23 Abr 2008

EL TRIÁNGULO ERRÁTICO

Escrito por: navarrovalero-patrocinio el 23 Abr 2008 - URL Permanente

NI ARISTÓTELES NI ROUSSEAU NI AZAR

“Quien siembra vientos, recoge tempestades” es un viejo refrán que explica con sencillez una importante ley universal: la ley de causa y efecto, o de acción y reacción. Así, todo lo que una persona realiza vuelve a ella positiva o negativamente dependiendo de su contenido real. Esta es la ley universal de siembra y cosecha: sólo se cosecha lo que uno mismo ha sembrado. Lo contrario sería una injusticia divina, y un absurdo lógico también, a no ser que uno asuma voluntariamente parte de la “cosecha” de otro para poderle ayudar. Cristo es el ejemplo visible de este sacrificio. Para liberarnos del progresivo retroceso energético que hubiera concluido en la disolución de nuestra forma espiritual, a través de su acto redentor asumió parte de nuestra mala cosecha o “karma”.

Depende de la bondad de nuestras acciones el vivir en estados de plenitud. Y al contrario: no se puede esperar de la vida lo bueno si actuamos contra las leyes de la vida. Esto es muy sencillo de comprender por los pequeños.

El trabajo del alma superando al intelecto y buscando el contacto con lo divino en ella, es de suma importancia.(De ahí el valor de la meditación y de la oración libre de fórmulas). De modo que la mente intelectual es un instrumento o potencia activa que puede hacer enfermar nuestro cuerpo y arroja sobre nuestra alma las sombras de todos los defectos que practicamos y que nos ocultan la visión espiritual del mundo; defectos que el intelecto sin conciencia pretende ignorar, no reconociéndolos, pasándolos al subconsciente, o desvirtuando su contenido a base de inventar justificaciones para sus conductas. Nos convertimos fácilmente así en ciegos que se dejarán conducir por otros ciegos, y todos somos arrastrados a la rueda de la reencarnación, con su circuito cerrado de nacimientos y muertes tras una estancia preparatoria en el reino de las almas conocido como “planos de purificación”. Y desde estos planos regresa de nuevo el alma para otra oportunidad de evolución en el mundo físico.

El alma recoge las experiencias de cada vida que quedaron grabadas en el consciente y en el inconsciente tras la llamada muerte. Las experiencias positivas y la eliminación de los defectos determinan la progresiva aproximación del alma hasta el Ser divino, hasta que Él se manifieste a su través e irradie por completo Su Presencia desde cada uno de nosotros. Entonces habremos alcanzado la plenitud de la vida: orden, seriedad, paciencia, amor, misericordia, que constituyen, uno tras otro, los pasos de nuestro evolucionar hacia Dios. Nuestra alma habrá sido liberada de las imperfecciones que le trajeron a este mundo, y la mente se hallará iluminada por la verdad. Los místicos orientales llaman “Samadhi” a este estado envidiable de plenitud íntima por la comunicación permanente con lo sagrado. Este es el estado de conciencia superior que preconiza la “Vía Unitiva” en la mística cristiana. A través de sucesivas existencias, y por la energía redentora de Cristo en cada uno, llegaremos todos a este estado de plenitud, incluso encarnados, que nos garantizará una vida armoniosa correspondiente a nuestra vibración energética más allá de las limitaciones inevitables del cuerpo material mientras lo tengamos.

Aristóteles con su idea de la “tábula rasa” en oposición a la idea platoniana de la preexistencia del alma, introdujo en el pensamiento occidental ( y la iglesia católica supo sacar buen partido de ello) la idea de que un sujeto parte de cero cuando inicia su andar por el mundo. El niño es un libro blanco donde hay que escribir todas las páginas desde su nacimiento a su muerte. Nada hay en su conciencia, según él, que no haya sido captado anteriormente a través de los sentidos, idea que el empirismo inglés retomaría más adelante.

Rousseau por su parte, con la defensa del ” buen salvaje,” de que el niño es bueno por naturaleza pero la sociedad lo corrompe, también ha sido muy difundida en occidente para hacernos creer que es posible lo mismo: que el alma que viene a este mundo es un alma virgen, donde el libro de la vida no ha escrito una sola palabra.

Los pensamientos de estos y otros filósofos, basados en la mente ilustrada del erudito que reflexiona sobre los espejismos de la mente, están lejos del conocimiento verdadero del sabio ( que piensa, actúa y vive en armonía interna con las leyes del cosmos), pero aquellos filósofos que ignoran o desprecian estas verdades siguen produciendo mucha confusión y arrojan más ignorancia sobre la ignorancia de las gentes.

Los eruditos con buenas intenciones, educados en el espíritu del liberalismo materialista y humanista se preocupan por el mundo y no pueden explicarse cómo es posible que existan niños que al nacer muestren alguna deficiencia física o mental o nazcan en lugares privilegiados unos mientras los hacen otros en países pobres y en guerra o en familias asediadas por la desgracia, circunstancias unas y otras que no pueden explicarse, según ellos, sin aludir a la “mala suerte” genética, a la casualidad; lo mismo que no puede explicarse la muerte prematura de niños por enfermedades, catástrofes, atentados o guerras. Todo eso parece sujeto al azar, pero hace más de cinco mil años, Hermes Trismegisto, el sabio de los sabios egipcio, en su obra El Kybalion dijo sobre el azar que no es más que el efecto de una causa anterior. Algo que la mecánica cuántica empieza a aceptar actualmente como verdad experimentable.

En el universo, según la moderna física, y también según la mística cristiana originaria, todo está imbricado como causa-efecto. No existe el azar. Todo está en todo, con una conciencia envolvente, y activa según leyes muy precisas cuyo desconocimiento o negación hace presuponer la posibilidad del azar.

Pero si no existe el azar, la casualidad, ¿cómo explicarse un Síndrome de Down, por ejemplo, o que la diferencia psicológica entre hermanos gemelos, sea tan grande? ¿Es casualidad que en una misma familia nazcan niños sanos y otros con defectos congénitos graves? ¿Es un juego de dados genético la existencia y la enfermedad? Si el universo diera cabida en él a esta circunstancia, el universo mismo sería algo caótico, a no ser que se aceptara también que existe una ley sobre el control del azar, la cual también tendría que ser, a su vez, producto de la casualidad...(¡!)y así ¿hasta qué infinito de casualidades y leyes (¿con qué origen?) que las mantuviera en acción.?

¿Es posible concebir un universo tan organizado hasta en lo más elemental, como el que vivimos , que dé cabida en su funcionamiento a algo tan distorsionante y amenazador de la estabilidad y hasta de la propia existencia del conjunto “Universo” como el llamado azar? Parece que no es lógico pensar esto.¿Y cómo es en los seres humanos cuando existen enfermedades, por ejemplo? La única forma de explicación es aplicar a la vida personal la ley universal de causa-efecto. La vida personal es un todo contínuo, independientemente del espacio y el tiempo, pero la estancia en un cuerpo físico es discontínua en el tiempo y en el espacio. A través de cada existencia “ingresamos” en campos genéticos afines que nos permitan encarnar físicamente. Esta afinidad es doble: física y de contenido psíquico. Nuestras almas se parecen a las de nuestros padres en una cierta medida, y por tanto, también nuestros genes. Una vez encarnados, sin embargo, modificamos nuestro campo genético a lo largo de nuestra vida en función de nuestras formas personales de pensar, sentir, hablar, actuar. El componente psico-físico de cada gen al final del proceso de la existencia física (llamado muerte),es el material energético que nos corresponderá “heredar” de nosotros mismos en la siguiente existencia. Entonces volveremos a ingresar en un campo genético energéticamente (léase“familia”) afín al de nuestra anterior existencia, a no ser que hayamos modificado nuestra vibración como energía con nuestras acciones durante nuestra estancia en los planos del “más allá” de lo físico. Así, existencia tras existencia somos nuestros propios herederos genéticos y nos podríamos sorprender del parecido físico y emocional con algunos de nuestros parientes desaparecidos antaño. Perfectamente podríamos ser uno de ellos en una encarnación anterior. Nadie puede esperar después de una vida en que se ha ocupado activamente de ir contra las leyes cósmicas ( perjudicando a su propio cuerpo, haciendo daño al prójimo, etc.) que las leyes cósmicas de la armonía, manifestadas como salud mental o física le vayan a favorecer. Al contrario, lo que graba su alma y queda impreso en su campo genético es desorden, desarmonía, conflictos emocionales, voluntad personal rebelde, inteligencia que no se rinde a la verdad. El alma del que nace viene afectada, pues, por sus vidas anteriores, y por poco que esto se piense se considerará lógico: cuando dejamos el cuerpo nos vamos como almas con la siembra que hayamos hecho y que deberemos cosechar en algún momento, más allá de este mundo o a la vuelta, en una u otra encarnación.

Si Aristóteles o Rousseau hubieran conocido al menos el Kibalyon egipcio o las enseñanzas del Sermón de la Montaña en toda su profundidad no habrían elaborado esas doctrinas que tanto daño hacen y tanto desconcierto producen, pues el hombre es el resultado de sí mismo a través del tiempo y del espacio. Miguel de Unamuno (cristiano heterodoxo, como sabemos) captó el sentido profundo de esto que se afirma aquí cuando escribió : “ Cada uno es hijo de sus obras”. Hijo de sus obras y padre de su destino más allá y más acá de la línea del tiempo. Nacer con una enfermedad congénita, vivir en un país pobre o en guerra, no siendo consecuencia del azar, nos remite a la ley del karma, y no a otra cosa. Sería absurdo suponer que pueda deberse a un castigo divino o a una indiferencia de Dios, pues El no es algo externo y ajeno a nosotros, sino a que los que sufren esta situación no Le dejaron intervenir en sus asuntos ni se sometieron a las leyes divinas cósmicas. ¿Qué puede esperarse sino desequilibrios, desarmonía, dolor? Dios nos hizo perfectos como seres espirituales, y Su perfección vive en cada ser como vida perfecta y plena de la que podemos no tener conciencia ( de ahí el sentido de las vías místicas ).Si en un determinado momento decidimos alejarnos de las leyes de armonía por las que se rige la vida e intentamos establecer variaciones a nuestro antojo, pues el libre albedrío nos lo permite, es natural que nuestra acción conlleve una reacción para restablecer el equilibrio perturbado. Es la ley de causa-efecto, o ley del Karma. Si cada ser del universo introdujera modificaciones a su antojo, según su personal conveniencia, saltándose todas las leyes existentes, el caos estaría servido. Cuando un conductor se salta un semáforo en rojo y tiene un accidente, ¿es culpable el semáforo?...Sin embargo, cuando nos saltamos las leyes naturales y las leyes divinas para imponer la voluntad personal de nuestro ego en nuestras vidas o en las de otros,-ignorando las leyes naturales y espirituales- y sufrimos las consecuencias, tenemos la tendencia a culpar a otros, a nuestra mala suerte o a Dios. El caso es no querer reconocer nuestros errores para cambiar. El semáforo siempre cambiará de color siguiendo pautas fijas de tiempo. Si no aceptamos esas pautas, es seguro que volveremos a tener accidentes cada vez que nos pongamos en marcha estando en verde para los que cruzan en sentido perpendicular a nosotros. ¿Sería culpa de los conductores que cruzan? Este ejemplo tan sencillo tiene más trascendencia de la que parece extrapolado a otros aspectos de nuestras vidas, y es de suma importancia que los educadores tengamos claros estos asuntos que pueden llevar a confusión acerca de nuestra responsabilidad personal en los reveses de la vida , así como a una mala interpretación acerca del comportamiento de Dios hacia sus hijos en desgracia. Dios no es culpable de nuestras acciones, ni responsable de nuestro destino, pues si lo fuese seriamos Sus marionetas; no seriamos libres y de seguro que despotricaríamos entonces contra esa falta de libertad. Como almas, como energía cósmica individualizada, vivificadas por Su Espíritu, somos libre y perfectos por naturaleza. Si nuestro cuerpo está enfermo, si tenemos un defecto físico al nacer, o una enfermedad genética, no es Dios el responsable, sino nosotros, que nos hemos enfermado por nuestros malos pensamientos, palabras, emociones, hábitos alimentarios, etc. O sea: por no respetar las leyes.

Si no sanamos primero el alma cargada de defectos que nos hicieron enfermar, no podremos sanar nuestro cuerpo y estaremos sujetos a la ley de causa y efecto con todas sus consecuencias físicas, espirituales, mentales, geográficas, sociales y de toda índole. Y aunque la medicina nos ayude, volveremos a caer en la enfermedad una y otra vez mientras no cambiamos pautas en nuestro interior, eliminando las causas que las producen. Desde el uso del libre albedrío, cada uno elige sus propios actos y decide su destino. Para una persona que no acepta que las leyes cósmicas están por encima de su ley personal, y se cree en posesión del poder de modificar - hablando metafóricamente- los ritmos de funcionamiento de los semáforos del Cosmos, es natural que le sea muy dificil aceptar la ley del karma, pero, como sucede con la ley de la gravedad, si te arrojas desde un piso alto ya sabes lo que te espera, creas o no creas en ella.

2 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Joaquin Urgel

Joaquin Urgel dijo

De acuerdo. Gracias por tu exposición.

Anónimo

Anónimo dijo

Gracias, Joaquín por su participación.si está interesado en temas relacionados con el cristianismo originario le propongo la siguiente dirección : http://www.Vida-Universal.org
Un saludo cordial.
Patrocinio.

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