08 Jul 2008

TECNOLOGIA ANTIVIOLENCIA

Escrito por: vegalonso el 08 Jul 2008 - URL Permanente

El verano del año dos mil treinta y uno se había presentado caluroso en la península Ibérica. La elevada temperatura de la habitación había dificultado a H.S.? dormir apaciblemente la siesta, actividad que no perdonaba nunca a sus cincuenta y seis años. Pero además de la molestia térmica tuvo dificultades para conciliar el sueño por otro motivo, decidir cómo resolver el problema que en ese momento le estaba amargando la vida. Es posible que la calorina estival le indujera a solucionarlo por el salvaje procedimiento que se le acababa de ocurrir.

Una semana antes había sido conducido por la policía al “Juzgado Antiviolencia” de su ciudad donde, tras prestar declaración, tuvo que someterse a un reconocimiento médico que concluyó con una sesión de sedación. El motivo de todo ello era la denuncia presentada por su mujer pidiendo la separación y acusándole de usar con ella la violencia en su relación conyugal. Algo totalmente falso como le había dicho al juez. Él no había practicado violencia alguna con su cónyuge nunca. Sí era cierto que cuando se ponía pesada a veces le arreaba una buena bofetada y que si empezaba a gritar, se le iba la mano y le atizaba algunas más, pero eso era todo. Nunca se quejó de las comidas que le preparaba, del cuidado de su ropa o de cómo tenía el hogar. Bueno..., quizá la sacudiera también si llegaba y no encontraba el almuerzo preparado. O si veía los pantalones mal planchados o algo sucio. Pero era lógico porque él era el amo de casa y había que hacerse respetar y además las mujeres a veces parecen niñas pequeñas y hay que educarlas.

Nada de lo argumentado aceptó el magistrado, que parecía tener información de vecinos y familiares, a la vista de lo que decidió: El traslado provisional de su consorte a un centro de acogida y la prohibición de que él se le acercara. Y ahí estaba el problema. ¿Cómo iba a permitir que se saliese con la suya la prójima esa, si él era un macho de cuerpo entero? Tenía que pagar lo que acababa de hacer.

Dispuesto a concluir cuanto antes, saltó del lecho en busca del cuchillo mas afilado de la cocina, lo ocultó en una bolsa y salió a la calle a hacer justicia. Con decisión enderezó sus pasos hacia el lugar donde había averiguado que se encontraba el centro de acogida. Iba pensando llamarla desde una cabina pidiéndole que accediera a verle pero no precisó hacerlo porque, al divisar la entrada del edificio, descubrió que salía ella acompañada por otra mujer. Avivó la marcha e inició el acercamiento dispuesto a resolverlo enseguida. Le preguntaría si estaba dispuesta a volver con él y si se negaba no dudaría ni un minuto, la acuchillaría. Avanzaba rápido y ganaba terreno con facilidad. Hasta que... pasó lo que pasó.

Cuando se hallaba bastante cerca de su presunta victima las piernas empezaron a comportarse anormalmente y comprobó que no podía reducir distancias. Asombrado, observó que no tenía problemas para moverse hacia atrás ni tampoco para avanzar pero no podía acercarse más a ella. Asaltado por una súbita desesperación y recordando que siempre había sido un buen lanzador de navajas, gritó el nombre de su esposa, alzó la mano y pretendió tirar el cuchillo hacia ella. Cuando la mujer se volvió lo que pudo ver no inspiraba miedo, sino risa. H.S.? tenía la mano levantada enarbolando el arma, pero era incapaz no solo de arrojarla sino ni tan siquiera de moverla. Tan grotesca era su figura que unos chavales se quedaron mirándole y comenzaron a reírse de él. ¡Y no podía cambiar de postura!

La causa de tan extraño comportamiento procedía de la aplicación de las normas que tenían en el séptimo lustro del tercer milenio los países más avanzados. Algo que, por fin, había conseguido controlar en ellos de manera casi perfecta los casos de violencia doméstica, vergonzante lacra padecida en el mundo siglo tras siglo. Por desgracia, el éxito alcanzado no se debía a las campañas de sensibilización, ni a los denodados esfuerzos de policías y juzgados. Solo fue posible lograrlo aceptando como último recurso la T.A, “Tecnología Antiviolencia”, propuesta del informático americano Bill Justice Right. A los gobiernos no les quedó mas opción que legitimar primero y legislar después su uso. La técnica era sencilla.

A los acusados de violencia doméstica, sí se comprobaba su peligrosidad, se les abría una ficha especial en la que al lado del nombre genérico, “Homo sapiens”, se ponía una interrogación para destacar la duda evidente acerca de esa sapiencia y se les introducía mediante una rápida intervención quirúrgica un chip específico y personal en el cerebro. Si se acercaban demasiado a la posible victima, un ordenador de control remoto enviaba una orden al chip y el individuo no podía aproximarse a más de medio hectómetro de ella. Y si pretendían realizar algún tipo de movimiento violento, les paralizaba totalmente las extremidades superiores e inferiores.

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Sobre este blog

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Historias del tercer milenio

Modesto Vega, el autor de este blog, fue profesor de Física durante cuatro décadas y reflexionó por obligación acerca de como enseñar mejor su materia. Y también reflexionó, como espectador curioso, sobre los comportamientos humanos. Aunque ya está jubilado sigue haciendo más o menos lo mismo. Y sus cavilaciones acerca de las conductas del “homo sapiens” le sugieren historias como las recogidas en estas páginas. En la primera de ellas, que lleva el título del blog, se bosqueja por donde van a discurrir esas narraciones. Por eso el autor se permite sugerir que se lea antes de acceder a cualquiera de las otras que irán apareciendo.

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