11 Mar 2008

CARTA DE DESAMOR

Escrito por: bennorin el 11 Mar 2008 - URL Permanente

Completamente opaca se tornó mi incipiente ceguera cuando mi amor dio paso a la adoración, cuando vi en ti a la estrella que habría de iluminar mi vida, cuando sentí plena felicidad por estar constantemente a tu lado. A tu servicio consagré cada uno de mis días ansiosa de prolongar nuestra sagrada alianza hasta la eternidad, pero tú, sin necesidad ni justificación alguna, permitiste que mi ilusión se diluyera en el tiempo cuando me abandonaste, alejándote como una cometa a la deriva con el hilo del amor roto.

Habías golpeado con dureza mi fértil corazón hasta convertirlo en una tierra árida, en una hacienda donde el desamor empezó a enraizarse en los surcos que tus dagas abrieron en mi alma. Inútiles resultaron todos mis esfuerzos para arrancarlas y vanos mis intentos por proteger mi dolorido espíritu con la coraza del olvido: la omisión del agravio hacía más profunda la herida y más agudo mi dolor.

Hoy, en esta oscura y densa noche recuerdo los cielos claros de mi juventud, los atractivos sueños de entrar en tu casa que ahora abandono en soledad, sin odiarte, sin olvidarte, pero libre para hacer lo que deseaba y no pude mientras fui esclava de mi pasión.

Anhelo compartir mi amor con mi madre enferma que en silencio mi presencia reclama, deseo envolverla con mis brazos, ansío arroparla con el paño de mi cariño que mitigue y alivie su dolor en los últimos momentos. Creyendo en la vida sobrenatural formulé los votos de monja de clausura; ahora, con la fe perdida, los rompo. No comprendo la intransigencia de unas normas terrenales tristemente incompatibles con el natural sentimiento humano. Perdóname, Señor.

Con lágrimas de sangre empecé esta carta. Con un suspiro por las promesas incumplidas que de mi dolido pecho se escapa, la cierro.

06 Mar 2008

AMBICIÓN

Escrito por: bennorin el 06 Mar 2008 - URL Permanente

Desde los veintitrés años se había dedicado a vender coches. Empezó trabajando para un concesionario de una de esas marcas baratas que poco a poco se iban implantando en España. Era como vender arena en el Sahara, pero Félix, sinónimo de ambición pura, lo conseguía como ningún otro gracia a su porte y a la simpatía personal que el sino tuvo a bien otorgarle.

Había elegido el dos de enero de 2005 para inaugurar su propio concesionario en un amplio local en los bajos de un lujoso edificio de una de las calles del barrio de Salamanca. Muchos engaños, infinidad de mentiras cuidadosamente preparadas, traiciones a sus jefes y una imaginación más perversa de lo habitual, le había encumbrado en pocos años en uno de esos exitosos hombres de negocios orgullosos de haberse hechos a ellos mismos. La fiesta fue tan glamorosa como el rótulo luminoso de “Rolls-Royce” que presidía la fachada del local lo requería.

Fueron llegando los invitados cuidadosamente elegidos entre las familias más adineradas de Madrid. Los aristócratas, los banqueros, los políticos de moda y los famosos de la farándula se sentían halagados y elevados a la categoría de dioses cuando Félix les reverenciaba. Entre todos destacaba una mujer rubia que aparentaba tener unos treinta años, rostro dulce, cuerpo estilizado y mirada triste que paseaba su soledad por la cuidada moqueta azul. Presa apetitosa —pensó el anfitrión en cuanto la vio— para un conquistador de fortunas que, en realidad, era la verdadera vocación del insaciable vendedor que relucía tanto por fuera como la falta de moral y escrúpulos resplandecían en su corrupto interior.

Fue la empresa más fácil y productiva de cuantas había acometido hasta el momento. La incauta mujer pronto se dejó seducir por los encantos de aquel hombre de corpulencia atlética, ojos brillantes cuando no era preciso que se apagaran para simular falsa tristeza y una amplia sonrisa que dejaba al descubierto su perfecta dentadura. Sus modales cada día eran más refinados; el trato atento y cariñoso con su enamorada aumentaba según Hellen le hablaba de la enorme fortuna que su padre tenía repartida en varios bancos suizos. Definitivamente decidió proponerle matrimonio cuando Hellen le confesó que odiaba a su padre, que deseaba verle muerto, pisotear su tumba en venganza por hacerle pasar necesidades a pesar de ser su única hija, escupir su boca inerte de la que una y otra vez salían aquellas palabras: «Tranquila, hija, ya heredarás, ahora confórmate con lo que mensualmente pongo a tu disposición».

El colmo del gozo de Félix no fue en el viaje de novios ni en las noches de placer que Hellen le daba entregada a los caprichos sexuales de su comprensivo marido. Creyó conocer el verdadero orgasmo cuando su esposa le confesó que estuvo a punto de contratar a un asesino profesional, pero que le resultó imposible hacerlo dado que el sicario quería cobrar por anticipado y no aceptó la propuesta de que esperase a que ella se hiciera con la herencia, incluso pagándole el doble.

El dinero no era problema para Félix, él financiaría la operación con la condición de que Hellen le nombrara heredero universal de cuantos bienes poseyere en el momento de su fallecimiento; en justa compensación, él haría el testamento a favor de ella en las mismas condiciones. El acuerdo fue sellado con una cena íntima en un caro restaurante y una noche en un hotel especializado en los más exóticos lujos.

El asesino a sueldo resultó ser una mujer de extraordinaria belleza, que, con estudiado sigilo, acudió a la cita en el Zoo madrileño con los ojos protegidos tras unas enormes gafas de sol. No se imaginaba Félix que tanta beldad encerrara tanta malicia y sangre fría. No tardó mucho en darse cuenta que era muy parecida a él; sintió como si el destino le hubiera premiado poniendo a su alcance a la mujer de sus sueños, a aquel ser que le proporcionara el acceso a todas sus desmesuradas ambiciones. ¡Grandes empresas les esperaban juntos!

Ella hablaba de sus innegociables condiciones, y él, ensimismado, callaba atraído por unas piernas largas apenas ocultas por un elegante vestido rojo, por unos gruesos labios que enmarcaban a una boca redonda y fresca que invitaba a ser devorada. Estaba a punto de imaginarse a su cuerpo desnudo recostándose sobre un colchón de agua caliente cuando hubo de contestar a la pregunta: ¿estás de acuerdo? Sí, pero... —consiguió responder Félix volviendo a la realidad—. El pero... se concretó en un motel de carretera donde la escasa luz del bar hacía imposible reconocer a la numerosa clientela.

Satisfecho con el trato, regresó a su casa y le hizo saber a su esposa una versión del plan trazado. Como estaba previsto, ella volaría a Ginebra para visitar a su padre al que hacía meses no veía; la estancia sería corta: dos días para incinerar el cadáver y otros dos para ejecutar el testamento, luego, vuelta a Madrid a vivir junto a su esposo y cómplice en la más absoluta opulencia, con la seguridad de que Félix nunca podría traicionarla teniendo las manos tan manchadas de sangre como ella misma.

El abogado francés que la asesina le había recomendado, esperaba a que los periódicos de toda Europa dieran la noticia de que el magnate Friz Helmunt y su hija Hellen habían aparecido muertos en su lujosa mansión víctimas de un robo. Era poco lo que tenía que hacer a pesar de la millonaria minuta que había cobrado: ejecutar el testamento de Hellen e invertirlo en acciones de la Rolls-Royce a nombre de su cliente Félix Santomé Sánchez.

Más bebido de lo acostumbrado esperaba el nada apenado viudo la llegada de su nuevo amor, la ejecutora que, con su profesionalidad, le había hecho multimillonario. Los billetes de avión para Brasil aguardaban sobre la mesilla del salón, juntos empezarían una nueva vida. Apareció puntual, esta vez sin gafas de sol y con una sonrisa de satisfacción y unas papelinas de cocaína en la mano. Félix esnifó su dosis recreándose en la suerte. Cuando la cabeza le daba más vueltas que su estómago vio como entraba en la sala Hellen acompañada de su padre. Un “gracias por ayudarnos a blanquear nuestro dinero” fue lo último que oyó antes de perder el sentido.

El cadáver de Félix muerto por sobre dosis, según informe del forense, era enterrado en el cementerio de la Almudena. Justo en ese momento, en algún lugar del Caribe, Hellen tomaba el sol abrazada a Cintia, la “asesina”.

16 Feb 2008

EL MILAGRO DE LA VIDA

Escrito por: bennorin el 16 Feb 2008 - URL Permanente

El haber sido deseada me hace dichosa. Sano orgullo me embarga por ser el natural corolario de un acto consciente y voluptuoso elevado a sublime por el fascinante sentimiento de una pasión amorosa, por la excelsa unión del placer y el gozo, por la grandiosidad de un gesto sensual y erótico, por el sugerente susurro antesala de un placentero y compartido gemido que rompió el silencio de una noche cálida y estrellada.

Nueve meses bastaron para que el amor se materializara: primero en zigoto, después en embrión, y ahora en un nuevo ser ansioso de amar y de ser amado. Mi deseo de nacer se une a la necesidad de hacerlo; atrás dejo la amalgama de lanugo, células epiteliales y secreciones cutáneas.

Asomo despacio mi cabeza pelona de piel arrugada y percibo el estremecimiento de mi madre por la intensidad del momento, siento la sutil evanescencia de los vapores de sudor, aprecio el cosquilleo medular de mi padre cuando aprieta la mano de la parturienta con la fuerza de un abrazo en una acción de sincera complicidad. Berreo con estrépito como respuesta a la suave palmada en mis nalgas que se contraen ante una sensación desconocida. Todo parece ir bien; oigo desacelerarse los latidos del corazón de mi satisfecha madre, a la vez que aumentan los míos. Ella deja escapar una lágrima de emoción cuando siente mi pequeño cuerpo sobre su pecho, y yo disfruto con el roce de sus húmedos labios en el primer beso que con delicada ternura posa en mi rosada frente.

Abro con dificultad los ojos y le veo junto a mí. Solo percibo una silueta pero sé que es mi padre, ¡ningún otro sabría regalarme una caricia tan tierna! Percibo el aroma de su mano cuando acomoda a mí alrededor las sábanas de seda que me abrigan, y decido que la fragancia de su piel me gusta.

Tras un ¡ven, hija mía!, succiono lentamente con mi diminuta boca ese dulce líquido que, a través del pezón orlado con una aureola de color chocolate, me transmite vida. Elevo mis ojos y me encuentro con su mirada, con su sonrisa...

13 Feb 2008

LA BICICLETA

Escrito por: bennorin el 13 Feb 2008 - URL Permanente

Le habían recomendado una visita al mercado y a tal menester había destinado Chantal esa mañana. Lo tenía a la vista desde la mesa que ocupaba en el establecimiento de bebidas donde degustaba una infusión de té verde y ojeaba el periódico semanal Al Akbar en su edición en francés. Le llamó la atención un anuncio diferente a los demás, pues nada se vendía, se trocaba: «Entrego a cambio de dinero bicicleta roja recién pintada y engrasada, cadena semi nueva. Regalo dos cámaras, parches y accesorios de montaje».

En aquel caótico mundo comercial se podía comprar cualquier cosa. Vendedores de frutas, de dulces o de bisutería se codeaban con dentistas, curanderos e, incluso, encantadores de serpientes. No podía ser de otra manera: allí, apoyado en un murete, estaba el rojo biciclo. A su lado, un hombre alto y desgarbado con túnica y litan azul que delataba su procedencia tuareg, esperaba comprador mirando como su hijo de trece años tejía una tosca cesta de mimbre. No supo Chantal lo que le impulsó a acercarse a ellos, pero lo hizo.

—¿Es suya la bicicleta?

—De Yasif —contestó el hombre de una tez tan ajada como negra, señalando a un chico sentado en el suelo.

Una sensación de ahogo se hizo patente en la garganta de Chantal cuando se apercibió de que al muchacho le faltaban las dos piernas, en lugar de rodillas lucía dos redondeados muñones con cicatrices tan burdas como basto debía de ser el sanitario que le intervino.

—Te dará pena venderla —dijo por decir algo la periodista—. ¿Por cuántos ouguiyas la cambiarías?

—Vale más, pero por dos mil puede llevarla —respondió sonriente Yasif con sus ojos de radiante viveza y su piel tan oscura que parecía irisar una tonalidad azulada—. Hace un año, diez veces más sería insuficiente para quedársela, con ella me ganaba la vida y ahorraba algo para poder costear la plaza en el cayuco que me llevara a Canarias, pero la mina antipersonal que me hizo saltar por los aires dio al traste con todos mis proyectos. No me importa, soy feliz tejiendo cestas y durmiendo en la tienda familiar rodeado de seres que me quieren y a los que yo adoro.

Esperaba Chantal su vuelo en el aeropuerto de Nouadhibou pensando que si alguna vez volvía a Mauritania, buscaría a Yasif y le compraría la cesta más grande que tuviera. La llenaría de optimismo, de esperanza, de alegría, de ganas de vivir, de conformismo, para que, vistiendo el rincón más noble de su casa, le recordara siempre que se puede ser feliz aceptando la miseria y ser un mísero nadando en la abundancia de bienes superfluos.

09 Feb 2008

COMIDA BASURA

Escrito por: bennorin el 09 Feb 2008 - URL Permanente

No me encuentro a gusto en esas catedrales gastronómicas, laicas y ecuménicas, donde por una limosna de pocos euros sales de allí creyendo haber comido cuando tan solo has comulgado. Seguramente que mi rechazo se debe a mis preferencias por alimentarme con calma y deleite; soy una antigua, lo reconozco, pero no me atraen esas pringosas ruedas de ignota carne prensada.

A pesar de mi criterio, hoy entré en uno de esos templos que se creen destinados al culto culinario. El interior parece haber sido pintado por el primo tonto de El Bosco; su enigmática obra se reduce a un color rojo por aquí, y un raro gris por acullá. La carta es algo más variada que las pinturas murales: se puede elegir entre sota, caballo o rey, eso sí, el equino puede trotar sobre la bandeja con arreos o sin ellos. Lo hice a gusto ante el reclamo de mí amigo Jorge que, con una torpe palmada en el vidrio que nos separaba, me mostró su deseo de que compartiera su mini mesa.

La vecindad hace que Jorge y yo nos veamos varias veces cada día. Sentado frente a mí, con sus anchas y pequeñas manos rematadas con unos cortos dedos de uñas débiles asiendo una hamburguesa, me descubrió algunos detalles de su peculiar y, a la vez, común fisonomía. Conocía sus rasgos más característicos como eran sus ojos ligeramente inclinados hacia arriba, pero el pequeño pliegue de piel que se extiende verticalmente entre la comisura interior del ojo y el puente de la nariz, me era ajeno; tampoco había visto unos pequeños puntos de un amarillo claro que presenta en torno al arco del iris. En su redondeada cabeza, con frente alta y aplanada oculta tras su pelo fino y lacio, destacan sus pequeñas orejas ligeramente dobladas en su parte superior. La pequeña boca hace que su gruesa lengua parezca grande cuando humedece las fisuras de sus secos y agrietados labios.

Los médicos dicen que Jorge tiene el síndrome de Down. Para mí, solamente presenta los síntomas característicos de la envidiable enfermedad de la dulce inocencia. Le quiero.

08 Feb 2008

EL COMISARIO

Escrito por: bennorin el 08 Feb 2008 - URL Permanente

Mesas amplias, impoluto salón, tranquilidad y servicio profesional, son, entre otras, las razones por las que me agrada acudir a esa cafetería cuando el cuerpo me reclama un aperitivo. Hoy, como siempre, le vi allí, en su rincón. No tiene nada especial ese hombre, pero a mí me llamó la atención. Pienso que, tal vez, fue el libro forrado con papel que, sobre la mesa, esperaba paciente ser abierto. El periódico nacional ultra conservador que con fruición leía delataba su pensamiento político; ideas que no intentaba ocultar, al contrario, las proclamaba con voz grave a cuantos pudieran oírlas.

Me caía bien aquel hombre por su alegría contagiosa, por su piel sonrosada carente de arrugas propias de la edad y por su amena conversación, pero me preguntaba el porqué escondía la portada del libro. En un principio pensé que sería por protegerla, mas la reflexión me negó tal razón ante el recuerdo de esas fundas de plástico transparente que cumplen perfectamente tal función. Sin duda era para no hacer evidente sus gustos literarios a los ojos curiosos de desconocidos como era mi caso. ¿Por qué? ¿Se avergonzaba del contenido? ¿Temería que se descubriera su verdadera personalidad?

Quise saber más sobre él. Aprovechando que acababa de contar un chiste malo solo salvado por su personal gracia, saqué el sacacorchos de destaponar lenguas y le pregunté al camarero:

—Dígame, don Matías, ¿ha oído usted el chiste de aquel señor? —dije señalando a su mesa.

—¿El de quién, el del Comisario? —me contestó.

—¿Comisario? —interrogué yo con el ceño fruncido y expresión de sorpresa que incitaba a una explicación.

—Sí, le llamamos así porque, hace un año, se retiró con ese grado y todas las altas condecoraciones que la Policía Nacional otorga solo a sus miembros más destacados. Mérito el suyo que, partiendo de ser un simple número en la Policía Armada, llegó a Comisario Jefe de una de las más importantes ciudades españolas.

Informado, miré nuevamente a su mesa y no le vi. En su lugar vi a un fornido joven con casco y uniforme gris cargando contra los estudiantes que gritábamos ¡LIBERTAD!, repartiendo con enojo ciego porrazos sin importar en donde ni a quien. Miré a los ojos del caballo que montaba y percibí una mirada mucho más inteligente que la de su jinete. ¿Cuántas atrocidades cometería para llegar tan alto en la escalera de la represión? Tal vez no fuera su caso, pero nadie puede impedir que recuerde que, en la época que este ambicioso hombre acumulaba méritos, contaba positivamente el nivel de ignorancia del individuo, su brutalidad y su falta de escrúpulos.

07 Feb 2008

RECUERDOS DE LA NIÑEZ (soneto)

Escrito por: bennorin el 07 Feb 2008 - URL Permanente

El olor del horno del panadero.
El sabor de un pan recién hecho.
El delicado tacto de un pecho.
Las frías manos de un peluquero.

El incómodo traje dominguero.
La fatiga al subir el repecho.
El placer de meterse en el lecho.
El coger un huevo del gallinero.

El platónico amor que acosa.
El maestro expresando reproche.
Al pobre la limosna dadivosa.

El recelo a la oscura noche.
La belleza de una mariposa.
El chantaje del colega fantoche.

06 Feb 2008

EL VENDEDOR

Escrito por: bennorin el 06 Feb 2008 - URL Permanente

Era un buen vendedor, tal vez el mejor de toda la provincia. El lo sabía. El objetivo de ventas para el mes lo tenía ampliamente superado desde hacía días, por lo que decidió tomarse aquel martes como día libre.?>

El anuncio, con gran riqueza tipográfica, de una empresa de selección de personal, era claramente visible en el periódico que Juan leía mientras se tomaba el desayuno. Prometía ser un trabajo interesante para un experto comercial como él, por eso tomó la decisión de presentarse.

Como era de esperar, el curriculum vitae fue admitido y la entrevista personal superada. Con el catálogo de productos de la empresa en su portafolio negro, buscó la dirección que le había sido indicada y en la cual debería realizar su primera venta, si quería salir airoso de la prueba práctica.

No se trataba de una farmacia como supuso en principio, era la casa parroquial de un pueblo de menos de dos mil habitantes, lo que supuso que Juan se acordara de toda la familia del entrevistador. Pero había que intentarlo.

Lo primero que hizo fue recabar información personal sobre el párroco. Hecho eso, y con la visita totalmente programada en su cabeza, llamó a la puerta.

Como esperaba, le abrió un cura de unos setenta años tan carca que parecía vestir la primera sotana que tuvo. Juan pasó al ataque:

—Buenas tardes padre Damián, me llamo Juan Sanjosé y le visito como comisionado de la Editorial Católica JOAN & FRANCIS. Me gustaría presentarle las últimas publicaciones que son auténticas novedades de gran éxito entre la cúpula eclesiástica, no solamente en España sino en todo el mundo católico.

—Buenas tarde hijo mío, pasa. Conozco muchas editoriales pero esa a la que tú representas no me suena de nada, supongo que será una empresa nueva.

—Así es, padre. Tenga, échele un vistazo al catálogo.

—¡Hijo, me parece que te has equivocado de sumario¡ ¡No son libros, son preservativos! —medio gritó sorprendido el cura.

—¿Preservativos? Son asquerosos condones para todos los depravados gustos, los hay lisos, estriados, con fundas de castigo y hasta con ¡sabores! —respondió ofendidísimo Juan.

—Sabrás que su uso está prohibido por el Vaticano.

—¡Dígamelo a mí que tengo siete hijos!

—No pretenderás que yo te compre semejante pecado, ¿verdad?

—Ni aunque tuviera menos luces que un refugio se me ocurriría. Sepa, reverendo, que me encuentro en el paro por negarme a vender la píldora anticonceptiva cuando el laboratorio para el que trabajaba empezó a fabricarla. ¡Me despidieron por ser un ferviente católico!

—Ni aunque me los regalases me quedaría con ellos —aseguró el sacerdote.

—La ira del Señor caería implacable sobre mí con solo pensar hacerle semejante regalo. Estoy aquí porque pretendo que la editorial me contrate, pero el astuto de Joan solo quiere en nómina a los mejores comerciales, por eso somete a los aspirantes a pruebas difícilmente superables. Necesito el trabajo, mis hijos precisan comer y educarse cristianamente orgullosos de su padre que vendería obras tan sacras como Vía Crucis-Meditación y Oración del Cardenal Joseph Ratzinger.

—Rezaré por ti hijo mío.

—No dudo que lo hará, pero necesito que me firme el pedido, así Dios sabrá que además de orar sabe ayudar. Aquí tiene la solicitud, dos envases sólo. Tenga, esto son veinte euros para que pague el reembolso cuando le llegue, y esto es un mechero para que calcine el paquete antes de introducirlo en la casa. Es una pena que tenga que actuar así, pues ese dinero que le entrego, estaba destinado a comprar algo de comida para que mis hijos no se fueran a la cama solamente con un vaso de leche excesivamente aguada —Juan había transformado el rostro en una mueca conmovedora.

—¡No seré yo quién quite el pan a tus hijos! ¡Toma!, aquí tienes el pedido firmado y los veinte euros. El mechero me lo quedo, bien sabe Dios para qué.

Juan abandonó la casa después de pedirle la bendición. Se dirigía al coche pensando que, con lo bien que mentía y la cara tan dura que tenía, podría llegar a triunfar en el arte de la política.

05 Feb 2008

EL DESCUBRIMIENTO

Escrito por: bennorin el 05 Feb 2008 - URL Permanente

Domado rebaño de navegantes harapientos,
patanes sudorosos de penalidades continuas,
hombres simples de mentes exiguas,
esperanzas perdidas, enconados arrepentimientos.

¡Tierra!, voz olvidada que Rodrigo pronuncia,
riquezas soñadas por ambiciosos pastores,
más poder y gloria para reyes acaparadores,
exterminio del subyugado que a su vida renuncia.

A las costas de Asia creíste llegar, Colón, marino errado.
Con dudosas confesiones lograste peculio para tu aventura,
mas la plata y el oro que no trajiste sofocaron tu ventura.
En la Providencia confiaste, Cristóbal, navegante iletrado.

Desde tu privilegiada atalaya bellas tierras divisaste,
ricas haciendas tomadas en nombre de tus mentores,
almas cándidas esclavizadas en pro de dictadores,
como virrey sin escrúpulos de prerrogativas abusaste.

Marinero de puerto diario y que de corsario presumiste,
tres viajes más realizaste exportando calamidades,
tifus y viruela entre otras enfermedades,
creyéndote por Dios tocado, como conquistador volviste.

Efímero tu poderío sobre los territorios hollados,
en entredicho fueron puestas tus actividades;
airado maldijiste lo que pensabas eran bondades
y, junto a tus hermanos, penasteis encadenados.

Confiscados fueron tus bienes terrenales,
fruto de tu avaricia los vasallos se rebelaban,
perlas ocultaste que ellos también codiciaban,
estéril desafío protegiendo secretos corales.

Fracasado y enfermo a la corte recurrías,
mas sordos oídos tus derechos negaron,
con tu incierto destino solo te dejaron.
Deshonrado, varón ilustre, en Valladolid morías.

Triste final para quién creyó tocar el cielo,
vilipendiada fue su osadía,
desdeñada su hipotética valentía,
sus hazañas revestidas con un sombrío velo.

El continente que no conseguiste ver,
y que Columba pudo haberse llamado,
tu legatario Américo, docto y avispado
como América al mundo lo dio a conocer.

04 Feb 2008

AMOR NO VIVO

Escrito por: bennorin el 04 Feb 2008 - URL Permanente

Los globos oculares fueron perdiendo la tonalidad rojiza que durante siglos fue insignia de su identidad diabólica. Las lágrimas teñían la pálida piel de su rostro con un amargo líquido rojo arrancado de sus ojos que, poco a poco, se tornaron en un lánguido color gris fiel reflejo de su abatido ánimo, incapaz de aceptar la insospechada realidad que se le antojaba impropia de su perfecta condición.

Él, una auténtica alimaña de la noche, un ser demoníaco en sentido estricto, un alma entregada por completo a cumplir los maléficos deseos de Satán, su amo y señor.

Él, poseedor de la más pura esencia que jamás vampiro alguno ostentó, envidiado por todos sus congéneres por ser descendiente de la más recia aristocracia.

Él, con sus labios gruesos, sus dientes agudos, su afilado y calvo cráneo y su aliento hediondo, era la perfecta imagen de criatura repulsiva y maligna, tan alejada del ridículo aspecto de los modernos vampiros encarnados en sofisticados hombres que, con capa y sombrero sobre su melena expuesta al viento, se mueven por salones y fiestas nocturnas compitiendo entre sí por ser el mejor dandi de ultratumba.

Él, hijo del voivoda valaco más cruel, el empedernido torturador sediento de la sangre de los lugareños de Valakia, el príncipe Vlad Bassarab, que con sus continuas atrocidades se ganó el apodo de Drakul.

Él, hijo de la sangrienta condesa Elizabeth Báthory que gustaba de mortificar y asesinar a muchachas en las lóbregas entrañas de su castillo de Csejthe, acciones que le proporcionaban orgasmos múltiples hasta hacerle llegar al trance.

De nada le sirvieron los siglos de ciega entrega; inútil resultó su contribución al engrandecimiento de la comunidad de los espectros chupadores de sangre, como así lo atestiguaba el comunicado oficial: «Reunido el Supremo Consejo del Mal, presidido por Su Malignidad Satanás, vistas y probadas las deficiencias que ambos presentan y que ponen en peligro la pureza del vampirismo, unánimemente acuerdan el inhabilitarles por eternidad. Cúmplase el inapelable veredicto».

Las agobiadoras circunstancias les apremiaban a consumar la sentencia. Cogidos de la mano, vampiro y vampiresa recorrían con la vista por última vez el pequeño habitáculo del segundo sótano del descompuesto castillo que había sido su refugio diurno, en un desesperado intento de recordarlo tal como era antes de introducirse definitivamente en sus viejos y polvorientos ataúdes. Cuando el desapacible sonido del golpe de la tapa contra la carcomida caja y el rechinar de las oxidadas bisagras rebotara en las paredes de piedra cubiertas de espesas telas de araña, todo habría de cambiar para que el encierro fuera efectivo. Una intensa y cegadora luz sustituiría a la oscuridad, las enormes arañas negras se convertirían en pequeñas y olorosas flores blanquecinas de la planta de ajo, los aperos de tortura colgados de las paredes serían sustituidos por crucifijos de plata y gotas de agua bendita golpearían rítmicamente sobre los féretros sellándolos para siempre.

Ella, apenada en extremo por el sentimiento de culpa que le embargaba, quiso disculparse y solicitar el perdón de su dueño. Mirándole fijamente a sus descoloridos ojos, con voz implorante, le dijo:

—Lamento profundamente que mi miedo a volar haya provocado la ira del Maléfico Creador responsabilizándote de mi debilidad. No mereces el terrible castigo que has de afrontar gracias a mi insuperable torpeza. ¿Podrás perdonarme?

—¿Perdonarte, amada mía? Soy yo quien te solicita indulto por privarte del infinito placer de vivir una eterna juventud en un mundo perfecto —contestó conmovido el vampiro—. Te equivocas cuando dices que no merezco la condena, pues el Sapientísimo Lucifer jamás yerra en sus justas decisiones. Mis lágrimas, mis amorosos sentimientos no son más que los síntomas de la enfermedad que padezco, y que tú, como creación mía que eres, has heredado. Mi degenerativa porfiria, próxima a la atrofia total, me impidió transferirte las suficientes porfirinas para convertirte en una perfecta vampiresa. Tu pavor a volar debiera haber muerto junto con tu cuerpo a causa de mis apasionadas succiones y nunca perpetuarse en tu nueva etapa espectral, mas la enfermedad ya estaba dentro de mí, dominándome. Admitamos nuestro inexorable destino y vivamos del recuerdo.

—Que así sea, que no amén —respondió resignada la infortunada vampiresa.

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