29 Dic 2007
CONVERSACIÓN INVEROSÍMIL
—Alberto.
—Queee...
—Me aburro.
—¡Pues duérmete!
—¡Cómo quieres que me duerma si todavía no he nacido! Acabas de cumplir dos años y ya tienes contestaciones propias de un adulto. Además, te recuerdo que cuando te comuniques conmigo no le des al chupete pues las ondas electromagnéticas que emites llegan distorsionadas a mis embrionarios tímpanos y producen una desagradable sensación en mi delicado cerebro. Creo habértelo dicho varias veces ¿acaso tu restringida memoria sufre algún tipo de amnesia o es que tus neuronas están anémicas?
—Hermano feto, permíteme que exprese mis razonables dudas respecto a que los insultos que con tanta facilidad me prodigas sean producto de un ataque prematuro de tedio, sino más bien procede de tú ilimitada ansia de darme la monserga. ¡He dicho!
—¿Es que estás falto de razón o que tú entendimiento está limitado? Quiero creer que los términos que empleas para dirigirte a mí deriven de tu carácter burlón y nunca de tu intelecto, ¡sería terrible para mí el convivir con un hermano de agilidad intelectual desfigurada! Conoces, o al menos deberías saber desde hace meses, que pronto seré bautizada con el bonito nombre de Clara, y que mis órganos genitales difieren sensiblemente de los tuyos, es más, diríase que son complementarios. Te ruego encarecidamente que arrincones los peyorativos vocablos “hermano” y “feto” en algún apartado lugar de tu exiguo vocabulario, y que te dirijas a mí como lo harías a una dama pues estás hablando con quién será en el futuro una noble y distinguida mujer.
La silla de paseo ocupada por Alberto se le antojaba especialmente cómoda en aquella posición semi abatida. Los rayos solares que sin obstáculo alguno incidían sobre la suave y tersa piel de la cara y sobre sus rechonchas piernas descubiertas ex profeso para tal deleite, le producían un disfrute comparable al mejor de los placeres que había conocido en su corta existencia. Cuando comprendió las palabras que le transmitía su hermana, un ligero acceso de tos hizo que la gastada goma que llenaba su paladar saliera despedida yendo a parar entre sus pies descalzos. ¡Jolín, menuda presumida me ha tocado en suerte! —musitó para sus adentro un sorprendido Alberto—. El desinterés por la que consideraba una comunicación inoportuna hizo que la reflexión se ausentara momentáneamente y, sin medida alguna sobre las consecuencias que podían producir sus palabras, se dispuso al contacto mental con su hermana.
—Querida Clara, no tendré en cuenta esa pretenciosa inquietud tuya. Espero que tus fatuos pensamientos adquieran cordura cuando terminen de sincronizarse las células nerviosas de tu cerebro y, por fin, puedas tener el control de las funciones mentales. Mejor dejas de decir sandeces y te entretienes, por ejemplo, en darle patadas a la barriga de mamá, cosa que no te resultará difícil dado lo propensas que a sufrir frecuentes pataletas son las chicas repipis como tú. Respetuosamente te pido, embrión de marquesa, que tengas a bien concederme una pequeña tregua durante la cual, con mi espíritu ya sosegado y ajeno a tus impertinencias, pueda disfrutar de la belleza del paisaje y del aire puro que me rodea. Es gracia que espero alcanzar de vuestra merced. ¡Corto y cierro!
Semejantes términos ponían en entredicho el verdadero estado de formación del encéfalo de Clara. La sensibilidad del pequeño y tierno ser quedó profundamente agraviada. Un rayo que en ese momento la fulminara no le produciría ni una décima parte del infinito sufrimiento que su joven corazón estaba soportando. El primer impulso fue el de proferir contra su hermano tantos insultos e improperios como su imaginación fuera capaz de concebir. Pero no fue así, semejante reacción le pareció demasiado vulgar para su condición femenina. Debería actuar con mucha sutileza para que su inteligencia pudiera manifestarse de una forma clara y concluyente. Si quería una tregua, la tendría pero, mientras que Alberto se solazaba plácidamente, ella estaría urdiendo su venganza que se aventuraba como despiadada y dantesca.
Acto seguido, y en la más absoluta quietud, la joven mente cayó en una profunda meditación. Solamente una hora de absoluta abstracción fue suficiente para que Clara maquinara la represalia que llevaría a cabo. Aún le faltaban algunos detalles que previamente debería conocer para que nada se desviase de lo que tan cuidadosamente había planeado. Se había propuesto ser prudente en extremo para que su primera travesura no tuviera resultados adversos que de ninguna manera deseaba. La información que era preciso recopilar debería proceder necesariamente de su hermano Alberto, por lo que un estado de mutua crispación no favorecía en nada a sus intereses. Midiendo concienzudamente sus palabras y en el tono más suave y afable que fue capaz de adoptar, retomó el diálogo.
—Hola Alberto. ¿Has merendado ya? ¿Te encuentras bien? —dijo dulcemente Clara a modo de introducción.
—Sí, la papilla de plátano estaba muy rica y el yogur me resultó delicioso. Para pelusa tuya, te diré que todo en mi cuerpo funciona a la perfección aunque no puedo decir lo mismo respecto a mi cabeza en la cual reina un absorbente desconcierto. ¡No reconozco esas palabras cargadas de aparente cordialidad! ¡Es como si me hablara una persona educada en lugar de hacerlo la engreída de mi hermana! —dijo Alberto mientras permanecía en guardia.
—Descuida hermanito, soy yo, Clara —replicó ella de manera mansa y conciliadora—. Lo que sucede es que no me quedé tranquila después de nuestra última conversación y me puse a meditar sobre tus juiciosas palabras. Debo reconocer que, en parte, tus opiniones parecen no diferir mucho de la realidad. Espero que sepas disculpar mi soez comportamiento del que estoy sinceramente avergonzada.
Tan conmovedores palabras no podían tener un efecto distinto de aquel para el que fueron concebidas y pronunciadas. En el momentáneamente endurecido corazón de Alberto se produjo una metamorfosis que pulverizó su antigua estructura pétrea, dejando su órgano con la suavidad propia de la fibra de la que se compone el capullo que cubre al gusano de seda. Tal predisposición para el entendimiento le proporcionaba a Clara un serio avance en la consecución de sus fines.
—¡Bah! No tiene importancia. Te comprendo perfectamente, no puedo negar que a mí me sucedía algo similar cuando me encontraba, no hace mucho tiempo, en tú delicada situación —fue la rápida respuesta de un crecido Alberto que entendía que el envite le había sido favorable—. ¡Cuenta conmigo para lo que quieras! —añadió Alberto muy ufano.
—Gracias, eres muy comprensivo y haces que me sienta inmensamente orgullosa de ser tu hermana —el acoso a los sentimientos del bienintencionado Alberto no cejaba—. A propósito, ya que te ofreces ¿puedes ayudarme a resolver algunas incertidumbres que me preocupan e inquietan? Como no ignoras, dentro de un mes abandonaré el útero materno y me corroe la curiosidad ante el desconocimiento de cómo será mi vida con vosotros. Mi congestionado espíritu se serenaría en gran medida si fueses tan amable de hablarme de las cuestiones que más me intrigan. Me gustaría que me hablaras del lugar donde vivimos, cómo es la casa que ocupamos y, sobre todo, cómo son nuestros padres, si se trata de una pareja normal..., ya sabes a que refiero.
—¡Venturosa tú, querida hermana! —contestó Alberto con cierta satisfacción y decidido a prestar la ayuda que su hermana le demandaba—. Me refiero a tu suerte, querida Clara, puesto que yo no tuve una estrella que me iluminara y mi destino fue el nacer completamente a ciegas —dijo con tono jocoso, y luego prosiguió—. Presta atención: vivimos en un barrio periférico de Madrid capital, en una casa normal hipotecada como casi todas. Dispones de una habitación para ti sola, más bien pequeña pero muy acogedora y bien decorada, aunque los primeros meses lloriquearás y dormirás en una cuna mecedora situada a la vera de la cama de los papás. Contiguo con el tuyo está mi dormitorio, es un poco mayor pero está peor orientado; el resto de la casa lo componen un baño, un aseo, cocina y salón. El salón esta decorado con muebles baratos; el sofá, de tres piezas, fue comprado de saldo en unos grandes almacenes al igual que el resto de enseres con los que tendremos que convivir durante unos años, al menos, hasta que “los meones” sepamos comportarnos y dejemos de ensuciarlo y destrozarlo todo. Respecto a los papás, puedes estar tranquila, siempre están atentos para satisfacer todas nuestras necesidades y son personas buenas, sanas, trabajadoras, ordenadas y cariñosas. He de añadir, para que la información sea lo más fidedigna posible, que a mí me parece que son un poco raros...
—Oye Alberto, dime ¿cómo sabes que son un poco raros? ¿Es que por casualidad tuviste otros padres para poder comparar?
—No, otros padres no tuve, pero me di cuenta en la guardería —dijo con pena Alberto.
—¿Qué es eso de la guardería? ¿Se trata de algún centro donde imparten enseñanzas sobre las características internas de los progenitores? —la voz de Clara dejaba entrever cierta impaciencia contenida.
—Querida hermana, una guardería no es algo de fácil definición. Las opiniones sobre la utilidad y conveniencia de la institución están divididas. En ocasiones te apetece ir, y otras veces lo que deseas es salir zumbando como si una manada de lobos famélicos acercaran sus fauces a tus talones. A mi modo de ver, es una especie de aparcamiento de niños que aún no tienen edad suficiente para estar escolarizados. Un amigo mío, la describe como una especie de almacén repleto de artilugios de colores chillones, en donde un personal especializado cuida de nosotros durante aquellas horas que, desgraciadamente, las ocupaciones de nuestros padres nos privan de su presencia. El concepto que de la guardería tienen los padres y los educadores difieren sensiblemente del nuestro como no podía ser de otra manera. Para ellos, es un lugar concebido y diseñado para que “los meones” pasemos un rato dejando volar nuestra imaginación entre docenas de lapiceros de colores y papeles garabateados, todo ello en armónico revuelto con multitud de figuras de plástico esparcidas por el suelo, y que, a la vez, nos sirve para que aprendamos a relacionarnos con nuestros semejantes. En esto último, la razón les asiste completamente: yo he aprendido a esquivar los arañazos despiadados de mis compañeros y a atacar con agilidad felina a todos aquellos que pretenden arrebatarme el juguete que tanto trabajo me costó tener entre las manos.
—Sí, vale, gracias por la información que, sin duda, me será de gran utilidad cuando me encuentre en el escenario, pues intuyo que transcurrido el permiso de maternidad ese será mi inexorable destino. Pero, perdona, aún sigo sin saber el por qué consideras anómalos a tus padres — contestó Clara algo decepcionada.
—No todo en la guardería son peleas, empujones y meadas a destiempo; es habitual que pasemos un rato comunicándonos mentalmente entre nosotros. Solemos aprovechar para hacerlo cuando, a media mañana, nos sientan en apretadas hileras ante una soleada ventana con la esperanza de que el sol nos cierre los ojos y que el sueño haga su aparición. ¡Craso error el de los cuidadores!, olvidan que los párpados dejan traslucir la claridad que dificulta el que conciliemos el sueño. En esa postura comienza el coloquio en el cual yo no intervengo mucho y, más bien, me limito a escuchar y asentir cuando me parece procedente. No actúo así porque sea un insociable, al contrario, me gustaría participar activamente si conociera los temas más comunes de conversación. Desconozco, no sé si para bien o para mal, quiénes son los personajes centrales que captan la constante atención de mis compañeros y en torno a los cuales giran todos los comentarios. Ellos hablan con soltura de los Bustamantes, de los Bisbales, de las Aídas, y de diversos personajes de la farándula en boga, además de príncipes y princesas casaderas. Están imbuidos de cultura televisiva de donde procede todo su saber y del que parecen sentirse orgullosos. Y yo, el pobre de Alberto, sin un tema que llevar a los labios que no sea referente a la literatura, la ciencia o el arte. Mis conocimientos televisivos están restringidos a los informativos, programas culturales y documentales sobre la naturaleza. El lugar en donde pasamos las vacaciones es uno de los argumentos preferidos para la plática, y en donde nuevamente me veo obligado al mutis. Cuentan con vehemencia las innumerables anécdotas vividas en las atiborradas playas del Levante y desconocen los paisajes bucólicos por mí frecuentados, como en el que nos encontramos en este momento y que, por cierto, me tiene fuertemente extasiado. ¡Me divierte el ver a una veintena de ovejas pastando al borde de un lago en el que sus aguas reflejan las cumbres nevadas de los escarpados picos calizos que lo rodean! ¿Comprendes ahora por qué supongo inauditos a mis padres?
—La cosa no me parece grave y mucho menos preocupante —dijo serenamente Clara—. Además, ¿qué te hace pensar que los raros sean nuestros padres y no los de tus amigos? La razón no tiene por qué ser excluyente ni pertenecer en franquicia a un grupo que puntualmente resulta mayoritario; es más, te diré que las personas no necesariamente deben pensar de idéntica manera ni tener los mismos gustos ni participar de análogas aficiones Lo que a ti te parece una rareza es para mí una bendición. ¡Me gusta que mis padres tengan criterio propio y disfruten de su particular vida!
—A primera vista, tus palabras me resultan tranquilizadoras. Te agradezco de corazón el esfuerzo que has hecho para consolarme. Me gustaría, si es posible, quedarme un rato solo para poder evaluar tus razonamientos que me parecen altamente sensatos —dijo Alberto reflexivo.
Los minutos que transcurrieron después fueron empleados de forma muy diferente por ambos hermanos. Mientras Alberto recapacitaba sobre las peculiaridades de sus padres, Clara se entretuvo en algo bien distinto...
—¿Sabes que te digo?, —intervino nuevamente Alberto— que me has hecho un gran favor al hacerme comprender cuán desacertado estaba respecto a la manera de ser de los papás. Antes solamente los veía como buenos, y ahora me parecen ¡excelentes! Gracias hermanita, eres un sol.
—Modera tus elogios y no te lances a la piscina sin antes comprobar si contiene agua —contestó con ironía Clara a la vez que ahogaba una sonrisita burlona.
—No te comprendo ¿qué pretendes decirme? —inquirió Alberto frunciendo el ceño.
—El "sol" de tu hermanita terminará por abrasarte. Haré que te arrepientas de los agravios y de las continuas desconsideraciones vertidas hacia mi persona —la voz de Clara sonaba como la de un ser totalmente desalmado.
—¡Ja, ja, ja!, —rió divertido Alberto—. Mientras mamá tenga que usar ropas holgadas que den cabida a su abultado vientre, tus amenazas no encierran más peligro para mí que el que espero del mosquito que en ese momento revolotea alegremente sobre mí cabeza. Estoy tranquilo, ¡mamá acaba de adquirir un vestido nuevo!
—Tú tranquilidad no es más que el producto de tú supina ignorancia. Desconoces, ingenuo hermano, que he tomado la decisión de nacer ¡ya! Y cuando digo ya, quiero decir inmediatamente ¡hoy mismo! Más exactamente, lo haré dentro de nueve horas. Eso quiere decir que solamente nueve cortas horas te quedan para disfrutar de los privilegios de ser hijo único. Lo siento por el vestido de mamá que deberá esperar a un nuevo embarazo, si es que se produce.
—Tus fanfarronadas no me inquietan lo más mínimo, querida Clara. Es la naturaleza quién decide el momento del alumbramiento y no un embrión que, con seguridad, no mide más de treinta y ocho o treinta y nueve centímetros y que no alcanza probablemente ni los tres mil gramos —contestó Alberto muy seguro de sí mismo.
—Nuevamente te equivocas ¡imbécil! Acabo de hacerme un concienzudo chequeo y, para tu desgracia, te diré que mido cincuenta centímetros y que peso tres mil quinientos gramos. Hace un mes que mi piel perdió el aspecto rojizo y arrugado y ya estoy completamente libre de células epiteliales, lanugo y secreciones de las glándulas cutáneas; ya me cayó gran parte del vello, y los dedos de mis manos y pies presentan unas uñas bien desarrolladas con las que heriré con saña tu horrorosa nariz en cuanto te acerques a mí.
—¿Te has vuelto loca? ¡Ni se te ocurra ponerte a nacer ahora! ¿Pero tú sabes donde nos encontramos en este preciso momento? ¡Estamos en plena naturaleza! Aquí solamente dan a luz las vacas, las cabras, las cerdas, las lobas, las...
—Tranquilo, imbécil. Deja ya de dar culadas que vas a caerte de la silla y no harás más que empeorar la embarazosa situación en la que te encuentras —interrumpió Clara.
El nerviosismo de Alberto era más que patente. Debía disuadir a la descarada de su hermana de tan temeraria decisión, mas no se le ocurría como hacerlo. Meditó unos instantes y, dirigiéndose afectuosamente a Clara, le dijo:
—Hermanita, queridísima Clara, admito y me resigno a que quieras destrozar un mes de mi feliz vida, pero no comprendo tu empecinamiento en hacer correr ciertos riesgos a tu madre y a ti misma. Si supieras que estamos a más de mil metros de altitud y a quinientos kilómetros de nuestra casa, en un lugar llamado Lagos de Covadonga, en Asturias, darías marcha atrás a tu alocada decisión. ¡Un verde césped no me parece la sábana más adecuada para acoger la delicada piel de una dama recién nacida!
—Como siempre —replicó Clara—, tus argumentos carecen de la más mínima solidez y tu tono está totalmente falto de convicción. ¿Acaso piensas que tu querida madre goza de la suficiente irresponsabilidad para no prevenir esta circunstancia? Te voy a demostrar como no está lejos un hospital en donde vendrá felizmente al mundo una nueva asturiana. Observa, y verás como a tu madre se le contraerá el útero cada veinte minutos a partir de este preciso instante en el que comienzo con el proceso de dilatación, un poco doloroso, eso sí, pero nada alarmante ya que los dolores cesarán cuando el cuello uterino se haya dilatado totalmente. De las fases de expulsión y alumbramiento ni te voy a hablar puesto que siento como tu última papilla se te está subiendo a la garganta y no tienes puesto el babero.
—Por Dios te pido que esperes al menos treinta minutos entre contracción y contracción, no vaya a ser que con los nervios propios de la ocasión, tu padre pierda el control del coche y nos despeñemos en alguna de las muchas y peligrosas curvas que deberemos pasar hasta llegar al hospital —rogó un compungido Alberto.
—¡Ajá! ¡Así que además de imbécil eres un cagaina! ¡Te vas a enterar de quién es tu hermana! Has de saber que cuanto más cerrada sea la curva más atacaré el canal del parto, haré que tu madre grite con tanta fuerza que tu padre no sepa si debe girar el volante a la derecha o a la izquierda. En efecto, el mirador de la Reina aún estaba a la vista cuando el coche voló literalmente sobre un profundo barranco y se dispuso para una caída precipitada y especialmente violenta...
El golpe del vehículo con las rocas que le esperaban cien metros más abajo y, sobre todo, el mugido de una vaca asturiana de la montaña hicieron que Alberto se despertara. Su primera mirada fue para la tripa de su madre que estaba completamente lisa. Rápidamente miró detenidamente a su alrededor y, afortunadamente para él, no había bebé alguno. Cuando prestó atención al animal que le había liberado de la pesadilla, vio que su hinchada barriga señalaba un próximo alumbramiento. ¡Ojalá que a la cría la llamen Lucera, no les ocurra bautizarla con el nombre de Clara! —exclamó aliviado Alberto cuando comprendió que algunos sueños pueden jugarnos una mala pasada.
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Aida Montes Crespo dijo
Muy bien, curiosa e ingeniosa historia. Me llama la atención el amplio vocabulario y engancha hasta el final. Otro día seguiré con los demás. a ver qué le pasa al médico de cabecera...
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