito por él mismo para explicar quien es, qué quiere y por qué.


El viajero


"Me llamo Ángel. Soy un madrileño que desde niño soñaba con viajar en moto por el mundo. Hoy vivo en São Paulo y sigo soñando con lo mismo

A mediados del 2011 tuve un accidente grave: me rompí pierna y tobillo. La suerte y un buen plan de salud hicieron que apenas necesitase cuatro meses para volver a caminar y ya llevo otros 3 más de rehabilitación. Durante esos meses de reposo forzado me dediqué a leer más que nunca sobre viajes, motos, blogs de moteros y motoaventura…hasta que la Fortuna puso en mi camino el libro “Un Millón de Piedras” de Miquel Silvestre. No me podía creer que tuviésemos tantas cosas en común. Me emocioné con él, compartí su miedo en Sudáfrica, entendí sus impresiones sobre las gentes y sobre que al final todos queremos lo mismo: paz, familia y amistad y que el mundo es mucho menos peligroso de lo que algunos malvados nos quieren hacer creer…nada mejor que viajar en moto para sentirlo en tus propias carnes.

Por esas fechas mi familia y amigos hacían lobby para que vendiese mi princesa Susana, una BMW F800GS, y sentase la cabeza. El trauma por el accidente, la presión mediática y el miedo habían hecho mella en mí y estaba considerando la opción de aparcar mi naturaleza motera y conformarme con el calorcillo de la seguridad de los dos ejes. Pero no fue así: “Cualquier sueño que merezca ser vivido es un sueño por el que merece la pena luchar”, dijo Charles Xavier, así que decidí seguir luchando por el mío como hizo Miquel Silvestre y aquí estoy, planeando una Ruta de los Exploradores Olvidados en Sudamérica.

Entreno todos los días unas 3 horas entre fisioterapias y gimnasios varios. He vuelto a pilotar poco a poco. Mi cirujano, que es bastante friki, me anima. Mi fisio, que es cojonudo, al principio me decía que estaba loco y que no me lo recomendaba pero ahora está casi más ilusionado que yo y me motiva todos los días (también me hace gritar en la camilla para conseguirlo pero eso son menudencias). Gracias a estos tres señores, Miquel, Fábio y Maurízio esta aventura podrá tener lugar. Va por ustedes!!


1ª parte del viaje. El Guayrá: Brasil, Paraguay, Argentina.

Pretendo salir de São Paulo el viernes 17 de febrero de 2012, justo antes del Carnaval. Susana y yo estaremos en ruta unos 16 días. En las entradas iré poniendo también información sobre hoteles, paradas y logística en general. Pero antes de nada, dejadme que os explique lo que vamos a hacer.

La historia.

Entre los siglos XVI y XVIII españoles y portugueses luchamos y rivalizamos por el control de los territorios guaraníes y tupíes, en lo que hoy es parte Paraguay, Argentina, Uruguay y Brasil. El tratado de Tordesillas nunca fue preciso en sus coordenadas, propiciando invasiones y choques constantes entre ambos reinos. Con la firma del tratado de Madrid (1750) se zanjaron al fin las fronteras, definiendo lo que hoy conocemos como Brasil.

Pero no siempre fue así. Al comienzo del siglo XVII España decidió afianzar su poder en el estado del Guayrá (actual Paraná brasileño). Como no había suficientes colonos castellanos se decidió fundar pueblos con guaraníes convertidos al catolicismo, las conocidas como reducciones jesuitas. Estos indios cristianos no podían ser esclavizados por los encomenderos españoles, latifundistas y mineros que explotaban la mano de obra indígena en condiciones brutales, inhumanas.

En la película La Misión (1986) se explica cómo estos padres jesuitas se aventuraban en territorios indígenas para convertir a los guaraníes y fundar misiones (reducciones) en donde estarían a salvo de los encomenderos. La escena del cura tocando al oboe la maravillosa música de Enio Morricone está basada en el padre Simón Macetta, virtuoso de la guitarra con la que flipaba a las tribus indias al construir la reducción de Na. Sa. de Loreto en 1610.

Todo iba bien hasta que los holandeses, tan piratas ellos, invadieron el nordeste brasileño y algunas colonias portuguesas en el golfo de África, con lo que el tráfico de esclavos negros empezó a ser más caro y difícil.

¿De dónde podemos sacar más esclavos para nuestras plantaciones de caña y minas de oro?- se preguntaban los pobres portugueses. La solución era obvia: de las tribus guaraníes.

Ya hemos esclavizado todos los que había en nuestros territorios, ¿de dónde sacamos más?

Voto a tal que los españoles los tienen a puñaos en el Guayrá, y como son unos racistas y no les dejan usar armas están totalmente indefensos. ¿Porqué no remontamos el río desde Sao Paulo y nos forramos?

Pardiez, qué buena idea habéis tenido, Raposo Tavares. Llamémonos Bandeirantes. ¡Nos vamos a hinchar a ganar escudos que ríase vuestra merced de los políticos aragoneses y sus trajes de seda!

Así fue, durante años estos cabrones arrasaron las misiones jesuitas, totalmente desarmadas e indefensas, compinchados con los encomenderos españoles. El grado de brutalidad era tal que en una de sus incursiones capturaron 5.000 guaraníes y apenas 1.200 llegaron vivos a Sao Paulo. Los niños eran abandonados en los pueblos arrasados. Como estos seguían a las columnas de prisioneros donde estaban sus padres y el llanto les molestaba, decidieron que era mejor matarlos directamente…unos cachondos, vamos.

En 1631 el padre jesuita Antonio Ruíz de Montoya decidió abandonar el proyecto guayrense y refundar las pocas ciudades supervivientes río arriba, a muchos kilómetros de distancia de las terribles bandeiras portuguesas. Su hazaña se conoció como el Éxodo Guayreño, donde huyó con 12.000 guaraníes por el río Paraná hasta la actual argentina. En el camino fue atacado por portugueses, españoles, animales y otros indios no conversos. Sobrevivieron sólo 5.000 y su gesta inspiró los dos personajes principales de la Misión:

El padre Gabriel (Jeremy Irons) representa el lado místico y carismático del padre Montoya.

El padre Mendoza (Robert de Niro), antiguo cazador de indios, representa el lado más pragmático y belicoso de Montoya.

En esta Ruta de los exploradores olvidados subiremos río arriba desde Sao Paulo para “atacar y capturar” las ruinas que quedan de los antiguos pueblos castellanos en Brasil. Navegaremos por el Paraná tras las canoas del Éxodo Guayreño. Visitaremos el lugar que inspiró a genial Roland Joffé para su escena del ataque final español, aunque en la realidad esta fue una de las partes más bellas de la historia (os lo contaremos en el blog!).

Pero nuestra ruta no acabará tan mal como en la peli. El padre Montoya, tras poner a salvo a su gente en la provincia de Misiones en Argentina, se cogió la primera carabela y se fue a España a contar lo que estaba pasando al rey y a pedirle que dejase defenderse con armas a los indios. Su colega, el padre Taño, a la vez fue a Roma a pedir al Papa que condenase a los bandeirantes y sus prácticas brutales. Ambos tuvieron éxito…y ahora viene la dulce venganza.

Los Paulistas se cabrearon mucho, tanto que expulsaron a los jesuitas de Sao Paulo y montaron un ejército enorme de castigo, nada menos que 2700 indios tupíes, los enemigos ancestrales de los guaraníes, 450 holandeses y 700 canoas con armas de fuego. Pero como a disciplina y mala leche nadie le gana a un jesuita, estos ya habían empezado a adiestrar militarmente a los guaraníes y estos, con la mala baba que da haber sido asesinado, violado y esclavizado durante décadas, estaban más que listos y deseosos de meterles la bandeira a los portugueses por donde no nace el sol. Y así sucedió, en 1641, en la desembocadura del Mbororé los bandeirantes fueron derrotados gracias a la táctica de los jesuitas y guaraníes.

En la ruta subiremos al cerro que fue cuartel general de los jesuitas. Buscaremos el punto donde los guaraníes capturaron al emisario bandeirante que pedía la rendición y que muy secretamente mataron para poder desquitarse a placer, sin riesgo de que los padres, padres al fin y al cabo, aceptaran la rendición y les aguasen la venganza.

Visitaremos São Miguel das Missoes, reducción jesuita en el actual Brasil donde se grabaron escenas la peli y en donde se construyó en una enorme cruz a imagen de la de la ciudad Santa de Caravaca de la Cruz, en Murcia. Este es un lugar de poder donde viven curanderos, frailes y un sinfín de místicos.

Nuestra ruta dejará por fin a los guaraníes con su venganza culminada y seguirá por Argentina hasta los Andes, donde cruzaremos hacia el desierto de Atacama. Allí conoceremos como el imperio Inca llegó a dominar latitudes tan australes, de nuevo de la mano de un jesuita y arqueólogo de excepción, el padre Gustavo Le Paige.

La ruta.

Recorreremos unos 1400 km en 3 días. La idea es pernoctar en aquellas ciudades construidas encima de las antiguas reducciones y ciudades españolas.

Las carreteras en Paraná no son tan malas como en el norte de Brasil, aunque no tengo ni idea del estado en que estarán ni como les habrá afectado la estación de lluvias, que aquí comenzó en diciembre.


2ª parte del viaje. Desierto de Atacama, Chile y Argentina.

La historia.

El desierto de Atacama es el lugar más árido del planeta. En algunas regiones no llueve en años. Durante siglos fue habitado tímidamente por diferentes pueblos indígenas y en su última etapa precolombina destacaron los Aymaras y los Incas. Estos últimos llegaron a dominar desde Perú hasta Atacama, introduciendo su religión y cultos y mezclándolos con los ya existentes.

Desde Brasil cruzaremos a Argentina atravesando Misiones, Corrientes y Salta. Subiremos la cordillera andina por el paso de Jama, maravillándonos con los titánico salares, lagunas de sal testimonio de los antiguos lagos que poblaban estas tierras antes de que a las placas tectónicas se les cruzaran los cables.

En San Pedro de Atacama buscaremos el legado del padre Gustavo Le Paige, un jesuita arqueólogo que desde la década de los 40 se dedicó a buscar restos incas y preincaicos. Él sabía que ellos adoraban los volcanes y otros grandes accidentes geográficos así que se dedicó, Leika y cuaderno en mano, a explorar las cumbres del desierto. Encontró decenas de templos, restos sacerdotales y pequeños asentamientos y se dedicó a documentarlos con deliciosa disciplina. Recuperó momias, cabañas, utensilios y estudió las costumbres ancestrales de los pueblos atacameños. Hoy posee un museo en S. Pedro de Atacama.

Pararemos a la falda del gran Volcán Licancabur para libar agua al dios aymara Malku. También presentaremos nuestros respetos a su esposa, el cerro Quimal. Ambos se arropan con sus sombras en los equinoccios y solsticios.

No podremos dejar de visitar los Geisers del Tatio, visibles sólo al amanecer cuando el agua helada subterránea entra en contacto con la piedra caliente subterránea y aflora en un espectáculo único. La REO visitará una de las más hermosas maravillas de este planeta: el Valle de la Luna, inefable con palabras, mejor mira las fotos.

Aunque hay muchas otras maravillas a ser exploradas, descenderemos por el lado oeste de Atacama hasta el océano Pacífico. La idea es sentir lo que sintió el primer europeo que lo contempló (con permiso de los vikingos!). Se trata de otro explorador poco recordado: Don Alvar Núñez Cabeza de Vaca.

La ruta

Le dedicaremos una semana a recorrer los 2700 km y disfrutar de San Pedro de Atacama. Las carreteras en Argentina y Chile son bastante mejores que en Brasil aunque con muchos animales en la pista. Si mi pierna me lo permite nos aventuraremos por los caminos de piedras del desierto huyendo de las visitas organizadas.

Atacama es un lugar de poder. Aquí uno consigue abstraerse de nuestra ruidosa mente y entrar en contacto con lo más ancestral y sagrado que hay en nosotros. Huiremos de las visitas guiadas y buscaremos esos momentos de Satori que hacen que estos viajes valgan tanto la pena.


3ª parte del viaje. El Chaco/Pantanal: Bolivia, Paraguay y Brasil.

La historia.

El Chaco (Bolivia, Paraguay) o Pantanal (Brasil), es el mayor ecosistema después del Amazonas de Sudamérica, con la particularidad de que la vida animal aquí es más rica y accesible. Del tamaño de varias Españas, es un lugar explosivo, lleno de agua y vida, bellísimo. Por desgracia tiene petróleo, carbón y otras commodities (me niego a llamarlo “riquezas”) que hacen que los humanos nos demos tortas por él y que esté en el ojo de mira de grandes corporaciones. Bolivia y Paraguay tuvieron una guerra por estos territorios justo antes de la nuestra, en el 35.

Conoceremos unos exploradores algo heterodoxos (qué bien traído!) los Menonitas o Anabaptistas, emparentados con los Amys norteamericanos. Llegados a Paraguay en 1930 huyendo de Stalin y de los USA, quien no aceptó su pacifismo total en la Gran Guerra. Esta gente lleva huyendo desde el siglo XIV! Primero de Alemania y Suiza, luego de Rusia y Turquía y por último de Norte América.

Viven en comunidades, siguen hablando plattdüütch, un dialecto antiguo del alemán medieval y no aceptan la injerencia del estado en los asuntos religiosos (¿al revés tampoco lo aceptan? Lo descubriremos).

Algo que me intriga es saber cómo lidian con la violencia e inseguridad en un país como Paraguay siendo que ellos dominan el 75% de la producción láctea nacional, algo nada desdeñable.

Terminaremos en Bonito, ya en el Chaco brasileño conocido aquí como Pantanal. Este es uno de los lugares más lindos de Brasil. Con ríos de agua imposiblemente transparente, grutas preciosas y senderos salvajes."

A mi este chaval me parece que tiene las ideas muy claras y que comparte completamente mi propia visión del viaje en moto y de la historia que queda oculta en los pliegues del pasado. Pero además me ha conquistado con fotos como esta, la última que he recibido. Suerte al viajero y ánimos para la ruta de las misiones jesuíticas.

Puedes seguirle en

http://historiaymotos.blogspot.com/






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07 Feb 2012

Una madre contra los Himalaya

Escrito por: miquelsilvestre el 07 Feb 2012 - URL Permanente

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05 Feb 2012

Las camisetas de Alicia

Escrito por: miquelsilvestre el 05 Feb 2012 - URL Permanente

¿Por qué habría de recomendar la compra de camisetas de Alicia Sornosa? ¿Qué gano yo con ello? Cierto es que me he convertido en hombre anuncio y que por patrocinios legítimos publicito toda clase de bienes y servicios? Neumáticos Continental, amortiguadores TFX, auditoria BDO, correduría de seguros SURE Service, material de 2TMoto, viajes diferentes Puromundo, libros Comanegra, ropa BMW...

Todos ellos me dan algo, me pagan o me proporcionan material para que yo pueda realizar mi trabajo de viajar y contarlo. Todos los demás que intentan aprovechar mi muro del facebook, mi web, mi moto o mis reportajes para publicitar sus productos, quedan expulsados. Ni es justo para los que sí pagan ni es conveniente para no confundir a nadie.
Alicia Sornosa, que ha sido compañera de viaje y miembro de la REO durante las etapas europeas, africanas e índicas, sigue ahora en solitario desde Australia y para recabar fondos ha puesto a la venta unas camisetas. Pide a sus amigos que la ayuden. La cuestión es que aunque somos amigos, tengo otros muchos amigos que venden cosas o quieren que les ayude en sus campañas particulares. Si lo hago con uno, debería hacerlo con todos. Yo no creo que la publicidad deba hacerse por amistad.
Bien, las razones que me asisten están contenidas en este vídeo. Espero que se entiendan.

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Sobre este blog

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Miquel Silvestre

El viajero y escritor Miquel Silvestre comienza una expedición por los cinco continentes tras las huellas de los exploradores españoles más desconocidos. Nuestro pasado está lleno de quijotes que buscaban más allá del horizonte aún a riesgo de morir incomprendidos u olvidados.

Todavía es posible la exploración. El motorista solitario aparece hoy como el descendiente de aquellos intrépidos viajeros de corta impedimenta y mirada larga. Podría moverse de un modo más confortable, pero elige sufrir porque tragando polvo, viento y arena se torna nómada, explorador, parte del paisaje y de la historia que narra

Con el apoyo de BMW Motorrad España, Miquel recorrerá el mundo a lomos de 'Atrevida', una BMW R1200 GS 30 aniversario, bautizada así en honor a la goleta de la Expedición Malaespina.

Aquí podréis seguir sus aventuras por desiertos, selvas y estepas.

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