23 Abr 2008

EDIFICANDO DESDE EL SER

Escrito por: navarrovalero-patrocinio el 23 Abr 2008 - URL Permanente

SER


Aquello que llamamos SER, se manifiesta en ACTO. No es posible concebir al Ser si no es a través del actuar,- aunque sea una acción sin movimiento, como se experimenta en meditación- pues Ser y actuar es uno e indivisible.¿ Y el no ser? ...¿Es posible? Si el acto define al ser, el no-acto podría definir al No-ser, de modo que la Nada sería lo que expresa el no-acto: el no-ser. Pero no cabe una definición de la Nada, puesto que no puede definirse aquello que no es. Sólo el Ser es y lo ocupa todo sin resquicio alguno, sin cabida posible a conceptos como el de “Nada”, pues el Ser es Totalidad, el Todo absoluto.

Si concebimos el Ser como esencia, podemos comprender el acto como aquello que se manifiesta en el vehículo del Ser, y que llamamos Sustancia. Ahora bien, ¿cuál es la naturaleza de la Sustancia? La naturaleza de la sustancia es energía pura en diversos grados de vibración, organización y gradación, desde lo más sutil a lo más grosero, donde el Ser manifiesta Su esencia en el Universo y también en el alma humana en la medida que la vibración y organización de la energía propia del alma (más o menos purificada) permite esa manifestación de un modo más o menos perceptible por aquel que podría llamarse ”el observador que observa y se auto-observa”. La Inteligencia Organizadora del Ser, es uno de los rostros del Ser que se contemplan en el proceso por el cual Lo que Es, (independientemente de cómo se le llama) es conocido, desde la materia más sutil del éter, a la roca; desde la experiencia de la Iluminación hasta el sentimiento más profundamente egocéntrico. Cada uno de nosotros, como microcosmos, poseemos la Esencia, la componemos, vivimos en ella y por ella y como parte del Ser, partiendo de Su energía, nos hemos ido definiendo espiritualmente desde nuestro principio más remoto a través de pensamientos, sentimientos, sensaciones, palabras y actos. Nuestros actos nos definen, pues así como el actuar define al Ser, también define al pequeño ser, al ego personal. Nos conocemos por nuestros frutos. “Por sus frutos los conoceréis”, dijo Jesús.

Mas la perfección de nuestros actos debe medirse por el grado de implicación armónica con todo lo existente; debe medirse por el grado de perfección que uno concibe en el Ser que uno mismo Es, y al que cada uno pertenecemos individualmente. Pero en este proceso interviene la mente, la cual está en permanente actuación. Cuando la mente individual es consciente de su pertenencia a la Conciencia Universal, actúa naturalmente en íntima unión con esa Su conciencia, a no ser que se halle bajo la presión de algún defecto del ego convertido en programa del inconsciente, la cual le apartaría de la unidad profunda con el Si Mismo (el Espíritu eterno en nosotros, el corazón de nuestra alma), y por tanto le arrastraría al mundo de lo ilusorio, de lo ficticio, de lo externo y superficial, y de la ignorancia, alejándose temporalmente de la realidad de las cosas, sumiendo al individuo en esa especial oscuridad que es ausencia de Sabiduría y ciega creación de energías que habrán de volverse finalmente contra él y actuarán contra su propio proceso evolutivo, en lo que se conoce como ”leyes kármicas”.

Una vez superada la ignorancia de la mente, y corregidas nuestras actuaciones erróneas, a través de una o de diversas existencias, se manifiesta la sabiduría del Ser en cada uno. Y en ese proceso inevitable de expansión de la Conciencia, se van cubriendo etapas, independientemente del número de existencias físicas que los seres humanos necesitemos para cumplir el objetivo de la perfección de la conciencia, que se manifiesta como equilibrio. Equilibrio entre nuestros componentes físicos, mentales, emocionales y espirituales; equilibrio que es amor, armonía y unidad de la conciencia con Dios. Entonces habremos llegado conscientemente al corazón del Ser. Este es el final del proceso como seres cósmicos que somos. Este el objeto real de la existencia personal.

La educación debería orientarse en el sentido de crear las bases físicas, intelectuales y espirituales mínimas para que alguna vez pudieran conocerse, sentirse y sobre todo, practicarse estas verdades que conducen a la auténtica felicidad y plenitud de ser respetando, sí, la libertad de cada uno para marcarse sus necesidades y sus ritmos, pero asegurándonos de que posea los necesarios cimientos para establecer sobre ellos el edificio de su personalidad verdadera, que es trascendente.

AMAR

El amor es la ley del Universo. Dios es el amor y la misericordia infinitas.

El amor es como un sonido: tiene una cierta vibración. Se percibe sutilmente en las personas que aman, lo mismo que se percibe el desamor en las personas que no aman. En este punto, todos sabemos que el Cosmos es una vibración continua, y nosotros vibramos en él con la frecuencia personal que resulta de la armonía interna o desarmonía internas.. La armonía propia sintoniza fácilmente con la armonía universal y con la de cada uno de nuestros semejantes en particular. De este modo, es posible acceder a través del amor como suprema manifestación de armonía, y fruto y fuente de la misma (simultáneamente) a la comunicación profunda con la Conciencia Universal desde los planos superiores de la propia conciencia liberada. A través de la práctica meditativa y de la oración, realizadas correcta, altruistamente y sin fanatismo ni sujeción a la letra ni a las formas, se llega a una comunicación profunda con los planos superiores de la conciencia, donde existe el conocer más allá del saber. En caso contrario, privados de la energía necesaria capaz de establecer armonía entre nuestros diversos componentes, ¿qué sucede? Tan sólo el conflicto entre mente, cuerpo, espíritu; el forcejeo entre aquello que somos y aquello con lo que nos identificamos, o entre lo que somos y nos gustaría ser, etc. y que se traduce finalmente en desazón interna, en falta de paz, en enfermedad de cualquier tipo en cualquiera de los planos con las inmediatas repercusiones en los planos inferiores. Si enfermamos físicamente es a causa de que nuestros pensamientos primero y nuestras actuaciones después han sido contrarios a las leyes del Cosmos, que son las leyes del amor universal, en algún momento, incluso en otra existencia. El cuerpo humano es un cuerpo de pensamientos. La enfermedad es siempre hija del conflicto y a la vez un movimiento del alma hacia la salud. Nuestras enfermedades nos definen. En ellas podemos encontrarnos con rostros de nosotros mismos que ignorábamos, y aprender a evitar en lo sucesivo lo que nos condujo a ese estado... Verdaderamente, sólo un ser realizado puede amar sin conflicto y sin enfermedad, plenamente.

Sólo aquel que permanece en la total quietud interior, centrado, sin dejarse arrastrar por las pasiones del ego, puede amar tan naturalmente como respira. No es algo intelectual; no se trata de una filosofía especial. Aquel que permanece despierto en su interior no necesita plantearse cuestión alguna acerca del amor: vivir y amar es la misma y única realidad. La relación cotidiana con el mundo del que lo vive desde una óptica superior y desinteresada, es una relación amorosa; y sus actos lo definen como a un árbol lo define su fruto.

¿Enseñamos el arte de amar en las familias y en los centros de enseñanza?¿Preparamos a los niños para liberarse de su egocentrismo inicial?...

¿Superamos nuestro propio egocentrismo como educadores?

A través de las manifestaciones personales del amor; a través de sentimientos como respeto, amistad, compasión, belleza, pacifismo,( y semejantes) y profundizando en ellos, podemos ir vivenciando que el agua que procede del mismo manantial puede llegar a beberse en distintas fuentes. Confundidos tantas veces por nuestro ego humano, nos olvidamos con mucha frecuencia de la fuente primera de los más altos sentimientos que experimentamos, y tales olvidos acaban por convertirse en nosotros en una especie de laberinto de enredos y dependencias humanas, en conflicto. Sin embargo un sentimiento todopoderoso de amar nos reclama en lo más intimo; queremos amar, deseamos amar, necesitamos amar. Necesitamos que nos amen. Nuestro Yo real necesita todo eso, porque ES TODO ESO, y tiende a manifestarse a través de todos sus vehículos. Nuestro trabajo consiste en poner en orden todos esos vehículos, todas esas energías. A partir de ese orden, el amor brotará naturalmente, sin esfuerzo, sin divisiones: más allá de lo social, más allá de la moral que se predica en los templos. Más allá de lo personal, hacia lo impersonal ; hacia ese salto más allá del ego y sus necesidades de satisfacerse.

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