20 Ene 2011

El regreso de Gerry Conlon

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 20 Ene 2011 - URL Permanente

los cuatro de Guildford
Yo no sé si el joven que fue detenido el pasado domingo como supuesto agresor del consejero de Cultura en Murcia habrá visto la película En el nombre del padre. Desconozco si conocerá la historia de ‘Los cuatro de Guildford’ o la de ‘Los siete de Maguire’. Lo que sí se sabe hoy es que está libre (aún con cargos) y que, en su caso y por fortuna, no tendrá que arrostrar una condena injusta. En 1975, cuatro jóvenes de ascendencia irlandesa fueron condenados por la colocación de una bomba en un local público. Se llamaban Paul Hill, Gerry Conlon, Patrick Armstrong y Carole Richardson. Todos eran veinteañeros. El atentado, que se produjo en octubre de 1974, se lo atribuyó el IRA provisional. En el pub ‘Horse and Groom’ de Guildford murieron cinco personas y 75 más resultaron heridas.

En 1976, siete personas fueron condenadas como responsables del manejo de una fábrica de armas para el grupo terrorista norirlandés: fueron Anne Maguire, de 40 años, sentenciada a 14 años; su marido Patrick Maguire, de 42 años, sentenciado a 14 años; sus hijos Patrick, de 14 años, sentenciado a 4 años y Vincent, de 17 años, sentenciado a 5 años; William Smyth, hermano de Anne Maguire, de 37 años, sentenciado a 12 años; Patrick O’Neill, amigo de la familia, de 35 años, sentenciado a 12 años y Patrick ‘Giuseppe’ Conlon, cuñado de Anne Maguire, de 52 años, sentenciado a 12 años de prisión. Éste último, detenido cuando viajaba de Belfast a Londres para ayudar a su hijo, Gerry Conlon, uno de ‘Los cuatro de Guildford’, moriría en la cárcel en 1980 debido a sus problemas respiratorios. En ambos casos se demostraría que las condenas fueron injustas y que el proceso, en su instrucción, estuvo plagado de multitud de irregularidades. La película de Jim Sheridan se basa en estas historias interconectadas, las cuales desembocaron en dos de los más monumentales errores de la justicia británica contemporánea. Magistralmente, el actor Daniel Day Lewis interpretó a Gerry Conlon y el recientemente desaparecido Pete Postlethwaite a ‘Guiseppe’ Conlon.

No sería hasta 2005 cuando el Gobierno de Gran Bretaña pidiera perdón públicamente a ‘Los cuatro de Guildford’, quienes soportaron tres lustros de cárcel. Fue su primer ministro, Tony Blair, el que en la Cámara de los Comunes y a través de la televisión lamentó “semejante experiencia e injusticia”. Lo de Murcia no ha llegado tan lejos. Ochenta horas ha estado retenido un hombre bajo la sospecha de que podría haber sido corresponsable de una brutal agresión. Al parecer, se le identificó por parte del agredido, a través de una serie de fotografías que le mostró la policía. Y eso bastó para una precipitada detención. A partir de entonces, su fusilamiento mediático fue inexorable. Mas cuando pasadas las 72 horas pertinentes la jueza convocó una rueda de reconocimiento, no se pudo asegurar con certeza que ése fuera el agresor. A su salida del juzgado, y cuando lo que ansiaba era abrazar a los suyos y darse una reconfortante e higiénica ducha, el todavía sospechoso dijo que no guardaba rencor y que no fue maltratado en todo este tiempo. Lo que sí es más que seguro es que nadie hará aquí lo que hizo en su día, aunque algo tarde, todo un premier británico con ‘Los cuatro de Gildford’: pedir perdón a quien merecería quedar completamente y públicamente exonerado por tan mayúsculo error . Me temo que eso no lo verán nuestros ojos.

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02 Nov 2010

La vigencia de Balzac

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 02 Nov 2010 - URL Permanente

balzac_story1

En su Monografía de la prensa parisina (1843), Honoré de Balzac traza una radiografía de la profesión que bien pudiera prevalecer en nuestros días. Casi por casualidad, una reedición de esa obra –se asegura que traducida por vez primera al español– llegó a mis manos. Me he divertido sobremanera con su lectura. Los axiomas que en ella se contienen carecen de desperdicio. He aquí el primero de ellos: “Se matará a la prensa como se mata a un pueblo: dándole la libertad”.

Se refiere el autor al que denomina publicista, y dice de él que “esa denominación antaño atribuida a grandes escritores, se ha convertido hoy en la de todos esos escritorzuelos que se ‘dedican’ a la política”. Mientras leía a Balzac, me venía a la cabeza la imagen de cierta periodista española que, como otros muchos en su profesión, llevan a gala una emergente vertiente laboral: la de los tertulianos. Ocurrió ayer. Y pasó que la oí a primera hora en un programa radiofónico; a media mañana, la vi en una televisión autonómica y, ya por la noche, en otra de las cadenas televisivas que ahora proliferan. Desconozco si por la tarde, tras la comida, la colega asistió a otra tertulia radiotelevisada, circunstancia que no descarto, o bien optó por echar una pertinente siesta.

La eclosión de televisiones en formato TDT ha provocado una catarata de contertulios que, a toda hora, han de estar prestos y dispuestos e, incluso, saber casi de todo. Este curioso subgénero ha derivado en programas de éxito evidente donde el deporte más preciado es deslomar al que más manda. ‘Leña al mono, mientras el cuerpo aguante’, parece ser su lema. La crítica más acerba, a veces rayana en el insulto, se instala en sus tendidos. En algunos, que no en todos, por supuesto.

Balzac, en la década de los años treinta del siglo XIX, ya advertía que “hoy en día, la crítica no sirve más que para una sola cosa: para dar de comer al crítico”. Eso, y no otro menester, es lo que ocurre con nuestros tertulianos contemporáneos. En función de la tarifa al uso, obtienen interesantes réditos por hablar y opinar a mansalva. El escritor francés hablaba entonces de tres tipos de joven crítico rubito: el negador, el farsante y el adulador. Imagino que en aquellos tiempos con la mirada puesta en el mundillo literario, si bien esos tres personajes podrían trasplantarse hoy al mundo de la tertulia española radiotelevisada.

Como no es cuestión de generalizar, y cierto es que en esos espacios se hallan, a veces, excepciones intelectuales que confirman la regla, habrá que convenir que son otros los que hablan por hablar y opinan, en ocasiones, sin demasiado fuste. Mas no importa. Hay otro axioma de uno de los padres de la novela realista que les viene que ni al pelo: “Menos ideas se tienen, más arriba se llega”. Aplicado no sólo a periodistas, claro. También, permítaseme, a cuantos políticos juegan con no exhibir, casi nunca, una suerte de agenda oculta que guardan con inusitado celo.

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16 Sep 2010

Zátopek, un atleta de Estado

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 16 Sep 2010 - URL Permanente

Zatopek_Lasarte_1958_01
El escritor francés Jean Echenoz ha escrito una apasionada biografía novelada sobre el enorme atleta checo Emil Zátopek (Correr, Ed. Anagrama). En mi adolescencia, cuando disputaba carreras atléticas y soñaba con emularle, conocí en parte su historia. Zátopek era un corredor especialista en pruebas de fondo que había saltado al palmarés internacional merced a sus brillantes resultados en los Juegos Olímpicos de Londres (1948) y, sobre todo, en Helsinki (1952). Tras obtener con inusitada superioridad sus medallas y trofeos, a Emil le apodaron decididamente la locomotora humana. Y no sin motivos.

Zátopek corría carente de un estilo definido; yo más bien diría que lo hacía casi de forma ortopédica. Comenzó a hacerlo mientras trabajaba de aprendiz en una fábrica de zapatos, “Bata de Zlin,a cien kilómetros al sur de Ostrava”, en plena ocupación nazi de su país. En la empresa organizaron una carrera y él, con sólo 18 años, quedó segundo a pesar de que no quería participar, por lo que tuvieron que obligarle. Pero, evidentemente, ese no era su lugar. Ni en lo laboral ni en lo deportivo. Luego se hizo militar, alcanzando el grado de coronel, quizá más por su resonancia en el mundo del atletismo que por sus dotes en la táctica de la milicia. A partir de ahí se inició su leyenda, especialmente en las pruebas de 5.000 y 10.000 metros. Era casi imbatible. También probó en la de maratón. Y ganó los tres oros en Helsinki, en una gesta olímpica aún no igualada por nadie. Se casó con una lanzadora de jabalina que había nacido, casualmente, el mismo día que él. Se llamaba Dana Ingrova. Zátopek se retiró compitiendo en nuestro país: fue en el cross de Lasarte, en Guipúzcoa, allá por el año 1958 [la foto de arriba, con su cara desencajada, encabezando el grupo, pertenece a ese día].

A lo largo de todos esos años, su país y por ende el mundo controlado por los tentáculos de la extinta URSS, se sirvieron de él como ejemplo de deportista nacido y cultivado bajo tan férreo sistema. Pero una señalada determinación personal que adoptaría una década después, cavaría su propia fosa. Sus convicciones políticas le llevaron a prestar aliento a la Primavera de Praga. Se unió a Alexander Dubcek y ése fue su final. Tan arriesgada apuesta le llevó a ser un proscrito, a pasar al ostracismo y casi al olvido. Lo desterraron a trabajar en unas minas de uranio y luego lo reclutaron como barrendero, relatándose que mientras limpiaba escoba en mano las calles de su ciudad, las gentes lo reconocían y le aplaudían. Otros, quizá los más firmes partidarios de la ortodoxia pro-soviética, sonreían al verle en tales menesteres.

Mas no sería esa la única vez en la que Zátopek provocara hilaridad. Se cuenta que cuando en 1946, tras la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas aliadas organizaron un campeonato atlético en el Berlín liberado, él fue el único representante de su país. Desfiló en solitario tras la bandera checoslovaca, en pantalón corto y embutido en un chándal desteñido. Aquello provocó la risa generalizada en el estadio, que se tornó en aplausos cuando cruzó la meta victorioso en la prueba de 5.000 metros.

Sobre Zátopek existe escasa bibliografía. Es por lo que Echenoz asegura que, al objeto de documentar su novela biográfica, tuvo que leerse unos 4.000 ejemplares del diario L’Equipe, su sección de atletismo comprendida entre los años 1946 y 1957. El autor comienza relatando la historia de Emil, y sólo hasta alcanzar casi el centenar de páginas no aparecerá el apellido legendario.

Los últimos años de la vida de Zátopek no fueron los felices que él hubiera querido. En 1975, para ser rehabilitado, se le instó a firmar una carta vergonzante en la que se regocijaba de la muerte de un enemigo del régimen comunista. El precio que pagaría por aquel gesto resultaría incalculable. Y moriría decrépito, en la modestia, en Praga, a los 78 años, un día otoñal del noviembre de 2000.

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06 Jul 2010

Lanzarote en la picota

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 06 Jul 2010 - URL Permanente

Si el genio de César Manrique levantara la cabeza y viera lo que están haciendo con su isla, seguro que la emprendería a latigazos con los especuladores del ladrillo como Jesucristo lo hizo con los mercaderes del templo.

Los amigos del ‘Financial Times’ se han despachado con un reportaje que pone en cuestión que Lanzarote pueda seguir siendo Reserva de la Biosfera. En 1993, la isla recibió esa consideración por parte de la Unesco, lo que la acredita como uno de los exclusivos 26 rincones españoles (450 hay en todo el mundo). En Lanzarote, al menos hasta ahora, la relación entre los humanos y la naturaleza alcanzaba un equilibrio envidiable. Y ser considerada Reserva de la Biosfera abrió las puertas a las fuentes de financiación para consolidarse y desarrollarse.

El diario británico cita fuentes de la Unesco disconformes con el rumbo que ha adoptado el turismo lanzaroteño. Turismo sí, pero no de masas sino compatible con el medio ambiente, vienen a decir. En el mismo reportaje se recuerda que hasta una treintena de políticos de la isla se han visto implicados en casos de corrupción urbanística.

César Manrique se dejó la vida buscando la armonía entre el arte y la naturaleza. Fue de una manera estúpida, en un accidente de tráfico en Teguise, un año antes de que la Unesco designara a Lanzarote como reserva. Él, que tanto hizo por preservar aquel oasis, no pudo saborear el premio a un trabajo bien hecho.

Conocí la isla hace casi una década. Me pareció una especie de edén en un mundo baqueteado por los desmanes del urbanismo sin sentido. Si ahora cayera del pedestal al que tanto ayudó a subirla el artista de Arrecife, sería un fracaso estrepitoso. Rezaré para que no ocurra eso. Y recordaré a Manrique cuando expresaba aquello en lo que creía: en crear con absoluta libertad, sin miedos y sin recetas, lo que conforta el alma y abre un camino a la alegría de vivir.


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17 May 2010

El buen samaritano

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 17 May 2010 - URL Permanente


Ahora, cuando el equipo de fútbol de su pueblo, el centenario Águilas C. F., da sus últimos coletazos, Alfonso Escámez López se ha muerto a los 94 años de edad. Nació con el año, el de 1916, en ese idílico rincón de la costa murciana. Yo tuve ocasión de conocer al banquero de envidiable currículum, el que recorrió todo el escalafón desde abajo para llegar a la cúpula, en su domicilio aguileño. Fue durante un verano, a mediados de la década de los ochenta, en el que se disputó en el Campo del Rubial un trofeo futbolístico que llevaba su nombre. Jugaban el Real Murcia y el Águilas. Los periodistas que acudimos a cubrir aquel partido nos apostamos en la tribuna principal del campo, en la que recuerdo a un Escámez exultante presidiendo con las autoridades locales, y unos asientos tras de mí al locutor de deportes de los telediarios de mi niñez, Miguel Ors.

Al concluir el partido, el presidente del Banco Central tuvo a bien invitar a los directivos del Real Murcia y a la prensa a cenar en su casa aguileña. Fuimos hasta allí y recuerdo que llegué de los primeros. Nos abrieron la verja unos guardias de seguridad quienes, tras franquearnos la entrada, nos condujeron hasta el interior del chalet. Allí había dos amables señoras, muy solícitas, que nos preguntaron qué queríamos tomar. Y nos atendieron ellas mismas. Pensé, en ese momento, que pertenecerían al servicio. Mas no era así. Luego alguien me aclararía que eran la esposa de Escámez, Aure, y su cuñada y esposa de su hermano Antonio, el director general del Central. Dos señoras, me dije, a las que no se les caían los anillos por ejercer de anfitrionas con unos jovenzuelos periodistas.

Alfonso Escámez nos atendió de maravilla aquella noche en su residencia veraniega. La cena fría en el jardín resultó exquisita, no tanto por lo servido –que estaba delicioso– como por el ambiente que se respiraba. No me dio la sensación de estar en la casa de uno de los hombres más importantes del país, en la de quien pocos años después sería condecorado por el Rey con un marquesado. Todo era normalidad y amabilidad aquella noche.

He recordado ahora esa velada, tras saber de su muerte. La de alguien que, basta con visitar Águilas, hizo mucho por su pueblo y sus paisanos. Aunque es posible que, como vislumbrara una vez la ex primera ministra británica Margaret Thatcher, nadie se acordaría hoy del buen samaritano si además de buenas intenciones no hubiera tenido dinero.

Weblog de Manuel Segura

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22 Feb 2010

46664: inteligencia vs. fuerza

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 22 Feb 2010 - URL Permanente

En Invictus, la película basada en la novela de John Carlin titulada The Human Factor: Nelson Mandela and the Game That Changed the World, un personaje especifica la diferencia entre el fútbol y el rugby con este particular axioma: el fútbol es un deporte de caballeros jugado por hooligans, mientras el rugby es el deporte de los hooligans jugado por caballeros.

Aquella final de la Copa del Mundo de Rugby, en 1995, disputada en la Sudáfrica recién liberada del apartheid, fue algo más que un partido. No ya por el resultado, favorable a los locales frente a la poderosa Nueva Zelanda, o por el preciso relato que de ella hace en su obra el escritor inglés, sino por las circunstancias que rodearon el evento. La primera, la vuelta a la competición internacional de un país lastrado por una miserable clasificación de los seres humanos entre aptos y no aptos por mera cuestión de raza.

Nelson Mandela había alcanzado la presidencia en 1994, tras permanecer más de 27 años encarcelado con un número cosido a su alma: 46664. Lo suyo fue el premio a la constancia y a la exaltación de la no violencia. No podríamos decir lo mismo de alguno de sus correligionarios. Cuando pudo pasar factura por lo pasado, demostró que la inteligencia es siempre más poderosa que la fuerza. Si algo había de simbólico para los blancos, hasta entonces dominantes, eran un equipo y unos colores: los Springboks, que es como aún se conoce al seleccionado nacional de rugby. Y por eso no dudó en explotar aquella mina, sabedor de que con ello uniría conciencias hasta entonces divididas de forma y manera ancestral. No seamos como ellos, les vino a decir a los suyos. ¿De qué hubiera servido pasar más de un cuarto de siglo en sus mazmorras, para ahora devolverles la moneda?

A veces los símbolos son más perecederos que cualquier otro tipo de referentes. En la Sudáfrica del apartheid, los blancos adoraban el rugby, una disciplina que los negros detestaban aferrándose al fútbol. En aquel campeonato, tanto Mandela como François Piennar, el rubio capitán del combinado de elástica verde y dorada, dieron una lección al mundo. Incluso cuando en el quince sudafricano todos los jugadores eran blancos, salvo uno, al entrar el primer presidente negro en la historia de tan genuino país al abarrotado estadio, un público enardecido –y blanco mayoritariamente– le aclamase al verle, sorprendido, enfundado en la camiseta de sus Springboks.

Y sí, no hay duda: Mandela hizo política con el deporte, lo utilizó en beneficio de una nación, claro que lo hizo. La pena es que no siempre éste se utilice como lo hizo él, con el sano objetivo de conseguir una impensable comunión entre quienes, apenas meses atrás, se declaraban enemigos irreconciliables hasta la muerte por las calles de esa tierra tan maleada por el que una vez se dio en llamar ser humano.

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12 Ene 2010

Centenario Gaya

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 12 Ene 2010 - URL Permanente

El Ramón Gaya que yo conocí, en los estertores de su existencia, era un hombre octogenario al que le costaba hablar. Ni siquiera para enervarse ante un interrogatorio machacón y reiterativo al que lo sometía de mañana un colega informador, en el despacho del rector de la Universidad de Murcia. Aquel día, lo recuerdo, Gaya había donado un cuadro a la institución académica y yo acudí al acto para cubrir la noticia. En el rectorado, su titular entonces, mi amigo José Ballesta, preguntaba al artista si creía que a la altura a la que habían colgado el cuadro, éste se vería bien. Con un hilillo de voz casi imperceptible, Gaya asintió como ausente. Creo que fue esa la última vez que lo vi. Hubo otras, pero no tengo un recuerdo tan nítido como el de aquella mañana en el edificio de la Convalecencia.

Este 2010 se celebra el centenario de su nacimiento. Sospecho escasez de actos y pomposidad, a tenor de la crisis que nos corroe. Es una pena. Gaya se hubiera merecido más, mucho más. Admirador de Velázquez, coetáneo de Machado, Cernuda, Bergamín o Zambrano, el artista fue eso, artista en la más amplia acepción del término, y no sólo pintor. En París se decepcionó con las vanguardias y por eso escogió al Prado como su museo. Allí colgaban Tiziano, Rembrandt, Rubens… y Velázquez, siempre Velázquez. La guerra cruenta lo llevaría a un desolador campo de refugiados en Francia. De allí, la vida le transportaría a México, y luego a Roma. En la década de los años 60 del siglo pasado, los retornos a su patria se fueron haciendo más frecuentes: Barcelona y Valencia fueron sus puertos iniciáticos de aquella España distinta. En los 80 se instaló en Madrid, desde donde volaba cual pájaro solitario hasta París, Roma o su Murcia natal. En la década posterior se inauguraría aquí el museo que lleva su nombre. Obtuvo después varios reconocimientos nacionales e internacionales, que acrisolaron su probado prestigio.

Aquel día que refería al principio, cuando entregó aquel cuadro a la Universidad, en un acto del que yo informé en Radio Nacional de España, noté que Gaya se apagaba. Llegué a la redacción y le dije a un responsable: “Pasa al archivo estas declaraciones de Ramón Gaya. Quizá sean de las últimas que haga. Le he visto como en retirada”. Por fortuna, me equivoqué. Aún pasarían meses para que el artista pusiera el punto y final a su testimonio vital. Fue en Valencia, a mediados de octubre de 2005. Apenas cinco días antes de la fecha de su óbito, y si hoy viviera, en este 2010 cumpliría 100 años. Pero dudo de que él hubiera querido llegar nadando hasta esa procelosa bahía.

“No es el amor quien muere, Luis Cernuda,
somos nosotros mismos. En un canto
te lo he visto decir con el espanto
de tener la certeza y no la duda [...]”
, escribió a su entrañable amigo en el lejano y crudo año de 1939.

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14 Dic 2009

El 'tartagliazo'

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 14 Dic 2009 - URL Permanente

Cuando andamos por la calle y alguien que nos antecede tropieza, solemos esbozar una sonrisa. Me refiero, por regla general. Que alguien se trastabille, produce escarnio por sistema.

Ayer, es posible que muchos que se muestran contrarios a las guerras –ya sea la de Irak o la de Afganistán, por citar ejemplos recientes– sonrieran al ver el rostro descompuesto del primer ministro italiano, tras ser agredido de forma bárbara por un demente en la milanesa plaza del Duomo. Qué bueno, se pensarán. Que alguien le pare los pies, por fin, rompiéndole la cara a Il Cavaliere. Qué machada. Tanta, que en una conocida red social el agresor ya tiene club de fans propio, y que ya va por los 42.000 tartaglias.

Si nunca se justifica la violencia, tampoco en acciones como ésta. Silvio Berlusconi es un dirigente político elegido democráticamente, aunque a muchos no nos guste su forma de proceder. Ver ayer en todas las televisiones su cara lastimada evidencia que los ricos y los poderosos también sangran, y que manan un líquido que es rojo, como el de cualquier mortal. El tartagliazo le ha reportado eso a Berlusconi, así como la rotura de dos dientes, un labio partido y el tabique nasal destrozado. El móvil usado al efecto, una contundente estatuilla de la catedral milanesa. Es la misma estampa que muchos hubieran anhelado ver cuando un periodista iraquí lanzó hace meses un zapato a George W. Bush, artefacto que, por un acto reflejo, no le impactó finalmente en la cara.

Se ha sabido que la policía, que detuvo a Massimo Tartaglia, de 42 años, tras el incidente de este domingo en Milán, le halló un crucifijo en un bolsillo de su chaqueta. Será, quizás, que pensara que su penitencia pasaba por ajusticiar al que muchos consideran la encarnación de todos los males en la Italia de hoy.

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12 Nov 2009

Piedras en el tejado

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 12 Nov 2009 - URL Permanente

Una Navidad sin lotería sería algo así como si en esas fechas tan señaladas nos privasen del turrón, del cava o de la sidra. Es evidente que el soniquete de los niños del Colegio de San Ildefonso, en el sorteo del 22 de diciembre, permanecerá por siempre en nuestros oídos, cada vez que el tema salga a colación.

La lotería, como la fregona o el chupa-chups, es un genuino invento español. Y resulta que a los naturales de la piel de toro, siempre les privó el juego. Aquí, toda suerte de tentativas al azar tiene su parroquia. Ocurría, incluso, cuando jugar a determinadas cosas estaba prohibido, y las timbas se montaban en habitáculos cerrados, con café, destilados y mucho humo, como pasaba en el angosto casino de mi pueblo.

Hoy, los regentes de las aproximadamente 4.000 administraciones de lotería con que cuenta nuestro país están en pie de guerra. Les han nombrado la bicha y todo ha sido como en Fuenteovejuna: todos a una. Mediante dos disposiciones adicionales que figuran en los Presupuestos Generales del Estado para 2010 se intuye que la privatización del sector no está muy lejos. Aseguran que de ahí a que podamos comprar décimos y billetes en supermercados o gasolineras, sólo habría un paso.

Las autoridades reconocen que España vende nueve veces más lotería que países de su entorno como el Reino Unido o Francia, donde ese juego sí que se enmarca en la iniciativa privada. Más de 12.000 personas hallan empleo en la lotería nacional, un sector que genera 2.900 euros anuales que se embolsa el papá Estado. Y, con todas esas cifras encima de la mesa y la actual coyuntura económica, ustedes me dirán si a uno no le cuesta creer que éste pretenda desprenderse de tan lucrativa gallina de los huevos de oro. Soltaron al calvo que nos anunciaba en la tele el sorteo extraordinario de Navidad, pero me temo que a la gallina, lo que se dice a la gallina, no la suelten ni para hacerse un caldito.

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23 Oct 2009

¿Qué hay de lo mío?

Escrito por: Manuel Segura Verdú el 23 Oct 2009 - URL Permanente

Se desesperaba anoche en el Cuéntame el inefable Antonio Alcántara por causa del qué hay de lo mío. El personaje al que da vida el actor Imanol Arias había bregado con la UCD en los preparativos de las primeras elecciones democráticas, en 1977, y se hallaba en situación de disponible. Mucho le habían prometido en los días previos a aquel mítico 15-J, pero lo cierto es que pasaba el tiempo y, de lo dicho, nada. El hombre estaba en un sinvivir continuo, pegado al teléfono, pues ya se sabe que en aquel entonces los móviles eran artilugios cuasi impensables.

Sirva el ejemplo de la premiada serie de TVE para corroborar la ingratitud con la que, en muchas ocasiones, los partidos premian a su fiel militancia. Recuerdo, por ejemplo, cuando en 1996 el PP llegó al poder en nuestro país, obviando a muchos de los que se dejaron la piel en el camino. Semanas antes del triunfo de José María Aznar, el escritor Manuel Vicent publicó un premonitorio artículo en un diario, que tituló Los girasoles, y del que conservo el recorte por algún sitio. Venía a hablar de los arribistas, de los que se subirían sin empacho alguno al carro del ganador, dejando claro que ellos siempre se sintieron en sintonía plena con las huestes populares.

Pasó entonces y seguirá pasando mientras la política siga siendo, como dijo Bossuet, un acto de equilibrio entre la gente que quiere entrar y aquellos que no quieren salir. Luego vinieron otros, los socialistas, que a buen seguro también dejaron fieles en la cuneta. Conozco a muchos, de uno y otro signo ideológico. En la mayor parte de los casos son la militancia pura, los que sí tienen ideología y no se avergüenzan por ello. Son los primeros aun hoy si se les llama para completar sobres en las sedes, pegar carteles por la calle o montar el local para el mitin de turno. En el fondo son gente poderosa sin haberlo ambicionado; y lo son porque, al fin y al cabo y como dejó dicho el sabio, son dueños de sí mismos.

[http://manuelsegura.wordpress.com/]

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