Ay, Antoñita, Antoñita, las veces que me acuerdo de lo que decías sobre los Centros de Profesores, eso que los del ramo llamamos CPR o CEP, según la Comunidad Autónoma. Bueno, no es que fuera demasiado original, es lo que piensan muchos de los "docentes", pero tú insistías tanto y lo decías con tanta mala leche que, hija, si oigo o se me viene a la cabeza algún insulto contra los Centros de Profesores o contra alguno de sus figurines, no puedo sino acordarme de ti. Seguro que no te has olvidado: que si era el árbol más apetecible para los trepadores de medio pelo, que si era la pasarela ideal para los modelitos de los cabeza-hueca, que si era la ansiada poltrona de los gandules nada-de-clases, que si... En fin, lo dicho, más o menos lo que pensamos muchos maestros y profesores, pero que tú lo decías con mucha gracia. ¡Menudo escándalo le montaste en la sala de profesores al guaperas aquel, al asesor de inglés! ¿Te acuerdas? Él seguro que sí. Todavía resuena por el pasillo la despedida que le gritaste, mientras el muy cobarde salía a toda pastilla por la puerta del cole: "¡Caradura, flojeras, inútil!".
Pues bien, Antoñita, lo de caraduras y flojeras puede que lo sigan siendo no pocos de ellos (aunque más trabajoso es, me parece a mí, pasarse los días gestionando que dar clases: allá ellos). Ahora bien, lo que se dice inútiles, desgraciadamente no; es decir, que su función no es inocua, que pueden llegar a ser nocivos, vamos. Bueno, bueno, tratemos de no ser tampoco demasiado totalitarias con las palabras: hablamos de una buena mayoría de los miembros de dos o tres centros que ambas conocemos. ¿No es verdad, Toñi? Pero, claro, acaso eso tampoco sea una muestra tan significativa. Aunque... sospecho que sí. Sea como fuere, te lo decía porque a los pocos días de terminar el curso, me encontré una tarde con Mara (¿te acuerdas?), la malagueña de Francés, en el Gildo: ¡qué cabreo tenía la mujer! Por lo visto en su centro, que, como sabes, es un caserón precioso en pleno casco histórico, había que construir un Aula de Informática para poder implantar el jodido proyecto ese que en cada sitio tiene un nombre pero que es el mismo en todas partes. Bien, pues la cosa es que no se les ocurrió mejor solución que construirla en el patio, de manera que a los chiquillos les han dejado para el recreo un espacio equivalente a dos aulas (tal como te lo digo), vamos, unos metrillos cuadrados. Pero no te vayas a creer tú que la decisión la han tomado los burócratas de la Consejería (¡qué va!). Desde luego, la Administración hubiera hecho lo mismo, pero, hija, ni falta que le ha hecho, ya que el claustro, por mayoría y asesorados (¿cómo no?) por uno de estos misioneros de la nueva Fe, ¡un figurín del Centro de Profesores!, ha considerado que para el futuro de los alumnos el Aula de Informática es absolutamente imprescindible. Los muy gilipollas se tragan el cuento ese del futuro de los chicos y empiezan a labrarles el porvenir, de momento dejándolos sin patio.
No te voy a contar ahora para qué sirve un Aula de Informática: eso lo dejo para la próxima. Pero acuérdate de que yo, no siendo desde luego una tecnólatra, soy de las que, si hace falta, uso la maquinita: sin ir más lejos te estoy escribiendo esta carta en el recuadro de la pantalla que tengo delante. Ya te digo: no soy una forofa de los ordenadores (ni de las lavadoras o de los frigoríficos), pero no me asustan (al menos, fuera del colegio). Ahora, que perder el culo por un Aula de Informática, como si fuera el “no va más”, me parece una fiebre bastante imbécil. No te canso más, que tú tan lejos ya del Sistema Educativo, a lo mejor no tienes ganas de seguir escuchando mi matraquilla. Aunque no te va a quedar más remedio, porque, en cuanto tenga un rato, te voy a contar para qué sirve de verdad un Aula de Informática, que eso a ti, por suerte, no te tocó saberlo.